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“Los príncipes de Summerhall” : Nos Elegimos en Otra Vida

Summary:

Jon Stark ha vivido toda su vida perseguido por sueños de hielo, sangre y una muchacha de ojos violetas llorando su nombre. Convencido de que el Muro significará su muerte, huye de Invernalia después de que una mentira de su Hermana Lyanna y las manipulaciones de un maestre corrupto, destruyan su lugar dentro de su propia familia.

Al otro lado, la princesa Daenerys Targaryen —amada hija del rey Aerys II— también sueña con un joven de cabello negro y ojos grises al que siente destinada a encontrar. Cuando es secuestrada por hechiceros y vendida en secreto a un barco esclavista, Jon termina salvándola antes de que sea demasiado tarde.

Su regreso a Desembarco del Rey cambia el destino de los Siete Reinos.

Con Aerys aún cuerdo, Rhaegar feliz junto a su esposa Elia y una paz frágil extendiéndose por Poniente, Jon y Daenerys encuentran en el otro la felicidad que ambos habían perdido en otra vida. Pero incluso en un mundo donde todo marcha para un final feliz, el destino sigue siendo cruel.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter 1: Lobos y Dragones

Chapter Text

El sueño comenzó con el frío.

Siempre comenzaba con el frío.

No era el frío amable de las nevadas sobre Invernalia ni el viento helado que se colaba por las almenas durante el invierno. Era algo más profundo, un frío que parecía arrastrarse bajo la piel y aferrarse a los huesos como dedos muertos. Jon abrió los ojos dentro del sueño y volvió a encontrarse rodeado de oscuridad, respirando con dificultad mientras una tormenta de nieve rugía a su alrededor.

Entonces escuchó los cuchicheos.

—Por la Guardia…

—Lo siento…

—Tú eres nuestro hermano…

Las voces venían de todas partes y de ninguna. Jon intentó moverse, pero el dolor llegó antes. Un dolor ardiente en el vientre. Después otro. Y otro más.

Miró hacia abajo.

Sangre.

Demasiada sangre.

Hombres vestidos de negro lo rodeaban con dagas en las manos mientras la nieve se teñía de rojo bajo sus botas. Jon quiso preguntar qué había hecho, por qué lo miraban con aquella mezcla de culpa y resolución, pero apenas logró respirar. El frío entraba en sus pulmones como cuchillas.

Y entonces la vio.

Al otro lado de la tormenta había una muchacha de cabello plateado. Sus ojos violetas brillaban llenos de lágrimas mientras extendía una mano hacia él.

—Te encontré demasiado tarde… —susurró ella.

Jon despertó sobresaltado.

El aire helado de su habitación en Invernalia llenó sus pulmones mientras permanecía sentado sobre la cama, respirando agitadamente. La luna seguía alta tras la ventana y la nieve golpeaba suavemente los postigos de madera.

Otra vez el mismo sueño.

Otra vez aquella mujer.

Otra vez aquella muerte.

Se pasó una mano por el rostro antes de levantarse lentamente. Ya había dejado de intentar explicarlo. Cuando era niño había hablado de los sueños con su padre, pero Rickard Stark había dicho que solo eran pesadillas. Benjen lo escuchaba con fascinación, Ned con preocupación y Lyanna… Lyanna lo había mirado como si estuviera loco.

Con los años aprendió a callar.

Pero los sueños no habían desaparecido. Al contrario. Se habían vuelto más claros.

Y había algo de lo que Jon estaba completamente seguro.

Si iba al Muro, moriría.

El amanecer encontró al castillo cubierta de blanco. El patio estaba lleno de hombres entrenando bajo la nieve mientras el sonido del acero chocando resonaba entre los muros grises del castillo. Jon descendió las escaleras con el ceño fruncido y la capa de piel ajustada sobre los hombros.

Brandon estaba riendo cerca del patio mientras derribaba a un joven guardia con una facilidad insultante. Ned observaba en silencio junto a Ser Rodrik, y Benjen, mucho más pequeño, intentaba imitar los movimientos de su hermano mayor con una espada de madera demasiado grande para él.

Todo parecía normal.

Pero Jon ya no confiaba en la normalidad.

Fue al cruzar el patio cuando vio al maestre Walys caminando hacia la torre de los cuervos con varios pergaminos ocultos bajo el brazo. Jon se detuvo inmediatamente. Algo en su pecho se tensó.

Otra vez.

Últimamente el maestre enviaba demasiados cuervos.

Demasiadas cartas.

Demasiadas visitas privadas con mercaderes sureños.

Jon lo había visto entrar a escondidas en las bóvedas del castillo dos noches atrás. También había descubierto documentos con sellos de casas nobles del Valle y las Tierras del Río. Matrimonios. Acuerdos. Tratos que Lord Stark jamás había mencionado durante las cenas.

No tenía pruebas suficientes.

Solo sueños.

Sueños y sospechas.

Pero cada vez que miraba al maestre sentía el mismo malestar que sentía antes de sus pesadillas.

—Otra vez vigilándolo.

La voz de Lyanna lo sacó de sus pensamientos.

Su hermana estaba de pie junto al arco de piedra que daba al patio. El viento agitaba su cabello oscuro mientras lo observaba con irritación evidente.

—Tal vez porque alguien debería hacerlo —respondió Jon.

Lyanna cruzó los brazos.

—Padre ya te dijo que dejaras de acusar al maestre de cosas absurdas.

Jon la miró fijamente.

—Y yo ya te dije que tengas cuidado con él.

Ella soltó una risa seca.

—¿Cuidado? ¿Ahora también sueñas conspiraciones?

Eso hizo que Jon apretara la mandíbula.

No era solo el maestre.

También eran sus sueños sobre ella.

Siempre fuego.

Siempre sangre.

Siempre ruinas.

Y Lyanna en medio de todo.

No entendía por qué. No sabía cómo. Pero desde hacía años una parte de él estaba aterrada de lo que pudiera llegar a provocar su hermana.

—No sabes de lo que hablas —murmuró él.

Lyanna dio un paso hacia adelante.

—No, Jon. El que no sabe de lo que habla eres tú. Te pasas el tiempo mirando a todos como si conocieras secretos que nadie más entiende.

Porque así era exactamente como se sentía.

Jon apartó la vista primero.

Aquello solo empeoró durante las siguientes semanas.

El maestre continuó moviéndose por el castillo con una libertad que irritaba profundamente a Jon, y cuanto más intentaba advertirle a su padre, peor se volvían las discusiones.

Rickard Stark era un hombre justo, pero también orgulloso. No toleraba acusaciones sin pruebas, y menos contra alguien que llevaba años sirviendo a la casa Stark.

—Los sueños no son evidencia —dijo una noche durante la cena.

La mesa quedó en silencio.

Jon sintió todas las miradas sobre él.

—No son solo sueños —insistió—. Está escondiendo cosas.

—¿Y qué sigue? —preguntó Brandon con fastidio—. ¿Vas a decirnos que viste el futuro en una llama?

Benjen intentó defenderlo, pero Rickard levantó una mano.

—Basta.

La voz del señor de Invernalia fue suficiente para silenciar toda la mesa.

—Estoy cansado de esto, Jon.

Las palabras dolieron más de lo que deberían.

Porque Rickard rara vez levantaba la voz.

—El maestre ha servido fielmente a esta casa desde antes de que nacieras. No seguiré escuchando acusaciones basadas en sueños infantiles.

Jon bajó la mirada.

Y entonces sintió los ojos de Lyanna sobre él otra vez.

Fríos.

Desconfiados.

Como si realmente creyera que había algo malo dentro de él.

Todo explotó tres días después.

Jon encontró al maestre saliendo de las bóvedas acompañado por dos hombres desconocidos. Cuando intentó seguirlos, Lyanna apareció inesperadamente y comenzó a exigir explicaciones. Discutieron. Las voces subieron. Jon intentó hacerla callar antes de que alertara al maestre.

Y ella reaccionó mal.

Muy mal.

Más tarde, frente a Rickard, afirmó que Jon la había sujetado con violencia y amenazado por entrometerse en “sus asuntos”.

Jon jamás olvidaría la decepción en el rostro de su padre.

El maestre Walys aprovechó la situación como un carroñero.

Habló de la conducta errática de Jon. De sus obsesiones. De cómo vigilaba a los sirvientes y hacía preguntas indebidas. Incluso insinuó que el muchacho podía volverse peligroso.

Rickard terminó perdiendo la paciencia.

—¡Basta! —rugió golpeando la mesa con el puño.

El salón quedó en silencio absoluto.

Jon sintió rabia, impotencia y una tristeza tan profunda que casi no podía respirar.

—Padre, estoy diciendo la verdad.

—¿La verdad? —Rickard lo miró con cansancio—. Tu obsesión está avergonzando esta casa.

Jon abrió la boca para responder, pero Rickard continuó.

—Tal vez el Muro pueda enseñarte la disciplina que aquí no aprendiste.

El mundo pareció detenerse.

El Muro.

No.

El miedo golpeó a Jon con tanta fuerza que tuvo que afirmarse del borde de la mesa.

La nieve roja.

Las dagas.

La muerte.

—No iré —susurró.

Rickard endureció el rostro.

—No es una petición.

Jon lo miró durante varios segundos. Después observó a Lyanna, que parecía más sorprendida que satisfecha. Incluso Ned se veía incómodo.

Pero ya era tarde.

Aquella misma noche Jon Stark abandonó el castillo.

La tormenta rugía sobre el Norte mientras cabalgaba sin mirar atrás. No llevaba más que una espada, algunas monedas y el peso de sus sueños.

No sabía exactamente a dónde iba.

Solo sabía que una muchacha de cabello plateado lo estaba esperando al otro lado del mar.

El puerto de Puerto Blanco apareció varios días después entre la niebla gris del amanecer. Jon vendió su caballo, ocultó su apellido y consiguió pasaje en un barco mercante que zarpaba hacia Essos antes del mediodía.

Algo en el navío le desagradó desde el principio.

Los marineros evitaban hablar demasiado. Había hombres armados vigilando ciertas puertas bajo cubierta y el capitán observaba a todos como si temiera ser descubierto.

Jon comenzó a sospechar la verdad al tercer día.

Esclavistas.

Lo confirmó aquella noche cuando escuchó un grito ahogado bajo cubierta.

La pelea fue rápida y brutal.

Jon nunca supo exactamente cómo logró sobrevivir. Tal vez fueron los años entrenando con Brandon. Tal vez la desesperación. Tal vez algo peor.

Solo recordó sangre, acero y el sonido del mar golpeando el casco mientras atravesaba a uno de los hombres con la espada.

Cuando todo terminó, respiraba agitado frente a una puerta cerrada con cadenas.

Del otro lado alguien lloraba.

Jon rompió el candado.

Y el mundo pareció detenerse.

La muchacha sentada dentro de la celda levantó lentamente el rostro.

Cabello plateado.

Ojos violetas.

Los mismos ojos que había visto durante años en sus sueños.

Ella lo observó como si hubiera dejado de respirar.

—Eras tú… —susurró.

Jon sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo.

Porque él también la reconocía.

Aunque jamás la hubiera visto antes.

……………………….

El viaje hasta Desembarco del Rey duró casi dos semanas.

Dos semanas en las que Jon descubrió que Daenerys Targaryen no se parecía en nada a las princesas arrogantes de las historias. Había nacido rodeada de lujo y dragones bordados en seda, pero aun así se sentaba junto a él sobre las cubiertas mojadas del barco como si no existiera diferencia alguna entre ambos.

A veces hablaban durante horas.

Otras veces simplemente se quedaban en silencio mirando el mar.

Y, de alguna forma extraña, Jon sentía que ya conocía aquellos silencios.

Daenerys le contó fragmentos de lo ocurrido. Había desaparecido durante un viaje corto hacia Rocadragón. Su escolta fue asesinada durante la noche y ella despertó encerrada en una embarcación rumbo al este. Los hombres que la retenían hablaban de hechiceros y fuego, de sangre antigua y profecías rotas.

—Uno de ellos dijo que “la sangre del dragón debía despertar lo que duerme bajo las sombras” —recordó ella una noche, abrazándose las rodillas mientras el viento agitaba su cabello plateado—. No entendí qué significaba.

Jon tampoco.

Pero cada vez que la escuchaba hablar, una sensación incómoda se removía dentro de él. Como si partes olvidadas de otro tiempo intentaran despertar.

A veces Daenerys lo miraba de forma extraña.

Como si también estuviera recordando algo.

Cuando finalmente divisaron las murallas rojizas de Desembarco del Rey, el ambiente cambió por completo.

Incluso desde el mar podían verse las enormes cadenas cerrando parte del puerto y las patrullas de capas doradas vigilando cada embarcación que entraba o salía de la bahía. El estandarte del dragón tricéfalo ondeaba sobre las murallas mientras decenas de soldados recorrían los muelles.

La capital estaba aterrada.

Los rumores corrían más rápido que el viento:
La princesa desaparecida,
Asesinos extranjeros,
Brujos venidos del este.

El rey había movilizado hombres por todo el reino y, el príncipe Rhaegar llevaba días interrogando mercaderes y cerrando puertos.

Cuando la nave atracó, más de veinte capas doradas rodearon inmediatamente el muelle con las espadas desenvainadas.

—¡Nadie se mueva! —gritó uno de los comandantes.

Jon dio un paso al frente por instinto, pero Daenerys tomó suavemente su brazo antes de avanzar ella misma.

El silencio fue inmediato.

Los soldados quedaron petrificados.

Uno de ellos dejó caer la lanza.

—¿P-princesa…?

Daenerys alzó el mentón con una calma digna de una reina.

—Llévenme con mi padre.

El caos comenzó apenas pisaron el puerto.

Los rumores se extendieron como fuego salvaje. La princesa había aparecido. Estaba viva. Los dioses habían sido misericordiosos con la casa Targaryen.

La noticia atravesó las calles de Desembarco antes incluso de que el carruaje real llegara a la Fortaleza Roja.

Cuando Jon cruzó las puertas del castillo, comprendió inmediatamente que aquello era muy diferente a Invernalia.

Todo brillaba.

Columnas rojas, antorchas doradas, capas de seda, armaduras relucientes y dragones tallados en cada rincón. Los sirvientes corrían nerviosos por los pasillos mientras guardias armados custodiaban cada entrada.

Y en medio de todo aquello estaba el Trono de Hierro.

El rey Aerys II Targaryen descendió los escalones antes de que anunciaran oficialmente la llegada de su hija.

Jon esperaba frialdad.

Encontró furia.

Y miedo.

Por un instante el rey no pareció un monarca, sino simplemente un padre aterrorizado.

Daenerys apenas alcanzó el pie de las escaleras cuando Aerys la abrazó con fuerza.

—Creí que estabas muerta —murmuró con voz quebrada.

La sala completa guardó silencio.

Detrás del rey estaban el príncipe Rhaegar y la princesa Elia Martell. Rhaegar observó a su hermana con alivio evidente antes de fijar los ojos violetas sobre Jon.

No era una mirada hostil.

Era una evaluación.

Peligrosa.
Inteligente.
Silenciosa.

—¿Quién es él? —preguntó finalmente Aerys sin apartar un brazo de Daenerys.

La princesa se volvió hacia Jon.

—El hombre que me salvó.

Aquello bastó para cambiar el ambiente entero.

Los murmullos comenzaron inmediatamente.

Aerys observó al muchacho norteño de arriba abajo. La ropa desgastada, la espada manchada, las heridas aún visibles.

—Acércate —ordenó.

Jon obedeció.

Por un instante sintió el peso de toda la corte sobre él.

Entonces habló.

Contó lo justo:


El barco,
Los esclavistas,
La celda,
La pelea.

No adornó nada.

Y quizás por eso resultó más impresionante.

Cuando terminó, incluso algunos caballeros parecían sorprendidos.

Fue Ser Barristan Selmy quien rompió el silencio.

—Pocos hombres habrían sobrevivido solos a un barco esclavista —dijo con honestidad—. Mucho menos traerlo a puerto.

Aerys asintió lentamente.

Después giró hacia sus hombres.

—Quiero cada puerto revisado. Cada capitán interrogado. Si hay hechiceros involucrados, los encontraré.

Su voz se endureció.

—Y quiero preferentemente vivos a todos los responsables.

Los guardias golpearon el pecho con el puño antes de retirarse rápidamente.

La tensión parecía disiparse poco a poco. Algunos nobles incluso comenzaban a sonreír, convencidos de que el rey recompensaría generosamente al muchacho del Norte.

Entonces Daenerys habló.

—No quiero recompensarlo.

Toda la sala volvió a callar.

La princesa caminó hasta colocarse junto a Jon.

Y tomó su mano.

—Quiero casarme con él.

El silencio que siguió fue absoluto.

Jon sintió literalmente cómo media corte dejaba de respirar.

Rhaegar alzó apenas las cejas.


Elia abrió los ojos con sorpresa.


Incluso Barristan pareció desconcertado.

Aerys miró a su hija durante varios segundos.

—¿Explica eso, Daenerys?

Ella sostuvo la mirada de su padre sin vacilar.

—Es el hombre que estaba esperando.

Eso provocó una oleada inmediata de murmullos.

Algunos nobles comenzaron a susurrar sobre profecías. Otros simplemente miraban a Jon como si hubiera salido de un cuento.

Pero el rey no sonrió.

Observó primero a Daenerys.

Después a Jon.

Y finalmente dijo:

—Quiero hablar con él a solas.

La sala del consejo privado era mucho más pequeña que el salón del trono, pero también mucho más intimidante.

No había música.


Ni sirvientes.


Ni murmullos.

Solo el rey sentado frente a él mientras varias velas iluminaban tenuemente la habitación.

Aerys estudió a Jon durante largo rato antes de hablar.

—¿Quién eres realmente?

Jon sostuvo la mirada violeta del rey.

—Jon Stark.

Aquello provocó un cambio inmediato.

Aerys se incorporó apenas.

—¿Hijo de Rickard Stark?

—Segundo hijo.

El rey permaneció en silencio unos segundos.

—¿Qué hace un Stark en un barco esclavista al otro lado del mar?

La pregunta llegó como una espada directa al pecho.

Y Jon entendió inmediatamente que mentir sería inútil.

Así que contó la verdad.

No toda.

Pero sí suficiente.

Habló de sus sueños.


De sus sospechas sobre el maestre.


De las discusiones con su familia.


De Lyanna.


De la mentira.


Del castigo.

Aerys no lo interrumpió ni una sola vez.

Escuchó cada palabra observándolo fijamente, como si intentara descubrir si estaba loco o simplemente roto.

Cuando Jon terminó, el rey entrelazó lentamente los dedos.

—¿Y escapaste porque temías al Muro?

Jon dudó apenas un segundo.

—Sí.

No explicó por qué.

No podía.

Pero Aerys pareció notar que había algo más oculto tras aquella respuesta.

—Eres como mi Daernerys—dijo mientras se paraba lentamente de la silla—Tú también sueñas —dijo—. Eso puede ser un don… o una enfermedad.

El rey caminó lentamente hacia una de las ventanas.

—Rickard Stark siempre fue un hombre orgulloso —murmuró—. Demasiado orgulloso para admitir errores rápidamente.

Luego volvió a mirarlo.

—Y las hermanas impulsivas suelen causar más problemas de los que creen.

Jon sintió un escalofrío.

Porque durante un instante el rey pareció ver demasiado.

—Si lo que dices es cierto —continuó Aerys—, sufriste una grave injusticia.

El muchacho bajó la mirada.

No esperaba compasión.

Mucho menos de un Targaryen.

El rey permaneció callado unos segundos más antes de preguntar:

— Se que es algo pronto para preguntar, pero en vista de los hechos, ¿Amas a mi hija?

Jon levantó lentamente la vista.

Y, por primera vez desde que había llegado a Desembarco, la respuesta le resultó sencilla.

—Sí.

Aerys lo observó largo rato.

Después soltó una pequeña exhalación, casi divertida.

—Los dioses tienen un extraño sentido del humor.

Cuando regresaron al salón principal, Daenerys se levantó inmediatamente de su asiento.

La ansiedad en su rostro desapareció apenas vio la expresión tranquila de su padre.

Aerys se detuvo frente al Trono de Hierro.

—Aceptaré este matrimonio.

Los murmullos comenzaron otra vez.

Pero el rey levantó una mano.

—Con una condición.

Sus ojos se clavaron sobre Jon.

—Si vas a tomar la mano de mi hija, dejarás de ser un Stark.

La sala quedó en silencio.

—Serás Jon Targaryen.

Daenerys contuvo la respiración.

Aerys continuó:

—Príncipe consorte de Summerhall y esposo de la sangre del dragón.

Jon pensó en Invernalia.


En la nieve.


En los dioses antiguos.


En el apellido que había llevado toda su vida.

Y luego miró a Daenerys.

Ella lo observaba como si temiera perderlo incluso ahora.

Jon sonrió apenas.

—Acepto.

Daenerys cerró los ojos con alivio.

Y mientras la corte volvía a llenarse de voces y sorpresa, una única idea cruzó silenciosamente su mente.

Esta vez lo encontré antes de perderlo.

 

Chapter 2: La Primavera de los Dragones

Summary:

Fue Daenerys quien rompió finalmente el bullicio.

Se puso de pie lentamente.

Y tomó la mano de Jon.

—Tengo algo que anunciar.

Chapter Text

 

La Fortaleza Roja nunca había sido un lugar silencioso.

Siempre había pasos apresurados por los corredores, consejeros entrando y saliendo de salas privadas, caballeros entrenando en los patios y sirvientes recorriendo escaleras interminables con bandejas de vino o pergaminos sellados. Sin embargo, durante los meses posteriores al secuestro y regreso de la princesa Daenerys, el castillo pareció llenarse de algo diferente.

Risas.

No era algo común bajo el reinado de Aerys II Targaryen. El rey era respetado, incluso querido por gran parte del reino, pero seguía siendo un hombre severo, orgulloso y difícil de complacer. Su corte había aprendido hacía años a medir palabras y gestos cuidadosamente frente al Trono de Hierro.

Hasta que Daenerys regresó.

Y junto a ella, Jon.

La boda se celebró antes del final del otoño, en el gran septo de Desembarco del Rey, bajo enormes tapices negros y rojos bordados con dragones tricéfalos. Nobles de todo el Sur de Poniente asistieron al enlace entre la princesa Targaryen y el joven norteño que había rescatado a la hija del rey de manos de esclavistas y hechiceros.

Muchos que  esperaban tensión en la joven pareja.

Encontraron felicidad.

Era imposible no verla.

Los Bardos cantaban sobre almas gemelas cuando se referían a la pareja 

Daenerys sonreía como si el mundo entero hubiera dejado de pesar sobre sus hombros desde que Jon apareció en su vida. Y Jon, que durante años había vivido rodeado de sospechas, pesadillas y silencios, parecía descubrir lentamente cómo era respirar sin miedo constante.

Aerys no tardo en notarlo.

Una tarde encontró a ambos sentados en los jardines interiores de la fortaleza. Daenerys estaba recostada sobre el césped con la cabeza apoyada en las piernas de Jon mientras él leía en voz alta un libro viejo sobre Nymeria y los Rhoynar.

El rey permaneció observándolos varios segundos.

No dijeron nada.

Ni siquiera notaron su presencia.

Y por primera vez en mucho tiempo, Aerys sintió que los dioses finalmente habían tenido misericordia con su casa.

—Son insoportables —comentó Rhaegar días después mientras observaba a la pareja discutir sobre quién había hecho trampa en una partida de cyvasse.

Elia soltó una risa suave junto a él.

—Solo estás celoso porque tu esposa sí sabe ganar limpiamente.

Rhaegar fingió indignación mientras Rhaenys corría alrededor de la mesa persiguiendo a un gato blanco por todo el salón.

La vida en la Fortaleza Roja cambió lentamente a partir de entonces.

Incluso los sirvientes comenzaron a relajarse.

Daenerys arrastraba constantemente a Jon fuera de reuniones y banquetes para caminar por los jardines o recorrer la ciudad disfrazados con capas simples. Más de una vez escaparon hasta las cocinas reales solo para robar pasteles recién hechos antes de que los cocineros los descubrieran.

Y Jon reía.

Aquello sorprendía a muchos.

Porque el príncipe consorte de Summerhall seguía siendo un hombre silencioso, pero junto a Daenerys parecía distinto. Más ligero. Menos perseguido por fantasmas invisibles.

Aunque estos jamás desaparecieron del todo.

A veces despertaba sobresaltado durante la noche, cubierto de sudor frío, respirando como si acabara de correr kilómetros enteros bajo la nieve. Entonces Daenerys lo abrazaba sin preguntar demasiado.

Ella también soñaba.

Soñaba con fuego.

Con una sala destruida.

Con sangre sobre la piedra.

Y con Jon alejándose de ella entre la nieve mientras una tormenta lo devoraba lentamente.

Nunca hablaban demasiado de aquello.

Tal vez porque ambos temían entenderlo.

El invierno dio paso lentamente a la primavera y, por primera vez en años, el reino pareció tranquilo.

No había rebeliones.


No había hambrunas.


No había rumores de guerra.

Rhaegar pasaba la mayor parte del tiempo junto a Elia y su hija pequeña, y cuando el príncipe no estaba atendiendo asuntos del reino, se le encontraba tocando el arpa en los jardines mientras Rhaenys dormía sobre su regazo.

Aerys continuaba siendo un rey exigente, pero ya no se veía cansado.

La felicidad de sus hijos parecía haber suavizado incluso los rincones más ásperos de su carácter.

Y Summerhall volvió a llenarse de vida.

Las antiguas ruinas reconstruidas por orden del rey se convirtieron rápidamente en el refugio favorito de Jon y Daenerys. Allí no había corte, ni rumores, ni nobles vigilando cada movimiento.

Solo ellos.

Algunas mañanas Jon entrenaba en los patios mientras Daenerys lo observaba desde los balcones superiores envuelta en telas ligeras color lavanda. Otras veces ella insistía en montar a caballo por los campos cercanos mientras él intentaba convencerla de que desacelerara antes de terminar rompiéndose el cuello.

Nunca funcionaba.

—Creo que tu esposa disfruta asustarte —comentó Ser Barristan una vez.

Jon observó a Daenerys galopando a toda velocidad bajo el sol y soltó una pequeña risa.

—Definitivamente lo disfruta.

Pero incluso en Summerhall había momentos en los que el pasado regresaba.

Jon extrañaba el Norte más de lo que admitía.

A veces permanecía largos ratos observando el bosque desde las murallas mientras recordaba la nieve cayendo sobre Invernalia. Recordaba a Benjen siguiéndolo por los patios. Recordaba las tardes entrenando junto a Ned.

Incluso recordaba a Lyanna.

Eso era lo peor.

Porque todavía no sabía si odiarla o simplemente sentirse cansado.

Nunca regresó al Norte.


Nunca respondió las cartas de Rickard, y aunque el Lord del Norte escribió varias veces intentando reparar lo ocurrido, Jon jamás encontró fuerzas para contestar.

Daenerys entendía aquello mejor que nadie.

Una noche lo encontró despierto junto a la ventana mientras la lluvia golpeaba suavemente los cristales.

—Sigues pensando en ellos —dijo acercándose lentamente.

Jon no negó nada.

—A veces sueño con Invernalia.

Daenerys apoyó la cabeza contra su hombro.

—¿Sueños malos?

Jon tardó varios segundos en responder.

—No siempre.

Ella entrelazó los dedos con los suyos.

—Entonces tal vez todavía no esté todo perdido.

Jon quiso creerle.

De verdad quiso.

Pero los sueños empeoraron conforme pasaban los meses, los años.

El frío volvió.

No afuera.

Dentro de él.

Y Daenerys comenzó a despertar cada vez más alterada. Hablaba dormida algunas noches. Murmuraba cosas sobre fuego y sangre, sobre una corona rota y un bebé llorando en la oscuridad.

Fue durante una de aquellas noches cuando dijo algo que heló completamente a Jon.

—No dejes que vaya al acantilado…

Ella despertó inmediatamente después, respirando agitada.

—¿Qué dijiste? —preguntó Jon.

Pero Daenerys ya no lo recordaba.Jon decidió olvidar lo que escuchó.

El anuncio del gran torneo de Harrenhal llegó poco después.

Lord Whent organizaba el evento más grande visto en décadas y prácticamente todas las grandes casas del reino asistirían. Aerys decidió viajar personalmente junto a la familia real, no solo para disfrutar del torneo, sino porque Jon y Daenerys llevaban semanas insistiendo en asistir.

—Quiero ver cómo nuestro Ser Arthur derrota a los caballeros verdes—dijo Daenerys sonriendo mientras ayudaba a Rhaenys a colocarse una corona de flores.

—Y yo quiero ver cómo tu esposo pierde apostando —añadió Rhaegar desde el otro lado de la mesa.

Jon fingió ofenderse.

—Solo pierdo cuando tu hermana me distrae.

Daenerys sonrió con inocencia exagerada.

—Entonces soy una gran distracción mi lord esposo?.

Incluso Aerys soltó una pequeña carcajada.

Y esa fue exactamente la razón por la que aceptó ir a Harrenhal.

Porque le encantaba ver a su familia tan feliz.

El viaje hacia Harrenhal estuvo lleno de música, caballeros y estandartes ondeando bajo el viento primaveral. Decenas de casas nobles se dirigían hacia el castillo más grande de Poniente, y durante días los caminos parecieron un río interminable de colores y armaduras.

Pero cuando las torres ennegrecidas de Harrenhal aparecieron finalmente en el horizonte, Jon sintió el mismo escalofrío que precedía a sus peores sueños.

Y supo que algo estaba mal.

No entendía qué.

Solo lo sabía.

El patio principal estaba abarrotado cuando la familia real llegó. Nobles de todas partes se inclinaron mientras los dragones Targaryen atravesaban las puertas del castillo entre capas doradas y caballeros de la Guardia Real.

Fue entonces cuando Jon los vio.

Los Stark.

Rickard estaba de pie junto a Brandon y Ned, todos vestidos con gruesas capas grises adornadas con el huargo  que identificaba a su familia. Benjen, ya más alto que la última vez que lo vio, parecía incapaz de apartar la mirada de él.

Y Lyanna…

Lyanna palideció apenas sus ojos encontraron los de Jon.

El silencio entre ellos fue peor que cualquier discusión pasada.

Jon apartó primero la vista.

Daenerys tomó discretamente su mano.

Y juntos caminaron hacia el pabellón real mientras toda la casa Stark los observaba alejarse.

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Los primeros días del torneo transcurrieron entre música, justas y banquetes interminables.

Harrenhal parecía otra ciudad durante el evento. Sus enormes patios estaban repletos de pabellones coloridos, comerciantes venidos de todas partes del reino y caballeros ansiosos por demostrar su valor frente a la corona. El sonido constante de espadas chocando, caballos relinchando y nobles discutiendo apuestas llenaba cada rincón del castillo.

Y, Jon se permitió disfrutarlo.

Quizás era porque Daenerys jamás se separaba demasiado de él.

La princesa parecía decidida a arrastrarlo a cada rincón del torneo. Lo obligó a recorrer los mercados improvisados junto a las murallas, a probar vinos de Dorne y dulces del Dominio, e incluso a sentarse junto a músicos itinerantes mientras el sol caía lentamente detrás de las enormes torres ennegrecidas del castillo.

Aquella tarde, mientras los últimos rayos dorados iluminaban el lago cercano al castillo, Jon encontró a Daenerys sentada sobre una manta bajo un árbol apartado del bullicio principal.

Ella sostenía una corona de pequeñas flores azules entre las manos.

—Rhaenys insistió en que debía aprender a hacer una —explicó apenas Jon se acercó—. Creo que acabo de insultar a todas las doncellas del reino con este desastre.

Jon tomó la corona con cuidado.

Estaba torcida.

Varias flores comenzaban a soltarse.

Y aun así sonrió.

—He visto armaduras peores.

Daenerys soltó una carcajada suave.

—Eso fue cruel, esposo mío.

—Fue honesto.

Ella entrecerró los ojos con falsa indignación antes de inclinarse hacia adelante y colocar torpemente la corona sobre los rizos de Jon.

La imagen era tan ridícula que ambos comenzaron a reír inmediatamente.

Y fue así exactamente, como Ser Arthur Dayne los encontró.

El Espada del Alba permaneció observándolos unos segundos con una expresión profundamente cansada antes de suspirar.

—Siete infiernos… otra vez no.

Jon alzó una ceja.

—¿Otra vez qué?

Arthur señaló la escena frente a él, Jon Stark, príncipe Targaryen, sentado bajo un árbol con una corona de flores torcidas sobre la cabeza mientras Daenerys reía apoyada contra su hombro.

—Voy a terminar con indigestión de tanta dulzura.

Daenerys soltó otra carcajada.

—¿Eso fue una queja, Ser Arthur?

—Fue una súplica.

Jon estaba a punto de responder cuando escucharon una risa detrás de ellos.

Aerys Targaryen estaba de pie unos pasos más atrás junto a Rhaegar y Ser Barristan Selmy.

Y el rey estaba riéndose.

No una sonrisa educada.


No una exhalación leve.

Una risa auténtica.

La sorpresa fue tan grande que varios nobles cercanos quedaron completamente inmóviles.

Rhaegar negó lentamente con la cabeza mientras observaba a su hermana.

—Ni la Guardia Real puede soportarlos ya.

—Yo los soporto perfectamente —replicó Barristan con tranquilidad—. Aunque admito que a veces resulta agotador ver a dos personas tan felices.

Eso provocó nuevas risas.

Incluso algunos caballeros cercanos comenzaron a sonreír discretamente.

Y Daenerys, sin la menor vergüenza, terminó apoyando la cabeza sobre el hombro de Jon mientras el príncipe pasaba un brazo alrededor de su cintura.

Aerys observó la escena durante varios segundos.

Y, por un instante, el rey pareció olvidar el peso de la corona.

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Todo cambió al tercer día del torneo.

El misterio del Caballero del Árbol Sonriente se extendió rápidamente entre los asistentes después de que un caballero desconocido derrotara a varios hombres experimentados durante las justas. Nadie sabía quién era realmente aquel guerrero de armadura improvisada y escudo pintado con un árbol blanco sonriendo bajo la luna.

Pero Daenerys sí lo sabía.

Lo había sabido desde el momento en que escuchó la descripción.

Los sueños habían regresado la noche anterior.


Fuego.


Sangre.


Gritos.


Y una muchacha norteña llorando mientras reinos enteros ardían detrás de ella.

Por eso, aquella mañana, Daenerys se acercó silenciosamente a su padre antes del inicio de las justas.

—Es Lyanna Stark —dijo en voz baja.

Aerys la observó cuidadosamente.

—¿Estás segura?

Daenerys asintió lentamente.

—Y si esto continúa… las cosas podrían empeorar.

El rey no hizo más preguntas.

Cuando el misterioso caballero apareció en el campo listo para participar en una nueva justa, las trompetas apenas tuvieron tiempo de sonar antes de que una fila de capas doradas avanzara hacia la arena.

El murmullo del público se convirtió inmediatamente en confusión.

El comandante de la guardia desmontó frente al caballero desconocido.

—Por orden de Su Gracia, el rey Aerys Targaryen segundo en su nombre, queda arrestado.

Toda Harrenhal quedó en silencio.

El caballero intentó protestar, pero los guardias ya lo rodeaban.

Y cuando finalmente le quitaron el casco…

Lyanna Stark quedó expuesta frente a todo el reino.

La conmoción fue inmediata.

Rickard Stark sintió un frio helado recorrer su cuerpo. 


Brandon dio un paso adelante lleno de furia.


Ned simplemente cerró los ojos.

Desde el palco real, Jon sintió cómo Daenerys tensaba ligeramente la mano entre las suyas.

Aerys se puso de pie lentamente, no parecía furioso.Pero su mirada era la que usa cuando como rey dictando sentencia en la sala de trono.

—¿En qué estabas pensando? —preguntó con voz firme mientras observaba a Lyanna desde las alturas.

Ella permaneció inmóvil, respirando agitadamente.

—Solo quería luchar.

—¿Solo? —repitió Aerys.

El rey descendió lentamente los escalones del palco real hasta quedar frente a toda la arena.

—La imprudencia de una hija noble puede incendiar reinos, muchacha.

El silencio era absoluto.

—Si hubieras muerto hoy bajo esa armadura, el Norte habría exigido justicia. Tu prometido es heredero de una gran casa. Su familia habría pedido respuestas.

La voz de Aerys se endureció.

—Y los reinos sangran fácilmente por errores estúpidos.

Lyanna bajó la mirada.

Pero el rey no había terminado.

—Ya causaste suficientes problemas a tu familia en el pasado.

Eso hizo que varios nobles comenzaran a murmurar inmediatamente.

Rickard Stark endureció el rostro.

Aerys continuó observando a Lyanna.

—Las mentiras tienen consecuencias. Tu hermano pagó por una de ellas.

Jon sintió varias miradas girarse hacia él inmediatamente.

Lyanna palideció.

Y por primera vez desde que había comenzado el torneo, no pudo levantar la mirada.

Aerys entonces giró hacia Brandon Stark.

—Controla a tu hermana.

La orden cayó como un golpe seco.

—Porque la próxima vez, la imprudencia de la casa Stark podría costarle mucho más que vergüenza.

Rhaegar permaneció en silencio durante casi toda la escena, entendía exactamente lo que su padre estaba diciendo. 

Cuando Lyanna levantó finalmente la vista hacia el palco real, encontró los ojos violetas del príncipe de plata observándola con visible desaprobación.

No había fascinación.

Ni interés.

Ni romanticismo.

Solo decepción.

Y eso terminó de avergonzarla.

Las justas continuaron después del incidente, pero el ambiente nunca volvió a ser el mismo. Los rumores recorrieron Harrenhal más rápido que el viento, y durante el resto del día Lyanna Stark evitó completamente abandonar las habitaciones de su familia.

Mientras tanto, la gran carpa real volvió a llenarse de música aquella noche.

El vino corría libremente.


Los músicos tocaban sin descanso.


Y por unas horas, parecía que la tensión del día finalmente comenzaba a desaparecer.

Jon estaba sentado junto a Daenerys en la mesa principal mientras Rhaenys dormía sobre el regazo de su madre Elia y Rhaegar discutía tranquilamente con Ser Arthur sobre quién había hecho las peores apuestas del torneo.

—Sigo diciendo que apostaste mal —comentó Jon.

Arthur negó lentamente con la cabeza.

—Lo dice el hombre que perdió tres dragones de oro porque su esposa lo distrajo de la mitad del  torneo con sonrisas .

Daenerys sonrió inocentemente.

—No es mi culpa que mi esposo sea fácil de distraer.

—Es completamente tu culpa —murmuró Jon antes de besarle suavemente la mano.

Arthur soltó un suspiro dramático.

—Ahí está otra vez. Lo juro por los dioses, voy a pedir traslado al Muro.

Lo que  provocó carcajadas alrededor de toda la mesa.

Incluso Rhaegar terminó sonriendo mientras negaba con la cabeza.

Y Aerys, sentado al centro de la mesa real, observó a sus hijos con una satisfacción tranquila que pocos hombres le habían visto alguna vez.

Fue Daenerys quien rompió finalmente el bullicio.

Se puso de pie lentamente.

Y tomó la mano de Jon.

—Tengo algo que anunciar.

La carpa comenzó a guardar silencio poco a poco.

Jon la observó confundido apenas un instante.

Hasta que vio sus ojos.

Y entendió, se paró junto a su esposa y la animó a seguir.

Daenerys sonreía.

Una sonrisa brillante.
Temblorosa.
Feliz.

—Vamos a tener un bebe.

El silencio duró apenas un segundo.

Después la carpa entera explotó.

Risas.


Aplausos.


Copas levantándose.


Felicitaciones.

Rhaegar abrazó inmediatamente a su hermana mientras Elia reía emocionada. Barristan sonreía abiertamente y hasta Arthur Dayne parecía sinceramente feliz.

Aerys se levantó de golpe y rodeó la mesa para abrazarlos a ambos  con fuerza.

—Otro nieto… —murmuró el rey, completamente emocionado.

Jon apenas podía respirar de tantas palmadas en la espalda.

Daenerys tomó su rostro entre las manos y apoyó la frente contra la suya.

Y durante un instante, el mundo entero pareció perfecto.

Entonces la entrada de la carpa se abrió violentamente.

Un guardia irrumpió jadeando.

El silencio cayó de inmediato.

—¡Su Gracia!

Todos giraron hacia él.

El hombre tragó saliva antes de hablar.

—¡Lady Lyanna Stark ha desaparecido!

 

Chapter 3: Juntos 

Summary:

El rey apartó bruscamente el brazo de Rhaegar y comenzó a alejarse tambaleándose hacia las sombras del salón.

—Que hijo más decepcionante eres Rhaegar….pero recuerden... todos van a pagan sus deudas… —murmuró—. Todos…

Nadie intentó detenerlo.

Chapter Text

 

La felicidad duró exactamente una hora.

Después del anuncio del embarazo, Harrenhal había parecido más vivo que nunca. Los músicos tocaron más fuerte, las copas volvieron a llenarse y hasta los caballeros más rígidos sonreían mientras ofrecían bendiciones al futuro principito de sangre Targaryen.

Y entonces llegó el grito del guardia.

El silencio que cayó sobre la gran carpa fue inmediato.

Aerys soltó lentamente a Daenerys mientras el rostro  se endurecía otra vez. Rickard Stark se puso de pie tan rápido que su silla cayó hacia atrás y Brandon avanzó directamente hacia el mensajero.

—¿Qué quieres decir con desapareció? —exigió.

El guardia tragó saliva.

—La señorita Stark no está en su pabellón. Sus doncellas dicen que salió hace más de una hora… y los mossos de cuadra reportaron que falta un caballo de los establos.

La tensión explotó instantáneamente.

Los Stark comenzaron a hablar entre ellos al mismo tiempo. Rickard parecía furioso, Brandon estaba listo para estrangular a alguien y Ned observaba alrededor como si intentara adelantarse a una tragedia invisible.

Jon sintió entonces cómo Daenerys apretaba su mano con fuerza.

Cuando giró hacia ella, el miedo en sus ojos le heló la sangre.

No era preocupación común.

Era terror.

—No vayas —susurró ella.

Jon frunció el ceño.

—Dany…

—No.

Ella dio un paso más cerca y bajó todavía más la voz.

—Tengo un mal presentimiento.

Aquello hizo que el frío regresara inmediatamente a su pecho.

Porque él también lo sentía.

Desde que llegaron a Harrenhal.

Desde que vio a Lyanna.

Desde los sueños.

Jon tomó suavemente el rostro de Daenerys entre sus manos.

—Todo estará bien.

Ella negó apenas, desesperada.

—Por favor…

Jon apoyó la frente contra la suya.

—Sigue siendo mi hermana.

La princesa cerró los ojos con fuerza.

Y Jon sintió algo quebrarse dentro de ella antes incluso de separarse.

—No voy a dejarte —murmuró él—. Esta vez no, voy a volver lo prometo

Daenerys abrió los ojos lentamente.

Había lágrimas allí.

Pero aun así asintió.

Fue Rhaegar quien organizó rápidamente los grupos de búsqueda mientras la tormenta comenzaba a formarse sobre los terrenos de Harrenhall. Caballeros salieron del castillo con antorchas y capas oscuras mientras el viento agitaba violentamente los estandartes.

Jon partió junto a Ned, Brandon y varios hombres más hacia los bosques cercanos.

Durante horas no encontraron nada.

Solo lluvia.


Oscuridad.


Y barro.

El cielo rugía sobre ellos mientras los caballos avanzaban entre árboles negros y senderos resbaladizos. Brandon maldecía constantemente y Ned llamaba el nombre de Lyanna una y otra vez.

Hasta que Jon vio las huellas.

Pisadas de caballo.

Y algo más…huellas de una persona .

Descendían hacia una zona rocosa cercana a los acantilados que rodeaban parte del lago.

—Por aquí —dijo antes de separarse del grupo.

Cabalgó varios minutos bajo la lluvia hasta divisarla.

Lyanna Stark estaba de pie al borde del precipicio.

El viento azotaba brutalmente su cabello oscuro y la tela gris de su vestido mientras observaba el vacío bajo sus pies.

Jon desmontó lentamente.

Por un instante ninguno habló.

La lluvia caía entre ambos como una cortina helada.

Lyanna fue la primera en romper el silencio.

—No deberías haber venido.

Jon avanzó despacio.

—Todos te están buscando.

Ella soltó una risa amarga.

—Claro que sí. Siempre tengo que causar problemas, ¿verdad?

Jon no respondió.

Porque parte de él estaba demasiado cansada para mentir.

Lyanna bajó la mirada hacia el abismo.

—Padre me odia. Brandon apenas puede mirarme. Ned cree que solo hago berrinche. Benjen hace años que no me perdona tu partida…

Su voz comenzó a quebrarse.

—Y tienen razón.

Jon sintió una punzada de dolor inesperada.

Porque aquella ya no era la muchacha orgullosa y desafiante de Invernalia.

Parecía alguien completamente derrotado.

—Las cosas pueden arreglarse —dijo finalmente.

Lyanna lo miró como si no pudiera creerlo.

—¿Después de lo que te hice?

Jon guardó silencio unos segundos.

La lluvia corría por su rostro mientras observaba a su hermana.

—Mentiste. Casi destruyes mi vida. Y aun así…

Respiró lentamente.

—Sigues siendo mi hermana.

Eso terminó de romperla.

Lyanna comenzó a llorar.

No de forma elegante ni silenciosa.

Lloró como alguien que llevaba demasiado tiempo sosteniéndose en pie.

—Lo siento —sollozó—. Yo no quería que pasara todo eso… solo estaba enojada y…

Jon dio otro paso hacia ella.

—Ven aquí.

El acantilado crujió.

Ambos quedaron inmóviles.

El suelo bajo los pies de Lyanna se quebró con un sonido seco.

Todo ocurrió demasiado rápido.

Lyanna resbaló hacia adelante con un grito ahogado mientras las rocas comenzaban a desprenderse bajo ella.

Jon reaccionó por instinto.

La alcanzó justo antes de que cayera.

Y usando toda su fuerza, la empujó violentamente hacia atrás, lejos del borde.

Lyanna rodó sobre el barro hasta chocar contra el suelo firme.

Entonces el acantilado cedió completamente bajo Jon.

Durante un instante sus ojos encontraron los de su hermana.

Y luego desapareció.

El grito de Lyanna atravesó la tormenta.

Cuando Ned y los demás llegaron segundos después, encontraron a la joven arrodillada bajo la lluvia, temblando violentamente mientras señalaba el borde destruido del acantilado.

—¡Jon! ¡JON!

Ned se acercó rápidamente y miró hacia abajo.

El mundo pareció detenerse.

Las rocas negras se alzaban junto al lago embravecido muchos metros más abajo.

Y entre ellas, inmóvil sobre la piedra mojada…

estaba Jon.

La lluvia continuó cayendo mientras Ned sentía cómo el horror le vaciaba completamente el pecho.

Detrás de él, Lyanna comenzó a repetir entre sollozos:

—Lo siento…Lo siento…Lo siento…

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Cuando regresaron a Harrenhal, el caos comenzó incluso antes de cruzar las puertas.

Las antorchas iluminaban el patio principal mientras nobles y sirvientes observaban horrorizados al grupo que regresaba cargando un cuerpo cubierto por una capa oscura.

Daenerys estaba esperándolo. Jon lo había prometido 

Hasta que lo vio, antes de que colocaran el cuerpo sobre el suelo.

Ella sonreía todavía débilmente, como si esperara verlo entrar caminando detrás de los demás.

Entonces reconoció la capa.

Y el mundo se rompió.

—No…

La palabra salió apenas como un susurro.

Daenerys avanzó tambaleándose.

—No…

Nadie se atrevió a detenerla cuando cayó de rodillas junto al cuerpo.

Las manos le temblaban violentamente mientras apartaba la capa empapada de lluvia.

Y vio el rostro de Jon.

Pálido.


Quieto.


Cubierto de sangre.

Daenerys soltó un grito desgarrador.

Un sonido tan lleno de dolor que toda la sala quedó paralizada.

—¡No! ¡No, no, no…!

Se inclinó sobre él desesperadamente, tomando su rostro frío entre las manos.

—Mírame…Por favor…Por favor, mírame…

Pero Jon no respondió.

Nunca volvería a responder.

Aerys llegó segundos después junto a Rhaegar y varios capas blancas.

El rey quedó completamente inmóvil al ver a su hija destrozada sobre el cadáver de su yerno.

Y luego sus ojos encontraron a Lyanna Stark.

La muchacha estaba cubierta de barro y lágrimas mientras Rickard intentaba sostenerla en pie.

Rhaegar la observó con un desprecio tan absoluto que Lyanna retrocedió un paso.

—¿Qué ocurrió? —preguntó Aerys con una voz peligrosamente baja.

Nadie respondió inmediatamente.

Fue Ned quien finalmente habló.

—Jon… la salvó.

La frase pareció hundirse lentamente en el silencio.

Daenerys soltó una risa rota.

Pequeña.
Vacía.

—Claro que sí…

Acarició el cabello oscuro de Jon con manos temblorosas.

—Claro que lo hizo…

Entonces comenzó a llorar otra vez.

No con desesperación.

Peor.

Como alguien que ya no tenía fuerzas para sostenerse.

—Me prometiste que no me dejarías…

Aerys avanzó hacia ella inmediatamente.

—Daenerys—

Pero ella ya no escuchaba a nadie.

Solo veía a Jon.

Su esposo.

Su hogar.

La única persona que había sentido verdaderamente suya.

Daenerys tomó lentamente algo del cinturón de Jon.

La daga.

Rhaegar reaccionó primero.

—¡Dany, no—!

Demasiado tarde.

Ella levantó la vista.

Y sus ojos violetas encontraron a Lyanna.

La joven Stark comenzó a temblar inmediatamente.

Porque nunca había visto tanto odio en un rostro humano.

—Él te advirtió —susurró Daenerys.

La sala entera quedó inmóvil.

—Una y otra vez intentó salvarlos…

Las lágrimas caían libremente por sus mejillas.

—Y aun así lo destruiste.

Lyanna rompió a llorar.

Daenerys apretó la daga contra su pecho.

—Ahora mira bien, Lyanna Stark…

Su voz se quebró completamente.

—Mira cómo los Siete Reinos arderán por tu culpa.

Y se clavó la daga en el corazón.

El grito de Aerys estremeció toda Harrenhal.

Rhaegar alcanzó a sujetarla antes de que cayera completamente sobre el cuerpo de Jon, pero la sangre ya comenzaba a extenderse sobre el vestido plateado de la princesa.

Daenerys buscó a Jon incluso entonces.

Incluso muriendo.

Sus dedos encontraron la mano fría de su esposo.

Y una pequeña sonrisa rota apareció en sus labios.

—Espérame… —susurró débilmente—. Esta vez… no llegaré tarde…

Sus ojos violetas se apagaron segundos después.

El silencio que siguió fue insoportable.

Aerys cayó de rodillas junto a su hija.


Rhaegar permaneció inmóvil sosteniendo el cuerpo de su hermanita.


Elia abrazó a Rhaenys para impedir que la niña mirara.

Y al otro lado de la sala, Lyanna Stark comprendió finalmente que había destruido algo que jamás podría repararse.

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El amanecer nunca llegó realmente sobre Harrenhal.

La tormenta continuó rugiendo durante horas, cubriendo el castillo con una oscuridad gris y pesada mientras el sonido de las campanas funerarias comenzaba a extenderse por los patios.

Nadie durmió aquella noche.

Los rumores viajan más rápido que los cuervos:
El príncipe consorte Jon Targaryen había caído mientras salvaba  a su hermana,

La princesa Daenerys Targaryen se había clavado la daga de su esposo en el corazón, no queriendo vivir en un mundo donde no estuviera su otra mitad.


Y la sangre de dragón se había derramado sobre Harrenhal.

El reino entero cambiaría después de aquello.

Todos lo sabían.

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Las antorchas ardían débilmente en el salón principal cuando Aerys volvió a entrar horas más tarde. El rey parecía haber envejecido diez años en una sola noche.

Pero lo peor eran sus ojos.

Vacíos.


Rojos.


Demasiado quietos.

Los cuerpos de Jon y Daenerys permanecían juntos sobre una plataforma cubierta por telas negras y rojas mientras septones murmuraban plegarias en voz baja.

Rhaegar seguía allí.

No se había movido desde la muerte de su hermana.

Permanecía de pie junto a los cuerpos observando el rostro pálido de Daenerys como si todavía esperara verla despertar.

Elia estaba cerca con Rhaenys dormida entre sus brazos, demasiado pequeña para comprender porque sus amados tíos ya no volverían a jugar con ella.

Y al otro lado del salón estaban los Stark.

Rickard mantenía a Lyanna detrás de él mientras Brandon observaba cada movimiento de la familia Real, con una tensión casi salvaje. Ned permanecía en silencio absoluto.

Nadie se atrevía a hablar.

Hasta que Aerys rompió finalmente el silencio.

—Ella está muerta por culpa de ellos.

Su voz sonó extraña.

Vacía.

Rhaegar levantó lentamente la vista.

El rey avanzó un paso más hacia los Stark.

—Mi hija sobrevivió a secuestradores. A hechiceros. A asesinos.

Cada palabra parecía más inestable que la anterior.

—Y terminó muriendo aquí.

Rickard Stark endureció el rostro.

—Su Gracia—

—¡SE MATÓ FRENTE A TODOS!

El rugido de Aerys estremeció el salón entero.

Varios guardias dieron un paso atrás instintivamente.

El rey temblaba.

—¡Mi hija está muerta porque esa muchacha quería destruir a su hermano…una y otra vez hasta que logró matarlo!

Lyanna comenzó a llorar detrás de Rickard.

Brandon dio un paso adelante inmediatamente.

—¡Mi hermana no lo mató!

El silencio posterior fue peligroso.

Demasiado peligroso.

Aerys giró lentamente hacia Brandon.

Y por primera vez desde el inicio del torneo, el miedo recorrió verdaderamente el salón.

Porque el rey ya no parecía solo furioso.

Parecía roto.

—¿No? —susurró.

Dio otro paso.

—Tu hermana mintió. Lo expulsaron. Lo persiguieron hasta el otro lado del mar.

Otro paso.

—Y aun así murió salvándola.

La voz de Aerys comenzó a quebrarse entre rabia y dolor.

—¡Ella los destruyó a ambos!

Brandon llevó la mano hacia la espada inmediatamente.

Los capas blancas reaccionaron al instante.

Arthur Dayne avanzó entre ambos grupos.
Barristan Selmy tensó la mandíbula.
Jaime Lannister apoyó la mano sobre el pomo de su arma.

Y durante un instante terrible, pareció que el salón entero iba a explotar en sangre.

Fue Rhaegar quien se movió primero.

El príncipe heredero descendió lentamente los escalones hasta colocarse frente a su padre.

—Basta.

Aerys lo miró con incredulidad.

—¿Basta?

Rhaegar sostuvo la mirada del rey.

Pero incluso él parecía distinto ahora.

Más frío.

Más oscuro.

Como si algo dentro suyo también hubiera muerto aquella noche.

—No los traerá de regreso—dijo finalmente.

Aerys soltó una risa corta.
Terrible.

—¿Y qué debería hacer entonces, Rhaegar?

Sus ojos violetas parecían arder.

—¿Perdonarlos? ¿Sonreír mientras entierran a mi amada hija y a mi buen hijo?

El príncipe no respondió inmediatamente.

Porque no tenía respuesta.

Daenerys estaba muerta.


Jon estaba muerto.


Y el reino acababa de perder a dos de las personas más queridas de la corte.

No existía solución para algo así.

Entonces Aerys volvió a mirar a los Stark.

Y fue ahí cuando Rhaegar vio algo que le heló la sangre.

Fuego.

El mismo brillo enfermizo que aparecía en los ojos Targaryen antes de la locura.

—Quemarlos… —murmuró el rey.

Barristan levantó la cabeza inmediatamente.

Aerys dio un paso hacia adelante.

—Quemarlos a todos.

Rickard Stark palideció.

Brandon desenvainó media espada.

Y las antorchas del salón parecieron arder más intensamente al recibir la orden de rey Dragon

Rhaegar reaccionó de inmediato.

Sujetó firmemente el brazo de su padre antes de que pudiera avanzar más.

—Padre.

La palabra sonó firme.

Por primera vez no habló sólo como hijo.

Habló como heredero.

Los ojos de Aerys se clavaron lentamente en él.

Y durante unos segundos horribles, Rhaegar creyó que el rey ordenaría arrestarlos a todos.

Pero entonces Aerys observó nuevamente los cuerpos de Jon y Daenerys.

Y algo en él terminó de quebrarse.

El rey apartó bruscamente el brazo de Rhaegar y comenzó a alejarse tambaleándose hacia las sombras del salón.

—Que hijo más decepcionante eres Rhaegar….pero recuerden... todos van a pagan sus deudas… —murmuró—. Todos…

Nadie intentó detenerlo.

Cuando las puertas finalmente se cerraron tras él, el silencio dejó de sentirse humano.

Rhaegar permaneció inmóvil varios segundos.

Después miró a Jon.

Luego a Daenerys.

Y finalmente a los Stark.

No había odio absoluto en sus ojos.

Eso habría sido más sencillo.

Lo que había era algo peor.

Resentimiento.


Dolor.


Desconfianza.

Como si una grieta invisible acabara de abrirse entre el Norte y la Corona.

Y ninguno sabía cómo cerrarla.

Elia apareció silenciosamente junto a él.

—Rhaegar…

El príncipe no apartó la mirada de los cadáveres.

—Todo estaba bien —susurró.

Su voz sonó rota por primera vez.

—Por fin estábamos bien.

Elia tomó lentamente su mano.

Pero Rhaegar apenas pareció notarlo.

Porque en ese instante comprendió algo terrible.

La muerte de Jon y Daenerys no terminaría en Harrenhal.

Aquello seguiría creciendo.

Como fuego bajo cenizas.

El Norte jamás olvidaría las amenazas del rey.


Y Aerys jamás perdonaría a la familia que, en su mente, había destruido a su hija.

Los reinos todavía no estaban en guerra.

Pero Rhaegar podía sentir cómo el mundo comenzaba a inclinarse lentamente hacia la oscuridad.

Y mientras las campanas funerarias seguían sonando sobre Harrenhal, el príncipe heredero comprendió que la tragedia apenas acababa de comenzar.

 

 

Chapter 4: Epílogo: Al final nada cambió 

Summary:

Y mientras los reyes eran olvidados uno tras otro, los últimos príncipes de Summerhall, continuarían viviendo en cada canción y en cada corazón del reino.

Chapter Text

 

La lluvia caía suavemente sobre Desembarco del Rey cuando la comitiva del Norte atravesó las puertas de la Fortaleza Roja.

Habían pasado más de quince años desde la tragedia de Harrenhal.

Quince años desde la muerte de Jon Targaryen y Daenerys Targaryen.

Quince años desde que los Siete Reinos comenzaron a sangrar.

Sansa Stark observaba todo con fascinación desde el carruaje mientras las banderas del venado coronado se agitaban sobre las murallas ennegrecidas por el viento marino. La Fortaleza Roja siempre había vivido primero en canciones antes que en piedra para ella; un lugar de reyes hermosos, torneos gloriosos y princesas bordadas en seda.

Ahora finalmente estaba allí.

A su lado, la reina Cersei Lannister hablaba con elegancia ensayada sobre el torneo que celebrarían por el compromiso entre el príncipe Joffrey y ella. Sus palabras flotaban ligeras, casi musicales, mientras describía vestidos, banquetes y caballeros.

Pero al otro lados, sentada junto a la ventana opuesta, Lyanna Stark permanecía completamente en silencio.

El tiempo había cambiado muchas cosas en ella.

Las primeras hebras plateadas comenzaban a mezclarse con su cabello oscuro y las líneas alrededor de sus ojos se habían vuelto más profundas con los años. Aun así, seguía conservando algo salvaje en la mirada.

Algo cansado.

Algo roto.

Ned la observó brevemente desde su caballo mientras avanzaban hacia el castillo.

Ella no había querido quedarse en Invernalia.

Había insistido en acompañarlos al Sur.

Todos asumieron que deseaba cuidar de Sansa durante el viaje.

Pero Ned conocía demasiado bien a su hermana para creer aquello.

Sabía por qué había venido realmente, los rumores sobre la sala secreta habían sobrevivido incluso a la muerte del Rey Loco, una galería oculta en algún rincón perdido de la Fortaleza Roja. Un salón sellado por orden de Aerys Targaryen después de la muerte de su hija.

Nadie había logrado encontrarlo jamás.

Ni siquiera Robert Baratheon.

Barristan Selmy juraba que existía, Jaime Lannister, antes de abandonar la Guardia Real, había confesado haber escuchado al rey hablar de ella durante sus últimos días de locura. Pero ni Jaime había visto la entrada.

Y eso solo había hecho crecer más las historias.

Decían que las paredes estaban cubiertas de retratos, decenas de ellos.

Jon y Daenerys caminando bajo los árboles de Summerhall.

Daenerys riendo mientras Jon colocaba flores azules entre sus cabellos plateados.

Jon observándola como si el resto del mundo desapareciera cada vez que ella sonreía.

Retratos principescos donde ambos vestían negro y rojo Targaryen, pintados con tanto detalle que algunos aseguraban que sus ojos parecían seguir a quienes los contemplaban.

Y en todos ellos había algo que los bardos repetían constantemente en sus canciones, la forma en que gravitaban el uno hacia el otro habia quedado pasmada en cada imagen.

Como si incluso inmóviles sobre seda y pintura, siguieran perteneciendo al mismo lugar.

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Lyanna llevaba años escuchando aquellas historias.

Y las odiaba.

Porque el reino entero parecía recordar perfectamente el rostro de Jon.

Menos ella.

A veces todavía podía ver sus ojos, grises, idénticos a los de Ned… no, no idénticos, los de Jon eran más claros, casi como el hielo,

Todavia recordar la lluvia golpeando su cabello oscuro aquella noche junto al acantilado, recordaba el barro bajo sus rodillas. La sangre mezclándose con el agua. El sonido de las rocas quebrándose bajo el peso de Jon.

Recordaba la caída.

Recordaba sus dedos soltándose.

Recordaba el horror.

Siempre el horror.

Pero el resto comenzaba a desaparecer.

Su sonrisa.

La forma exacta de su rostro.

El sonido de su voz.

Cada año era peor.

Y aquello la aterraba más que cualquier castigo.

La estatua sobre la tumba vacía en las criptas de Invernalia no ayudaba. El escultor jamás había conocido realmente a Jon y había terminado creando el rostro idealizado de un héroe norteño que apenas se parecía al muchacho que había crecido entre ellos.

El Lobo Blanco.

Así lo llamaban los bardos.

Pero para Lyanna había sido simplemente Jon.

Su hermano.

El hermano que había destruido.

Aquella noche, mientras el castillo dormía y las antorchas ardían débilmente sobre los corredores de piedra roja, Lyanna abandonó silenciosamente sus habitaciones.

Recorrió pasillos vacíos.

Escaleras olvidadas.

Puertas ocultas tras tapices antiguos.

Buscó durante horas.

Una parte de ella sabía que jamás encontraría la sala.

Si Robert Baratheon no había podido hallarla después de años de obsesión y rabia, ella tampoco lo lograría.

Y aun así continuó buscando.

Porque necesitaba verlo otra vez.

Aunque solo fuera una pintura.

Aunque solo fuera una mentira atrapada sobre lienzo.

Cuando finalmente se detuvo junto a una ventana estrecha desde la que podía verse la Bahía del Aguasnegras, las fuerzas parecieron abandonarla de golpe.

Lyanna apoyó lentamente una mano contra la pared fría.

Y lloró.

No como la muchacha orgullosa de Harrenhal.

No como la joven aterrorizada que había visto caer a su hermano.

Lloró como alguien cansado después de vivir demasiados años junto al mismo fantasma.

—No puedo recordarte… —susurró con la voz quebrada—. Intento hacerlo… pero no puedo…

El viento nocturno atravesó suavemente el corredor vacío.

Y por un instante terrible, Lyanna comprendió que algún día incluso el recuerdo de los ojos grises desaparecerían también.

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El Gran Septo de Baelor estaba extrañamente silencioso aquella tarde.

La lluvia golpeaba suavemente los vitrales altos mientras la luz gris del exterior teñía el mármol de tonos apagados. El aroma a incienso flotaba en el aire y los pasos de los septones resonaban a la distancia entre columnas blancas y altares dorados.

Sansa Stark caminaba lentamente junto al príncipe Joffrey Baratheon, observando fascinada, las enormes tumbas reales construidas debajo y a lo alto de las paredes.

Había estatuas de antiguos reyes Targaryen.

Caballeros.

Príncipes.

Reinas.

Dragones tallados en piedra negra observaban desde pilares y paredes mientras pequeñas velas ardían frente a algunos sepulcros más antiguos.

—Nunca había visto algo tan hermoso —susurró Sansa.

Joffrey sonrió apenas, satisfecho con su reacción.

—Los Targaryen adoraban convertir todo en un espectáculo. Incluso la muerte.

Pero Sansa apenas lo escuchó.

Su atención se había detenido varios metros más adelante.

Una tumba con dos sepulcros dorados, que  descansaban juntos al final de la galería principal, apartados del resto de las tumbas reales.

Era distinta.

Más grande.

Más elaborada.

El oro rojizo parecía mezclado con vetas negras quemadas que todavía brillaban tenuemente bajo la luz de las velas. Dragones y huargos estaban grabados entrelazados sobre el metal, como si ambas criaturas custodiaran eternamente a quienes descansaban dentro.

Y alrededor de las tumbas había flores frescas.

Muchas flores.

Incluso después de tantos años.

Sansa disminuyó lentamente el paso.

Sintió un extraño nudo en el pecho antes incluso de leer los nombres.

Daenerys Targaryen de Summerhall
Princesa de la Sangre del Dragón

Y junto a ella:

Jon Targaryen
Príncipe de Summerhall
El Lobo Blanco

Sansa contuvo la respiración.

Había escuchado historias sobre ellos toda su vida.

En Invernalia los bardos seguían cantando sobre los amantes de Harrenhal. Sobre el príncipe norteño que cruzó el mar para salvar a una princesa Targaryen. Sobre la tragedia que terminó incendiando los Siete Reinos.

Y aunque nadie hablaba demasiado de ello frente a la tía Lyanna, Sansa sabía la verdad.

Jon había nacido Stark.

Era hermano de su padre.

Su tío.

A veces, cuando era niña, había encontrado a Ned observando la tumba vacía del Lobo Blanco en las criptas de Invernalia con una tristeza tan profunda que resultaba imposible mirarlo demasiado tiempo.

—Es hermosa… —murmuró Sansa observando las tumbas selladas.

Joffrey soltó una pequeña risa seca.

—Mi padre la detesta.

Eso la sorprendió.

—¿El rey Robert?

—Dice que los bardos hablan más de ellos que de los hombres que realmente ganaron la guerra.

El príncipe se acercó lentamente a los sepulcros.

—Pero al pueblo le encantan las historias tristes.

Sansa observó las marcas oscuras sobre el oro rojizo.

Parecían cicatrices.

Como si el fuego todavía permaneciera atrapado dentro del metal.

—¿Por qué están selladas?

Joffrey rozó apenas uno de los bordes ennegrecidos.

—El Rey Loco las mandó cerrar con fuego valyrio después de la muerte de la princesa.

Su voz descendió ligeramente.

—Dicen que no quería que nadie los separara. Ni siquiera después de muertos.

Sansa volvió la vista hacia las enormes tumbas.

—Por eso no llevaron al príncipe Jon al Norte después de que terminara la guerra

—Lo intentaron.

Joffrey se encogió de hombros.

—Pero nadie pudo abrirla jamás.

El silencio regresó lentamente entre ambos.

Sansa observó las flores acumuladas junto a los sepulcros.

Rosas invernales.

Lavanda.

Pequeñas flores azules.

—¿La gente todavía viene a visitarlos?

—Todo el tiempo —respondió Joffrey con evidente fastidio—. Especialmente las doncellas.

Sansa sonrió apenas.

Eso no le sorprendía.

Había algo triste y hermoso en aquella tumba selladas para siempre.

Algo que dolía incluso sin haber vivido la historia.

Entonces notó una pequeña figura de huargo tallada junto al nombre de Jon.

Y debajo, casi borrada por el tiempo, una frase grabada en alto valyrio.

—¿Qué significa? —preguntó.

Joffrey hizo una mueca.

—No lo sé. Alguna tontería Targaryen probablemente.

Pero una anciana septa que acomodaba velas cerca de las tumbas levantó lentamente la vista.

Y respondió suavemente:

—“Ninguna muerte puede separar lo que fue unido por el destino”.

Sansa volvió a mirar las tumbas.

Y comprendió entonces por qué los bardos jamás habían dejado de cantar sobre ellos.

—La rebelión empezó por ellos, ¿verdad? —preguntó después de un momento.

El rostro de Joffrey se tensó apenas.

—Después de Harrenhal todo empeoró rápidamente. El Rey Loco culpó a los Stark por la muerte de la princesa Daenerys y del príncipe Jon.

Sansa bajó lentamente la mirada hacia el nombre de su tío grabado en oro.

Jon Targaryen.

Todavía resultaba extraño pensar que un Stark descansara allí, entre dragones.

—Mi padre dice que Aerys nunca volvió a estar completamente cuerdo después de aquella noche —continuó Joffrey—. Brandon Stark fue quemado vivo cuando exigió justicia por las amenazas contra su familia.

Sansa sintió un escalofrío.

Brandon Stark.

El hermano mayor de Ned.

El hombre que originalmente iba a casarse con su madre.

—Lord Rickard sobrevivió —continuó el príncipe—, pero el Norte se levantó igualmente. Los Tully se unieron por Brandon y después tu padre terminó casándose con Catelyn Tully para mantener la alianza.

Sansa asintió lentamente.

Aquella parte sí la conocía.

Era la historia de su familia.

Pero escucharla allí, frente a las tumbas selladas, hacía que todo pareciera más triste.

Más humano.

—¿Y el príncipe Rhaegar?

Joffrey soltó una pequeña exhalación.

—No ayudó realmente al Norte… pero tampoco pudo detener del todo a su padre. Algunos dicen que intentó negociar. Otros, que simplemente se quebró después de perder a su hermana.

El muchacho observó las tumbas unos segundos antes de continuar.

—Pero cuando comenzó la guerra, ya era demasiado tarde.

Sansa imaginó incendios.

Campos ennegrecidos.

Caballeros muriendo bajo estandartes rotos.

Historias convertidas en tragedia.

—Mi padre mató a Rhaegar en el Tridente —dijo Joffrey con orgullo automático—. Y Jaime Lannister asesinó al Rey Loco cuando intentó incendiar Desembarco del Rey.

La anciana septa volvió a persignarse discretamente al escuchar aquello.

Como si incluso tantos años después todavía fuera peligroso hablar del fuego.

—Por eso mi tía Lyanna nunca se casó —preguntó Sansa cuidadosamente.

Joffrey guardó silencio un instante demasiado largo.

—La gente la culpa por Harrenhal. Por Jon. Por Daenerys. Por la guerra.

Sansa frunció ligeramente el ceño.

—Pero ella no quiso...—

—No importa —la interrumpió Joffrey encogiéndose de hombros—. Las canciones ya decidieron la historia.

Aquello hizo callar a Sansa.

Porque tenía razón.

El reino entero parecía recordar a Jon y Daenerys como algo más grande que personas reales.

Los últimos príncipes de Summerhall.

Los amantes de Harrenhal.

Las almas destinadas a encontrarse y perderse.

Y mientras los reyes eran olvidados uno tras otro, los últimos príncipes de Summerhall, continuarían viviendo en cada canción y en cada corazón del reino.

 

 

FIN

 

Notes:

Buno esto es una Historia que lleva dado vueltas un tiempo, siempre fui fan de la pareja y por obvias razones no me gusto el como termino, pero bueno es GoT ninguna pareja dura, por eso tenemos Fanfics.
Espero que les guste.