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La risa de Pedri siempre había sido ruidosa, transparente, el tipo de risa que contagiaba a cualquiera en el vestuario. Esa noche, en la terraza de un restaurante discreto y elegante de Castelldefels, esa risa llenaba el aire cálido del atardecer. En la mesa estaban Pedri, su novia Alejandra —una chica morena, guapa y con presencia, cinco años mayor que él y del mismo pueblo en Tenerife— y Ferran, que había sido invitado a última hora.
—Joder, de verdad, amor —decía Pedri entre carcajadas, limpiándose una lágrima mientras daba un trago a su vaso de agua—. Ferran en el entrenamiento de hoy casi se cae de espaldas intentando chilenas. Parecía un potrillo, te lo juro. Es un peligro público.
Ferran soltó una risa baja y negó con la cabeza, mirándolo con una sonrisa mansa.
—Oye, que casi entra —se defendió suavemente—. No seas exagerado, tío. Tú tampoco es que estuvieras mucho mejor con esos pases.
Pedri rio más fuerte. Ferran se inclinó ligeramente hacia adelante sobre la mesa, con naturalidad.
—Pásame el agua, Pepi —dijo con voz baja y calmada.
Pedri tomó la botella de agua y se la acercó sin pensarlo. Al recibirla, Ferran rozó deliberadamente sus dedos con los suyos, manteniendo el contacto un segundo más de lo necesario. Luego, después de colocar la botella sobre su lado de la mesa, con la misma naturalidad, se inclinó un poco más hacia él y, usando el pulgar, le limpió suavemente una pequeña mancha de salsa que Pedri tenía en la comisura de los labios.
El toque fue lento. Suave. El pulgar de Ferran se demoró un instante de más, presionando apenas el labio inferior del canario antes de retirarse.
—Ya estás limpio. —murmuró Ferran con voz baja y cálida, mirándolo a los ojos— Muy guapo.
Pedri sintió un calor extraño subirle por las mejillas, pero solo sonrió y siguió hablando como si nada.
Alejandra, sin embargo, observaba todo con los ojos entornados, cada vez más incómoda.
En un momento, mientras Pedri hablaba emocionado de una jugada, Ferran se inclinó hacia él y le puso una mano en el hombro, apretándolo ligeramente.
—Oye, cuéntale a Ale esa chilena que casi metes el otro día en el entrenamiento —dijo Ferran con voz suave, pero con esa autoridad natural que parecía tener sobre Pedri.
Pedri sonrió y empezó a contarlo con entusiasmo, mientras, Ferran no quitó la mano de su hombro en todo el relato, acariciando distraídamente con el pulgar la tela de su camiseta. Alejandra notó cómo los dedos de Ferran se clavaban un poco más fuerte cuando Pedri se reía y como sus ojos iban desde su mano en su hombro a su garganta y se subían hasta posarse en sus labios, le parecía un poco increíble que Pedri no se diera cuenta de lo que pasaba.
Más tarde, cuando trajeron los platos, Ferran cortó un trozo de su carne y se lo acercó a Pedri con el tenedor.
—Prueba esto, Pepi. Está muy bueno —le dijo, sosteniendo el tenedor cerca de su boca.
Pedri abrió la boca sin pensarlo y probó el bocado. Ferran sonrió satisfecho.
—¿Ves? Te dije que te iba a gustar. Come más, que estás muy flaco últimamente.
Alejandra apretó el tenedor en su mano. No era solo el gesto, era la forma en que Ferran lo miraba mientras Pedri masticaba: una mirada oscura, hambrienta, como si estuviera disfrutando el simple hecho de alimentarlo delante de ella. Como si estuviera marcando territorio...
En otro momento, Pedri se quejó de que tenía la espalda tensa del entrenamiento.
—Ven, déjame —dijo Ferran inmediatamente. Se levantó un poco de su silla y le puso ambas manos en los hombros, masajeándolos con firmeza delante de todos—. Estás hecho un nudo, chaval. Relájate.
Pedri soltó un pequeño gemido de alivio y se dejó hacer, echando la cabeza hacia atrás mientras cerraba los ojos, completamente perdido por un momento en el toque de su compañero de equipo. Ferran sonrió por encima de su cabeza, mirando directamente a Alejandra con una expresión que parecía decir "mira cómo cuido de él".
—Así me gusta —murmuró Ferran cerca del oído de Pedri, lo suficientemente bajo para que solo él (y Alejandra) lo escucharan—. Buen chico.
Alejandra sintió que la sangre le hervía. Cada roce, cada orden disfrazada de preocupación, cada "Pepi" dicho con esa voz baja y controladora... todo era demasiado.
Cuando Pedri se levantó al baño unos minutos después, el ambiente en la mesa se volvió gélido.
Ferran se recostó en su silla, cruzando los brazos con lentitud. La sonrisa educada seguía ahí, pero sus ojos se volvieron fríos y calculadores al fijarse en Alejandra.
—Se le ve muy feliz contigo —comentó Ferran con tono suave y educado.
Alejandra soltó una risa corta y seca, sin apartar la mirada.
—¿De verdad te importa si es feliz conmigo? —respondió ella, con la voz cargada de molestia—. Porque a mí me da la impresión de que preferirías que no lo fuera.
Ferran levantó una ceja, fingiendo sorpresa, pero la comisura de sus labios se curvó en una sonrisa apenas perceptible, casi burlona.
—Solo digo que se le ve bien. Relajado. Como si estuviera en buenas manos —dijo, enfatizando ligeramente la última palabra—. Yo solo quiero lo mejor para él. Somos como hermanos, ya sabes.
Alejandra apretó la mandíbula. El tono de Ferran era amable, pero había algo debajo que la sacaba de quicio. Esa forma de hablar como si ya tuviera algún derecho sobre Pedri.
—Claro... hermanos —repitió ella con ironía—. Por eso no quitas las manos de encima de él en toda la noche.
Ferran sonrió más abiertamente, pero sus ojos seguían fríos.
—Solo soy cariñoso. Pedri es de los que necesitan que lo cuiden un poco. Tú deberías saberlo mejor que nadie.
Antes de que Alejandra pudiera responder, Pedri regresó del baño secándose las manos con una servilleta.
Ferran cambió el semblante al instante, volviendo a ser el amigo cercano y sonriente de siempre.
—Ven, siéntate aquí mejor, Pepi —le dijo, señalando la silla justo a su lado—. Estás muy lejos.
Pedri obedeció sin pensarlo, moviéndose de sitio con una sonrisa. En cuanto se sentó, Ferran le pasó un brazo por los hombros de forma natural y le apretó ligeramente.
—¿Todo bien? —le preguntó Ferran en voz baja, casi íntima—. Te vi un poco cansado hoy en el entreno.
—Un poco, sí —respondió Pedri, recostándose ligeramente contra él sin darse cuenta—. Mañana va a ser duro.
Ferran sonrió y le dio un apretón más firme en el hombro.
—Tranquilo, yo te cubro. Como siempre.
Alejandra se sintió completamente fuera de lugar. La cena, que supuestamente era para los tres, parecía cada vez más una conversación privada entre Pedri y Ferran. Ellos dos riendo, Ferran tocándolo constantemente, dándole órdenes suaves y Pedri obedeciéndolas sin rechistar. Ella estaba ahí, pero era casi como si... sobrara.
Unos minutos después, Ferran miró su teléfono y soltó un suspiro.
—Chicos, me tengo que ir ya —dijo con tono casual, levantándose de la mesa—. Tengo una cita en un rato y no quiero llegar tarde.
Pedri levantó las cejas, sorprendido.
—¿Una cita? ¿Con quién?
Ferran sonrió con picardía y le guiñó un ojo.
—Alguien interesante. Ya te contaré mañana, chaval.
Ferran pagó su parte de la cuenta con una sonrisa relajada y se despidió de ellos en la puerta del restaurante. Le dio a Pedri un abrazo más largo de lo normal, palmándole la espalda con cariño, y solo le dedicó una sonrisa educada y fría a Alejandra.
—Nos vemos mañana en el entreno —le dijo a Pedri con voz suave—, descansa.
Ya en el coche, de camino al departamento de Pedri, Alejandra no aguantó más.
—Pedri... ¿no te das cuenta de cómo te mira Ferran? —preguntó con la voz tensa, casi exasperada—. La forma en que te toca todo el rato, cómo te dice qué hacer, cómo te trata como si fueras suyo...
Pedri soltó una carcajada suave, negando con la cabeza.
—Cariño, otra vez con eso. Es Ferran. Solo es cariñoso. ¿No oíste que tenía una cita? Déjalo ya.
Alejandra lo miró incrédula.
—¿Una cita? —repitió con ironía—. Entonces, si tenía una cita, ¿por qué se metió en nuestra cena? ¿No era que no querías dejarlo solo porque "estaba solo en la ciudad y no tenía a nadie"? ¿Ahora de repente tiene una cita a las once de la noche?
Pedri frunció el ceño, visiblemente molesto.
—Ale, por favor... ¿puedes parar? Estás viendo cosas donde no las hay. Ferran es mi amigo, nada más. No empieces con tus paranoias otra vez, que me agobias.
Alejandra apretó los labios y miró por la ventana, con un nudo de rabia y frustración en el estómago. Sabía lo que había visto durante toda la cena, y sabía que Ferran no tenía ninguna cita.
Ya en su coche, conduciendo de vuelta a Castelldefels, Ferran encendió la música baja y dejó escapar un suspiro largo y satisfecho. La noche había salido mejor de lo que esperaba.
Al llegar a su casa, una moderna y amplia propiedad con vistas al mar, aparcó en el garaje y entró con paso relajado, se quitó la chaqueta y la tiró sobre el sofá del salón. Fue directo a la nevera, sacó una cerveza fría y le dio un trago largo, sintiendo cómo el líquido helado le bajaba por la garganta.
Caminó descalzo hacia la terraza, el aire nocturno de Castelldefels esa noche era fresco, exactamente lo que necesitaba para bajar un poco la temperatura que le había ocasionado esa cena. Ferran se apoyó en la barandilla de cristal, mirando las luces doradas de la costa que se extendían bajo él. Dio otro trago a la cerveza y cerró los ojos, dejando que la brisa le recorriera la piel. La sonrisa que se le dibujó en los labios fue oscura, lenta, casi animal.
—Pobre Alejandra... —murmuró con una risa baja y ronca, casi un gruñido de satisfacción—. Se nota que está desesperada. Cada vez que te toco, cada vez que te digo qué hacer... se le pone esa cara de asco y rabia. Qué divertido.
Recordó cada detalle: el pulgar presionando el labio inferior de Pedri, la forma en que el canario se sonrojó sin entender por qué, el gemido suave que soltó cuando le masajeó los hombros, cómo se recostó contra él sin pensarlo, confiado, inocente... tan necesitado.
Ferran cerró los ojos un momento y soltó un suspiro más profundo, casi un gemido bajo. Sintió cómo su cuerpo reaccionaba solo con el recuerdo. El pulso se le aceleró. Bajó una mano lentamente por su abdomen tenso, rozando la tela del pantalón, mientras en su mente veía a Pedri de rodillas frente a él, con los labios hinchados, mirándolo con esos ojos grandes y confusos.
—Joder, Pepi... —susurró en la oscuridad de la terraza, con la voz ronca de deseo—. No tienes ni puta idea de lo que te voy a hacer.
Se apretó a sí mismo por encima de la ropa, imaginando la boca caliente y obediente de Pedri, sus gemidos ahogados, la forma en que se sonrojaría al llamarlo "señor" por primera vez. El pulso le latía con fuerza en la entrepierna. Dio otro trago largo a la cerveza, sintiendo el contraste del frío en la garganta con el calor que le quemaba el cuerpo.
—Vas a ser mío —murmuró contra el borde de la botella, con los ojos entrecerrados y una sonrisa posesiva—. Pronto.
El viento siguió soplando, pero Ferran ya no sentía el frío. Solo sentía el fuego de la anticipación.
Todo iba exactamente como él quería.
