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La Torre
La brisa soplaba con fuerza en lo alto de la torre más alta de la ciudad.
Un joven muchacho apoyó un antebrazo sobre la fría piedra de la almena mientras sostenía entre los dedos una pipa tallada en nogal negro. Aspiró con calma. La hojamarga mezclada con menta ardía despacio, dejando un humo aromático y fresco que el viento dispersaba casi de inmediato.
Desde aquella altura podía contemplarlo todo.
Al este, una inmensa arboleda teñía el horizonte de verdes profundos. Sus copas parecían un océano inmóvil que se extendía durante leguas hasta confundirse con el Bosque de Dioses y, mucho más allá, con el Bosque Real, donde ningún campesino se aventuraba sin un buen motivo.
Al oeste, los campos de cultivo rebosaban vida. Trigo, cebada, avena y hortalizas formaban un mosaico dorado y esmeralda que prometía otra cosecha abundante. Los molinos giraban lentamente y los jornaleros parecían hormigas desde aquella distancia.
Al norte, las suaves colinas descendían hasta el gran lago que daba nacimiento al Mander. El agua brillaba bajo el sol de la tarde como una lámina de plata. Decenas de barcos pesqueros regresaban cargados, mientras elegantes barcazas de nobles, con grandes velas con insignias bordadas, avanzaban con lentitud, impulsadas por remeros uniformados.
Y al sur...
El camino de baldosas amarillas serpenteaba hasta unirse con el Camino de las Rosas. Era la arteria que mantenía con vida la ciudad. Carros cubiertos de lona llegaban cargados de lana, vino, madera, harina y hierro. Otros partían rebosantes de grano, jabón, queso, cerveza y aceite. Nunca estaba vacío.
Era una vista hermosa.
Demasiado hermosa.
Él levantó lentamente la mirada hacia el cielo.
Durante un instante dejó de ver las nubes.
En su lugar imaginó dos enormes sombras.
Una de bronce.
Otra de plata.
Sus alas eclipsaban el sol.
Los dragones descendían rugiendo sobre Ladera.
Fuego.
Torres derrumbándose.
Los campos convertidos en brasas.
Las murallas fundiéndose.
Los gritos.
Las personas corriendo sin destino.
Todo reducido a cenizas.
...
Parpadeó.
El cielo volvió a estar vacío.
Solo nubes.
Solo el viento.
Solo el humo de su pipa.
—Disculpa... Aenar...
La voz sonó tan insegura que rompió por completo el momento.
El muchacho giró la cabeza.
Sara permanecía junto a la puerta de acceso a la torre.
—Tu... Lord Footly te informa que la cena será en el solar... no en el salón principal.
Aenar expulsó lentamente una nube de humo con aroma a menta.
—Gracias, Sara.
Ella hizo una pequeña reverencia.
—De nada.
Él dio un paso hacia ella y entonces reparó en un detalle.
Sara sostenía el gorro entre las manos en lugar de llevarlo puesto.
Varios mechones castaños escapaban del peinado y caían sobre su frente. Era evidente que había intentado arreglarse antes de subir a buscarlo, pero el viento de la torre había deshecho parte del trabajo.
Aenar sonrió con una mezcla de diversión y ternura.
Como ella era unos años mayor y bastante más alta, simplemente alzó una mano.
—¿Puedo?
Sara abrió mucho los ojos.
No respondió.
Él apartó con delicadeza los mechones rebeldes y los acomodó detrás de su oreja.
—Así está mejor.
Sara permaneció inmóvil.
—G-gracias...
Aenar asintió con naturalidad y comenzó a descender la escalera de caracol.
Detrás de él solo alcanzó a escuchar cómo la muchacha soltaba el aire que, al parecer, llevaba conteniendo desde que había subido.
No era la primera vez.
Y ya empezaba a ser demasiado frecuente.
Cada vez más niñas y muchachas se ponían nerviosas cuando tenían que hablarle.
Aquello, sin duda, iba a meterlo en problemas.
Más temprano que tarde aparecería algún padre convencido de que estaba rondando a su hija.
O algún hermano dispuesto a demostrar su hombría con los puños.
Y si aquello seguía igual...
Dentro de un par de años probablemente también tendría maridos furiosos buscándolo con antorchas.
«Fantástico.»
Sacudió la cabeza con resignación.
Antes de abandonar el último rellano se detuvo frente a la gran ventana recién instalada.
El cristal era completamente transparente.
Todavía no habían colocado el vitral encargado al maestro vidriero, así que actuaba como un enorme espejo.
Aenar se encontró frente a sí mismo.
Suspiró.
No podía culparlas.
Parecia el maldito Mark Lester en "Diabólica malicia", solo que con una piel casi translúcida, un cabello plateado que de hecho parecía plata hilada, y unos ojos amatista que brillaban incluso sin recibir directamente la luz.
Era una belleza extraña.
Antinatural.
Casi irreal.
Y, para empeorar las cosas, existía todo el peso de las supersticiones.
Los bastardos.
Hijos de la lujuria.
Seres impíos.
Frutos del pecado.
Personas peligrosas por naturaleza.
Eso parecía volverlo más... "emocionante".
«La fruta prohibida», pensó con ironía.
—Vaya suerte la mía...
Soltó una carcajada baja.
Su "infortunio", en más de un sentido.
Dio una última calada a la pipa y exhaló lentamente contra el cristal.
El humo cubrió por un instante el rostro del hermoso muchacho, que nadie vea al hombre detrás de la cortina.
Luego el viento se lo llevó.
Aenar guardó la pipa en el cinturón y continuó descendiendo por la escalera de la torre más alta de Ladera.
