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Había algo ciertamente melancólico en el ambiente, algo suave, pero con una pesadez que sin querer, contagiaba a quien se acercara a la mesa del fondo en el comedor de la escuela North Park, a la que para ser franco, nadie se acercaba.
Jay estaba solo nuevamente. Spike había ido a clases, pero no lo había acompañado al comedor. Cierto, Spike iba a estar ocupado con Jake y Tricky en los rieles, escapando de Ted. Genial, era otra tarde de llorar para Jay.
El rubio jamás lo iba a admitir, pero sentía cierta envidia hacia Jake Bressler. Literalmente Spike rondaba a su alrededor, aún con su mala cara y sus insultos, pero lo estaba; y eso era algo que Jay envidiaba demasiado. Jake tenía ese carisma natural como la de un cachorro, y eso era, sin querer queriendo, un imán para la atención de todos, y en ese todos, Spike estaba en primera fila.
La amistad de Jay y Spike fue complicada en su momento. Spike lo tiró de las escaleras a los once años mientras escapaba de los monitores de pasillo. Después, cuando ambos terminaron en un campamento de verano por una tontería que habían dicho sobre ellos, Spike empezó a acercarse más a él. Jay no sabía si era por lástima o porque Spike no tenía con quién más hablar y porque literalmente estuvieron durmiendo en la misma cama durante dos meses junto con otros chicos, pero a fin de cuentas, Spike empezó a ser más unido a él.
Jay Wecker no sabe exactamente desde cuando, pero sabe que empezó a sentir algo más profundo que el respeto y admiración que le tenía a Spike, donde dejó de verlo como su amigo y alguien que le daba tácticas de pelea, a ser prácticamente lo único que rondaba en su cabeza.
Ahora Jay tenía 16 años y Spike 17, y pese a que intentó reprimir eso debido a que Spike lo tenía en demasiada estima, concluyó en que era mejor aceptarlo e intentar vivir con ese secreto a cuestas antes de negar aquello y terminar muerto por negar lo innegable.
Cuando Jay era pequeño, más o menos de unos siete años, tenía amigos imaginarios, tantos que no podía contarlos a todos. Su mamá empezó a preocuparse por aquello cuando él cumplió los diez, y en un crédulo y bienintencionado pensamiento de ayuda para su hijo y para que lograra tener más amigos, lo inscribió en ese instituto. Jay jamás había llorado tanto en su vida como lo hizo el día en que llegó con la ropa casi destrozada después de que le metieran un petardo a su mochila. Su mamá fue furiosa a reclamar, pero Jay dijo que no era necesario, que ya él se encargaría. Y si lo hizo, solo que quien dió el golpe certero fue, como siempre, Spike.
Jay volvió a poner su mirada en la bandeja de comida, revolviendo con el tenedor de plástico el menjunje que según Déborah, la cocinera, era ensalada de garbanzos, parecía vómito de perro. A su lado, estaba la bandeja de comida que había dejado para Spike, con un filete y otras cosas, uno de los pocos buenos menús que habían servido en su estadía en North Park; la mirada café de Jay se empañó, y dejó escapar una pequeña lágrima al ver que nadie estaba cerca, esas que soltaba cuando se sentía abandonado.
El olor a humedad de la esquina lo hizo toser un poco, y eso, le recordó lo solo que estaba. Lucy no había ido porque estaba enferma, y ni hablar de juntarse con Ella y Tasha, ellas tenían sus asuntos, y él no quería andar como el perrito faldero de ellas solo para no estar tan solo. Hasta aceptaría el hecho de que Jaewoon estuviera ahí, al menos no se sentiría tan solo.
— ¿Jay?
Y ahí estaba, esa alucinación que tenía de Spike, Jay giró la cabeza a ambos lados para cerciorarse de que no lo estuvieran viendo y tocó el aire, justamente el sitio donde estaba la mano del Spike imaginario. La tomó, dejando escapar un par de lágrimas calientes y espesas, y los espasmos llegaron después, haciendo que Spike lo abrazara. Jay sintió que estaba loco, y probablemente pronto le recetarían pastillas para las alucinaciones tan recurrentes y su sobre pensamiento crónico. Pero quería sentir esto un poco más, solo un poquito más.
Tomó el filete de la bandeja de Spike y se lo comió, mínimo no lo iba a tirar porque estaba bueno, y dejó las dos bandejas en el mostrador. Salió del comedor, con la cabeza algo gacha y el pecho apretado.
— ¡Jay!
Escuchó un grito, era Spike, el verdadero.
Jay corrió hasta él, tropezando con sus pies y casi cayéndose de bruces al suelo. Spike se burló y le llamó idiota, el Spike imaginario no lo haría, solo lo levantaría del suelo y le preguntaría si estaba bien. Pero Jay no quería a ese Spike, quería al de carne y hueso, ese que lo insultaba y lo defendía cuando su cuerpo ya no aguantaba la presión.
— ¿Damos una vuelta? Me acaban de suspender.
Jay asintió, tomando la mano helada que le extendía el punk y salió corriendo junto a él. Por un instante, dejó de sentirse solo.
