Chapter Text
Previamente en Super Smash Bros. Ultimate...
"Oficialmente... falta muy poco para que dé inicio el torneo más grande en la historia de Super Smash Bros.," decía Xander frente a todos en el comedor de la mansión. "El Torneo Ultimate comenzará oficialmente el 18 de octubre. El problema es que este año son demasiados participantes. Para poder construir un cuadro competitivo tuve que hacer un pequeño ajuste técnico."
Vemos a los combatientes en el lobby de la mansión leyendo que los combatientes se dividieron en las Rondas 1 y 2, lo que significaba que algunos pasaron a la siguiente ronda porque sí.
"Solo 44 de ustedes pelearán en la primera ronda. Todos los demás avanzaron automáticamente a la segunda ronda," se oyó la voz del comentarista de fondo.
"¿Alguno ha pensado qué va a hacer cuando el torneo termine?" preguntó Mario a algunos de los otros.
"Apenas termine el torneo, me regreso a la Isla DK," contestó Donkey Kong.
"Creo que volveré a Hyrule. Hay aldeas que hace mucho no visito y personas con las que quisiera ponerme al día," replicó Link.
"Probablemente volveré a aceptar contratos como cazarrecompensas," dijo Samus, encogiéndose de hombros.
En la oficina de Xander, él y Joker acomodaba y apilaban varias cajas.
"Nunca imaginé que terminaría viniendo tan seguido a esta oficina," comentó Ren con una pequeña sonrisa.
"Al principio pensé que solo entrarías aquí cuando hubiera algún problema," respondió Xander.
Ren sonrió con calma.
"Me gusta pensar que este lugar seguirá viviendo, incluso cuando nosotros ya no estemos aquí."
Xander también dirigió la vista hacia el edificio que podía verse a través de la ventana.
"Yo también."
Mario permanecía inmóvil en medio del enorme lobby. Ya no había maletas alrededor. Ya no se escuchaban conversaciones. Solo el leve eco del edificio vacío.
El plomero recorrió lentamente el lugar con la mirada. Las escaleras. Los ventanales. Las columnas. Los pasillos que conducían a las habitaciones. La sala de estar. La cocina. El jardín que podía verse a través de los cristales...
Era imposible no recordar todo lo vivido allí. Las primeras reuniones. Las cenas. Los entrenamientos. Las bromas. Las discusiones. Las reconciliaciones. Los nuevos amigos. La familia que habían construido sin darse cuenta.
Mario dejó escapar una suave risa por la nariz.
"Gracias..." murmuró para sí mismo.
Los tres autobuses avanzaron lentamente por la amplia avenida hasta que, uno tras otro, giraron hacia la entrada principal de un enorme hotel de varios pisos.
Los motores se apagaron casi al mismo tiempo.
Frente a ellos se alzaba un edificio moderno de cristal y piedra clara, con balcones adornados por jardineras repletas de flores de vivos colores. Un enorme letrero dorado coronaba la entrada principal, protegida por un elegante techo que se extendía sobre la zona donde llegaban los vehículos. Grandes puertas automáticas de vidrio permitían ver parte del espacioso vestíbulo iluminado por enormes lámparas colgantes, mientras que, a un costado, una fuente decorativa lanzaba chorros de agua que brillaban bajo la luz del sol de la tarde.
Más allá del edificio principal podían distinguirse algunas de las instalaciones del lugar: una piscina de agua azul cristalina rodeada de camastros, un jardín cuidadosamente mantenido con senderos de piedra y, al fondo, un edificio anexo donde se encontraba el gimnasio del hotel.
Era evidente que se trataba de un establecimiento de alta categoría, elegido específicamente para hospedar a todos los participantes del torneo.
Las puertas de los autobuses se abrieron.
Uno tras otro, los ochenta y nueve combatientes comenzaron a descender, estirando un poco las piernas después del viaje. Cada uno llevaba consigo el equipaje que había preparado el día anterior: maletas grandes, mochilas, bolsos deportivos e incluso alguna que otra funda para objetos personales que no habían querido dejar atrás.
Hacía apenas dos horas habían abandonado la Mansión Smash.
El lugar que había sido su hogar durante tantos meses.
Muchos no pudieron evitar mirar alrededor con cierta nostalgia mezclada con emoción. Ya estaban realmente en la recta final.
Xander fue el último en bajar de uno de los autobuses. Cerró la puerta detrás de él y, dando un par de palmadas para llamar la atención de todos, levantó la voz.
—¡Muy bien, combatientes! ¡Un momento antes de entrar!
Las conversaciones se fueron apagando poco a poco hasta que todos dirigieron su atención hacia él.
Xander cruzó los brazos con una expresión seria, aunque no particularmente estricta.
—A partir de este momento ya no estamos en la Mansión Smash. Este hotel estará lleno de otros huéspedes además de nosotros, así que espero que todos se comporten como personas civilizadas.
Varias miradas se desviaron lentamente hacia Sonic.
—¿Qué? —preguntó el erizo con total inocencia.
—Todavía no he dicho ningún nombre —respondió Xander sin apartar la vista de él.
—¡Eso fue discriminación preventiva!
Algunos soltaron pequeñas risas.
Xander decidió continuar antes de que aquello derivara en otra discusión.
—Sus habitaciones ya fueron reservadas con anticipación. Lo único que tienen que hacer es acercarse al mostrador de recepción, decir su nombre y el personal les entregará la llave correspondiente.
Los combatientes asintieron.
—También quiero recordarles que el hotel tiene horarios establecidos para las comidas. El desayuno, el almuerzo y la cena se sirven únicamente dentro de esos horarios, así que procuren no llegar tarde si no quieren quedarse sin comer.
—¿Y si me despierto al mediodía? —preguntó Wario.
—Entonces desayunarás tus propios remordimientos.
Varias carcajadas se escucharon entre el grupo.
—Qué servicio tan malo —Wario resopló.
Xander ignoró el comentario.
—Además, tienen acceso libre al gimnasio del hotel y a la piscina durante toda la semana. Si alguno quiere entrenar, relajarse o simplemente mantenerse activo antes del torneo, puede utilizarlos cuando quiera... siempre respetando las reglas del establecimiento.
Little Mac sonrió con entusiasmo al escuchar la palabra "gimnasio", mientras que varios otros ya dirigían curiosas miradas hacia la piscina que se alcanzaba a ver desde la entrada.
Finalmente, Xander respiró hondo.
—Y, por último...
Hizo una breve pausa.
—Solo queda una semana para que comience el Torneo Smash.
El grupo guardó silencio de inmediato.
Aquellas palabras hicieron que la realidad terminara de sentarse. Ya no quedaba un mes ni dos semanas; solo siete días.
—Aprovechen este tiempo de la mejor manera posible. Descansen cuando sea necesario, entrenen, convivan con sus compañeros, despejen la mente... hagan lo que crean que los ayudará a llegar en las mejores condiciones. Porque, antes de que se den cuenta, estarán entrando al Coliseo Smash.
Las expresiones de muchos se volvieron más decididas.
Mario apretó con fuerza el asa de su maleta, Link llevó una mano a la empuñadura de la Espada Maestra, Samus cerró suavemente el puño, e incluso los más relajados parecían comprender el peso de aquel momento.
—Muy bien —Xander sonrió satisfecho—. Eso era todo.
Se hizo a un lado y extendió un brazo hacia las puertas automáticas del hotel.
—Bienvenidos a su hogar durante la próxima semana.
No necesitó decir nada más.
Los combatientes comenzaron a avanzar con sus maletas, cruzando las puertas de vidrio entre conversaciones, risas y expectativas, mientras el amplio vestíbulo del hotel los recibía para la última etapa antes del torneo más importante de sus vidas.
La mañana siguiente llegó con un ambiente muy distinto al de la Mansión Smash.
El elegante comedor del hotel ya estaba lleno desde temprano. Grandes ventanales permitían que la luz del sol iluminara las largas mesas donde los combatientes disfrutaban del desayuno buffet, mientras camareros iban y venían sirviendo café, jugos y reponiendo los platillos conforme se vaciaban. El sonido de cubiertos, conversaciones y alguna que otra risa llenaba el lugar, creando una atmósfera relajada que contrastaba con la enorme presión que todos llevaban sobre los hombros. Después de todo, en apenas una semana comenzaría el torneo que llevaban tanto tiempo esperando.
Naturalmente, nadie desayunaba solo.
Los combatientes se habían reunido en pequeños grupos, casi siempre con sus amigos más cercanos, y el tema de conversación era prácticamente el mismo en todas las mesas: el cuadro del torneo. Algunos repasaban mentalmente las fortalezas de sus futuros rivales, otros bromeaban sobre los enfrentamientos que les habían tocado, mientras que varios seguían sin entender por qué tantos competidores habían recibido un pase automático a la segunda ronda. Aunque Xander ya había explicado que era una cuestión de números, aquello seguía generando bastantes opiniones encontradas.
—Todavía me parece raro —comentó Fox mientras cortaba un poco de fruta—. ¿Cómo que algunos simplemente... empiezan en segunda ronda?
—No eres el único que lo piensa —admitió Falco, dándole un sorbo a su café—. Se siente un poco injusto.
—Supongo que alguien tenía que tener suerte —dijo Wolf con indiferencia desde otra mesa cercana.
—¿Suerte? —resopló Pit mientras señalaba el cuadro con el tenedor—. ¡Yo tengo que enfrentar a Mario en mi primer combate!
Mario sonrió con cierta incomodidad.
—Créeme... yo tampoco estoy especialmente feliz con eso.
—Al menos ustedes saben contra quién pelean —intervino Luigi—. Yo he tenido una semana entera para imaginar todas las maneras en las que Lucario puede lanzarme por los aires.
—Eso suena bastante probable —comentó Daisy con total naturalidad.
Luigi bajó lentamente la cuchara.
—Gracias por el apoyo...
Las risas no tardaron en aparecer alrededor de la mesa.
En otro extremo del comedor, Sonic tenía ambos pies apoyados sobre otra silla mientras desayunaba con absoluta tranquilidad.
—Así que Sephiroth, ¿eh? —comentó, mirando el cuadro del torneo una vez más—. La verdad esperaba que me tocara un rival divertido.
Cloud levantó lentamente la vista de su taza.
—Créeme... no quieres provocarlo.
—¿Y quién dijo que no?
—Tú, dentro de una semana.
Sonic soltó una carcajada.
—Vamos, Cloud. Si alguien tiene que bajarle los humos al árbol de Navidad plateado, ese soy yo.
Cloud simplemente suspiró.
—Buena suerte.
Muy cerca de ellos, Rosalina observaba el cuadro con una expresión tranquila mientras un Destello flotaba sobre la mesa mordisqueando un pequeño trozo de pan.
—Bayonetta... —murmuró pensativa.
—¿Te preocupa? —preguntó Peach.
Rosalina negó suavemente.
—No exactamente. Solo será un combate... interesante.
El pequeño Destello levantó ambos bracitos.
—¡Pui!
—Sí... intentaremos no destruir medio escenario.
Peach sonrió divertida.
En otra mesa, Donkey Kong observaba con cierto nerviosismo el nombre de Pichu.
—¿Alguien más piensa que esto es una trampa?
Diddy levantó una ceja.
—¿Porque es pequeño?
—¡Exacto! Nunca confíes en los pequeños.
—Mides como dos metros y medio, y además Pichu se lastima él solito con su propia electricidad.
—No le quita lo peligroso.
Diddy negó con la cabeza mientras seguía desayunando.
No muy lejos de allí, Zelda y Roy conversaban con bastante cordialidad.
—Nunca imaginé que terminaríamos enfrentándonos tan pronto —comentó Roy con una sonrisa amable.
—Ni yo —respondió Zelda—. Hubiera preferido conocerte en otras circunstancias.
—Prometo no contenerme.
—Eso espero.
Ambos sonrieron con respeto mutuo antes de continuar desayunando.
En otra mesa, Shulk repasaba una libreta llena de anotaciones.
Lucina observó las páginas durante unos segundos antes de arquear una ceja.
—¿Estás estudiándome?
—Solo intento prepararme lo mejor posible.
—Espero que también hayas estudiado cómo reaccionar cuando pierdas.
Shulk sonrió con calma.
—Eso también está contemplado.
Lucina dejó escapar una pequeña risa.
Más allá, Wario miraba el cuadro competitivo mientras devoraba una montaña de panqueques.
—¿Jigglypuff? —gruñó con la boca llena—. ¿En serio?
Kirby levantó la vista desde otra mesa.
—¡Poyo!
—¡No, tú no! ¡La otra bola rosa!
Jigglypuff infló los cachetes con evidente molestia.
—¡Puff!
—Sí, sí, lo que tú digas.
En otra mesa, Link cuestionaba a Samus respecto a su extraña situación, puesto que por tecnicalidad ella participaba dos veces, una con su armadura y una sin ella.
—...Entonces... ¿cómo funciona eso? —cuestionó el Hyliano—. ¿Te cuentan tus victorias por separado dependiendo de si usas la armadura o no, o acaso cuentan como una sola?
—Es complicado —admitió Samus—. Mis ataques y movimientos no son iguales ni remotamente parecidos cuando uso mi armadura a cuando estoy sin ella, así que técnicamente cuento como una participante diferente sin mi traje.
—...Osea que si pierdes como Samus, pero ganas como Samus Zero, entonces sigues participando, ¿correcto?
—Sip, así funciona.
—Y aplica también a la viceversa...
—Ajá.
—...De acuerdo... Es algo confuso, pero mientras no sea ilegal, supongo que no tengo nada que decir el respecto —Link se encogió de hombros al final.
Mientras tanto, Xander recorría tranquilamente el comedor con una taza de café entre las manos.
Observó cómo los combatientes conversaban, discutían estrategias, reían e incluso comenzaban pequeñas apuestas amistosas sobre quién avanzaría más lejos en el torneo. Ver aquel ambiente le provocó una ligera sonrisa. Durante meses los había visto crecer como luchadores, pero también como compañeros, y ahora todos estaban a solo unos días de demostrar hasta dónde habían llegado.
Más tarde ese mismo día, el hotel rebosaba de actividad. Algunos combatientes aprovechaban las instalaciones para entrenar en el gimnasio, otros descansaban junto a la piscina, y no faltaban quienes simplemente recorrían el edificio por curiosidad.
Sonic pertenecía claramente a este último grupo.
Con las manos detrás de la cabeza y un silbido despreocupado, caminaba por los amplios pasillos admirando la decoración, asomándose de vez en cuando por alguna ventana o leyendo los carteles que indicaban dónde estaban las distintas áreas del hotel.
—Nada mal... —murmuró para sí mientras observaba un enorme cuadro colgado en la pared—. Hasta dan ganas de perderse un rato por aquí.
Continuó avanzando sin ningún destino en particular, doblando una esquina tras otra. A diferencia de la Mansión Smash, aquel edificio era completamente nuevo para todos, así que no le molestaba dedicar un rato a explorarlo antes de volver con los demás. Sin embargo, al girar por otro pasillo, algo llamó inmediatamente su atención. A unos metros de distancia, junto a una puerta, había una pequeña figura sentada en el suelo.
Canela permanecía apoyada contra la puerta de su habitación con ambas rodillas pegadas al pecho. Respiraba con dificultad, sus manos temblaban visiblemente y mantenía la mirada completamente fija en el suelo, como si intentara concentrarse únicamente en seguir inhalando y exhalando. Su cola estaba rígida y sus orejas caídas, mientras un leve jadeo escapaba de su garganta entre respiraciones cortadas. No parecía haberse dado cuenta siquiera de que alguien acababa de llegar.
Sonic reconoció la situación casi al instante.
El erizo dejó escapar un largo suspiro mientras se rascaba la nuca.
—...Genial —murmuró para sí con una mezcla de resignación y humor—. Otra vez toca hacer de terapeuta. No bastó con Pyra y Mythra aquella vez, ¿eh?
Sin perder aquella expresión tranquila, caminó hasta quedar frente a ella. No dijo nada de inmediato; simplemente se agachó despacio para no sobresaltarla y comenzó a darle suaves palmaditas en un hombro. El contacto era ligero y constante, sin apresurar absolutamente nada. Poco a poco, la respiración de Canela empezó a hacerse menos agitada, y sus temblores disminuyeron conforme recuperaba lentamente el control.
Pasaron un par de minutos antes de que finalmente levantara un poco la cabeza.
—¿Ya mejor? —preguntó Sonic con una pequeña sonrisa.
Canela tardó unos segundos en responder.
—C-creo que sí...
—Menos mal. —El erizo asintió con alivio—. Por un momento pensé que te había dado pánico por tener una semana entera sin llenar cuarenta formularios antes del desayuno.
Canela abrió mucho los ojos.
—¡N-no me recuerdes eso...!
Su respiración volvió a acelerarse durante un instante, obligándola a llevarse una mano al pecho.
—¡Oye, oye! —Sonic levantó ambas manos rápidamente—. Tran, solo bromeaba. Error mío.
Canela respiró hondo varias veces hasta volver a estabilizarse. Permaneció unos momentos en silencio antes de bajar nuevamente la mirada.
—No fue por eso...
Sonic inclinó ligeramente la cabeza.
—Entonces... ¿qué pasó?
Canela jugueteó nerviosamente con el borde de una de sus mangas.
—No estoy preparada para el torneo... —Las palabras salieron casi en un susurro—. Durante todos estos años estuve tan ocupada organizando cosas, ayudando a Xander, preparando documentos, horarios, habitaciones, registros y... y prácticamente todo... que nunca entrené de verdad.
Su voz comenzó a quebrarse conforme continuaba hablando.
—Y ahora solo queda una semana... Me toca enfrentar a Pit Sombrío... y estoy completamente convencida de que va a derrotarme sin ningún esfuerzo...
Sonic soltó un largo silbido.
—Vaya... —Se quedó pensativo unos segundos antes de cruzarse de brazos—. La verdad... me sorprende un poco. Eres probablemente la persona más precavida que conozco. Siempre tienes planes para todo. Plan A, Plan B, Plan C... probablemente hasta un Plan Q, y un Plan B para el Plan A por si el otro Plan B no bastaba.
—Lo sé... —Canela bajó aún más la cabeza, sus orejas volvieron a caer—. Eso solo significa que fallé precisamente en lo único que no podía permitirme olvidar...
Sonic notó enseguida que aquello solo la estaba haciendo sentirse peor, por lo que soltó un pequeño suspiro antes de ponerse de cuclillas frente a ella.
—Mira... voy a ser completamente sincero contigo.
Canela levantó apenas la mirada.
—Si realmente no has entrenado nada... entonces sí, tu panorama no tiene buena pinta.
La perrita guardó silencio.
—Pero si decides rendirte justo ahora, cuando todavía falta una semana, entonces sí que no entiendo para qué estás aquí.
Canela permaneció inmóvil durante unos segundos. Finalmente respondió con una sinceridad casi dolorosa.
—...La verdad... ni siquiera sé por qué me invitaron. Yo no soy una luchadora.
—¿Y qué hay del Aldeano? —Sonic sonrió ligeramente—. ¿O Elena? Ninguno de los dos vive peleando precisamente. Sin embargo, aquí están, igual que tú.
La secretaria permaneció callada.
—Tal vez no seas una peleadora de profesión —continuó Sonic—. Tal vez nunca hayas dedicado tu vida a entrenar como Little Mac o Ryu. Pero todavía tienes una semana. No es mucho tiempo, claro, pero tampoco es cero. Puedes aprovecharla para ponerte en forma, aprender todo lo que puedas y llegar al torneo siendo mejor de lo que eres hoy.
Canela escuchaba atentamente, sin apartar la vista de él.
—Y quién sabe... —añadió Sonic con una sonrisa confiada—. A lo mejor el mundo todavía no ha visto todo lo que Canela puede hacer. No necesitas convertirte en la favorita para ganar el torneo. Solo necesitas demostrarte a ti misma que merecías estar aquí.
Canela observó sus propias manos durante unos instantes. Su respiración ya era completamente normal, y aunque la preocupación seguía presente en su rostro, había desaparecido aquella sensación de pánico que la había paralizado minutos antes. Poco a poco, una tímida sonrisa comenzó a dibujarse en su rostro mientras asentía con suavidad.
—...Gracias, Sonic.
—No hay de qué —respondió él, incorporándose nuevamente—. Ahora levántate. Antes de que te dé otro ataque de ansiedad, vamos a buscar el gimnasio. Si Pit Sombrío quiere ganarte, al menos que tenga que sudar un poquito para conseguirlo.
Canela dejó escapar una pequeña risa.
—Eso... suena bien.
Y por primera vez desde que había llegado al hotel, se puso de pie sintiendo que, quizá, todavía no era demasiado tarde para empezar.
La mañana siguiente amaneció tranquila, bañada por la luz cálida que entraba a raudales por los enormes ventanales del hotel. En comparación con el bullicio del día anterior, aquella vez el ambiente parecía mucho más sereno. Algunos combatientes ya se dirigían al gimnasio para continuar entrenando, otros aprovechaban para caminar por los jardines, mientras que varios simplemente disfrutaban de un desayuno sin prisas antes de comenzar otra jornada de preparación. El torneo seguía acercándose con cada amanecer, y esa realidad se hacía cada vez más difícil de ignorar.
Mario salía del comedor con una taza de café en la mano cuando divisó a Luigi sentado completamente solo en una de las bancas del vestíbulo. Su hermano no estaba leyendo, ni usando el teléfono, ni observando a la gente pasar. Permanecía inclinado hacia adelante, con ambas manos entrelazadas y la mirada fija en el suelo, moviendo una pierna de manera constante e involuntaria. Aquella expresión preocupada era demasiado familiar para Mario.
El plomero se acercó sin hacer ruido y terminó sentándose a su lado.
—Buenos días.
Luigi dio un pequeño brinco.
—¡M-Mario! No te había visto.
—Ya me di cuenta.
Durante unos segundos ninguno dijo nada. Mario simplemente dio un pequeño sorbo a su café mientras observaba el amplio vestíbulo del hotel. Conocía demasiado bien a su hermano como para saber cuándo necesitaba espacio y cuándo necesitaba que alguien diera el primer paso.
Finalmente habló.
—Sigues pensando en Lucario... ¿verdad?
Luigi soltó un largo suspiro.
—¿Se nota tanto?
—Bastante.
El hermano menor dejó caer los hombros con resignación.
—Es que... no puedo dejar de pensar en eso.
Guardó silencio durante un momento antes de continuar.
—Todos parecen emocionados con el torneo. Algunos hasta hacen apuestas de quién llegará más lejos... y yo... yo solo puedo pensar que quizá sea de los primeros en quedar eliminado.
Mario permaneció escuchando sin interrumpirlo.
—Lucario es fuerte... muy fuerte. He visto cómo pelea durante los entrenamientos. Es rápido, tiene mucha experiencia, domina esa energía azul... y yo...
Bajó nuevamente la cabeza.
—Yo soy... bueno... yo.
Mario no respondió de inmediato.
Luigi soltó una pequeña risa nerviosa que sonó más triste que divertida.
—¿Sabes qué es lo peor?
Mario negó con la cabeza.
—Que cuando vi el cuadro... lo primero que pensé fue: "Ojalá me hubiera tocado alguien como Pit."
Mario arqueó una ceja.
—¿Pit?
—¡Sí! —respondió Luigi rápidamente—. O sea... no porque crea que Pit sea débil. Para nada. Pero... es mucho menos intimidante que Lucario.
Mario no pudo evitar sonreír.
—Nunca pensé que escucharía a alguien decir que preferiría pelear conmigo antes que con otro.
Luigi hizo un gesto avergonzado.
—No era exactamente eso...
—Lo sé.
Volvió a hacerse un breve silencio.
Mario apoyó los codos sobre las rodillas mientras observaba a varios combatientes cruzar el vestíbulo cargando bolsas deportivas rumbo al gimnasio. Durante meses había visto a todos entrenar, mejorar y superar obstáculos que al principio parecían imposibles. Muchos habían comenzado creyendo que no tenían ninguna oportunidad y, sin embargo, terminaron sorprendiendo incluso a los luchadores más experimentados. Pensar en ello hizo que una pequeña sonrisa apareciera en su rostro.
—¿Recuerdas nuestro primer torneo de tenis?
Luigi levantó la vista, confundido.
—¿Qué tiene que ver eso?
—Respóndeme.
Luigi frunció un poco el ceño mientras hacía memoria.
—Bueno... estaba muy nervioso.
—Muchísimo.
—Creía que iba a perder en el primer partido.
—Ajá.
—Y... terminé llegando bastante lejos.
Mario asintió.
—¿Y recuerdas la primera vez que corrimos un Grand Prix de kart?
Luigi dejó escapar una pequeña risa.
—Choqué contra una pared... como seis veces.
—Ocho.
—No fueron ocho.
—Fueron ocho.
—...Tal vez fueron ocho.
Ambos rieron suavemente.
Mario dejó que aquella risa terminara antes de volver a hablar.
—Luigi... llevo toda la vida viéndote hacer exactamente lo mismo.
Su hermano lo miró con curiosidad.
—Siempre piensas que vas a perder antes siquiera de empezar.
Luigi bajó un poco la mirada.
—Y, aun así... casi siempre terminas sorprendiéndote a ti mismo.
Aquellas palabras hicieron que Luigi permaneciera completamente callado.
Mario continuó con calma.
—No voy a decirte que Lucario será un rival fácil porque no lo será. Tampoco voy a prometerte que ganarás, porque nadie puede hacer esa promesa.
Respiró hondo antes de sonreír.
—Pero sí puedo decirte algo de lo que estoy completamente seguro.
Luigi volvió a levantar la vista.
—Eres muchísimo mejor luchador de lo que tú mismo crees.
El hermano menor abrió ligeramente los ojos.
—Durante todos estos meses entrenaste con Link, con Samus, con Kirby, con Sonic... incluso con Meta Knight. Te levantaste una y otra vez cada vez que alguien te derrotó. Aprendiste técnicas nuevas. Mejoraste tus reflejos. Ganaste confianza.
Mario señaló suavemente el pecho de Luigi.
—El único que todavía no se ha dado cuenta de cuánto ha cambiado... eres tú.
Luigi sintió un nudo en la garganta.
—¿De verdad piensas eso?
Mario sonrió sin dudarlo un instante.
—Claro que sí.
Luego añadió con un tono más juguetón.
—Además... si alguien sabe enfrentarse a cosas aterradoras, ese eres tú.
Luigi parpadeó.
—¿Qué?
—Has sobrevivido a mansiones embrujadas, fantasmas gigantes, retratos malditos, hoteles encantados, castillos embrujados... Después de todo eso, un chacal azul no debería impresionarte tanto.
Luigi soltó una carcajada sincera.
—Cuando lo dices así...
—Exacto.
Mario le dio una pequeña palmada en el hombro.
—Lucario también estará nervioso.
—¿Tú crees?
—Claro. Él también sabe que tú llevas meses preparándote. También habrá estudiado tus combates. También querrá evitar cometer errores.
Luigi nunca se había detenido a pensar en aquello.
Siempre había imaginado el combate desde su propia perspectiva, como si él fuera el único que sintiera presión.
Mario sonrió al notar la expresión pensativa de su hermano.
—No entres al escenario pensando que eres la víctima.
Luigi permaneció completamente atento.
—Entra pensando que ambos tienen exactamente la misma oportunidad de ganar.
El silencio volvió a instalarse entre ambos durante unos instantes. Sin embargo, aquella vez ya no resultaba incómodo. Luigi respiró profundamente, llenando sus pulmones con calma antes de expulsar el aire muy despacio. La ansiedad no había desaparecido por completo, pero ya no parecía dominar todos sus pensamientos como hasta hacía unos minutos.
Finalmente esbozó una pequeña sonrisa.
—...Gracias, Mario.
—No tienes que agradecerme.
Mario se puso de pie y estiró los brazos por encima de la cabeza.
—Ahora, ¿qué te parece si vamos al gimnasio?
Luigi arqueó una ceja.
—¿A entrenar?
Mario negó con una sonrisa traviesa.
—A entrenar... y después a desayunar otra vez.
Luigi soltó una risa.
—¿Otra vez?
—¿Qué? Un futuro campeón necesita mucha energía.
El hermano menor terminó levantándose de la banca con una expresión mucho más relajada que al principio de la conversación.
—Bueno... supongo que un plato más de panqueques tampoco hará daño.
—¡Ese es el espíritu!
Y mientras ambos hermanos se alejaban conversando por el amplio vestíbulo del hotel, Luigi sintió que el peso que había cargado desde que vio el cuadro del torneo seguía ahí... pero ya no parecía imposible de soportar. Ahora, por primera vez desde que supo que tendría que enfrentarse a Lucario, empezaba a creer que todavía tenía una oportunidad.
Más tarde aquella misma tarde, el área de piscinas del hotel ofrecía un ambiente completamente distinto al del resto del edificio. El agua reflejaba los rayos del sol con destellos brillantes, mientras algunos combatientes descansaban en los camastros o conversaban tranquilamente bajo las sombrillas. Otros nadaban de un extremo a otro sin demasiada prisa, aprovechando aquellos días para relajarse antes del inicio del torneo.
A simple vista, era difícil imaginar que todos ellos estaban a solo unos días de competir entre sí.
No muy lejos de la piscina principal, sentada en el borde de un pequeño jardín decorativo, Leaf permanecía completamente inmóvil. Tenía los brazos apoyados sobre las rodillas y la vista perdida en el agua, sin prestar demasiada atención a lo que ocurría a su alrededor
A su lado estaban sus tres Pokémon, quienes parecían compartir el mismo estado de ánimo que su entrenadora. Squirtle abrazaba distraídamente sus propias rodillas, Ivysaur mantenía la flor ligeramente inclinada hacia abajo y Charizard permanecía sentado con las alas plegadas, observando el suelo en absoluto silencio.
Lucina pasaba por allí después de terminar una sesión de entrenamiento cuando la escena llamó inmediatamente su atención.
Durante los meses que habían convivido en la Mansión Smash había aprendido a reconocer cuándo alguien necesitaba estar solo... y cuándo, en realidad, estaba esperando que alguien se acercara.
Con una expresión tranquila, caminó hasta ellos.
—¿Puedo sentarme?
Leaf levantó ligeramente la cabeza. Al reconocerla, forzó una pequeña sonrisa.
—Claro.
Lucina tomó asiento junto a ella con naturalidad. Durante unos instantes ambas permanecieron observando la superficie de la piscina sin decir absolutamente nada. El silencio no resultaba incómodo; era uno de esos silencios que daban espacio para ordenar los pensamientos antes de convertirlos en palabras.
Finalmente, Lucina habló.
—No pareces estar disfrutando mucho del paisaje.
Leaf dejó escapar un suspiro.
—Supongo que no... —Volvió a guardar silencio unos segundos—. He estado pensando demasiado.
Lucina asintió con comprensión.
—¿En Link Niño?
—¿Se nota tanto? —Leaf sonrió con cierta resignación.
—Un poco.
La entrenadora bajó nuevamente la mirada.
—Llevo días diciéndome que todo saldrá bien... que entrenamos muchísimo... que Squirtle, Ivysaur, Charizard y yo estamos preparados... —Acarició distraídamente la cabeza de Squirtle—. Pero luego recuerdo quién está al otro lado del cuadro...
Squirtle levantó lentamente la vista.
—...Squirtle...
—No voy a enfrentar a un niño cualquiera. —Leaf respiró profundamente—. Voy a enfrentar a alguien que ha derrotado monstruos, viajado por el tiempo, salvado mundos... y que tiene décadas de experiencia luchando.
Lucina permaneció completamente atenta.
—Solo... tiene el cuerpo de un niño.
Leaf dejó escapar una pequeña risa nerviosa.
—Exacto.
Charizard soltó un leve resoplido por la nariz.
—Char...
La joven apoyó ambas manos sobre su rostro durante unos instantes.
—No importa cuánto entrenemos... siento que nunca será suficiente.
Ivysaur acercó lentamente una de sus lianas para tocarle el brazo.
—...Ivy...
Leaf sonrió con tristeza.
—Lo sé... ustedes también han dado todo lo que tienen.
Lucina observó a los cuatro durante unos segundos antes de cruzarse de brazos.
—¿Puedo preguntarte algo?
Leaf levantó un poco la cabeza.
—Claro.
—Si alguien te preguntara quién es el mejor entrenador Pokémon que conoces...
—Red. —Leaf tardó menos de un segundo en responder.
—¿Y crees que Red nació siendo el mejor?
La muchacha parpadeó.
—Bueno... no.
—¿Entonces?
Leaf guardó silencio.
—Todos los grandes guerreros que he conocido comenzaron exactamente igual que nosotros —Lucina sonrió ligeramente, luego dirigió la vista hacia el agua de la piscina—. Mi padre entrenó durante toda su vida para convertirse en un héroe. Sé que Marth también pasó años perfeccionándose. Robin estudió incontables estrategias antes de liderar un ejército.
Respiró con calma.
—Ninguno empezó siendo una leyenda. Y Link Niño tampoco.
La entrenadora arqueó una ceja.
Lucina continuó.
—Sí, tiene muchísima experiencia —asintió lentamente—. Pero toda esa experiencia la consiguió luchando... aprendiendo... equivocándose... cayéndose una y otra vez.
Leaf bajó la mirada hacia sus Pokémon.
—Supongo...
—La diferencia es que él empezó ese camino antes que tú.
Squirtle levantó un puñito.
—¡Squirtle!
—Exactamente —Lucina sonrió, después volvió a mirar a Leaf—. Pero eso no significa que tú estés recorriendo el camino equivocado.
Leaf permaneció completamente callada.
Lucina señaló a los tres Pokémon.
—Durante estos meses no solo entrenaste tú.
Squirtle infló el pecho con orgullo.
—¡Squirt!
—Ellos también crecieron.
Ivysaur movió suavemente sus hojas.
—¡Ivy!
—Aprendieron a coordinarse contigo.
Charizard abrió ligeramente una de sus alas.
—¡Charizard!
—Y ustedes aprendieron a confiar unos en otros.
Leaf observó a sus compañeros con una expresión mucho más suave. Era cierto. Habían pasado incontables horas entrenando, aprendiendo nuevas estrategias y mejorando como equipo.
Lucina sonrió con tranquilidad.
—Dime una cosa.
Leaf volvió a mirarla.
—Si Link Niño baja la guardia solo un segundo... ¿qué harán ustedes?
La entrenadora tardó apenas un instante en responder.
—Aprovecharlo.
—¿Y si encuentran una estrategia que él no espere?
—La usaremos.
—¿Y si alguno de tus Pokémon protege a otro en el momento adecuado?
Leaf sonrió un poco más.
—Seguiremos peleando.
Lucina asintió, satisfecha.
—Entonces ya tienes algo que muchos combatientes no poseen.
Leaf inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Qué cosa?
Lucina observó a los tres Pokémon.
—Tres compañeros que pelearán contigo hasta el final.
Durante unos segundos nadie dijo nada.
Entonces Squirtle dio un pequeño salto y golpeó con entusiasmo el pecho de Leaf.
—¡¡Squirtle!!
Ivysaur levantó ambas lianas.
—¡Ivy! ¡Ivy!
Charizard apoyó cuidadosamente una enorme garra sobre el hombro de su entrenadora.
—...Charizard.
Leaf sintió cómo la preocupación comenzaba a aflojar lentamente dentro de su pecho. Los observó uno por uno. Habían estado a su lado desde el principio. Nunca habían dudado de ella. ¿Por qué debía hacerlo ella?
Una sonrisa mucho más sincera apareció finalmente en su rostro.
—Gracias...
Lucina respondió con otra pequeña sonrisa.
—No me las des. —La espadachina se puso de pie y acomodó la funda de su espada—. Solo prométeme una cosa.
—¿Cuál? —Leaf también se levantó.
Lucina sonrió con un brillo decidido en los ojos.
—Cuando empiece ese combate... no veas al héroe legendario.
Hizo una breve pausa.
—Ve al siguiente rival que tienes que superar.
Leaf permaneció inmóvil durante un instante antes de asentir con determinación.
—Lo haré.
—¡Squirtle!
—¡Ivy!
—¡Charizard!
Los tres Pokémon levantaron la voz al mismo tiempo, arrancando una pequeña carcajada a su entrenadora.
A la mañana siguiente, el gimnasio del hotel ya estaba lleno de actividad desde muy temprano. El sonido constante de pesas, sacos de boxeo, aparatos de ejercicio y pasos sobre las caminadoras llenaba el amplio salón, donde decenas de combatientes aprovechaban cada minuto para seguir preparándose. Algunos entrenaban su resistencia, otros practicaban velocidad o fuerza, y no faltaban quienes simplemente estiraban los músculos antes de comenzar una nueva rutina. Con el torneo cada vez más cerca, nadie quería desperdiciar una sola oportunidad para mejorar.
Shulk fue uno de los últimos en abandonar el gimnasio aquella mañana. Una toalla descansaba sobre sus hombros y varias gotas de sudor aún recorrían su frente después de una intensa sesión de entrenamiento. Aunque respiraba con normalidad, el cansancio era evidente en sus movimientos mientras avanzaba por el pasillo que conducía hacia el área de descanso. Aun así, una expresión de concentración seguía instalada en su rostro, como si continuara repasando mentalmente cada ejercicio realizado.
Al doblar una esquina encontró a Mega Man sentado en una banca cercana a una máquina expendedora. El pequeño robot sostenía una botella de agua entre las manos mientras observaba distraídamente el jardín exterior a través de un enorme ventanal. Su casco descansaba a un lado y el cabello azul ligeramente despeinado dejaba claro que también acababa de terminar de entrenar. Al notar la presencia de Shulk, levantó una mano para saludar.
—Buenos días, Shulk.
—Buenos días, Rock.
El espadachín sonrió levemente antes de tomar asiento junto a él.
Durante unos instantes ninguno dijo nada. Ambos bebieron un poco de agua mientras el silencio era interrumpido únicamente por el lejano sonido de las máquinas del gimnasio. No era un silencio incómodo; simplemente disfrutaban del breve descanso después del esfuerzo físico. A veces, compartir la tranquilidad era suficiente.
Fue Mega Man quien habló primero.
—Entrenaste bastante fuerte hoy.
Shulk soltó una pequeña risa.
—Podría decir exactamente lo mismo de ti.
Rock miró la botella entre sus manos.
—Supongo que ambos tenemos buenos motivos.
Shulk asintió lentamente.
—Lucina.
Mega Man sonrió.
—Yoshi.
Los dos intercambiaron una mirada antes de dejar escapar una pequeña risa al mismo tiempo.
—Parece que ninguno tuvo demasiada suerte con el cuadro —comentó Rock.
—Eso parece.
Shulk apoyó ambos antebrazos sobre las piernas mientras observaba el suelo durante unos segundos. Había intentado convencerse de que aquel combate sería uno más, pero cada vez que recordaba el nombre de Lucina volvía a sentir la misma mezcla de emoción y nerviosismo. Habían entrenado juntos durante meses, y conocía de primera mano la velocidad y precisión con la que manejaba la espada. No existían muchos errores que ella dejara pasar.
—He estado repasando nuestros entrenamientos una y otra vez —admitió.
Mega Man volvió la vista hacia él.
—¿Encontraste algo útil?
—Tal vez.
Shulk sonrió con cierta timidez.
—También encontré muchas maneras distintas en las que puede derrotarme.
Rock soltó una pequeña risa.
—Eso suena bastante familiar.
El robot permaneció unos segundos en silencio antes de apoyar la espalda contra la banca. Sus ojos se dirigieron al techo mientras recordaba las incontables veces que había visto pelear a Yoshi durante los entrenamientos colectivos. Su apariencia alegre engañaba con facilidad, pero detrás de aquella sonrisa había un combatiente increíblemente versátil. Era impredecible, rápido y capaz de adaptarse a casi cualquier situación.
—Todo el mundo ve a Yoshi y piensa que es adorable.
Shulk sonrió.
—Lo es.
—Sí... hasta que empieza el combate.
Ambos rieron.
—Jamás sabes qué hará después. Un momento está lanzando huevos desde el otro extremo del escenario y al siguiente ya te dio un cabezazo o te tragó entero.
Shulk no pudo evitar imaginar la escena.
—Visto así... sí da un poco de miedo.
—Un poco bastante.
El silencio regresó durante unos instantes.
Shulk dejó escapar un largo suspiro.
—¿Sabes qué es lo curioso?
—¿Qué cosa?
—Hace unos meses habría estado muchísimo más nervioso.
Mega Man lo observó con atención.
—Cuando llegué a la mansión... sentía que apenas entendía cómo funcionaban los combates de este mundo. Todo era nuevo para mí. Cada entrenamiento parecía demostrarme cuánto me faltaba por aprender.
Bajó la mirada hacia sus propias manos.
—Ahora sigo sintiendo que me falta muchísimo... pero ya no tengo esa sensación de estar completamente perdido.
Mega Man sonrió con comprensión.
—Creo que a mí me pasó algo parecido.
Shulk levantó una ceja.
—He peleado toda mi vida contra robots muy peligrosos. Pensé que eso bastaría aquí.
Rock soltó una pequeña risa avergonzada.
—Luego conocí a Ryu.
Shulk sonrió.
—Y después a Meta Knight.
—Y después a Ganondorf.
—Y después a Sephiroth.
Los dos permanecieron callados durante un segundo.
—...Sí, definitivamente este lugar me bajó un poco los humos.
Las risas volvieron a aparecer.
Una vez que terminaron, Shulk cruzó los brazos con tranquilidad.
—Pero también nos hizo mejores.
Mega Man asintió sin dudar.
—Muchísimo mejores.
El espadachín dirigió nuevamente la vista hacia el enorme ventanal. Afuera, varios combatientes caminaban por los jardines mientras otros conversaban junto a la piscina. Todos compartían exactamente la misma cuenta regresiva. Sin importar el rival que les hubiera tocado, todos estaban intentando aprovechar aquellos últimos días de preparación. Pensar en ello le dio cierta calma.
—Lucina será un combate muy difícil.
—Y Yoshi tampoco me la pondrá fácil.
—Puede que perdamos.
Mega Man respiró hondo.
—Puede.
Shulk giró la cabeza hacia él y sonrió.
—Pero ninguno de los dos llegó hasta aquí para rendirse antes de subir al escenario.
Rock respondió con otra sonrisa.
—Eso jamás.
El pequeño robot se puso de pie y tomó nuevamente su casco antes de colocárselo con un movimiento habitual. Después extendió un puño hacia Shulk con una expresión llena de determinación. El joven comprendió la intención de inmediato y también se levantó. Sin decir una sola palabra, chocó suavemente su puño contra el de Mega Man.
—Hagamos nuestro mejor esfuerzo.
—Hasta el final.
Shulk asintió.
—Y cuando terminen nuestros combates...
Mega Man sonrió con un brillo confiado.
—Espero encontrarte en la segunda ronda.
El joven de la Monado devolvió la sonrisa.
—Será mejor que no me hagas esperar.
Ambos soltaron una última risa antes de separarse, tomando direcciones distintas por el pasillo del hotel. Ninguno sabía qué ocurriría cuando comenzara el torneo, pero aquella breve conversación les había recordado algo importante. No importaba cuán fuerte fuera el rival que los esperaba al otro lado del escenario; todavía quedaban unos días para seguir creciendo, y pensaban aprovechar hasta el último de ellos.
Más tarde aquel mismo día, el pasillo del cuarto piso del hotel permanecía envuelto en una agradable tranquilidad. La mayoría de los combatientes seguía repartida entre el gimnasio, la piscina y los jardines, por lo que apenas se escuchaban algunas conversaciones lejanas y el ocasional sonido del ascensor al abrir sus puertas. La luz del atardecer entraba por los ventanales del corredor, tiñendo el piso de tonos anaranjados que anunciaban el final de otra jornada de preparación. Faltaban cada vez menos días para el torneo, y el ambiente comenzaba a llenarse de una mezcla constante entre emoción y nerviosismo.
Byleth caminaba por el pasillo con las manos dentro de los bolsillos de su chaqueta, avanzando a un ritmo tranquilo. Había terminado su entrenamiento hacía poco más de media hora y, mientras regresaba a su habitación, no había podido dejar de pensar en alguien en particular. Durante el desayuno había notado que Corrin estaba mucho más callada de lo habitual, y aunque había intentado disimularlo con una sonrisa, la profesora la conocía demasiado bien para dejarse engañar. Aquella expresión preocupada seguía rondándole la cabeza.
Se detuvo frente a una puerta.
Levantó una mano y llamó un par de veces con suavidad.
Del otro lado hubo unos segundos de silencio antes de escucharse unos pasos apresurados acercándose. La puerta finalmente se abrió, dejando ver a Corrin con ropa cómoda y el cabello ligeramente desordenado, como si hubiera pasado un buen rato recostada sobre la cama. Al reconocer a su esposa, una sonrisa sincera apareció inmediatamente en su rostro, aunque el cansancio seguía siendo evidente en sus ojos.
—Hola.
—Hola.
Corrin se hizo a un lado.
—Pasa.
Byleth entró con naturalidad. La habitación se encontraba perfectamente ordenada, pero había un detalle que llamó enseguida su atención. Sobre la pequeña mesa junto a la ventana descansaban varias hojas llenas de anotaciones, dibujos y observaciones sobre Banjo y Kazooie. Había apuntes sobre sus movimientos, posibles estrategias e incluso pequeños esquemas del escenario.
La profesora sonrió para sí.
—Has estado estudiando mucho.
Corrin siguió la dirección de su mirada.
—Un poco...
Byleth arqueó una ceja.
—Eso parece bastante más que "un poco".
La joven dragón soltó una risa avergonzada antes de sentarse lentamente sobre la cama. Sus hombros volvieron a relajarse apenas unos segundos antes de caer nuevamente, como si el peso de sus pensamientos regresara de inmediato. Byleth no dijo nada; simplemente tomó asiento a su lado y esperó con paciencia. Después de tantos años juntas, sabía que Corrin siempre terminaba hablando cuando sentía que no necesitaba ocultar nada.
Finalmente, ocurrió.
—Estoy nerviosa.
Byleth asintió con calma.
—Lo imaginé.
Corrin bajó la mirada hacia sus propias manos.
—He intentado convencerme de que es solo un combate... pero no puedo.
Guardó silencio unos segundos antes de continuar.
—Banjo y Kazooie llevan peleando juntos muchísimo tiempo. Se conocen perfectamente. Todo lo hacen coordinados... como si pudieran leer lo que el otro está pensando.
Respiró hondo.
—Y yo... siento que cualquier error que cometa lo van a aprovechar.
Byleth permaneció escuchando sin interrumpirla.
Corrin soltó un pequeño suspiro.
—Sé que no debería compararme con ellos, pero no puedo evitar hacerlo. Cuanto más pienso en el combate... más me convenzo de que no estoy lista.
La profesora observó durante unos instantes las hojas sobre la mesa antes de volver la vista hacia ella.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
Corrin levantó ligeramente la cabeza.
—Claro.
—¿Recuerdas la primera vez que luchaste contra Garon?
La joven quedó completamente inmóvil.
Tardó unos segundos en responder.
—Sí.
—¿Tenías miedo?
Corrin soltó una pequeña risa.
—Estaba aterrada.
Byleth asintió lentamente.
—¿Y cuando Nohr y Hoshido estaban al borde de una guerra?
Los recuerdos comenzaron a desfilar por la mente de Corrin.
—También.
—¿Y cuando descubriste toda la verdad sobre Valla?
Corrin cerró los ojos un instante.
—Muchísimo.
El silencio volvió a instalarse.
Byleth sonrió apenas.
—Entonces explícame una cosa.
Corrin volvió a mirarla.
—¿Cómo es posible que la mujer que enfrentó reyes, ejércitos enteros, dragones ancestrales y una guerra capaz de destruir dos reinos... ahora crea que un oso con una mochila es demasiado para ella?
Durante un segundo completo, Corrin permaneció inmóvil.
Después no pudo evitar reír.
—Cuando lo dices así... suena bastante ridículo.
—Porque lo es.
Ambas compartieron una pequeña carcajada.
Una vez que el silencio regresó, Byleth tomó con suavidad una de las manos de su esposa entre las suyas. Sus dedos se entrelazaron con total naturalidad, como habían hecho incontables veces antes. No era un gesto grandioso; era algo sencillo, cotidiano, pero suficiente para transmitir una calma que las palabras por sí solas no siempre conseguían expresar.
—Escúchame bien.
Corrin volvió a prestarle toda su atención.
—No estoy diciendo que Banjo y Kazooie sean rivales fáciles.
La profesora negó despacio.
—Porque no lo son.
Corrin asintió.
—Son fuertes. Inteligentes. Trabajan increíblemente bien en equipo.
Byleth sonrió.
—Pero tú también eres fuerte.
Corrin abrió ligeramente los ojos.
—He visto cómo entrenaste todos estos meses. Vi cada caída. Cada derrota. Cada vez que te levantaste para volver a intentarlo. Nadie tuvo que obligarte jamás.
Su voz conservaba la misma serenidad de siempre.
—Todo eso no desaparece simplemente porque llegue el día del combate.
Corrin sintió que el nudo en su pecho comenzaba a aflojar lentamente.
—¿Y si pierdo?
La pregunta salió en un susurro.
Byleth no respondió enseguida.
En lugar de eso, levantó una mano y apartó con delicadeza un mechón de cabello del rostro de Corrin, acomodándolo detrás de una de sus orejas. Luego acarició suavemente su mejilla con el pulgar antes de dedicarle una sonrisa llena de cariño.
—Entonces perderás.
Corrin la observó con sorpresa.
—Y después volveremos al hotel...
Continuó acariciando su rostro.
—Cenaremos juntas.
Su sonrisa se volvió apenas un poco más cálida.
—Probablemente escucharé cómo me cuentas una y otra vez todo lo que podrías haber hecho diferente.
Corrin dejó escapar una pequeña risa.
—Eso también suena bastante probable.
—Después iremos a dormir.
Byleth apoyó suavemente su frente contra la de ella.
—Y al día siguiente seguiré despertando al lado de la mujer de la que me enamoré.
Los ojos de Corrin comenzaron a humedecerse.
—Porque un combate...
La profesora cerró lentamente los ojos.
—Jamás va a cambiar lo que eres para mí.
Durante unos largos segundos ninguna dijo absolutamente nada. Corrin simplemente permaneció allí, apoyando también su frente contra la de Byleth mientras dejaba que aquellas palabras disiparan buena parte de la ansiedad que había acumulado durante días. Toda la presión que sentía respecto al torneo seguía existiendo, pero ya no parecía definir quién era. Había alguien recordándole que su valor nunca dependería del resultado de un combate.
Finalmente, Corrin sonrió.
Una sonrisa pequeña, pero completamente sincera.
—Gracias...
Byleth negó con suavidad.
—No tienes que agradecerme.
Corrin levantó una mano y acarició lentamente la mejilla de su esposa.
—Sí tengo.
Luego, sin decir nada más, acortó la poca distancia que quedaba entre ambas y depositó un tierno beso sobre sus labios. Fue un beso breve, tranquilo y lleno de la familiaridad que solo nace después de compartir incontables momentos juntas. Al separarse, las dos sonreían.
Byleth soltó una pequeña risa.
—Ahí está.
Corrin inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Qué cosa?
—La Corrin que conozco.
La joven dragón rio por lo bajo.
—Supongo que se había escondido un rato.
—Pues dile que no vuelva a hacerlo.
—Haré mi mejor esfuerzo.
Byleth se puso de pie y le ofreció una mano. Corrin la aceptó de inmediato, incorporándose junto a ella.
—¿Qué te parece si damos un paseo por los jardines?
Corrin sonrió.
—Me encantaría.
Sin soltar sus manos, ambas abandonaron la habitación y comenzaron a caminar juntas por el tranquilo pasillo del hotel. El torneo seguía acercándose, y el combate contra Banjo y Kazooie continuaba esperándola al final de aquella cuenta regresiva. Sin embargo, mientras avanzaba al lado de la persona que más amaba, Corrin descubrió que el miedo ya no ocupaba todo el espacio dentro de su corazón. Ahora también había lugar para la confianza.
La mañana siguiente recibió a los combatientes con un cielo completamente despejado y una agradable brisa que recorría los jardines del hotel. A esas horas, el edificio ya se encontraba lleno de movimiento. Algunos regresaban del desayuno, otros caminaban rumbo al gimnasio con toallas sobre los hombros, mientras varios aprovechaban los senderos exteriores para despejar la mente antes de comenzar otro día de entrenamiento. La cuenta regresiva continuaba avanzando inexorablemente, y ya nadie necesitaba mirar el calendario para recordar cuánto faltaba.
Min Min acababa de salir del comedor con un vaso de jugo en la mano cuando decidió tomar uno de los caminos del jardín. Siempre le había gustado caminar unos minutos antes de entrenar; le ayudaba a ordenar las ideas. Sin embargo, apenas avanzó unos metros, una figura sentada sola bajo la sombra de un árbol llamó su atención. Era Sora.
El joven permanecía sentado sobre una banca de madera con los codos apoyados en las rodillas. Su Llave Espada descansaba cuidadosamente a un lado, mientras él observaba distraídamente el estanque que adornaba aquella parte del jardín. Su expresión no era triste exactamente, pero sí mucho más seria de lo habitual. Para alguien que casi siempre llevaba una sonrisa en el rostro, aquel cambio resultaba imposible de ignorar.
Min Min arqueó una ceja.
—Vaya...
Sora levantó ligeramente la vista.
—¿Mm?
La luchadora sonrió con cierta incredulidad.
—Creo que acabas de romper una ley del universo.
Sora inclinó la cabeza.
—¿Qué ley?
—Pensé que era físicamente imposible verte preocupado.
Aquello consiguió arrancarle una pequeña risa.
—Supongo que hoy descubriste que no.
Min Min caminó hasta la banca y señaló el espacio libre.
—¿Puedo?
Sora asintió.
—Claro.
Ella tomó asiento con tranquilidad, dejando el vaso junto a sus pies. Durante unos instantes ambos permanecieron contemplando el agua del estanque, donde algunos peces nadaban lentamente entre los reflejos del sol. Ninguno parecía tener prisa por hablar. El silencio era sorprendentemente agradable.
Finalmente, Min Min volvió la cabeza hacia él.
—¿Qué pasa?
Sora permaneció callado unos segundos.
Después sonrió con cierta vergüenza.
—Es una tontería.
—Déjame decidir eso a mí.
El joven dejó escapar un largo suspiro.
—¿Recuerdas cuando anunciaron que entraría a Smash?
Min Min sonrió.
—Creo que medio multiverso explotó de emoción.
Sora rio por lo bajo.
—Más o menos.
Su sonrisa comenzó a desaparecer lentamente.
—Desde hace años... mucho antes de que eso pasara... siempre veía gente diciendo que quería verme aquí.
Guardó silencio unos instantes.
—Videos. Encuestas. Comentarios. Campañas. Dibujos. Personas imaginando cómo pelearía... incluso soñando con este momento.
Su mirada volvió al estanque.
—Y cuando finalmente ocurrió...
Respiró profundamente.
—Sentí que estaba cumpliendo el sueño de muchísima gente.
Min Min comenzó a comprender hacia dónde iba la conversación.
—Al principio fue emocionante.
Sora asintió.
—Muchísimo.
Luego bajó la vista hacia sus manos.
—Pero ahora...
Las apretó ligeramente.
—Ahora siento que toda esa expectativa cayó encima de mí al mismo tiempo.
La luchadora permaneció completamente atenta.
—Este es mi primer torneo de Smash.
Sonrió con cierta inseguridad.
—Y... tal vez también sea el único.
Aquellas palabras quedaron flotando en el aire.
—¿Y si no estoy a la altura?
La pregunta salió casi en un susurro.
—¿Y si toda esa gente esperó tantos años para verme... y termino perdiendo enseguida?
Min Min no respondió de inmediato.
Durante unos segundos simplemente observó el reflejo del cielo sobre el agua, pensando cuidadosamente qué decir. Ella también llevaba varios días intentando convencerse de que sus propios nervios eran normales. Escuchar a Sora expresar los suyos le hizo darse cuenta de que no estaba sola.
Finalmente sonrió.
—Qué curioso.
Sora levantó la cabeza.
—¿Qué cosa?
—Pensé que yo era la única que estaba pensando exactamente lo mismo.
El muchacho parpadeó.
—¿Tú también?
Min Min soltó una pequeña risa.
—Claro.
Apoyó ambos brazos sobre sus piernas.
—Este también es mi primer torneo.
Hizo un pequeño gesto con la mano.
—Igual que Daisy.
Comenzó a contar con los dedos.
—Link.
—Zelda.
—Pyra.
—Mythra.
—Steve.
Sonrió nuevamente.
—Y varios más.
Sora escuchaba con atención.
—Todos nosotros vamos a subir por primera vez a un escenario donde estarán reunidos los mejores combatientes de todos los mundos.
Miró el cielo durante un instante.
—Solo decirlo ya impone bastante.
Sora dejó escapar una pequeña risa.
—Sí... un poco.
—Da miedo.
Min Min no intentó ocultarlo.
—Muchísimo miedo.
Volvió la vista hacia él.
—Porque sabes que cualquier persona que tengas enfrente podría derrotarte.
Hizo una breve pausa.
—Pero también...
Su sonrisa comenzó a hacerse más amplia.
—Es emocionante.
Sora inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Por qué?
Min Min cruzó los brazos.
—Porque significa que nosotros también estamos aquí.
El muchacho permaneció en silencio.
—Piensa un momento en eso.
Se señaló a sí misma con un pulgar.
—Entre todos los luchadores que existen en todos los mundos...
Luego lo señaló a él.
—Nos eligieron a nosotros.
Sora abrió ligeramente los ojos.
—No llegamos aquí por accidente.
Min Min negó con firmeza.
—Alguien creyó que merecíamos estar entre los mejores.
Guardó silencio unos segundos antes de continuar.
—Ahora solo nos toca demostrar que esa decisión tuvo sentido.
Sora bajó lentamente la mirada.
Las palabras comenzaron a acomodarse poco a poco dentro de su cabeza.
Min Min sonrió con tranquilidad.
—¿Ganaremos todos?
Negó antes de que él pudiera responder.
—No.
Se encogió ligeramente de hombros.
—Eso es imposible.
Respiró hondo.
—Pero ganar no es la única forma de demostrar que pertenecemos aquí.
Sora volvió a mirarla.
—Podemos demostrarlo dando todo lo que tenemos.
La luchadora asintió.
—Exacto.
Su expresión se volvió mucho más decidida.
—Si al terminar el combate puedes decir que peleaste con todo tu corazón...
Sonrió.
—Entonces nadie podrá decir que no merecías estar en Smash.
Durante unos largos segundos, Sora permaneció completamente callado. Después levantó lentamente la vista hacia el cielo azul que se extendía sobre los jardines del hotel. Recordó todas aquellas personas que habían esperado verlo llegar, pero también recordó algo que casi había olvidado en medio de tanta presión: él no estaba allí únicamente para cumplir las expectativas de otros. También estaba allí porque amaba pelear, porque disfrutaba conocer nuevos amigos y porque aquella aventura era una oportunidad que jamás habría querido dejar pasar.
Una sonrisa comenzó a aparecer nuevamente en su rostro.
La misma sonrisa optimista de siempre.
—Gracias, Min Min.
Ella soltó una pequeña risa.
—Mucho mejor.
—¿Qué?
—Ya reconocí al Sora de siempre.
El muchacho se rascó la nuca con una expresión avergonzada.
—Supongo que también necesitaba que alguien me recordara por qué vine.
Min Min se puso de pie y le ofreció una mano.
—Entonces será mejor que no desperdiciemos estos últimos días.
Sora aceptó la ayuda y se levantó de la banca.
Tomó nuevamente su Llave Espada, acomodándola sobre su hombro.
—Tienes razón.
La luchadora comenzó a caminar por el sendero del jardín.
—¿Gimnasio?
Sora sonrió con renovada determinación.
—Gimnasio.
Ambos echaron a andar uno junto al otro, perdiéndose poco a poco entre los senderos del hotel mientras el sol seguía iluminando el jardín. Aún quedaban pocos días para que comenzara el Torneo Smash, y ninguno sabía qué les esperaba cuando finalmente subieran al escenario. Pero una cosa era segura: no importarían las expectativas, el miedo o la presión. Cuando llegara ese momento, pelearían con todo lo que tenían para demostrar que su lugar entre los mejores nunca había sido un error.
