Chapter 1: Give Em Hell, Kid / Cemetery Drive
Chapter Text
❛This night walks
the dead, in a
solitary style and
crash the
cemetery gates❜.
— † —
La oficina hedía a sangre y vísceras.
La costosa silla elegante tras el escritorio de madera barnizada se había teñido de rojo junto a las hojas de papel que cayeron una por una tras el forcejeo. No había mayor desorden, pues el enfrentamiento no fue demasiado duro. Desde el inicio, siempre hubo un ganador. Aquél que se lleva todo y, a la vez, se lleva nada: La victoria. ¿El premio? Un alma marchita.
Por el pueblo, había empezado a escucharse una leyenda urbana: "La Parca de Monroeville". Se habla de una serie de asesinatos sin explicación, que eran, por supuesto, obra de una misma persona, porque el escenario que dejaba siempre era el mismo: La víctima, casi irreconocible, el lugar inmerso en un estallido de sangre, las costillas expuestas, y los órganos esparcidos por la escena. Aún no se había identificado al autor de estos crímenes. Se había empezado a hablar de la "reencarnación de Jack el Destripador", pero las personas de la localidad, pese a sentir miedo de ser los siguientes, no dejaban de hacer bromas acerca de la situación.
Hoy, el escenario era el mismo. Seía percibido una violencia excesiva, casi personal.
Con el equipo adecuado, un hombre se dispone a revisar la escena. No halla por dónde empezar. Pese a que su trabajo ahí es limpiar el desastre y llevarse algunas "cosas de valor", no encuentra algo que pueda tocar que no parezca que va a deshacerse en sus manos.
—Es terrible...—observa el forense, algo acostumbrado a esa agresividad, pero aún sin poder digerirla del todo— ¿Te hizo algo este hombre como para que lo dejaras así?
No estaba solo. En el rincón más oscuro del cuarto, se encontró al perpetrador, observando cada movimiento del médico, como si quisiera asegurarse de que hiciera bien su trabajo. Él no responde. La verdad, era que ya no tenía una respuesta clara.
El forense sigue con su trabajo. Logra limpiar algunas cosas, deshacerse de otras, pero hay manchas que simplemente no se pueden borrar, al igual que cosas que no son tan sencillas de agarrar.
—Algún día tendrás que aprender a matar sin convertirlos en sopa. —vuelve a hablar, mientras toca lo que queda del cadáver con su mano con guante.
—No me gusta dejar el trabajo a medias. —responde el asesino, buscando algo en el bolsillo de su chaqueta. Lo encuentra, toma el objeto y lo lanza al forense, quien lo ataca con eficacia.
La oficina estaba oscura, pero era tan constante esa situación entre ambos que ya el médico sabía lo que había entre sus manos: Billetes. Una paca enorme de dinero.
Plata sucia. La única forma en la que personas como ellos podían ganarse la vida.
El doctor guarda su ganancia, sin detenerse a analizarla demasiado. La sombra figura frente a él lo nota de inmediato.
—¿No contarás con el dinero, Shinazugawa?
—Siempre eres justo con tu pago. Sé que está completo—Pese a saber el tipo de persona que tenía al frente, no parecía temerle. Al contrario, confiaba en él, más de lo que debería—. No podré hacer mucho más aquí. Lo que hiciste hoy se me escapa de las manos.
—Entonces vete a casa—él le da la espalda, con indiferencia—. Es probable que te llame al amanecer.
La relación de ambos era así. Uno mataba, el otro limpiaba. No había una amistad de por medio, ni intención de establecerla.
Sin embargo, Sanemi no pasa por alto cómo su compañero está peor que de costumbre.
—Vas a verla otra vez, ¿no, Tomioka?
El aludido no responde.
Eso ya es respuesta suficiente.
El azabache siente cómo un paño le es lanzado encima. Lo toma y se voltea, observando a Sanemi.
—Si vas a irte, al menos límpiate. Mira cómo estás—hoy estaba empapado en sangre. El albino siempre estaba alerta sobre la apariencia del contrario. Últimamente, más que de costumbre. Su mente parecía estar en lugares distintos, y no se preocupaba en ocultar cualquier prueba.
Sanemi no podía darse el lujo de dejar que él le muestre al mundo el terror que esconde. Si Giyuu cae, él sería el siguiente.
No podía permitir que "La Parca de Monroeville" se convirtiera en algo más grande que una leyenda urbana.
— † —
Giyuu conduce solo por la ciudad. Las avenidas yacen vacías por la madrugada fría. La ciudad está llena de luces, y aunque los semáforos marquen en rojo, no se preocupa mucho por respetarlos. No hay nadie más en la calle.
Una leve llovizna empezó a golpear el parabrisas. No parecía un mal escenario si lo acompañaba con la música antigua de Liza Minnelli sonando en la radio.
El auto se detiene. Había llegado a su destino. El lugar donde su amada le esperaba.
Camina sobre las baldosas inestables de la entrada, dobla una esquina, y llega junto a ella. Le traía un ramo de flores, aunque ella no era precisamente fanática de ese detalle, pero a Tomioka le gustaba sorprenderla, aún si ya le había llevado flores durante el día.
—Perdón por tardar. Estuve más tiempo ocupado. —conversa él, calmado. Sentándose frente a ella. Le coloca las flores en frente, esperando a que le gusten.
Imaginaba que estaría enojada con él por llegar a las tantas de la madrugada. Se limitaba a formar esa imagen de sus labios tensos en su cabeza, pues una lápida difícilmente podría imitar su belleza.
La tumba de Shinobu Kochou está impecable. Era lógico, puesto que la había limpiado en la mañana, así como el día anterior, y el anterior a ese...
Frente a ella, Giyuu se debilitaba por completo. La temida "Parca de Monroeville" desaparecía, y se abría paso un corazón que apenas latía, que ya no sentía fuerzas para bombear sangre suficiente para mantenerlo de pie.
—Volví a perder la cuenta de cuántos van ya...—recarga su brazo en sus piernas, escondiendo la mirada—, creo que son quinientos noventa y seis... o tal vez ya pasé los seiscientos... no lo sé. Pero estoy seguro de que sea cual sea la cantidad, ya los maté a todos.
Sopla un viento frío. Las flores que dejaron en la mañana, que aún se mantenían algo fresco, soltaron unos cuantos pétalos.
— ¿Qué tan humano es cargar con esa cantidad de sangre en mis manos? —se cuestiona él, esperando a que ella lo escuche— Nunca dejo de preguntarme si aprobarías todo lo que he hecho, pero a la vez... si dejo de hacerlo, entonces habrías muerto por nada.
Se hacían más frecuentes las preguntas en su cabeza, los cuestionamientos hacia sus propias acciones. Eso se había vuelto tanto una rutina como una tortura. Sentía que se perdía más y más siempre que esos interrogantes le golpeaban la cabeza.
—Te extraño—susurra, sin pensar—. Te extraño tanto.
De repente, siente cómo un aura pesada lo arropa con acecho, cual vampiro cazando sangre fresca. Un aliento, tibio y repugnante, le susurra en la oreja.
— Aún te quedan almas por tomar... Hay una no muy lejos de aquí.
Giyuu frunce el ceño, ensombreciendo la mirada, levantándose.
La Parca de Monroeville había encontrado un nuevo objetivo, a quien juzgaría, para determinar si su vida valía o no lo suficiente para seguir respirando en este mundo podrido.
Chapter Text
❛And for the last
night I lie.
Could I lie
with you?❜
— † —
La luz del farol sobre la escena, cual reflector de teatro, parpadeaba repetidas veces. Chispas destellaban del circuito, dándole más brillo a la obra bajo su manto. La iluminación cálida, de repente, se teñía de rojo cuando mirabas más allá, y te encontrabas con el protagonista del libreto, sosteniendo un cuchillo simple, goteando la vida arrebatada que se extendía por el suelo.
El olor era el mismo de siempre. La sangre corría como una quebrada abundante. Debía asegurarse de limpiar todo, antes de que el carmín brillante llame la atención de polillas entrometidas.
—Solo a tí se te ocurre matar a alguien en un callejón como este. —se queja Sanemi, reprendiéndolo.
—Nadie viene para acá, de todos modos.
—No se trata solo de eso. El olor a sangre no pasará desapercibido para cualquier policía que pase cerca de aquí.
El callejón no salía de lo común. Habían grafitis en las paredes y botes de basura enormes. Bastaría con colocar el cuerpo desmembrado en alguna bolsa y mezclarlo con más deshechos para que pase desapercibido, al menos al principio.
Giyuu observaba el sitio con detenimiento. Era la primera vez que estaba ahí, y a la vez, todo le resultaba tan familiar...
Ese cuerpo que ahora se hallaba olvidado en el basurero corrió con la mala suerte de encontrarse con Tomioka. Sin embargo, hubo una vez en la que él estuvo a punto de sufrir un destino similar. Cuando la muerte le tuvo piedad y, en su lugar, un ángel de finas manos acudió a su rescate.
— † —
Resonaron cuatro balas en el vientre del cielo, bajo su llanto. Se harían pasar por truenos débiles, haciendo ignorante a quien haya escuchado del flujo carmín brillando sobre el pavimento. Y quien haya reconocido ese estruendo, sabrá que es mejor mantenerse lejos.
Pasos rápidos se escucharon en los charcos, como quien huye, entre risas y expresiones de victoria. en soledad, él se retorcía, sintiendo el dolor y la sangre abandonar su cuerpo. Sentía frío, pero su mente, cada vez más nublada, no lograba distinguir si se debía a la lluvia empapando su camisa, o a su vida apagándose poco a poco.
No podía permitirse morir. Pero se había vuelto tan habitual desear la muerte que no le parecía nada mal la idea de dejarse engullir por ella. Moverse era imposible. Lo único que le quedaba era esperar a la oscuridad abrazarlo por la eternidad.
Sintió una caricia fría tocarle el rostro. La muerte se sentía justo como había imaginado, aunque su tacto era más gentil y delicado.
— † —
Al abrir los ojos, el cielo nublado ya no era el escenario ante su vista. Una bombilla amarilla brillaba sobre su cabeza, colgando y moviéndose de un lado a otro. Sea donde sea que estuviera, ya no sentía frío. Todo estaba mucho más cálido y silencioso.
Hizo el intento por levantarse, mas el dolor en su pecho y abdomen se lo impidió, cayendo. Recién notaba que estaba sobre una camilla, bastante cómoda, y que su torso estaba desnudo, siendo cubierto, en gran parte, por vendaje colocado con una precisión profesional.
Escuchó unos pasos apresurados acercarse. Parecía haberse percatado de que despertó cuando lo escuchó intentar levantarse.
Por la puerta de la habitación entró una mujer, no mucho menor que él. Tenía una palidez sorprendente, ojos tan grandes como inmersivos, y el pelo negro, atado con un adorno de mariposa. Él no la conocía. No era nadie a quien recordara haber visto antes.
No sabía que la muerte pudiera lucir tan bien.
—No te muevas. Tus heridas aún no se cierran del todo—la dueña de esa voz vestía una bata blanca. Aún aturdido, Giyuu no lograba distinguir bien su rostro. Incluso sus palabras se oían lejanas—. Tuviste suerte. Por lo general, la gente muere después de recibir un disparo. Tú sobreviviste aún después de recibir cuatro.
Sintió sus dedos fríos posarse sobre su pecho, cual beso decembrino. Cada toque le producía escalofríos. Era la alerta de desconocer las intenciones detrás de su tacto. Ella examinaba su abdomen, ahora manchado por una violencia cobarde. Habían tres heridas en su zona abdominal, cerca a las costillas, y una en el pectoral derecho. La mujer no evitó pensar en que sus agresores debían ser realmente estúpidos si pensaron que lo matarían disparándole del lado contrario al corazón.
— Pareces bastante resistente—continúa la mujer, apartándose un poco—. ¿Hay algún motivo por el que esos hombres hayan intentado matarte?
Giyuu, recordando lo poco que podía, se sumergió a sí mismo en una oscuridad fatigosa. Recordaba bien las caras y nombres de cada uno. Lo consumió tal odio el solo pensar en que ellos se salieran con la suya sin antes pagarle la deuda al karma.
La chica se da cuenta de inmediato de que él parece haber tenido un recuerdo amargo. Se aclara la garganta, intentando evadir el mal momento.
— ¿Quieres comer algo? Aunque creo que no tengo comida especial para pacientes moribundos—bromeó ella, intentando causar alguna reacción en el muchacho. Sin embargo, él pareció ignorarla por completo. Ya comenzaba a darse cuenta de que ese chico hablaba poco o nada—. Por cierto, no me has dicho tu nombre. Al menos déjame saber a quién le salvé la vida.
Con esto, recibe la amarga confirmación de que sigue vivo.
—Giyuu Tomioka.
— Bueno, Tomioka, ¿prefieres sándwiches o waffles? —ella busca algo en un pequeño almacén.
No comería. No después de ver la cantidad de instrumentos químicos que rodeaban la habitación.
— ¿Cómo puedo estar seguro de que no le pondrás veneno a lo que sea que vayas a darme?
— Si la comida tiene veneno o no, en realidad no lo sé. Soy muy despistada y a veces toco la comida sin haberme limpiado las manos después de hacer mis experimentos—ríe de forma juguetona, como si no pusiera en tela de duda sus intenciones con el azabache. Le acerca una sopa instantánea recién preparada junto a unos palillos, de forma muy atenta—. Tendrás que descubrirlo por tí mismo.
— ¿No ibas a darme sándwich o waffles?
— ¿No te dije que soy despistada? ¡Acabo de notar que no tengo ni lo uno ni lo otro! — y lo dice con tanta dicha, que Giyuu termina de confirmar que esa chica, definitivamente, es de todo menos normal.
Desconfiado, prueba el alimento. Para su sorpresa, no pareció tener ningún deterioro en su salud después de ingerirlo. Ni al instante ni horas después.
— ¿Ves que sí puedes confiar en mí? —mientras ella anotaba ecuaciones químicas sentada en su escritorio, Giyuu seguía recostado en la camilla a sus espaldas. Lo único que podía hacer era observarla. Aún desconocía mucho sobre ella—. No ganaría nada matándote.
— ¿Y ganas algo salvándome?
Ella se toma su tiempo en responder, como si pensara en una respuesta tanto sensata como sincera.
— Más o menos... Te estabas desangrando justo frente a mi escondite. Si te dejaba ahí, eventualmente encontrarían tu cadáver. Si la policía examinara la escena a fondo, no tardarían en descubrir este lugar. Y, como ves, no puedo darme ese lujo.
Giyuu lo había notado una vez que alcanzó total lucidez. El sitio era tan pequeño como un cuarto de hospital pero, para su sorpresa, estaba perfectamente limpio y ordenado. Habían muchas repisas en las paredes. Todas contenían montones de frascos con nombres de estupefacientes comunes entre los adictos de la localidad.
Si se estaba desangrando frente al escondite, eso quiere decir que seguía cerca del callejón donde casi es asesinado. Tomioka sentía curiosidad, mas no quería sonar invasivo, mucho menos maleducado, considerando que ella le había salvado la vida. No obstante, quería confirmar si realmente era prudente confiar en ella.
— ¿Las consumes?
Aquello llama su atención. Ella voltea, viéndolo con una sinceridad fría.
— ¿Me ves como alguien que consume drogas?
Giyuu la miró a los ojos, fijamente. Empezó a analizarla de pies a cabeza. Estaba lúcida. Demasiado. El brillo en sus ojos no demostraba ni un atisbo de ofuscación.
— No... —responde él, con seguridad.
La chica sonríe. Gira en su silla, volviendo a sus anotaciones. El silencio reina, por unos minutos en los que ella permanecía concentrada en sus experimentos.
—Ah, por cierto—quiebra la paz ella de repente—. Mientras te arrastraba hasta aquí para tratarte las heridas, varias de tus pertenencias cayeron al suelo. Me tomé la molestia de guardarlas—ella se inclina, buscando algo bajo su escritorio—. Esto es tuyo, ¿no?
Giyuu sintió cómo estaba a punto de vomitar el corazón del impacto.
En la punta de su dedo índice, colgaba un arma de fuego. Una pistola. La sostenía justo en el gatillo.
Un movimiento en falso y toda su fuerza estallaría. Eso Giyuu lo recordaba muy bien: Tenía la costumbre de dejar el arma totalmente cargada.
—Suelta eso. —ordena él, preocupado.
Sin embargo, ella no cede.
—No deberías andar con armas como esas por ahí. Si la mafia de la zona se entera, empezarán a considerarte un enemigo. Aunque..., ¿sabes? El modelo de esta pistola es, si no me equivoco, una Beretta 92FS. Solo la mafia posee este tipo de armamento. Suele ser el material primordial con el que preparan a sus sicarios. ¿Por qué la tienes tú, entonces?
Entre la espada y la pared, conocía lo poco sensato que era intentar esconder las manos manchadas con culpa. No sabía con quién estaba tratando. Pero no es alguien que signifique un peligro para él.
—Trabajaba como sicario para los altos mandos de la mafia. Esa pistola me la dieron ellos—Cabizbajo, dejó salir una sinceridad abrumadora. Él mismo se avergonzó de ello—. Descubrieron que tenía la intención de conspirar en su contra, tarde o temprano. Por lo que otros sicarios decidieron tomar cartas en el asunto antes de que yo tuviera la oportunidad de actuar.
La chica empuña el arma, aprovechando la vulnerabilidad del azabache. Coloca su dedo sobre el gatillo, y cuando Giyuu escucha el distintivo crujido del metal viejo de su pistola, todos sus sentidos se encienden.
Ella estaba apuntando directamente hacia él.
Giyuu intentó protestar, pidiéndole que bajara el arma. Ella no lo escuchó. Fortaleció su agarre. Con más seguridad, y sin ningún tipo de duda, apretó el gatillo a todo lo que daba.
Sin embargo, el impacto nunca llegó. Giyuu, que se había preparado para lo peor, voltea a verla con pánico en los ojos.
— ¿Te asusté? —esa sonrisa tan cínica y maldita retorció los intestinos de Giyuu. Ya empezaba a sentir cómo el amargor le subía por la garganta.
Desde su sitio, y con la respiración agitada, Tomioka observa cómo la chica muestra su trampa: El cargamento de la pistola estaba vacío.
—Mientras estuviste inconsciente, yo confisqué esto y le quité todas las balas. No sabía si podía confiar en tí, así que decidí adelantarme a los hechos y dejarte desarmado desde el comienzo... ¡Ah, por cierto! ¿Te gusta mi nuevo brazalete?
Ella levanta su brazo, luciendo orgullosa el accesorio sobre su muñeca. Era un brazalete decorado con todas las balas que le había quitado a la pistola. No lo había notado antes. La manga de su bata cubría todo su brazo.
Tomioka sentía cómo el estrés iba bajando de a poco. Se lleva una mano al rostro, aún afectado. Era claro que hizo eso como una forma de demostrar dominancia y asegurarse de que él no la lastimaría. En contraste, ella podría lastimarlo cada vez que pudiera si así lo quería.
Ella se coloca a su lado, con un vaso con agua entre sus manos. Se lo ofrece a Giyuu, y este, aunque inseguro, sabe que no tiene más opción que aceptarlo.
—Tranquilo, no tengo intenciones de matarte... No si no me das razones.
Sonriente, ella se aleja y se traslada por el sitio, encargándose de otros quehaceres—que considerando el espacio tan reducido, no eran muchos—. Giyuu se mantiene cabizbajo, observando el poco agua que le queda en el vaso con la mirada perdida.
Junto a él, se mantiene lo que sobró de la sopa. Tomioka toma los palillos, y acomodándolos en sus manos, los impulsa hacia la mujer, atacándola.
Sin embargo, ninguno llegó a lastimarla. Ella, que estaba con la guardia baja, se alarmó tras sentir el roce de la madera en su rostro. Debió suponer que no solo sabría manejar una pistola para defenderse.
—Nadie que sea externo a la mafia debería saber qué tipo de armas se manejan entre los sicarios—observa él. La mujer se detiene en sus movimientos, sabiendo que debe estar alerta—. ¿Qué tanto sabes de la organización?
Giyuu no logró ver la sonrisa desafiante en el rostro de la chica. Pero sí alcanzó a sentirla.
—Así que te diste cuenta—sin nada qué esconder, le dirige la mirada, recargando su espalda de la pared— . ¿Nunca escuchaste hablar de "Party Poison"?
Por supuesto que sí. Había escuchado hasta el hartazgo ese apodo. Era la forma en la que los adictos de la mafia llamaban a su más grande proveedor de drogas. Un apodo que nació de la depravación del hombre por los fuertes efectos de sus estupefacientes. La mafia, sobre todo la llamada "Élite", tomaba este cargamento y hacía fiestas grandísimas donde solo reinaba el éxtasis causado por ese veneno. A veces, las dosis que consumían eran tan insanas que más de uno acababa muerto durante las celebraciones.
Nadie nunca supo la verdadera identidad de la persona detrás de tal creación. Sin embargo...
— Tú...
— Es un placer conocerte, sicario. Tú tampoco pareces haber consumido ninguna de mis drogas.
El ojiazul ya no distinguía qué era sensato y qué no. Si confiar en ella era una bendición o una condena.
—¿Quién eres exactamente?
— Como te habrás dado cuenta, soy a quien ustedes llaman "Party Poison". Sin embargo, si no tenías ni idea de quién era al principio, entonces significa que la mafia cumplió su palabra y escondió bien mi identidad— se sienta sobre sus anotaciones científicas en el escritorio, cruzando las piernas—. Mi nombre es Shinobu Kochou. Antes dijiste que planeabas conspirar en contra de la mafia. Me gustaría escucharte.
Tomioka frunce los labios. Que tuviera su pistola, sus balas y toda la pinta de querer neutralizarlo quebraba su coraza de calma. Pero, ¿qué importaba? Estaba seguro de que, una vez que acabara de contar su historia, desearía estar muerto.
—Entré en la mafia con el único objetivo de infiltrarme en los altos mandos. Siempre he tenido la sospecha de que son ellos los responsables de la muerte de mi familia—ni siquiera es capaz de recordar con claridad la última vez que los vió. Sus rostros se hallan borrosos en sus recuerdos—. Ser sicario y matar a tantos inocentes nunca fue mi objetivo, menos teniendo en cuenta que seguramente mi familia fue asesinada por alguien como yo. Pero pienso que, si corro el riesgo y me mancho las manos con la sangre suficiente, pronto no será problema causar la muerte de quienes realmente lo merecen.
La mujer no presentó reacción. Estaba cabizbaja. Giyuu no llegaba a percibir alguna emoción. Sin embargo, ya se había preparado para lo peor.
—¿Vas a dispararme...?
—Mi objetivo también es desmantelar la mafia—rebela. Giyuu no sabe cómo reaccionar—. Te sonará absurdo conociendo mi posición. Pero no hay nada que desee más que hacer a todos sufrir.
No obstante, él no está muy convencido.
—¿Piensas traicionar a la mafia cuando te beneficia tanto trabajar para ellos? —y es que sabiendo cómo funcionan los ingresos y movidas financieras de la organización, Giyuu podía asegurar que Kochou contaba con una buena recompensa económica de parte de ellos.
—No hago todas estas drogas por gusto, ¿sabes? Tú sospechas que la mafia es responsable de la desaparición de tu familia. Pero yo tengo la seguridad de que fueron ellos los que se encargaron de matar a la mía. A final de cuentas, lo presencié todo.
Sabía que la pregunta que le haría tocaría una fibra muy sensible. Pero ya no había vuelta atrás.
—Fueron asesinados por un sicario, ¿no?
—Sí—la mirada que ahora le dirigía ya no era profunda ni misteriosa. Ardía con la ira de las llamas del infierno—. Te recuerdo que tengo tus balas y tu pistola. Así que te recomiendo comportarte como es debido.
Como asesino, con el tiempo pocas eran las cosas que lograban intimidarlo. Esa cara suya, que podía pasar de una amabilidad abrumadora a una ira fulminante, para su sorpresa, le puso los pelos de punta.
—¿Y cómo planeas vengarte? —ignoró la amenaza, interesado en saber más de ella.
—Quiero crear un químico capaz de acabar con todos en una noche. No creo nunca tener la fuerza para tomar un arma. Pienso que esta es la única manera en la que puedo matarlos a todos.
Tomioka asiente. Ya había escuchado suficiente. Con las pocas fuerzas que conservaba, logra levantarse de la camilla, alertando a la mariposa.
Sin embargo, una extraña calma la invadió cuando vio al azabache arrodillarse frente a ella, cabizbajo, cual caballero jurando dar la vida por su rey.
—Puedes desconfiar de mí todo lo que quieras. Pero creo que si ambos queremos lo mismo, lo mínimo que puedo hacer es demostrarte que puedo ser confiable—sus zafiros, con un brillo decisivo, le demuestran sinceridad a la científica—... y trabajar juntos.
Pero ella estaba acostumbrada a desconfiar.
—¿Qué me asegura que no usarás todo lo que acabo de decirte en mi contra?
—No veo motivos para arremeter en contra de la persona que me salvó la vida.
Aquello no la haría bajar las alertas. Pero, viéndolo tan vulnerable, a sus pies, era un hecho que, al menos por ahora, no implicaba ningún peligro.
—Bien. Entonces quedamos de esa forma. Pero no creas que bajaré la guardia.
—Como quieras. —intenta levantarse, pero el dolor en el cuerpo se lo impide.
Shinobu lo toma con cuidado y lo ayuda a ponerse de pie, caminando de vuelta a la camilla, a pasos cortos. Él se recuesta mientras Kochou busca entre sus pertenencias en una gaveta aparte.
—Te daré un calmante para el dolor. Así al menos podrás pasar la noche tranquilo.
Giyuu acepta. Justo ahora, no tiene problema en confiarle su vida y bienestar a ella.
Puede que, en el futuro, hasta le alegre estar a su disposición.
— † —
Los restos son lanzados al vacío. Un abismo a las afueras de la ciudad en un terreno pantanoso y fétido. No sacó la cuenta mental de cuántas bolsas necesitaron para esconder el cadáver. Ninguna de ellas sería encontrada jamás, de todos modos.
—Bien. Terminé por aquí. —Sanemi palmea sus manos, como sacudiendo el polvo. Desde hacía horas, había notado el tenso mutismo de Giyuu que, aunque sabe que suele ser callado, notó en sus ojos que había algo más acumulado en su mente turbia— ¿Todo bien?
— No pasa nada... —nunca le había contado a Shinazugawa todo lo vivido con Kochou. Él ni siquiera llegó a conocerla. Solo intuyó que era alguien especial para Giyuu después de una noche en la que, por cosas de la vida, lo acompañó al cementerio a visitar su tumba.
Sanemi decide no preguntar, pero sí hacer una observación curiosa.
—Cuando estábamos en el callejón no dejabas de mirar a la tapa de alcantarilla de la esquina. ¿Viste algo raro ahí?
Sí. Era una tapa de alcantarilla la fachada perfecta para esconder una guarida. Era la misma técnica de escondite que Shinobu solía usar. Pese a lo incómodo que pudiera ser, extrañaba perderse en senderos y túneles misteriosos con ella para llegar a su refugio.
—No había nada. Solo me disocié.
Por supuesto, el albino no lo cree. Aún así, sabe que Tomioka no sería capáz de compartir algún pensamiento con él.
—Bueno, entonces vámonos.... ¿Tienes otro vampiro qué cazar esta noche? —y con "vampiro" se refería al objetivo a aniquilar. Una vez Giyuu usó esa comparación para referirse a sus víctimas, y a partir de ese momento Sanemi empezó a usarla cuando necesitaban hablar en código, uno que solo ellos conocieran.
El asesino asiente, caminando junto al forense hacia el auto a sus espaldas. Ambos toman asiento y emprenden camino a su próximo destino. Por supuesto, es Sanemi quien maneja.
—Ese hombre era alguien de la mafia, ¿no? —pregunta Sanemi, con suma confianza.
—Sí. ¿Se te hizo familiar?
—Trabajé con él varias veces. En la mafia lo conocían como Gyokko—Giyuu se alerta. Había escuchado ese nombre innumerables veces, aunque nunca tuvo un contacto directo con él. Ni siquiera lo había visto antes—. "El número uno en el negocio de la trata de personas"... Así lo llamaban.
—Irónico que ahora seas tú quien vaya a vender sus partes al mercado negro.
Sanemi ríe, sin la más mínima pizca de orgullo.
—Bueno, quiero creer que se lo merece.
—Lo merece.
El albino aprieta sus manos en el volante, tenso. Giyuu lo dijo con tal odio que se le pusieron los pelos de punta.
No alcanzaba a verle el rostro, porque desde el asiento del copiloto miraba a la ventana. No obstante, de él podía sentir un aura oscura emanar y abrumarlo hasta asfixiarlo.
Giyuu, a través del reflejo de la ventana, nota esto. Se incorpora, recupera la compostura y devuelve la tranquilidad a su compañero.
—Cuando todo esto termine, prometo no perjudicarte más. —susurra el azabache, cabizbajo. Sanemi lo escucha, atento.
—Nunca me has perjudicado. Este es el camino que yo escogí en un principio.
—Pero pensabas alejarte del tráfico de órga...
—No importa. Estamos haciendo esto para acabar con la mafia. Puedo soportarlo un poco más.
De inmediato comprendió que Sanemi no quería hablar al respecto. Sabe que hay cosas que piensa sobre él que son distintas a las que le dice, pero una parte de él elije mejor no saber qué oculta la mente de Sanemi Shinazugawa.
Era lógico para Giyuu pensar que, muy en el fondo, su compañero guardaba un desprecio hacia él. Desde que entró a la mafia, Sanemi ya trabajaba como un conserje personal: todo asesinato cometido por la organización, él se encargaba de limpiarlo. Como era médico forense, tenía los conocimientos necesarios para ese tipo de tareas y, también, para elegir las "joyas correctas". De alguna forma, acabó involucrado en la parte de la mafia que se encargaba del tráfico de órganos. En un punto, la mafia empezó a dispararse a sí misma en sus zapatos. Es ahí cuando Shinazugawa vio una oportunidad para escapar de esa vida que nunca quiso... Pero fue ahí cuando Tomioka lo "reclutó" para que trabajara a su lado. Pese a que su labor sería la misma que despreciaba, aceptó.
Sanemi siempre ha pensado que es mejor trabajar para Giyuu que para un grupo de psicópatas, aunque él no esté muy alejado de esto último. Sabe que está más seguro si trabajan juntos.
Giyuu, por su parte, no tiene más detalles de la vida de Sanemi antes de entrar a la mafia.
—¿Me llevarías a un último lugar después de terminar de trabajar por hoy?
Sanemi ya sabía a dónde.
— ¿El cementerio?
— Será solo un momento.
— ¿No fuiste para allá más temprano?
— No me pude quedar mucho tiempo. Cuando termine con todo esto podré estar ahí todo el día.
Shinazugawa suspira, sintiendo algo de lástima.
—¿Cuántas personas te faltan por matar?
Giyuu no tiene una respuesta concreta.
—Como unos trescientos.
—¿Realmente seguirás hasta el final?
La pregunta lo golpea. Por primera vez, le gustaría responder con una negativa.
Sin embargo, una voz, la misma que oye todas las noches, brota como un recuerdo en su mente. Algo en él cambia. El deseo de desistir es reemplazado por una determinación que arde tanto como las mismas llamas del infierno.
"—Mil vidas. Tráeme las almas de mil hombres malvados, y estarán juntos de nuevo".
No podía renunciar.
No por ella.
—Por supuesto que sí.
Notes:
no tengo mucho qué decir, sorprendentemente. no han sido días lindos pero esto de alguna forma me hace sentir bien (y me destroza a la vez).
espero pronto poder proporcionar un capítulo mejor redactado. No tengo muchos ánimos últimamente, pero espero que esta actu al menos les dé un poquito de alegría. Besoss.
