Chapter Text
El día había amanecido extraño en Greendale, estaba soleado si, pero tenía esa vibra extraña de que algo iba a pasar que algo no estaba bien.
-¡Maldita sea!- Exclamó Zelda irritada al ver qué la cuchara de su taza de había caido
-Alguien va a tener un bebé.- Canturreo Hilda
-¿Qué? ¿De qué demonios estás hablando, Hilda?
-Ya sabes el dicho, "Si una cuchara cae, un bebé llama".
Zelda giro los ojos
-Probablemente el de Lady Blackwood.
Por favor, ahórrate tus cuentos de viejas, hermana, Lady Blackwood apenas ha empezado su cuarto trimestre, Todavía faltan siglos.
Después se dedicó a ver la mesa solo estaba Ambrose y Hilda, después vio el reloj que eran las 7 de la mañana
-¿Dónde está Hecate y Sabrina? ¿Ambrose las has visto?
-En la habitación de Hecate, creo.
-¿Juntas?
Ambrose asintió
-Supongo sus problemas emocionales las unieron en una hermosa hermandad llena de depresión y amores rotos.
Zelda giro los ojos
-Pero considerando lo que han pasado.
-Ya sé exactamente por lo que están pasando, Ambrose, yo estaba allí, se tienen que levantar, Hecate debe ir con Constance y Sabrina tiene que ir a la escuela.
-¿Hecate irá con Constance?- Ambrose se asombro
Zelda miró su taza
-Debe ir, Blackwood ha preguntado por ella, le dije que estaba enferma, eso fue hace semanas y media, debe ir, si no levantará sospecha.
-Bueno, les he preparado un pequeño bálsamo para su corazón roto- Dijo Hilda llevando dos envases pequeños- Voy a llevárselo
-No, yo lo haré.- Dijo Zelda rápidamente, quitándole los envases y subiendo escaleras arriba
Ambrose y Hilda solo asintieron.
La habitación de Hecate era actualmente, un desastre, un par de libros por el suelo, la ropa mal acomodada en el sesto de la ropa y la cama estaba en ese estado de cuando la gente da muchas vueltas sobre ella que la ropa de cama se movió y se ve el colchón.
Zelda dejo los envases sobre la cajonera.
Sabrina y Hecate se veían perfectamente debajo de las sábanas moradas de Hecate, así como dos pequeños capullos, Zelda agarro el borde y lo jalo hacia abajo revelando ambas jovencitas.
Hecate y Sabrina se abrazaban y estaban los mas fuerte que podían, sus piernas hasta las tenían entrelazadas, cuando Zelda les había quitado la sábana se pegaron un poco más por el frío, ambas fruncieron el ceño por la luz y escondieron los rostros en el cuerpo de la otra
-Okey, basta ya, arriba, no pueden quedarse en la cama el resto de sus vidas.
-Si podemos- dijo Sabrina.
-Tienes que ir a la escuela y Hecate debe ir a ver a Constance.
-No quiero ir, Constance lo debe entender.
-Constance tiene pidiendo, semana y media tu presencia, le dije que estabas enferma no que tú y Selene tenían problemas.- Dijo Zelda tratando de separarlas.
Hecate abrió un ojo y apretó más a Sabrina.
-Dejame.
-Arriba, ya, su tía Hilda les ha preparado un bálsamo, para adormecer tu corazón.
Ambas se levantaron con el cabello revuelto y miraron el pequeño bálsamos que Zelda les extendía, y lo agarraron
-Frótenlo en su pecho tres veces al día, o según sea necesario.
-No quiero dejar de sentir.- dijo Sabrina
-Quiero dejar de sufrir- dijo Hecate.
Ambas mirando a Zelda, buscando respuesta, ella se sentó en la cama lo suficiente para agarrar la mano de cada una.
-Yo se- dijo acariciando las manos de ambas
-¿Qué voy a hacer, tía Zee?- dijo Sabrina
-Hoy irás a la escuela, hablarás con tus amigos, te sentarás en clase y responderás preguntas, luego irás a la Academia, luego volverás a casa y cenaremos juntos y luego te irás a la cama.
Zelda apretó las manos de ambas
-Hoy duele, y mañana también, y pasado mañana pero cada día será un poco menos y así sucesivamente.
Subió sus manos a las mejillas de ambas jóvenes, acariciando.
Hecate bajo la mirada
-¿Que hare ahora? Ella era mi todo, es mi todo.
-Viviras Hecate, eso harás, al igual que Sabrina.
Hecate se limpio una lágrima y Zelda las abrazo a ambas.
✨
El local estaba en silencio. Era ese tipo de silencio que pesa, que se mete en los huecos de los muebles y se queda ahí, como el polvo. Selene ordenaba unas cosas de los estantes del lugar, moviendo libros, alineando frascos, haciendo cualquier cosa que mantuviera sus manos ocupadas. Cualquier cosa que impidiera que su mente volviera a Hecate.
No había hablado con ella desde hacía semanas.
Se veía apagada, la luz del atardecer que entraba por la ventana no lograba iluminarle los ojos, que parecían haber perdido ese brillo característico que siempre llevaba. Se movía con lentitud, como si cada gesto le costara un esfuerzo sobrehumano.
-¿Irás a la academia? -la voz de Luminaria resonó desde la caja, y Selene se sobresaltó.
Selene miró a su madre, que la observaba con esos ojos que todo lo veían.
-No sé -respondió, y su voz sonó extraña, pequeña, como si no fuera del todo suya- Supongo que sí.
-¿Supones? -Luminaria levantó una ceja, y cruzó los brazos- Normalmente tienes las cosas claras.
Selene dejó el libro que tenía en las manos sobre el estante. No recordaba ni siquiera qué libro era, se giró hacia su madre con una expresión que era puro cansancio.
-No quiero ir -dijo, y su voz se quebró apenas-No me siento bien, no me siento bien desde hace semanas.
-Es por lo de Hecate -dijo Luminaria, y su sonrisa era triste, de esas que no intentan ocultar la pena.
Selene bajó la mirada, sintió cómo el nudo en su garganta se apretaba de repente, y antes de poder evitarlo, un sollozo se le escapó. Pequeño, apenas un suspiro, pero suficiente para que su madre la envolviera en un abrazo.
-Oh, no, bebe, no -dijo Luminaria, y su mano acariciaba el cabello blanco de Selene- Está bien, no has llorado nada, ¿verdad? No has dejado salir ni una lágrima desde aquel día.
Selene negó con la cabeza contra el hombro de su madre.
-Yo la dejé -dijo entre sollozos- Yo la dejé ahí, en ese parque, y no regresé, no miré atrás, mamá. La escuché llamarme y no miré atrás.
-Selene...
-No puedo hacerlo -continuó, y su voz era un hilo roto- No puedo, mamá. No puedo aceptar eso, no puedo mirar a esa bebé y no verme a mí misma arrastrando a Hecate por el suelo, con la sangre saliendo de sus oídos. No puedo.
-Está bien, Selene -dijo Luminaria con dulzura, apartando un mechón de cabello del rostro de su hija- Es tu decisión. Y ella está respetándolo, si no lo hiciera, habría venido a buscarte, habría llamado a la puerta, habría intentado convencerte, habría hecho algo. Pero no lo ha hecho. Te está dando tu espacio.
Selene se separó apenas, lo suficiente para mirar a su madre con los ojos hinchados.
-No puedo creer que me pida algo así -dijo, y en su voz había incredulidad, pero también había algo más, algo que no quería nombrar- ¿Cómo se atreve? ¿Cómo se atreve a pedirme que críe a la hija de quien casi la mata?
Luminaria la miró con paciencia. Con esa paciencia de madre que ha visto a sus hijas caer y levantarse una y otra vez.
-Supongo... -dijo lentamente- que es algo que Hecate buscaba y no sabía cómo abordarlo. No es que haya ido a buscar la oportunidad, cielo. Es que se la encontró, y en lugar de huir, decidió quedarse.
Selene frunció el ceño.
-Lo habíamos hablado una vez -dijo, y su voz se suavizó al recordarlo- Lo de tener hijos, fue una noche de esas, en su cama, viendo el techo. Yo le dije que sí, que con ella cualquier cosa sería un "sí". Pero no con ese bebé, mamá. No el de Constance, eso es demasiado.
Luminaria asintió lentamente, no la juzgó, no la corrigió. Solo la miró con esa mirada suya que siempre parecía saber más de lo que decía.
-Te comes tus propias palabras, cielo.
Selene la miró confundida, el ceño se le frunció aún más.
-¿De qué estás hablando?
-Hace tiempo -dijo Luminaria, y su tono era casual, como si estuviera hablando del clima- me mencionaste el caso de Sabrina.
Selene parpadeó.
-¿Qué tiene que ver Sabrina?
-Me dijiste que Zelda había firmado junto con el tío de Hecate -Luminaria hizo una pausa, eligiendo las palabras con cuidado- para que Sabrina firmara el Libro de la Bestia.
-Sí -dijo Selene, aún sin entender- Hecate se molestó un poco con Zelda, pero se acontentaron rápidamente. Zelda firmó porque fue testigo de Edward.
-Tú me dijiste -continuó Luminaria- que cuando Hecate te comentó que estaba molesta porque parecía que habían vendido a Sabrina, le dijiste que podías entender que estuviera molesta con Edward, pero no con Zelda.
-Porque le dije que Zelda firmó como testigo -respondió Selene, y su voz sonó segura- Jamás se imaginó que Edward moriría y que ella cuidaría de Sabrina como si fuera su hija. Zelda ya tenía a Hecate, tenía a su propia hija, y firmó pensando que era un asunto de Edward, no el suyo.
Luminaria la miró largamente. Y sonrió, pero era una sonrisa extraña, de esas que preceden a una verdad incómoda.
-Y ahora -dijo- Edward ha muerto y Zelda cría junto Hilda a Sabrina, la aman, la protegen. Aunque al principio Zelda no la pidió, aunque al principio no era su responsabilidad. ¿Crees que Zelda se arrepiente?
Selene parpadeó.
-No... no, Zelda ama a Sabrina, pero eso es diferente.
-¿Por qué es diferente? -preguntó Luminaria- Porque Constance es la madre, ¿verdad? Porque es Constance. Porque la odias.
-¡Claro que la odio! -estalló Selene- ¿Cómo no voy a odiarla? Esa mujer nos vio sufrir y nos dio la espalda, esa mujer le hizo esto a Hecate. ¿Y ahora quieres que me olvide de todo eso y que cuide a su hija como si nada?
-No quiero que te olvides de nada -dijo Luminaria con calma- Quiero que entiendas que Hecate no está haciendo esto por Constance. Hecate está haciendo esto por ella misma.
Selene abrió la boca para responder, pero no salió ninguna palabra.
-Hecate no es ingenua -continuó Luminaria- Sabe que Constance la manipula y sabe que ella también está manipulando a Constance. Lo saben las dos. Y a ninguna le importa, porque han aprendido a convivir entre ellas. Es un acuerdo tácito. Constance necesita a alguien que salve a su hija y hecate necesita una hija a la que salvar. ¿Y sabes qué es lo más bonito de todo?
Selene negó con la cabeza, pero sus ojos estaban fijos en su madre.
-Que Hecate no está fingiendo -dijo Luminaria- Durante estos meses, ha acompañado a Constance en cada cita, ha visto cómo el vientre crecía, ha sentido las patadas cuando los bebes se movían. Hecate ha vivido ese embarazo casi como suyo, Selene y no porque Constance se lo haya pedido, si pidió compañía pero no pidió que Hecate se encariñada, Hecate lo hizo porque ella ha querido, ha querido estar ahí, ha querido sentir a esos bebés, ha querido ser madre.
Selene sintió cómo las lágrimas volvían a amenazar con caer.
-Eso no cambia de quién es hija -dijo en voz baja.
-No -admitió Luminaria- No lo cambia, y si tú no puedes ver más allá de eso, está bien, es tu derecho, pero no le quites a Hecate el derecho de ver algo distinto.
Luminaria se paró entonces, se alisó la falda y caminó hacia la puerta, pero antes de salir, se giró.
-Dime, Selene -dijo- Cuando Zelda firmó aquel documento, ¿crees que ella pensaba en Sabrina? ¿O pensaba en que era un favor a su hermano? ¿Crees que cuando Sabrina llegó a su casa, Zelda la miró y dijo "es mía ahora"? ¿O crees que necesitó tiempo para aprender a verla como suya?
Selene no respondió.
-Zelda necesitó tiempo -continuó Luminaria- Y el tiempo le demostró que Sabrina no solo era "la hija de Edward y Diana". Sabrina era su hija, suya y de Hilda, porque la aman, la protegen como hicieron con Hecate. Y así será con Hecate. Esa bebé no será "la hija de Constance", será la hija de Hecate y si tú no estás ahí para verlo, si te vas ahora y no le das una oportunidad a eso, alguien más estará en tu lugar.
Selene se quedó muy quieta.
-Si te vas ahora -dijo Luminaria, y su voz era firme pero no cruel- y Hecate acepta ese bebé, alguien más llegará a su vida y no verá a la hija de Constance, verá a la hija de Hecate. Y tú, Selene, desearás haberlo visto antes, desearás haberle dado una oportunidad a esa bebé solo para quedarte al lado de Hecate. Porque Hecate merece ser madre, Selene y tú mereces decidir si quieres ser parte de eso o no.
Luminaria se detuvo en la puerta. La luz del atardecer dibujaba su silueta.
-No te digo que aceptes al bebé -dijo, y su voz era suave como el terciopelo- Te digo que lo intentes. Que te des el tiempo, que tomes a esa bebé en tus brazos y veas qué sientes. Y si no te gusta lo que ves, si solo ves a Constance, si no puedes separar a la hija de la madre, entonces dile a Hecate que no puedes y eso también está bien, Selene. Eso también es válido.
Luminaria la miró un último momento, y en sus ojos había algo parecido a la esperanza.
-Pero no tomes una decisión basada en el odio, cielo -dijo en voz baja- Tómala basada en el amor, porque el amor es lo único que realmente importa.
Y salió de la habitación, dejando a Selene sola con sus pensamientos.
Selene se quedó donde estaba, con los brazos caídos a los lados y el corazón latiendo con fuerza en el pecho, miró la puerta por donde su madre había salido.
Y por primera vez en semanas, no supo si lo que sentía era rabia, tristeza o algo completamente distinto.
Las palabras de su madre resonaban en su cabeza como campanas.
"No veas a la hija de Constance. Ve a la hija de Hecate."
Selene cerró los ojos. Y por un momento, se imaginó a Hecate con una bebé en brazos. Se imaginó a Hecate sonriendo, con esa sonrisa sincera que solo ella le conocía. Se imaginó a Hecate arrullándola, cantándole, protegiéndola.
Y supo que su madre tenía razón en algo.
Hecate no veía a la hija de Constance, Hecate veía a su hija.
La pregunta era si Selene podía aprender a ver lo mismo.
✨
Hecate estaba con Constance en la habitación del matrimonio Blackwood, las cortinas estaban entreabiertas, dejando pasar una luz grisácea que no lograba calentar el ambiente.
Constance estaba sentada en la cama, con las manos sobre su vientre prominente, Hecate estaba a su lado, llorando mientras la mujer le limpiaba las lagrimas
-Está bien -dijo Constance, y su voz era suave, casi maternal- Es normal
-No, no lo es -respondió Hecate, y su voz se quebró- Yo iba a pedirle matrimonio y lo arruiné todo.
Se cubrió el rostro con las manos, y los hombros le temblaron al ritmo de un sollozo contenido.
-No debí pedirle ese... tema personal.
Hecate no le había dicho a Constance de qué tema se trataba exactamente. Sentía que si le confesaba que todo había sido por el bebé de ella, Constance se retractaría, pensaría que era demasiado, que Hecate no estaba preparada para esa responsabilidad. Que era mejor dárselo a alguien más, a alguien que no arrastrara tanto peso emocional.
Pero Constance no era tonta. Y aunque no sabía los detalles, podía ver el dolor en los ojos de Hecate.
-No, cariño, no lo es -dijo Constance con dulzura, y su mano buscó la de Hecate- A veces... se necesita hablar de estas cosas para saber si ambos quieren lo mismo. Selene también tiene derecho a decir que no, aunque duela, aunque no sea lo que esperabas.
-¡Lo sé! -exclamó Hecate, y alzó la mirada al techo, dejando que las lágrimas corrieran libremente por sus mejillas- Lo sé, y por eso no la he buscado, no quiero que sienta que la obligo, jamás le haría algo así, jamás la obligaría a hacer algo que no quiere, aunque eso signifique perderla.
Constance le sonrió y era una sonrisa sincera, de esas que Hecate no le había visto muchas veces.
-Eres muy buena, Hecate -dijo, y su voz era apenas un susurro- Más buena de lo que crees.
Hecate se limpió la nariz con la manga, en un gesto tan infantil, tan vulnerable, que Constance sintió que algo se le rompía dentro. Hecate siempre parecía tan fuerte, tan segura de sí misma, pero en ese momento era solo una niña con el corazón roto.
-Soy tonta -dijo Hecate entre sollozos- Eso es lo que soy, una tonta que no supo esperar.
Constance iba a responder, iba a negarlo con todas sus fuerzas, porque Hecate no era tonta, era la persona más valiente que había conocido y la había ayudado, acompañado, pero en ese momento la puerta se abrió de golpe y Fausto Blackwood entró en la habitación como un huracán.
El aire cambió al instante. La calidez del momento se disipó, reemplazada por algo frío y amenazante.
-Va a haber una reunión en la academia -dijo Fausto, y su voz era cortante, sin espacio para preguntas- Es una emergencia, Hecate, llévate a Constance contigo. ¡Rápido!
Hecate ni siquiera lo pensó, se puso de pie de un salto, ofreció su brazo a Constance y la ayudó a levantarse del sofá. Constance se movió con dificultad, su vientre pesado, y Hecate la sostuvo con firmeza.
-Mi madre, Padre Blackwood ¿Ya lo sabe?- preguntó Hecate
-Todos están siendo convocados -respondió Fausto, y sus ojos oscuros recorrieron la figura de Constance con una mezcla de preocupación y terror- No hay tiempo para preguntas, muévanse ahora.
Hecate sintió cómo las manos de Constance se aferraban a su brazo con fuerza, solo la guió hacia la puerta, pasando junto a Fausto sin mirarlo, con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho.
Algo estaba pasando, algo malo.
Cuando llegaron a la Academia, Hecate se sentó junto a Constance en una de las bancas de la sala principal, donde ya se estaban reuniendo los miembros de la Iglesia. Al principio no pensó en nada más que en asegurarse de que Constance estuviera bien. Le acomodó la espalda, le puso un cojín bajo la zona lumbar, le preguntó si necesitaba agua, si el viaje la había agitado demasiado.
Constance la observaba
-Hecate
Hecate estaba mirando hacia la puerta, buscando a Zelda, Hilda o Sabrina entre la multitud que llegaba.
-¿Está bien? -preguntó Hecate sin mirarla- ¿Le duele algo? Iré a ver a mi mamá, necesito saber qué saben, por qué nos han convocado.
-Hecate -repitió Constance, y su voz tenía un tono de urgencia que finalmente captó la atención de la joven.
-¿Sí?
-Estás dentro de la Academia.
Hecate parpadeó.
-Ya lo sé -dijo, sin entender a qué se refería.
Constance le sonrió, una sonrisa amplia, genuina, de esas que Hecate le había visto muy pocas veces.
-Estás dentro, Hecate -repitió Constance, y su voz era suave, casi un susurro- No has hiperventilado.
Hecate parpadeó de nuevo y entonces, lentamente, su mirada recorrió el lugar.
La Academia de la Iglesia de la Noche.
El mismo lugar que la había visto caer al suelo con sangre saliendo de sus oídos, el mismo lugar donde había sentido cómo su vida se escapaba entre los dedos, el mismo lugar que la había perseguido en pesadillas durante diez años, el mismo lugar que no podía cruzar sin que el pecho se le comprimiera y el aire se le negara.
Y sin embargo, ahí estaba, sentada, tranquila, sin que sus pulmones se cerrara o que el suelo se moviera bajo sus pies.
Miró a Constance con los ojos abiertos, como si acabara de descubrir algo extraordinario.
-No he hiperventilado -dijo, y su voz era un hilo de asombro- No me he desmayado. No he...
-No -la interrumpió Constance, y le apretó la mano- Estás aquí.
Hecate sintió que algo se aflojaba en su pecho, algo que había estado apretado durante tanto tiempo que ya no recordaba cómo era sentirse ligera. Sonrió, y era una sonrisa sincera, de esas que iluminan todo el rostro.
Fue entonces que la vio, a Zelda, seguida de Sabrina y Hilda, las tres caminaban con paso rápido, y el rostro de Zelda era una mezcla de preocupación y determinación.
Cuando sus ojos encontraron a Hecate, su expresión cambió y se acercó sin dudar, ignorando todo lo que no fuera su hija.
-Hecate -dijo, y sus manos subieron a agarrarle el rostro con preocupación- ¿Estás bien? ¿Te sientes mal? ¿Quieres salir?
-Mamá -dijo Hecate, y su voz sonaba distinta. Más ligera. Más clara- Estoy bien, no estoy asustada.
Zelda se quedó quieta, sin soltarle el rostro, sus ojos la escudriñaban, buscando algún signo de ese pánico que siempre la acompañaba cuando entraba aquí.
-¿Qué?
-No estoy asustada -repitió Hecate, y sonrió- Estoy bien.
Zelda la miró un largo momento y entonces lo entendió, vio la tranquilidad en los ojos de su hija.
-Estás bien -dijo Zelda, y era más una afirmación que una pregunta.
-Sí -respondió Hecate, y su sonrisa se amplió- Estoy bien.
Zelda no pudo evitarlo, esa sonrisa que se le escapó fue genuina, cálida, de esas que solo aparecían cuando el alivio era tan grande que no cabía dentro de ella, le acarició la mejilla con el pulgar y le devolvió la sonrisa.
-Estás bien -repitió, como si necesitara decirlo para creerlo, miro a Constance con otros ojos entonces, la mujer ni siquiera dijo nada, solo le sonrió.
Sabrina y Hilda se acercaron entonces, Sabrina se sentó al otro lado de Zelda, y Hilda se colocó a su lado.
-¿Qué ha pasado? -preguntó Sabrina, y su voz era baja- ¿Por qué nos han llamado?
Nadie respondió, porque en ese momento, Fausto Blackwood entró en la sala.
El silencio se extendió como una manta, todos los murmullos cesaron. Todas las miradas se volvieron hacia él, que se colocó en el centro de la sala
Fausto recorrió la sala con sus ojos oscuros, deteniéndose un momento en cada rostro y luego habló.
-Hermanos y hermanas -dijo- Hermanos y hermanas, anoche presencié un presagio.
Todos se miraron entre ellos
-Como muchos de ustedes, una señal horrible que solo puede presagiar una cosa. Los Fuegos del Abismo se están preparando.
Hecate apretó la mano de su madre
-El Pozo se abre bajo nosotros, el Señor Oscuro ha visto nuestra despreciable debilidad, nuestro flagrante desprecio, por la ley y la doctrina de las brujas. ¡Y Satanás, Dios vengativo que es, planea castigarnos!
Las puertas se abrieron entonces y Ambrose junto con Luke entraron, estaban asustados, nerviosos.
-¡Padre Blackwood! No es la ira del Señor Oscuro la que ha venido por nosotros, son las Trece de Greendale.- dijo Ambrose
Todos los voltearon a ver
-Nos topamos con ellas en el bosque anoche- Dijo Ambrose moviendo las manos gesticulando- estaban realizando una especie de ritual, un hechizo de invocación.
-Se metieron en nuestras mentes, nos embrujaron.- dijo Luke y Ambrose asintió.
-Solo estamos vivos porque querían que entregáramos un mensaje.
-¿Qué mensaje? Suéltalo.- Dijo Fausto.
-Han regresado para visitar a la Muerte en el pueblo de Greendale, anoche, se levantaron para invocar a su Vengador Carmesí.
La gente se sorprendió
-¡Esta noche, a la hora de las brujas, cabalga!
-¿Quién cabalga, Ambrose? ¿De qué estás hablando?- Dijo Zelda viéndolo
-El Ángel Rojo de la Muerte, tía- dijo mirándola, después alzando un muñeco rojo y dandoselo a Fausto.
-Las Trece derribarán todas las puertas del pueblo para él, y a su paso, ¡los primogénitos de Greendale, tanto mortales como brujos, perecerán!
Zelda abrazo a Hecate mientras Hilda a Sabrina, ambas mujeres se miraron, Sabrina y Hecate, eran primogénitas.
-¡Silencio! ¡Silencio! -Dijo Fausto alzando la voz- Has hecho bien en traernos esto, Hermano Ambrose, pero si es la ira de las Trece y su mensajero de la Muerte Carmesí a la que nos enfrentamos, yo, su Sumo Sacerdote, los protegeré.
-Con el debido respeto, Su Excelencia- Dijo Hilda alzando la mano levemente- y reconociendo que estoy excomulgado, ¿cómo nos protegerá?
-El aquelarre se reunirá dentro de los muros de la Academia, fortificados, unidos por nuestras magias, impenetrables combinadas ¡permaneceremos juntos hasta que el jinete rojo sangre haya pasado por Greendale!
Todos aplaudieron
-¿Pero qué hay de los mortales? La gente de Greendale.- dijo Sabrina acercándose a Fausto.
-Que corran a su Falso Dios y rechinar los dientes y gemir, o lo que sea que hagan.- dijo viéndola con desden- Hermanos, estén dentro de la Academia antes de medianoche o enfrenten a las Trece y a su ángel vengador solos.
Cuando llegaron a la casa Sabrína caminaba de un lado a otro, Hecate estaba sentada, mirando a la nada.
-No entiendo ¿Por qué estarían enojados las Trece de Greendale con nosotros?- dijo Sabrina
-Es un desastre sangriento lo que les pasó a los Trece de Greendale.- Zelda estaba mirando a la ventana de la cocina recordando.- El capítulo más innoble de la historia de la Iglesia de la Noche, pero es nuestra historia, y no podemos negarlo.
-Después de los juicios de brujas de Salem, todas las brujas de esta parte del país estaban aterrorizadas.- Comento Ambrose- Se avecinaban problemas en Greendale, y los mortales estaban identificando y arrestando brujas, incluidas las Trece originales.
-Y mientras estaban sentadas en su celda, las otras brujas se reunieron y decidieron que las Trece serían sacrificadas- dijo Hecate- Para apaciguar la sed de sangre de los mortales.
-Mientras esas trece mujeres eran torturadas y ahorcadas, el resto de las brujas quemaron sus muñecos y enterraron sus calderos.- dijo Zelda girandose a ver a Sabrina- Fueron chivos expiatorios para sofocar la creciente histeria de brujas.
-El aquelarre podría haberse unido para salvar a las Trece, pero ellos Nosotros, nuestros ancestros, decidimos no arriesgarnos.- dijo Hilda.
-¿Así que todos somos descendientes de las brujas que le dieron la espalda a los Trece y los dejaron morir? No es de extrañar que nos odien.- Dijo Sabrina.
-Y los mortales que realmente hicieron la caza y el ahorcamiento, para ser justos- Dijo Hecate.
Bueno, será mejor que creas que no voy a abandonar a mis amigos para esconderme en algún búnker mágico del fin del mundo.- Dijo Sabrina- Y antes de que siquiera intentes detenerme, tía Zee..
-Al contrario, creo que todos deberíamos quedarnos y proteger el pueblo.-Dijo Zelda de repente.
-¿En serio?- contesto Sabrina.
-No me lo esperaba.- Dijo Hecate viendo a Sabrina
-¿Y por qué no? Las Trece de Greendale fueron sacrificadas para que la manada pudiera sobrevivir.
Pero no debemos cometer el mismo error otra vez.- Dijo Zelda mirando a todos- Somos Spellmans, eso significa que nos mantenemos firmes, con dignidad, y hacemos lo correcto. Como siempre lo hizo tu padre, Sabrina.
Hecate sonrió
-Los mortales pueden ser débiles, pero no merecen este destino sombrío. La perdición ha sido desatada por brujas.
Debe ser evitada por brujas.
-Muy bien, pero ¿cómo los vamos a proteger? No podemos estar en todos los lugares a la vez.- dijo Hilda.
-No podemos proteger a todo el pueblo, podemos si hacemos lo mismo que el Padre Blackwood.- dijo Ambrose.
-Reunimos a los mortales, Zelda, creo que tengo la respuesta. El Dr.Cerbero me dijo algo, solía ser el meteorólogo local.- Dijo Hilda
-¡Oh, por el amor de Satanás!- dijo Zelda girando los ojos
-Eh Dijo que en caso de un tornado o mal tiempo, el refugio designado del pueblo era el sótano de la preparatoria Baxter.
-Esa es una gran idea, tía Hilda.- dijo Sabrina- solo necesitamos un tornado.
-Eso es bastante fácil.- Dijo Ambrose
Fue entonces que Hecate se levantó de golpe
-Selene.
-¿Qué?- dijo Ambrose.
-Selene, ella no estaba en la academia, no sabe, lo de las trece- dijo mirando a Zelda.
-Corre, Cédric seguro los llevará a la iglesia de la noche, pero no lo vi en la reunión, avisarles y regresas directo a Baxter ¿Quedó claro?
Hecate asintió sería
-Entendido.
✨
Hecate corrió rápidamente, esquivo a la gente que la veía, choco con algunas pero no se detuvo, entro a la tienda y la campanita sonó.
Luminaria la vio
-Oh Hecate, ¿Buscas a Selene?
-¡Si! Bueno si y no ¿Estuvieron en la reunión de hoy? ¿En la academia? ¿Selene estuvo en la academia hoy?
-No cariño, Selene se a sentido mal, no ha ido, Cédric tampoco se presento, está enfermo.
Hecate entonces se acercó a la mujer
-Escucheme bien señora Luminaria, hoy en la noche las trece de Greendale van atacar, y el vengador carmesí va a calbagar, necesitan moverse de aquí.
Luminaria se preocupo entonces.
-¿Hoy?
-Si Hoy, no lleven nada, solo vayan y refugiense en la iglesia, el padre Blackwood hará una protección.
-Los mortales...
-Nosotros nos encargaremos de eso, mi familia se está encargando de eso y-
Fue entonces que las sirenas de Greendale sonaron, era una alerta de tornado.
-Eso fue rápido- dijo Hecate.
-Hecate.
Hecate miro a Selene, ella estaba ahí, sus ojos tenían ojeras e hinchados, Hecate se acercó a ella.
-Ve a la iglesia, lleva a tu familia ahora, levanta a tu padre y quédate ahí.
-¿Qué?
Hecate le agarro el rostro
-Ve a la academia y quédate ahí ¿Me oyes? ¡No salgas Selene! eres primogénita, quédate en la academia.
Hecate se alejo entonces y miro a Luminaria
-Por favor, vayan a la iglesia y no salgan de ahí.
-¡Hecate!- Grito Selene pero Hecate ya se había ido.
Luminaria se acercó a su hija
-Ayudame con tu padre y vámonos, hablas con ella después, rápido Selene.
Hecate llegó corriendo a la escuela Baxter y se encontró con su madre, Sabrina, Hilda y Ambrose en la entrada
-Hecate ¿Por qué tardaste tanto?- dijo Zelda.
-Habia mucha gente- Dijo recuperando el aliento- se movieron, Selene y su familia, Luminaria dijo que lo harían
-Luminaria es inteligente- dijo Hilda- no pondrá en riesgo a su familia.
-Bien, empecemos entonces.- Dijo Zelda agarrando la mano de Hecate y Hilda.
Todos se agarraron de las manos.
"protego, mixtisque iubas serpentibus et posteris meis Stirpiqu."
Empezaron a decir todos como un mantra, fue entonces que las puertas empezaron a moverse con violencia, las trece habían empezado a caminar.
La noche había caído con fuerza y un estruendo resonó en la puerta de la entrada, empujando
-¿Está funcionando, ¿no? ¿El hechizo de protección, tía Zelda?- Dijo Sabrina viendo la puerta
-Sí, mientras nosotros cinco permanezcamos concentrados, podría funcionar.
Fue entonces que Zelda desapareció de manera repentina
-¿¡Mamá!?- dijo Hecate nerviosa y miro a Hilda.
🌓
Zelda apareció en la iglesia confundida y busco con la mirada a su familia, pero unos brazos la agarraron, era Fausto Blackwood
-Fausto, ¿me trajiste aquí?- Dijo ella molesta
-Sí, hermana Zelda- El se veía preocupado
-Tengo que volver, mi familia me necesita.- dijo Zelda tratando de irse.
-¡Tu deber jurado está aquí, Zelda!- dijo el guíandola- Lady Blackwood ha entrado en labor de parto.
Zelda miro a Constance entonces, y después a Fausto
-Maldito seas, Fausto- dijo quitándose el saco- Necesitaré toallas limpias, agua fresca y dos asistentes, Prudence y Selene, no confío en nadie más.
-¿Prudence y Selene?- repitió el
-Sí Fausto, Prudence y Selene, necesitaré ayuda, y este no es lugar para un hombre, y por si no te has dado cuenta eso te incluye a ti.
🌓
-¿Dónde está mi mamá?- dijo Hecate y su voz tenía un deje de miedo.
-¿Puede el hechizo de protección mantenerse solo con nosotros cuatro?- dijo Sabrina
-Es un poco arriesgado, pero si cuatro de nosotros nos hacemos cargo y nadie más desaparece... - dijo Hilda
Ambrose desapareció entonces
-¡Vamos a morir!- dijo Hecate
-Hecate, querida tranquilizate- dijo Hilda.
-Las brujas se están volviendo más fuertes ahí fuera, puedo sentirlo.
La voz de la Señora Wardwell, resonó en el pasillo
-Señora Wardwell, ahora solo somos, Hecate, Hilda y yo- dijo Sabrina.
-Sabrina, si tú, tu prima y tu tía no pueden mantener el hechizo, las Trece abrirán todas las puertas y ventanas, los mortales estarán desprotegidos cuando llegue el Ángel Rojo, y no habrá escapatoria de su espada.
-Puedes unirte si lo deseas- dijo Hecate miranda mal y Hilda también parecía molesta.
-Me temo que aún flaquearíamos antes de que termine la hora de las brujas...- dijo Wardwell -Luego está el asunto del Sr. Kinkle, la Srta. Putnam, la Srta. Walker.
Sabrina se puso nerviosa
-Están ahí fuera, enfrentando sus propios ataques personales.
-No, el tiempo de la defensa ha terminado, es hora de pasar a la ofensiva.- dijo Wardwell.
-¿Cómo haríamos eso?- Dijo Sabrina
-De hecho, tengo una idea, pero significaría que tu tía Hilda y Hecate aquí se quedaría aquí defendiendo el fuerte solas por un tiempo.
-¡¿Qué!?- dijo Hecate.
-¿Solas? ¡Maldita sea!
-Sabrina, se nos acaba el tiempo.- Insisto Wardwell
-Bien, hagámoslo.- dijo Sabrina
-¡No! Tu no irás a ningún lado- dijo Hecate
Pero Sabrina ya se movia
-Salem, quédate aquí, vigila a la tía Hilda y a Hecate.
🌓
Constance se quejó con un dolor que rasgaba el aire de la habitación. Su grito era animal, desgarrador, y sus manos se aferraban con fuerza a las de Prudence, que estaba a su lado limpiándole la frente con un paño húmedo.
-Ya casi, Lady Blackwood -dijo Zelda, y su voz era firme, profesional, pero había algo en sus ojos que delataba la urgencia- Un último esfuerzo. Solo uno más.
Constance apretó los dientes, su rostro estaba pálido, bañado en sudor, y sus ojos se clavaron en el techo como si buscara respuestas en algún lugar más allá. Hizo el esfuerzo, todo el que le quedaba. Y entonces, con un último grito ahogado, el bebé salió.
El silencio que siguió fue absoluto.
Zelda sostuvo a la criatura entre sus manos, y sus dedos, que siempre habían sido tan seguros, tan precisos, se quedaron quietos, su rostro se fue descomponiendo lentamente, como si la realidad se estuviera filtrando en su mente gota a gota.
"La va a matar, mamá."
La voz de Hecate resonó en su cabeza con una claridad que la heló hasta los huesos. Aquella noche, cuando Hecate le había contado lo de la premonición de Constance. Cuando le había explicado que Fausto mataría a su primogénita por ser mujer, por ser una amenaza a su linaje.
Y ahí estaba, una niña.
-¿Qué es? -preguntó Constance, y su voz era apenas un susurro, débil por el esfuerzo-. ¿Qué pasa? ¿Por qué tienes esa cara?
Zelda parpadeó. Forzó una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
-Nada -dijo, y su voz sonó más firme de lo que se sentía-. Está sano. Todo está bien, es un varón.
Mintió y lo hizo con la misma naturalidad con la que había mentido toda su vida para proteger a los suyos.
Envolvió a la bebé en una toalla limpia que Selene le tendió, y con un movimiento rápido y discreto, la pasó a sus manos.
-Selene -susurró Zelda, y su voz era tan baja que solo Selene pudo oírla-. Es una niña. Si lo que Hecate me dijo es cierto, si Fausto se entera... la matará.
Selene sintió que el corazón se le paraba por un instante.
-Limpíala -continuó Zelda, y sus ojos se encontraron con los de Selene en una mirada cargada de significado-. Ponla en otro lado, que nadie te vea.
Selene asintió, pero antes de que pudiera moverse, Prudence se acercó.
Sus ojos oscuros recorrieron la escena con rapidez: la expresión tensa de Zelda, la bebé envuelta en la toalla que Selene sostenía contra su pecho, la urgencia que flotaba en el aire como un fantasma.
Prudence miró al bebé y luego a Zelda. No hizo preguntas, no necesitaba hacerlas.
-Si Fausto se entera de que es una niña... -dijo Prudence, y su voz era baja, apenas un susurro.
-La asesinará -respondió Zelda, y sus palabras cayeron como piedras en agua quieta.- Fausto espera varones para su linaje, no mujeres. Para él, una hija es una amenaza, la eliminará sin dudarlo.
Prudence apretó la mandíbula, en sus ojos había algo que no solía mostrar: comprensión, quizás incluso solidaridad.
-¿Dónde la vas a esconder? -preguntó, mirando a Selene.
-No lo sé aún -admitió Selene, y su voz tembló apenas- Pero encontraré un lugar.
Prudence asintió lentamente, luego dio un paso adelante y puso una mano sobre el hombro de Selene.
-Vete -dijo, y su voz era firme, sin espacio para dudas- Yo me quedo. Te cubro hasta que regreses, si alguien pregunta, diré que el bebé no sobrevivió, diré que fue un varón, que nació muerto. Nadie cuestionará mis palabras.
Zelda la miró, y por un instante, algo parecido a la gratitud cruzó su rostro.
-Prudence... -comenzó.
-No lo hago por Constance -la interrumpió Prudence, y su voz era fría, pero no cruel- Lo hago porque esa bebé no tiene la culpa de quiénes son sus padres. Y porque... -hizo una pausa, y sus ojos se suavizaron apenas- porque sé lo que es ser una hija no deseada, nadie merece eso.
Selene asintió, tragando saliva, sus manos, que habían estado temblando apenas unos segundos antes, se volvieron firmes, limpió a la bebé con el cuidado y la cargo en sus brazos.
Prudence regreso a Constance que yacía exhausta en la cama, y le limpió la frente con el paño.
-Está bien -dijo Prudence, y su voz era más suave de lo habitual-. El bebé está bien, falta uno más.
Constance cerró los ojos, pero antes de hacerlo, sus dedos se aferraron al borde de la sábana.
-Mi bebé -susurró-. ¿Está seguro?
Zelda y Prudence intercambiaron una mirada rápida, un acuerdo tácito
-Sí -respondió Zelda, y las palabras le supieron a mentira-. Está a salvo, aquí viene el otro.
Y si, Constance se quejo nuevamente de las contracciones.
🌓
Hecate y Hilda vieron como las puertas se tranquilizaban entonces.
-¿Se han ido?.
Hilda no contesto nada pero vio la sombra roja y por instinto puso a Hecate detrás de ella.
-Escuchame bien cariño, recita el hechizo nuevamente, no dejes de repetirlo.
Las puertas se volvieron a mover de manera más violenta.
-¿Qué está pasando?- dijo Hecate apretando los hombros de Hilda
-Es el, linda, viene por los primogenitos- Hilda se giro a Hecate.
Agarro las manos de Hecate
-Escuhame bien, no voy a permitir que nada te pase, hazme caso y sigue el hechizo.
-¿Viene por mi? ¿Moriré?
-No mientras yo esté aqui, ahora continúa con el hechizo Hecate- dijo Hilda
Ambas dijeron el hechizo una y otra vez sin dejar de soltarse las manos hasta que entonces todo se detuvo.
Hilda vio que se abrieron las puertas, ya no había nadie.
-Creo que estamos a salvo querida- dijo Hilda y Hecate sonrió.
🌓
La puerta se abrió con un golpe seco, y Fausto Blackwood entró en la habitación como un depredador que olfatea el aire. Su presencia llenó cada rincón, oscureciendo la luz de las velas con su silueta imponente, el Vengador Carmesí y las Trece se habían ido, pero su ausencia no hacía el lugar menos amenazante.
Fausto recorrió la estancia con la mirada, deteniéndose en el cuerpo inerte de Constance, que yacía en la cama con los ojos cerrados y el rostro pálido como la cera. Ya no respiraba. Ya no sufría y luego miró a Zelda, que sostenía al bebé envuelto en una manta.
-Fausto -dijo Zelda, y su voz era un muro de calma calculada- Lo siento, pero tenías razón Lady Blackwood era demasiado débil, su cuerpo no pudo soportar el parto.
Fausto arqueó una ceja, su rostro era una máscara de desconfianza, pero no mostró ni un ápice de dolor por la muerte de su esposa. Si acaso, parecía molesto por la inconveniencia.
-¿Bebé? -preguntó, y su voz tenía un filo peligroso- Creí que habías dicho gemelos.
Zelda no parpadeó, su mentira estaba tejida con la misma habilidad con la que había tejido todas las mentiras que habían protegido a su familia durante años.
-Algo extraño, pero no inaudito, sucedió -dijo, y su tono era profesional, clínico, como si estuviera dando una lección de anatomía- Uno de tus hijos, el dominante, consumió al otro en el útero. El proceso salió mal, pero el resultado... -hizo una pausa, y sus dedos se aferraron un poco más fuerte a la manta.- Este se fortaleció. Solo hay un hijo, un hijo que ha sido fortalecido por el hermano que consumió.
El rostro de Fausto se iluminó con una sonrisa lenta, cruel y orgullosa.
Sus ojos brillaron con un destello de satisfacción que heló la sangre de las tres mujeres presentes.
No miró a Constance, no le dedicó ni una palabra de despedida, para él, ella ya no era más que un cascarón vacío.
-Como debe ser -dijo, y su voz era un ronroneo de triunfo- La naturaleza siempre encuentra la manera de eliminar lo débil. Y Constance... -miró el cuerpo de su esposa con desdén- siempre fue débil. Déjame sostenerlo.
Zelda sintió que el corazón se le aceleraba, pero su rostro no mostró ni un atisbo de emoción, con movimientos medidos, extendió los brazos y entregó al bebé varón a su padre.
Selene, que había regresado apenas unos segundos antes y se había colocado en un rincón de la habitación, sintió que el aire se le escapaba de los pulmones, sus ojos se encontraron con los de Zelda y luego con los de Prudence, las tres se miraron entre ellas, una red de complicidad tejida en silencio.
Prudence, de pie junto a la cama de Constance, sintió algo extraño en su pecho, algo que no esperaba sentir por la mujer que la había ignorado y tratado de asesinar toda su vida, mo era amor, cariño, era un respeto tardío, comprensión de que Constance había hecho lo único que podía hacer antes de salvar a su hija, dejarla en manos de alguien más o al menos Zelda eso le había dicho.
Fausto sostuvo al bebé en sus brazos con la torpeza de quien no está acostumbrado a sostener algo tan frágil, o miró, y en sus ojos no había amor, sino orgullo y posesión, la mirada de alguien que ve una herramienta, no una vida.
-Mi único hijo unigénito y heredero -dijo Fausto, y su voz resonó en la habitación como una sentencia- El linaje Blackwood continuará, la Iglesia de la Noche tendrá su líder.
Constance yacía inmóvil, sus ojos no se abrieron, ya no estaba ahí para ver a su hija a salvo, para ver a Fausto sostener a su hijo varón como un trofeo.
-¿No es hermoso? -preguntó Fausto, mirando al bebé sin esperar respuesta- No importa, será fuerte, eso es lo único que importa.
Y sin otra palabra, se giró y salió de la habitación con el bebé en brazos, dejando tras de sí un silencio tan pesado que parecía aplastar el aire.
Dejando el cuerpo de Constance, frío e inmóvil, como un recordatorio de lo que le costaba a una mujer ser débil en el mundo de los hombres.
Pasaron varios segundos, quizás un minuto, Zelda exhaló el aliento que había estado conteniendo, se acercó a la cama de Constance y, con una suavidad que nadie le había visto antes, le puso una manta encima de su rostro.
-Descansa -susurró Zelda- Tu hija estará a salvo, te lo prometo.
Selene se apoyó contra la pared, sintiendo cómo las piernas le flaqueaban, miró el cuerpo de Constance, y por un momento, el odio que siempre había sentido por ella se mezcló con algo más, algo que no sabía nombrar.
-Lo logramos -susurró- se lo creyó.
-Por ahora -respondió Prudence, y su voz era grave- Pero no se confíen. Fausto no es tonto, eventualmente preguntará por el otro bebé, querrá ver el cuerpo. Querrá...
-No llegará a eso -la interrumpió Zelda, y su voz era firme- Para cuando eso pase, Hecate ya tendrá a la bebé en sus manos, estará a salvo.
🌓
Hecate y Hilda caminaron con cansancio hacia la casa. Sus pasos eran pesados, arrastrados, como si cada uno les costara un esfuerzo sobrehumano.
La noche había sido larga, y las Trece de Greendale no habían puesto las cosas fáciles. Pero habían logrado proteger a los niños de la escuela Baxter, y eso era lo único que importaba.
-Por Satán -dijo Hecate, y su voz era un suspiro de agotamiento- ojalá jamás vuelva a pasar esto.
Hilda se rió, una risa cansada pero genuina, y apretó la mano de su sobrina con cariño. Abrieron la puerta de la entrada y entraron en la casa.
-¿Hola? -llamó Hilda, pero nadie contestó.
El silencio era extraño, no había movimiento en la cocina, ni música en la sala, ni el rumor de voces que siempre acompañaba a la casa cuando Zelda, Ambrose y Sabrina estaban despiertos.
Hecate y Hilda intercambiaron una mirada, pero estaban tan agotadas que ni siquiera se preocuparon de lo extraño que parecía. Subieron las escaleras con trabajo, apoyándose en la barandilla, sintiendo cada escalón como una montaña.
Y cuando llegaron arriba, vieron a Selene.
Hecate se enderezó de inmediato. El cansancio se disipó como por arte de magia, reemplazado por una alerta que solo Selene conseguía despertar en ella.
-Selene -dijo, y su voz era una mezcla de sorpresa y preocupación.
Se acercó a ella con pasos rápidos y le agarró el rostro con ambas manos, como si necesitara confirmar que era real, que estaba ahí, que no era un sueño.
-¿Estás bien? -preguntó, y sus ojos recorrieron cada centímetro del rostro de Selene en busca de algún signo de dolor.
Selene la miró, y en sus ojos había algo que Hecate no sabía interpretar. Cansancio, sí. Pero también otra cosa. Algo más suave.
-Sí -respondió Selene, y su voz era tranquila- Hecate, tienes que entrar, te esperan.
Hecate frunció el ceño, confundida.
Miró la habitación que tenía delante, la de su madre y su tía Hilda, y sintió que algo se movía en su interior, una intuición.
Entró con pasos suaves, casi temerosos, como si temiera lo que iba a encontrar. Hilda y Selene entraron detrás de ella, cerrando la puerta con cuidado.
Y entonces lo vio.
Zelda estaba sentada en el borde de la cama, con un bulto envuelto en una manta en sus brazos, un bulto que se movía.
Hecate sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.
-¿Es...? -preguntó, y su voz era apenas un susurro.
Zelda asintió, y en sus ojos había una sonrisa que no necesitaba palabras, se levantó con cuidado y se acercó a Hecate, inclinando los brazos para que su hija pudiera ver.
La bebé era morena clara, con la piel suave como la seda, su pequeña nariz era respingada, y sus cachetes tenían ese color rosado que tienen todos los recién nacidos, como si la vida acabara de pintarlos con un pincel de ternura.
Tenía un poco de pelo oscuro y sus manitas se abrían y cerraban en el aire como si estuvieran buscando algo a qué aferrarse.
Zelda vio cómo el rostro de su hija se transformaba, cómo el cansancio desaparecía, reemplazado por una luz que no le había visto en semanas. Y sin pedir permiso, sin dudar, Hecate tomó a la bebé en sus brazos con la misma naturalidad con la que se respira.
-Hola, bebé -susurró Hecate, y su voz era tan suave que parecía una caricia.
La bebé se movió un poco en sus brazos, ajustándose a la nueva posición, y luego hizo un pequeño ruido. Un gemido diminuto, apenas un suspiro, que hizo que Hecate se riera levemente con una ternura que a Zelda se le clavó en el pecho.
-Es preciosa -dijo Hecate, y sus ojos brillaban con lágrimas que no quería dejar caer, alzó la vista hacia su madre- ¿Qué pasó con Constance?
Zelda no respondió con palabras, solo bajó la mirada hacia la bebé, y ese gesto fue suficiente.
Hecate respiró hondo, sintió cómo el aire entraba en sus pulmones y salía con un temblor que apenas podía controlar, bajó nuevamente la mirada hacia la bebé, y sin decir nada, inclinó la cabeza y besó su pequeña frente.
Selene no se había acercado en ningún momento. Se había quedado en la entrada de la habitación, observando desde la distancia, con los brazos cruzados sobre el pecho como si necesitara una barrera entre ella y lo que estaba viendo.
Pero ver a Hecate sosteniendo a esa bebé le removió algo en el pecho.
Hecate se veía diferente, había una luz en ella que no le había visto antes, una suavidad en sus movimientos que la hacía parecer más grande y más pequeña al mismo tiempo, su cabello rojo parecía brillar bajo la luz tenue de la habitación, y se mecía con cada movimiento suave mientras arrullaba a la bebé.
-¿Cómo le pondrás? -preguntó Selene, y su voz sonó más firme de lo que esperaba.
Hecate alzó la mirada hacia ella, y en sus ojos había una mezcla de sorpresa y gratitud.
-Willow -dijo, y el nombre salió de sus labios como si lo hubiera estado guardando toda la vida.
Selene asintió lentamente.
-Suena lindo.
-Significa Sauce -explicó Hecate, y su voz era suave pero segura, dejando que la bebé atrapara un dedo de su mano- Simbólicamente, representa a alguien que se adapta a cualquier adversidad. Los sauces son flexibles. Pueden doblarse, pero jamás romperse... como yo.
Una sonrisa de orgullo se dibujó en su rostro, había nombrado a la bebé como algo que ella consideraba que la representaba a sí misma, como un reflejo de su propia fuerza, una promesa de que esta niña, como ella, sobreviviría a cualquier tormenta.
Zelda, que había observado toda la escena en silencio, se acercó y le acarició la cabeza a su hija con una ternura que rara vez mostraba.
-Es perfecto -dijo, y su voz era apenas un susurro.
Hecate le sonrió a su madre y después miró a Selene, en sus ojos había una pregunta silenciosa.
-¿Quieres verla? -ofreció, y su voz no tenía presión, era una invitación.
Selene dudó, sintió cómo el miedo se enredaba en su estómago, cómo las palabras de su madre resonaban en su cabeza como un eco.
"Te digo que lo intentes, que te des el tiempo, que tomes a esa bebé en tus brazos y veas qué sientes. Y si no te gusta lo que ves, si solo ves a Constance... entonces dile a Hecate que no puedes y eso también está bien, Selene."
Selene respiró hondo, y dio un paso adelante.
Se acercó a Hecate y miró a la bebé y sí, era bonita, después de que Zelda la había arropado, cambiado y limpiado con su habilidad profesional, la bebé lucía tranquila, quieta, como si supiera que estaba a salvo.
La bebé bostezó, y Selene sintió que algo se derretía dentro de ella.
-¿Quieres cargarla? -preguntó Hecate, y su voz era tan suave como la manta que envolvía a la niña.
Selene miró los ojos de Hecate y luego miró a la bebé.
Hecate no esperó respuesta, con cuidado, como si estuviera entregando el tesoro más preciado del mundo, le pasó la bebé a Selene.
Selene la recibió por instinto, sus brazos se cerraron alrededor de la pequeña criatura, y sintió su peso, su calor, su fragilidad, no como cuando la había escondido, esto se sentía diferente.
La bebé se removió un poco, ajustándose a los nuevos brazos, y luego se quedó quieta, como si supiera que estaba en un lugar seguro
-¿Es bonita, verdad? -dijo Hecate, y su voz era un murmullo lleno de ternura- Parece que será ondulada, eso quiere decir que, al igual que yo, será difícil de peinar, debería empezar a comprarle vestidos bonitos. El rosa no me gusta, tal vez amarillo, ya que el morado es mi color.
Selene sonrió. Era una sonrisa pequeña, temblorosa, pero genuina. Sus dedos acariciaron suavemente la mejilla de la bebé.
-Tal vez deba ser color verde -dijo Selene de repente, y su voz era un susurro- Los sauces son verdes, un verde oliva.
Hecate sintió que algo se rompía dentro de ella, pero no era dolor, era alivio, la sensación de que un nudo que había estado apretado durante semanas finalmente se aflojaba.
-El verde oliva suena perfecto -dijo, y su voz temblaba apenas, como una hoja al viento.
Selene alzó la mirada hacia ella y en sus ojos ya no había miedo, había algo más.
-Sí -dijo Selene, y su voz era firme, clara- Sí, quiero, Hecate.
Hecate abrió los ojos con sorpresa, su corazón dio un vuelco en su pecho.
-¿Selene?
-Hace tiempo -continuó Selene, y su voz se suavizó, como si estuviera recordando algo precioso. - te dije que contigo siempre sería un sí. Y... -bajó la mirada hacia la bebé, y sus dedos trazaron el contorno de su pequeña frente- quiero esto contigo, Hecate, quiero a Willow, quiero nuestra familia.
La voz de Selene se quebró levemente, y una lágrima rodó por su mejilla.
-Lo siento -susurró- Lo siento por tardar tanto, lo siento por haber dudado, lo siento por haberte dejado sola en ese parque.
Hecate no pudo contener las lágrimas que habían estado amenazando con caer desde que entró en la habitación.
Se acercó a Selene y la abrazó con cuidado, enterrando su rostro en el cuello de Selene, sintiendo su calor, su olor, su presencia.
-No hay nada que perdonar, Selene -dijo Hecate, y su voz era un sollozo contenido- Yo te entendí, jamas te podría obligar a algo que no quisieras, jamás, te habría esperado, te habría esperado siempre.
Selene lloró abiertamente entonces, sin vergüenzain, uno de sus brazos rodeo a Hecate, formando un círculo perfecto de calor y promesas.
Bajó la mirada hacia Willow, que dormía plácidamente en sus brazos, ajena al mundo que la rodeaba.
Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano, pero no pudo evitar que más cayeran.
-Willow -dijo, y el nombre sonó como una oración en sus labios- No hubiera pensado en un nombre más perfecto.
Hecate se separó apenas, lo suficiente para mirar a Selene a los ojos, sus frentes casi se tocaban, y sus respiraciones se mezclaban en el aire.
-¿De verdad quieres esto? -preguntó Hecate, y su voz era apenas un hilo- ¿De verdad quieres estar conmigo, con ella, con todo lo que eso implica?
Selene asintió y en sus ojos no había duda.
-Quiero todo -dijo, y su voz era firme como una roca- Quiero las noches sin dormir, los pañales sucios, los primeros pasos y las primeras palabras, quiero verte convertirte en la madre que siempre has querido ser, quiero estar a tu lado, Hecate, siempre
Hecate sintió que el corazón se le llenaba de algo que no sabía nombrar. Era demasiado grande para caber dentro de ella.
-Te amo -dijo Hecate, y las palabras salieron sin esfuerzo, como si siempre hubieran estado ahí, esperando el momento adecuado-. Te amo, Selene.
Selene sonrió, y era una sonrisa que iluminaba todo su rostro.
-Y yo te amo a ti -respondió, y su voz era un susurro-. A ti y a Willow.
La bebé, como si hubiera entendido, hizo un pequeño ruido y movió una mano, las dos mujeres se rieron entre lágrimas, y el sonido de su risa llenó la habitación de luz.
Zelda, que había observado toda la escena desde la puerta, sintió que algo se aflojaba en su pecho, Hilda, a su lado, se secaba los ojos con un pañuelo.
-Bueno -dijo Zelda, y su voz era ronca, como si también hubiera estado llorando-. Parece que Willow tiene dos madres.
Hilda asintió, sonriendo.
-Y una abuela -añadió, señalando a Zelda-. Y una tía abuela.
Zelda la miró con una ceja levantada.
-No he dicho que quiera ser abuela.
-No has dicho que no quieras -respondió Hilda con una sonrisa pícara.
Zelda rodó los ojos, pero no pudo evitar que una sonrisa se dibujara en su rostro.
Hecate y Selene se miraron, y en sus ojos había un futuro entero, un futuro lleno de incertidumbres, de desafíos, de noches sin dormir y días de risas.
Pero también lleno de amor.
Y eso, pensó Hecate mientras sostenía a su hija y a su pareja entre sus brazos, era más de lo que jamás había soñado.
-Bienvenida a la familia, Willow -susurró Hecate, besando la frente de la bebé.
Y Willow, como si hubiera entendido, abrió los ojos por un instante, eran pequeños, oscuros, y miraban a Hecate con una fijeza que parecía reconocerla.
Luego los cerró, y volvió a dormir, como si supiera que estaba en casa.
