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Mala sangre

Chapter 5: Recomponiendo los pedazos

Summary:

- ¿Y el padre… sabe de su existencia?.
El cuerpo de Leila se tensó como una vara, sintiendo una agitación tan profunda que durante un instante creyó que se iba a desmayar.
Ese temido momento… esa sensación otra vez… los recuerdos la inundaron de repente. Las crueles palabras de Teddy, echándola de mala manera de aquella sala… su llanto… sus súplicas…
- Leila… ¿te encuentras bien…? – la doctora se inclinó hacia delante, dejando la libreta sobre la mesa – si no quieres… no tienes por qué responder…

Chapter Text

 

Lupe disimuló un bostezo. Llevaba en pie desde las cinco de la mañana. Hoy le había tocado desempeñar las labores de reponedora en el almacén del supermercado en el que trabajaba. Juró que se acostaría temprano, aunque creyó intuir que de nada serviría. Al pequeño Charlie le estaban comenzando a salir nuevos dientes, por lo que las noches anteriores habían sido terroríficas. Decidió aprovechar su hora de la comida para pasarse por la prisión de Fox River a firmar su permiso de la condicional.

Por suerte el día había amanecido bastante nublado y el viaje en autobús se le hizo más soportable. El guardia que vigilaba el control de accesos le permitió entrar con un movimiento de cabeza. Por lo visto hoy no parecía tener muchas ganas de trabajar.

Lupe caminó con prisa sobre el suelo de asfalto. Varios reclusos deambulaban por el patio. Sin nada mejor que hacer… así, día tras día.

Observó el reloj que llevaba en la muñeca y comenzó a impacientarse. Le quedaban veinte minutos.

Escuchó una voz a sus espaldas, al otro lado de la valla… que le reclamaba por su nombre…

- ¿Qué es lo que quieres? – contestó con frialdad – no me apetece malgastar mi tiempo hablando contigo.

Lo observó de reojo.

Ligeramente más bronceado, ligeramente más musculoso… con la camiseta de manga corta ajustada al pecho, y los dedos curvados sobre la verja. Inquietante, como siempre. Sin embargo sus ojos marrones transmitían una emoción diferente.

- No pretendo andarme con rodeos. Necesito saber cómo está Leila. ¿La has visto últimamente?

- ¿De verdad me preguntas eso? – se acercó hasta él convirtiendo el tono en un susurro. No era necesario llamar la atención de los guardias – por supuesto que lo sé. Vivimos juntas, aunque dudo mucho que no estuvieses enterado…

- No lo sabía. Pero me alegra oír eso. Así no estará sola. Cuídala por favor…

Lupe soltó un resoplido de impaciencia colocando los brazos en jarras.

- Pero qué cínico eres… primero la tratas como si fuese basura, ¿y ahora tienes los cojones de pedirme que la cuide? ¡déjala en paz de una vez! – le observó con odio. Ya estaba más que harta de aquel hombre y su sed de manipulación – por cierto, y para que lo sepas… tu última artimaña enviándole a casa ese oso de peluche no ha dado resultado.

T-Bag frunció el ceño sin comprender nada. ¿Un oso de peluche? ¿pero qué demonios…?

- Me tengo que ir. Llego tarde – Lupe le cortó con brusquedad.

- ¡Espera… por favor…!

Su voz pareció adquirir una entonación diferente a la habitual. Desde luego Theodore Bagwell no estaba acostumbrado a suplicar.

- Yo nunca… haría daño a Leila de forma consciente. Todas esas… cosas horribles que le dije, no eran ciertas. Ella y el bebé siempre han sido lo más importante para mí. Pero no quiero que se entere. Necesito alejarla de todo esto.

- Eso ya lo sé. Por ese mismo motivo la salvaste de aquellos dos imbéciles que intentaron matarla en el cobertizo.

- ¿Entonces por…?

- ¿Por qué no quiero hablar contigo? ¿por qué me cuesta tanto dirigirte la palabra…?

La muchacha latina esbozó una mueca acercando el cuerpo hasta tocar la valla. Necesitaba decirlo, expresar de una vez por todas aquella ira que sentía cada vez que el funesto recuerdo de Theodore Bagwell se cernía sobre el ánimo de su amiga, contaminándolo con su ausencia.

- Porque a mí… no se me olvida lo que hiciste. El motivo por el cual estás aquí encerrado, condenado a cadena perpetua. Porque Leila aun no es consciente del gran error que cometió al involucrarse contigo… al parirte un hijo. Ese niño en el que cada día busca tus rasgos, mientras yo rezo para que no los encuentre. Ese bebé que deseé odiar por el mero hecho de ser tuyo, pero que aun así no pude, y al que adoro como si fuese de mi propia sangre. Porque él no se lo merece. Charlie es una criatura inocente. El estigma, el rechazo… le has destruido la vida a Leila para siempre. Ha tenido que alojarse durante meses en una barriada de mala muerte, sufriendo carencias, tanto ella como el niño. Intentando encontrar cualquier tipo de trabajo para poder comer, para vestir a su hijo, para pagar las facturas… ocultando su identidad. Los nueve de Fox River aún siguen demasiado frescos en la memoria de la gente. Leila Maddison ya no existe. La mujer que se fugó de la prisión, enamorada de uno de los reclusos más peligrosos del país, debe permanecer muerta y enterrada. Y como siempre, todos estos… inconvenientes… desembocan en un denominador común. Tú, y solo tú…

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- Buenos días Leila. Pasa por favor.

La muchacha asomó la cabeza por la puerta con timidez, aventurándose a entrar. Aun no estaba segura si aquella había sido la decisión correcta. Echó un vistazo rápido a su alrededor. Los amplios ventanales dotaban a la consulta de una agradable luz natural.

Sus ojos se posaron sobre la figura de una mujer de mediana edad, que permanecía sentada con las piernas cruzadas sobre un elegante sillón de tapicería oscura.

- Puedes sentarte – le dijo con amabilidad señalando la butaca justo en frente de la suya.

Leila asintió con un “gracias” casi imperceptible. Estaba nerviosa. Mucho más de lo que hubiese imaginado.

- “Te va a venir bien” – recordó las palabras de Lupe – “no pierdes nada por probar”.

Apoyó las manos sobre el regazo sin saber exactamente qué hacer con ellas. Se fijó en las pequeñas macetas que dotaban de color la estantería del fondo. Varios cuadros de bonitos paisajes decoraban las paredes de la sala.

- Soy psicóloga, puedes creerme – dijo la mujer atusándose el cabello entrecano – pero no me gusta tener cientos de títulos y diplomas afeándome el despacho. Me parece un poco vanidoso.

Leila se puso colorada hasta las orejas, como si aquella mujer fuese capaz de leerle la mente. Se vio tentada a marcharse.

- Soy la doctora Bennett, pero puedes llamarme Evelyn – sonrió con calidez al darse cuenta de su azoramiento – eres… ¿Leila Reyes, verdad? – ojeó la pequeña libreta que apoyaba en una de las rodillas, cubierta por un pantalón de raya diplomática en tonos grises.

- Eeeh… sí…

Se quitó las gafas dejándolas resbalar sobre el pecho, sujetas mediante una cadena. Sus agudos ojos azules recorrieron la silueta de la chica analizándola con detenimiento. Llevaba una falda veraniega color burdeos y una camisa blanca de manga corta con los hombros ligeramente abullonados. Sencilla, discreta… aunque aquella ropa le hacía parecer mayor su rostro se asemejaba más bien al de una adolescente. Parecía cansada. El bonito tono moreno de su piel apenas ocultaba las oscuras marcas que ensombrecían su mirada.

Juraría que la había visto en alguna parte.

- Y dime Leila, cuéntame un poco. ¿Qué es lo que te trae por aquí?

La joven se mordió el labio inferior sin saber muy bien qué responder… por donde debería empezar. Aun no era capaz de darles voz a todos aquellos sentimientos que se amontonaban en su cabeza.

- Empecemos por lo básico – dijo la doctora Bennett intentando ayudarla - ¿cuántos años tienes?

- Veintiséis.

- ¿Estudias… trabajas…?

- Trabajo. Desde hace un par de semanas. Tengo firmado un contrato de seis meses en un Walmart. Con posibilidad de prórroga. Mis labores consisten en atender la zona de perfumería y cosmética.

- Por tu acento… no pareces ser de por aquí.

- Bueno… yo…

Se retorció las manos con nerviosismo. Seguramente la conversación derivaría hacia un rumbo más personal.

- Nací en España. Mi madre es… era… - corrigió – era de allí. Así que mi infancia transcurrió principalmente en ese país.

- Tu madre…

- Falleció cuando yo era adolescente.

La doctora Bennett asintió quedamente, otorgándole sus condolencias con la mirada.

- También vivimos durante unos dos años en Irlanda. Mi padre es irlandés.

Leila hizo un pausa bajando la vista. Gracias a su dilatada experiencia en el campo de la psicología, Evelyn se percató de que la chica estaba buscando las palabras adecuadas, antes de pronunciarlas.

- No me avergüenza decir que tras la muerte de mi madre me quedé completamente sola. Mi padre nos abandonó cuando yo era apenas una niña. Años más tarde supe que se había trasladado a Chicago. Decidí “cruzar el charco” yo también… en principio no tenía intención de buscarle… estaba tan furiosa con él, que sinceramente… no me apetecía escuchar sus excusas. Trabajé como nunca… en una tienda de ropa, en una librería… compaginé todo eso con mis estudios de medicina.

- ¿Tienes estudios superiores entonces? – la doctora se inclinó hacia delante con curiosidad.

- Solo terminé los dos primeros años. Compartía piso con tres compañeras más. Pero el dinero se agotaba. La universidad es muy cara… – emitió un suspiro evocando aquellos momentos - caía rendida por las noches sobre los libros, agotada por el estrés. Yo simplemente… quería ser una chica normal. Salir… divertirme… ir a bailar… las pocas veces que lo hacía me sentía culpable. Por no estar estudiando… por gastar un dinero que no tenía…

- Fue entonces cuando decidiste buscar a tu padre.

- Así es. Yo ya era mayor de edad. No podía reclamarle nada. Pero al menos quería que supiese de mi existencia. Que recordase que tenía una hija a la que había dejado tirada sin mirar atrás.

- ¿Lo encontraste?

- En ese momento no

- ¿Y qué ocurrió entonces?.

El rostro de Leila se transformó en una máscara de angustia. Tragó saliva haciendo un gran esfuerzo por modular la voz. Si había decidido acudir a un profesional para intentar sanar su alma, lo menos que podía hacer era hablar con sinceridad.

Pero no estaba preparada.

- Yo… bueno… - agachó la cabeza intentando evitar la intensa mirada azul de la doctora – tomé una serie de malas decisiones… que me llevaron por el camino incorrecto. Y ahora…

Leila sabía que estaba omitiendo gran parte de su historia. La más importante. La más dolorosa…

- No he podido continuar la carrera de medicina. Pero ahora vivo con una amiga y he encontrado trabajo. Se que es temporal, y el sueldo no es muy elevado. Pero me da para cubrir mis gastos. Más o menos…

- ¿Te gustaría retomar los estudios?.

Lo cierto es que aquella muchacha le daba lástima. Parecía tener potencial. No podía quedarse estancada en un trabajo de dependienta con semejantes aspiraciones profesionales.

- Sí. Me gustaría. Además mi padre se ha ofrecido a pagarme la universidad, pero…

- ¡¿Tu padre?! – los ojos de la doctora Bennett se abrieron por la sorpresa – deduzco entonces que al final has podido dar con su paradero...

Desde luego no entendía nada. ¿Cómo es que la chica no le había explicado con mayor detalle el momento en el que ese encuentro se había producido?. Aquí pasaba algo raro…

Otra vez ese silencio incómodo.

- Mi padre… hace apenas unos meses apareció en mi vida. Fue él quien me buscó a mí. Pero evidentemente, las cosas ya no son como antes – dobló los dedos sobre las rodillas intentando ocultar su rabia – yo no… no puedo perdonarle tan fácilmente. Aunque él tampoco lo pretende. No… no tenemos una buena relación… apenas nos vemos.

- Aun así… te está ofreciendo su ayuda, para que puedas labrarte un futuro más estable. Entiendo tu enfado… y comprendo que no quieras dejar de lado tu orgullo por lo que os hizo a tu madre y a ti. Pero nunca es tarde para rectificar.

Una sonrisa irónica adornó el rostro de la joven. Se cruzó de brazos reclinándose sobre el respaldo de la butaca.

- Él no lo hace por mí… lo hace para demostrar al mundo que no tiene una hija idiota. Por pura soberbia. Trabaja como abogado un bufete de renombre. Sus genes son demasiado preciados para que se echen a perder por culpa de su descendencia en una tienda cualquiera vendiendo cremas y colonias. Por eso nunca va a aceptarme. Por eso tampoco acepta a mi hijo…

Dijo esta última frase en un tono tan bajo que la doctora Bennet creyó haber escuchado mal. Los ojos de Leila se encontraron con los suyos. Esta era la verdadera historia. El verdadero dolor que la había llevado hasta su consulta.

- Entonces… tienes un hijo… - intentó normalizar la situación para evitar que la chica se cerrase en banda - ¿pequeño?

- Tiene… poco más de seis meses.

- ¿Cómo se llama?

- Carlos… pero viviendo aquí, en Estados Unidos… todos le llaman Charlie.

Sonrió con nostalgia. Evocando su carita redonda, su sonrisa… sintió el impulso irrefrenable de llegar a casa y estrecharlo entre sus brazos.

- Y… ¿te encargas tú sola del bebé…? – quiso ser cauta. Necesitaba extraer toda la información posible – me has comentado… que vives con otra amiga.

- Sí. Gracias a ella, yo he podido venir hoy aquí. Se que el niño está en buenas manos.

Evelyn Bennett asintió levemente. Necesitaba formular la comprometida pregunta que rondaba por su cabeza. Si algo la había caracterizado siempre, es que no era un persona de andarse con rodeos.

- ¿Y el padre… sabe de su existencia?.

El cuerpo de Leila se tensó como una vara, sintiendo una agitación tan profunda que durante un instante creyó que se iba a desmayar.

Ese temido momento… esa sensación otra vez… los recuerdos la inundaron de repente. Las crueles palabras de Teddy, echándola de mala manera de aquella sala… su llanto… sus súplicas…

- Leila… ¿te encuentras bien…? – la doctora se inclinó hacia delante, dejando la libreta sobre la mesa – si no quieres… no tienes por qué responder…

- Sí.. sí… lo siento… - la muchacha parpadeó varias veces volviendo a conectar con la realidad – el padre de… Charlie… no vive con nosotros. Él se… fue… poco antes de que yo diese a luz.

- Entonces… ¿no lo ha reconocido? ¿legalmente eres madre soltera…?.

- Esto… bueno… más o menos…

Lo cierto es que la realidad era bien distinta. Tras el nacimiento, un notario del registro civil se había desplazado hasta Fox River con los documentos necesarios para la inscripción. Theodore los había firmado de pasada, casi sin leer, por lo que oficialmente el niño era un Bagwell. Carlos Bagwell. Evidentemente y tras el revuelo que ocasionó la fuga de los reclusos, Leila decidió cambiar los apellidos en el propio registro, tanto el suyo como el de su hijo.

- Y el padre del bebé… ¿tiene ingresos… dispones de algún tipo de pensión para su manutención?.

La chica negó con la cabeza. El cerco cada vez se iba estrechando más.

- Leila… entiendo que todo esto es muy difícil para ti… - la mujer alargó el brazo, rozando sutilmente sus manos temblorosas – pero permíteme que te ayude. Soy psicóloga. Ese es mi trabajo.

- Lo sé… pero es que… me cuesta… respirar… - unos tenues espasmos recorrieron sus frágiles hombros. Intentó por todos los medios evitar llorar. Se sintió estúpida – el padre de… Charlie… está en la cárcel…

Se cubrió el rostro con las manos. Avergonzada. Creyendo que la doctora la juzgaría por su inconsciencia. Por haberse enredado con un delincuente.

Evelyn Bennett sonrió con candidez. La clásica historia de la niña responsable, de buena familia, que se fija en el chico malo del barrio. Él la seduce con promesas de amor eterno aprovechándose de su inexperiencia. Luego termina en prisión por un par de robos de poca monta y lo liberan a los dos años, muerto del miedo y jurando nunca más meterse en problemas.

- Lo siento mucho. Me imagino que estarás pasando por momentos muy duros. La maternidad en sí ya es difícil, pero en solitario debe ser aterradora. Piensa que tarde o temprano el muchacho saldrá libre. Podéis hablar… reencontraros… reconducir la situación por el bien de ambos y de vuestro hijo.

A pesar de sus esfuerzos, los ojos de Leila se llenaron de lágrimas. Ojalá fuese todo tan sencillo. Ojalá las circunstancias fuesen diferentes…

- Él nunca saldrá de prisión. Jamás. Está condenado a cadena perpetua…

La doctora Bennett ahogó un jadeo de sorpresa. Intentó disfrazar su reacción para no alterar aún más a la chica. ¿Cadena perpetua? ¿pero qué tipo de barbaridad había cometido aquel muchacho para terminar así?. Desde luego la situación se complicaba… ya no se trataba de un delito menor. Su cabeza comenzó a cavilar procurando dar una forma coherente a las palabras de su paciente.

Cadena perpetua… esa clase de condenas solo podían cumplirse en las prisiones de máxima seguridad. Ahora mismo estábamos en Illinois… Joliet… Fox River.

La sangre se le heló en la venas. Un juicio mediático. Las cámaras de televisión. Los flashes. Una fuga… hace poco más de un año. Nueve reclusos. Ocho hombres y una mujer. Una mujer embarazada. Joven… menuda, de rostro angelical… Leila…

Leila Maddison. Leila Reyes.

No se trataba de ninguna broma. No eran imaginaciones suyas… aquella chica estaba sentada en su consulta, justo frente a ella, mientras que con un pañuelo de papel se enjuagaba los ojos abnegados en lágrimas.

Intentó hacer memoria, recreando en su mente el cartel de “se busca”. Los ocho varones… totalmente diferentes… diversos delitos, algunos de ellos ya estaban muertos…

¿Cuál de todos…?

Un frío abrumador le recorrió el cuerpo. Recordó entonces su rostro. Afilado, de pómulos altos… aquel demonio con perilla. Nada de un muchacho díscolo y bobo atravesando una etapa de rebeldía. Un hombre hecho y derecho que sobrepasaba los cuarenta. Condenado a pudrirse en la cárcel por la violación y asesinato de seis adolescentes. El monstruo de Alabama.

La prensa aun hablaba de ellos como pareja… las televisiones aun pretendían conseguir alguna entrevista suculenta para rellenar los programas de la tarde. Su amor había traspasado las pantallas. Alguna cadena intentó incluso conseguir los permisos para rodar una película. La gente quería saber… el “cómo y el por qué”.

La doctora Bennett se sintió desfallecer. Nunca antes tras años de amplia experiencia como psicóloga había tenido que enfrentarse a una situación así. ¿Qué tipo de terapia podría proporcionarle a aquella muchacha… que por otra parte aparentaba estar emocionalmente destrozada?.

La observó de nuevo, de arriba abajo, intentando catalogarla de otra forma. Darle un enfoque diferente. Fue incapaz.

Leila parecía una buena chica. Educada, un poco tímida… nada que ver con las típicas mujeres trastornadas de bajo nivel que se enredaban con esa clase de criminales. ¿Qué había visto entonces en ese hombre?. No podía entenderlo. La curiosidad la estaba carcomiendo por dentro.

- Leila… el padre de tu hijo… ¿es Theodore Bagwell…?.

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- ¡¡Señoritas… quince minutos y todo el mundo a dormir!!

La firme voz del guardia Patterson retumbó a través de las paredes del módulo. El murmullo generalizado de quejas no se hizo esperar. Ni que tuviesen otra cosa mejor que hacer…

Así un día… y otro día… y también el siguiente…

Aceleré el paso echándome la toalla por los hombros mientras me frotaba el pelo húmedo. Hacía tal bochorno que el frescor de la ducha me despejó la mente. La cena de hoy había sido un puto asco. Otra noche de desvelos con el estómago encogido.

Dos reclusos caminaban delante de mí cuchicheando entre ellos. Jóvenes, de una estatura parecida, sincronizados en una perfecta intimidad. Uno de ellos le susurró algo al oído. El otro soltó una risa espontánea. Si no llega a ser porque siempre había un guardia vigilando los vestuarios, aquellos dos habrían acabado fornicando en las duchas.

Aunque últimamente en ciertos aspectos estaba bastante… tranquilo, no pude evitar sentir la punzada de la envidia. Echaba de menos esa cercanía… ese contacto físico… pero no de un cuerpo masculino. El sexo entre hombres, al menos el que yo conocía, era egoísta, salvaje… como correr al galope atravesando un campo de batalla. Como un estallido que se inicia de repente y termina de la misma forma.

Echaba de menos otra cosa. La calidez de una figura femenina… con sus curvas suaves y redondeadas. El refugio del abrazo de unas piernas morenas y bien formadas.

Echaba de menos a Leila. Mi razón de ser. El centro de mi universo.

Cuando la vi entrando en aquella sala… insegura… preciosa… sentí como si mi alma se desprendiese de su envoltura corporal. Cuando sentí su cercanía, su olor…

Necesitaba con urgencia estrecharla contra mí y no soltarla jamás. Decirle que la amaba. Besarla… arrancarle la ropa y hacerle el amor despacio, pero a la vez con ansias. Aquella situación me estaba volviendo loco.

- Theodore…

Escuché una voz a mis espaldas, justo en la entrada de mi celda. Me acababa de poner la camiseta sin mangas que usaba para dormir y unos pantalones cortos de color gris.

El rostro moreno del primo de Lupe apareció como por arte de magia. Se apartó con un gesto desenfadado los mechones ondulados que caían sobre su frente.

- ¿Qué quieres? – pregunté receloso observándolo de arriba abajo. Aun llevaba puesto el uniforme.

Extendió un brazo, saturado de tatuajes. De manera inconsciente me acordé de Scofield. Tenían un cierto parecido… la nariz recta, y los labios gruesos.

- Me han dado esto para ti…

Un papel del tamaño de la palma de mi mano, ligeramente arrugado. Pensé que sería un mensaje. Una advertencia. Una amenaza de muerte. Algo típico en una prisión…

Mi corazón dejó de latir durante unos segundos.

La fotografía de un bebé, de pocos días… quizás varias semanas… con el pelo abundante y oscuro. Los ojos grandes y abiertos en un gesto de incredulidad. Llevaba un pelele de cuerpo entero de color azul cielo. Un rostro precioso… inocente…

- Es muy lindo – dijo Rommel con una sonrisa sincera – dice mi prima que es como una bendición del cielo…

Intenté por todos los medios mostrar entereza. Intenté con todas mis fuerzas controlar el temblor de mis manos. Apoyé la espalda contra los barrotes. El frío metal me perforaba la piel, recordándome donde estaba. A quién le pertenecía…

El chico me observó fijamente con un gesto que no supe interpretar. Pocos se atrevían a escudriñarme de esta manera tan evidente.

- Theodore… ¿te encuentras bien…?

Curiosamente me di cuenta que no se dirigía a mí por mi apellido… ni tampoco por mi apodo.

- ¡¡Un minuto!! ¡¡a las celdas!!

Apenas me dio tiempo a reaccionar. De manera automática retrocedí varios pasos con la mente embotada. Los reclusos más rezagados corrieron hacia sus camas. Ballard apareció resoplando con la cara enrojecida. El castigo por quedarse fuera era dormir sobre el duro suelo del módulo. Rommel se había esfumado.

- ¡¡¡Luces fuera!!!

La oscuridad total nos envolvió.

No quise pensar. No quise sentir. Aquellas cuatro paredes me asfixiaban. Hubiese dado lo que fuera por salir al exterior a respirar aire puro. Solo. Para poder sufrir en paz.

Subí a la litera superior de un salto con el corazón todavía palpitando en las sienes. Guardé la foto, en una esquina bajo la funda del colchón. Ya procuraría encontrar un escondite más adecuado.

- Estás jodido T…

Escuché el crujido de la estructura metálica al moverse. La voz de Ballard me llegó a los oídos en un leve susurro. ¿En qué supuesto lío me habría metido ahora…?.

- Escuché a esa bestia de Banks hablando de ti en la capilla.

Donde se fraguaban las estrategias más retorcidas. Yo procuraba no pisarla mucho. Las cruces me ponían nervioso. Me recordaban a mi padre y a su cinismo conservador.

- Es muy amigo de los guardias del turno de noche, y ya sabes que vuestra fuga no les ha sentado nada bien. Ahora te tienen a mano. Harán todo lo que ese desgraciado les pida por unos cuantos dólares.

Tragué saliva. Pensé que con el nuevo Alcaide estas cosas ya no sucedían. Recordé a Bellick y todo el ambiente de corruptela que le rodeaba.

- Los altos cargos no se enteran de nada. Ellos simplemente se dedican a temas de gestión y a lamerle el culo a los de Instituciones Penitenciarias. Ya sabes que quiénes realmente mandan en Fox River son los guardias, y por supuesto algunos reclusos si tienes algo valioso que ofrecer. Siempre ha sido así, y seguirá siéndolo…

Lo que me faltaba…

Me di la vuelta, nervioso sobre el colchón. Ver por primera vez el rostro de mi hijo con perfecta nitidez me había alterado más de lo que imaginaba, ¿y ahora esto…?

Odiaba sentirme así. Yo nunca me había considerado una persona cobarde. Pero saber que de un momento a otro aquellas rejas podrían abrirse para dar paso a semejante montaña de músculos ciertamente me inquietaba un poco.

Un calor abrasador recorrió mi cuerpo de arriba abajo obligándome a apartar las sábanas con rabia. La fina camiseta que llevaba para dormir me sobraba de repente. Me la quité de malas formas arrojándola a los pies de la cama. No podía dormir. Bajé de un salto intentando escudriñar algo a pesar de la oscuridad. Apoyé la frente sobre los barrotes. Las luces de emergencia iluminaban sutilmente el módulo. Se escuchaban varios ronquidos a lo lejos.

Ballard se incorporó sobre los codos cambiando la almohada de posición.

- No quiero que te molestes T, de verdad… pero prefiero avisarte…

Asentí observándole de soslayo. Después de varias conversaciones por fin habíamos conseguido limar asperezas. Otra vez juntos, compartiendo la misma celda. En pro de una convivencia pacífica él no volvió a mencionar a Leila. Evidentemente yo tampoco. Aunque ya se lo imaginaba… aunque todos en realidad supieran lo mucho que sufría por no estar con ella y con el niño… no me apetecía recordarles que Theodore Bagwell tenía debilidades. Era mejor así… prefería mil veces ser temido, o incluso odiado, a parecer un ser patético y débil que va llorando por las esquinas.

- ¡¡¡Teeeeeeeddyyyyy…!!! ¡¡¡¡Teeeeddyyyyy!!!

La sangre se me congeló en las venas. Esa voz grave… inconfundible… seguida de unas risas… como si le hubiésemos invocado…

Ubiqué rápidamente aquel sonido. La celda de Banks, justo en diagonal, situada en la fila superior a la mía. Ballard se puso de pie a mi lado. Farfulló una palabrota. Mis dedos se cerraron con fuerza alrededor de las rejas.

- ¿Estás listo pequeño Teddy? Prepárate… porque cuando el gato no está… ¡los ratones bailan!

Otra vez las carcajadas, burlonas y agudas como un grupo de hienas. Disfrutaban… se regodeaban… anticipándose al momento. Lo sabía bien. Yo mismo había estado en el otro lado. Yo mismo había atormentado al ingenuo de Tweener con cánticos nocturnos. También a Michael… a tantos otros… amparándome en la oscuridad, en el silencio… donde los monstruos parecían aún más terroríficos. Esa era mi forma de vengarme… de desquitarme por los horrores vividos en la cárcel de Donaldson, la primera prisión donde cumplí condena, cuando entré por la puerta siendo un novato asustado. Había conseguido salir airoso de situaciones extremadamente peligrosas. Convivir durante años bajo el mismo techo con una alimaña como mi padre me había curtido. No me iba a dejar amedrentar sin luchar.

El que ataca primero ataca dos veces. Tendría que idear una estrategia…

- Qué cabrón… no ha esperado ni unas horas y…

- Esta noche no… - murmuré entrecerrando los ojos.

Ballard me miró sin comprender.

Todavía no. Era demasiado pronto. El cazador acecha a su presa. Le da un aviso… quizás otro. Luego decide a acorralarla, juega con ella… así es mucho más entretenido. La recompensa más gratificante. Si no, la diversión termina antes de lo previsto.

Regresé a la litera de arriba. No conseguí pegar ojo en toda la noche.

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Observé el reloj de la pared con gesto hastiado. Las diez y media de la noche. Llevaba menos de dos horas en aquel restaurante y ya me moría de ganas por regresar a casa. Ver a mi bebé… estrecharlo entre mis brazos… dormir…

- Debes salir y divertirte. Distraerte un poco. Pareces una monja… todo el día recluida entre cuatro paredes.

Maldije interiormente a Lupe por haberle hecho caso. Aunque agradecí sus intenciones, no me estaba distrayendo, ni tampoco estaba disfrutando especialmente. La charla trivial de mi compañero de trabajo desde luego no ayudaba mucho. Él no era Teddy… mi mundo no se detenía cuando él hablaba. Aunque intenté ser imparcial. El chico no tenía la culpa de mis problemas. Desde luego se estaba esforzando mucho por ser agradable. Yo le había dicho desde el principio que tenía un hijo pequeño. No quería mentirle. Aun así, no se lo pensó dos veces antes de invitarme a salir.

Ian Lucas. Unos pocos años mayor que yo, cabello castaño, corto, ligeramente de punta y una sonrisa llena de hoyuelos. Lo cierto es que era bastante atractivo… parecía buen chico. Compaginaba sus estudios de periodismo con el trabajo, ubicado en la planta superior a la mía, concretamente en la sección de juguetes.

- Tengo un montón de primos. Se me dan bien los niños.

Quizá por eso había pasado por alto mi situación. Entendería perfectamente que teniendo en cuenta su juventud, no le apeteciese involucrarse sentimentalmente con una madre soltera.

Yo no le aclaré en ningún momento que el padre de mi hijo se encontraba preso. Por suerte para mí, él tampoco hizo preguntas, a pesar de que esta era la tercera vez que quedábamos para tomar algo.

El bonito restaurante italiano estaba lleno hasta los topes. Lo cierto es que me aterraban las aglomeraciones. No podía evitar seguir considerándome una exconvicta. ¿Y si alguien me reconocía…?.

- Eres libre, Leila… te han absuelto de todos los cargos. Tu sentencia ha sido injusta desde el primer momento.

Lupe intentaba convencerme para que me animase a salir. Pero su rostro, al contrario que el mío, no había salido en todos los canales de televisión… en todos los periódicos…

Solo yo sabía lo que suponía ser rechazada en varios trabajos, que te insultasen por la calle… que amenazasen a mi bebé… simplemente por ser hijo de quien era…

Aunque la magnitud de la fuga de Fox River supuso un punto de inflexión en la historia de las cárceles, lo que realmente sufrí en carne propia, fue la consecuencia de mi relación con Theodore Bagwell. La humanidad quizá me hubiese perdonado la huida, teniendo en cuenta mi más que demostrada inocencia, pero no el haberme enamorado de un peligroso criminal. Por eso no me encontraba cómoda alternando entre aquellas multitudes…

- ¿Estás bien Leila…? – Ian ladeó la cabeza al ver como apartaba la copa de vino.

En realidad no me gustaba mucho el alcohol… y apenas había sido capaz de terminarme los raviolis.

Me sonrojé. Quizá se pensase que padecía algún tipo de trastorno de la alimentación, teniendo en cuenta que las veces que habíamos salido juntos, mis platos permanecían casi intactos. Pero lo cierto es que estaba bastante intranquila.

Insistió en pagar la cuenta a pesar de mis esfuerzos por hacerlo a medias. Me daba vergüenza. En realidad no teníamos tanta confianza. Se lo agradecí con timidez. Hizo un movimiento con la mano restándole importancia y me acompañó con el coche hasta casa. Se despidió de mí en el portal, inclinándose ligeramente hacia delante. Sabía que ese momento tarde o temprano iba a llegar. Sabía que intentaría besarme… pero yo no estaba preparada… además, tampoco me apetecía.

Agaché la cabeza rebuscando las llaves en el bolso de forma exagerada, un gesto bastante socorrido. Me despedí de él con una fugaz sonrisa y desaparecí por la puerta sin darle tiempo a decir nada. Lo sentí por él. Desde luego el muchacho no se lo merecía. Pero a pesar de mis esfuerzos no era capaz de fingir. El recuerdo de Teddy sentado frente a mí en aquel tranquilo restaurante, irónicamente también italiano, me atormentaba a cada segundo. Nuestra última cena fuera de casa. Serena… perfecta…

Evité utilizar el ascensor. Subí las escaleras lentamente con una actitud de extremo abatimiento. No me apetecía llegar a casa. No quería estar en ninguna parte. Ascendí y ascendí… hubiese estado así durante horas. Primero un pie… después otro. La vida entera me pesaba…

Con la mente aún obstruida llegué hasta el rellano. Sabía a ciencia cierta que en cuanto entrase por la puerta me vería sometida al exhaustivo interrogatorio de Lupe sobre mi “cita”.

Solté un suspiro. Me urgía enormemente poder hablar con la doctora Bennet, pero nuestra siguiente sesión estaba concertada para dentro de dos semanas. Demasiado tarde. La espera se me haría eterna.

- Si crees que lo necesitas… si ves que ya no puedes más… no dudes en llamarme…

Esas fueron sus últimas y amables palabras antes de salir por la puerta del despacho.

Desde luego que lo necesitaba. Un inmenso agujero negro se extendía frente a mí con las fauces abiertas para devorarme de un bocado.

Pero no podía dejarme vencer. No podía rendirme tan pronto.

Solo quise pensar en mi hijo.

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Alcé la vista al cielo. La luz cegadora del sol caía implacable sobre el patio de la prisión.

Me fijé en mis manos, ásperas y agrietadas tras haber estado limpiando durante más de una hora cada resquicio de las cocinas. Me habían cambiado de cuadrilla de trabajo. Posiblemente como resultado de la venganza de alguno de los guardias. Por desgracia para mí, ahora era el imbécil de Trumpets quien se encargaba de coordinar las actividades de mi grupo.

Con una sonrisa desdeñosa señaló varios botes de lejía y me lanzó un trapo prácticamente a los pies.

- Ponte de rodillas, y a fregar. Quiero ver mi rostro reflejado en cada azulejo.

Un rostro que gustosamente hubiese estampado contra la pared…

Pero no me encontraba en posición de replicar. Aquella misma mañana me hicieron llamar al despacho del nuevo Alcaide. Un cabrón de los que ya no quedan. Henry Pope era la madre Teresa en comparación con aquel malnacido. Thomas Morris, alto, corpulento, con la cabeza afeitada y una barba perfectamente recortada, oscura como la noche. Tenía más bien aspecto de delincuente en vez de funcionario de alto rango.

- Van a trasladar a tu madre, Bagwell – me informó secamente mirándome a los ojos – han llamado unas cuantas veces de la residencia privada en la que está internada. No han recibido ni un solo pago desde hace tres meses.

Se me cayó el alma a los pies. ¿Cómo podía ser eso posible?.

Varias transferencias anónimas. Cien mil dólares… del dinero robado de Westmoreland.

- Eres un iluso – dijo con sorna. Se notaba a leguas que estaba disfrutando - ¿acaso pensabas que ese tipo de movimientos bancarios no se registraban?. De repente… de la noche a la mañana… una residencia de mayores de Alabama recibe sin venir a cuento semejante cantidad de dinero. Y curiosamente allí mismo se encuentra internada la mentada señora Bagwell… ¡qué casualidad!.

Apreté los dientes intentando por todos los medios mantener la compostura. Si me alteraba y me ponía agresivo, lo más probable es que terminase encerrado en aislamiento. Este Alcaide no se andaba con remilgos.

- Estoy trabajando… en todo lo que se me permite… - contesté con voz gélida. El fuerte olor a desinfectante impregnado en mis ropas evidenciaba aquella verdad – a lo mejor podría emplearme en una empresa externa para…

- ¡¿Tú!? ¡¡ja!! ¡por favor… no me hagas reír!

El Alcaide Morris soltó una potente carcajada negando con la cabeza, como si hubiese escuchado un buen chiste. Sin despegar los ojos de mí, se sentó pausadamente en su ostentosa butaca de cuero. Entrelazó los dedos de las manos sobre la mesa y me evaluó con la mirada. ¿Qué coño estaría pensando…?.

Uno de los guardias, apostado justo a su derecha, esbozó una sonrisa cínica secundando a su jefe. Maldito lameculos…

- ¿En serio crees que habiéndote fugado, y teniendo en cuenta tus antecedentes… alguna empresa seria se va a molestar en contratarte?. Tendrían que estar desesperados. Y además… ¿para qué… haciendo qué, exactamente? Si no sirves para nada. Tu mera existencia sobre esta tierra no es más que un lamentable error.

Agaché la cabeza fingiendo una docilidad que en realidad no sentía. Lo que verdaderamente mi cuerpo pedía a gritos era saltar encima de la mesa y estrangular a aquel capullo.

No hice ninguna de las dos cosas.

- ¿Podrían trasladarla… a alguna residencia más cerca de aquí, en el estado de Illinois?

Los dos centros públicos que conocía en Alabama eran un maldito moridero.

El Alcaide alzó la barbilla con gesto circunspecto. Sus decisiones representaban la ley suprema dentro de la prisión. A pesar de todo, mi aparente actitud sumisa acabó por convencerle.

- No entiendo el motivo por el que quieres traerla hasta aquí, si nunca jamás volverás a verla… - una última estocada envenenada – pero seré compasivo. Atenderé tu petición, aunque no te prometo nada…

Murmuré un “gracias” casi inaudible antes de salir por la puerta. Ojalá se cumpliese mi deseo. Aunque no me sirviera de mucho, poder tener a algún miembro de mi familia más cerca en cierto modo me reconfortaba.

“Familia”…

Saqué la desgastada fotografía de mi hijo del bolsillo del pantalón. Me la sabía prácticamente de memoria. La habría contemplado embobado unas mil veces.

Apenas pude controlar la sonrisa involuntaria que adornó mis labios. Qué pequeñito era… y que frágil se veía. Con su nariz de botón y unas mejillas regordetas que daban ganas de morder. Yo no era un gran experto en averiguar parecidos, pero el niño me recordaba enormemente a Leila…

Un carraspeo justo en la parte baja de los bancos me hizo alzar la mirada.

- Buenas…

Rommel hizo un gesto con la cabeza a modo de saludo. Le acompañaba Manche y otro chaval también latino. El primo de Sucre me observó de soslayo con cara de desconfianza.

- Luego os alcanzo…

Manche le lanzó una mirada como si se hubiese vuelto loco. ¿Qué persona en su sano juicio se atrevería a confraternizar por voluntad propia con el mismísimo demonio?. Aunque no sería la primera vez. En ocasiones habíamos comido en la misma mesa… por supuesto cuando ninguno de mis muchachos de la Alianza estaba presente. Lo más seguro es que el chico no se sintiese muy cómodo…

Nos quedamos solos.

- ¿Puedo sentarme? – hizo un gesto con la cabeza señalando las gradas.

La pregunta me sorprendió. Al menos pedía permiso…

Asentí levemente calándome bien la gorra. Aquel calor era insoportable.

El chico se situó justo un peldaño más abajo. Se pasó la mano por el oscuro cabello recogiéndolo con una goma. Me miró entornando los ojos, cegado por el sol.

- Lupe viene a Fox River pasado mañana – anunció - ¿necesitas que… le diga algo de tu parte?. Una carta… un mensaje… lo que sea…

Negué con la cabeza. La última vez que nos vimos había quedado patente el rencor que la chica sentía hacia mí. De hecho me sorprendió que me hubiese enviado la foto a través de su primo. Además… ahora la vida de Leila transcurría por otro camino, mientras que mi existencia se mantenía congelada en el tiempo.

Pensé que tras aquella respuesta Rommel se marcharía, sin embargo no fue así.

- ¿Y cómo lo llevas?

Tragué saliva. Sabía que se estaba refiriendo a la fotografía de mi hijo. De forma involuntaria cerré el puño estrujándola entre los dedos.

- Bien… - contesté quedamente apartando la vista.

Mentira. Si ahora mismo me arrancasen el corazón, me hubiese dolido menos.

El silencio que sobrevino después me hizo sentirme incómodo. No necesitaba su lástima. No necesitaba la lástima de nadie.

Rommel esbozó una sonrisa condescendiente, dándome a entender que por supuesto, no me había creído.

- Se les echa de menos… a los que están fuera…

- ¿Tú también tienes un hijo?

Las palabras surgieron solas. No era mi intención, pero al menos necesitaba saber si había alguien en mí misma circunstancia. Que pudiese entenderme. Que compartiese conmigo aquella angustia.

- Lo cierto es que no. Pero soy el mayor de seis hermanas. La más pequeña tiene diez años. Es… la alegría de la casa…

Suspiró observando un punto indeterminado del patio, apoyando los codos sobre el tablón de madera reclinándose ligeramente hacia atrás. Varias gotas de sudor le cubrían la frente. Supuse que yo me vería igual.

- Me sorprendéis, vosotros, los latinos. ¿Acaso no sabéis lo que es el látex?.

Rommel giró el cuello contemplándome perplejo, casi sin parpadear. Pensé que me mandaría a la mierda para después largarse de allí. Pero no lo hizo…

Echó la cabeza hacia atrás y una profunda carcajada surgió de sus labios. Su reacción me sorprendió.

- Creo que tienes toda la razón, ¡¡jajajaja!! – dobló el cuerpo hacia delante rodeándose el estómago con los brazos - ¡ay Diosito me muero de la risa! ¡¡jajajaja!!

Lo cierto es que su buen humor era contagioso. Aquella capacidad para reírse de sí mismo hablaba muy bien de él.

- ¡Vaya, vaya, muchachos… desde luego se os ve muy divertidos! ¿se puede saber cuál es el chiste? – la voz grave de Malik Banks me hizo ponerme en alerta. Señaló a Rommel con el dedo – estoy un poco confundido… - ¿no le ves demasiado moreno para ser tu colega… eh, pequeño Teddy?.

- No es de tu incumbencia – el rostro risueño del chico se congeló de repente – déjanos en paz. ¿Qué es lo que quieres?.

- No te hagas el listo conmigo, chaval. En esta prisión tú no eres nadie.

Dirigió la mirada hacia mí con gesto altivo. La camiseta de tirantes que llevaba parecía querer desprenderse de sus costuras. Posó los ojos lentamente sobre mis puños cerrados. Esbozó una sonrisa.

- ¿Pero qué tenemos aquí…?

Fue mucho más rápido que yo. Un dolor agudo me sacudió los dedos cuando me arrebató por la fuerza la fotografía de mi hijo. Me incorporé del banco como un resorte dispuesto a todo por recuperarla de sus sucias manos de simio. Rommel también se puso de pie y sentí un sutil agarre en la zona de la muñeca, tirando de mí hacia atrás.

- ¡Ooooh… pero qué preciosidad de bebé…! Desde luego no se parece en nada a ti, Teddy – cloqueó burlándose y la guardó en el bolsillo – qué irónica es la vida… debes estar rabiando por haber engendrado un pequeño bastardo morenito. Aunque bueno… era de esperarse, teniendo en cuenta el color de piel de la zorra con la que te encamabas. Observo que últimamente te llevas muy bien con la gente de por allá…

- Deberías haber prestado un poco de atención durante las lecciones de geografía en el colegio, Banks… - murmuró Rommel - será mejor que no te pongas más en evidencia…

Mi propia sangre me encendió el cuerpo. Juré por todos los dioses que algún día le arrancaría la lengua para hacérsela tragar. Pero ahora no era el momento adecuado. Tenía que ser más astuto que él y no dejarme arrastrar por mis emociones.

Aunque era difícil. Y aún más cuando me tocaban la fibra sensible…

- ¡Qué lástima…! ¿verdad Teddy…? – Banks siguió provocándome emulando un falso puchero – tú aquí encerrado y la madre de tu hijo, sin embargo… disfrutando de la vida. Poniendo en práctica con tantos otros las perversiones que habrá aprendido del mejor de los maestro…

No quise escuchar ni un segundo más aquellas palabras que me mutilaban el alma. Mostré los dientes y me lancé contra aquella mole de músculos sin pensármelo dos veces.

- ¡Mierda! – Rommel frunció el ceño vaticinando la desgracia. Saltó de la grada inferior justo en el instante en el que los dedos de Banks se cerraban alrededor de mi tráquea - ¡¡guardias!! ¡¡guardiaaaaas!!.

El enorme preso me elevó en el aire como si mi cuerpo entero no pesase nada. Fueron tan solo unos segundos, que a mí se me hicieron eternos. Caí al suelo de rodillas tosiendo desesperado intentando coger aire. Cuando abrí los ojos el guarda Mack le apuntaba con la escopeta.

Banks alzó las manos con una sonrisilla soberbia en los labios observándome de reojo.

- Nos vemos… Bagwell…

Juraría que le oí decir justo antes de alejarse de la zona de los bancos. No estaba seguro. Un zumbido sordo en el canal auditivo me impedía escuchar lo que sucedía a mi alrededor. Rommel me ayudó a ponerme de pie.

- ¿Estás bien…?. Ese “pendejo” cabrón…

Emití un jadeo apretando los puños. Sentía la camiseta empapada completamente pegada al cuerpo.

- Tengo que… recuperar… la foto de mi hijo – murmuré con voz rasposa volviendo a toser.

- No te preocupes. Como mi prima suele venir con regularidad, le puedo pedir más.

- No… necesito esa… - negué con la cabeza con un fuerte carraspeo – no puedo permitir que ese desgraciado la tenga en su poder…

Solo el mero hecho de pensarlo me enfermaba. Y además estaba seguro que Banks la iba a conservar. Simplemente para mortificarme. Para hacerme sufrir aún más. Pero colarme a escondidas y rebuscar en su celda durante el tiempo de descanso en el módulo sería demasiado arriesgado. Alguien tendría que hacerlo por mí…

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Zira3000:  mis disculpas! Sé que llevaba mucho tiempo sin aparecer por aquí. Pero lo cierto es que no he tenido tiempo para nada. He adelantado un montón de capítulos, ya tengo unos cuantos más escritos, pero preferí esperar. Si tardo mucho en publicar entre uno y otro el hilo de la historia se pierde. No tardaré el volver a subir alguno más.

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