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EL ORIGEN DE UNA BRUJA OSCURA

Summary:

Prólogo

Esta historia forma parte de un universo crossover compartido inspirado principalmente en el mundo de The Worst Witch de Jill Murphy y el universo mágico de J. K. Rowling, aunque con un mayor énfasis en la estética, dinámica y sensibilidad del primero. A lo largo del relato también pueden aparecer referencias, guiños o cameos de distintos personajes de la cultura popular, incluyendo elementos de la historieta mexicana de Hermelinda Linda, integrados como parte de este universo alternativo. Es una historia que combina momentos ligeros, cotidianos y entrañables con otros más intensos, emocionales y, en ocasiones, oscuros. El tono evoluciona con los personajes, por lo que no es una narrativa completamente infantil, aunque conserva el espíritu mágico que muchos recordamos.

Notes:

Gracias por darle una oportunidad a esta historia 💛

Como ya les he comentado previamente se trata de un crossover entre el mundo de Jill Murphy y Harry Potter, aunque comienza de forma tranquila, la historia irá tomando un tono más intenso y oscuro conforme avance.

Reitero que no pretende alterar ningún canon, sino explorar un universo alternativo con respeto a ambos mundos , aunque toma mas elementos del universo magico de Jill Murphy, fusionando con mucho respeto el mundo de JK Rowling , en un universo hibrido .

Está escrita con mucho cariño de una fan para otros fans, principalmente para quienes crecieron con The Worst Witch y Harry Potter . Tambien pueden disfrutarla lectores que disfrutan en general de historias donde la magia convive con relaciones complejas, crecimiento personal y decisiones difíciles.
No se pretende ofender de ninguna manera , ni alterar el canon de ningún fandom. Esta obra debe entenderse como un universo alternativo dentro de las múltiples interpretaciones posibles de estos mundos.
Finalmente, gracias por darte la oportunidad de leer esta historia.
Espero que la disfruten tanto como yo disfruté escribirla.
Con cariño de una fan para los fans de la cultura pop mágica .

Espero que la disfruten .

* Actualizaciones semanales (aprox)*

Chapter 1: UNA CURIOSA CARTA DE ADMISION

Chapter Text

“Entre Hechizos y Reservas”

La noche había caído sobre los terrenos de Cackle, aunque ya no eran alumnas. Ethel Hallow, ahora profesora de transfiguración, caminaba con paso firme por el puente de piedra, intentando no pensar demasiado. Pero era inútil: Mildred estaba en su mente todo el tiempo , como una suave caricia que se anuncia , en su mente en su alma. Siempre Mildred.

Llevaban unos meses saliendo en secreto. Ni las alumnas , ni las profesoras , ni siquiera la señorita Hardbroom (Ogrum) tenían idea. Ethel se aseguraba de que nadie lo notara… salvo que, cuando estaba con ella, se le escapaba una sonrisa flojita que jamás admitía.

Aquella noche estaban en la vieja torre de astronomía, donde Mildred solía dibujar constelaciones torcidas en un cuaderno.

Milly… — comenzó Ethel, con la voz baja, como si le costara admitir que estaba nerviosa—Últimamente… siento que me apartas.

Mildred dejó el cuaderno a un lado. Sus dedos temblaron apenas.

—No es eso… —murmuró, sin atreverse a verla.

Ethel frunció el ceño. Su orgullo natural se mezclaba con una inseguridad que nunca había querido mostrar.

—He intentado… acercarme más… —continuó— Hablar contigo, darte espacio para… no sé, avanzar ….. Pero cada vez que lo hago, te cierras. ¿Hice algo mal?

Eso último salió más herido de lo que quería.

Mildred tragó saliva. La luna entraba por la ventana y le iluminaba la cara, dejándola con esa expresión tan de ella: dulce, torpe, vulnerable.

—Ethel, no es por ti. Yo… yo quiero estar contigo…Mucho —dijo apretando las manos contra las rodillas— Es solo que… cuando intentas… ya sabes… dar ese siguiente paso… me da miedo.

Ethel sintió algo retroceder dentro de ella, como un hechizo que se desarma.

—¿Miedo de mí?

—No. De no ser suficiente —confesó Mildred, con la voz quebrada—Tú siempre has sido brillante, segura, perfecta. Y yo… yo sigo sintiéndome esa niña que hacía pociones que explotaban.

Ethel se quedó congelada. Ella, que siempre había sido la fuerte, la severa, la que no dejaba ver flaquezas… de pronto sintió que todo su enojo se diluía.

Se acercó lentamente, sin tocarla aún.

—Mildred Judith Embrollo —susurró—. Nunca te he pedido que seas perfecta. Solo que seas honesta conmigo.

Mildred levantó la mirada, y había lágrimas en sus ojos.

—Lo intento… pero cuando te beso… cuando me abrazas… quiero más, pero me paralizo. No quiero que pienses que no te deseo. Solo… no estoy lista.

Ethel dejó escapar un suspiro largo, tembloroso. Una parte de ella se sentía herida, sí, pero no por rechazo, sino por no haber entendido antes.

Se sentó a su lado y, esta vez, sí tomó su mano.

—Me dolió porque pensé que te alejabas —admitió Ethel, con voz suave—. Pero si es porque tienes miedo… entonces puedo esperar. No voy a presionarte.

Mildred se dejó caer sobre su hombro.

—Gracias —susurró.

Ethel apoyó su mejilla en su cabello, como si ese gesto sellara una tregua.

—Solo prométeme algo —pidió Ethel—. Cuando tengas miedo… dímelo. No me dejes afuera.

—Lo prometo —respondió Mildred, apretándole la mano.

Y así se quedaron, en silencio, bajo el cielo nocturno. No resolvieron todo esa noche. Pero algo en ellas se acomodó, como un hechizo que por fin encuentra la forma correcta de pronunciarse.

Ethel ya no se sintió herida. Mildred ya no se sintió insuficiente.

Y aunque su relación seguía siendo un secreto… ese momento, ese pequeño puente entre miedo y confianza, fue el paso más importante que habían dado.

 

“Cuando Luna vuelve a Cackle”

Asi pasaron los dias una a lado de la otra , fue entonces cuando una tarde especialmente tranquila . La Academia Cackle proyectaba paz y serenidad con ese aire húmedo que le daba a todo un olor a libros viejos y calderos calentándose a lo lejos. Mildred esperaba en la entrada principal, con una sonrisa amable y con la misma torpeza adorable de siempre.

¡Maud! —gritó apenas vio a la bruja de lentes redondos bajar del carruaje.

Maud Luna —excompañera de Mildred y Ethel , mejor amiga de Mildred y ademas de su consejera no oficial— abrió los brazos y la envolvió en un abrazo que casi la levantó del suelo.

—¡Milly! Ya extrañaba tu desastre andante —bromeó Maud, soltándola.

A unos cuantos metros, Ethel Hallow las observaba con el ceño ligeramente fruncido. Tenía los brazos cruzados, intentando aparentar que solo era curiosidad profesional. “Es Maud Luna… solo Maud. Su amiga de toda la vida.La conoces , te conoce Relájate, Hallow.”

Pero no, la punzadita de celos igual se le instaló en el estómago .

Mildred sostuvo a Maud del brazo mientras la guiaba por el patio.

—Te ves súper bien —decía Mildred, sonriendo como solo sonreía cuando se sentía en casa.

Ethel tragó saliva. Esa sonrisa era suya, ¿no? Bueno… no oficialmente. Ni públicamente. Ni extraoficialmente del todo.

—Profesora Hallow —saludó Maud sorprendida , con una reverencia llena de genuina admiracion , cuando por fin la vio—. Cuanto Tiempo … ¡Qué gusto volver a verla!

—Luna —respondió Ethel con un asentimiento impecablemente cortés. Tan impecable que Mildred reconoció “la voz que Ethel usa cuando está incómoda pero no lo va a admitir ni bajo veritaserum”.

Maud ladeó la cabeza.

—Parece que Mildred les tiene cariño a sus colegas… habla mucho de usted.

Mildred se atragantó con aire.

—¿Yo? No, no tanto, no inventes, Maud…

Ethel arqueó una ceja. ¿Era su imaginación o Maud estaba estudiándola como quien analiza una pócima sospechosa? .

Para calmar el ambiente y desviar la atención , Ethel dijo ; — Por favor Maud , háblame de tu , nos conocemos desde niñas no es necesario ser tan formales .

Ya más tarde, las tres estaban en la cocina de la academia, tomando té. Mildred platicaba animada, Maud reía, y Ethel… pues Ethel “casualmente” se quedaba cerca, cuidando cada gesto, cada risa, cada roce de hombro.

Maud no era tonta , siempre fue muy astuta . Tenía un sexto sentido para las cosas emocionales —casi mágico.

Durante un momento, Mildred fue a buscar más galletas, solo unos segundos fuera. Los suficientes para que Maud se inclinara hacia Ethel con una media sonrisa.

—Se te nota, ¿sabías?

Ethel se tensó como cuerda de escoba nueva.

—¿Perdón?

—Que estás pendiente de Milly —susurró Maud con suavidad, sin burla—. No lo digo para molestarte. Solo… lo noto. Siempre tuviste cara de saber lo que quieres, pero ahora te brillan los ojos cuando la ves.

Ethel casi escupe el té.

—Estás… equivocada Maud —dijo en un tono tan digno que dolía.

Maud alzó las cejas, pero no insistió. Solo sonrió como quien confirma una teoría.

Cuando Mildred regresó con un plato enorme de galletas quemadas a la mitad —clásico—, Maud la miró con cariño especial.

—Milly…. ¿estás bien últimamente? —preguntó Maud, con intención escondida.

Mildred se quedó congelada un segundo. Luego sonrió de manera muy, muy forzada.

—¿Yo? ¡Claro! , ¡Todo normal! , ¡Súper normal! , ¡Más normal que nunca de hecho! —Dijo con evidente nerviosismo

Ethel se llevó una mano a la cara.

Maud solo soltó una risita suave.

—Bueno… si algún día quieres contarme algo, ya sabes que no soy de soltar secretos —dijo Maud en tono neutro, sin presionar.

Mildred tragó saliva, pero no dijo nada. Ethel clavó la mirada en su té, sintiendo una mezcla rara: alivio porque Mildred no revelaba nada… y culpa porque esa ocultación la protegía a ella.

Cuando Maud se despidió esa noche, para ir a su alcoba , le dio a Mildred un abrazo largo. Luego miró a Ethel un instante que lo dijo todo sin palabras:

—Cuídala— Dijo Maud
—Lo intento—Respondio Ethel

Maud sonrió como si hubiera escuchado la respuesta.

Mildred, sin entender esa conversación silenciosa, sonrio deseándole buenas noches.

Ethel se quedó a su lado, sin saber qué decir. Mildred se rascó la nuca.

—¿Fue bueno volver a ver a Maud, no crees? —preguntó nerviosa.

Ethel suspiró.

—Supongo que… la tolero —admitió, aunque en su voz había más emociones de las que quería revelar.

Mildred sonrió despacio.

—Sabes que eres importante para mí… ¿verdad?

Ethel bajó la mirada, sus mejillas medio rojas.

—Lo sé —dijo bajito—. Solo que … no estoy acostumbrada a compartirte.

Mildred entrelazó su brazo con el de ella. Suavemente, sin presionar.

—No tienes por qué ponerte celosa. Maud es mi amiga. Tú eres… otra cosa para mí.

Ethel sintió que el corazón le temblaba un poquito.

—¿Sí?

—Sí —respondió Mildred, apoyando la cabeza en su hombro—. Mucho más.

Y aunque seguían en secreto, y aunque nadie lo sabía… Esa noche, Ethel ya no sintió que Maud fuera una amenaza. Además ahora que pasaría un tiempo en cackle como profesora auxiliar podía ser una aliada .

Solo una amiga que, seguramente, ya había entendido todo antes que ellas mismas.

 

“El cuarto de Ethel Hallow”

Esa misma noche , la habitación de Ethel en Cackle estaba impecable, como siempre: libros apilados con precisión, la capa doblada a un costado, plumas alineadas milimétricamente. Pero nada de eso lograba calmarla.

Se dejó caer en la cama, respirando hondo, y de pronto los recuerdos la golpearon con fuerza...

Mildred corriendo por los pasillos, con un caldero volando detrás con una mueca aterrada en el rostro.
Ethel riéndose con superioridad fingida, haciéndole una broma pesada para “enseñarle disciplina”.
Las miradas cruzadas en clase.
La frustración, la torpeza, el enojo… y debajo de todo eso, un cariño tan prohibido como inexplicable para una niña de doce años.

Ethel apretó los puños.

—¡Qué horror!… ¿cómo pude tratarla así? —murmuró, llevándose una mano a la frente.

Pero no se arrepentía del todo.
Porque ahora lo veía claro: aquella rivalidad ridícula había sido solo la fachada de algo que nunca supo manejar.
Un amor infantil, inocente… que había crecido en silencio.

Y ahora… ahora la consumía.

Se incorporó con un sobresalto. Su respiración era rápida, tensa.
Sentía el cuerpo vivo, demasiado vivo.

Los besos furtivos con Mildred, los abrazos torpes, las manos entrelazadas bajo la mesa del salón…
Cada uno de esos recuerdos la hacía temblar por dentro.

Quiero estar contigo, Mildred… —susurró Ethel, casi sin voz, mordiendose un labio—. Pero prometí esperar. Prometí cuidarte.

Y esa promesa se le estaba convirtiendo en tormento.

Era como volver a tener catorce años, descubriendo sensaciones que no entendía.
Todo por cómo Mildred la miraba. Por cómo pronunciaba su nombre con esa suavidad que derretía el alma.

El roce más mínimo, una caricia accidental, un abrazo espontáneo… y Ethel sentía que explotaría . Un fuego contenido que la mantenía al borde de perder la compostura.

Cálmate, Hallow… respira. —Se masajeó las sienes—. No puedes presionarla. Puedes asustarla.

Así que tomó la decisión.

Durante los siguientes días, Ethel empezó a medir cada movimiento, cada toque, cada cercanía.
Si Mildred le rozaba la mano, ella la retiraba suave, con una sonrisa forzada.
Si Mildred se inclinaba demasiado al hablarle, Ethel daba un paso atrás, fingiendo estar concentrada en otra cosa.
Si Mildred buscaba un abrazo, Ethel lo hacía breve.
Por miedo a lastimarla.
Por miedo a desbordarse.

Por amor.

Pero Mildred… Mildred no lo vería así.

A la tercera mañana, Mildred llegó a su salón con los hombros caídos y una expresión que le rompió el alma a cualquiera.

—¿Hice… algo malo? —preguntó de repente, apenas Ethel cerró la puerta.

Ethel sintió que el estómago se le encogía.

—¿Qué? No, claro que no…

—Entonces… ¿por qué ya no me tocas? ¿Por qué ya no me abrazas? ¿Por qué… por qué siento que te estoy perdiendo?

La voz de Mildred se quebró.

Ethel se quedó helada.

Todo lo que había intentado hacer para cuidarla…. Mildred lo había sentido como un abandono.

Ethel dio un paso hacia ella…. y se detuvo otra vez, atorada entre el deseo y el autocontrol.

Mildred bajó la mirada.

—Pensé que… quizá te cansaste de mí.

Aquellas palabras le cayeron a Ethel como una maldición directa al corazón.

No, Mildred… jamás. —Su voz salió ronca, llena de emoción—. Si me alejo es porque… porque tengo miedo de hacer algo que no estás lista para recibir. Porque te quiero demasiado.

Mildred alzó los ojos, brillantes, vulnerables.

Y Ethel sintió que ese amor, ese deseo, esa ternura contenida… todo, absolutamente todo, se le arremolinaba en el pecho.

Pero se mantuvo firme.

La promesa seguía en pie.
Aunque la estuviera consumiendo por dentro.

Esa noche Ethel la acompaño a Mildred a su alcoba , se despidieron con un suave y tierno beso .

 

“La noche en que Mildred decidió no huir”

Mildred Embrollo estaba sentada en el borde de su cama, abrazándose las rodillas. La luna entraba por la ventana, iluminando su alcoba con ese resplandor suave que siempre hacía que sus pensamientos se volvieran más ruidosos.

Ethel se estaba alejando.
O al menos eso sentía.

Cada vez que intentaba tomarle la mano, Ethel la retiraba con suavidad.
Cada abrazo duraba un segundo menos.
Cada sonrisa parecía más medida.

Se está cansando de mí… y es por mi culpa”, pensó Mildred mientras se mordía el labio.

No era que no quisiera estar con Ethel.
No era que no sintiera deseo. Al contrario…
el simple roce de los dedos de Ethel le hacía temblar, le calentaba la piel, le despertaba sensaciones nuevas que la asustaban tanto como la emocionaban.

Ese era el problema.
Se sentía torpe, insegura, inexperta.

¿Cómo iba a dar ese paso con Ethel Hallow, la bruja más brillante, segura y hermosa que había conocido?
¿Y si no sabía qué hacer?
¿Y si la decepcionaba?
¿Y si Ethel se daba cuenta de que ella era… pues ella?
Mildred Judith Embrollo: la niña desastre convertida en adulta que seguía sintiéndose chiquita frente al amor.

Se tapó la cara con ambas manos.

Ay, Mildred… ¿por qué eres así? —se dijo con frustración.

Pero el miedo más grande era otro:

Perderla.

Porque Ethel la había amado desde la paciencia, desde la contención, desde la ternura.
Pero Mildred veía que algo la estaba consumiendo por dentro. La tensión en su mirada. El temblor al separarse. La forma en que respiraba cuando estaban demasiado cerca.

Ethel también estaba sufriendo.
Y era por ella.

Mildred cerró los ojos.

No quiero que se vaya. No quiero que piense que no la quiero. No quiero seguir huyendo.

Su corazón latía rápido, como si le gritara que dejara de esconderse detrás del miedo.

Esa noche, Mildred tomó una decisión que le revolvió el estómago y el alma.

Se levantó.
Respiró hondo.
Y sin permitir que la duda la frenara, abrió la puerta de su alcoba.

El pasillo estaba oscuro, silencioso, frío.
Cada paso hacia la habitación de Ethel hacía que su corazón latiera aún más fuerte.

No iba para “probar” nada.
No iba por obligación.
No iba a hacer algo para lo que no estuviera lista.

Iba porque quería estar con ella.
Dormir a su lado.
Sentirla cerca.
Darle lo que podía darle: compañía, cariño, honestidad… y la certeza de que no la estaba perdiendo.

Al llegar frente a la puerta de Ethel, Mildred se quedó quieta unos segundos, con la mano extendida, temblando.

Por favor… no te alejes de mí —susurró.

Y tocó.

Una vez.
Suave.
Decidida.

Esa noche, Mildred Embrollo no iba a huir.
Esa noche, había decidido cruzar ese puente que tanto miedo le daba… hacia la persona que amaba más de lo que jamás se habría imaginado.

La puerta se abrió con un sonido suave.
Ethel apareció con el cabello suelto, los ojos cansados… y completamente desprevenida.

¿Mi… Mildred? —fue lo único que logró articular.

Esa única palabra estaba llena de sorpresa, de anhelo, de un miedo dulce.
Y Mildred, al verla así —vulnerable, hermosa, temblando apenas— sintió que algo en su interior se encendía con una decisión que ya no podía contener.

Entró un paso.
Solo uno.
Y antes de que Ethel pudiera decir algo más, Mildred tomó su rostro entre las manos y la besó.

Un beso profundo.
Ansioso.
Lleno de todo lo que había callado por semanas.
Un beso que decía “no te quiero perder”, “te necesito”, “perdóname por tener miedo”.

Ethel soltó un suspiro quebrado, como si ese contacto le devolviera el aire.
Su mano buscó la cintura de Mildred casi sin pensarlo.
Instintiva.
Urgente.

Mildred empujó la puerta con el pie y la cerró detrás de ellas.
El clic resonó en la habitación como un hechizo que aislaba al mundo entero.

Ethel apoyó la frente contra la de ella, respirando agitada.

—Mildred… ¿estás segura? —preguntó con una voz que temblaba más de lo que habría querido mostrar.

—Nunca estuve tan segura de nada —respondió Mildred, rozando su nariz con la de ella—. Te amo, Ethel. Y no quiero seguir huyendo.

Ethel casi se desmoronó en sus brazos con esas palabras.

La atrajo hacia sí y la besó ahora ella, con una pasión largamente contenida, como una ola que por fin se permite romper contra la orilla.
Sus manos se enlazaron, sus cuerpos se buscaron, y cada caricia era un reencuentro, un reconocimiento, un “te he deseado más de lo que sabes”.

No había prisa.
Ni vergüenza.
Solo una entrega suave y ardiente a la vez.
Un amor que por años había sido tensión, rivalidad, temblor…
Ahora por fin se liberaba en murmullos, en dedos que temblaban de emoción, en respiraciones entrecortadas.

Esa noche hicieron el amor de la forma más tierna y más intensa en que dos personas pueden hacerlo: sin miedo, sin máscaras, sin pasado que las separara.

Solo ellas.
Ethel descubriendo la dulzura y la valentía de Mildred.
Mildred descubriendo la vulnerabilidad escondida de Ethel.
Acomodándose en el ritmo natural de su deseo compartido, guiándose mutuamente con paciencia y honestidad.

En medio de la penumbra, atrapadas entre sábanas tibias y besos suaves, encontraron un lugar donde por fin ambas podían ser ellas mismas.

Y cuando todo terminó, cuando la pasión se convirtió en un abrazo lento y respiraciones calmadas, Mildred apoyó la cabeza sobre el pecho de Ethel.

—No vuelvas a alejarte de mí… —susurró, casi dormida.

Ethel la abrazó más fuerte, acariciándole la espalda con devoción.

—Jamás, Mildred Embrollo.
Jamás.

Y esa noche, por primera vez durmieron juntas sin distancia, sin miedo, sin secretos.

Solo amor.
El que siempre estuvo ahí.
El que por fin se atrevieron a vivir.

 

“La llegada desde Hogwarts”

Al dia siguiente Cackle amaneció con un murmullo extraño . Se trataba de un murmullo eléctrico, emocionado, casi como si las paredes mismas estuvieran chismeando.

Alumnas corriendo por los pasillos, profesoras cuchicheando en los corredores, la señorita Tapioca dejando caer dos veces la misma charola del desayuno porque escuchaba rumores al mismo tiempo.

¡¿Es verdad que viene una profesora nueva?!

¡Pero no cualquier profesora! ¡Una de Hogwarts!

¿De Hogwarts-Hogwarts?

¡Sí, del Hogwarts que sale en los libros de historia!

¡Viene como parte de una supervisión oficial!

¡Sera maestra interina temporal!

Los rumores crecían más rápido que una escoba Furiosa-300 con exceso de encanto.

Incluso la señorita Hardbroom (a quien llamaremos Ogrum en lo que resta de la historia) caminaba un poco más tiesa (que ya es decir), escondiendo una emoción que solo sus ojos delataban.
La señorita Bat advertía a las alumnas que no exageraran…. mientras planchaba su capa con un cuidado sospechoso.

Por su parte la profesora Gimlett tranquilizaba a las alumnas …. Mientras buscaba su mejor túnica . Mildred estaba tan emocionada que casi tropezó tres veces antes de llegar al desayuno.

—¡Ethel, ¿lo escuchaste?! ¡Vendrá una profesora nueva y es de Hogwarts! —dijo exaltada , casi brincando . Estara unas semanas de profesora auxiliar , la manda la división de educación del ministerio de magia .

Ethel bebió su té con la serenidad de quien no se deja llevar por la marea emocional ajena.

—Sí, Mildred. Lo escuché en cuanto pisé el pasillo , lo están gritando desde la cocina hasta la azotea.

Mildred se inclinó hacia ella, los ojos brillándole.

—¿No te emociona nada?

Ethel ladeó un hombro, elegante, contenida.

—No me desagrada la idea —admitió—. Será…. interesante.
Pero no sé por qué todo mundo actúa como si fuera a llegar Merlín reencarnado.

Mildred puso los ojos en blanco con una sonrisa.

—¡Pues es egresada de Hogwarts! . Es como…. el gran nombre del mundo mágico. Como si viniera una estrella.

—Técnicamente —respondió Ethel con aire analítico— es solo una profesora más ¡y Cackle no es poca cosa!. Tenemos historia, academia y disciplina. No necesitamos deslumbrarnos.

Pero aunque lo decía con frialdad… Mildred la conocía demasiado bien.

En el fondo, a Ethel sí le daba un pequeño cosquilleo de curiosidad.
No por la fama de Hogwarts, sino por la idea de ver de cerca un estilo de magia diferente, un currículo distinto… y, quizá, alguien con quien debatir sobre encantamientos a un nivel más alto.

Pero claro, jamás lo admitiría así de fácil.

Mildred rió y le dio un golpecito en el brazo.

—Ay, Ethel… aunque te hagas la seria, yo sé que quieres estar en primera fila cuando llegue.

Ethel se sonrojó levemente.
Muy poco.
Pero suficiente para que Mildred lo notara.

—Solo… no veo la necesidad de hacer un espectáculo —intentó justificar Ethel—. Pero sí. Estoy… interesada. Académicamente.

Un grupo de alumnas pasó corriendo justo en ese momento.

—¡Dicen que llega esta tarde!
—¡Y que la directora estaba nerviosa!
—¡Imagínense, una bruja de Hogwarts enseñando en Cackle!
— ¡¿Será una Gryffindor?! ¡Dicen que son bravísimas!

—¡Tal vez sea una Ravenclaw! Super inteligentes

Ethel suspiró.

—Esto va a ser un caos —murmuró.

Mildred tomó su mano discretamente debajo de la mesa, dándole un apretón cariñoso.

—¿Sabes? Si empiezan a hacer mucho escándalo, me quedaré a tu lado para no perderte entre la multitud.

Ethel la miró de reojo, con una sonrisa chiquita que solo Mildred conocía.

—Creo que podré soportar la multitud si estás ahí —susurró.

Y aunque Ethel se hacía la indiferente…
la verdad era que la llegada de una profesora de Hogwarts sí la inquietaba.
Un cambio grande estaba por venir a Cackle.
Una nueva magia, un nuevo estilo, un nuevo misterio.

El revuelo apenas comenzaba.

La tarde cayó sobre Cackle con un silencio extraño, como si el castillo entero contuviera la respiración.
Las alumnas se habían apiñado en la entrada, algunas trepadas en las escaleras, otras asomándose por las ventanas, todas murmurando con una mezcla de emoción y nerviosismo.

El carruaje mágico apareció entre un remolino de luz dorada —muy al estilo Hogwarts— y se detuvo con elegancia frente al portón principal.

La puerta del carruaje se abrió y entonces ocurrió.

Bajó una mujer de cabello castaño, rizado, impecablemente peinado.
Llevaba una capa color vino, formal, con insignias antiguas del Ministerio de Magia bordadas en el cuello.
Su postura era firme, su expresión serena, sus ojos amables pero agudos.

Por un momento, reinó un silencio absoluto.

Y luego…

¡Es Hermione Granger! —gritó una alumna de primero.
¿La Hermione Granger?
¡La que estuvo en la Batalla de Hogwarts!
¡La que fundó la asociación de defensa a los elfos domésticos!
¡LA QUE FUE MINISTRA!

La directora Cackle estaba tan emocionada que parecía a punto de desmayarse.
La señorita Ogrum , aunque digna, tenía los labios presionados en una línea que solo Mildred interpretó como shock total.
Incluso Tapioca dejó caer su olla de la sorpresa.

Mildred agarró el brazo de Ethel, con los ojos enormes.

—¡Ethel, Ethel, Ethel! ¿Ya viste? ¡Es Hermione Granger! ¡La verdadera! ¡La famosísima! ¡La que sale en todos los periódicos! ¡La del trío dorado! ¡La que derroto a Voldemort!  ¡La del Ministerio! ¡Ay Dios mío, no puedo con esto!

Ethel la miró…. y luego miró a Hermione Granger caminando con calma hacia la entrada, saludando con una sonrisa amable.

—Sí, Mildred. Lo veo —respondió Ethel con total serenidad.

Mildred abrió la boca, indignada.

—¿¡Cómo que “lo veo”!? ¡Ethel, es HERMIONE GRANGER!

Ethel soltó un suspiro como si Mildred le estuviera describiendo el clima.

—Mira, Mildred… entiendo que es una bruja talentosa , muy talentosa de hecho , egresada de Hogwarts y respetable.
Pero tampoco es que sea inalcanzable —dijo con esa elegancia snob completamente natural de ella.

Mildred casi se atraganta con aire.

—¿Inalcanzable? ¡Es Hermione! ¡La bruja más brillante de su generación! ¡Se enfrentó a mortífagos! ¡Casi muere mil veces! ¡Se codea con Harry Potter! ¡Ha dado discursos en el Wizengamot! ¡Es—!

—Una bruja —interrumpió Ethel con calma—. Muy preparada, sí. Pero sigue siendo una bruja , humana , normal.

Mildred la miró como si acabara de decir que la luna es cuadrada.

Mientras tanto, Hermione Granger avanzaba entre la multitud.
Su sonrisa era cálida, pero profesional.
Y al cruzar las puertas de Cackle, todas las profesoras hicieron una reverencia tan coordinada que parecía ensayo general.

Hermione respondió con una pequeña inclinación de cabeza.

—Es un honor estar aquí. He oído maravillas de esta escuela.

El murmullo volvió a subir.
Alumnas llorando de emoción.
La señorita Bat abanicándose.
Dos de tercero jurando que jamás se lavarían la mano porque “Hermione las había saludado”.

Ethel… bostezó discretamente.

Mildred la empujó con el codo.

—¡Finge emoción, aunque sea!

Ethel cruzó los brazos.

—Estoy interesada —dijo, muy digna—. Pero no voy a actuar como si acabara de bajar del cielo.

Mildred la miró entre divertida y desesperada.

—¿Sabes qué, Ethel?
A veces siento que si Merlín mismo apareciera aquí, tú dirías: “lo admiro, pero no me impresiona”.

Ethel sonrió con esa mezcla de soberbia linda y sinceridad.

—Probablemente.

Y mientras Hermione Granger seguía saludando a las profesoras, todo Cackle ardía en fervor… menos una bruja castaña oscura de nariz respingada y ojos azules intensos ,que mantenía los pies en el suelo. O eso decía.
Porque Mildred juraría que, aunque Ethel se hiciera la seria, sus ojos azules brillaban con un poquito —solo un poquito— de interés académico.

La cena en honor a Hermione Granger terminó siendo todo un evento. Las maestras estaban encantadas escuchando sus relatos de la guerra, de Hogwarts, de sus trabajos como funcionaria y activista. Mildred prácticamente no podía quitarle los ojos de encima a la bruja famosa; no por deseo, sino por genuina admiración. Se veía como una niña que por fin conocía a su heroína de los libros.

Ethel, sentada a su lado, fingía indiferencia… pero su ceja iba subiendo milímetro a milímetro cada vez que Mildred decía “¡¿de verdad hiciste eso?!”.
—Sí, Mildred, ya sabemos que es Hermione Granger —murmuró entre dientes, tomando su copa con un poco más de fuerza de la necesaria.

Mildred ni siquiera notó el tono.
—¡Pero es Hermione, Ethel! —susurró emocionada—. Es brillante, es histórica… ¡dio clases con Mc.Gonagall!

Ethel bufó.
—Pues felicidades, ¿quieres que le pida un autógrafo o qué?
—Ay, Ethel, no exageres…
—Yo no exagero —replicó, pero en tono bajito, sin querer arruinarle el momento a su novia… aunque la punzada de celos ahí seguía, irritándole el pecho.

La noche siguió con risas, historias, y Hermione encajando mejor de lo que cualquiera hubiera imaginado. Hasta las estatuas parecían escucharla.

Más tarde, cuando el castillo estaba en silencio y las velas flotantes comenzaban a desvanecerse, Mildred ya se estaba poniendo su camisón cuando escuchó tres golpecitos suaves en su puerta.

No tuvo ni que preguntar quién era.

Ethel entró apenas la vio abrir, con el ceño fruncido pero los ojos suavizados por el cansancio y… por necesidad.
—¿Te cayó tan bien Hermione que ya no tienes tiempo para mí? —intentó sonar bromista, pero le salió más vulnerable de lo que esperaba.

Mildred sonrió con ternura, acercándose.
—Ay, Ethel… no seas celosa. —Le tomó las manos—. Sí, admiré a Hermione… pero yo te amo a ti.

Ethel bajó la mirada, sus labios doblándose hacia un lado, derrotada.
—Es que… a veces siento que todas te deslumbran menos yo.

Mildred la abrazó, fuerte, con ese calorcito único que tenía para ella.
—Tú me deslumbras todos los días, Ethel Hallow —susurró.

El beso que siguió fue lento, profundo, de esos que derriten cualquier inseguridad. Y, sin necesidad de palabras, Mildred la llevó hacia la cama con una suavidad que solo se reservaba para ella. Fue un encuentro dulce, lleno de caricias que hablaban más que cualquier frase: la certeza de que se pertenecían, de que el deseo entre ambas era real y creciente… y de que no había nadie en el mundo mágico o muggle que Mildred quisiera más.

Cuando se acomodaron juntas bajo las mantas, aún respirando al mismo ritmo, Ethel rozó la nariz de Mildred con la suya.
—Quiero… quedarme aquí contigo, no solo esta noche …. Todas—dijo bajito, como si fuera un secreto demasiado grande para el castillo.

Mildred sintió que el corazón se le inflaba.
—Pues qué bueno, porque yo también quiero eso Ethy —susurró, acurrucándose contra ella.

Ethel sonrió por fin, relajada, como si todo el día hubiera estado contenido hasta ese instante.
—Entonces… —cerró los ojos, tranquila— …duermo contigo todas las noches, Milly. Desde hoy.

Y así, en una pequeña alcoba de Cackle, con el murmullo lejano de la magia antigua del castillo, las dos se quedaron dormidas abrazadas, sin espacio para dudas, ni celos, ni temores.

Solo ellas.
Solo su amor.

Los primeros días de Hermione Granger en Cackle fueron un torbellino.
Las niñas la veían como si hubiera bajado una estrella del cielo.
Las maestras, igual de fascinadas, la invitaban constantemente a compartir ideas, anécdotas y hasta recetas de pociones.
El castillo entero vibraba con una energía nueva.

Mildred, aunque admiraba a Hermione como cualquier bruja o mago que hubiera escuchando sus hazañas, intentó mantener la calma. No quería que Ethel pensara que estaba… exagerando y lo hacía por amor, aunque claro, Ethel no podía saber eso.

Hermione notó rápido algo en Mildred: su forma de pensar.
No era como las demás.
Era creativa, curiosa, resolutiva… y cuando hablaba de hechizos complejos, sus ojos brillaban con la misma pasión que ella recordaba de sus propios días en Hogwarts.

—Profesora Embrollo —dijo Hermione tras una clase—, ¿alguna vez ha considerado enseñar un módulo avanzado?

Mildred abrió grandes los ojos.
—¿Yo? ¡No, no, no! Yo solo… trato de no causar desastres, profesora Granger.

Hermione soltó una risa cálida.
—Pues creo que tiene un talento innato. ¿Qué le parecería dar una clase magistral conmigo para las alumnas de cuarto? Un análisis comparativo entre magia británica y magia continental.

Mildred casi se ahoga en aire.
—¿Una clase… con usted?

—Claro —sonrió Hermione—. Si acepta.

Mildred aceptó, temblorosa pero radiante.

Ethel se enteró del asunto de la peor manera: escuchando a la señorita Bat contárselo emocionada a otra maestra en el pasillo.

—¡Hermione Granger y Mildred Embrollo preparando una clase juntas! ¡Qué honor para Cackle! —decía Bat con voz aguda.

Ethel sintió cómo algo le tiraba del estómago.
No rabia.
No enojo.
Algo peor: ese huequito frío que se siente cuando te comparas sin querer.

Se fue directo a su habitación, cerró la puerta con llave y se deslizó al piso.
La punzada la tomó por sorpresa.
—Ridícula… —murmuró entre sollozos—. Solo es una clase. Solo es Hermione Granger. Y Mildred tiene derecho a brillar…

Pero aun así dolía.
Doler por inseguridad era lo que más vergüenza le daba.
Recordó la devoción con la que Mildred hablaba de la nueva profesora, recordó cómo se iluminaban los ojos de todas… y cómo ella, Ethel Hallow, simplemente no podía competir con una leyenda viviente.

Lloró un rato en silencio, hasta que el nudo dentro de su pecho se aflojó un poco.

Cuando ya estaba presentable —o al menos eso creyó— salió al pasillo justo cuando Mildred venía caminando hacia su puerta, con un montón de pergaminos en los brazos y una sonrisa enorme.

—¡Ethel! —dijo Mildred, emocionada—. Te estaba buscando, quería contarte algo increí…
Se detuvo.
Su sonrisa se apagó al instante.
—¿Ethel? ¿Qué pasa? Tienes los ojos…

Ethel bajó la mirada, esquivando.
—No es nada, Mildred.

Mildred dejó caer los pergaminos sin dudarlo y tomó su rostro con ambas manos.
—Ethel Hallow, mírame.
Ethel respiró hondo, obligándose a levantar los ojos.

—Solo… —trató de sonar tranquila, pero la voz se quebró— solo escuché lo de tu clase con Hermione Granger. Y sé que es una tontería, Mildred, pero… me sentí pequeña. Como si tú estuvieras subiendo un escalón gigante… y yo no pudiera alcanzarte.

Mildred la abrazó de inmediato, apretándola contra su pecho.
—Ay, Ethel… no tienes que alcanzarme —susurró—. Porque camino contigo. Siempre contigo.
Ethel soltó un suspiro tembloroso.
Mildred siguió hablando suave, acariciándole la nuca.
—Sí, admiro a Hermione. Pero a quien amo es a ti. A la mujer que me entiende, que me cuida, que me hace querer ser mejor… y que me hace sentir segura de mí misma.

Ethel la abrazó más fuerte, escondiendo el rostro en su cuello.
—Perdón…
—No tienes por qué pedir perdón —respondió Mildred con ternura—. Solo déjame estar aquí contigo, ¿sí? , Te amo Ethy

La tensión se deshizo.
Y ahí, en medio del pasillo silencioso de Cackle, Ethel sintió que el huequito frío dentro de ella comenzaba por fin a llenarse de algo tibio y real....

De Mildred.

Al dia siguiente se llevo a cabo la ponencia , esa clase magistral fue un éxito absoluto.
Hermione y Mildred se movían frente al grupo como si llevaran años enseñando juntas. Mildred explicaba con esa mezcla encantadora de torpeza y genialidad, y Hermione la complementaba con precisión académica. Las alumnas aplaudieron al final, algunas hasta suspiraron como si hubieran presenciado un concierto.

Mildred estaba radiante.
Hermione también.

—Excelente trabajo, Mildred —dijo Hermione, sonriendo con genuina calidez—. Tienes un talento increíble.

Y con la naturalidad de quien tiene un trato afectuoso pero formal, Hermione acomodó un mechón del cabello de Mildred detrás de su oreja, sin malicia, sin segundas intenciones.

Un gesto pequeño.
Pequeñísimo.

Pero, a unos metros, Ethel lo sintió como si le hubieran clavado una daga.

Su estómago se tensó de inmediato, sus dedos se cerraron en un puño, y tragó con fuerza para no decir algo absurdo.
No reclamó.
No dijo nada.

Solo se dio media vuelta y se fue antes de que Mildred la viera.

La semana siguiente fue un suplicio silencioso.

Hermione y Mildred trabajaban juntas constantemente: planeaban clases, revisaban trabajos, comparaban métodos mágicos. Mildred se sentía honrada, feliz, valorada.
Y no paraba de decir cosas como:

—¡Hermione es tan brillante!
—¡Hermione es tan amable!
—¡Hermione me enseñó un hechizo nuevo!
—¡Hermione piensa que yo…!

Cada vez, el corazón de Ethel se apretaba un poquito más.
Pero seguía callada.
Callada y distante.

Hasta que Mildred ya no pudo ignorarlo.

Una tarde, Mildred la alcanzó en el pasillo, tomándola del brazo.

—Ethel… —dijo con preocupación—. ¿Qué pasa contigo? Estás muy rara. Casi no me hablas, casi no me miras…
—No es nada —respondió Ethel, mirando al vacío.
—No me mientas. —Mildred se acercó más—. Soy tu novia. Dime qué tienes.

Ethel respiró hondo.
Quería seguir fingiendo, quería mantenerse fuerte… pero todo lo que había aguantado durante días se le subió al pecho como fuego.

—No puedo soportarlo, Mildred.

—¿Soportar qué?

Y ahí, Ethel explotó. Pero no con gritos.
Con pura vulnerabilidad.

—No soporto la cercanía que tienes con Granger —soltó por fin, con voz temblorosa—. No soporto que te abrace, Mildred. No soporto verla acomodarte el cabello. No soporto verla reír contigo. No soporto que tú le sonrías de vuelta como si… como si ella fuera tu sol.

Mildred se quedó helada.

Ethel siguió, como si las palabras hubieran esperado demasiado tiempo para salir:

—Cada vez que ella te toca me siento… —apretó los dientes— …como si yo desapareciera. Como si estuviera más lejos de ti que de Plutón.
Mildred abrió los labios, pero no dijo nada.
—Y tú no lo haces adrede —continuó Ethel—. Lo sé. Pero cuando la veo a tu lado siento que… que tú estás allá con ella y yo me quedo acá, sola. Que no tengo oportunidad.

Sus ojos se humedecieron.

—Es como una cachetada, Mildred —admitió por fin, bajando la mirada—. Cada vez que están juntas, siento que te estoy perdiendo… aunque tú sigas aquí.

El silencio cayó entre las dos.
Un silencio denso, vulnerable, sincero.

Mildred dio un paso hacia ella.
Y otro.
Y otro.

Hasta quedar justo enfrente, tan cerca que podía sentir el temblor de Ethel.

—Ethel Hallow —dijo con voz suave, casi un susurro— …yo no estoy enamorada de Hermione Granger. Estoy enamorada de ti.

Ethel cerró los ojos.
Una lágrima solitaria se escapó.

Mildred la tomó de las mejillas, obligándola a verla.

—No voy a dejarte —prometió—. Ni por Hermione. Ni por nadie.
—Es que se siente así… —murmuró Ethel, quebrándose—. Como si brillara más que yo.
—Ella brillará siempre. Pero yo… —Mildred apoyó su frente contra la de ella— …yo solo quiero brillar contigo.

La dureza en el pecho de Ethel se aflojó.
No desapareció por completo, pero dejó de apretar.
Porque las palabras de Mildred eran tan sinceras que dolían bonito.

—No me dejes afuera —dijo Mildred, acariciándole la mejilla—. No te encierres sin decirme lo que sientes. Me duele más que estés fría conmigo…. Me interesas más tu que cualquier cosa que haga Hermione.

Ethel tragó saliva.
Luego asintió.

Mildred la abrazó fuerte, como si quisiera rearmarla pedacito por pedacito.

Y por primera vez en días, Ethel correspondió el abrazo sin miedo.

Mientras todo esto pasaba , Nuestra bruja invitada empezó a notar la tensión Hermione Granger no era tonta.
Había sobrevivido a Voldemort, a Umbridge, a un millón de crisis diplomáticas… detectar tensión emocional entre dos brujas jóvenes era casi un pasatiempo comparado con eso.

Y poco a poco, algo empezó a llamarle la atención.

Cuando trabajaba con Mildred, Ethel pasaba por el pasillo con los labios apretados.
Cuando Mildred reía con ella, Ethel se ponía rígida al fondo de la sala.
Cuando Mildred mencionaba su nombre, Ethel desviaba la mirada, como si algo le doliera.

Hermione no era entrometida.
Al menos no desde su juventud.
Pero tampoco era ciega.

Una tarde, mientras Mildred revisaba un montón de deberes, Hermione la observó con cariño profesional y le dijo:

—Mildred… eres una bruja extraordinaria .

Mildred se ruborizó, tímida pero feliz.
—Gracias, Hermione.

La alegría en el rostro de Mildred era transparente.
Y sin embargo… Hermione sintió una sombra detrás de ese brillo.
Un algo.
Una tensión que no pertenecía a la bruja frente a ella, sino a la que rondaba a distancia.

Hermione siguió su instinto: la discreción de una exministra y la empatía de quien había amado con intensidad en su juventud.

Y decidió hablar con Ethel.

Hermione encontró a Ethel un par de días después, en el invernadero, ordenando frascos sin mucho entusiasmo.
El aire olía a tierra húmeda y a hierbas dulces.
Ethel, en cambio, olía a preocupación.

—¿Profesora Hallow? —preguntó Hermione, con ese tono amable-profesional—. ¿Puedo hablar con usted un momento?

Ethel tragó saliva.
No estaba lista.
Ni tantito.

—Claro… supongo.

Hermione se acercó con calma, sin invadir su espacio. Había aprendido a leer emociones ajenas desde hace mucho, y sabía que Ethel necesitaba aire.

—No quiero entrometerme —empezó—, pero he notado cierta tensión entre usted y Mildred.

Ethel cerró un frasco con demasiado ímpetu.
—No es nada importante.

—¿Segura? —sonrió Hermione, suave, sin juicio alguno—. Yo… conozco ese tipo de tensión.
Ethel alzó una ceja.
—¿Ah, sí?

Hermione rió bajito.

—Créame, Ethel. He visto a mi esposo Ron cuando éramos novios ponerse furioso porque Viktor Krum me hablaba demasiado. Sé reconocer los celos cuando los veo.

Ethel se ruborizó de rabia, pena y verdad mezcladas.

—No son celos —intentó defenderse.

—Está bien si lo son —respondió Hermione, serena—. Eso solo significa que le importa.

Ethel suspiró, bajando la guardia apenas un poquito.

Hermione continuó:

—Solo quiero que sepa algo: mi relación con Mildred es absolutamente profesional. La admiro, claro, porque es talentosa, inteligente y muy creativa… pero no hay más. No tengo ningún interés romántico en ella , estoy profundamente enamorada de mi esposo y jamás invadiría una relación ajena.

Las palabras eran simples.
Pero para Ethel fueron como quitarle un peso de cien kilos del pecho.

—No sabía que… que Mildred y yo éramos tan obvias —murmuró, apenada.

Hermione sonrió con una calidez sorprendente.

—No lo son para todos. Pero yo sé cómo miran algunas personas cuando están enamoradas. Y Mildred… la mira como si hubiera encontrado algo muy valioso.
Ethel parpadeó, sorprendida.
—¿De verdad?

—De verdad —afirmó Hermione—. Mildred te admira, te quiere, y no la he visto buscar nada fuera de eso. Si te sirve de algo… eres más importante para ella de lo que te imaginas.

Por primera vez en días, Ethel sintió que podía respirar sin que le doliera.

—Gracias —dijo, sincera—. Yo… no sé por qué me afecta tanto.

Hermione apoyó una mano en su hombro, con la distancia justa.

—Porque cuando amamos a alguien, Ethel, nuestro corazón se vuelve un poco más vulnerable. Pero eso también significa que lo estamos haciendo bien.

Ethel esbozó una sonrisa temblorosa.

Hermione se la devolvió.

—Habla con ella —le aconsejó—. No desde el miedo. Desde el amor. Mildred merece ver esa parte tuya.

Y Ethel, por primera vez, se sintió lo suficientemente valiente para hacerlo.

 

"Ogrum empieza a sospechar"

La señorita Ogrum había visto muchas cosas en Cackle.
Demasiadas.
Desde hechizos explotando en pasillos hasta escobas rebeldes, avalanchas de gatos y misterios que parecían sacados de un libro viejo de magia prohibida.

Pero lo que jamás se le escapaba….eran las dinámicas humanas.

Y últimamente, había notado algo.
Algo que no coincidía con lo normal.

Mildred Embrollo y Ethel Hallow, dos de sus jóvenes profesoras más brillantes y exalumnas que había conocido desde la infancia , se estaban comportando de una forma… peculiar.

Muy peculiar.

Primero, lo vio en detalles pequeños.

Ethel, que antes cruzaba los pasillos de Cackle como si todo le estorbara, ahora se detenía solo cuando Mildred aparecía.
Mildred, que solía tropezarse con su propia sombra, no se tropezaba jamás cuando Ethel estaba cerca…. pero sí cuando se alejaba.
Y luego estaban las miraditas.
Las miraditas.

Ah, sí.
Ogrum conocía bien esa clase de miraditas.
Las había visto  ya antes en alumnas, en maestras, y una vez —muy a su pesar— entre dos estatuas encantadas que se “visitaban” por la noche.

Pero lo de Mildred y Ethel… era distinto.
Había una suavidad rara ahí.
Una devoción silenciosa.
Un brillo en los ojos cuando una pronunciaba el nombre de la otra.

Y Ogrum, francamente, no era de piedra.

Recordo los días cuando Hermione Granger Westley fue de visita oficial a la escuela y platicaba coordialmente con Mildred , mientras ellas discutían animadamente un nuevo módulo de hechizos, Ethel las miraba desde la distancia con el ceño fruncido, Ogrum pasó justo al lado de ella.

Y alcanzó a escucharla murmurar:
—No me la vas a quitar Granger… Es mi Mildred…

Ogrum se detuvo.
Giró la cabeza como un búho.
Ethel palideció.

—¿Hallow? —preguntó Ogrum, con una ceja levantada que parecía una antena mágica—. ¿Dijiste algo?

—¿Yo? ¡No, no! Nada. Solo hable al aire… estaba hablando sola…—Contesto visiblemente alterada atropellando sus propias palabras .

Ogrum entrecerró los ojos.
Ajá.
Cada vez era más obvio.

Semanas después, en el comedor, Ogrum observó la siguiente escena:

Mildred entró con una pila ridícula de libros.
Ethel apareció detrás para ayudarle.
Sus manos se rozaron.
Las dos se quedaron congeladas medio segundo más de lo normal.

Y Mildred… sonrió.
No cualquier sonrisa.
Una sonrisa pequeñita, dulce, reservada.

Ogrum casi escupe su té.

—Hmf. Interesante… —murmuró.

La Maestra Cackle , La maestra Mim, La profesora Bat, La maestra Corchea, La profesora Gimlett siguieron comiendo sin notar nada.
Las demás maestras tampoco , pero Ogrum ya estaba convencida.

Esa noche, en la sala de profesores, se quedó mirando a Mildred y Ethel desde lejos mientras intercambiaban pergaminos, susurros y esa cercanía que solo dos corazones enamorados tienen.

Ethel inclinaba la cabeza ligeramente cuando Mildred hablaba.
Mildred se sonrojaba cuando Ethel la llamaba “Milly”.
Y había una energía entre ellas que no podría ocultarse ni con un hechizo de invisibilidad.

Ogrum cruzó los brazos y suspiró.

—Ya veo… —murmuró con su voz rasposa, sin juicio, sin enojo—. Así que… ustedes dos.
Sacudió la cabeza con una mezcla entre ternura, resignación y un toque de orgullo.
—Quién lo hubiera dicho. Después de tantos años peleándose…. resultó que era pura tensión romántica.

Nadie la escuchó.

Pero Ogrun ya había unido todos los puntos.

Y aunque todavía no pensaba decir nada…
sí empezaba a vigilar un poquito más, por si acaso esas dos jóvenes profesoras enamoradas necesitaban protección, guía…

…o una excusa convincente si alguien más se daba cuenta.

La profesora Ogrum venía saliendo del gran comedor cuando vio a Mildred y a Ethel intercambiar una mirada demasiado larga, demasiado suave, demasiado… obvia para alguien que había sido jefa de disciplina por más de treinta años.
Frunció el ceño. “Estas jóvenes brujas creen que nadie nota nada…”

Más tarde, las mandó llamar a su oficina con ese tonito serio que te obliga a enderezarte antes de tocar la puerta.

Mildred pasó primero, nerviosa; Ethel detrás de ella, intentando verse tranquila, pero mordiéndose el labio.

Ogrum cerró la puerta con un chasquido.
—Siéntense, niñas… bueno, ya no son niñas, pero entienden —dijo cruzándose de brazos.

Las dos obedecieron.

—A ver —empezó Ogrum, con esa mirada que atravesaba calderos—. Yo no soy ciega, ¿sí? Y menos ingenua. Son brillantes, son dedicadas, y también… demasiado cercanas. Y aquí en Cackle ya saben perfectamente cómo están las reglas.

Mildred tragó saliva.
—Profesora, nosotras… —intentó decir, pero Ogrum levantó la mano.

—No necesito detalles —respondió—. Solo quiero que entiendan algo: las relaciones dentro del horario académico del instituto no están prohibidas porque una sea amargada, sino porque distraen, generan favoritismos, chismes… y sobre todo, vulneran la responsabilidad que tienen como profesoras.
Se inclinó hacia ellas.
—Pero también sé reconocer cuando algo es genuino. Solo les pido que sean cautelosas. No le den motivos al alumnado, ¿me entienden?

Ethel apretó la mano de Mildred por debajo de la mesa.
Mildred asintió.
—Sí, profesora. Seremos discretas.

Ogrum suspiró, como si ese fuera el resultado que esperaba desde el inicio.
—Eso espero, Mildred Embrollo. Y tú, Ethel Hallow… más te vale no volver a llegar tarde a clase porque estabas “organizando material pedagógico” con tu compañera.

Ethel se puso roja como un tizón.
—Sí, profesora…

Ogrum se enderezó, dándoles de nuevo ese aire severo pero protector:
—Pueden retirarse. Y hagan bien su trabajo, que para eso las elegí.

Ya afuera, Mildred soltó el aire que llevaba guardado.
—Bueno… eso salió mejor de lo que esperaba.

Ethel, aún sonrojada, murmuró:
—Te dije que sospecharía tarde o temprano. Pero… —la tomó de la mano— no me arrepiento de nada.

Mildred la miró con una sonrisa suave.
—Ni yo.

Apenas cerraron la puerta de la alcoba, el silencio se volvió eléctrico.

Ethel tomó a Mildred del rostro con ambas manos, como si hubiera pasado todo un día conteniéndose.
—No sabes cuánto te necesitaba hoy… —susurró, con la voz entre rota y ardiente.

Mildred la abrazó por la cintura y la atrajo hacia ella.
—Yo también… después de lo que dijo Ogrum pensé que… que quizá te ibas a alejar.

—¿Alejarme? —Ethel dejó escapar una risa suave, temblorosa—. Mildred, si supieras lo que siento… no podría alejarme aunque quisiera.

Se besaron. Primero despacio, luego con esa urgencia que solo nace cuando el miedo y el cariño se mezclan. La ropa cayó al suelo en silencio, una pieza a la vez, sin prisa pero con una necesidad que ya no querían esconder entre ellas.

La noche avanzó entre susurros, caricias que decían más que las palabras, y una entrega tan honesta que Mildred casi no podía creer que aquella fuera la misma Ethel que siempre se mostraba tan severa en clase.

Cuando todo terminó, quedaron abrazadas bajo las sábanas, respirando todavía un poco acelerado, el corazón de una latiendo contra el pecho de la otra.
Mildred acariciaba el cabello de Ethel, y Ethel mantenía una mano apoyada en la espalda desnuda de Mildred, como si temiera que se desvaneciera.

—Me gustaría que todas las noches fueran así —murmuró Etel, medio dormida, medio vulnerable.

—Y podrían serlo —respondió Mildred—. Solo… vamos con calma.

Ethel sonrió contra su cuello.
—Sí. Pero no pienso esconder lo que siento cuando estemos solas.

Mildred apretó su abrazo.
—Eso jamás.

Las dos se fueron quedando dormidas, envueltas una en la otra.

A la mañana siguiente, la luz apenas comenzaba a filtrarse por la ventana cuando la puerta se abrió de golpe.

—Ethel, papá necesita que firmes… —Sybil Hallow Hermana menor de Ethel entró sin tocar, agitando un sobre con el logo del Corporativo Hallow .

Y se quedó congelada.

Ahí, en la cama, estaban Ethel y Mildred, desnudas, envueltas en la misma manta, claramente abrazadas, claramente… así.

Los ojos de Sybil se abrieron enormes.
—¿¡Q-qué—!?

Ethel pegó un brinco, apretando la sábana contra su pecho.
—¡Sybil! ¿¡Qué haces aquí!? ¿¡No sabes tocar!?

Sybil estaba roja como una grana y al mismo tiempo más pálida que el yeso.
—¡Yo—yo no sabía que estabas—! ¡O sea, sí sabía que dormías aquí pero no que dormías con alguien! ¡Y menos con—!

Miró a Mildred, que solo alcanzó a cubrirse hasta los hombros, igual de sonrojada, igual de sorprendida.

—Hola… Sybil… —saludó Mildred con una vocecita que jamás usaba en clase.

Sybil levantó el sobre casi como un escudo.
—Yo… solo venía a… esto… ¡Me voy! ¡No vi nada! ¡No escuché nada! ¡Nada pasó!

Y salió corriendo como si la persiguieran banshees.

La puerta se cerró de golpe.

Ethel hundió el rostro en sus manos.
—Por Merlín…. ¿Y Ahora?

Mildred soltó una risita nerviosa.
—Bueno… al menos no nos vio Ogrum. Tratando de aligerar el ambiente

Ethel la miró con horror.
—Mildred… mi hermana nos acaba de ver desnudas.

Mildred se encogió de hombros, acercándose para abrazarla otra vez.
—Pues… será un desayuno interesante.

Ethel soltó un gemido dramático, pero al final se dejó caer en los brazos de Mildred, derrotada… y secretamente feliz.

 

"La mansión Hallow — Sibyl en shock"

Sibyl llevaba horas sentada en el sillón del pasillo, mirando al vacío, con el sobre que Ethel debía firmar todavía entre las manos y después de tan curiosa escena ya no le había entregado.
No podía procesarlo.

Su hermana.
La impecable, estricta, siempre-elegante Ethel Hallow…
¡con Mildred Embrollo!

No solo era increíble, era casi absurdo. Era como descubrir que el sol salía por el norte.

La puerta se abrió y entró Mona Hallow, la menor de las tres hermanas , la simpática bruja pelirroja , brillante, elegante, con esa mirada de “sé todo antes de que lo digas”.

—¿Qué pasó en Cackle? —preguntó Mona, arqueando una ceja—. Volviste blanca como tiza Sybil. ¿Qué hiciste? ¿Incendiaste un salón? ¿Te prohibieron la entrada? ¿O Mildred convirtió a Ethel en Cerdo otra vez?

Sibyl tragó saliva.
—Mona… necesito que vengas a mi cuarto. No puedo decirlo aquí.

Mona frunció el ceño.
—¿Tan grave es?

Sibyl solo asintió.

Subieron rápidamente a la alcoba , Cuando estuvieron dentro, Sibyl cerró la puerta con llave, algo que nunca hacía y se apoyó contra ella.

—Mona… —susurró con la voz temblorosa—. Vi algo…. que no sé si pueda des-ver.

—Sybil, ¡habla ya! —exigió Mona.

Sibyl tomó aire profundamente.

—Entré a la alcoba de Ethel. Y… y… Ethel estaba… estaba…

—¿Dormida? ¿Estudiando? ¿Corrigiendo tus hechizos mal hechos de tus épocas de estudiante?

Sibyl negó con la cabeza violentamente.

—¡Estaba abrazada desnuda a otra mujer!

Mona se quedó congelada.

—¿Qué?

—¡Ethel estaba con Mildred Embrollo! —Explotó Sibyl—. ¡Desnudas! ¡Juntas! ¡En la cama!

El silencio fue total . Mona dio un paso hacia atrás, como si la noticia fuera física.

—No… no puede ser —murmuró, llevándose la mano a la frente—. Ethel… ¿Ethel Hallow? ¿Nuestra Hermana? ¿La misma Ethel que casi hace que expulsen a Mildred solo por existir demasiado cerca de ella?
—¡Sí! —Sybil agitó las manos desesperada—. Parecía una escena de novela romántica, Mona. De esas que no te dejan dormir.

Mona se dejó caer en la silla del tocador.

—Merlín Santo… esto… esto es un desastre diplomático familiar.

—¿Y lo peor? —añadió Sibyl—. ¡Ethel estaba feliz! ¡Feliz! Nunca la había visto con esa cara. ¡Ni cuando la aceptaron para enseñar en Cackle!

Mona se cubrió el rostro con ambas manos.

—Necesito apoyo moral…Pensó
—¿A quién le cuento?
—¿Quién puede ayudarme a procesar semejante telenovela mágica…?

Su expresión se iluminó.

—¡Enrieta!
Enrieta Embrollo es la única que va a entender la magnitud de esto.
Es prima de Mildred y mi mejor amiga..… ¡lo sabe todo de ella!

Sybil abrió los ojos como platos.
—¡No! ¿Cómo crees? ¿Y si va y se burla? ¿Y si se lo cuenta a todo Gloom Hall? ¡Ethel nos desintegra! , ¡Y Mildred nos convierte en Cerdos!

Mona ya estaba sacando su espejo comunicador.

—Demasiado tarde.
Esto es demasiado grande para guardarlo sola.

El espejo brilló y apareció la cara de Enrieta Embrollo, convertida ya en una mujer adulta joven guapa, segura, siempre con ese toque medio pícaro que Mildred nunca heredó.

—¿Mona? ¿Todo bien? Te escuchas agitada, ¿acaso Sybil le hizo un hoyo más a la pared…?

—Enrieta… necesito que te sientes.
Lo que te voy a decir va a cambiar tu día, tu semana y quizá tu vida familiar.

Enrieta rió.

—¿A Mildred por fin le salió un hechizo a la primera?

—No.
—¿La nombraron Subdirectora honoraria?
—Tampoco.
—¿O… se tiñó el cabello?

Mona soltó un suspiro largo.

—Enrieta…
Tu prima Mildred…. Está saliendo con mi hermana Ethel .

Enrieta se quedó muda.
Totalmente muda.

Las dos Hallows la miraron en el espejo, esperando.

Finalmente, Enrieta abrió la boca:

—…
—…
¡¡¡¡¿QUÉ COSA?!!!!

El grito hizo vibrar las ventanas.

—Eso no puede ser —continuó—. ¿ETHEL HALLOW? ¿La Ethel de los concursos de hechicería? ¿La Ethel que suspendió a Mildred por un hechizo de limpieza mal hecho? ¿La Ethel que se quejaba de cómo respiraba mi prima? ¿La Ethel que convirtió a Mildred en Rana nada más porque si?

Sybil levantó la mano tímidamente.
—Sí, esa misma.

—¡Pero Mildred siempre dijo que Ethel la desquiciaba!—Exclamo Enrieta


—Aparentemente la desquicia diferente ahora —respondió Mona, riendo a carcajadas.

Enrieta se recargó en su silla.

—dioses del caldero… mi prima Mildred… con Ethel Hallow…
No sé si reír, llorar o pedir un trago.

Mona suspiró.

—Bienvenida al infierno, querida . Nosotras tampoco sabemos qué hacer.

 

"La visita casual de Enrieta Embrollo a Cackle"

A la mañana siguiente Enrieta Embrollo apareció volando en su escoba entre la bruma matutina, tan elegante y exagerada como todo lo que la tía Agatha consideraba “discreto”.
La prima de Mildred, con su abrigo largo, su sonrisa encantadora y esa mirada de “vengo a investigar, pero voy a fingir que solo vine por un té”.

Las alumnas cuchichearon emocionadas.
—¿Quién es? ¿Sera un nueva maestra?
—No, parece demasiado joven…
—O demasiado guapa para ser de esta escuela…

Enrieta avanzó con paso seguro hasta la entrada del castillo.
Sabía perfectamente a quién buscar.

Mildred estaba organizando ingredientes para su clase cuando Maud  irrumpió jadeando.

—¡Milly! ¡Milly! —le dijo tomándola del brazo— ¡Vino tu prima Enrieta!

Mildred dejó caer un frasco de escamas de salamandra, que explotó en una nube púrpura.

—¿¡QUÉ!?

—Viene “de visita”, pero… No se …. Tiene una expresión rara en el rostro 
—Oh no… oh no, no, no, no —Mildred se cubrió la cara con ambas manos—. Eso significa que Sybil… ¡y Mona!
—Probablemente ya lo saben —dijo Maud —. ¿Ethel ya está enterada?
—¡NO!
—Pues se va a enterar muy pronto, porque Enrieta está entrando al castillo justo ahora.

Mildred quiso desaparecer y literalmente lo intentó. Pero el hechizo falló y solo se le desvanecieron los zapatos.

—¡Esto es el fin! —gimió Mildred—. La familia Hallow entera ya me odia y yo todavía no me he puesto los zapatos.

Mildred llegó a la esquina en ese momento, jadeante, sin zapatos y con una capa mal abotonada.

—¡Enrieta! —gritó con voz rota de estrés.

—Enrieta…. yo puedo explicar….
—Oh, Milly, Milly —dijo Enrieta tomando a su prima del brazo—. No vine a regañarte….
Solo vine a averiguar ¡por qué demonios estás saliendo con una Hallow!. Específicamente con Ethel….Agrego bajando la voz

Mildred cerró los ojos.

—Ay, Merlín…
—Pero antes —dijo Enrieta mirando sus pies—. ¿Por qué no traes zapatos?

Mildred caminaba por el pasillo con su prima, todavía descalza y tratando de explicar entre tartamudeos cómo había terminado envuelta en una relación prohibida con la perfeccionista Ethel Hallow, cuando doblaron la esquina….

Y ahí estaba Ethel.

Impecable , serena , de pie como si la estatua de la fundadora de Cackle la hubiera entrenado personalmente.

Pero en cuanto vio a Mildred sin zapatos y con Enrieta al lado, su expresión se tensó de inmediato.

—¿Mildred? —preguntó Ethel con una mezcla de sorpresa, alarma y protectividad mal disimulada— ¿Qué… qué haces descalza?

Mildred abrió la boca pero Enrieta se adelantó con una sonrisa perfectamente afilada.

—Hola, Ethel Hallow.

Ethel se quedó congelada… medio segundo demasiado largo.
Ese medio segundo en el que su cerebro procesó:

  1. “Embrollo.”
  2. “La prima.”
  3. “Esto es una mala señal.”
  4. “¿Qué sabe?”

Luego recuperó la postura.

—Enrieta. —Asintió con cordialidad rígida—. No esperaba verte en Cackle.

Enrieta dio un paso al frente, elegante, segura… casi felina.

—Lo sé. Vine porque Mildred necesitaba apoyo familiar.

—¿Apoyo…? —Ethel entrecerró los ojos—. ¿Por qué habría de necesitarlo?

Mildred tragó saliva.
—Ethel… yo… creo que Sybil y Mona…

—Ellas me dijeron —completó Enrieta con dulzura venenosa.

Ethel sintió que el mundo se detenía un instante.
Un músculo en su mandíbula se tensó.

—Ya veo.

Enrieta ladeó la cabeza, observándola de arriba abajo, como un abogado del Ministerio evaluando si un sospechoso mentía.

—Debo admitirlo, Ethel…. jamás imaginé que tú fueras la persona que haría que Mildred se quitara los zapatos corriendo por todo el castillo.

Ethel sintió que se le subía un profundo rubor de indignación.
—Mildred no “corre por el castillo” por mí. O al menos… no normalmente —corrigió, perdiendo un poco la compostura.

Enrieta sonrió más.

—Ah, claro que sí.

Mildred se cubrió la cara, deseando evaporarse.

Ethel dio un paso hacia Enrieta, tranquila pero firme.
Ese paso que las Hallows daban cuando estaban listas para defender su honor, su casa o su orgullo.

—Entiendo que esto sea inesperado para tu familia.

—¿Inesperado? —Enrieta rió—. Mi prima Mildred Embrollo y Ethel Hallow… esto no es inesperado . ¡Es una bomba nuclear emocional!.

—Enrieta, por favor… —susurró Mildred.

Pero Ethel ya había enderezado la espalda.

—Sea lo que sea que hayas venido a buscar —dijo Ethel con tono firme, elegante y peligroso— quiero que quede claro algo desde el principio:
No he obligado a Mildred a nada , no la manipulo , no la presiono y jamás la pondría en riesgo.

Enrieta parpadeó, sorprendida por la fuerza de esa declaración.

Ethel continuó, con voz baja pero segura:

—La amo y la respeto en todos los sentidos.

Mildred se quedó muda.

Enrieta abrió la boca… pero no salió ninguna broma esta vez.

Se cruzó de brazos y se recargó ligeramente en la pared, observando a Ethel con nuevos ojos.
Como si finalmente la estuviera viendo por lo que era:
la mujer que Mildred había elegido.

—Bueno… —dijo Enrieta lentamente—. Debo admitir que… no esperaba tanto fuego viniendo de ti, Ethel Hallow.

Ethel alzó la barbilla con orgullo.

—Subestimar a una Hallow suele ser un error.

Enrieta sonrió genuinamente.

—Empiezo a ver por qué Mildred está tan… tan…

—¿Enamorada? —interrumpió Ethel suavemente, mirándola de reojo a Mildred.

Mildred emitió un chillido apagado y escurrió la mirada al piso.

Enrieta chasqueó la lengua.

—Vaya. Esto es más serio de lo que imaginaba.

Ethel se puso un poco rígida.
—Si viniste a separarnos, te advierto que—

—No —lo cortó Enrieta—. No vine a eso.
Vine a saber si eras digna de ella.

Ethel respiró hondo.
—Entonces pregúntame lo que quieras.

—Oh, no —dijo Enrieta sonriendo—. Ya vi lo que necesitaba.
Ahora quiero hablar con Mildred a solas.

Ethel dudó… pero Mildred asintió.
—Está bien, Ethel… yo te busco al rato.

Ethel la miró como quien deja ir algo valioso, pero confía plenamente.

—Estaré en mi alcoba —dijo con suavidad.

Enrieta la observó alejarse.

Luego miró a Mildred.

—Ok , Milly… ahora sí, cuéntame TODO. Y rápido. Porque mi cerebro aún no procesa que Ethel Hallow acaba de casi-declarársete frente a mí.

 

"Frente a la familia — Valentía y corazones abiertos"

 

Días después de la curiosa visita de la prima de Mildred , una lechuza arribo a Cackle llevaba consigo una carta con el sello de la familia Hallow . El sobre se sentía pesado en las manos de Ethel. La caligrafía impecable de su padre, no dejaba lugar a dudas: debía presentarse a la mansión familiar al día siguiente. No era una invitación, no era una sugerencia. Era una orden.

Ethel estaba sentada en su cuarto, con Mildred a su lado. Ambas compartían el silencio tenso que solo se rompe cuando lo inevitable se acerca.

—Por Merlín… —susurró Ethel, mordiendo su labio—. ¿Qué va a pasar ahora?

Mildred entrelazó sus dedos con los de ella, tratando de transmitir calma, aunque sus propios hombros temblaban de nervios .

—No lo sé… pero pase lo que pase, yo estoy contigo Ethy —dijo Mildred—. Te amo, y eso no va a cambiar por lo que digan o piensen.

Ethel la miró, respirando hondo, como si tomara aire para fortalecer su resolución:
—Lo que tenemos es un amor valiente, Milly. Y si hay alguien que no lo entiende… que mire para otro lado , yo no pienso renunciar a ti , eso no es negociable.

El día siguiente, la mansión Hallow se sentía más fría que nunca. El aire estaba cargado de reproches, de palabras no dichas, de orgullo y decepción. Ethel entró en el gran salón, con la espalda recta y la mirada firme, enfrentando a sus padres , tenia el corazón latiendo a mil. Su padre, el señor Hallow, la esperaba sentado detrás de su escritorio, con los dedos entrelazados, la mirada dura y el ceño fruncido como si la condena ya estuviera escrita en su expresión. Ursula, su madre, estaba de pie a un lado, con los brazos cruzados y una mirada que mezclaba decepción y cálculo silencioso.

—Ethel —comenzó su padre con voz grave—. He recibido noticias… preocupantes , muy preocupantes.

Ethel respiró hondo, tratando de mantener la calma. Su mano rozó el bolso donde llevaba su carta de aviso, pero sabía que esto no sería fácil.

—Papá, mamá… —dijo, con la voz firme— Sé por qué estoy aquí.

—¡Sabes por qué estás aquí! —tronó el Sr.Hallow, golpeando el escritorio con la palma—. Ahora resulta que mi hija es una anormal , pero no conforme con eso ….. Salir con Mildred Embrollo… ¿Es en serio, Ethel? ¡¿Con una simple profesora de Cackle?! ¡Esto es inaceptable! ¡No solo escandaliza a la familia, sino que… —hizo una pausa, respirando con fuerza— —podría arruinar tu futuro!

—¿Mi futuro? —Ethel arqueó una ceja, con la voz temblando apenas de emoción contenida—. Papá, mi futuro no está en lo que otros quieren que sea. Está en lo que yo elijo y yo elijo a Milly. Siempre la he elegido.

—Papá… —Ethel levantó la voz, segura—. Yo soy así. Siempre he amado a Mildred. Ahora se que desde que era niña la molestaba porque me frustraba que no entendiera mis sentimientos, pero esto no es un capricho. Esto es lo que soy ahora, una mujer que sabe lo que quiere y  no voy a renunciar a ella.

Ursula cruzó los brazos, frunciendo el ceño:
—¡Esto es un escándalo! ¡Tu mi hija! ¡Mi primogénita , la heredera del lagado Hallow! ¿Cómo puedes ser tan imprudente?

—Mamá, papá… —Ethel respiró hondo, manteniendo la calma pese a la tormenta verbal que la rodeaba—. Ya les dije que no voy a ocultar lo que siento. No voy a dejar que nadie me haga sentir que amar a alguien que me hace feliz es incorrecto. Mildred me hace feliz y  siempre ha sido así.

Hallow se levantó de golpe, rojo de ira, golpeando la mesa:

—¡Entonces estás dispuesta a arruinar todo lo que construimos por una… por una relación! Podría quitarte el apellido Hallow, Ethel. ¡Podría desheredarte! ¡No me provoques!

Ethel mantuvo la mirada firme, aunque sus ojos se llenaron de lágrimas:

—Papá…. puedes quitarme el apellido si quieres. Pero jamás dejaré de ser una Hallow y jamás dejaré de amar a Milly. Si eso es lo que quieres, lo entiendo, pero no lo acepto y  ¿Sabes algo? no tengo ningún problema en llevar el apellido Embrollo si así lo deseas , de la mujer más valiente que he conocido , de la mujer que amo .

El sr. Hallow se detuvo frente a ella, los ojos chispeando de frustración:

—¡Esto es intolerable! ¡Mi hija no puede vivir así!

—Papá… —Ethel dio un paso hacia él, la voz cargada de emoción contenida—. ¡Mi vida es mía! Siempre has querido controlarla, pero esta vez… no. Esta vez elijo amor sobre miedo. Elijo a Milly. Es el amor de mi vida.

Ursula suspiró, como si hubiera esperado este momento toda su vida y, al mismo tiempo, lo lamentara. Su mirada se suavizó un poco.

—Hemos escuchado suficiente  —Su tono ahora era más neutral, evaluador—. Nos quedará un solo camino. Aceptar la relación, con reservas… y con distancia. Ethel tiene derecho a ser feliz. Además, aún quedan Sybil y Mona. Alguna de ellas nos dará nietos, ¿no? —dijo, con un dejo de ironía que no pasó desapercibido para Ethel, pero que ignoró—.

El señor Hallow respiró hondo, claramente luchando entre su orgullo y la realidad.

—Bien —dijo finalmente—. Aceptaré tu relación, Ethel , con reservas, distancia… y solo con la condición de que se casen. —

Ethel arqueó una ceja—

—Una boda discreta, lo más pronto posible. No quiero más habladurías que las estrictamente necesarias , casada al menos minimizamos el golpe de la naturaleza de tu….. curiosa relación. Pero no olvides: sigue siendo discreta— Agrego el sr. Hallow

Ethel sonrió con una mezcla de orgullo y alivio, conteniendo lágrimas.

El señor Hallow bufó, claramente frustrado, mientras Ursula, más neutral, parecía resignada a aceptar la decisión de su hija. La tensión aún estaba en el aire, pero un paso enorme se había dado: la relación de Ethel y Mildred estaba ahora legitimada, incluso si de manera estrictamente condicionada y con la boda como salvaguarda de las apariencias.

Mientras tanto, lejos de allí , de la tensión que reinaba en la mansión Hallow , Mildred se dirigía a la casa de su madre, Judith, con el corazón latiéndole a mil por hora. La calidez del hogar, el aroma a galletas recién horneadas y a leche caliente, contrastaba con el frío enfrentamiento que Ethel había enfrentado apenas unos momentos atras.

Judith apareció en la cocina, sonriente:
—Milly… qué sorpresa, ¿qué te trae por aquí?

Mildred tragó saliva, conteniendo las lágrimas:
—Mamá… vine porque tengo algo muy importante que decirte . —Hizo una pausa, mirando el suelo—. ¿Te acuerdas de la chica que me molestaba cuando era estudiante?

Judith asintió, con una sonrisa suave:
—Sí… ¿cómo olvidarla?...Ethel Hallow ¿No?

—Bueno…. —Mildred levantó la vista, los ojos brillantes de emoción y miedo—. También ahora es profesora conmigo. Y… estoy enamorada de ella. Ethel y yo… somos pareja. Estallando en un mar de lagrimas por miedo a decepcionar a su madre .

Judith permaneció en silencio por un instante, procesando la noticia. Luego, lentamente, se acercó y abrazó a Mildred con fuerza.
—Milly… no importa. Yo te amo, hija. Siempre te he querido, y eso no va a cambiar.

Mildred lloró suavemente en el abrazo de su madre:
—No quería que te enteraras por otras personas… Enrieta ya lo sabe por accidente. Solo quería decírtelo yo .

Judith se apartó ligeramente, mirándola a los ojos:
—Milly… de alguna manera siempre lo sospeché. Incluso cuando eras niña… esa niña que te molestaba , la manera en que tu decías su nombre y no parabas de hablar de ella , yo vi todo antes de todas maneras tú no podías dejar de mirar … Ethel, tratando de llamar su atención y tu …Tu correspondiéndole sin poner un alto directo… —sonrió con ternura—. Siempre supe que había algo especial allí entre las dos .

Mildred, con lágrimas en los ojos, sonrió entre sollozos:
—¿De verdad?

—Sí, querida. Siempre lo supe —dijo Judith—. Y ahora veo que estás feliz… y eso es todo lo que me importa.

Con ese abrazo cálido, lleno de aceptación, Mildred sintió cómo se aligeraba el peso que había sentido durante semanas. La tensión con los Hallow aún existía, pero sabía que tenía un refugio seguro, un apoyo incondicional que ayudaba a sostener su amor por Ethel.

La noche había caído sobre Cackle, y los pasillos estaban silenciosos salvo por el eco lejano de algunas risas de alumnas que todavía quedaban en la escuela. Ethel y Mildred caminaron juntas hacia la alcoba de Ethel , con la sensación de que un enorme peso finalmente se había levantado de sus hombros.

Ethel se dejó caer en el sillón favorito junto a la ventana, mirando el cielo estrellado. Mildred se sentó a su lado, tomando su mano entrelazada con ternura.

—Bueno… —comenzó Ethel, suspirando—. Hablé con mis papás. No lo tomaron bien, claro… —su voz se tensó, y su labio inferior tembló apenas un instante—. Papá estuvo furioso, amenazó con desheredarme y todo el rollo dramático de siempre.

Mildred la miró, sorprendida:

—¿Desheredarte? ¡No me digas que fue tan extremo!

—Sí… —Ethel negó con la cabeza—. Pero mamá, Ursula… bueno, ella fue un poco más neutral. Papá terminó cediendo, aunque con muchas reservas y distancia. Y, bueno… quieren que nos casemos. Muy discreto, lo más pronto posible.

Mildred se rió, medio incrédula, medio nerviosa:

—¿Casarnos? Jajaja… bueno, supongo que si ellos lo piden así… no es que me oponga. —La tomó del rostro con cariño y sonrió—. De acuerdo, podemos casarnos. Muy discreto, sí… pero nos casamos.

Ethel soltó un suspiro, apoyando la frente contra la mano de Mildred.

—Menos mal que tú eres tan maravillosa, Milly… porque yo… —su voz se quebró un poco—. Yo no iba a renunciar a ti. Nunca. Y eso quedó clarísimo.

Mildred la abrazó con fuerza, jugando con su cabello:

—Lo sé, Ethy… Y mira, esto nos da un nuevo paso en nuestra historia, ¿verdad? Novias, sí… y ahora esposas, al menos en perspectiva.

Ethel soltó una risa baja y suave:

—Sí… es gracioso, ¿no? Todo ese drama familiar, las amenazas de papá, el mundo entero y… aún así aquí estamos, juntas, riéndonos en Cackle.

Se quedaron en silencio un momento, disfrutando de la calidez de estar juntas, conscientes de que todos los dramas familiares habían quedado atrás… al menos por ahora.

—Entonces… —dijo Mildred, juguetona—. ¿Podemos ir a celebrar nuestra discreta boda mental aquí mismo, en tu alcoba? —Se inclinó y le dio un beso suave en los labios.

Ethel se rió y le devolvió el beso, con la certeza de que nada ni nadie podría separarlas:

—Sí… nuestra boda discreta, Milly. Y esta vez… sin dramas de familia. Solo nosotras.

Y así, entre risas, susurros y planes para un futuro compartido, cerraron el capítulo de la tensión familiar, dejando paso a la vida que realmente querían: juntas, felices y listas para todo lo que viniera.

 

"Celos y devoción"

Han pasado algunos años desde que Ethel y Mildred se casaron.
Su hogar en el ala oeste de Cackle era acogedor, lleno de luz, libros y pequeñas plantas mágicas que Mildred cultivaba con devoción.
Parecían la pareja perfecta: armonía, cariño y pasión compartida.

Pero la perfección, como siempre, tenía sus grietas.

Ethel observaba a Mildred mientras revisaba un montón de pergaminos recién corregidos.
Cada risa de Mildred al recibir una felicitación de alguna colega hacía que su pecho se apretara, una mezcla de deseo y miedo.
No podía soportar que otra bruja se acercara demasiado.

—Ethel… —dijo Mildred, percibiendo la tensión en la mirada de su esposa—. No tienes por qué sentir celos. Te amo solo a ti.

Ethel bajó la cabeza, incapaz de decir nada.
Sabía que esos celos eran irracionales, pero no podía evitarlos. Cada vez que otra mujer tocaba a Mildred, aunque fuera por mera cortesía, su estómago se revolvía.

Mildred se acercó despacio, acariciando la mejilla de Ethel con ternura.
—Mira… estoy aquí contigo —susurró—. Siempre contigo.

Y como siempre, Ethel no pudo resistir más. La abrazó con fuerza, con la necesidad de tenerla solo para ella.
Se entregaron a un encuentro lleno de pasión y devoción, donde cada beso, cada caricia, era una promesa silenciosa de pertenencia y amor.
Mildred se rendía ante ella, confiando completamente en la mujer que amaba, disfrutando de la intensidad que Ethel desplegaba sin reservas.

Los días siguientes, Ethel parecía más relajada, más segura.
No había miradas ansiosas ni pequeñas tensiones en cada gesto de Mildred.
Mildred estaba feliz, disfrutando de la pasión compartida sin temor a los celos que antes la envolvían.

—Te ves distinta —le dijo Mildred un día mientras desayunaban—. Más ligera.

—Me siento… mejor —respondió Ethel, sonriendo y rozando su mano con suavidad.

El hogar se llenó de una calma cálida que hacía tiempo no sentían.

La rutina de Cackle no podía durar para siempre. Después de la visita de Hermione Granger años antes , debido al excelente desempeño de la Academia Cackle se abrió una nueva catedra de magia por lo se solicito una nueva profesora . Le ofrecieron el puesto a Maud Luna sin embargo ella no lo acepto, solo había estado una temporada como profesora auxiliar , le había surgido una gran oportunidad de trabajo que no puedo rechazar , como subdirectora de la academia pentágono .

Una mañana, un carruaje elegante descendió por la explanada del castillo, y de él bajó una nueva bruja, de presencia imponente y aire misterioso.
Su cabello oscuro caía sobre los hombros con un movimiento que parecía casi ensayado, y sus ojos brillaban con inteligencia y un toque de secreto.

Se presentó como la nueva maestra y rápidamente se ganó la atención de las alumnas y del personal.

Mildred, siempre curiosa, se acercó para mostrarle algunas instalaciones y compartir ideas sobre sus clases.
La química entre ellas fue inmediata: risas, gestos compartidos, una cercanía que parecía natural y fluida.

Ethel, por su parte, observó desde la distancia.
Sorprendentemente, no sintió celos.
De hecho, se dio cuenta de que la presencia de la nueva bruja no la amenazaba.
Quizá simplemente, confiaba en Mildred de una manera que nunca había experimentado antes.

Mientras la nueva maestra y Mildred se inclinaban sobre un pergamino antiguo, compartiendo ideas y sonrisas, Ethel se acercó y tomó la mano de su esposa:
—Te amo —susurró—. No importa quién esté cerca, eres solo mía.

Mildred sonrió, entrelazando sus dedos con los de ella, y respondió:
—Y yo a ti. Siempre.

El sol entraba por la ventana, iluminando la escena.
Por primera vez en mucho tiempo, Ethel sintió que su amor por Mildred no estaba amenazado por nada ni por nadie, y que juntas podrían enfrentar cualquier novedad que Cackle les presentara.

Semanas después el salón de profesoras de Cackle estaba lleno de murmullos suaves, risas discretas y el aroma inconfundible de pociones recién preparadas.
Mildred y la nueva maestra, Selene, trabajaban juntas, mezclando ingredientes, tomando notas y compartiendo ideas para su clase de pociones avanzadas.
La química entre ellas era evidente: risas cómplices, gestos sincronizados y la facilidad con la que discutían sobre fórmulas complejas.

Ethel estaba presente, observando desde su silla, tranquila. Hasta ese momento no había sentido ni un ápice de celos.
—Se ve que son buenas amigas —pensó—. Y eso está bien.

Pero todo cambió en un instante.

Mientras tomaban té, una conversación casual surgió entre las profesoras:

—Selene, ¿te parece si organizamos un círculo de estudio para las alumnas de cuarto año? —preguntó la profesora Bat.
—Claro, me encantaría —respondió Selene—.

Con la soltura que da la confianza las brujas comenzaron a compartir anécdotas , historias familiares , mostrar fotos de viajes entre otros fue cuando , la nueva profesora al enterarse de la relación entre Mildred y Ethel , comento… bueno, ya que estamos hablando de cosas personales, yo también soy una mujer que ama a las mujeres  —añadió con naturalidad.

Ethel, que hasta ese momento había mantenido una sonrisa tranquila, sintió como si el suelo desapareciera bajo sus pies.
Su corazón empezó a latir con fuerza, cada músculo de su cuerpo se tensó.
Las palabras de Selene resonaban en su mente una y otra vez: “también amo a las mujeres”.

De pronto, todo lo que antes era calma y confianza se transformó en un torbellino de celos:

  • “Ella puede amar a otras mujeres.”
  • “Y ahora está cerca de Mildred.”
  • “¿Y si Mildred…?

Ethel se levantó abruptamente, incapaz de seguir sentada, y caminó hasta la ventana del salón, respirando profundamente.
—No… —murmuró entre dientes, con la mandíbula tensa—. No puede ser…

Mildred, que había notado su tensión, se acercó y tocó su brazo:
—Ethel… tranquila, ¿qué pasa?

Pero Ethel apenas la miró. Sus ojos azules brillaban con intensidad.
—¡No puedo evitarlo! —dijo, su voz temblando por primera vez—. Todo el tiempo la veo cerca de ti, compartiendo risas, compartiendo… todo, y…. y ahora me entero de que también puede amar…. —tragó saliva, conteniéndose—…. a otras mujeres.

Mildred suspiró, colocando suavemente sus manos sobre las de Ethel.
—Ethy… yo te amo a ti. Solo a ti. No hay nadie más. No hay nada que temer.

Ethel cerró los ojos, intentando calmar la tormenta que sentía en su interior, pero el nudo en su pecho no desaparecía.
—Lo sé… —susurró, con voz rota—. Lo sé, pero…. es imposible no sentirlo.

Mildred la abrazó, apoyando su frente contra la de Ethel.
—Vamos a superar esto juntas, como siempre.
—Sí… —murmuró Ethel, dejando que la devoción y el amor de Mildred la anclaran a tierra— Sí, juntas….

Se quedaron abrazadas, respirando al mismo ritmo, mientras el salón continuaba su rutina, indiferente al huracán emocional que acababa de desatarse.
Ethel sabía que sus celos no desaparecerían de inmediato, pero también sabía que mientras tuviera a Mildred, su amor y su confianza, podrían enfrentarlo juntas.

Días después el aula de pociones olía a hierbas recién mezcladas y a un toque de incienso, mientras Mildred y Selene trabajaban en un experimento complejo.
Risas suaves, comentarios compartidos y gestos de complicidad llenaban el espacio, y todo parecía inocente… excepto para Ethel, que observaba desde la puerta.

De repente, Selene hizo un comentario que llevó a Mildred a inclinarse hacia ella para explicarle algo con detalle, mientras ambas se reían discretamente.
Ethel, con el corazón acelerado, sintió cómo sus celos estallaban sin aviso. Su mente comenzó a crear escenas que no existían: acercamientos que solo eran amistosos, risas que solo eran naturales… y aun así, su corazón se tensó.

Respiró hondo, intentando calmarse, pero algo dentro de ella no lo permitió.
Con paso firme y decidido, cruzó el aula, la mirada fija en Mildred. Cada paso era una declaración de su amor y su posesión, pero también de su elegancia y confianza.

—Mildred —susurró con voz profunda y segura—. Ven conmigo.

Mildred levantó la vista, sorprendida, pero inmediatamente entendió. Se apartó de Selene y se acercó a Ethel, con una sonrisa tranquila.
—Ethel… —dijo, suavemente, colocando su mano sobre la de ella— Todo está bien.

Ethel la abrazó con firmeza, elegante y protectora, pero sin violencia. La sostuvo cerca, inhalando su aroma, dejando que su devoción y amor hablaran en silencio:
—Solo tú, Mildred. Nada ni nadie más importa.

Selene, viendo la intensidad de la escena, levantó las manos en señal de respeto y dio un paso atrás.
—Entiendo —dijo con calma—. No era mi intención incomodarte.

Ethel giró la cabeza hacia Selene, sus ojos brillando con determinación, pero su voz era serena y elegante:
—No me malinterpretes. No te estoy atacando. Solo…protejo a la mujer que amo.

Selene asintió lentamente, comprendiendo que la intensidad de Ethel no era hostilidad, sino amor absoluto y celos genuinos.
—Está bien. Lo entiendo —replicó—. Solo quería ayudar.

Ethel volvió su atención a Mildred, acariciando su mejilla y acercándola a sí con ternura:
—Nunca quiero perderte…. no quiero dudas entre nosotras.

Mildred suspiró, abrazándola con devoción:
—Ni yo a ti, Ethel. Y nunca lo haré. Confío en ti. Siempre.

Ethel cerró los ojos un momento, respirando la seguridad que le ofrecía Mildred, sintiendo cómo su corazón se calmaba.
Los celos habían estallado, sí, pero la pasión y el amor compartido eran más fuertes, recordándole que ninguna confusión externa podía amenazar lo que ambas habían construido juntas.

Después de ese evento Ethel decidió acudir con una terapeuta , tenia que arreglar ese problema . El despacho de la terapeuta mágica estaba iluminado por velas flotantes que desprendían un aroma cálido y calmante.
Ethel entró, con pasos lentos, la cabeza baja, el corazón latiendo acelerado. No había traído nada más que su miedo, su ansiedad y la sensación de que su mundo se desmoronaba.

—Ethel…. —dijo la terapeuta con voz suave— Siéntate. Estás segura aquí.

Ethel se dejó caer en la silla, las manos temblorosas. Intentó hablar, pero un nudo en la garganta le impedía articular palabra.
Finalmente, con la voz quebrada, comenzó:
—No… no puedo seguir así .

Sus ojos se llenaron de lágrimas que comenzaron a deslizarse por sus mejillas.
—Hoy… hoy tuve que apartar a mi esposa Mildred de Selene… —dijo, con un hilo de voz—. Solo porque estaba demasiado cerca de ella, y… y no pude controlarme.

Su respiración se volvió entrecortada, cada palabra un golpe contra su propia culpabilidad.
—No puedo trabajar…no puedo estudiar…no puedo dormir… no puedo descansar…es como si mi cerebro me hubiera declarado la guerra todo el tiempo , ¡todo!…. pensando en Mildred, pensando en que alguna mujer pueda quitármela….

Ethel cubrió su rostro con las manos, sollozando sin control.
—¡Soy la persona más infeliz del mundo! —gritó entre lágrimas, el corazón latiendo con fuerza—. No quiero sentirme así…. no quiero perderla…. pero no puedo…. no puedo detener esto….

La terapeuta se inclinó suavemente, colocando una mano sobre la de Ethel:
—Shh…. está bien, Ethel. Es humano sentir miedo y celos cuando amas tan profundamente. Lo importante es que viniste aquí, que reconoces cómo te afectan estos sentimientos y que quieres trabajar en ello.

Ethel sollozó más fuerte, enterrando su rostro contra la mano de la terapeuta, dejando que todo el dolor y la ansiedad salieran.
—¡No quiero ser así! —susurró entre sollozos—. No quiero que este miedo destruya lo que tenemos…No quiero que afecte me matrimonio con Mildred.

La terapeuta asintió con comprensión, mientras Ethel comenzaba a respirar más calmada, sintiendo que al menos allí podía soltarlo todo, sin juicios, sin represalias.
—Vamos a trabajar juntas, Ethel —dijo la terapeuta con firmeza—. Vamos a enseñarte a calmar ese miedo, a confiar en tu amor y en la devoción de Mildred. No tienes que enfrentarlo sola.

Ethel levantó la cabeza, todavía con los ojos rojos, y asintió lentamente.
—Quiero…. quiero intentarlo —murmuró—. Por ella…. por nosotras.

La terapeuta le dio un apretón suave en la mano, y por primera vez en mucho tiempo, Ethel sintió que no estaba sola frente a la guerra de sus propios celos.
Porque reconocerlo era el primer paso para no dejar que los celos destruyeran lo que más amaba: a Mildred y a su vida juntas.

 

"Misterio en Cackle"

Los meses habían pasado, y la rutina en Cackle parecía haber vuelto a la normalidad. Ethel había progresado mucho desde que había asistido con la terapeuta y ya no le molestaba la amistad de Mildred con Selene, increíblemente se llevaba bien con Selene también.

Un día que fueron de compras Mildred y Selene había encontrado un antiguo libro de magia en el Callejón Diagon, muy antiguo, lleno de recetas y posiciones de hechizos olvidados. Ambas emocionadas, comenzaron a preparar una poción revitalizante siguiendo sus instrucciones .

El libro era incompleto, algunas letras apenas se entendían, y a pesar de replicar la poción, cuando Mildred la probó, no notó ningún efecto. Ambas se sintieron decepcionadas, dejando el frasco a un lado con un suspiro.

El día paso sin mas sobresaltos , totalmente normal , común y corriente . Pero esa noche ya en la tranquilidad de su hogar, Mildred comenzó a sentir un deseo por su esposa mayor , más intenso que nunca. La tomó por la cintura y, con una sonrisa y un tono coquetamente bajo, le susurró al oído:
—Házmelo…

Ethel se ruborizó, sorprendida, y respondieron a ese deseo con un encuentro apasionado y lleno de amor. Entre abrazos, mientras descansaban, Ethel murmuró:
—Nunca te había sentido así, Mildred… con tanta pasión.

Mildred, juguetona, le respondió:
—Quizá sea por la poción… ese libro de magia antigua parece estar funcionando, ¿no crees?

Ambas rieron cómplices, compartiendo la sensación de aventura y misterio que el libro traía consigo.

Un mes y medio después, Mildred comenzó a notar síntomas extraños: mareos, náuseas matutinas y un retraso en su periodo. Al principio pensó que no era motivo de preocupación; a veces el estrés afectaba su ciclo. Pero un día, mientras enseñaba una clase, se desvaneció repentinamente.

Las alumnas, alarmadas, llamaron a la maestra Bat, quien con la ayuda de Ogrum y Mim, la llevaron a la dirección. Una sanadora fue llamada inmediatamente para examinarla.

Ethel, al enterarse del desmayo, corrió hacia la dirección. Al llegar, encontró a todas las maestras con un silencio incómodo y a su esposa con una expresión de dolor indescriptible , sus ojos estaban hinchados de tanto llorar, su rostro lleno de confusión.

—¿Qué sucede? —exigió preocupada, mirando a Mildred—.

La sanadora se acercó y la llevó a un cuarto privado. Ethel, con voz temblorosa, preguntó:
—¿Qué tiene Mildred?

La sanadora respiró hondo, con calma, y le respondió:
—Está embarazada.

Ethel se quedó petrificada, los ojos abiertos, incapaz de procesar lo que acababa de escuchar.
—¿¡Qué!? —susurró, mientras su mente se llenaba de incredulidad.

—Sí —continuó la sanadora—. Tendrá un hijo. Está aproximadamente en seis semanas de embarazo.

Ethel comenzó a negar con la cabeza, su respiración agitada, su corazón rompiéndose en mil pedazos:
—No… no… esto no puede ser… yo la amaba… no… noooo…

Sin poder contenerse, se alejó sollozando hacia los terrenos del castillo, sus pasos resonando en el silencio, mientras los recuerdos de tiempos felices con Mildred se mezclaban con la confusión y el dolor. No entendía cómo había pasado: ellas dos pasaban casi todo el día juntas, ambas eran comprometidas con su relación y ningún hombre había estado cerca de ambas . Ethel pensaba en Merlin Langstaff o en Charly Blossom los antiguos amigos de la infancia de Mildred , ambos ahora enseñaban en  Camelot , estaban allí casi permanentemente en dicho colegio , al igual que ellas en Cackle , no los había visto desde hacia ya varios meses, ninguna visita reciente al Ministerio podía explicar la situación.

Mientras tanto, Mildred no encontraba explicación:
—Yo nunca… jamás… le fui infiel a Ethel —murmuraba para sí misma, con miedo y confusión.

En la dirección, todas las maestras se sentían incómodas…. Era obvio que algo inexplicable había ocurrido: una mujer no podía embarazar a otra. Pero Selene, con la firmeza que la caracterizaba, se adelantó:
—Yo le creo —dijo mirando a Mildred—. Debemos investigar qué está pasando. Tal vez algún brujo o mago siniestro tuvo algo que ver.

Un escalofrío recorrió a todas las presentes. La idea de que alguien hubiera intervenido mágicamente era aterradora. Nadie sabía qué clase de hechizo, poción o intervención podría haber causado esto, sobretodo lo vulnerables que estaban todas si tal vez sin saberlo podían ser tomadas por la fuerza y el miedo se extendió por toda la escuela.

Mildred y Ethel, por su parte, quedaron atrapadas en un silencio pesado: una mezcla de incredulidad, temor y la certeza de que sus vidas jamás volverían a ser las mismas.

 

"La verdad revelada"

Mildred y Ethel estaban solas en la sala, mirándose en silencio. Ninguna se atrevía a pronunciar palabra. La tensión era tan densa que parecía llenar cada rincón de la habitación. Minutos que parecían horas pasaron, hasta que finalmente Ethel rompió el silencio, con la voz temblorosa pero cargada de reproche:

—¿Quién es el padre? —preguntó, con un tono que dejaba entrever su miedo , su dolor y su confusión.

Mildred la miró a los ojos, con lágrimas brillando y voz temblorosa:
—Ethel… créeme… nunca he estado con un hombre en mi vida…

Ethel giró los ojos, entre frustración y dolor, con una sonrisa tenue y sarcastica , intentando controlar el temblor en sus manos:
—Por respeto…. por todo lo que tuvimos Mildred…. ¿quién es el padre?

Los ojos de Mildred se llenaron de desconcierto:
—¿Tuvimos…? —preguntó, incrédula, sintiendo un peso en el corazón al ver a su esposa llorar.

Ethel bajó la cabeza, mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas. Intentó pronunciar palabras, pero ninguna salió. Con un sollozo contenido, salió de la habitación, dejando a Mildred sola, temblando y confundida.

Mientras tanto, la maestra Selene no podía quedarse de brazos cruzados. Comenzó a investigar intensamente y se le ocurrió una idea: quizás podían usar algún hechizo antiguo para descubrir quién era el padre.

Durante toda la noche, revisó pergaminos antiguos y libros polvorientos hasta que finalmente encontró lo que buscaba: un hechizo capaz de revelar la línea genética de cualquier persona a la que se le aplicara. Para probarlo, lo aplicó primero sobre sí misma. Un halo de luz y energía surgió, y ante sus ojos apareció el rostro de su madre y de su padre. Luego, con el mismo procedimiento, lo aplicó a la profesora Mim, mostrando el rostro de sus padres. Ambas sonrieron esperanzadas: el hechizo funcionaba.

—¿Funcionará en bebés que aún no nacen? —se preguntó Selene, con un nudo en la garganta.

Al día siguiente, Selene fue a visitar a Mildred y le explicó la posibilidad de usar el hechizo para descubrir la verdad sobre el embarazo. Mildred estaba abrumada, incapaz de pensar con claridad. Solo pudo decir:

—Selene… yo nunca he estado con un hombre.

Selene la tomó de las manos, firme y tranquila:
—Amiga, yo te creo. Pero debemos considerar que algún brujo oscuro podría estar detrás de esto … tal vez te haya tomado por la fuerza o haya intervenido sin que lo supieras. Si es así, todas estamos en peligro, incluida Ethel.

Mildred tragó saliva y susurró con miedo:
—No quiero que le pase nada a Ethel…

Selene asintió:
—Está bien, Mildred. Haré el hechizo.

Con cuidado, apuntó todo su poder hacia el vientre de Mildred. Una luz cálida y brillante llenó la habitación. De pronto, apareció una visión: una pequeña niña hermosa, con el cabello desordenado igual al de Mildred y las facciones idénticas a Ethel. La visión se desvaneció lentamente, y enseguida apareció primero la cara de Mildred, y luego la de Ethel, combinándose en un patrón perfecto que ninguna de las dos podía comprender.

Ambas mujeres se quedaron boquiabiertas, incapaces de creer lo que sus ojos veían. El misterio había comenzado a desvelarse, y con él, una verdad imposible de ignorar: la hija que Mildred esperaba llevaba la esencia de ambas, Mildred y Ethel, en cada rasgo, como si la magia misma hubiera desafiado todas las leyes conocidas.

El silencio entre ellas fue absoluto. Ninguna palabra podría explicar la magnitud de lo que acababan de descubrir. Solo podían mirarse, con miedo, asombro y una extraña mezcla de incredulidad y esperanza .

 

"Pistas de lo imposible"

Mildred seguía incrédula, incapaz de comprender cómo algo así podía ser posible. La maestra Selene, con la expresión seria, dijo:

—Tengo que investigar más. Mildred, necesito que me digas todo lo que hiciste en este último mes y medio: a qué lugares fuiste, qué comiste, qué bebiste… y todo lo que recuerdes que pueda ser relevante.

Durante horas, ambas llenaron una lista detallada, registrando cada clase, cada comida, cada poción y cada movimiento en Cackle y fuera de ella. Selene revisaba cada detalle, buscando cualquier indicio de intervención mágica o exposición a algún hechizo.

Nada cuadraba. Cada evento parecía inofensivo. Ninguna presencia externa, ninguna situación que pudiera explicar un embarazo.

Hasta que Mildred recordó algo, con un rubor mezclado con asombro:

—Selene… —dijo, con voz temblorosa—, ¿te acuerdas de aquella poción revitalizante que preparamos?

Selene frunció el ceño, pensativa:
—¿Cómo olvidarla? —respondió—. Fue un desastre, nada parecía funcionar…

—Bueno —agregó Mildred, mientras sus mejillas se teñían de rojo—, en el momento no sentí nada… pero esa tarde y noche… tuve un deseo por Ethel más intenso que nunca. Fue como si nunca hubiera estado con ella antes. Esa intimidad que tuvimos fue diferente… No puedo evitar pensar que tal vez fue la poción…

Selene comenzó a unir las piezas rápidamente, con los ojos brillando de emoción y asombro:
—¿Cuándo exactamente preparamos esa poción?

Revisó su bitácora de experimentos y clases. La fecha coincidía perfectamente con el tiempo aproximado del embarazo de Mildred. Su respiración se aceleró al darse cuenta de lo que esto podría significar:

—¿Acaso… sería posible que la poción revitalizante que hicimos fuera la causante? —susurró, incrédula.

Mildred y Selene se miraron, con los ojos abiertos y la boca entreabierta, intentando procesar la idea. Lo imposible comenzaba a tomar forma: la poción que ellas mismas habían preparado, sin darse cuenta, podría haber desencadenado un embarazo mágico, desafiando todas las leyes conocidas de la biología y la magia.

El silencio que siguió estuvo lleno de asombro, incredulidad y fascinación. Por primera vez, entendieron que la magia antigua podía tener efectos mucho más poderosos y misteriosos de lo que jamás habían imaginado.

—Esto… esto cambia todo —murmuró Mildred, con voz baja—. No sé si debo tener miedo o maravillarme.

—Lo enfrentaremos —respondió Selene, con firmeza—. Tenemos que investigar cada ingrediente, cada paso, y entender cómo pudo ocurrir. Tal vez podamos descubrir cómo controlar estos efectos…. y asegurarnos de que nadie salga lastimado.

Mildred asintió, con un nudo en la garganta y el corazón latiendo con fuerza. El misterio apenas comenzaba, y Cackle estaba a punto de presenciar algo que ninguna bruja jamás podría haber imaginado.

 

"Dudas y certezas . La verdad contada por Selene"

En la biblioteca, la luz de las velas iluminaba los pergaminos abiertos y los frascos con restos de la poción revitalizante. Selene estaba concentrada,  trazando símbolos mágicos con sus manos sobre las fórmulas , mientras sus ojos recorrían cada detalle.

—Mildred… creo que encontré algo —dijo con voz temblorosa, entre la emoción y el asombro—. La combinación de ciertos ingredientes antiguos sobretodo el extracto de lagartija Aspidoscelis y el orden en que los mezclamos… no solo revitaliza, sino que puede alterar la esencia vital y en mujeres generar vida… incluso sin intervención masculina.

Mildred sintió un escalofrío recorrer su espalda. La mirada de Selene estaba llena de incredulidad y respeto hacia la magia antigua que habían manipulado sin darse cuenta.

—¿Quieres decir… que esto podría explicar mi embarazo? —preguntó Mildred, con la voz entrecortada, sus manos temblando ligeramente.

—Exactamente —confirmó Selene—. No es normal, es peligroso y extraordinario, pero la poción que preparamos… tiene la capacidad de inducir un embarazo mágico. Por lo visto, afectó tu esencia y la del amor que tienes, combinando ambas energías .

Mildred se tapó la boca con una mano, intentando contener la emoción y el miedo. Su pensamiento voló inmediatamente a Ethel, a su esposa, a la confusión y al dolor que debía estar sintiendo.
—Tengo que decírselo…  antes de que haga algo irreversible —murmuró, con determinación—. No puedo dejar que piense que esto es culpa suya… ni que algo malo pasó entre nosotras.

Sin perder tiempo, Mildred corrió hacia los terrenos del castillo, guiada por la intuición. Allí encontró a Ethel sentada bajo el árbol donde tantas veces habían compartido momentos felices. La vio encogida, abrazándose a sí misma, con los ojos enrojecidos por las lágrimas.

—Ethel —dijo Mildred, con voz firme pero suave—, por favor, escúchame.

Ethel levantó la mirada, sus ojos llenos de dolor y miedo, pero también de amor confuso.
—No… no sé si puedo, Mildred… —susurró—. No sé si puedo seguir así , no quiero hablar contigo déjame en paz… Se levanto y se alejo de ella .

Mildred insistió pero entonces , Ethel cruzo los brazos se puso firme y desapareció , al estilo Ogrum .

Mildred no se rendia , quería hablar con su esposa , caminaba por los terrenos de Cackle, con pasos rápidos y decididos, buscando a Ethel. Su corazón latía con fuerza; necesitaba explicarle todo antes de que el dolor de Ethel las separara de manera irreversible.

—Ethel… por favor…—susurraba Mildred mientras se acercaba a la zona donde solía encontrarla sola— Necesito hablar contigo…

Pero Ethel no estaba. Ningún rastro de su esposa. Solo el silencio y la brisa del atardecer acompañaban a Mildred, que suspiraba frustrada y preocupada. Intentó buscarla en los pasillos, en la biblioteca, en el jardín, incluso en la sala de profesores, pero Ethel se había encerrado en su propio dolor. No quería ver a nadie, y mucho menos hablar con Mildred.

Horas más tarde, Mildred volvió al laboratorio de Selene, agotada y con la sensación de que estaba perdiendo tiempo precioso.

—Selene… —dijo con voz temblorosa— No puedo acercarme a Ethel. Está demasiado dolida. No sé cómo explicarle lo que pasó… Y de cualquier forma no me deja hacerlo …..

Selene la miró con comprensión, poniendo una mano firme sobre su hombro:
—Déjamelo a mí. Creo que puedo explicarle todo, paso a paso, sin que se sienta atacada ni confundida.

Esa misma tarde, Selene encontró a Ethel sentada bajo un árbol, abrazándose a sí misma, con los ojos llenos de lágrimas y la mirada perdida en los recuerdos. Se acercó con cuidado, su tono calmado y firme:

—Ethel —dijo— sé que estás sufriendo mucho, pero necesito contarte la verdad. Todo lo que pasó, cada detalle.

Ethel la miró, los ojos enrojecidos, y negó con la cabeza:
—No quiero escuchar nada… —murmuró, tratando de contener el llanto.

—Escúchame —insistió Selene suavemente—. Primero, hicimos un hechizo de invocación de linaje, para investigar el embarazo de Mildred. Ese conjuro enseña quienes son los padres de una persona , lo aplicamos en el vientre de Mildred y nos mostró que los padres eran tú y ella . No había nadie más, ningún hombre. Solo ustedes dos y la energía que comparten . Sus rasgos se fusionaban en armonía para dar forma a una hermosa niñita.

Ethel cerró los ojos con fuerza, recordando aquel momento, la incredulidad y la angustia que sintió al escuchar la noticia. Selene continuó, con paciencia y claridad:

—Luego, investigamos la poción revitalizante que preparamos Mildred y Yo . Recordarás ese día… parecía que Mildred estaba más pasional de lo normal, más intensa que de costumbre…

Ethel abrió los ojos, un destello de memoria iluminando su rostro. Sí, recordó aquella tarde y noche, la sensación extraña de ese encuentro que fue más intenso y distinto, casi mágico.

—Selene…—susurró Ethel, con voz temblorosa—, ¿estás diciendo…. que la poción….?

—Exactamente —confirmó Selene—. La combinación de ingredientes antiguos y el orden en que la prepararon activó una magia que alteró la esencia vital de Mildred, combinándola con la tuya. El resultado…. fue este embarazo imposible. Nadie intervino, ningún hombre, solo la magia antigua y su amor compartido.

Ethel permaneció en silencio, las lágrimas rodando por sus mejillas. No podía creerlo, pero cada palabra resonaba con la verdad que había empezado a intuir.

—No es culpa tuya, Ethel , desconfiar , es totalmente humano y coherente —continuó Selene—. No es culpa de nadie. La magia hizo lo que hace mejor: cosas que parecen imposibles, pero que no rompen el amor ni la intención de quienes la manejan.

Ethel se abrazó a sí misma, intentando procesar la avalancha de emociones: incredulidad, alivio y miedo a la vez. Selene se quedó a su lado, esperando, tranquila, mientras Ethel poco a poco empezaba a calmar su respiración.

—Ahora lo entiendes, Ethel —dijo Selene con suavidad—. Todo esto fue un accidente mágico, pero no cambia lo más importante: el amor que compartes con Mildred. Nada ni nadie puede arrebatar eso.

Ethel cerró los ojos, dejando que la verdad se filtrara lentamente en su corazón, mientras un hilo de esperanza comenzaba a reemplazar su dolor. Sabía que el camino hacia la reconciliación sería difícil, pero al menos ahora comprendía lo imposible que había sucedido.

Después de la explicación de Selene, Ethel permaneció sentada bajo el árbol, con la cabeza entre las manos. El viento movía suavemente su cabello, pero no lograba mover la tormenta de emociones que la azotaba por dentro.

El alivio de saber que no había sido traicionada y que nadie había tocado a Mildred se mezclaba con la ansiedad y los celos que siempre la acompañaban. Por años había luchado contra ese lado suyo, pero cada pensamiento intrusivo la hacía cuestionar todo: ¿Y si Selene se había equivocado? ¿Y si había algún detalle que no había considerado? ¿Y si de alguna forma… era un embarazo normal el de Mildred?

—No…no puede ser —murmuró para sí misma—. Todo coincide… las fechas, los ingredientes… la poción…

Ethel fue a la biblioteca y comenzó a revisar con calma, casi con obsesión, cada componente de la poción revitalizante que Mildred y Selene habían preparado. Repasó la lista de cada ingredientes antiguo , sobre todo las propiedades del extracto de lagartija Aspidoscelis , el orden exacto en que se mezclaron y las notas que Selene había tomado en la bitácora y le había dejado . Cada paso estaba cuidadosamente documentado, y al compararlo con las fechas del inicio del embarazo, todo encajaba perfectamente.

Por un momento, su respiración se volvió más lenta. El miedo comenzó a ceder ante la evidencia: esto no tenía nada que ver con infidelidad, con engaños, ni con magia externa maliciosa. Todo había surgido de la poción, de la magia antigua, y del vínculo profundo que compartía con Mildred.

Pero los pensamientos intrusivos no desaparecían del todo. Aún sentía punzadas de duda: y si era posible que algo se le hubiera escapado a Selene, o que la magia hubiera actuado de manera impredecible más allá de lo que podían prever. Sin embargo, cada revisión la tranquilizaba un poco más.

—Todo… todo coincide —dijo, mientras sostenía un pergamino—. No hay otra explicación. Solo nosotras dos , solo nuestra magia y nuestro amor.

Ethel salió a los terrenos del castillo a tomar aire y despejarse , se dejó recostar sobre la hierba, respirando hondo . Por primera vez desde el desvanecimiento de Mildred , comenzó a sentir que podía controlar su ansiedad , sus celos y pensamientos intrusivos seguían ahí, como sombras persistentes, pero al menos ahora entendía la verdad. La evidencia estaba frente a ella, tangible e irrefutable.

Una pequeña sonrisa apareció en su rostro mientras sus dedos repasaban los pergaminos. Sabía que debía enfrentarse a su miedo y reconciliarse con Mildred, aunque el camino aún sería complicado. Por primera vez en días, la idea de volver a abrazar a su esposa y compartir la noticia del embarazo juntas parecía posible.

Selene, que la encontró nuevamente en medio de sus reflexiones , se acerco a ella en silencio, se inclinó y susurró:
—Ahora solo queda que confíes en ti misma… y en ella.

Ethel asintió, sintiendo que, poco a poco, la certeza reemplazaba al caos emocional. La magia había hecho lo imposible, pero su amor y la evidencia podían sostenerlo. Solo necesitaba dar el siguiente paso: enfrentar a Mildred y reconstruir la confianza que los pensamientos intrusivos casi habían destruido.

 

"La fuerza del amor"

Horas después Ethel llegó al laboratorio donde Mildred estaba organizando unos pergaminos y frascos de poción junto a Selene. La respiración de Ethel era profunda, controlada, pero sus ojos reflejaban toda la intensidad de lo que sentía.

—Selene… —dijo Ethel con firmeza—, ¿puedes dejarnos solas un momento? Necesitamos hablar como pareja.

Selene asintió, con una pequeña sonrisa de complicidad, y se retiró, dejándolas solas. Mildred la miró con expectación, un nudo en el estómago por no saber cómo Ethel reaccionaría.

Ethel dio unos pasos hacia ella y tomó sus manos, con los ojos brillantes y llenos de emoción contenida:

—Mildred… —comenzó—. Sé todo. Sé lo que pasó, cómo ocurrió, todo el conjuro, la poción… lo entiendo. Pero…. aun siendo bruja, viendo cosas que para la mayoría de los humanos son imposibles como aparecer y desaparecer objetos , convertir una cosa en otra , criaturas extrañas  , aun conociendo todo esto y sabiendo sobretodo que la magia antigua es increíblemente poderosa..… Si te soy sincera me cuesta trabajo aceptar que dos mujeres puedan generar vida.

Mildred apretó suavemente sus manos, buscando transmitirle calma y amor.

—Ethel —respondió con suavidad—, sé que es difícil de creer, y lo entiendo , a mi también me pasa lo mismo . Pero también sé esto: el amor es una de las fuerzas más poderosas que existen. Por amor, hasta la misma muerte ha sido derrotada. Por amor, se han realizado milagros que la lógica , la ciencia y la magia juntas jamás podrían explicar.

Ethel respiró hondo, dejando que las palabras de Mildred penetraran en su corazón. El dolor y la incredulidad seguían ahí, pero también empezaba a aparecer un hilo de esperanza, un reconocimiento de la fuerza que compartían.

—Así que… —dijo Ethel, con un hilo de voz—, lo que sentimos, lo que compartimos, nuestra conexión… fue suficiente. Nuestra magia, nuestra esencia, nuestro amor… todo eso hizo posible esto.

Mildred asintió, con una sonrisa suave y ojos llenos de ternura:

—Sí, amor. Y eso no cambia nada de lo que somos ni de lo que sentimos. Solo refuerza que juntas podemos enfrentar cualquier cosa, incluso lo imposible.

Ethel cerró los ojos un momento, dejando que la intensidad de la verdad se asentara en su corazón. Luego, se acercó lentamente y abrazó a Mildred con fuerza, como si no quisiera dejarla ir nunca más.

—Te amo —susurró Ethel, entre lágrimas—. Y aunque mi cabeza a veces dude, mi corazón siempre lo sabe: eres tú…. y solo tú.

—Yo también te amo, Ethel —respondió Mildred, recibiendo el abrazo con todo su ser—. Y nada ni nadie podrá cambiar eso.

Por primera vez en días, ambas sintieron que podían respirar tranquilas. La magia había hecho lo imposible, pero el verdadero milagro seguía siendo su amor. Y juntas, sabían que podían enfrentarlo todo, incluso lo que parecía más improbable.

 

"El día más esperado"

El sol apenas despuntaba sobre los terrenos de Cackle cuando Mildred sintió las primeras contracciones. Ethel no se separaba de su lado, con las manos entrelazadas, respirando junto a ella y recordando cada momento que las había traído hasta aquí.

A pesar de haber aceptado ya el embarazo, un pequeño hilo de duda aún la acompañaba en lo más profundo de su corazón. La incredulidad de lo imposible seguía allí, pero el amor que sentía por Mildred y la bebé la sostenía.

—Respira, amor —susurró Ethel, acariciando la frente de Mildred—. Todo va a salir bien. Estamos juntas en esto.

La sala de partos, adaptada con magia para mayor comodidad y seguridad, estaba lista. Selene y algunas sanadoras experimentadas en magia antigua estaban allí, observando cada detalle y asegurándose de que nada interfiriera.

Horas después, tras esfuerzos, sudor y magia concentrada, llegó el momento esperado: el llanto de la niña recién nacida llenó la habitación. Ethel y Mildred se miraron con lágrimas en los ojos, agotadas pero radiantes.

Mildred sostuvo a la bebé entre sus brazos, envolviéndola con cuidado en una manta suave. Ethel se inclinó, acercando su rostro al de la niña, y por un instante, todo parecía detenerse.

—Es… —murmuró Ethel, sorprendida—… es idéntica a mí.

La bebé tenía las facciones afiladas , delicadas , la nariz característica y los ojos de un azul intenso que reflejaban la misma expresión que Ethel recordaba de sus retratos de bebé. Pero había algo que la hacía única: el cabello desordenado, rebelde, absolutamente idéntico al de Mildred con unas tenues pecas en sus mejillas . La combinación de ambas hacía que la niña fuera un reflejo perfecto de sus dos mundos, ahora tenia enfrente de ella a sus dos amores.

Ethel no podía apartar la vista de ella. Su corazón latía con fuerza, mientras todas las dudas, los miedos y los pensamientos intrusivos desaparecían como por arte de magia. Solo quedaba admiración, amor y un asombro profundo.

Volvió sus ojos a Mildred, aún temblando de emoción y felicidad, y susurró con una mezcla de incredulidad y ternura:

—Milly… es idéntica a mí.

Mildred sonrió, con lágrimas rodando por sus mejillas, mientras abrazaba a Ethel con una mano y sostenía a la bebé con la otra.

—Sí, amor… y también tiene algo de mí —dijo suavemente—. Es nuestra pequeña, nuestra magia, nuestro amor hecho vida.

Ethel apoyó la frente contra la de Mildred, respirando la misma emoción que ella, mientras la bebé emitía un pequeño suspiro, acomodándose en los brazos de su madre. En ese instante, todo el pasado de dudas y miedos se desvaneció.

Todo lo imposible había sucedido, y ahora, juntas, estaban listas para abrazar el milagro que habían creado: su hija, su vínculo indestructible, su amor hecho carne y magia.

La habitación estaba bañada por la luz suave de la tarde. La bebé dormía plácidamente en los brazos de Mildred, mientras Ethel se sentaba a su lado, acariciando suavemente la cabecita desordenada de la niña.

—Tenemos que decidir un nombre —dijo Ethel con un brillo en los ojos—. Después de todo, nuestra hija es una Hallow. Debería llevar un nombre con historia, con fuerza, como nuestra familia.

Mildred la miró, esbozando una sonrisa divertida y cansada:

—Sí, es cierto… pero también es nuestra hija, Ethel. Tal vez un nombre más sencillo, uno que sea fácil de recordar y que no cargue demasiado con la historia familiar.

Ethel frunció un poco el ceño, pensativa, mientras miraba a su hija dormir.

—No lo sé… quiero que siempre recuerde de dónde viene, que se sienta orgullosa de su linaje. Que sepa que lleva consigo una tradición de magia, fuerza y responsabilidad.

—Y lo hará, amor —respondió Mildred, acariciando la mejilla de Ethel—. Pero también queremos que tenga su propia identidad. Que pueda ser ella misma, sin presiones.

Ethel suspiró, y una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

—Está bien… entonces encontramos un equilibrio. Un nombre que tenga fuerza y que también sea dulce.

Ambas empezaron a hacer una lista, anotando nombres mágicos y familiares, mezclando tradición y ternura:

—¿Qué te parece Liora? —propuso Mildred—. Significa “luz” y me recuerda a lo brillante que es nuestra hija.

—Me gusta… —dijo Ethel, asintiendo—. Y si le agregamos un nombre Hallow como segundo nombre… algo que conecte con nuestra familia.

—Podría ser Liora Andromeda Hallow —sugirió Mildred, jugando con los sonidos—. Suena elegante .

Ethel tomó la mano de Mildred, sonriendo suavemente:

—Sí… me gusta. Es perfecto. Fuerte, mágico, y a la vez tuyo y mío.

La bebé dio un pequeño suspiro, como si aprobara el nombre, y ambas se miraron, riendo suavemente, llenas de amor y complicidad.

—Entonces… Liora Andromeda Hallow Embrollo —repitieron al unísono, mientras Ethel la abrazaba y Mildred la besaba en la frente—. Bienvenida, pequeña.

En ese momento, las dudas y miedos que habían tenido desaparecieron, reemplazados por una sensación cálida e interminable: estaban juntas, y su hija tenía un nombre que reflejaba lo mejor de ambas.

Esa noche mientras Mildred dormía exhausta en la cama, con el cuerpo rendido después del parto, la respiración profunda y desordenada. El mundo, por primera vez en horas, estaba en silencio.

Ethel no se movía.

Tenía a Liora en brazos.

Era tan pequeña que daba miedo. Tan tibia. Tan real.

Ethel la sostenía con una precisión casi militar, como si temiera que cualquier error —cualquier emoción mal colocada— pudiera romperla.

La observó con detenimiento. Demasiado detenimiento. ¡No podía creerlo!

Los ojos azules . La forma de la nariz , si la de su propia nariz , esa que siempre le habían remarcado todos desde su infancia .

El arco leve de las cejas.

Ese pliegue mínimo junto a la boca cuando fruncía el gesto incluso dormida.

La imagen que le llegaba a la memoria cuando veía los ojos de Liora tan azules idénticos a los de ella .

Ethel tragó saliva.

—No… —susurró, sin darse cuenta.

Porque ahí estaba.

Su rostro.

No una coincidencia.

No un parecido amable.

Era ella.

La magia de Liora se movió, imperceptible pero clara, como una corriente suave que Ethel reconoció en el acto. No necesitó medirla. No necesitó analizarla.

La conocía. Entonces le temblaron las manos.

Todo lo que había contenido durante meses —la duda que no nombró, el miedo que escondió, la culpa por no creer del todo— se le vino encima de golpe, sin pedir permiso.

Ethel bajó la cabeza.

Y por primera vez desde que tenía memoria…

Lloró.

No fue un llanto elegante. No fue silencioso. Fue un quiebre.

Las lágrimas le cayeron sobre el cabello de Liora, y Ethel se apresuró a limpiarlas con torpeza, horrorizada ante la idea de molestarla.

—Perdóname mi amor ..… —susurró, con la voz rota—. Perdóname por dudar.

Liora se movió un poco, incómoda, y Ethel la acercó más a su pecho, instintivamente, como si su cuerpo supiera lo que su mente apenas estaba aceptando.

—Yo…. yo pensé que el mundo no podía darnos algo así —continuó—. Pensé que siempre había una trampa. Un precio escondido.

La niña respiró profundo, tranquila, confiada.

Como si no hubiera nada que perdonar.

Ethel cerró los ojos y apoyó la frente en la cabecita de Liora.

—Pero eres mía.. —dijo, apenas audible—. Eres mía de una forma que nadie puede tocar.

La abrazó entonces de verdad , no con cuidado ni con contención. La abrazó como quien entiende que algo irrepetible le fue puesto en los brazos.

Como quien sabe que el universo no vuelve a cometer el mismo milagro dos veces.

—Te voy a amar bien —prometió, entre sollozos dándole un beso tierno, suave y amoroso en la frente—. No con miedo. No con dudas. Te voy a amar por completo, eres mi hija una Hallow verdadera .

Liora se acomodó contra ella, diminuta y perfecta, y Ethel sintió cómo algo se acomodaba dentro de su pecho por primera vez en años.

No era paz , era certeza.

En ese instante, Ethel entendió que no había sido engañada.

Había sido elegida.

Y si el mundo algún día intentaba arrebatarle a esa niña…

Lo iba a lamentar.

La carta inesperada

Once años habían pasado desde aquel curioso nacimiento y desde que Ethel y Mildred habían decidido dejar Cackle para dedicarse por completo a criar a su hija. Ethel había decidido junto con sus hermanas involucrarse más en el corporativo Hallow , por su parte Mildred consiguió un empleo a tiempo parcial en la División de Educación Mágica del Ministerio de Magia, eso les daba estabilidad , pero la verdadera alegría estaba en su hogar, en la risa de Liora y en la calidez de su familia.

Liora, ahora una niña de once años, que aunque indudablemente era prácticamente idéntica a Ethel a esa edad , era clarísima también la mezcla perfecta de sus madres: la elegancia , el orgullo , la nariz , el rostro afilado y los ojos azules inconfundibles de Ethel, combinados con las pecas en sus mejillas , el cabello desordenado, rebelde y encantador de Mildred , le daba un aire travieso y único. Su expresión reflejaba la inteligencia y curiosidad de ambas, y cada movimiento suyo mostraba la mezcla de fuerza y ternura heredada de sus madres.

Esa mañana, la casa estaba llena de luz. Liora entró corriendo al salón, con un sobresaliente sobre sellado en las manos, los ojos brillantes de emoción.

—¡Mami! ¡Mami! —gritó—. ¡Llegó mi carta!

Ethel se levantó rápidamente, tomando a su hija en brazos, mientras Mildred se acercaba desde la cocina. Las tres estaban llenas de expectación.

Liora rompió el sello con cuidado y, al abrir la carta, el rostro de las tres se transformó en sorpresa absoluta.

—¿Qué…? —murmuró Ethel, casi al borde de un colapso—. Esto… no es el sello de Cackle.

La carta no tenía el sello morado con el escudo de media luna , el orgulloso gato negro , con las letras plateadas y doradas formando la palabra “Esfuerzo” ni la firma de la maestra Ogrum. En su lugar, un escudo elegante y reconocido aparecía en el pergamino: cuatro animales un tejón , un águila , una serpiente y un león representando cuatro casas, claramente Hogwarts, y al pie, la firma inconfundible de Minerva Mc.Gonagall.

Liora, confundida, giró la carta entre sus manos, mirando a sus madres:

—¿Mami, mami? ¿Esto es Hogwarts? —preguntó, con los ojos abiertos de par en par—. Pero si yo quería ir a Cackle , fui a hacer el examen allí ..… ¿Entonces? , ¿por qué me aceptaron en Hogwarts? ¿Y dónde está mi carta para Cackle?

Ethel sintió que su corazón se detenía…. Su hija, una Hallow, no había recibido la carta que esperaban con ansias. Se le vino un vértigo de incredulidad y preocupación:

—¡Esto no puede estar pasando! —dijo, con voz temblorosa y casi gritando—. ¡Liora es una Hallow! Todas las Hallow van a Cackle!!!!!

 

************* CONTINUARA********