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Language:
Español
Stats:
Published:
2026-08-05
Updated:
2026-08-09
Words:
13,681
Chapters:
2/?
Kudos:
2
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1
Hits:
51

El Impacto de la Magia.

Summary:

Era el destino, decían.

La misma cara de una moneda, juraron.

Un hechicero. Un guerrero.

Un sirviente. Un príncipe.

Emrys y el Rey de Albion.

Dos vidas atadas por un destino que nadie comprendía, dos personas separadas por una gran brecha. Pero que compartían sobre sus hombros el peso de quienes eran. Dos corazones destinados a entenderse. Forzados a odiarse.

Pero... ¿Qué pasaría si Uther no hubiera tenido la influencia que él creía en su hijo?

¿Y si una bondadosa druida hubiera plantado la semilla de la belleza de la magia en el joven e inocente principito?

¿Y si no tuviera que odiar la magia? ¿Y si se pudiera hacer el bien con ella?

¿Podrían estos dos hombres entrelazar sus almas por toda la eternidad como el destino siempre quiso?

Notes:

Vale, subí el prólogo hace un día. Luego me arrepentí porque soy una cobarde, pero luego lo arreglé y aquí estoy de nuevo.

Descubrí el Merthur hace apenas unos meses, en una mala época para mi. Y no tengo palabras para expresar lo que estos dos me ayudaron. No hay pareja más preciosa que ellos dos. (¡Los guionistas nos robaron!) Y luego descubrí este maravilloso fandom y aquí estoy, intentando aportar mi granito de arena.

Pero es la primera vez que escribo y me asusté un poco. Luego recordé lo feliz que me hace leer los fanfics de otras personas y me envalentoné. Y ahora el primer capitulo va viento en popa.

Así que si decides leer esta historia, muchas gracias, que la disfrutes y tenme un poquito de paciencia, no será perfecta, pero le pondré mucho amor. Trataré de actualizar todas las semanas. ¡Va a ser un fic largo!

Pd: En mi fic Merlin no es inmortal porque eso me entristece mucho. ¡Mi niño precioso no puede vivir hasta ver morir a todos sus seres queridos y quedarse solo! Así que cambié el canon a mi conveniencia. Jeje.

Chapter 1: Prólogo

Chapter Text

Quince años atrás.

La luz del sol entraba por el ventanal como delicados hilos de seda, calentando el frío suelo de piedra pulida y las duras paredes del castillo. El sol se reflejaba juguetón sobre la revuelta y suave cabellera dorada del niño.

El pequeño príncipe se batía en una intrépida lucha contra el ejército de soldaditos de madera, empuñando fieramente, tal y como había visto hacer a su padre, su espada de juguete. Imitando con sus grandes ojos azules la mirada de determinación que cualquier caballero de Camelot tendría al luchar por su vida. 

Solo que a ojos de cualquiera, tal expresión tan seria en la carita de un niño de apenas cinco años no era sino extremadamente adorable. Eira sonrió desde la silla de madera, cubierta lujosamente de cuero, mientras tejía una bufanda roja y dorada. Miró por el ventanal endureciendo la expresión. Las hojas otoñales habían sido barridas por fríos vientos, las nubes se oscurecían con el paso de los días y el ambiente se iba apagando poco a poco, como si la tierra se preparase para hibernar.

El invierno estaba más cerca que nunca. Cada invierno llegado, cada invierno sucedido, acercaba un destino incierto, pero oscuro. Con cada cumpleaños del primogénito de los Pendragon, Eira temía que el temible presagio que la atormentaba en sueños se hiciese realidad.

No se podía jugar con la vida y la muerte y salir ileso. La buena suerte de Uther se acabaría tarde o temprano, pero la joven niñera solo podía esperar que tal desgracia no alcanzara el alma del pequeño Arthur.

—¡Muerte al malvado hechicero!— chilló la voz infantil sacudiendo la espada de madera —¡Padre te mandará a la pira!— dijo Arthur emocionado ante su imaginario rival. Saltando torpemente sobre los pobres soldaditos en lo que seguramente él creía que era un gran juego de pies de lucha.

Una fea mueca se dibujó en los labios de Eira, sabía que Arthur ni siquiera entendía aún qué era una pira. Lo cual solo hacía toda la situación más triste. "Ahí está" pensó "La influencia de Su Majestad" Con ojos sombríos echó un vistazo hacia la puerta del cuarto de juegos y con la pericia y disimulo que solo la práctica da, echó el cerrojo de la puerta. A esas horas tempranas de la tarde solo habría guardias en el pasillo, a juzgar por el silencio del exterior. Así que se arriesgó. 

Movió los dedos como si creara ondas sobre agua y susurró un hechizo con voz tan baja que ni un sabueso entrenado la habría escuchado. 

Un brillo azulado se concentró en el aire varios metros sobre la cabeza de Arthur, casi rozando el techo y entonces el sonido de chapoteo se hizo realidad y unos delfines del tamaño de una mano empezaron a surcar olas brillantes de luz por toda la habitación. Girando en espiral como un móvil de cuna. Eran azules con destellos plateados y jugaban y saltaban escupiendo agua con la despreocupación e ingenuidad que solo un animal tan bello posee. 

Arthur abrió la boca de puro asombro, con sus ojitos cómicamente abiertos, maravillado ante el espectáculo que ocurría alrededor del techo del cuarto. Soltó la espada, habiéndola olvidado totalmente y se sentó en el suelo simplemente admirando. Ni siquiera reparó en que era su cariñosa niñera la que manejaba tal hechizo.

La dulzura se mezcló con la tristeza en el rostro de Eira. Era consciente de que esta era una de sus últimas oportunidades, o quizás, finalmente la última, de enseñarle a Arthur la belleza de la magia. De mostrarle que la magia no solo era oscuridad, que también era capaz de albergar pureza y belleza. Pero cada día, Arthur crecía y cada día aprendía y entendía más cosas. El concepto de magia no lo tenía asimilado todavía, pero con Uther de padre, eso cambiaría dentro de poco, sobre todo, porque al año siguiente, en cuanto cumpliera los seis años comenzaría oficialmente su entrenamiento como caballero.

Y entonces Arthur sabría lo que era la magia, lo que era un hechicero y sobre todo, lo que era una ejecución en la pira.

Pero no todo sería en vano, se dijo Eira. Había sido muy difícil conseguir el puesto de niñera real, se había ganado la confianza de Uther muy arduamente. Y no desaprovechó ni un solo instante. Con Uther sufriendo el duelo y su caída en espiral hacia la locura de su odio, en mitad de la purga Eira acunó, alimentó y cuidó al bebé sin descanso entre sus brazos y en cuanto el principito pudo enfocar la mirada y esbozar sonrisas al azar, dejó que su magia se familiarizara con él.

Solo esperaba que en lo más profundo de la mente de Arthur, la bondad de su magia lo protegiera en el futuro de los fuertes prejuicios, pues desde el fondo de su corazón, Eira presentía que en el futuro Arthur necesitaría la magia de su lado más que nadie.

El tintineo de la cota de malla de los guardias alertó a la niñera quien deshizo rápidamente el hechizo y quitó con disimulo el cerrojo.

—Arthur, querido. Los juegos han acabado, recoge los juguetes, es hora de seguir con tus lecciones.

—¡No quiero!— Arthur se cruzó de brazos y comenzó uno de sus terribles pucheros, que a menudo acababan en pataletas. Por suerte el niño ni siquiera parecía acordarse ya de los delfines, enfurruñado por tener que volver a estudiar.

La puerta se abrió, con demasiado ímpetu para sorpresa de nadie y el rey entró en el cuarto. Eira frunció la nariz ante el hedor a sangre que emanaba de la espada envainada de Uther, la empuñadura estaba salpicada de restos de pequeñas gotas carmesí limpiadas apresuradamente. Aunque ya no se oían gritos desgarradores de la calle a todas horas como cuando comenzó la purga cuatro años atrás, las persecuciones y ejecuciones de los suyos todavía eran habituales. La joven retuvo las lágrimas que se le acumulaban en las esquinas de los ojos.

—Lady Eira.

—Su Majestad— se levantó de su asiento e hizo una reverencia que el rey no vio, pues estaba centrado en su hijo.

—Veo que alguien ha ganado la batalla— dijo Uther con sorna ante los soldaditos desparramados por el suelo. 

La sonrisa de Arthur fue luminosa —¡Sí padre, los vencí a todos, hasta vencí al hechicero malo!

—Eso es magnífico, hijo mío. Muy propio de un Pendragon— el rey hincó una rodilla en el suelo, en uno de los muy raros momentos en los que le prestaba verdadera atención a su vástago —Pero creo haberte oído protestar contra Lady Eira sobre continuar con tus lecciones.

La pesada mano del hombre se posó en el pequeño hombro de Arthur y la carita del niño se impregnó de una gravedad aprendida, impropia de un infante de tan corta edad.

—Hijo, son los guerreros simplones los que van en primera fila a luchar. ¿Sabes por qué?— el niño negó con la cabeza —Porque son los que primero mueren en batalla, mientras que los estrategas, más inteligentes, sobreviven protegidos por los primeros, porque son más valiosos. Y tú no serás un caballero simplón que morirá tan fácilmente. Estás destinado a ser como tu padre, valioso e inteligente y para ello debes estudiar.

La suavidad en su voz podría haber engañado a los presentes de no ser por la amargura de su expresión. Arthur podía ser caprichoso y mimado, pero nunca delante de su padre. Hasta él sabía, inconscientemente, el poder que ejercía el rey. 

—Lady Eira— se levantó del suelo y le dirigió una mirada fría, pero cordial —Asegúrate de que complete todas sus lecciones.

—Por supuesto, Su Majestad, así será— volvió a inclinarse y de nuevo este ni siquiera reparó en su gesto marchándose con prisa por el lúgubre pasillo. Desde el nacimiento del príncipe, el castillo se había sumido en una penumbra difícil de explicar, pero que nadie podía pasar por alto.

Eira suspiró cansada y agarró de uno de los estantes de la pared un grueso tomo ya desgastado, desde luego, se podía decir que ella odiaba tanto esas tediosas lecciones como el joven príncipe que se removía inquieto en su asiento, habiendo vuelto a sus pucheros, pero resignándose a escucharla obedientemente.

*****

Con la luna en lo alto del cielo y las antorchas de los guardias iluminando amenazadoramente la oscuridad patrullando en los alrededores del castillo, Eira se despidió del día arropando al joven príncipe bajo cálidas y gruesas mantas. Le ahuecó la almohada con un cariño maternal, que nadie podría ignorar tras cuidar de una persona desde su nacimiento y conjuró un hechizo protector sobre Arthur.

—Dulces sueños, mi niño— le apartó el cabello de la frente y pasó los nudillos con suavidad acariciando con ternura las regordetas mejillas del príncipe.

"Lo he cuidado como si fuera mío, Ygraine. En tu honor. He hecho lo mejor que he podido. Se parece tanto a ti, Mi Reina..." con una última caricia se marchó de los aposentos del pequeño Arthur y le dio una rígida despedida a los guardias.

Tras tantos años nunca había podido acostumbrarse al aura de hostilidad de estos. Por lo menos, pensó con otro gran suspiro, no había lugar más seguro en Camelot que el castillo. Vigilado día y noche. Y aun así alguien como ella había podido entrar, fingiendo ser una simple dama, casi de la nobleza. Se estremeció de camino a las habitaciones de los sirvientes, esperaba que nadie cruel tuviese la misma suerte que ella de colarse, pero eso sería mucho esperar.

Todos fueron muy afortunados de sus bienintencionadas intenciones. Uther no era tan intocable como él quería hacer creer a todos. Y gente como Nimueh lo sabía sin lugar a dudas. Ignoró el escalofrío que la asaltó. Aquella hechicera no era ninguna santa paloma como ella se presentaba a sí misma. Sabía lo que hacía cuando Uther le pidió que jugara con el equilibrio de la vida, por mucho que ella jurara y perjurara lo contrario.

Lo único que consiguió fue traer desgracia a los suyos, a gente inocente como Eira. Lo que no significaba que justificase al rey. En este mundo, todos y cada uno debían hacerse cargo de sus propias acciones y decisiones. Pero de nada le servía a ella ponerse a pensar en semejantes cosas en plena noche.

Los huesos le crujieron cuando se acostó en su cama como si de una anciana se tratara, su cuerpo achacado por el cansancio y las preocupaciones sin fin.

Pero su descanso fue muy breve, pues una voz angustiada se coló en su mente.《¡Hermana mía! ¡Hermana mía! Ayúdame, por favor, es Doyle. Está muy débil, no creo que sobreviva esta noche sin tu magia》

Los sollozos de su hermana retumbaron en su mente, se levantó de la cama y se ató una capa negra sobre los hombros, subiéndose la capucha hasta ocultar su rostro.

《¡Ya voy, Eithne, Doyle! Esperadme》quiso transmitirles tanta seguridad a Eithne y a su cuñado como en aquella situación se podía.

Salió del castillo de su manera ya ensayada, yendo por recovecos y flancos mal vigilados y echó a correr hacia la parte más pobre y alejada del centro de la ciudad. En una zona en la que los guardias del rey ni se molestaban en patrullar.

Apuró el paso al pasar por el mercado cerrado, pero dejó de correr para no despertar a nadie. Allí, entre dos agrupaciones de modestas casas, se torcía lo que bien podría ser un trastero de madera inestable y endeble. Entró sin miramientos.

《Ve calentando agua, el fresco de la noche no le hace ningún bien》ordenó en la cabeza de su hermana, era la única forma segura que los druidas tenían de comunicarse. Nadie más que ellos oirían sus delatadoras palabras. Eira fue directa a arrodillarse junto a Doyle, que yacía sobre una cama de paja, sudoroso y algo agonizante, mientras Eithne se tropezaba con los tablones sueltos del suelo y se apuraba en conseguir un tazón de agua tibia.

《Cuñada... como ves... mi magia vuelve a jugarme malas pasadas...》le transmitió con dificultad el druida, queriendo esbozar una sonrisa y fallando en el intento.

《Shhh, no malgastes energías. No es tu magia, es la desdicha a la que nos somete Uther la que nos enferma así》le agarró de la mano con las suyas y estas se iluminaron de un blanco como el mármol, imbuyendo en Doyle parte de su magia.

Eithne se dejó caer de rodillas a su lado y le dio de beber a su marido, que solo pudo tomar un par de sorbos antes de toser. Pero su semblante estaba mejor, con la palidez yéndose y la sangre devolviéndole el color a su cara. "Esto es solo un remedio, no una cura" se lamentó Eira.

《Hermana, parece que está mejor. ¿No?》 sonrió aliviada Eithne acariciando el cabello de su marido que cerró los ojos levemente. Eira estrechó los suyos. 

《Por el momento. Aprovechemos que está estable y recojamos todas nuestras cosas》

Eithne se sorprendió, asustada. 《¿Cómo? Eira, ¿qué dices?》

《Sabes que esto solo va a empeorar, tú ya no eres capaz de curarle. Tu marido lleva ya dos años así. Hasta yo, que soy la más fuerte me veo afectada. Ahora apenas puedo aliviar un poco su dolor》

Eithne se puso en pie y le cogió las manos, sus zapatos rotos se tambalearon 《Pero tu misión, hermana. Te has esforzado tanto todo este tiempo...》se llevó sus manos unidas a la cara, como cuando eran pequeñas y se consolaban la una a la otra 《Deja que Doyle y yo nos marche-

《No》 la interrumpió con vehemencia y le soltó las manos con pesar 《Tienes razón, me he esforzado mucho, durante muchos años. Pero mi tiempo se ha acabado y lo sé desde hace meses, el príncipe cada vez es menos inocente y nuestro secreto corre peligro. Nuestro tiempo se ha acabado. Es hora de que nos vayamos》

Eithne pareció dudar, pero un quejido de su marido, todavía acostado sobre la fina capa de paja la hizo entrar en razón. Su vida en Camelot había llegado a su fin, la salud de los tres estaba deteriorada. Era hora de que volvieran a su verdadero hogar. Al corazón de la naturaleza, a los bosques. A donde la magia de los druidas era más fuerte. Donde nadie amenazaría con matarlos por quienes eran.

Sabían los cielos y los dioses de la Antigua Religión que Eira había hecho todo cuanto podía.

En apenas en lo que se derrite una vela, Eithne empacó las escasas pertenencias y provisiones mientras Eira hechizaba una carta hasta el médico de la corte, con una vaga y lacrimógena excusa para su repentina marcha. A la mañana siguiente habría listas docenas de mujeres más formadas que ella para continuar su trabajo. 

"Te echaré de menos, viejo gruñón" pensó al enviarle la carta a Gaius, ese viejo aliado que tantas veces encubrió sus secretos. Y más tarde, mientras ambas hermanas se echaban sobre los hombros los brazos del convaleciente druida, derramó lágrimas. 

"A ti te echaré todavía más de menos, mi principito. Crece bondadoso, leal y valiente. Por tu madre, por todos nosotros" le dedicó sus pensamientos como un rezo, como una plegaria. Las lágrimas se perdieron en la tierra del suelo, solo presenciadas por su querida hermana.

*****

Con cada paso que daban en dirección contraria a Camelot Doyle recuperaba las fuerzas a velocidad alentadora y la magia de las hermanas recobró parte de su vitalidad. Se desplazaban sin prisa pero sin pausa.

No fue hasta los tres días de trayecto que se cruzaron, a lo lejos, con una diminuta aldea, casi del tamaño que tenían los campamentos druidas. Pero no pararían, con la magia recuperada, apenas necesitaban comida y agua, una vez en el bosque la naturaleza los nutriría.

O ese fue el plan de los tres druidas. Pues cuando divisaron los techos de las chozas algo se revolvió en el pecho de Eira, detuvo sus pasos confundiendo a su hermana y cuñado, que la miraron con creciente preocupación. Pero antes de que nadie pudiera decir nada un potente chorro de luz mágica salió del centro del torso de Eira, convirtiéndose en una especie de cordón luminoso blanco que imitaba a la lana y salió disparado hasta la aldea sin separarse de ella.

Los tres se miraron un instante impávidos hasta que los tres pares de ojos se abrieron del susto y todos echaron a correr como posesos colina abajo tras la magia de Eira.

Eira y Eithne se levantaban las faldas de los vestidos sin decoro alguno para no pisarlas en la loca carrera, Doyle, con piernas más largas, encabezó la persecución. Pero tuvieron que frenar al llegar abajo, preocupándose de bordear la aldea para no alertar a los aldeanos. Fueron escondiéndose entre las chozas, carretas y cualquier objeto que los escondiera hasta que llegaron al final del hilo.

—¡La madre que me trajo al mundo!— susurró-medio chilló Eira incrédula, se frotó los ojos como si creyera estar alucinando. A su lado, Eithne y Doyle se daban codazos asombrados.

Jamás, en sus veinte años de vida, su magia había actuado por sí misma.

Su hilo de magia se había convertido, por propia voluntad, en una luminosa cría de oveja que acicalaba juguetona a un pequeño niño campesino que no podría tener más de tres años. Estuvo a punto de conjurar mil hechizos, de reñir mentalmente de cien maneras diferentes a su magia, para convencerla de que volviera a obedecerla, cuando, de pronto, los ojos del niño se iluminaron en dorado y la oveja de luz levitó un palmo del suelo.

El niño, sentado en el suelo contra la pared exterior de una de las chozas, aplaudió la mar de contento, ajeno al estupor de la dueña de esa magia y bueno... ajeno a todo aquello que no le interesara un niño pequeño como él.

La pareja casi se desmaya. 《¡Es como nosotros!》 Estallaron los dos en júbilo. Pero Eira no tenía palabras. Por alguna razón su magia se había sentido atraída por ese niño, como si algo en él fuera imposible de ignorar. En un parpadeo decidido se desplazó medio a gatas para acercarse al niño, con cuidado de no asustarlo y que su llanto alertase a los aldeanos. El rey Cenred no era como Uther, pero eso no convertía sus terrenos en lugar seguro para los druidas.

Pero el niño, totalmente despreocupado, se deshacía en risas cantarinas con la ovejita, que al acercarse Eira, se disolvió en haces de luz que volvieron a su interior. El niño pestañeó extrañado un segundo, pero en cuanto la vio volvió a sonreír adorablemente. Su cabello era negro brillante y desordenado, enmarcando una piel paliducha y unas orejitas sobresalientes. Sus ojos de intenso azul miraron con alegría a la druida. Y sus mejillas estaban coloreadas por la risa. Eira le devolvió la sonrisa con dulzura, prendada ya de aquel pequeño tan tierno y le agarró de las manitas. 

—Hola, precioso. ¿Me permites comprobar una cosa un momentito?— cerró los ojos y dejó que su magia recorriera al pequeño. Y entonces... la fuerza del mundo la golpeó desde dentro. Las olas del mar la arrastraron, el viento la empujó, el fuego calentó sus venas y la luz iluminó su visión. Finalmente la tierra vibró bajo sus rodillas. Abrió los ojos de golpe y soltó las manitas del infante, completamente ojiplática. 

Pero la voz de una mujer no la dejó salir de su estupor y reflexionar —¡Merlin! Pequeñajo ¿dónde te has metido?— llamó quien seguramente sería la madre del niño. Eira no se quedó de brazos cruzados, cogió la alforja que le colgaba del hombro derecho y rebuscó en ella con brusquedad hasta que sacó un trozo de tela roja que le sobró de la bufanda que tejió para Arthur.

Lo enderezó en sus manos y con inmenso cuidado lo ató al cuello de quien ahora sabía que era Merlin, a modo de pañuelo improvisado. Lo rozó con los dedos y lo dotó de un hechizo protector para al instante siguiente lanzarse contra unos barriles y apretujarse contra la parejita.

Entonces los tres jadearon desde su escondrijo, los ojos del niño volvieron a brillar y esta vez levitó él. 

Eithne pareció querer ponerse en pie y sujetar al niño, cuando una campesina se le adelantó, doblando la esquina, una mujer agarró al niño al vuelo, sin desmayarse de la impresión y lo regañó.

—Merlin, mi vida. ¡Mamá te ha dicho mil veces que no hagas estas cosas!— susurró atacada de los nervios, mirando a todos los lados. Pero el niño solo le rodeó el cuello con los bracitos y rio contento de estar en brazos de su madre.

Los tres druidas supieron que ella no poseía el don de la magia, pero respiraron tranquilos. La mujer parecía aceptar y proteger a su hijo. El niño estaría bien.

—¿De dónde ha salido este pañuelo?— dijo la mujer tratando de quitárselo —¿Ahora también robas, ladronzuelo?— Merlin protestó y lloriqueó aferrándose con su vida a aquel trozo casi andrajoso de tela. 

La mujer resopló —Está bien, está bien. Tú ganas, es todo tuyo. No hay quien te vista después de bañarte, pero a esto le has cogido cariño, ¿eh?

—¡Hunith!— la llamaron otros campesinos y ella apurada les salió al encuentro alejándose de los tres espías inintencionados

Eira sonrió como si se hubiera ganado dos bolsas de monedas de oro. Se levantó del suelo y echó a andar saltando. La pareja se maravilló de verla por fin feliz tras tanta penuria y ambos la siguieron saltando y corriendo. Ella no les dijo qué había visto en el niño, pero no hizo falta. Fuera lo que fuera, ¡fue lo mejor del mundo!

—¡Corramos! ¡Me muero de ganas de llegar al bosque!— gritó como una niña Eira, agarrada a su falda y desgastando las suelas de los zapatos.

Su familia la siguió igual de contentos con sonrisas y una felicidad que no les cabía en el cuerpo.

"Una nueva esperanza ha comenzado" pensó Eira atravesando campos verdosos.