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Una canción de primavera

Chapter 11: Rozemyne

Summary:

El recuerdo de quienes quedaron atrás...

Chapter Text

Cuando Robett nos llevó al interior del gran salón, pude apreciar mejor la magnitud de su espacio. Vigas oscuras, gruesas como troncos enteros, sostenían un techo que se perdía en las sombras. Una chimenea enorme de piedra ocupaba el centro del muro del fondo, con el fuego ya encendido; por un momento recordé los hornos del orfanato, aunque esto era mucho más grande, más oscuro y olía distinto: a madera vieja, a humo y a algo metálico que no terminaba de identificar.

No había vidrieras de colores, ni esculturas, ni nada parecido a lo que encontraría en un castillo de Yurgenschmidt. Las paredes eran de tablones desnudos, oscurecidos por años de hollín, y la única decoración, un tapiz sencillo con la figura de un guantelete plateado sobre fondo rojo, parecía existir más por una necesidad de identidad que por adorno. Todo en el lugar transmitía la misma verdad que ya había notado en la aldea de pescadores: aquí nada sobraba.

Una mujer que se presentó como Sybelle apareció al final del salón. No destacaba por usar colores vivos ni por adornos llamativos. Su porte y figura me indicaron, sin necesidad de preguntar, que la ropa que yo llevaba había sido originalmente suya. Su cabello castaño caía de forma sencilla, sin exceso de arreglo. Tenía facciones sobrias y una serenidad que transmitía sin esfuerzo. Parecía joven, no creo que llegara a los treinta, pero su porte indicaba que había aprendido pronto a medir cada gesto y cada palabra.

Parecía una mujer que analizaba rápido y hablaba después. Sus ojos se movieron de Ferdinand a mí con la misma secuencia que ya conocía: primero el cabello, luego los ojos. Pero donde la mayoría se detenía en el asombro paralizante, Sybelle pasó a la acción con una rapidez que encontré inmediatamente respetable.

—Venid —dijo, dirigiéndose a mí, como si la decisión ya estuviera tomada. Su tono sugería que lo que decidiera en ese instante se sostendría después ante cualquiera.

Ferdinand y yo nos miramos. Robett le indicó con un ademán que lo siguiera, y él asintió apenas, recuperando su habitual máscara de indiferencia. No hubo despedida formal, solo un intercambio breve de miradas entre nosotros antes de que cada uno siguiera a su guía. Robett se llevó a Ferdinand hacia el ala opuesta, guiándolo hacia las escaleras del otro extremo del salón, por las que subió con paso mesurado y rígido.

Por mi parte, seguí a Sybelle hacia la escalera del extremo derecho. Los escalones de madera crujían bajo nuestro peso y, a medida que ganábamos altura, el salón se desplegaba entero bajo nosotras: las mesas largas, el estrado al fondo y el ir y venir de quienes aún trabajaban a esa hora. Al llegar a la galería superior, alcancé a ver a lo lejos cómo Ferdinand desaparecía tras una de las puertas del ala contraria. Avanzamos por la pasarela abierta, donde las antorchas fijadas a la barandilla a intervalos regulares daban una luz amarilla y constante.

Sybelle hablaba mientras caminaba. Despacio, con palabras simples, evidentemente había recibido información sobre el nivel de idioma de su huésped y había decidido adaptarse sin hacer de eso un problema.

—Vuestra room —señaló, abriendo una de las puertas.

"Habitación", comprendí, registrando el término en mi mente.

Mi estancia quedaba, entonces, en el extremo contrario al de Ferdinand, separados por todo el ancho del salón. Era lo esperado por decoro y lo correcto en este mundo, supuse.

El cuarto era pequeño, pero no incómodo. Tenía una cama con mantas gruesas, una mesa, una silla y una ventana pequeña que daba al patio interior, hacia el lado contrario al bullicio. En la esquina, un brasero que alguien había encendido antes de nuestra llegada ya esparcía su calidez. Alguien había previsto mi debilidad ante el frío, y ese alguien probablemente era Sybelle.

—Cálido —dije en la lengua local, esforzándome por pronunciar correctamente. Era la verdad y carecía de más vocabulario para adornarlo.

Sybelle me observó un momento con su atención medida y constante.

Do you have all that you require?

Procesé la pregunta. Tenía la mayoría de las palabras.

—Sí —afirmé.

Asintió. Luego señaló hacia la puerta y dijo un nombre: Marta. Una muchacha apareció casi de inmediato, joven, con el pelo castaño y la apariencia de alguien que ha recibido instrucciones y tiene intención de seguirlas.

Sybelle dijo algo acompañándolo con gestos. Entendí lo esencial, que Marta sería mi doncella.

Ella me miró con los ojos ligeramente más abiertos de lo habitual, pero contuvo el asombro. Asumí que Wylla la había preparado para encontrarse con una extranjera de aspecto extravagante.

—Gracias —le dije directamente a Sybelle.

Ella inclinó la cabeza con distinción y se retiró, cerrando la puerta tras de sí. Incluso con la madera de por medio, el rumor del salón abajo, las voces, el crujido del fuego, el roce de los bancos contra el suelo, seguía llegando, apagado pero presente, como si la fortaleza no terminara de contener nada por completo.

Marta se puso a trabajar sin necesidad de instrucciones, con la eficiencia de quien conoce su oficio a la perfección. Su diligencia me recordó a Merna, aunque fueran mujeres completamente distintas. Empezaba a preguntarme si aquello era común en estas tierras: resolver problemas sin esperar a que nadie se lo exija. Aquello me dio una escala de lo dura que debía de ser la vida en este lugar.

Marta resultó ser callada, mostrando una consideración silenciosa que agradecí profundamente. Ayudó con lo poco que traíamos: mi bolso pequeño, la ropa prestada que necesitaba ordenarse y el brasero, que requería un ajuste que yo jamás habría sabido realizar. Lo hizo todo sin comentarios innecesarios y con una habilidad que aprecié más de lo que habría esperado. Cuando terminó lo que estaba haciendo y se retiró con una pequeña inclinación que asumí era toda la etiqueta exigida en estas tierras. Me quedé sola.

El silencio aquí no era absoluto. La sala comunal de Orilla Negra siempre había estado llena de ruidos: el viento cortante, el fuego, los sonidos de la aldea al otro lado de los muros delgados. Aquí, el murmullo constante del salón se filtraba entre los tablones del suelo y por debajo de la puerta; un eco que no se apagaría hasta que el castillo entero durmiera.

Me senté en el borde de la cama. El brasero daba calor suficiente y las mantas eran más gruesas de las que había tenido en semanas. La habitación era pequeña, pero constituía mi único refugio por el momento.

"Debería dormir". Era lo necesario para no caer enferma otra vez, y Ferdinand me habría dado un largo discurso al respecto si estuviera aquí. Pero el sueño no llegó.

En la quietud, las ausencias me golpearon de frente. Pensé en Lutz, quien me conoció cuando solo era una débil Myne y siguió siendo mi apoyo más honesto cuando dejé de serlo; extraño tanto su franqueza que nunca hería. Pensé en mis padres de la ciudad baja, que me quisieron con tanta fuerza, y en mis hermanos, Tully y Kamil, que probablemente jamás sabrían qué cielo me había tragado.

Pensé en Benno. Él habría entendido mi obsesión por los libros de una forma pragmática y afectuosa. Apuesto a que ya me habría dado un par de dolorosos golpes en la cabeza antes de señalar las oportunidades comerciales del jabón y el papel en estos mercados desconocidos.

Pensé en la calidez genuina de Elvira como madre, en Karstedt y en sus hijos, quienes se convirtieron en mi familia cuando la primera tuvo que quedar atrás. Pensé en Sylvester y los suyos, con toda la complejidad de nuestros lazos políticos y afectivos. Pensé en mis asistentes del templo y del castillo... ¿Cómo afectaría mi desaparición a quienes me habían entregado sus nombres, ligando sus propias vidas a la mía? El peso de la incertidumbre me oprimió el pecho, amenazando con nublar mi juicio justo cuando más necesitaba mantener la cabeza fría. Tuve que obligarme a no pensar más en ello. Esa era la única forma de no derrumbarme.

Todas esas personas se habían quedado en el camino, y ahora me resultaba doloroso recordarlas desde una distancia que ni los mapas de este mundo podían medir. Eran demasiados recuerdos para cargarlos a la vez, pero los sostuve de todas formas. Era lo único que me quedaba de ellos.

En algún lugar de la fortaleza, lejano y amortiguado por la madera, el llanto corto y exigente de un bebé rompió la noche. Se cortó casi de inmediato, sustituido por un arrullo materno que no alcancé a distinguir. Una vida diminuta, ajena por completo a las preocupaciones del mañana. Me pregunté si esa criatura algún día sabría que dos extranjeros pasaron la noche al otro lado del salón, arrastrando pérdidas que no podían nombrar en voz alta.

El llanto de la criatura me hizo reparar en mi propio cuerpo. Sola, con la puerta cerrada, sentí un vacío físico y profundo. Era como un músculo que se tensa por costumbre y no encuentra resistencia, como estirar el pie hacia un peldaño que ha desaparecido. Algo que latía en mí de la misma forma en que el corazón lo hace sin que se le preste atención: mi maná. Nunca había tenido que pensar en él, hasta que dejó de responder. No era dolor; era el peso muerto de una corriente estancada bajo mi piel, un silencio demasiado completo.

Y con ese vacío, llegó mi verdadera desesperación: extrañaba los libros.

Era un pensamiento pequeño e inadecuado para la magnitud de todo lo que había perdido, pero era verdad de todas formas: extrañaba los libros con una intensidad física, la certeza de que en algún estante de Ehrenfest habían quedado respuestas a preguntas que nunca podré formular.

"Pero aquí también debe de haber libros", me consolé. En algún castillo más grande, en alguna ciudad que todavía no conocía. Libros escritos en una lengua que todavía no dominaba, con un alfabeto que aún debía memorizar, sobre un mundo que me resultaba ajeno.

Eso es suficiente para empezar. No era un consuelo perfecto, pero en estos días había aprendido que lo poco que tienes es suficiente si decides aferrarte a ello.

Apagué la vela.

En la oscuridad, el brasero daba una luz naranja y baja que se movía apenas con la corriente de aire que se filtraba entre los tablones viejos de la pared. Abajo, el fuego de la chimenea central seguiría ardiendo durante horas. El patio al otro lado de la ventana estaba quieto. El cielo tenía estrellas que no reconocía en ninguna constelación que hubiera aprendido.

"Todo por aprender", me repetí.

Todo desde el principio. Otra vez.

Cerré los ojos.