Chapter Text
—¿Otra vez juntos ustedes dos? —preguntó Marito al entregarles la llave de la habitación.
—¿Y qué querés? Ya nos conocemos las mañas —respondió Cuti.
El utilero de la selección se rió ante la sinceridad del delantero, y les dió lugar para que pasen a su habitación.
—Nunca te olvidas de nada vos ¿eh? —agradeció Lisandro cuando vió que le habían acomodado la cama pegada a la ventana como a él le gustaba.
—Alguien tiene que tener la cabeza pegada al cuello acá, sino no vamos para ningún lado —respondió el utilero con una viveza que hizo reír a los centrales—. Cualquier cosa que necesiten, me chiflan.
—Como siempre —afirmó el entrerriano dejando el bolso sobre su cama—. Gracias, Marito.
El cordobés repitió el agradecimiento y el utilero los dejó acomodarse por su cuenta.
Cristian tomó la cama que quedaba libre sabiendo que nunca iba a tener chance de quedarse con la otra porque su compañero era un obsesivo de dormir con una brisa golpeándole la cara. Inclusive si eso hacía que el cordobés tuviera que dormir más tapado de lo que le gustaba, aceptaba las peculiaridades de su amigo, sabiendo que él también tenía las suyas. Como le había dicho a Marito, ya se conocían las mañas.
—¿Conseguiste palo santo al final? —preguntó Cuti acomodando la ropa en el único armario que tenía la habitación.
—Sí, tuve que frenar en una santería viniendo para acá —confirmó el entrerriano sacando el palo santo del bolsillo de su bolso— ¿Vos trajiste el Magiclick?
—Me puedo olvidar los botines, pero nunca el magicli’ —afirmó el cordobés apoyando el aparato en la mesita de luz.
Si bien tenían que jugar unos amistosos nomás, no era una instancia que requería la invocación de fuerzas externas, la cábala se respetaba igual. Así que ellos habían traído su palo santo y su Magiclick como habrían hecho en cualquier otra competencia.
—¿De Moli sabés algo? —interrogó Licha extrañado de no haberse cruzado a su otro amigo en la concentración.
—Me dijo que estaba viendo —informó Cuti tirándose a la cama después de acomodar—. Seguro en cualquier momento cae.
El comentario apenas había terminado de salir de la boca del cordobés cuando alguien golpeó la puerta dos veces antes de abrirla sin esperar respuesta.
—¿Se puede o siguen acomodando las tangas?
Nahuel Molina apareció con el bolso colgado de un hombro y una sonrisa burlona dibujada en la cara.
—Sos la luz mala vos —comentó Lisandro sin levantar demasiado la vista del bolso que seguía desarmando—. Te nombramos y aparecés.
—¿Andaban hablando de mi? Espero que cosas buenas —retrucó el cordobés mientras se inclinaba a saludar a Cristian.
—Justo hoy te estábamos sacando el cuero —jodió el central provocando que el otro le pegara una cachetada en la nuca.
Molina dejó el bolso en el piso y recorrió la habitación con la mirada. Decir que estaba sorprendido de que sus amigos ya tenían todo organizado habría sido una mentira. La dupla siempre se destacó por tener la habitación impecable.
—Ni cinco minutos pasaron y ya acomodaron todo —comentó mientras se acomodaba en uno de los sillones que tenía la pieza.
—Algunos preferimos tener la pieza en orden —contestó Licha.
—No como otros que la tienen hecha un nido de ratas —agregó Cuti con intención.
Molina rodó los ojos ante la exageración de sus amigos. Su habitación podía no ser la más organizada del plantel, pero él se manejaba en el desorden.
—Después los jodo con que ustedes dos parecen un matrimonio y se me ofenden.
Los dos centrales levantaron la ceja al mismo tiempo y Nahuel casi se les ríe en la cara.
—¿Y eso a qué viene? —preguntó Lisandro desentendido.
—Y que entré hace treinta segundos y ya me retaron por cómo tengo la pieza —respondió Molina como si la respuesta fuera obvia.
—Porque sos un desastre —refutó Cuti exactamente al mismo tiempo que lo decía Licha.
Hubo un segundo de silencio en el que los tres amigos se miraron de reojo. A Nahuel, por su parte, se le ensanchaba la sonrisa que decía “¿Ven?”. Mientras que Licha y Cuti se hacían los despistados.
Molina se los dejó pasar mientras negaba con la cabeza entretenido y abría el minibar sin ningún tipo de permiso.
—¿Qué hacés? —protestó Cuti.
—Inspección técnica —respondió el cuatro ganándose un resoplido de su amigo.
El defensor hizo un paneo del minibar que no tenía nada más interesante que un par de botellas de agua y unas cajas de alfajores. Esto último le llamó la atención.
—¿Qué hacen con los alfajores en la heladera? —cuestionó mientras sacaba uno.
—Es que se me derritieron un poco en el bolso —admitió Cuti y Lisandro se rió.
En todas las concentraciones le pasaba lo mismo a pesar que el entrerriano ya le había comentado que los tenía que poner en una bolsa térmica. A quien parecía no importarle si los alfajores estaban un poco derretidos fue a Nahuel que se estaba terminando ya el que había agarrado.
—Están buenos, eh —comentó con la boca medio llena.
—Ojala te haga mal a la panza —refunfuñó Cuti sin ninguna maldad verdadera—. No puede ser que recién llegamos y ya me estás choreando alfajores.
—Sos el único que trae de estos —se defendió Molina quien estaba tentado a agarrar uno más.
Licha observó la escena apoyado contra la cama, entretenido. Esa era una escena que también se repetía en cada concentración sin falta.
—Dejalo a este que se hace el malo pero los trae porque sabe que son tus favoritos —informó el entrerriano ganándose un dedo del medio del otro central.
—El Cuti es un cutie al final —agregó Molina yendo a despeinar al otro central.
Cristian se lo sacó de encima con un manotazo, pero la sonrisa inevitablemente se le escapaba.
—Nunca entendí la movida de ese chiste —comentó el cordobés.
—Vivís en Londres, Cuti, cómo no lo vas a entender —se quejó Nahuel provocando una risa a Licha.
—A ver explícame, genio.
—Que cute es tierno en inglés —aclaró el cuatro con tono de obviedad.
—Eso te lo explicó tu novia —rezongó el cordobés—. Si vos tenés menos inglés que Tevez.
El cuatro se le lanzó encima al central empezando una pelea que poco tenía de serio, mientras que Licha negaba con la cabeza. Dos años mentales tienen, pensaba mientras chequeaba el grupo de la selección para ver si los otros ya habían llegado.
—A ver los nenes —interrumpió Lisandro separando a los cordobeses que estaban imitando una pelea de lucha libre bastante amateur— ¿Vamos bajando? Ya deben estar cayendo todos.
Los defensores se separaron no sin antes levantarle el dedo índice al otro como diciendo “la próxima te gano”.
—Si, vamos que además yo tengo que pasar por mi pieza primero —agregó Nahuel levantando su bolso del piso.
—Todo a último momento, vos —contestaron Licha y Cuti al unísono.
Nahuel soltó una carcajada.
—No, bueno, ustedes no tienen arreglo.
La sala común ya estaba bastante más llena que cuando Nahuel había ingresado cinco minutos antes. Entre el ruido de las manos que se chocaban y las palmadas en la espalda, los saludos seguían cruzándose de una punta a la otra del salón. Ya se escuchaba incluso algún que otro grito reclamando un mate, mientras otros saqueaban la mesa con las facturas que había del otro lado de la sala.
—Che, ¿quedará alguna medialuna viva? —preguntó Lisandro, estirando el cuello por encima de un par de cabezas para pispear la mesa.
—Conociéndolos a estos, deben haber volado hace una hora —contestó Cuti.
—¿Recién llegamos y ya te estás quejando? —dijo una voz que aparecía de atrás.
El central se volteó y fue recibido por la sonrisa canchera de Enzo quien entraba a la sala junto con Julián. Los amigos se abrazaron entre ellos compartiendo saludos de bienvenida.
—¿Recién llegamos y ya estás apencado a Julián? —rebatió el central haciendo que el mediocampista se sonroje un poco.
—A su defensa, yo le pedí que me pase a buscar —comentó el delantero a su lado.
—No lo defiendas al turro este, Juli —objetó Licha codeando a Enzo en broma—. No se lo merece.
—No te pongas celoso, Licha, la próxima te paso a buscar a vos también —dijo el ex River pasándole un brazo por los hombros al entrerriano.
—No, por favor, no quiero ser el tercero en discordia —se rehusó el central consiguiendo que Julián se sonroje y Enzo le pegue en la nuca.
—Sí, no te lo recomiendo —se metió Molina levantando las cejas como queriendo decir “Mirá que vos no sos quién para hablar”.
Salvado por la campana, un par de llamados desde la otra punta del salón captaron la atención del grupo rompiendo con su conversación. Era Paredes desde la otra punta del salón que les estaba haciendo un gesto con la mano para que vayan a sentarse en la mesa que ya compartía con De Paul y Messi.
—Hasta que ustedes terminan de boludear ya nos bajamos un termo —se quejó De Paul en broma cuando el grupo se acomodó en la mesa.
—Te guardé una’ medialuna’, Licha —comentó Messi pasándole el plato con sus facturas favoritas al entrerriano.
—Uh, gracias, Leo —respondió el central guiñandole un ojo al capitán.
El diez de la selección se rió con nerviosismo ante el gesto y levantó la mano como quitándole importancia al asunto.
Licha agarró una y, sin siquiera mirarlo, empujó el plato hacia Cuti. El cordobés tomó una sin preguntar y siguió escuchando a De Paul que había empezado a contar una anécdota con Leo.
La conversación siguió con ese ritmo natural que tiene una charla entre amigos que tienen que ponerse al tanto. Iban desde el viaje de alguno, a un gol del fin de semana o quién iba a hacerse cargo del parlante del vestuario.
Nadie parecía reparar en la facilidad con la que la comida iba cambiando de plato sin pedir permiso entre los centrales, en cómo cuando uno se perdía en lo que venía contando el otro lo terminaba por él, o en cómo parecían tener conversaciones enteras con apenas una mirada.
Para ellos era rutina, mientras que para el resto de la Selección era evidencia suficiente para seguir alimentando un rumor que llevaba varias concentraciones circulando por los pasillos.
El primer entrenamiento de la concentración siempre tenía el mismo ritmo. Los jugadores se encargaban de despabilar los músculos después del viaje, Scaloni aprovechaba para reencontrarse con el resto del cuerpo técnico e iban repartiendo indicaciones para volver a entrar en sintonía con el grupo.
Durante la entrada en calor, el plantel se acomodó en el círculo del mediocampo para jugar un medio. La ronda empezó con la intensidad habitual de cualquier entrenamiento de selección, sin que nadie quisiera lesionarse, pero tampoco tan suave para que pierda diversión. La pelota iba de un lado al otro a uno o dos toques mientras el que quedaba en el medio corría detrás de ella con la agudeza necesaria para robarla.
Ya adentrados en la práctica, Scaloni los había dividido en dos grupos para jugar un reducido.
Cuti alcanzó a interceptar un pase filtrado y, casi sin levantar la cabeza, jugó de primera hacia un espacio que había en el costado izquierdo.
El pase parecía ir a nadie. O, al menos, eso pensó Simeone mientras arrancaba a correr para recuperarlo y se vió cortado por Lisandro que llegó antes. El central había empezado la carrera incluso antes de que Cuti tocara la pelota.
—¡Bien ahí! —se escuchó a Aimar desde un costado de la cancha.
El entrerriano dió un pase largo al medio y la jugada siguió como si nada.
—¿Cómo mierda hacen? —bufó Enzo cuando la pelota salió unos segundos después.
—¿Qué cosa? —preguntó Cuti, genuinamente confundido.
—Eso de pasarse la pelota cuando ni se miran —respondió el mediocampista con el ceño fruncido.
—Es como cuando vos le tirás un centro a Julián —explicó el entrerriano y Enzo puso cara de haber entendido perfectamente a qué se refería.
Ayala como árbitro improvisado hizo sonar el silbato y la pelota volvió a girar antes de que el cinco pudiera seguir pensando en eso. La charla murió ahí, reemplazada por los gritos de siempre.
—¡De primera!
—¡Perfilate!
—¡Buena, buena!
El reducido recuperó el ritmo enseguida. Cuti volvió a anticipar un pase, Licha ya estaba cerrándole la línea al que recibía y, del otro lado, Julián aparecía en el lugar exacto donde Enzo había imaginado un segundo antes. En una selección que llevaba años compartiendo cancha, había duplas que ya no necesitaban explicaciones.
Scaloni observó el movimiento con los brazos cruzados y asintió apenas, satisfecho. No dijo nada. No hacía falta. Después de tantas concentraciones, había conexiones que el cuerpo técnico ya daba por descontadas.
Un rato más tarde, el silbato marcó el final de la práctica. Entre botellas de agua, cargadas y promesas de revancha para el día siguiente, el plantel se fue desarmando y emprendió rumbo de regreso al hotel.
Después de la cena, algunos se quedaron en el salón del hotel mirando un partido de la primera fase de la Champions que ya nadie seguía con demasiada atención. Lo Celso insistía en que el árbitro era un desastre, Paredes le llevaba la contra por deporte y Molina se había acomodado en un sillón con una bolsa de papas que iba perdiendo contenido cada vez que Cuti pasaba por al lado y metía la mano.
—¿No te podés comprar las tuyas? —protestó Nahuel, apartando la bolsa.
—¿Y perderme el gusto de robarte? —rebatió el central metiéndose otra papa en la boca—. Ni en pedo.
—Rata —bufó el defensor y se ganó un golpe en la nuca.
Licha soltó una risa por la nariz y siguió mirando el televisor, aunque era difícil concentrarse con el quilombo que había alrededor. Cada concentración era un reencuentro. Durante el año el único contacto se daba por el grupo de whatsapp, y, aquellos que compartían liga, de tanto en tanto tenían la ventaja de encontrarse en la cancha, pero nada reemplazaba la calidez de volver a compartir una semana con los mismos de siempre en la concentración.
Un rato más tarde, cuando el partido terminó y las conversaciones empezaron a apagarse, cada uno fue levantándose para ir a descansar.
—Mañana nos hacen correr —murmuró Enzo mientras bostezaba.
—Como si hoy hubiéramos venido a tomar mate —contestó Paredes.
—Ya tenía que saltar el bostero —retrucó el ex River y se ganó el abucheo de un par de xeneizes que había en el plantel.
—Mirá mejor andá a dormir antes que me pare —amenazó en broma Leandro.
—¿Vamos, Enzo? —se sumó Julián tratando de tapar un bostezo con la mano.
—Nosotros también nos vamos —anunció Licha, incorporándose del sillón.
Cuti asintió con un bostezo y estiró los brazos por encima de la cabeza.
—Cinco minutos más y me quedo dormido acá.
De a poco el salón fue quedando vacío. Los restos de comida se apilaron sobre la mesa ratona, alguno se olvidó un buzo en el respaldo del sillón y desde el pasillo empezaron a llegar los primeros deseos de buenas noches.
Cuando entraron de nuevo a la habitación, el silencio resultó casi extraño después del bullicio del resto del plantel.
La rutina se instaló entre ellos sin necesidad de una sola palabra. Licha fue directo al baño con el neceser bajo el brazo. Cuti, mientras tanto, dejó el celular cargando sobre la mesa de luz, apoyó los botines contra la pared para que no quedaran en el medio y abrió apenas la ventana antes de correr la cortina. Sabía que, si la cerraba del todo, al otro le iba a dar calor durante la noche.
Desde el baño llegó el ruido del agua correr y Cristian aprovechó esos minutos para acomodar un par de cosas que habían quedado desordenadas después de desarmar el bolso. Dobló un buzo sobre la silla, le cargó la botella de agua a Lisandro, corrió los bolsos del medio de la habitación así no se los tropezaban mañana cuando se despertaran adormilados y le dejó una frazada más sobre la cama a su amigo, sabiendo que, si bien le gustaba dormir con la ventana abierta, en medio de la noche le agarraba chuchos de frío.
Cuando escuchó abrirse la puerta del baño, ya tenía el pijama puesto. Lisandro se adentró a la habitación, todavía con el pelo húmedo y la toalla colgándole del cuello, su botella de agua ya lo estaba esperando sobre la mesa de luz. La miró un segundo, como tratándose de acordar en qué momento la había colocado ahí, hasta que cayó en cuenta que seguro había sido obra del cordobés.
—Gracias —dijo, más por costumbre que por necesidad.
Cristian nomás asintió con la cabeza y desapareció en el baño para su turno de bañarse.
El entrerriano ocupó su lugar casi por reflejo. Revisó que la ventana siguiera abierta lo justo y necesario, desenchufó el cargador del reloj de Cuti quien siempre se lo olvidaba conectado, apagó el palo santo que seguía largando una finísima estela de humo desde la mesa de luz y se metió bajo las frazadas, sonriendo al ver la extra que había aparecido a sus pies.
No era una coreografía ensayada porque nunca habían hablado de quién hacía qué. Simplemente, con los años, cada uno había terminado ocupando siempre el mismo lugar, haciendo los mismos movimientos, hasta el punto de que el otro ya contaba con ellos sin darse cuenta.
Cuando Cuti salió del baño, encontró la habitación exactamente como esperaba. La ventana entreabierta, la luz del velador de Licha apagada, la suya todavía encendida y al entrerriano ya acomodado de costado, con el brazo por debajo de la almohada y la vista perdida en el celular.
—¿Ponés la alarma? —preguntó Lisandro sin levantar la vista.
—Ya está —respondió el cordobés dejando su celular en la mesita de luz.
Cuando Cuti se acostó y apagó la luz de su velador, la oscuridad terminó de tragarse la habitación.
A los pocos minutos, el único sonido que quedaba era el del tránsito lejano filtrándose por la ventana y dos respiraciones que, después de tantas concentraciones compartiendo pieza, parecían haberse acostumbrado a encontrar el mismo ritmo.
El sonido estridente de la alarma sobresaltó a Lisandro alejándolo de las garras del sueño y trayéndolo de vuelta al mundo de los vivos.
—Cuti, la alarma —protestó con voz ronca el entrerriano.
Si bien su compañero de habitación siempre era el encargado de poner la alarma, también era el que tenía el sueño más pesado de los dos. Una guerra podía estar librándose al lado de la ventana del Cuti y el central iba a seguir durmiendo.
Lisandro, incapaz de volver a caer en los brazos del sueño, agarró la almohada y se tapó la cara. Él amaba al Indio con todo su corazón, pero despertarse al son de El Pibe de los Astilleros no era lo que él llamaría una mañana ideal.
—No está de mi lado —respondió después de un rato el cordobés quien ni siquiera había despegado la cabeza de la almohada.
Lisandro suspiró un poco molesto de que nadie había apagado la alarma todavía. Se sacó la almohada de la cara y estiró la mano a la mesita de luz palpando la superficie hasta que dió con el celular. Al parecer Cuti tenía razón, la alarma venía de su lado. Cuando por fin la apagó, el celular se iluminó con el fondo de pantalla mostrando una foto de la mascota del cordobés. Licha volvió a suspirar. Este tarado se dejó el celular de mi lado.
Estaba a punto de deslizar el dedo para abrir la cámara y dejarle de regalo una foto con cara de enojado al otro defensor, cuando el celular se desbloquea con el reconocimiento de rostro. Lisandro frunció el ceño ante el suceso. ¿Desde cuándo Cristian tenía su cara habilitada para desbloquear el celular? El entrerriano le restó importancia, pensando que una vez que Cuti se despierte le podía preguntar y volvió a su plan original de bombardearle el celular con las selfies más feas alguna vez vistas por la humanidad. Cuando se abre la cámara, esta ya estaba programada en modo selfie. Lisandro levanta la mano para acomodar el ángulo y, de repente, la respiración se le queda atorada en la garganta. Las manos se le congelan y él celular cae rebotando sobre su abdomen. ¿Qué re mil poronga?
El defensor se frota los ojos, incrédulo de lo que acababa de ver, y, por las dudas, se pellizcó fuerte el brazo en caso de que siguiera soñando. El problema fue que cuando prestó atención a las manos que estaban pellizcando su brazo, vió tatuajes que no eran los suyos, un color de piel que era un tono más oscuro y un par de manos que tenían dedos más alargados. El corazón se agitaba cada vez más en su pecho y le costaba respirar en un ritmo calmado. Con las manos temblorosas, volvió a tomar el celular que seguía con la pantalla prendida en la cámara y enfocó nuevamente su cara. Una vez más fue recibido con una imagen imposible.
Sin esperar otro segundo, se levantó alterado de la cama y fue casi corriendo al baño de la habitación. Prendió la luz de un manotazo y se paró frente al espejo. Los ojos que lo recibieron eran de un color marrón que él conocía bien, pero que no pertenecían a su persona. El pelo negro se elevaba en ángulos extraños después de haber sido frotado contra la almohada. Los labios carnosos carecían de su color rosado vívido, sino que estaban más bien pálidos. Lisandro podía reconocer todo lo que estaba fuera de lugar con el reflejo que estaba viendo, porque era una cara tan familiar que ya la tenía grabada en la retina. Sin embargo, lo que más fuera de lugar estaba, por encima de todo lo demás, era que el espejo le estaba mostrando el rostro de Cristian Romero.
Abrió la canilla y dejó que el agua helada se acumulara en sus manos antes de lavarse la cara. Cuando volvió a levantar la vista, el reflejo seguía siendo el mismo.
En estado de shock salió del baño y se dirigió nuevamente a la habitación. Los pasos que daba eran en piloto automático. Su mente seguía en el baño parada en frente del espejo que le devolvía un reflejo imposible.
—Cristian —llamó el entrerriano con la voz temblorosa.
No sabía cómo iba a explicarle a su amigo lo que estaba pasando, cuando ni siquiera él era capaz de levantar la vista para ver donde descansaba su amigo por miedo de enfrentarse con su propia imágen.
—Sí, en cinco —respondió el cordobés, pero su voz sonaba exactamente como la suya.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Lisandro que, a su vez, estaba tratando con todas sus fuerzas no gritarle a su amigo que se levantara de una vez que era urgente.
—Cristian, despertate —exclamó con la voz más seria rogando que el tono disparara una alarma en su amigo.
No pasó.
—Dame cinco te dije —respondió el central elevando la colcha para quedar totalmente oculto bajo ella.
Lisandro, con la paciencia agotada, cruzó la habitación, agarró la colcha junto con las sábanas en su puño y las arrojó hacia atrás, dejando su cuerpo, o el de Cristian, ya no sabía cómo referirse a él, al descubierto.
Cuti, envenenado por la actitud infantil que estaba teniendo su amigo esa mañana, se giró para calzarle un bife si era necesario.
—¿Qué te pasa, che culia-
La mano le quedó suspendida a mitad del movimiento. En su lugar, pegó un gritó que probablemente se había escuchado hasta el pasillo y se paró de un salto al lado de la cama poniendo distancia entre lo que estaba viendo y él.
Licha se habría reído al verlo frotarse los ojos y pellizcarse el brazo justo como había hecho él hacía un momento, sino fuera porque estaba viendo a su propio cuerpo desde afuera. La experiencia era tan surreal que lo dejaba sin palabras.
Cuti, por su parte, al darse cuenta que, efectivamente, ya no estaba soñando, corrió al baño a verse en el espejo. Licha lo siguió silencioso. No había nada que pudiera decir para calmar a su amigo. Al menos, ahora los dos estaban al borde de un brote psicótico.
Cuando se asomó por la puerta del baño, su amigo estaba tocándose la cara con los ojos abiertos por el nerviosismo. Al sentir su presencia de reojo, el cordobés se giró hacia él, todavía asimilando que estaba mirándose a sí mismo, pero al mismo tiempo a Lisandro.
—¿Qué carajo hicimos? —preguntó Cristian con la voz incrédula.
