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¡Día de Campamento, Nakamura-kun!

Chapter 2: Parte Dos

Notes:

oigan ustedes creen que yo no tengo oficio? JAJAJ me sorprendió la cantidad de comentarios pidiendo segundo cap. ya lo cociné, coman hijos. y una disculpa por la tardanza, también tengo vida ok

otra vez lo dividí, prometo q la siguiente parte sí será la última, confíen 🙏

(See the end of the chapter for more notes.)

Chapter Text

Se desplaza hacia Hirose, gateando fuera de la comodidad de su saco para avecindarse aún más en su espacio. Duda con los brazos, alargándolos para hacerlos recular, porque una duda sustancial se instala con desmesurada presencia. ¿Desvestirlo…? ¿Desvestirlo? ¿Como—desvestirlo, desvertirlo? Hirose no especificó qué entrañaba el desvestirlo, ¿Hirose sólo quiere que le quite la ropa inferior? ¿O puede ser que en realidad quiera que lo… desnude? Sopesar la posibilidad de que él quiera esto le hace, momentáneamente, desvanecerse en la expectativa. Nakamura no sobreviviría a ver a Hirose desnudo, menos si es él quien provoca, poco a poco, su desnudez. Se sacude, porque la inseguridad está pausando indefinidamente su resolución. ¿Y si se equivoca y Hirose piensa que es un fracasado inútil para lo sensual y es un desperdicio concederle esta experiencia? ¿Y si se equivoca y Hirose piensa que es un descarado sinvergüenza que no respeta límites?

Su cabeza da vueltas, sin saber qué hacer, hasta que una mano lo libra de sus cavilaciones en bucle. Hirose lo agarra de la muñeca para guiar su mano a su cadera, asentándola sobre el borde del elástico de su short.

“No seas tímido, Nakamura.” Hirose ríe. A pesar de su petición, su risa es bastante tímida. “Me pegarás la timidez también a mí.”

Su mano está en la cadera de Hirose. Su mano está en la cadera de Hirose. Su mano está en la cadera de Hirose.

Sus ojos circulan como si estuvieran siguiendo el giro de una hélice. Su otro brazo, temblando de la incredulidad, también se mueve por sí solo para asentarse al otro lado de la cadera del chico, viéndose atraído a la tentación tal cual metal al imán.

“C-con tu permiso…”

Hace una mínima reverencia, que ni siquiera constata si Hirose aprueba o desaprueba, antes de enganchar los pulgares en el elástico de su short y bóxer. La mera hazaña de tener los pulgares dentro de la ropa interior de Hirose, pegándose a la piel desnuda de sus caderas, es suficiente para acrecentar sus nervios y desencadenar el temblor de sus dedos, aun así, recupera el control para ser capaz de emplear un halón modesto que lo apoye al empujar las prendas hacia abajo. Hirose lo vuelve más fácil, ayudándolo al rodar las caderas para que logre desprender lo que lo viste.

Cuando llega a contemplar su zona púbica, la casi invisible línea diagonal que anuncia la intersección en el desenlace de su pelvis y determina una ruta hacia su aparato como dos señales de tránsito de flechas fluorescentes que le exclama que su tesoro yace justo debajo del vislumbre preliminar, Nakamura pausa. Hirose está respirando pesado debido a que, él supone, los roces de la tela están siendo un ligero estímulo que, a pesar de ser mísero, es lo suficientemente bueno para alguien frustrado que no ha obtenido más que una tardanza continua.

¿Está siendo cruel, no? No quiere comportarse con esta insolencia con su amor. Sí, un poco se lo merece ya que lo molestó al provocarlo, pero Nakamura puede ser condescendiente: su corazón no es rencoroso. Además, es su primera vez, ¿no? Tiene que ser gentil. Y… quizás porque el nerviosismo ha procedido con la metamorfosis de sus enteros tejidos en metal al convencerse de que va a trasladarse hacia el riesgo de morar en otro plano porque está a punto de conocer el pene de Hirose. Ni siquiera estando en su forma base, sino excitado, duro porque es el resultado de haberlo deshecho en un manojo de placer.

Va a descubrir, presenciar, contemplar algo tan valioso de él, algo que probablemente no le ha enseñado a nadie. Nakamura será el primero. Hirose le está entregando algo tan preciado como su primera vez.

Pero… ¿y si después de esto las cosas cambian, todo se vuelve incómodo y, por ende, Hirose no querrá interactuar nunca más con él? Quizás esto es algo que quiera en el momento, ¿y si después no? ¿Y si Nakamura hace algo mal y lo echa a perder? Todavía está a tiempo de detener esto, decirle a Hirose que… ¿que tiene permitido masturbarse en un rincón? Para bajarse, él se cubrirá los oídos y pretenderá que nada ocurre. Él… él no quiere llevar a cabo nada que resulte en que Hirose y él dejen de ser amigos. Ni siquiera se han vuelto amigos cercanos, ¿y él lo estropeará antes de progresar en su amistad como siempre lo soñó?

Porque bueno, vale, Nakamura está dispuesto a esperar hasta el matrimonio si eso garantiza que pues, habrá un matrimonio.

Y ya lo jodió al venir rápido, fragmentando su dignidad y su probable reputación como una pareja competente para copular. ¿Solo es cuestión de tiempo para que lo estropee de nuevo, de alguna otra forma, no?

“N-Nakamura…”

El llamado lo hace parpadear, regresando su atención a Hirose. Él está sonrojado, espera—¿sus caderas se están… sacudiendo?

“Vamos, ¿qué estás esperando?”

Es cierto, ¿qué está esperando? A la mierda todo, sea temporal o no, Hirose quiere darle esto, quiere que Nakamura lo complazca, no importa si solo es un capricho o algo que nace de lo que Nakamura anhelaría que naciera. Y si él lo quiere, Nakamura no es nadie para negárselo. Nakamura se convertirá en su asistente sexual o lo que sea, él será un esclavo, expropiado de su voluntad para funcionar únicamente por la subyugación de sus órdenes.

Es difícil pensar cuando las caderas de Hirose se mueven así, evidenciando con una lentitud avergonzada su incapacidad para esperar más.

Así que Nakamura baja los pocos centímetros que le restan a la prenda para otorgarle libertad al órgano efervescido de Hirose. Hirose gime una vez que su polla abandona la retención de la tela. El sonido es como miel para sus oídos, sin embargo, lo que le sigue lo deja corto. Nakamura prácticamente babea cuando lo observa: es de una matiz más melocotón, marrón intermedio, profundizándose en zonas como el principio del tallo y el borde del prepucio enroscado para desatar el refugio que le brindaba al glande, que ahora se pronuncia con un precioso rosa. El eje se eleva en una curva más hacia su ombligo en vez de caerse en un descenso desesperanzado. Es imposible que se caiga debido a su rigidez erguida: Hirose es de un tamaño razonable considerando su estatura, se estira en pulgadas que son promedio para su edad, así como él mismo tampoco es de un tamaño excepcional. A pesar de esto, la hinchazón de éste, realzado con un par apenas distinguible de venas abrazando su longitud, la cabeza esponjosa, húmeda por el resplandor del pre-semen que la enjuaga y el ángulo arqueado en el que levita debido a que el grosor crecido lo mantiene sujeto sobre el vacío, lo vuelven excepcional. Nakamura nunca había visto un pene antes, no en la vida real, así que no sabía cómo debía lucir uno fuera del suyo propio: aun así, incluso si no tiene prototipos con los que cotejarlo, está seguro que no es posible que haya un pene más bonito que este.

Su color melocotón y rosado, su forma dura y sus propiedades singulares como su prepucio retirado, arrugado en sí mismo como un rollo ajustado y marrón debajo del glande desnudo, el frenillo visible, recto y esbelto tirando de la erección en una torsión alta, la suma pequeña de venas que lo atraviesa, su longitud envarada, su volumen inflado—todo es perfecto. Puede percibir la rapidez de su irregularidad cardíaca en la yugular, su mirada hipnotizada que no se inmuta ante nada que no sea el trozo de carne precioso que tiene capturado en la resolución correctamente compuesta de sus pupilas. Quiere embeber esta vista por siempre, que se quede incrustada imperecederamente en su memoria, recordar cada singularidad del magistral órgano del que su amado es dueño, tan escultural como él mismo.

Oh Dios… ¿se está poniendo duro de nuevo solo por verle el pene a Hirose?

Bueno, en su defensa, es una excusa bastante válida para ponerse duro, ¿no? Se puso duro con menos, como cuando Hirose jugó con sus pezo—carajo, espera, espera—¿eso realmente sucedió, verdad—?

“N-no lo mires así…” Hirose, de repente, pide. Parpadea tres veces, despegando, por entero compromiso, la mirada de ahí. Hirose, otra vez, está encogido como si quisiera comprimirse en alguna versión miniatura, con los ojos evasivos y el rostro tan caliente / rojo como lo ha estado durante toda esta… improbabilidad. “T-todavía…” Hirose inhala antes de seguir. “Todavía falta para quitarme la ropa.”

Maldición, Hirose tiene razón. Por distraerse mirando su… cosa, se le olvidó completar la tarea que él mismo se adscribió. Es un tonto, ¿demostró ser un raro, cierto?

“¡L-lo siento muchísimo!” Dice, casi gritando. Ahora quiere golpearse a sí mismo, ¿cuándo aprenderás, Nakamura? Si sigue siendo así de despistado, despertarán a todos y esto podría terminar peor que simplemente él incidiendo en un error. Y no debió mirar así el… eso de Hirose, ¿en qué estaba pensando? No solo actuó como un completo bicho raro, sino como un tipo espeluznante, mirándolo tan fijamente… aunque, bueno, para ser justos, Hirose también miró el suyo así, ¿no? ¿Entonces, habría algún problema? “V-voy a…”

Termina de retirarle el short y el bóxer a Hirose, los cuales están a mitad de camino. Él levanta las piernas para que salga con facilidad. Una vez que lo hace, sonrojado hasta las orejas y en una quietud incómoda, dobla sus prendas, dejándolas ordenadas a un lado de su saco.

Más quietud.

Ahora… ¿qué se supone que debería hacer? ¿Cómo debería empezar a estimularlo? La sola idea de tocar a Hirose basta para desprenderlo de la cordura, ahora, ¿llevarlo a la realidad? Por más que delire con tocarlo, con tocar esa parte específica que no quiso abstenerse de mirar, el nerviosismo previo es algo difícil de superar. No solo eso, sino que teme volverse demasiado ávido y asustar a Hirose. Pero es algo con lo que debe lidiar, porque es su deber complacer a Hirose.

Espera—¿no debería aprovechar esta oportunidad para manifestar un dote del que sea difícil que Hirose olvide? Algo que lo consolide como el original, algo que nadie, nunca jamás, pueda revocar. Las primeras veces nunca se olvidan, ¿no? Esta es su oportunidad para inmortalizarse en la memoria de su amado. ¿Y qué mejor forma que haciendo algo que él mismo, por sí solo, no puede lograr? Nakamura no es inocente, él es un adolescente en sí mismo, sabe que a su edad las hormonas están revueltas en un festín desenfrenado que los impulsa a conocerse en un ámbito más… corporal, por la evolución física de niño a hombre, o eso es lo que disertan en su clase de biología. Así que, es fácil, obvio deducir—y no lo convierte en un completo raro alcanzar esa conclusión con esa sospechosa velocidad—que Hirose debió explorarse de esa forma, por lo tanto, en algún punto de sus dos y tantos años de adolescencia debió acariciarse su primor de órgano reproductor. Es decir, que masturbarlo sería una redundancia, ¿no? Porque es algo que Hirose mismo es capaz de hacer sin problema, algo que Hirose mismo le hizo—de lo que no se queja en lo absoluto, para aclarar.

Nakamura tiene que innovar—gratificarlo con algo que nadie más pueda darle, al menos por el momento.

Una idea se ilumina como un foco. Ya lo tiene.

“Hirose, pue-puedo…” Inhala por su nariz para recuperar la calma, mentalizarse, porque si no lo hace, jamás podría sugerirlo, “hacerte una felación?”

Debería aplaudirse a sí mismo por decir esa última parte sin tartamudear, así que bueno, bien hecho Nakamura. Una felación es una elección perfecta, no precisamente factible, pero sí ideal: no es como si Hirose pudiera colocar su boca ahí así que es seguro afirmar que nadie, ni él mismo, ha hecho algo como… eso, y no es algo demasiado audaz o arriesgado como un acto que viole varios límites tácitos. Por supuesto, Nakamura no tiene ni la más remota idea de cómo hacer, de forma acertada, tal cosa, el único conocimiento que tiene al respecto es tan básico que sólo lo ha “comprendido” a través de, otra vez, sus mangas yaoi eróticos. Nada explicativo, nada instructivo, nada que le sirviera de guía para él mismo asimilar cómo llevarlo a la práctica. Y no es como si quisiera asimilarlo en el instante que los leyó, porque Nakamura jamás creyó que se encontraría en esta situación tan pronto. De forma tan imprevista, completamente espontánea.

Pero, incluso con todos los nervios por su inexperiencia, la cual, con su mera existencia, le amonesta y le recuerda que es bastante probable que las cosas salgan mal, e incluso con la contundente, determinante, pobreza en cuanto a conocimiento, está dispuesto a intentarlo, a ignorar las inseguridades resonando como alarmas sísmicas estridentes, con tal de adquirir el invaluable honor de convertirse en el primero en probar y provocarle placer por usufructo de su boca.

Está actuando como un soldado que se inscribe a la guerra sin siquiera haber sido dotado de entrenamiento solo para obtener la gloria de haberle servido a su patria. Aunque muera, el título no podrá despojárselo nadie, ¿no?

¿Y quién quita que tenga un talento oculto e innato para… succionar aparatos masculinos, solo que él no lo ha descubierto todavía…? Sí, está frito. Pero no hay nada que hacer, se lanzó de lleno.

“¿Eh?” Hirose pregunta, su reacción es como la de un siervo extraviado, su visión aparcada en las luces de un auto en medio de la penumbra de una autopista. Nakamura no puede decir que no se ve lindo. Maldición, Hirose, ¿por qué siempre es tan lindo? ¿Incluso cuando está impactado o confundido? Él reacciona mejor al parpadear dos veces, en su cara se incrementa el calor. “¿E-estás seguro…? ¿No es algo c-como… demasiado complicado?”

Nakamura traga, ¿es eso un sí o un no? “¿Quieres que lo haga—? ¡Si no quieres está bien! P-pode—”

“Y-yo—sí.” Hirose lo interrumpe con su admisión, aunque sea tan tenue que es difícil de captar. “Pero… ¿estás seguro que tú quieres?”

“Sí.” Afirma, la determinación haciéndolo enderezarse más. “Y… no sé si sea difícil, en realidad… supongo que sí lo es, pero, no sé,” se muerde el labio antes de admitir lo que le cuesta admitir, “quiero intentarlo. Quiero poder c-complacerte.” Quiero complacerte más de lo que tú eres capaz de hacerlo por tu cuenta, es lo que exclama su cabeza egoísta y avariciosa, pero no es algo que tenga las agallas, alguna vez, de confesar.

Hirose sonríe, ve la sonrisa a pesar de su rostro cubierto. “Está bien. Es solo… me preocupa que sea incómodo para ti. No quiero ser el único… el único que disfrute, ¿sabes?”

Es un ángel, no hay otra justificación para lo amable, lo incomprensiblemente considerado que es.

Eso es tan tonto. Yo disfrutaré en tanto tú disfrutes, solo oirte gemir me volverá loco. Estoy ansioso por escuchar esos bonitos sonidos, tanto que podría olvidar que es bastante probable que meta la pata por lo torpe e inexperto que soy.

“Disfrutaré.” Le asegura, mirándolo con convicción. Cuando capta el asombro de Hirose por su súbita resolución, Nakamura vuelve a ponerse nervioso. “N-no… no tienes que preocuparte por eso.”

Él vuelve a sonreír.

“Bien. Entonces dejaré de ser un completo mata ambiente.” Hirose lanza pequeñas risas, alargando sus brazos para sostener su espalda más cómodamente.

“Um—bueno, eh—voy a…” Nakamura mira la entrepierna de Hirose, dudando de cómo posicionarse con idoneidad. Tiene que hundir la cabeza ahí. Carajo, no consideró si eso sería incómodo para Hirose—¿cree que no? Es un elemento implícito de las felaciones, es prácticamente una obligación hacerlo ya que, ¿de qué otro modo llegaría a colocar su boca allí? Y Hirose le aseguró que quería—oh mierda, lo está pensando demasiado, ¿no—?

“¿Es más cómodo conmigo de pie, verdad? El tamaño de la tienda no me dejaría pararme. Podríamos traer sillas, pero tampoco creo que quepan.” Hirose se da cuenta de su indecisión, contemplando las opciones que tienen. Él se muerde el labio en la reflexión.

Nakamura también sopesa las limitadas posibilidades que tienen. Su consideración no dura mucho, porque la determinación regresa más fortalecida que nunca.

“Está bien. Me acostaré.”

No lo piensa dos veces antes de maniobrar para acostarse sobre su estómago y aproximarse al área del regazo de Hirose. Como había mencionado él, habría preferido arrodillarse, pero tienen que trabajar con las condiciones que se les presentan. Si Nakamura lo hubiera pensado demasiado, no se habría atrevido a hacer esto.

Trata de tranquilizarse, de absolutamente no mirar al pene que tiene casi que en la cara. Trata tanto de evitar incrustar su urgida mirada, pronta a otorgarle más amplitud a las pupilas, ahí, para no embelesarse con lo que roza la punta de su nariz. Puede sentir a Hirose más inquieto, removiéndose en su posición.

“¿Estás seguro? No quiero—ser insistente, pero deberías estar cómodo para… esto.” Él le dice, mirándolo hacia abajo. Nakamura no es capaz de mirarlo de vuelta.

“Sí. Estoy seguro.”

No, en realidad no lo está. Esta posición es bastante incómoda, a decir verdad, pero no se le ocurre otra. Hirose parece estar cómodo estando justo como está, y no está a punto de suprimir su comodidad por cumplir sus propios deseos.

Nakamura hace lo inevitable, no es sólo imposible por la naturaleza inherente de lo que se compromete a hacer, sino porque el calor, la humedad, que emana el órgano, transmitiendo en ondas persuasivas que lo engatusan a que ejecute la felación, haciéndolo percibir la ligera ansia debido al ardor exudado que impacta en su rostro, es similar al efecto de una droga inducidora. Así que endereza los ojos, reestructura la disposición de sus pupilas para que capturen la polla que cuelga al frente de su nariz. Mierda, es aún más asombrosa de cerca. A esta distancia, puede apreciar más fácilmente las venas marcadas con sutilidad en los extremos más refundidos del tronco, lo que era inapreciable observándolo desde una distancia remota: en su mayoría, son verdes. Era difícil precisar las venas al no poder avistarlas de forma exacta porque no se destacaban con el vigor apto a través del pellejo, pero ahora, teniéndolo supremamente cerca, esas ínfimas, aun así, magníficas peculiaridades, se vuelven manifiestas para su absorción ocular vehemente, bebiendo cada menudo detalle como si fuera la pieza ornamental más fundamental de su aparato. Como el resplandor del glande, recubierto en su propio fluido, o la línea tirante del frenillo que es inmisericorde al apretar de más ese punto de tensión que jala ásperamente su piel, o el color profuso al que se sumerge la piel plegada de su prepucio, despegándose y recogiéndose debajo de la disimilitud con el rosado de su cabeza. Siente una extraña, retorcida fijación con ese último rasgo en particular.

Y el olor. Inspira profundamente, teniendo cuidado de no hacer ningún ruido que indique que está olfateando. Su esencia es tan buena, aquí se concentra más: es dulce, es almizclada, es él.

Huele tanto a Hirose que me siento drogado.

Está ansioso por probarlo.

Y lo demuestra el que esté salivando más, no sólo por el hambre instantáneo que se deriva de ser estimulado visual y olfativamente con semejante obsequio, sino también por prepararse inconscientemente para acoger lo que anhela ensartarse en la boca.

Pero, el miedo vuelve a hacer de las suyas con su mente. Ni siquiera sabe qué hacer con los brazos, los tiene estáticos sobre el plástico del suelo de la tienda. Además, ¿cómo debería empezar? ¿Debería llevárselo a la boca sin más? Tiene miedo de equivocarse, lo mejor sería no ir directo al plato principal. ¿Quizás prepararlo con una entrada? Piensa Nakamura, piensa. Mm, cree que estaría bien partir con humedecer el glande, ha leído los suficientes mangas yaoi para tener una idea de cómo hacerlo. Como lamer un bombón—ese es un ejemplo raro. ¿Besarlo, quizás? No—eso sería aún más raro, incomodaría a Hirose. Lamer, chupar, sí, debe escoger alguna de esas dos disyuntivas—

Algo ocurre.

Algo inesperado.

El pene de Hirose respinga. Después del notorio respingo, expulsa más pre-seminal que se bloquea un rato en el pequeño bache del borde fruncido del prepucio antes de que la gota gorda se resbale con lentitud hacia la base.

La vista lo hace salivar aún más. Su propio cuerpo también reacciona: su miembro otra vez erecto se contorsiona dentro de sus shorts. Ugh, al menos la presión contra el suelo es un mínimo estímulo, o alivio. Es mejor que no disponer nada.

Así que se decide a parar de meditarlo, y saca la lengua, dándole una corta y tímida lamida a la cabeza.

“Ah.” Hirose gime, tapándose la boca inmediatamente después del desliz.

Nakamura alza la cabeza, observándolo. A pesar de que se cubre con la mano, su rubor es tan imperativo que es obvio que rige el color en su rostro. Hirose también lo observa, sus ojos preciosos asombrados, agigantados, por el desconcierto de haber reaccionado así.

Nakamura quiere encerrar ese sonido en un cofre y conservarlo con él para siempre.

Además, el sabor salado, persistente en su lengua. Lo saborea, conduciéndolo al paladar para evaluar, exprimir hasta el último vestigio de él. Hirose sabe tan bien.

Necesita más.

Muy a pesar de su creciente avidez, su temor a equivocarse sigue siendo un oponente irremovible, así que decide ir despacio, por lo pronto. Acerca los labios, entreabriéndolos para succionar la punta curvada. Cierra los ojos, succionando suavemente, disfrutando de la sensación de la piel extremadamente tierna y resbalosa del glande y procurando sorber más del regusto de su pre-seminal. La reacción de Hirose vuelve a enloquecerlo, con él reprimiendo sus gemidos y sus piernas agitándose, no sabiendo si cerrarse alrededor de él o mantenerse abiertas.

Nakamura no se detiene. A partir de ese instante, se mueve en automático. Presiona su rostro contra la longitud para alcanzar una sección específica, una donde reside la vena que más se resalta, decidiendo aventurarse y usar más la lengua, lo que gana un temblor de los muslos de Hirose. Succiona alrededor del eje, algunas veces más fuerte que otras para darse el gusto de crear marcas rojizas. El sonido atronador de los pop cuando se despega más los gemidos que intenta inhibir, pero que es inútil el intento por el silencio, son hipnotizantes. Se siente en una nube que se rehúsa a apear, su cerebro volviéndose una sustancia disuelta que solo ejerce su función para extraer más de esas extasiantes reacciones de su amor. Nakamura quiere que este sea el único sabor que alguna vez habite en su paladar.

Descubre que los puntos donde más goza ser explorado lingualmente se revela no solo por un ruido que declara más sensibilidad, sino porque la polla brinca con ánimo una vez que la libera. Así es como descubre que le gusta que succione precisamente la sección que Nakamura más quiso capturar en su boca: los pliegues debajo de la cabeza. Así que rota la lengua ahí antes de suspender para ahuecar sus mejillas y sorber con ahínco. La textura allí es algo curiosa, pero no menos exquisita.

Esta vez, gloriosamente, la polla rebota mientras succiona. Incluso, expulsa pre-seminal mientras lo hace, la sustancia encontrándose con sus labios ocupados.

Su propio pene duele, así que se remueve en el suelo, buscando fricción. La consigue, una mínima pero que, aun así, lo hace gemir durante su diligente labor.

Hirose gime más. Sus piernas arrugan el saco con su retorcijón.

“¡Mnh! Nmh—Nakamu—¡espera! Espera— Hirose lo toma del cabello, obligándolo a alejarse del área. Está aturdido, todavía sin despertar de la burbuja de lujuria en la que está aprisionado, así que debe parpadear para reventarla. Cuando lo hace, se alarma. Oh no, mierda—¿hizo algo malo? ¿Algo que lo incomodó? O peor aún, ¿algo que lo lastimó? “S-si…” Hirose inhala, “Si sigues así, voy a… mm,” él se muerde el labio, nervioso, “a correrme. Deberías… meter tu boca antes.”

¿Lo hizo esperar demasiado, no es así? Es un tonto, se abstrajo por completo y se le olvidó. Aun así…

“E-es que…” Nakamura comienza, sin saber cómo formular lo que quiere decir, “tengo miedo de… hacerlo mal.” Su voz nunca ha sido tan pequeña como ahora. Le sorprende incluso que, a pesar de ser un susurro difícil de captar para cualquier oído, sea un sonido y no el silencio mismo.

Pero Hirose lo escucha fuerte y claro.

“Mm, en ese caso…” Se extraña al mirar a Hirose acomodarse. Deja de estar sentado, recostando su espalda en el saco. Lo único que le impide acostarse son los codos que conservan su parte superior elevada, lo que le permite seguir mirándolo desde arriba sin tener que forzar la cabeza. No debería haber visto esto—pero Nakamura se resigna al destino de ser un pervertido, así que sí, babea (internamente) cuando ve que el cambio provoca que el miembro repose más en su vientre que en el aire. Sin embargo, dejando su perversidad de lado, Hirose, por alguna razón, duda con el brazo, inclinándose un poco hacia a un lado debido a que pierde el otro soporte. Se detiene por un momento antes de continuar sin titubear. Su mano alcanza su rostro, su pulgar se presiona contra sus labios. Nakamura se convierte en piedra. “Puedes practicar. D-digo—con mis dedos, ¿no es más… íntimo que con—lo otro, no?” Hirose divaga, presionando más sus labios por mero nerviosismo.

Su corazón late con el riesgo de detenerse. Nakamura va a fallecer. Aunque, ahora mismo, no le importaría.

“¿Tienes algún pro—”

Nakamura se obliga a huir de su parálisis para negar bruscamente con la cabeza.

A pesar del movimiento, Hirose no lo suelta.

“Bien—eh, ¿supongo que tienes que abrir la boca?”

Traga, antes de partir los labios. Los abre solo lo suficiente para introducir el pulgar, aunque no hace falta hacerlo él mismo, ya que Hirose presiona hasta que lo conduce dentro. Tanto él como Hirose se quedan quietos, lo que le indica que Hirose está dispuesto a brindar su dedo sin intervención para que él lo use, así que es lo que hace. Al principio es tímido, limitándose a envolver el pulgar, llevándolo con lentitud hacia dentro y hacia afuera, evitando mirar a toda costa a Hirose, hasta que el movimiento constante le hace ganar un poco más de confianza para acelerar o aplicar una succión más ferviente. Cerrar los ojos es una verdadera ayuda; cree que nunca podría adquirir la confianza que requiere para esto mientras perpetúa la mirada en el chico más bonito que alguna vez ha tenido el privilegio de admirar.

El dedo de Hirose también empieza a moverse, asistiéndolo durante la succión al hacerlo retroceder y hundirlo de nuevo, incluso desplazándolo dentro de su boca para motivarlo a usar la lengua.

Si es tan solo su pulgar, ¿por qué esto se siente tan bien? Vuelve a removerse en el suelo, buscando el tan anhelado alivio del que ha sido tan privado, y lo consigue, de nuevo con su levedad, su escasez que sólo sirve para que la necesidad sea más apremiante. Gime en el pulgar de Hirose, y Hirose, motivado por el ruido, expulsa e inserta su pulgar con más entusiasmo.

Hasta que Hirose se lo retira de la boca para acariciar sus labios, humedeciéndolos con su propia saliva. ¿Esto debería darle asco, o debería preocuparse porque en realidad lo que Hirose pretende es limpiarse? Sea lo que sea, lo está calentando como la mierda. Mantiene sus ojos cerrados, apretándolos más para concentrarse, resistirse antes de que un gemido procaz decida burlar el régimen de su voluntad.

“Nakamura, abre los ojos.”

Y, como si fuera magia, como si nunca los hubiera cerrado en primer lugar, él obedece.

Hirose lo está mirando, con esa cualidad depredadora, inconsciente, ensimismada que le despoja el aliento. Sus ojos no se descarrilan de él, sus pupilas han adquirido, como asaltantes especializados, más territorio en la colectividad del redondel de los irises que se alían con la opacidad para fundirlos en el filo de una mirada sensual. La intensidad con la que lo impregna en la sugestión de sus espejos ópticos claros, aferrándose a él sin consentir ningún tipo de huida, es ofuscadora.

Entonces, Hirose vuelve a mover sus dedos, llevando el índice y el medio a su boca. Nakamura la abre y, esta vez, ni siquiera necesita moverse de adelante hacia atrás, porque Hirose hace el trabajo por él. Es él quien los jala hacia atrás y los reinserta, Nakamura sólo se encarga de succionar como se debe. Y todo, mientras mantienen contacto visual, mientras sus ojos se enlazan, anclados al otro.

“Solo debes tener cuidado con los dientes.” La voz de Hirose suena… demasiado automática, como si lo hubiera advertido por impulso.

Anotado. Aunque es algo que había considerado antes.

“¿Lo eftoy hafiendo fien?”

“Jum.” Responde simplemente Hirose, hipnotizado, enterrando sus dos dedos más hondo y siendo más rápido.

Un rato más de arremonilarlos para que los emplee como piruleta, y Hirose los saca con suavidad, tanto es así, que un hilo de saliva los une hasta que se desmorona en el suelo. Nakamura respira, agitado, viendo cómo Hirose vuelve a acomodarse al apoyarse con el codo del brazo, la mano y los dedos que usó con él.

“Estás listo,” declara Hirose, tomando su miembro con la misma mano cubierta de su saliva. Podría haber gemido solo con la vista, y no solo con la vista—sino con un detalle más añadido: el borde inferior de la camisa naranja de Hirose, justo donde la punta se acostó, tiene una mancha de humedad, lo que significa que ha estado derramando más pre-seminal, lo que exhibe lo necesitado que está. “Te ayudaré a llevártelo a la boca.”

Nakamura traga. Está salivando como un lunático. Ni siquiera cuando se está muriendo de hambre produce estas cantidades irracionales de saliva.

No dice nada, solo se sumerge en su ingle y empieza por abarcar el glande con su boca. El que Hirose se asegure de que su pene esté derecho es una gran asistencia, su pulgar debajo de su prepucio obliga a parar la inclinación. Nakamura descansa un momento cuando engulle la totalidad del glande: el grosor es evidentemente más grande que dos dedos, así que tiene que forzar la mandíbula para evitar que exista algún encuentro lamentable con los dientes, incluso si es en un roce. Lengua presionada contra el suelo de la boca, listo, es ideal conservarla ahí—por ahora. También, debe tener en cuenta el relajar la mandíbula—supone que eso es obvio, pero para ayudarse, debe llevarlo más adentro. Nakamura lanza una rara exhalación decidida por la nariz y empuja más de Hirose a las profundidades de su cavidad. Hirose aparta su mano cuando Nakamura continúa con el siguiente tramo al deslizarse hasta conseguir establecerse en la mitad del cuerpo carnoso.

Oh, pero Nakamura no se conforma con eso, no señor. Si él será el primero en proporcionarle este tipo de placer, se asegurará de colocar la vara bien alta para cualquier contrincante que pueda manifestarse en el futuro. Porque Nakamura, inhalando con aún más decisión, conduce lo que le resta de Hirose incluso cuando raspa incómodamente la parte superior de su paladar. Sus labios, que están bastante extendidos alrededor de la robustez de su circunferencia, llegan al límite al el superior rozar la piel de su pubis y el inferior la de sus testículos. Tiene que concentrarse descomunalmente para no alarmarse y sacárselo al instante, tirando todo su arduo trabajo y triunfo garantizado a la basura, aunque de sus ojos germinen lágrimas que él sorbe como si nunca se hubieran formado.

Hirose no es de proporciones inmensas—ambos podrían ser del mismo tamaño, incluso con Hirose siendo uno o dos centímetros más corto que él. Aun así, su tamaño “promedio” es suficiente para que, con la totalidad de su largor absorbido, sin autorizar que algún centímetro no sea tomado, la cabeza prevalezca contra el pleno inicio de su faringe. Así que, sin él mismo quererlo, su garganta convulsiona, rechazando al invasor que reside un espacio innecesario, excesivo en ella. A pesar de toda su resistencia, lágrimas se gestan en sus ojos velados por sus párpados en pliegues debido a su insistente cierre, siendo una amenaza persistente al pretender escapar incluso con la prohibición de que se viertan. Pero no puede, la frustración de que el roce constante contra la úvula no detenga el reflejo de las náuseas hace que exteriorice el esfuerzo de prevenir la convulsión en lágrimas que ensucian inculpadora y señaladoramente sus cachetes, revelándole a su chico lo inútil que es.

Es tan patético. ¿Ni siquiera puede hacer algo como esto?

Exhala por su nariz como un toro iracundo, en parte para recordarse que por ahí es por donde debe respirar y en parte para desahogar la impotencia de no poder comenzar de una buena vez, de retrasar esto por su incapacidad de ser útil.

Con miedo, Nakamura abre los ojos, gruñendo al encontrarse con una vista empañada, hasta que se ajusta en la claridad cuando la última lágrima lo abandona. Hirose no lo está mirando, su cabeza está torcida en dirección al cielo—o bueno, al techo de plástico—y su muñeca cubre su boca. También, repara que su otra mano está ciñéndose a su muslo tan fuerte que parece querer clavar las uñas ahí. Él no logra ubicar el por qué. Y su pecho asciende y desciende de forma enigmáticamente veloz, lo que es obvio ya que el ruido de su respiración agitada es demasiado alto—suena como si hubiera acabado una maratón en la que batió un récord.

Hasta que lo siente.

La sensación de tener el pene de Hirose dentro, hasta la empuñadura, es extraña. Es como darle cabida a un tubo caliente y de carne—ese ejemplo es extraño, pero no se le ocurrió otro. Como sea, la sensación de él pulsando, dentro de su boca, robusteciéndose al son de cada pulso pese a estar confinado en su cavidad húmeda, no le iguala en extrañeza—no, no en extrañeza, ¿para qué se engaña? En lo infernalmente caliente que es.

De él emergen más lágrimas, esta vez no de la frustración o de un estúpido reflejo para repeler objetos interceptores o lo que sea, sino de la pura excitación. El calor es tan insoportable, tan asfixiante, que llora porque, en serio, no hay forma en el mundo de que sea complacido. Como si fuera magia, su propio pene pulsa en sincronía, así que, como una práctica aprendida, conecta los muslos y rueda las caderas contra el suelo, provocando una mínima fricción que le hace gemir / gruñir desde el fondo de su garganta.

...

¿Ese es… un sollozo de Hirose? ¿Acaso escuchó bien?

Sea lo que sea, de lo que sí se percata con seguridad es que Hirose aprieta aún más su muslo, incluso dolorosamente, después de que éste sufre evidentes espasmos.

“N-no hagas…” Hirose habla con dificultad, no hacia él, todavía sigue mirando el techo. Eso es raro. “S-si te miro, voy a correrme. Aun no quiero—” Hirose traga. “¿Puedes… quedarte así un momento mientras me relajo?”

Nakamura lo mira asombrado—bueno, desde esta perspectiva, a su mentón. ¿A qué se refiere con que si lo ve, se correrá? En realidad, tiene sentido, Hirose parece haber sobrepasado su límite hace mucho, solo que se exige a excederlo. Qué bonito es ser correspondido, ¿así de bien se siente? Vale, probablemente su amor no lo sea, pero su deseo de prolongar este acto carnal de pasión definitivamente lo es, así que Nakamura obviamente pondrá de su parte y, mansamente, no moverá ni un músculo, incluso si esos músculos son sus labios, su boca y su mandíbula estirados irritantemente de par en par, hasta que Hirose controle el placer que desea explotar fuera de su cuerpo.

Oye a Hirose respirar como si estuviera preparándose para regular la respiración en una importante competencia de natación. Eso es sumamente tierno, así que reprime una sonrisa. La que, por supuesto, supone que sería un estímulo estorboso para Hirose ya que movería sus músculos con tal de acomodar la expresión.

Después de un sólido minuto, Hirose se digna a bajar la cabeza. Esto es lo que temía: Hirose lo verá, y se espantará. ¿Cómo no? Si debe verse fatal con los ojos saltones, la órbita ancha al ellos sobresalir de su natural dimensión, las cejas agachadas, fruncidas en la concentración, los cachetes regordetes como si el aguijón de una abeja las hubiera empalado, manchados con el recorrido de lágrimas secas, y no menos importante, la boca babeante, la cual, como un famélico desagradable, no pudo detener la producción y la profusión de saliva al estar tan abierta, así que ésta prosiguió, sin su autorización, descendiendo, llegando a estancarse en el escroto o deshonrar la piel inmaculada, sagrada de Hirose al salpicarlo de su fluido impío.

Nunca se había sentido tan avergonzado de ser observado.

Cierra los ojos, no queriendo contemplar la decepción en su rostro, no queriendo contemplar el desagrado y la posterior orden de que se abstenga de realizar la felación porque no es físicamente cualificado para ser de su agrado en términos sexuales.

Pero nada de eso ocurre.

“Creo…” Hirose empieza, Nakamura vuelve a abrir los ojos, él lo está mirando con una atención demasiado—atenta, para su gusto, sobre todo por cómo supone que debe verse. “Está bien si empiezas ahora.”

Nakamura suspira por la nariz. Bien, la hora ha llegado.

Se retira despacio, haciendo que su boca vuelva a humedecer el trozo completo que había impregnado con su saliva al ingresar. Desplazándose así, es más fácil degustar la esencia de Hirose, así que no tarda en disfrutarlo. Cuando llega a la punta, donde puede brindarle consuelo a su mandíbula al distensarla y solo conservar sus labios sujetos a la pequeña hendidura para descansar antes de entregar todo de sí, pausa. Tener la boca abierta durante un perenne segundo la fatigó bastante, así que concederse un reposo no debería estar mal.

Una vez que evalúa que la punzada de la tensión mengua, abre de nuevo la boca para darle abrigo a toda la cabeza. Rueda la lengua, oprimiéndola en el envoltorio desplegado del prepucio y empujándola contra el orificio uretral, lo que golpea fuera de Hirose un gemido agudo y un quejido por la agitación de sus piernas. Nakamura decide que no debería jugar con él así, así que sumerge la boca hacia la base, sofocando una convulsión, incluso si su garganta se contorsiona al batallar contra lo que roza indebidamente su úvula, para retroceder con la gentileza de la que Hirose debe ser proveído. Y así vuelve, una vez más, replegándose cuando su boca sólo dispone en su captura la cabeza para avanzar y calzar, atropelladamente, la polla hasta que ni siquiera se vislumbra la raíz.

Respira anormalmente a través de sus fosas nasales, exhalando como un animal sulfurado porque no tiene idea de cómo se supone que debe respirar, además de que la sensación de ahogo no ayuda, así que respira a un volumen vergonzoso. ¿Siempre ha sido tan sensible o irritable a tener cosas anchas en el conducto oral? Nakamura no recuerda la última revisión que tuvo con el odontólogo, aun así, habría considerado normal que rechazara algo como un utensilio largo ensartándose en su boca. Todos los humanos tienen ese reflejo, ¿no? Pero supone que unos deben tenerlo más desarrollado que otros, y Nakamura debe calificar como los que lo tienen más desarrollado porque, de otro modo, no le halla justificación plausible al que su garganta se retuerza impasiblemente por obligarla a conservar la polla engullida hasta lo profundo, al que no pueda eludir que de sus ojos manen una muchedumbre de lágrimas por la presión de prolongar ese incesante reflejo que lo incita a toser, al que tenga que suprimir sollozos por el esfuerzo de no retirarse a pesar de las convulsiones ahogadas que lo apremian a que se deshaga de lo que tiene dentro.

O quizás es la consecuencia de exigirse más de lo que puede tomar, más considerando que es su primera vez haciendo algo como esto. Su garganta, absolutamente, no está acostumbrada a sobrellevar o aplacar el reflejo de expulsar al órgano mientras le proporciona una felación, así que no debería ser tan duro consigo mismo. Su codicia lo condujo a esto, bien pudo tomar la base de Hirose para darle placer a lo que no logre tomar y así habría podido obviar su sufrimiento auto-impuesto, pero no, no lo hizo. 

Y, a pesar de todo, no quiere hacerlo, porque percibir el sabor de Hirose más concentrado, más abundante con cada introducción bucal completa, lo motiva más, lo vuelve aun más codicioso y exigente consigo mismo. Incluso si de sus ojos forzados a cerrarse brotan un raudal de lágrimas patéticas, incluso si el dolor mandibular y el esfuerzo de rebatir la urgencia de salir le hacen llorar sonoramente, no parará.

O bueno, quizás sí. Una pausa le vendría bien.

Con un suspiro hambriento por aire, sale de Hirose, produciendo un escandaloso, licencioso pop, y respirando como si nunca hubiera experimentado el deleite del oxígeno. Se lame los labios, sin desperdiciar ningún resto del sabor de él, y se limpia las lágrimas. Sin embargo, contemplar al órgano bajo este nuevo reflector, le seca la boca. Está embadurnado con su saliva desde la cima hasta el tallo, resplandeciendo con el baño de viscosidad hasta desplomarse hacia sus testículos. No sólo eso, sino que late, frustrado por la pérdida de estímulos pero energizado por estar siendo apreciado, bañado agradablemente debido a su solícita atención. Los latidos consiguen que gotas de su saliva brinquen fuera del órgano robustecido, asperjando de humedad el suelo de plástico.

De repente, se olvida por completo del dolor o la fatiga que conlleva llevárselo a la boca. Lo quiere de vuelta, quiere devorarlo de vuelta. La necesidad es gigantesca.

“Abre la boca.”

La orden lo sobrecoge, así que observa a Hirose. Su cabello lo cubre, pero de él se asoman sus ojos ensombrecidos. Nakamura traga, y obedece al instante.

“Perdóname, Nakamura. No puedo resistirlo más.”

Está por cuestionarlo, lo que no es necesario, ya que rápidamente obtiene el por qué. Hirose lo agarra de la parte frontal del cabello y lo fuerza a tragarlo, imponiéndose en su boca hasta que la raíz es invisible. La diferencia entre hacerlo él mismo con que se adueñen sin delicadeza del espacio inhabitado de su garganta es descomunal, no puede frustrar la contracción impotente de ella y la expulsión de gruesas lágrimas por el dolor súbito de la presión violenta del trozo de carne contra la sensibilidad del más allá de la base de su lengua, activando la alarma de que debe evacuarlo porque o sino se atragantará.

A partir de ahí, Hirose no para. Utiliza su cabello como una palanca para zambullirlo enteramente en su longitud, marcando un ritmo veloz, implacable y, al mismo tiempo, errático. Sin esperanza de obtener algo de piedad, solo gruñe y solloza mientras más y más y más lágrimas se escabullen de sus ojos. El despilfarro de saliva más caudaloso se vuelve homogéneo con la vastedad de sus lágrimas, las sustancias integradas embarrándose y absorbiéndolas a lo largo de la polla que, dificultosamente, intenta succionar incluso con la restricción. Las caderas de Hirose también se empujan de adelante hacia atrás, el movimiento volviéndolo demente, lo que ayuda a imponer más de él hasta el fondo ya que, si el tirón de su mano en su cabello no lo logra, sus caderas empujan lo que falta para que él se lo trague todo. Demuestra lo salvaje que es, lo desesperado que está por el alivio añorado que se contuvo de obtener, y Nakamura lanza un gemido roto debido a la comprensión. Sus ojos se levantan hacia la oscuridad al torcerlos al máximo, las lágrimas fugándose sin cesar mientras se ahoga con la repugnancia de que su mentón esté atestado de la mezcla tanto de su baba como de su llanto.

“¡Mnhg, mggn, mhn—ah, ah! N-Nakamu—¡Mgghn!”

Esto podría ser un sueño, como una pesadilla. Está llorando a mares porque quiere que el órgano deje de atragantarlo, porque a este punto, sí, lo está atragantando. Así, no puede darse el lujo de respirar. Sus ojos están torcidos como si quisieran eyectarse fuera de las cavidades salvaguardándolos porque ni siquiera puede cerrarlos, el pánico de ser privado de oxígeno se lo imposibilita. Se siente irse entre más segundos se prorrogan, la falta de oxígeno más el ardor de su garganta cada vez que la cabeza frota con brutalidad la úvula le impiden distinguir si la nebulosidad de su visión es por las lágrimas o porque está a punto de desmayarse. Pero… por otro lado, están los gemidos altos, agudos, sollozantes de Hirose, el salvajismo con el que lo doblega, con el que usa su boca para su exclusivo placer, el ruido de los gorgoteos raudos, obscenos debido a la humedad excesiva de los fluidos licuados los unos con los otros, debido a la rudeza con la que lo coacciona a chuparlo, la forma brava, caótica, en la que ingresa, arrancándole el aliento al clavarse hasta la empuñadura, hasta que sus labios desbocados besan sus testículos, y en la que se retira, asegurándose de que nada más que su glande abombado permanezca dentro.

Es extraño cómo esto lo lastima al punto de presentir que le puede ocurrir algo nefasto como desfallecer y, aun así, hacerlo llorar todavía más por la calentura que se está devorando cada célula de su ser. Tan frustrado y tan excitado, que empieza a moler el suelo en busca de algún consuelo, su cerebro desprovisto de cualquier rastro de raciocinio, empujando sus caderas como si fuera algún animal en celo.

“M-mierda, ¡Agh, mggh! N-Nakamura, e-eres tan—” Hirose ataja su hablar para respirar, para seguir gimiendo en esa voz adorable, celestial, perfecta—Nakamura no sobrevivirá a esto, no con tantos estímulos letales por todas partes, “bueno en e-est—mgh, nghhn, ¡ah!” Hirose lleva la cabeza hacia arriba, gimiendo libremente mientras le folla la garganta al impeler sus caderas con más vigor. “T-te ves t-an—¡amh, ahg, ah! B-bonito llorando sobre m-mi p-p—¡pmghn, mgh!”

Nakamura cierra los ojos y se ahoga con sus sollozos de forma más expuestamente estridente, sus caderas tiemblan al intentar satisfacerse a pesar del latido húmedo de su polla exigiendo más.

“Mmhg, ¿t-te gusta e-eso, Nakamura? ¡Mmg, mhg! ¿Que te diga lo bonito que e—nmhg res?”

Aunque no puede negar ni afirmarlo, cree que el torrente de lágrimas seguido de su gemido quebrado es una confirmación lo suficientemente evidente.

Hirose prácticamente llora por la vibración de su garganta al gemir con esa rasposidad, sus caderas retorciéndose y moviéndose entrecortadamente al impulsarse en lo más recóndito de su cavidad.

“N-no v-voy a—¡ah, afg, ah! D-durar—m-más—” Las palabras casi ininteligibles de Hirose se tornan lejanas, su cabeza girando por la insuficiencia de aire, su cuerpo desganado persiguiendo inútilmente un placer que apenas puede conseguir al moler, con una fuerza enclenque, el suelo, y la esencia de Hirose siendo cada vez más lo único que puede absorber, respirar, sentir. Nakamura está en otro plano, uno sumamente abstracto. “D-déjame—¡Mghg, mggh, mng! D-déjame venir e-en tu boca, ¿s-sí? ¡Fgh, hgm! E-en tu boca c-caliente, d-dulce… ¡Ah, N-Naka—! P-por favor, t-te lo pi-ido ¡Ahg, afh! ¡Estoy a punto—!”

Intenta asentir desesperadamente, como si le hubieran ofrecido la escapatoria que lo libetaría de la asfixia, pero el agarre inflexible no se lo permite. Puede ver lágrimas derramarse de Hirose mientras lo fija en sus bellos ojos ondeando con el resplandor del agua lacrimógena como si estuviera siendo arrastrado a la tenebrosidad de un abismo, sin retorno para arribar a la superficie. Nakamura gime ante la vista, la vibración siendo lo último que Hirose necesita ya que embiste con fuerza su garganta, jala con aspereza su cabeza para mantenerla enganchada en la última porción de su base, su glande forzándose más allá de la pared posterior de su faringe y eyectando el semen como si fuera un proyectil, así que, sin otra opción, lo engulle sin ni siquiera poder determinar el gusto al éste ser enviado directamente a su esófago.

La forma brutal en la que la polla se estremece, se retuerce, con el esfuerzo de descargar la última gota de su orgasmo dentro de su boca le hace girar los ojos con las últimas de sus lágrimas. Vuelve a gemir, la contorsión de su pene siendo dolorosa por su pretensión de igualar la palpitación eyaculatoria de lo que tiene dentro, así que se frota con más intensidad, agitando sus caderas como si estuvieran dirigidas por estremecimientos indeliberados.

Hasta que se detiene, finalmente soltándolo y deslizándose, flácido, fuera de él. Él se derrumba acostado en su saco mientras que Nakamura respira como si hubiera estado bajo el agua el tiempo suficiente para provocar un desvanecimiento decisivo que lo haría perecer por ahogamiento, además de sufrir un breve, pero tosco, ataque de tos. También se derrumba en el suelo, cayendo boca abajo como una papa aplastada.

Por unos largos minutos, el único sonido es la sincronización de sus respiraciones entrecortadas e irregulares.

El dolor en su mandíbula es contundente, ni siquiera puede cerrarla por lo entumecida que está, así que sí, sigue con la boca abierta, babeando como si no pudiera controlar el flujo de lo que produce su propio organismo. ¿Pero ahora mismo le importa? No, en lo absoluto, porque solo desea descansar. No sabe qué calificación le otorgaría Hirose a su felación, él espera por lo menos unas cuatro estrellas porque soportó muy bien—y sobrevivió—a que agarrara su boca y la usara como un sustituto oportuno de un juguete sexual, así que luchó como nunca por el reconocimiento, incluso contra la muerte misma. Como sea, regresará a descansar, sí—qué espléndido suena esa palabra.

“¿Nakamura—? ¿No te moriste, o sí?” Sin embargo, la voz de Hirose lo llama. Él se obliga a parpadear para ahuyentar la extenuación.

“Algo cercano a eso.” Responde con la voz bastante rasposa. Incluso el mover los músculos para hablar, duele.

Más silencio. Nakamura da por concluida la conversación, así que vuelve a cerrar los ojos, dispuesto a seguir descansando. No obstante, Hirose habla por segunda vez.

“Me comporté horrible.” Él admite, su tono es apesadumbrado. Nakamura se endereza al instante, alarmado. La mirada de Hirose está desviada: luce decaída, y la opresión constante del labio revela la represalia que se implanta por la culpa. “Te lastimé, ¿no es así? Fui más que un idiota. Dije que también quería que disfrutaras, pero no lo demostré. La jodí bastante, así que no espero que me perdones, entenderé si no lo haces. Si quieres olvida que todo esto pasó o haz lo que creas mejor para que pague, lo aceptaré.”

Esto no está bien. ¿Qué es lo que Hirose está diciendo? No permitirá que crea esa falacia, no bajo sus narices.

“No me disgustó.” Le responde de forma rotunda, sin dar acceso a que más inseguridades importunen la intocable mente de su amado. Hirose lo mira atónito. “Aunque decir que no… “dolió” sería mentir, n-no—no se sintió mal. T-todo lo contrario…” Nakamura desvía los ojos, captando cómo la sangre retorna a su rostro con su habitual impresión del calor rojo colosal, al señalar la erección en sus shorts. La masajea un poco con un dedo a pesar de la vergüenza que le provoca estar haciendo esto bajo la vigilancia indiscreta de Hirose. Cierra los ojos, decidiendo apartar la mano antes de volverse demasiado codicioso, tocarse después de ser tan negligente consigo mismo realmente lo deja sensible. “Se sintió muy bien.”

Hirose no le quita la mirada de encima. Nakamura se inquieta, removiéndose incómodamente, ¿tocarse frente a sus ojos fue demasiado?

“Lo compensaré.” Decide Hirose, acercándose a él. Nakamura respinga de la impresión. “Si eso está bien.”

Oh, está más que bien.

“L-lo está.”

“Yo—um. Avísame si no te sientes cómodo con algo, ¿está bien?” Pide Hirose antes de esconderse en su cuello.

Nakamura no cree que eso pueda considerarse siquiera una probabilidad, no en estas circunstancias. Pero, revelarle algo así a Hirose sería demasiado extremo, así que se limita a asentir.

“Empezaré por… quitarte esto también, ¿okay?” Revela Hirose, señalando su short. Su voz susurrante, servicial, articulada con terneza en su cuello hace que los escalofríos le embaulen la columna.

Nakamura asiente, presto, más ansioso que nunca.

Notes:

nunca había descrito un pene con tanta precisión, he de decir JAJAJAJ tenía q hacerlo pq sí, nakamura se volvería ginecólogo con tal d descubrir cada rasgo del pilín del amor d su vida. y confieso que este capítulo se me hizo más complicado pq aquí la sobrepensadera de nakamura se intensifica, descansa ese cerebro hijo por dios

ya aquí supongo q no es light dom/sub sino directamente dom/sub, babeo por el hocico. vivo por nakamura sub y hirose dom 🙏 así como vivo por nakamura bottom y nakamura + dacryphilia. ojalá tuviera todo el tiempo del mundo para escribir más smut de ellos, hay tan poco de hirose top x nakamura bottom q me siento indigente

tampoco había escrito antes una mamada tan larga lol. quise extenderme pq, siendo la primera vez de nakamura, él sobreanalizaría todo en vez de disfrutar en sí. para mí, él es un chico con sentidos agudos, así que experimentaría todo de maneras intensas. ademásss, por tener desarrollado el reflejo nauseoso lloraría al embutirse de penesitos ok jisjsisjsi