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Your love, My Exile

Summary:

Ilya Rozanov creció creyendo que la vida de los establos y el campo era lo único que iba a conocer. Los caballos no entendían de linajes y el viento nunca se atrevía a cuestionar la pesadez de su apellido, así que lo tenía todo, creia no querer más nada.
Al menos hasta que Shane Hollander, el omega que juró odiar para siempre a los diez años y heredero de la familia para la que trabajaba, le pidió que le enseñe a montar a caballo y blandir una espada.
Amar a un omega que también lo amaba sin pertenecer a su familia se convirtió en un disparate digno de exilio.

Chapter 1: La niñez

Chapter Text

Ilya Rozanov tenía seis años cuando aprendió que el sol salía para todos, y sin embargo muy pocos se dejaban despertar por él. Era algo tonto considerar eso a su corta edad; pero le gustaba observar. Su madre bebía los primeros rayos de luz de la mañana en la terraza, esa que por suerte todavía conservaba la madera sana. Su padre, por otro lado, pasaba las mañanas encerrado en el sótano; trabajando. No le gustaba salir y prefería las temporadas frías del invierno antes que las cálidas del verano como él y su mamá.

A pesar de ir contra pronóstico, lo admiraba mucho porque trabajaba sin descanso; pero torcía su pequeña carita cada vez que el cansancio le nublaba los sentidos y le afilaba la voz cuando se dirigía a ellos.

Ilya estaba casi convencido que era la falta de luz lo que lo tenía tan molesto tanto tiempo, así que se alegró muchísimo cuando consiguieron trabajo en el campo, no muy lejos de ahí, de parte de una buena familia que les brindó una mano. Y por buena familia, estamos hablando de la que pertenece a la Corona.

Resultaba que el Príncipe David Hollander necesitaba mucha ayuda con su finca, mientras que su consorte, Yuna Hollander, precisaba, por otro lado, de un par de manos femeninas en la cocina. El llamado a su familia fue un tanto fascinante porque probablemente la posición que tenía la familia de Ilya era ínfima en comparación a otras. Sin embargo, Ilya no entiende mucho de eso, solo recuerda a sus padres conversarlo después de la llamada que tuvieron con ellos.

La teoría de Ilya era cierta; la oscuridad dañaba el humor de la gente. Ahora, puede ver a su papá sonreír más seguido. Le enseña todo sobre los establos, pues la finca es enorme. Ilya no está tan seguro de que sea bueno tener tanto campo, pero la familia Hollander parecía saber lidiar con ello, no eran los únicos que trabajaban por ahí.

Su afinidad por los caballos, naciente desde que tiene memoria, se intensifica cuando conoce los establos de la finca; hacen ruidos divertidos y mueven la cola como si quisieran pelear con el viento; Ilya cree que es bastante gracioso. Hay uno blanco, lleno de manchitas marrones, y pequeño, casi recién nacido, pero es muy peludo. Es su favorito desde que lo vio el día que Yuna y David les enseñaban la finca. Lo mira de lejos, por supuesto, mientras su papá lo lleva de una zona de estabilización a la otra para alimentarlos, sus ojitos curiosos y brillantes persiguiendo cada rastro de movimiento.

—No es necesario que estés toda la mañana conmigo—el alfa le palmea delicadamente el hombro cuando pasa por su lado para cerrar el establo—. Podés ir a jugar con tus caballitos. Con mamá, quizás, si pedís permiso para entrar. No creo que Doña Yuna tenga problema.

Ilya se miró las zapatillas desgastadas, su vergüenza vertiéndose en calor sobre los pómulos altos; si bien los dueños de la finca se habían portado muy dulce con él estos pocos días que llevaban viviendo más de cerca en la finca, todavía sentía timidez al dirigirse a ellos. Tenía caballos de juguetes que llevaba a todos lados; pero no se comparaban a ver unos de verdad, por supuesto. De todas formas, sonrió—. ¿Y cuando se despierten los puedo ver de nuevo?

El alfa asiente con seguridad, y entonces Ilya salta de su lugar en la valla y corre para atravesar la finca. El sol le quema en la espalda y casi se tropieza con sus propios pies; pero no se detiene.

Lo único que logra detenerlo es el pequeño niño que oculta la cara en la puerta de la casa de los Hollander.

—Hola—saluda, la voz agitada, pero todavía animada, algo confusa también; no tiene idea de quién es. Su cabello oscuro le hace creer que podría ser parte de la familia, pero no se lo presentaron—. Hola, soy Ilya.

El chico levanta la mirada; sus brillantes y cálidos ojos le acarician las facciones. No parece estar de muy buen humor; tiene la nariz roja.

—Hola. Mi mami no me dijo que había un bebé acá.

Ilya pisotea—¡No soy un bebé, tengo seis años!

El niño se sorbe la nariz, abriendo más los ojos y señalándose—. ¡Yo también! Mi nombre es Shane.

—Okay. Hola, Shane ¿Por qué me dijiste bebé?

—Caballito—señala Shane, a su mano, ignorando sus palabras. Ilya sigue su mirada; todavia tiene su pequeño caballo de plástico en la mano. Estira para mostrárselo; Shane sonríe, tiene colmillos pequeños y contagia bastante la gracia. Ilya de repente olvida porque le molestó que lo llame bebé.

—Es mi caballo—cuenta, orgulloso—. Apolo. Mi mami eligió el nombre. ¿Ves que es casi negro? Porque le da mucho el sol; se tostó.

Shane estira la manito para tocarlo; retrayéndose a último segundo. Se ríe, sin embargo—¡Le falta pelo, Ilya!

—No pueden tener pelo, duh, juegan en el agua.

Los ojitos del niño frente a él se iluminan—¿En el agua?

—Obvio. Vení; te muestro. Tengo muchos más. Te puedo regalar uno.

Y así de rápido se hizo amigo de Shane Hollander.

Saludaba a sus caballos muy temprano porque su papá siempre intentaba enseñarle algo nuevo sobre ellos, pero después corría a través de toda la finca para encontrar a su nuevo amigo. Siempre lo esperaba en el mismo lugar; su sonrisa radiante, la piel acariciada por el color dorado del sol. Las risitas cortaban la ferocidad del viento y apaciguaban el ardiente calor que traía el verano.

—¡Lo haces chapotear mucho!—Shane se ríe, empujando su caballo blanco contra el de Ilya. La lluvia de la noche anterior trajo consigo unos perfectos charcos en los que ensuciarse, cosa que probablemente vaya a molestar bastante a sus padres, pero podían lidiar con ello cuando termine la jornada.

—Es porque se bañan—explica Ilya, riéndose cuando Shane reemplaza los chapoteos de su caballo por los de su mano; las gotas de agua tocándole la cara a Ilya—. ¡Hay que dejar que se bañen, Shane! O quedarán sucios para siempre y eso no es agradable; huelen a pasto.

—Bien, pero si les da hipo es tu culpa.

Ilya sonríe para si mismo cuando las manitos de Shane buscan más caballos para acomodarlos en el borde del charco, arrancando pasto para que coman.

—No me dijiste cómo se llama tu caballo—Ilya señala con la barbilla el blanco que eligió la semana pasada cuando Ilya le ofreció uno.

Él observa su juguete; pensativo, hasta se muerde el labio inferior. Los ojos de Ilya se iluminan, dejando escapar una risita traviesa.

—Ella es…Ayla—decide, pasándose una mano húmeda por la cara y por el pelo—. ¡Ayla! Es bonita.

—Me gusta—acepta Ilya, asintiendo con la cabeza, sus rulos dorados rebotando con el movimiento; agraciados con el sol—. Bien, entonces es una invasión de caballos. Dame el…

—¿Piensan habitar en la frialdad de la lluvia todo el día, chicos?—la voz de Irina resuena detrás de ellos; divertida y dulce a la vez. Ilya frunce su pequeño ceño y se voltea para verla, Shane imitándolo, sus manos todavia ocupadas en el agua—. Shane, amor, tu mamá te está buscando.

El niño se levanta como un resorte, su flequillo húmedo bailando con él. Ilya se incorpora despacio, triste como siempre que tiene que interrumpir su sesión de juegos para volver a la vida real.

—¿Usted me lleva con ella, Señora Rosanó?—y estira su manito para q la agarre. Irina se ríe con cariño; sin atreverse a corregirle el apellido mal pronunciado.

—Es Rozanov—Ilya sí se atreve, limpiándose las rodillas sucias y alcanzando la otra mano de su mamá. Shane se mantiene en silencio; intentando pronunciar la palabra en susurros.

—Es una palabra difícil—concluye, en un suspiro, la omega apretándole la mano para darle tranquilidad.

—Es verdad—concuerda su madre, con un asentimiento suave de cabeza—. No te preocupes, aprenderás. En movimiento, chicos, no quiero que un resfrío los maltrate.

La Princesa Yuna es mucho más amable que su consorte cuando se trata de dos niños jugando después de la lluvia. Por suerte, ella acapara mucho de su cónyuge cuando están juntos, así que Ilya no tiene que esconderse detrás de las rodillas de su mamá esa tarde; la calidez de Yuna lo invita a sonreírle, y sonreírle a Shane.

—Mañana podríamos jugar otra vez—asiente Shane, sorbiendo la nariz. Recibe una suave caricia de parte de su mamá; la risa de ambas mujeres melodiosas.

—Si no se enferman, por supuesto—afirma Irina.

Ilya se acerca para darle un rápido abrazo a su nuevo amigo; Shane soltando una risita suave y aguda en su oído; apretándolo en su agarre. Cuando lo suelta, todavía lo saluda con la mano incluso cuando su mamá lo arrastra hacia el otro lado de la finca.

—Debés ser muy prudente cuando juegues con Shane, amor mío—su mamá advierte, la suavidad escurriéndose en la ferocidad que pueden significar sus palabras—. Algún día formará parte de la Corona, su familia se rige por costumbres muy distintas a las nuestras.

Ilya frunce su ceño de nuevo, tentando de llevarse la mano a la boca en medio de su confusión.

—¿Acaso la Corona no…juegan?

Irina se ríe; la pregunta de su hijo simplemente ridiculizaba las costumbres de la nobleza, llevándolas a la simpleza absoluta.

—No bajo el frío ni sobre el barro, me temo.

Ilya bufa; poco convencido—Que vida tan aburrida.

Y su mamá se ríe de nuevo, tiene toda la razón, al menos en una gran parte.

 

En pocos días descubrió que no solo era divertido jugar a los caballos con Shane; cualquier cosa a su lado lo hacía reír. El niño era gracioso incluso si solo miraban los caballitos pasear por el campo cuando Grigori los dejaba libres antes de darles de comer; y en poco tiempo dejaron de pasar solo una jornada juntos, y pasaron a compartir las noches estrelladas del verano como si al otro día el cielo fuese a comérselas.

Sus familias dejaban que suceda simplemente si Ilya podía dormir en una habitación del palacio después; la de Shane para ser exactos, y Yuna discutió muchas horas con David para permitirlo. Finalmente lo logró, sin embargo a Irina no le gustó lo poco convencido que se encontraba David Hollander con la situación. Pensó en hablar con su marido sobre ello, pero lamentablemente lo dejó pasar como quien elige dejar entrar el viento molesto en una habitación. Además, ellos eran muy pequeños como para que esto sea un problema todavía.

Cuando cumplieron siete, Ilya no pasaba un solo día sin Shane. Lo despertaba en la mañana temprano; desde su lugar bajo la ventana, hasta que el niño asomaba la cabellera despeinada por la ventana bañada en el oro del sol y le sonreía, los ojos cerrados, reacios a la impresionante luz, pero no lejanos a su despertar.

Se ponían los poblanos en la cabeza y correteaban por el espacio que Grigori les permitía correr; jugando a perseguirse, o a intentar tirarse al suelo mutuamente. Las risas llenaban el espacio verde, atraía la atención de más doncellas que realizaban sus labores cerca, o de sus propios padres; mientras unos miraban desde la altitud de una terraza, los otros desde las plantas más bajas donde trabajaban.

La segunda vez que Shane lloró en frente de Ilya fue porque se cayó corriendo y se lastimó la rodilla; el raspón le hizo sangrar.

—Shane—Ilya le toca el hombro con suavidad, el niño hipando sus sollozos en el suelo—. Esperá aquí. Iré a buscar a tu mami.

—¡No!—negó el niño, entre su llanto buscó la mano de Ilya para detenerlo. Lo último que quería era quedarse solo ahí cuando el sol comenzaba a bajar, y tampoco quería que su mamá le llame la atención—. ¡No me dejes!

—¡Te hiciste una herida!

—No te vayas, Ilya, te lo ruego—pidió de nuevo, usando su manito libre para limpiarse la cara. Ilya hizo un mínimo puchero y asintió con la cabeza—. Ya no me duele, te prometo.

—Está bien—aceptó, sentándose a su lado, sin dejar ir su mano. Shane simplemente la apretó entre sus dedos—. Mi mamá dice que es buena señal cuando una herida sangra—comenta, buscando distraerlo. Lo escucha sorber la nariz; el sol cae muy lejos de ellos, pero se mantiene cálido donde todavía existe.

Shane voltea levemente para verlo—¿De verdad?

—Yo le creo. Dice que eso significa que tus defensas trabajan, y que te vas a curar.

El niño sonríe levemente—. Yo creo que me estas curando vos, Ilya—bromea, entre risitas—. Cuando me das la mano, duele menos, ¿Ves?

Ilya sonríe y repite la presión sobre sus manos unidas. Shane apoya la espalda en el pasto, aparentemente exhausto, e Ilya lo sigue, sin dejarlo ir todavía. Si le servía a sus defensas, no tenía por qué soltarlo, ¿Verdad?

Lo poco que recuerda de esa noche lo involucra a él, las estrellas nacientes en el cielo, y un extraño sentimiento de pertenencia que le acaricia el cuerpo como si quisiera engullirlo.

 

La primera vez que el Príncipe Hollander le pidió a Shane que interrumpa su sesión de juego con Ilya, ambos tenían ocho años. Fue raro, desestabilizante, espinoso.

Pasaban todo el tiempo posibles juntos; la vida de ambos se nutría a costa de la del otro como si no conociesen la existencia antes de las risas entre ellos. Cualquiera a su alrededor podría ver lo importante e inofensiva que era su amistad en el palacio; pues las paredes del castillo estaban llenas de protocolos y políticas, pero no se escapaban de la ternura. Habían pocos niños en Valenor, por lo que las travesuras no pasaban muy desapercibidas en el pueblo, sin embargo, nunca molestaron, hasta ese día.

—Shane—la robusta voz del Príncipe resonó en la pequeña capilla donde el papá de Ilya guardaba sus herramientas. El día lluvioso fuera, sin rastro de lo que solía ser un verano caluroso, les impedía jugar por el campo como estaban acostumbrados. Habían llevado sus caballitos de juguete bajo techo, por supuesto.

—Pa… —si bien Shane tenía apenas ocho años, no escapaba del tono que tenía la voz de su padre; su voz sonó confusa—. Estamos jugando.

—A casa. Ahora. —sentenció, como si estuviese dictando una condena.

Grigori apareció detrás de él, un par de tijeras y sogas en la mano; su aspecto también le arrastraba de confusión la expresión.

—¿Ocurre algo, alteza?

David se volvió hacia Grigori, alzando apenas las cejas por su intromisión; casi sorprendido de que el hombre se encuentre en su lugar de trabajo, donde pertenece por medio día más.

—Si su jornada lo permite, buen hombre, he venido a buscar a Shane.

—Pero… estamos jugando… —se quejó el niño, que de todas formas se levantó con cuidado de su lugar y dejó sus caballos en el suelo.

—Deja trabajar a los muchachos. Es hora de tus estudios.

—Pero…

—De prisa, Shane. Sabes cuánto detesto repetirme.

Ilya observaba el intercambio con ojos confusos, atentos a todo detalle, levemente tensos. Desde Shane, que parecía avergonzado por la interrupción, hasta el Príncipe, que parecía no querer abandonar la instancia sin sacar a su hijo de ella.

Shane apoyó una mano en el hombro de Ilya, y él estuvo a punto de cubrirla con la suya.

—Ahora. —insistió el Príncipe. Shane lo soltó, e Ilya lo vio marcharse arrastrado por su padre, los pasos del hombre siempre más largos que los del niño.

Cuando Ilya quedó a solas con su padre, él le dedicó una mirada de compasión que en su momento no supo descifrar.

Sin embargo, no pensaba rendirse. La noche cayó, y con ella, el deseo de Ilya de saludar a Shane antes de irse a dormir, verlo una vez más después de ese extraño desencuentro. Tuvo que pedirle a sus padres que avancen hacia la habitación sin él, y prometerles que iba a tener cuidado ya que él nunca vagaba por el campo una vez la jornada laboral finalizaba.

Se paró debajo de donde sabía se encontraba la ventana de la habitación de Shane; las amas de llave habían cerrado cualquier entrada al palacio que le permita llegar a su habitación de manera más accesible, el silencio lo rodeaba.

Intentó pispeando; pero Shane no lo oyó. Impaciente, buscó piedritas en el suelo para intentar tirarlas. Falló con las dos primeras, pero la tercera golpeó suavemente en el vidrio, quizás haciendo más ruido del que podía permitirse.

Apenas diez segundos después salió Shane; los ojos y la nariz roja, sus iris iluminándose en cuanto nota a Ilya debajo de su balcón.

—Ilya—su vocecita sube un par de niveles; cargada de emoción. Aprieta las manitos en torno al barandal e intenta ponerse en puntitas de pie—. ¿No deberías estar descansando ya?

—Shhhh, he venido a darte las buenas noches.

Shane sacude su manito—Noches, noches.

—¿Estuviste llorando?—sus susurros casi gritos no deben estar pasando desapercibidos. Shane sacudió la cabeza, negando. Ilya se cruzó de brazos e intentó de nuevo buscar la verdad—Tu nariz está roja.

—Me la pellizqué—y se la frota con la palma de la mano de nuevo. Ilya frunce su pequeño ceño en su dirección, entornándolo con la mirada—. Está bien…sí. Pero solo porque mi papá estaba enojado conmigo.

Ilya no entiende en lo más mínimo por qué ese hombre estaría enojado por lo que sea, pero tampoco sabe mucho de nada como para ponerse a cuestionarlo.

—Esperame ahí, puedo bajar.

Ilya abre los ojos con su idea, la desesperación tiñendo sus suaves facciones.

—No, ¿Perdiste la cabeza? Te vas a meter en problemas, Shane.

—No importa—usa el pie para pisar un barandal, que lo impulsa más alto, y otro, y otro. No está muy alto, si puede aferrarse a las piedras de decoración que tiene la pared, bajar no va a ser difícil.

—¿Como vas a entrar después? Cuidado—sisea, dando pasos en su dirección cuando el chico se resbala levemente.

—De la misma manera. No vas a decirle a nadie, ¿No?

Ilya le da la mano cuando Shane pisa una zona rugosa y salta para caer al piso.

Le sonríe como toda respuesta.

 

(…)

 

Vivir creciendo alrededor de tu mejor amigo ablandaba el corazón, pero vivir creciendo alrededor de la Corona podía enfriarlo en los momentos más vulnerables. Shane no entendía por qué la familia de Ilya no comía en la misma mesa que ellos, o por qué tenían habitaciones separadas dentro del Palacio, tampoco entendía por qué el Príncipe daba tantas órdenes, y Grigori ninguna. Sabía que su familia pertenecía a un linaje especial, pero no sabía por qué la familia de Ilya no.

Sin embargo, aprendía de sus padres. Yuna era amorosa con todos, e intentaba muy activamente que no se note la diferencia de vidas entre los trabajadores del Palacio y los dueños del mismo. Mientras que su padre ponía todo de sí para dividir los espacios, dejar en claro quién mandaba, y trazar los límites hasta los que la clase trabajadora podía al menos rozar. Ese tipo de poder era un tanto venenoso, porque si bien Shane no creía mucho en él, podía hacerlo con tal de ganar una discusión.   

Nunca peleaba con Ilya, desde los seis años lo único por lo que discutían era por dónde instalar a sus caballitos de juguete, pero esa mañana, nublada y fría, parecía haber prometido con la lluvia un desenlace. El niño estaba intentando convencerlo de tomar una primera clase con Grigori, su padre, para aprender a montar los caballos.

—Hoy no, Ilya, ¡Mi padre quiere que vuelva temprano!

Ilya sonrió apenas, esa frase sonaba muy rara en sus labios.

—¿Desde cuándo te importan las limitaciones del Príncipe?

Shane apretó los labios, tenía diez años, pero ninguno podía negar de la veracidad de esa oración incluso a esa edad. Pasó mucho tiempo yendo en contra de la corriente cuando el Príncipe David intentaba pisarle la espalda con responsabilidades estúpidas, escapando de sus protocolos con tal de ver a Ilya, o verlo más tiempo, desafiando la durabilidad del brillo de las estrellas que se cernían sobre ellos, anhelando que la noche no termine, que no salga el sol y con él, que Shane tenga que volver a la habitación.

—Yo no puedo hacer lo que me venga en ganas como vos—refuta, cruzándose de brazos. Ilya detiene sus manos que jugaban con los hilitos en la soga.

—No hago lo que quiero siempre…yo también tengo responsabilidades.

—Distintas a las mías—lo interrumpe, Ilya cierra la boca—. Dejá de actuar como si fueses igual que nosotros. No lo sos, no vas a serlo nunca.

Hace tiempo Ilya creía que Shane nunca iba a ser remotamente parecido a su padre, o a la gente como su padre, que eran muchos… pero a él no le daban miedo. Nada le daba miedo si tenía a Shane a su lado. Sin embargo, y le pesa el alma mientras lo reconoce; su madre tenía razón, su papá le había advertido con la mirada, él se había atrevido a pensarlo también.

Ilya nunca volvió a jugar con Shane de la misma manera desde entonces, el dolor que le generó su oración no parecía querer irse. Se prometió odiarlo, y aunque no pudo hacerlo nunca, al menos le hizo creer que si.