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Chapter 15: Botas, encajes y cartas no enviadas

Notes:

Gracias por leer 😊

Chapter Text

Cuando Cosette entró en la habitación, Éponine estaba limpiando las botas de Marius. Llevaba una caja en las manos. Entró sin llamar y del susto a Éponine se le cayó el cepillo al cubo del agua.

—Mi padre te ha comprado esto, para la boda. Aunque lo he elegido yo. Seguro que te encanta —chilló emocionada.

Éponine se levantó y se acercó a ella. Estudió la caja, era muy grande para contener joyas, pero pequeña para que fuese ropa. Se sentó en la cama recién recuperada y tomó la caja entre sus manos. Al abrirla encontró un montón de capas de papel de seda y bajo ellas, un velo del más fino encaje. Lo sacó de la caja con cuidado y delicadeza y lo observó con ansiedad. No era algo que hubiera imaginado ponerse.

—Cosette, yo... No puedo aceptarlo. Es demasiado caro —titubeó.

—Claro que puedes, el precio no es un problema, eres de la familia —replicó Cosette antes de marcharse.

Éponine se quedó de pie, sorprendida. Le habían regalado el velo más bonito que hubiera podido soñar, pero también el más caro y sabía que cuando se casara la semana siguiente, se sentiría enormemente culpable por llevarlo. Se lo colocó sobre la cabeza y se miró al espejo. Se dió cuenta de que deseaba llevarlo puesto, pero también que era demasiado lujoso para ella. Volvió a meterlo en la caja y se sentó a seguir limpiando las botas.

La noche anterior, después de haber pasado la mañana en el cementerio, Marius había decidido tener su propia habitación, así que ella y Valjean habían subido la cama supletoria a su habitación de origen. Le había costado subir las escaleras al principio, pero al final lo había conseguido, cojeando, pero lo había conseguido y no había nada que la hiciera más feliz que saber que estaba recuperado. Ahora ella limpiaba sus botas y las de él para quitarles el barro, mientras él le escribía a su madre para invitarla a la boda.

Terminó de limpiarlas, sacó el cubo al jardín y subió a la habitación de Marius para darle las botas.

—No tenías porqué hacerlo —dijo al verla.

—Ya bueno, pero creí que te gustaría... ¿Qué tal la carta? —respondió dudosa.

—Bien, ¿has escrito tú a tus padres? Serán unos miserables, pero igual se alegran —propusó él.

Éponine retrocedió escandalizada. Jamás se le habría ocurrido invitar a sus padres. Marius se levantó de la mesa donde estaba sentado y se acercó a ella. La cogió por los hombros y la miró a los ojos.

—¿Estás bien, 'Ponine? De haber sabido que te sentirías mal, no lo habría dicho —intentó tranquilizarla.

—Sí, es solo que tú has visto cómo se comportan. Mis padres no encajan en un lugar elegante como este —confesó a medias.

—Bueno, como quieras. Yo no te voy a juzgar si decides no invitarles. Te quiero.

Éponine se congeló. Ese "te quiero" la había descolocado, no se lo esperaba. Se le quedó mirando unos instantes, sin saber qué decir, antes de salir corriendo hacia la biblioteca. Se sentó en una silla y con papel y pluma empezó a escribir cartas para sus padres.

"Papá..." No, a su padre no le gustaba que le llamase papá.

"Padre, madre: me caso la semana que viene y me gustaría..." No, era demasiado directo.

Pensó, escribió y reescribió, pero no le convencía ninguna versión de la carta. Al final, derrotada, se dejó caer sobre la mesa y empezó a llorar. Marius entró cojeando en la biblioteca y se acercó a ella.

—'Ponine, ¿qué te ocurre? Antes saliste corriendo y me preocupaste mucho. Te he dejado tu espacio, pero es obvio que algo te pasa, ¿quieres contármelo? —se preocupó.

Ella hizo un gesto para que la abrazara y él la obedeció. Éponine se dejó envolver en ese abrazo y cuando estuvo relajada, le contó el problema. Quería invitar a sus padres a la boda, pero no sabía cómo hacerles llegar el mensaje, ni si se comportarían apropiadamente o empezarían a robar a los invitados.

—Tranquila, invítales si quieres. Ya verás como encontramos la manera de que se comporten. Y si no quieres, no les invites. Te quiero con padres y sin ellos —tras esas palabras la besó en la frente.

Éponine sonrió a medio camino entre la risa y la pena.

—Ya sé que me quieres. Yo a ti también.

Se quedaron así, mirándose cariñosamente el uno al otro, reconfortándose. Cuando fue hora de la cena quemaron las cartas y fueron al comedor. Esa noche Éponine se acostó con un propósito, y propósito a cumplir el día siguiente. Las sábanas de la cama seguían oliendo igual que Marius.