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La última vez que había estado tan nervioso había sido durante su primera y última cena con los padres de su ex. Como ahora, no podía dejar de mover la pierna y de apretarse los puños mientras permanecía sentado en uno de los bancos de la comisaría de Racoon City. Hacía meses que no recibía ninguna oferta de trabajo tras su marcha fortuita de las Fuerzas Armadas tras insubordinación. Por supuesto, este pequeño detalle no ayudaba mucho a la hora de volver a reintegrarse en algún oficio militar o policial. Si estaba allí, era gracias a Barry, quien le había comentado a su jefe que tenía un amigo muy capaz que buscaba sitio en su unidad.
Chris levantó la vista y observó la placa de S.T.A.R.S. que tenía delante. ¿En serio iban a contratarlo viendo su pasado? Según Barry, no era una unidad cualquiera, pero no sabe si se refería a profesionalidad o a todo lo contrario…
—Chris.
A su lado había aparecido Barry con otro hombre detrás. No había cambiado nada. Incluso la paternidad tampoco le habían hecho mella en su aspecto campechano.
—Te presento al capitán Marini.
Intentando controlar sus nervios, le dio la mano al hombre de detrás, quien se presentó con una sonrisa.
—Soy Enrico Marini, capitán del Equipo Bravo y subjefe de S.T.A.R.S. Sé que habías quedado con que te entrevistara el jefe, pero un pequeño imprevisto llamado Irons se lo ha impedido —al decir esto, miró a Barry, quien secundó su mirada de desdén—. No era plan de decirte que volvieras otro día, así que me ocuparé yo de la entrevista.
Chris solo podía asentir, sin poder articular palabra ya sea por la imponente figura de Marini o porque deseaba tener un trabajo ya y no quería dar mala impresión. Solo esperaba que no hubiera leído su historial, aunque estaba algo tranquilo porque, si lo hubieran leído, no le hubieran ni llamado… ¿O Barry habría hecho magia?
Tras entrar en el despacho, comenzó la entrevista. A pesar de que Enrico intentaba ser amable con él y no ocultaba su sonrisa, Chris debía estar haciéndolo realmente mal por las caras de Barry, pero el capitán tenía una paciencia infinita.
—Como comprenderás, el tema de la insubordinación… —oh, lo han leído—… No entiendo por qué ha aceptado entrevistarte… Barry, ¿le prometiste unas entradas para el próximo partido de fútbol?
—Bien sabes que es imposible extorsionarlo, Enrico.
Asintió y volvió a mirar los informes de Chris. Por una vez, su sonrisa había desaparecido.
—Lo siento, pero no entiendo nada de esto… Me caes muy bien, Chris, y siento que se te podría enderezar un poquito, pero el Equipo Bravo está cubierto. En S.T.A.R.S., los novatos entran en el Equipo Bravo, encargado de la investigación de campo y luego, si sus facultades se lo permiten, pueden promocionar al Equipo Alfa, más de acción y temas más importantes… Aunque mis hombres no se quedan atrás, por supuesto.
Escuchó las disculpas del hombre durante cinco minutos antes de dejar el despacho bajo las disculpas de Barry. Incluso le invitó a cenar, pero Chris no tenía hambre precisamente ahora. Se despidió de él y emprendió su marcha hacia la salida de la comisaria. Cuando Claire le llamara para preguntarle por su nuevo trabajo, tendría que inventarse una excusa mejor que la de que seguía barajando ofertas.
Justo cuando pasaba ante una puerta medio abierta, oyó varios gritos que lo detuvieron en seco.
—¡No me vengas con idioteces! ¡Todos los recursos van a tu unidad, la cual todavía no la he visto hacer algo decente! —golpe en la mesa—. ¡Dos macarras que no paran de armarla en los suburbios de la ciudad, una niñata que el primer día rompió todas las cerraduras de la comisaria! ¡¿Y qué me dices del inútil que está siempre dormido en algún banco?! ¡ESTO ES INASUMIBLE! ¡Os rascáis los huevos a dos manos sin moveros siquiera! ¡Primero tu amiguito doctor y ahora esto! ¡ESTO NO VA A QUEDAR ASÍ!
Cuando salió aquella mole que, por su placa, debía ser el jefe Irons de la policía, casi lo tira al suelo. Su cara rolliza estaba totalmente roja tras la bronca anterior:
—¡¿Y tú qué miras?!¡Lo que me faltaba: cotillas en mi comisaría!
Lo apartó de un empujón antes de que Chris pudiera disculparse. Tras alejarse, se asomó para ver por lo menos al jefe de S.T.A.R.S. por curiosidad, pero no tuvo mucha suerte: simplemente vio su espalda y su cabeza rubia mientras miraba por la ventana. A diferencia del otro capitán, su uniforme era azul oscuro y negro. A pesar de la riña, no parecía alterado ya que mantenía una respiración calmada. Alguien como él debía tener nervios de acero para soportar tal rapapolvo como si nada (o estar ya acostumbrado a ellos).
Miro hacia el pasillo ante el miedo de que volviera Irons, pero le asustó otra cosa.
—¿Quién eres?
Casi se le sale el corazón del pecho tras girarse y verse reflejado en unas gafas de sol a pocos metros de él. Se apartó de un salto y se disculpó apresuradamente. Ante él estaba el mismo jefe de S.T.A.R.S., pero ahora podía verle perfectamente la cara (o por lo menos, lo que podía ver sin las gafas). Era pálido y rubio, de gesto serio y frío. Estaba cruzado de brazos y no había traza de nerviosismo ni malestar en él. Imponía mucho, por supuesto.
—¿Eres Chris Redfield? —preguntó como si nada.
—Sí…
—¿Qué tal fue la entrevista?
—Bueno…
Chris le contó más o menos la entrevista con Marini y el hombre solo pudo frotarse la barbilla tras escucharlo todo. Miró su reloj y sin levantar la vista, le dijo:
—Tienes exactamente 7 minutos para convencerme del porqué debería contratarte.
Chris pestañeó confundido.
—¿Perdone?
—El tiempo pasa, Redfield.
¿Por qué le estaba dando una oportunidad? Estaba claro que no le iba a contratar porque no había sitio y por su manchita en sus informes… Seguro que se estaba riendo de él.
—6 minutos.
—¿Ha leído mis informes?
—Yo siempre cumplo mis obligaciones, si es a lo que te refieres.
—Conoce lo de mi insubordinación.
El hombre asintió.
—Entonces, no entiendo por qué…
—5 minutos.
No dejaba de contar sin apartar la vista del reloj.
—No hay sitio en la unidad…
—Redfield —detuvo sus preocupaciones—. Ha leído todo, estoy al tanto de todo, y aquí estoy, gastando mi precioso tiempo contigo cuando todos saben que jamás pierdo el tiempo por causas perdidas. Tienes 4 minutos para convencerme si de verdad quieres este trabajo.
De alguna forma, aquel monólogo imbuyó de energía a Chris. Aquel hombre no le consideraba una “causa perdida” y creía en él. Ahora, debía consolidar aquella confianza que le había otorgado.
—Quiero unirme a su unidad porque siento que es el lugar idóneo para mí.
—¿Porque Barry te lo dijo o porque así lo piensas?
—Porque así lo pienso.
—¿Por qué?
Chris miró el reloj de la pared. 3 minutos.
—Porque quiero sentirme útil.
El hombre no dijo nada. Solo enarcó una ceja.
—Quiero ser el soporte de la gente que se está hundiendo. Quiero ser el último apoyo que le quede a las personas que lo están pasando mal. Quiero ayudar a todo el mundo para que vean que, en este mundo, todavía existe el bien y la esperanza.
Recordó cómo tras lo de sus padres, sus abuelos fueron aquellas personas que les mostraron que, aunque hubiera crueldad en aquel mundo oscuro, siempre existiría alguien capaz de iluminarlo si sabía usar bien la luz. 2 minutos.
—Un mundo en el que exista la esperanza y el bien… ¿En serio crees eso?
—No es creerlo, capitán, es luchar por ello. Y yo estoy dispuesto a hacerlo.
—¿Hasta la última consecuencia?
—Si tiene que ser así, sí.
Notó un brillo raro en las gafas del mayor que no pudo deducir qué significaba.
—Eso no existe en este mundo, Redfield. Todavía te falta mucho por aprender. Este mundo es cruel, no es amable con nadie.
—Entonces alguien tendrá que cambiar eso, ¿no? Para eso estamos.
Ambos se mantuvieron la vista hasta que escucharon los pesados pasos de Irons regresando a la sala de reuniones.
—Se acabó el tiempo. Ha sido un placer hablar contigo.
El comisario pasó de largo y entró sin decir nada en la sala. Antes de que bufara, el hombre se giró para entrar.
—A las 7 en la oficina —dijo a modo de despedida.
—Pero…
—Enrico tenía razón: no hay sitio en el Equipo Bravo. No obstante, si hablamos del Equipo Alfa, hay una vacante. Si de verdad la quieres, mañana deberás estar en la oficina a las 7. Barry te dirá dónde es.
—Entonces —se le empezó a esbozar una sonrisa.
—Quiero ver hasta dónde llega esa visión tuya. No me defraudes.
Antes de que se cerrase la puerta, Chris hizo el saludo militar con un fuerte “SÍ, SEÑOR”.
Dentro de la sala, Wesker no escuchaba al jefe Irons escupiéndole en la cara, sino que pensaba en aquel nuevo cadete bajo su mando que prometía proporcionarle mucha diversión. Esbozó una sonrisa que congeló un momento a su interlocutor.
—Muéstrame hasta dónde consigues aguantar sin romperte. Sin lugar a dudas, será un momento muy delicioso, Chris.
