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Nacida en Sombras y Niebla

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Era un día como cualquier otro en la escuela, y Denki estaba charlando animadamente con un grupo de compañeros cerca del campo de deportes. Kiryana, que había terminado de guardar sus cosas en el aula, salió al patio y lo vio desde la distancia.

Todo parecía normal hasta que notó algo: una de las chicas del grupo estaba demasiado cerca de Denki. Ella se inclinaba hacia él mientras hablaba, sonriendo ampliamente, y Denki, como siempre, parecía disfrutar la atención.

Kiryana sintió una punzada incómoda en el pecho. Su cola comenzó a moverse de un lado a otro, lenta pero claramente irritada. Sin pensarlo mucho, se acercó al grupo, su andar más decidido de lo habitual.

Cuando llegó, colocó una mano en el hombro de Denki y lo miró con una expresión neutra, aunque sus orejas estaban ligeramente bajas, lo que reflejaba su incomodidad.
—¿Qué están haciendo? —preguntó, su tono más frío de lo habitual.

Denki giró la cabeza hacia ella, sonriendo.
—Oh, solo hablábamos de la clase de ciencias. ¡Kiryana, tienes que escuchar esto!

La chica cercana a él levantó una ceja, mirando a Kiryana con curiosidad.
—¿Y tú quién eres?

Kiryana sintió cómo sus músculos se tensaban, y antes de que pudiera detenerse, dejó escapar un leve gruñido.

Denki la miró sorprendido, pero sin perder su sonrisa.
—Oye, tranquila, —dijo en un tono suave, aunque claramente divertido—. No estamos peleando ni nada.

Más tarde ese día, Hizashi notó que Kiryana estaba inusualmente callada mientras cenaban. Decidió preguntarle directamente.

—Oye, pequeña, ¿qué pasó hoy? Pareces... diferente.

Ella bajó la mirada, jugando con su comida.
—Nada. Bueno... tal vez algo.

Hizashi esperó pacientemente, y después de un momento, Kiryana habló.
—Es Denki. Hoy, estaba hablando con alguien, y me sentí... no sé. Rara. Como si no quisiera que estuviera con ellos.

—¿Hiciste algo? —preguntó Hizashi, inclinándose un poco hacia adelante.

—Gruñí, —admitió, sus orejas bajando de vergüenza—. Ni siquiera sabía que lo estaba haciendo hasta que pasó.

En ese momento, Aizawa, que había pasado a visitarlos, habló desde el sillón donde estaba sentado.
—Es parte de tu mutación, —dijo con su tono directo—. Los felinos son territoriales por naturaleza. Si perciben algo o alguien como "suyo", pueden reaccionar de esa manera.

Kiryana lo miró, preocupada.
—¿Significa que siempre voy a ser así?

—No necesariamente, —respondió Aizawa—. Puedes aprender a controlarlo, pero primero tienes que entenderlo. Esa reacción viene de un lugar emocional, no racional.

Más tarde, Hizashi se sentó con ella en su habitación.
—¿Te das cuenta de por qué reaccionaste así? —preguntó, manteniendo su tono suave.

Kiryana asintió lentamente.
—Es que... Denki es mi amigo. Es la única persona en la escuela que realmente me entiende. No quiero perder eso.

Hizashi sonrió, apoyando una mano en su cabeza.
—Eso es natural, pequeña. Pero la amistad no es algo que puedas perder por algo tan simple como con quién habla. Denki está ahí para ti porque lo valora, no porque tengas que protegerlo.

Kiryana asintió, aunque todavía sentía una ligera incomodidad.
—Supongo que tengo que trabajar en eso.

En la escuela, Kiryana decidió hablar con Denki durante el recreo. Lo encontró en el pasillo, bromeando con otro compañero.

—Denki, ¿puedo hablar contigo? —preguntó, interrumpiendo la conversación.

—Claro, ¿qué pasa? —respondió él, siguiéndola fuera del aula.

Cuando estuvieron solos, Kiryana tomó aire.
—Sobre ayer... lo siento si fui rara. No quise... bueno, no sé qué me pasó.

Denki parpadeó, sorprendido.
—¿Eso es por el gruñido? ¡Vamos! Fue increíble. Pensé que eras una especie de protector animal o algo así.

Kiryana lo miró, incrédula.
—¿No te molestó?

—¿Por qué me molestaría? —dijo Denki, encogiéndose de hombros—. Es parte de ti, ¿no? Además, es genial tener una amiga que me cuide. Aunque tal vez no necesites gruñir tanto.

Por primera vez, Kiryana se sintió aliviada. Aunque sabía que todavía tenía mucho que aprender sobre su lado felino, Kiryana empezó a aceptar que esos instintos también reflejaban lo mucho que valoraba a las personas cercanas a ella.

 


 

El cielo estaba teñido de naranja y rosa mientras el sol se ponía en el horizonte. Kiryana y Denki caminaban juntos por un sendero cerca del parque, con sus mochilas a la espalda después de un largo día de escuela. La conversación era ligera, llena de risas y bromas, pero Denki de repente se quedó en silencio, algo poco común en él.

Kiryana lo notó de inmediato.
—¿Qué pasa? Estás raro.

Denki pateó una piedra en el camino, manteniendo la mirada baja.
—Estaba pensando en algo...

—¿Eso es nuevo? —bromeó ella, intentando aligerar el ambiente.

Denki sonrió débilmente, pero no respondió de inmediato. Finalmente, se detuvo, mirando hacia el cielo.

—Quiero ser un héroe, —dijo de repente.

Kiryana parpadeó, sorprendida.
—¿De verdad?

—Sí, —respondió él, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Pero no sé si soy lo suficientemente bueno para eso.

Kiryana cruzó los brazos, ladeando la cabeza mientras lo observaba.
—¿Por qué dices eso?

Denki se encogió de hombros.
—Porque mi quirk no siempre funciona como quiero. A veces, termino pareciendo un tonto cuando me sobrecargo. Y bueno... algunas personas no tienen problemas en recordármelo.

Kiryana sintió un nudo en el pecho. Aunque Denki siempre se mostraba alegre y despreocupado, era evidente que esas palabras le dolían más de lo que dejaba ver.

—¿Qué piensas tú? —preguntó ella después de un momento.

Denki la miró, confundido.
—¿Qué quieres decir?

—Quiero decir, ¿piensas que eres tonto? —replicó, con un tono más serio.

Denki negó con la cabeza, aunque todavía parecía inseguro.
—No, pero... a veces me pregunto si ellos tienen razón.

Kiryana se detuvo frente a él, plantándose con las manos en las caderas.
—Escucha, Denki. No eres tonto. Solo... aprendes de una manera diferente. Necesitas cosas que sean emocionantes, que te reten. La gente que te llama tonto probablemente no entiende eso porque son aburridos.

Denki la miró, sorprendido por la firmeza en su voz.
—¿De verdad lo crees?

—Por supuesto, —dijo ella con una sonrisa pequeña—. Y si no me crees, mírame a mí. Soy mitad felina, ronroneo cuando estoy feliz y gruño cuando alguien se mete contigo. ¿Eso me hace rara?

—Bueno... sí, —respondió Denki, sonriendo ligeramente.

—Exacto, pero rara no significa mala, ¿verdad? —insistió ella.

Denki negó con la cabeza.
—Supongo que no.

Kiryana tomó aire, sintiendo un leve calor en sus mejillas mientras continuaba.
—Si de verdad quieres ser un héroe, yo te apoyaré.

Denki levantó la mirada, sorprendido.
—¿En serio?

—Sí, —respondió con firmeza—. Todavía no sé si quiero ser una heroína, pero si tú lo vas a intentar, no pienso dejarte solo.

Denki la miró con una mezcla de gratitud y asombro.
—Gracias, Kiryana.

—No me agradezcas todavía, —bromeó ella, dándole un leve codazo—. Voy a ser la primera en regañarte si haces algo estúpido.

Ambos rieron, y la tensión que había colgado en el aire se disipó.

Esa noche, mientras Kiryana se preparaba para dormir, pensó en lo que le había dicho a Denki. Ser un héroe no era algo que había considerado seriamente antes, pero verlo tan decidido despertó algo en ella.

Quizás no le importaba ser famosa o reconocida, pero si ser heroína significaba proteger a quienes le importaban, tal vez valdría la pena intentarlo.

 


 

El sol brillaba intensamente en el cielo mientras los estudiantes recorrían el zoológico en su excursión escolar. Grupos de niños reían, señalando a los animales en sus hábitats mientras los guías explicaban detalles interesantes.

Kiryana, sin embargo, no podía concentrarse en las palabras del guía. Habían llegado al área de los grandes felinos, y algo en su interior se agitaba al escuchar los rugidos distantes y el suave crujir de las ramas en los recintos.

—Esto es increíble, —murmuró Denki, parado a su lado—. Pero, ¿por qué estás tan tensa?

—No lo sé, —respondió ella, mirando fijamente hacia el recinto de los tigres—. Es como si... pudiera sentirlos.

Denki la miró con curiosidad, pero antes de que pudiera preguntar algo más, Kiryana comenzó a alejarse del grupo.

—¿A dónde vas? —susurró, siguiéndola.

—Solo quiero ver más de cerca, —dijo ella sin mirar atrás, su cola moviéndose con un interés casi hipnótico.

Kiryana se acercó a una parte menos concurrida del recinto, donde una reja baja separaba a los visitantes del hábitat de los felinos. Un rugido suave llamó su atención, y antes de darse cuenta, estaba trepando con agilidad sobre la reja.

—¡Kiryana! —exclamó Denki, mirándola con los ojos muy abiertos—. ¿Qué estás haciendo?

—Solo un segundo, —respondió ella, saltando al otro lado con gracia felina.

Denki miró alrededor, nervioso.
—¡Nos van a meter en problemas!

Kiryana no escuchó. Estaba completamente enfocada en los tigres que se movían más adelante. Su instinto la impulsaba, y por un momento, se sintió como si perteneciera a ese lugar.

—Esto es una locura, —murmuró Denki antes de suspirar y comenzar a trepar la reja—. Si alguien se mete en problemas, seré yo por dejarte sola.

Una vez dentro, Kiryana avanzó lentamente, estudiando a los tigres con cautela. Uno de ellos levantó la cabeza, mirándola con curiosidad en lugar de agresión.

Denki llegó justo a tiempo para verla imitando el movimiento del felino, inclinándose ligeramente hacia adelante.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó, su voz baja pero cargada de urgencia.

—No lo sé, pero... no parecen enojados, —susurró ella, fascinada.

—Bueno, eso es genial, pero si nos atrapan aquí, estaremos en problemas, —dijo Denki, tirando suavemente de su manga—. Vámonos antes de que nos vean.

En ese momento, uno de los tigres se levantó, acercándose lentamente. No parecía agresivo, pero su tamaño y presencia eran suficientes para hacer que Denki se congelara.

—Kiryana... —susurró, su voz temblando ligeramente—. Por favor, dime que sabes cómo salir de aquí.

El ruido de pasos apresurados y voces humanas en la distancia rompió la conexión que Kiryana sentía con el tigre. Los cuidadores del zoológico se acercaban, alertados por alguien que había visto movimientos sospechosos cerca del recinto.

—¡Tenemos que irnos! —exclamó Denki, tirando de Kiryana con más fuerza.

Ambos corrieron hacia la reja, pero la escalada fue mucho más torpe con la prisa. Kiryana logró saltar primero, teletransportándose al otro lado justo cuando uno de los cuidadores llegaba al lugar.

Denki, mientras tanto, estaba atrapado en la parte superior de la reja, intentando bajar sin llamar la atención.

—¡Date prisa! —susurró Kiryana desde el otro lado.

Con un último esfuerzo, Denki saltó, aterrizando torpemente pero sin hacerse daño. Ambos corrieron hacia una zona más concurrida, mezclándose con los demás estudiantes.

Cuando el grupo se reunió más tarde, el guía del zoológico frunció el ceño mientras miraba alrededor.
—Es extraño, —dijo, ajustándose las gafas—. Encontramos marcas en el recinto de los tigres, como si alguien hubiera estado ahí.

Denki y Kiryana intercambiaron una mirada rápida, pero mantuvieron la calma.

—Debe haber sido un animal salvaje, —dijo Denki, encogiéndose de hombros con una sonrisa nerviosa.

El guía los miró por un momento más antes de continuar con la explicación.

Esa noche, mientras regresaban a casa, Kiryana no podía dejar de pensar en lo que había sucedido. Hizashi, que los había recogido de la escuela, notó su silencio.

—¿Qué pasó? —preguntó, mirando a ambos en el retrovisor.

—Nada, solo un día interesante, —respondió Denki rápidamente, cubriendo a Kiryana.

Más tarde, cuando estaba sola, Kiryana reflexionó sobre cómo sus instintos la habían llevado al recinto de los tigres. Aunque había sido emocionante, también se dio cuenta de que tenía que ser más cuidadosa. No siempre podía dejarse llevar por su naturaleza, especialmente cuando ponía a Denki en peligro.

—Lo siento, —murmuró para sí misma, con la determinación de aprender a manejar mejor sus impulsos.