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Argentina era un país exportador, desde sus inicios así se estructuró, y si bien era famosa por sus carnes y otros productos agropecuarios últimamente tenía un producto altamente cotizado en el extranjero: el omega argentino.
Por décadas el mundo subestimó la capacidad de los omegas en las actividades deportivas, apuntando a favorecer la admisión de alfas y algunos pocos betas en equipos y competiciones. Sin embargo, poco a poco notaron que la fuerza de los alfas no bastaba para llevar a la victoria a un equipo, o para ganar medallas en los Juegos Olímpicos, necesitaban flexibilidad y velocidad… necesitaban omegas.
Grandes figuras del deporte eran alfas: Serena Williams, Cristiano Ronaldo y Michael Jordan, por ejemplo. De hecho, Argentina tenía su puñado de deportistas alfas: Paula "la Peque" Pareto, la selección de rugby "Los Pumas" (que se componía de una mayoría alfa) y el mismísimo Diego Maradona. Pero lentamente, y sobre todo recientemente, se lanzaron al estrellato deportivo los omegas: Charles Leclerc, Simone Biles y Lionel Messi, entre otros.
Este último era incluso uno de los deportistas más cotizados del mundo, además de ser ampliamente reconocido a nivel internacional. Lionel Messi había saltado a la fama gracias a su gran habilidad futbolística, era un líder nato y su humildad y gran corazón lo hacían digno de ser admirado por todo aquel que tenía la chance de pisar el mismo pasto de una cancha junto a él.
Sin embargo, no era el único omega argentino que se destacaba en el extranjero. Franco Colapinto se había asegurado un puesto en la Fórmula Uno, deslumbrando al público con su carisma y sorprendiendo en las pistas con su alta capacidad de adaptación y lucha constante. De igual manera, y específicamente en el ámbito del fútbol, Julián Álvarez, Lisandro Martinez y Valentín Barco habían logrado llegar a la Liga Europea, teniendo en cuenta que provenían de pueblos o pequeñas ciudades al interior del país, y destacaban por su velocidad y hasta agresividad de juego. Especialmente Lisandro Martinez, no por nada lo apodaban “el carnicero”. ¿Quién se imaginaría que un omega tendría ese apodo?
No cabía duda, los omegas argentinos estaban llegando a lo más alto y, una vez allí, no podían ser ignorados. Ya sea si fueran dominantes o no, ahí estaban para quedarse.
Y pobre del que se atreviera a meterse con el alfa de un omega argentino.
