Chapter Text
No hay nada más en el camino, es el final, o al menos eso ha de esperar la joven parada al borde del puente. Miraba con pesadez los autos que cruzaban debajo del monumento. ¿Lo haría? Quería hacerlo, pero era muy cobarde para dar el primer y último paso. Las lágrimas eran limpiadas por el fuerte viento que le suplicaba devolver sus pasos.
Lo tenía todo, o al menos, tenía bastante, pero lo que le faltaba era lo que más le dolía. A esta hora apenas había autos, así que nadie la molestaría en su intento de tomar una decisión. Esta vez tenía que ser la indicada; ya no tenía más ropa que la que llevaba puesta, gran parte de sus pertenencias habían sido vendidas y mañana en la mañana, su apartamento ya no sería suyo. Esto era iniciar de cero o terminar el juego.
—¿Otra vez aquí? Decídete de una vez—. Una voz le llamó la atención, haciéndola voltear el rostro. Ruidos metálicos y sordos afirmaban que alguien se había sentado a su izquierda.
—¿Disculpa?
—Que te decidas, llevas dos semanas viniendo al puto puente, ya lánzate.
Ella tragó pesado, miró al vacío nuevamente y sintió una presión en su mandíbula que muy bien conocía: vértigo.
—Chau
Un jadeo escapa de la mujer una vez que una mano enorme le empuja hacia adelante. Un grito agudo escapa de su garganta, cierra los ojos; morir ya no parecía gran idea. En medio del aire y los gritos, el hombre la sostiene del tobillo.
—¿¡Qué te pasa!? —Lloriquea la joven entre gritos desesperados por compasión.
—Decídete, ¿te subo o te suelto?— rió, sabiendo la obvia decisión que tomarías.
—¡Súbeme! —chilla.
—Bueno, bueno, ya te su… —Te soltó otro instante, sacándole un grito y sacándose una carcajada. —Ya te subo, bonita—. Ríe como si aquello fuera divertido y sube a la fémina para tirarla detrás del muro del puente.
Jadeas, el corazón se te quería salir del pecho, tanto así que dolía. Te pones a tu costado, apretando tu pecho con ambas manos. Un ataque de pánico inunda tu ser; la hiperventilación y las lágrimas fueron el fastidio del hombre vestido de rojo, que seguía sentado al borde del puente.
—¿Ya te callas? No es para tanto—. Regresó la mirada a la ciudad, y luego la desplazó al vacío. Se había lanzado muchas veces, así que consideraba ello una decisión poco difícil. —Yo tú me hubiera lanzado hace dos semanas —masculla.
Pasaron pocos minutos de silencio cuando volviste a incorporarte. Aún jadeando, pero definitivamente más tranquila.
—Eres..., un héroe de mierda—. Soltó entre jadeos apoyando ambas manos en el borde del puente.
—¿Un héroe yo? Bueno, a veces... —Suelta una carcajada, luego encontrándose con la mirada de fastidio de la mujer. Yacía despeinada y con las marcas de lágrimas esparcidas por las mejillas. Quitó la sonrisa bajo la máscara y devolvió la mirada hacia adelante. —Al menos ya no quieres suicidarte, ¿no? Eso es heroico de mi parte, ¿a poco no?—
—Idiota.
Él soltó una carcajada, dando golpecitos a un lado suyo con la palma de la mano.
—Ven, podemos compartir puente—. En aquellos ojos blancos de la máscara se pudo ver algo de compasión. O al menos, eso ella creyó ver.
En silencio, ella se acomoda a su lado, distanciados por uno o dos pies. Miraron a la carretera debajo de sus pies; las lágrimas continuaron su aventura por tus mejillas, lágrimas que quitas con la palma de la mano.
—Gracias... —Un susurro se escapa de tus labios, tan bajo, que el ruido de los pocos autos casi se come tu voz.
—Lo sé, lo sé, soy fabuloso—. Sonríes por lo bajo ante tal respuesta, pero él parecía más fastidiado por aquellas palabras.
El silencio se hizo presente, o bueno, lo que uno quisiera decir que era silencio. El ruido en la ciudad era horriblemente calmado. Se sentía como el ojo de un huracán, donde el silencio se hace presente aunque haya desastre alrededor.
Un suspiro escapa de ambos pechos, una sonrisa moldea sus rostros, unas sonrisas apenadas. Aunque la de él apenas fuera visible, algo te decía que pasaba por lo mismo que tú, incluso peor.
—¿Por qué vienes al puente?—preguntaste llamando su atención, haciéndolo mirarte por una milésima de segundo.
—¿Por qué preguntas?
—Porque el sonido de los carros ya me aburrió—fue una respuesta sencilla, pero comprensible.
—Me gusta venir y escuchar una canción de Salt-N-Pepa y mirar a la calle —soltó una risa nostálgica, como si hubiera pasado hace mucho.
—¿Cuál? ¡Oh! —La muchacha se endereza, subiendo la pierna izquierda al puente de manera arqueada y haciendo su torso mirar al contrario. —La que dice... —Buscó las palabras por unos segundos, aplaudió rápidamente y señaló al antihéroe. —Um, you're packed and you're stacked, 'specially in the back—
El hombre vestido de rojo suelta una carcajada. —¿No te querías suicidar hace pocos segundos?— de todos modos continua la letra de la canción, comenzando a mover ligeramente la cabeza al ritmo de la música que sonaba en ambas cabezas. Las energías se alzan mientras ríen y terminan de cantar el verso. —Or a shotgun, bang! What's up with that thang?—
—I wanna know, how does it hang?—. Ambos ríen, haciendo aquel silencio desaparecer y volverse cómodo.
—Así me gusta, maldito clásico— reía el supuesto héroe al levantar la mano para recibir la tuya en complicidad.
—¿Quién no se la sabe?
—La vieja ciega con la que vivo, definitivamente no
—¿Vives con una vieja ciega?
Ella se limpió las lágrimas, ahora siendo estas causadas por la risa.
Así transcurrió la noche, animada y enérgica. Una noche digna de jamás olvidar. La noche en la que dos desconocidos encontraron conexión y hablaron por horas hasta que sus estómagos crujieron.
—¿Qué hora es?— preguntas al aire sacando el celular oculto en tu bolsillo trasero. —Dos, treinta y dos de la mañana...—
—¡Avemaría! —celebró él, como si tal hora no fuera nada. —Tengo hambre, ¿tienes hambre?—
—La verdad sí
—Bien, está decidido entonces. —Se baja del puente, ahora dándole la cara a la carretera. —¡Vamos! —Dio un par de pasos hasta que nota que no lo seguías. —¡Dije vamos! —Llama tu atención de nueva cuenta.
—¡Eres un extraño, ¿lo olvidas?!
—Vamos, ni que fuera un ase... Oh, bueno... ¡No te mataré, lo prometo!
—¿Y si me violas?
—¡Me sirve, pero no tengo ganas, gracias! —Hablaban a gritos por la distancia.
—¡Quizás puedas torturarme!
—¡Deja de ser una gallina y vamos!
—Tsk —terminó decidiendo bajar del puente y correr a la dirección donde aquel extraño la esperaba.
—¡Bien! Ahora sí, ¿chimichangas o hamburguesas?— dijo cuando llegaron a un pequeño puesto de comida. Sus pómulos se marcaron en la máscara, con una grata y ahora notoria sonrisa. —Que sean una chimichanga y una hamburguesa— se dirigió al cocinero después de que le hayas susurrado tu elección: hamburguesa.
—Con una malteada— volviste a susurrar.
—Con malteada —repitió volteando los ojos bajo la máscara. Tenía un codo apoyado en el mostrador y el puño del brazo contrario en la cintura, donde más abajo sus piernas se cruzaban. El hombre frente a ellos, lleno de ojeras por la hora, respondió con lentitud, asintiendo a la orden.
—¿Qué vas a beber tú? —cuestiona la muchacha que se guardaba las manos en el cárdigan que lleva puesto.
—Ahora que lo dices, también quiero una malteada—. Susurró para sí mismo, entonces gritando al hombre que cocinaba a solas tras el mostrador de aquel carrillo apenas iluminado por la luz anaranjada de un poste cercano.
—Ajá—respondió irritado el servidor.
—Vaya que eres odioso—le sacas una risilla.
—Siéntate mientras espero aquí, bombón.
—Ajá, como sea. —Fue tu turno de voltear los ojos al darte vuelta para sentarte en una mesilla del 'foodtruck'.
El espacio era incluso más tranquilo que el puente. Por aquella calle solitaria en la madrugada apenas había ruido, descartando el sonido de la cocina dentro de la camioneta detrás de ti El extraño, quien dijo hacerse llamar Deadpool, molestaba al cocinero con chistes e historias que parecían ser ficticias. Ríes ante su energía, bajas la mirada a la mesa y apoyas el rostro en un puño.
Piensas: ¿Era esto una señal? Es probable. La vida sí que era una maldita desgraciada, ¿cómo se atrevía a tratarte de tal manera y de paso hacer que ya no quisieras lanzarte del puente? Más en parte era culpa tuya; tu indecisión te dejó parada en un inicio que habías creado para ser el final. No tenías nada, solo una suma de dinero en un banco que debía ser para tus padres y tu funeral. ¿A dónde te dirigirías? ¿A dónde te llevaría la vida? Por ahora, te había llevado a un puesto de chimichangas y hamburguesas con un extraño que apenas conociste hace tres horas.
—¡A comer! —Te sacó de las profundidades de tu mente, haciendo que levantaras el rostro y apartaras los brazos para que el mayor pusiera la comida en la esquina de cada quien.
Una vista simple a la carretera era lo que se les presentaba. El silencio los abrazaba y la comida les apretaba el pecho para que soltaran suspiros llenos de placer al degustar.
—Dios, no sé si es que lo hizo con toda la amargura o el amor del mundo, pero esta chimichanga está... —Llamó tu atención, haciendo que miraras en su dirección y notaras su boca y nariz expuestas, ambas llenas de quemaduras viejas y cicatrizadas.
Quisiste preguntar qué pasó, pero quizás era una historia muy triste o muy complicada. No querías agüitar el ambiente enérgico que él había creado, así que solo comiste y asentiste a su comentario.
—Prueba—. Desmanteló parte de la chimichanga y la acercó a ti, reíste.
—¿Y si tienes sífilis?—
—La única condición que tengo es ser tan ardiente que me queme hasta quedar como el testículo de un aguacate; dale un mordisco, carajo.
Volviste a reír, ahora acercando el rostro a la chimichanga y mordiendo un buen pedazo. Al masticar, levantas las cejas y luego sueltas tarareos afirmando que los sabores en tu boca estaban más que correctos. —Te lo dije—. Sonrió. —Ahora me debes un mordisco, dame—. Abre la boca mostrando los dientes, ríes; en definitiva, este hombre era otra cosa.
Tu hamburguesa se asoma en su boca y recibe el mordisco de sus bastante bien cuidados dientes. —Entonces sí te quemaste.
—Meh, más o menos. —Se encogió de hombros. —Fue una reacción química ahí rara y resulta que soy inmortal y sexy—te vio sonreír, a lo que él también lo hizo. —Todos me ven y parece que ven al hijo del tío cosa con un gato sin pelo de sombrero—ahora es una risilla lo que escucha. —¡No te rías de mi miseria! —sonríe al empujarte de manera juguetona.
—Ya, ya, perdón
—Bueno, ahora que te reíste de mi miseria, estás obligada a contarme por qué te querías lanzar del puente—. Se apoyó sobre sus codos, mirándote con atención y dándole otra mordida a la chimichanga.
—Eh..., bueno, realmente no quiero hablar de eso...
—Una pistita no mata a nadie
Pensaste en qué decir; en las últimas tres horas y media ya conocías su nivel de insistencia.
—Lo tenía todo sin tener nada—. Respondes, simple y directa. Él se quedó callado, pensando un poco las palabras y asintiendo en silencio. —Tiene sentido—. Ambos se miraron, sonriendo por lo bajo y devolviendo la mirada a la comida.
—No sé qué voy a hacer ahora. Vendí mi depa y gran parte de mis cosas. Tengo dinero, pero no el suficiente para andar cada noche metida en un motel aquí en Nueva York. No me da ni para sobrevivir una semana antes de conseguir otro apartamento. —tus quejas son escuchadas, a lo que a Deadpool se le ocurre algo igual de descabellado que él mismo.
—Ven conmigo.
Masticas lentamente tu comida, pensando en lo que acababa de decir por un minuto.
—¿Hm?—cuestionas con la boca llena
—Ven a vivir conmigo.
—¿Qué…?
