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Enciende el Fuego que Reside en mi Interior

Summary:

Kuroba Kaito es un lobo Japonés que tiene una vida secreta como ladrón fantasma. En su camino por conseguir la legendaria joya "Pandora", se enfrentará a innumerables enemigos que quieren verlo muerto o entre rejas. Lo que no sabe este joven lobo, es que toda su vida se pondrá patas arriba al conocer al detective británico, Hakuba Saguru. Un sabueso que no dejará de ir tras su pista hasta que consiga atraparlo. ¿Logrará cumplir Kaito su objetivo, o caerá en las garras de Hakuba antes de conseguirlo?

Notes:

☆ Esta fue mi primera historia escrita. Después de bastante tiempo he decidido subirla en mi idioma natal, español

☆ Puede contener algunos errores y faltas de ortografía, sobre todo con los signos de puntuación. (Son mi pesadilla)

☆ Todos los diseños e ilustraciones que veáis en esta historia me pertenecen. Por favor, no los resubáis a ningún otro sitio.

☆ La historia se desarrolla en un universo de animales antropomórficos; se podría decir que es mi propia versión de Magic Kaito.

☆ Los primeros capítulos siguen parte del canon original, pero luego la trama se desvía completamente.

☆ Espero que disfrutéis. Cualquier comentario o sugerencia es bienvenido.

☆ ¿Sólo os pido que le deis una oportunidad?

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: UN GRAN DETECTIVE SALE A LA LUZ

Chapter Text

Todo comenzó un día normal como cualquier otro, asistí a la escuela con mi amiga de la infancia Aoko, y hasta ahí todo bien. Los problemas llegaron cuando un ladrón llamado Kaito Kid desaparecido hace 8 años decidió volver a actuar, enviando un aviso de atraco para ese mismo día, extraño, ¿verdad? 

Al volver a casa me puse a buscar algo en la habitación de mi madre, y tropecé con el cuadro de mi difunto padre, activando por accidente un mecanismo oculto. Detrás de dicho cuadro hallé una habitación secreta de la que no tenía constancia. Entonces lo vi, un traje inmaculado sospechosamente parecido al de Kaito Kid. 

Decidido a descubrir la verdad me vestí con ese traje y asistí al atraco. La persona que encontré vestida con un atuendo igual al mío me confundió con otra persona, mi padre. Resultó ser el hombre que trabajaba como su asistente cuando aún estaba vivo. 

Tamaña fue mi sorpresa al descubrir que mi padre era el Kaito Kid original, y que en realidad no murió en un accidente, sino que fue asesinado por unos hombres de negro. Todo porque este se negó a ayudarles a encontrar una joya llamada, Pandora, que otorgaba la inmortalidad. 

La única manera de identificar la joya de Pandora, es comprobar si emite un destello rojo al reflejarse la luz lunar sobre ella, así que desde ese mismo momento, tomé el manto de Kaito Kid el ladrón fantasma, y me prometí a mí mismo que encontraría esa joya y la destruiría con mis propias manos para evitar así que esos asesinos cumpliesen su propósito.

Bueno, y si a eso le sumamos la cantidad de enemigos que me he ido forjando bajo ese nombre, entonces tenemos una bomba de relojería a punto de explotar. 

Resumiendo; tenemos a una bruja obsesionada con someterme, un detective a tamaño reducido que deduce como un demonio, y una organización criminal de hombres de negro que quieren verme bajo tierra. Me preguntó qué será lo siguiente… 

Ahora me encuentro en clase, porque por triste que suene, un estudiante de secundaria no puede descuidar sus responsabilidades incluso si es un ladrón fantasma internacionalmente conocido. Parece que toda la clase está emocionada porque un detective británico bastante famoso ha vuelto a japón después de mucho tiempo. Se hace llamar Hakuba Saguru, y según dicen los medios está aquí para tratar de atrapar a Kaito Kid, ja, buena suerte, no dejaré que nadie me atrapé hasta que haya cumplido mi objetivo. Tendré que prepararme bien para el atraco de esta noche.

—Oye, Bakaito, ¿me estás escuchando?—preguntó su amiga de la infancia, haciendo que el joven saliera de sus pensamientos.

—No, no ves que estoy a mis cosas, Ahoko.

—Uff, no tienes remedio, Kaito—lamentaba la chica mientras miraba al joven lobo—. Te preguntaba que si al final vamos a ir a patinar a la pista de hielo después de clase o no.

—Ya te dije que sí, no seas tan pesada—replicó el mago mientras ponía los ojos en blanco, y apoyaba su cabeza sobre la mano—. Es la excusa perfecta para poder observar la Sonrisa de Adán está noche antes de robarla—pensó, sonriendo.

—No pongas esa cara Bakaito, parece que estás tramando algo malo—dijo la joven, plantando las dos manos sobre el pupitre de su amigo.

—Puede que esa sea la realidad, ¿no crees?—dijo el joven, liberando una explosión de confeti sobre su compañera de clase.

—¡Kaito, no hagas bromas en clase, te lo he dicho muchas veces!—gritó molesta su amiga, mientras tosía por el humo y agitaba su mano para dispersarlo.

Aoko, cabreada con un montón de confeti sobre su cabeza, trató de golpearlo con su mochila, pero Kaito lo esquivó y se encaramó en la esquina del techo. Después le sacó la lengua a la chica con burla, y toda la clase comenzó a reírse. Aoko entonces fue al armario de escobas, sacó una fregona y empezó a perseguir a Kaito por toda la clase para tratar de golpearlo. 

La profesora finalmente trató de poner orden, ya acostumbrada a las gamberradas del joven lobo. Kaito dio una voltereta en el aire cayendo frente a ella, e hizo aparecer una rosa amarilla. Se la entregó, y acto seguido se disculpó por la interrupción. Después, ambos canes se sentaron en sus asientos y prosiguió la lección. 

Cuando las clases terminaron, Kaito y Aoko fueron a patinar a la pista de hielo, aunque en realidad, Kaito iba con ella para tener una excusa y así poder vigilar el cargamento que se dirigía hacía el museo.

—Vaya, parece que están trayendo la Sonrisa de Adán...—susurró el joven para sí—. Toda esa seguridad debe ser cosa del Inspector Nakamori—meditó, concentrándose en observar con sus prismáticos el cuidado con el que transportaban la obra—. Pero todo su esfuerzo será en vano, porque voy a robarla esta noche— dijo en voz baja, riéndose.

—El culpable… ¡Eres tú!—exclamó Aoko con ímpetu por detrás de Kaito, señalándole. Este emitió un chillido, asustado, soltando sus prismáticos, y se dio la vuelta rápidamente, agarrándose al borde de la pista de patinaje con fuerza—. La verdad siempre sale a la luz—recitó la chica, posando y haciéndose la interesante.

—¿Qué te crees que haces, Ahoko?—preguntó el lobo, claramente molesto.

—¿No la conoces?—preguntó la tosa—. Es la frase que siempre dice ese famoso detective venido de Londres.

—Bah, eso no son más que tonterías, ese tipo es un fraude—dijo el joven, desestimando sus palabras.

—¿Tengo que recordarte que tú fuiste quien me invitó aquí, Kaito?—le reprochó ella, poniendo sus manos en las caderas.

—Solo te invité porque me pusiste ojos de cachorro abandonado, supéralo tonta—replicó él en sus trece, sin ceder terreno.

—Bien, pues entonces me marcho.

Tras decir eso, Aoko se dio la vuelta dispuesta a irse patinando fuera de la pista, pero a mitad de camino escuchó a su amigo decir que le esperase, a la vez que un golpe sordo. Al girarse, encontró a Kaito hecho un lío de extremidades en el suelo

—Esta es la mía—pensó ella—. ¿Así que esa era la razón por la que te quedabas ahí plantado al lado de la valla?—preguntó en tono burlón.

—No te rías y ayúdame, Aoko— dijo él, intentando ponerse de pie sin resultado.

—Solo si dices “por favor, Aoko-sama”—exigió su amiga con suficiencia.

—Ni lo sueñes, no pienso rogarte—negó el lobo, mientras trataba de mantenerse en pie. 

Aoko sintiéndose superior a él por una vez, se quedó mirando como caía una y otra vez contra el suelo.

—Aoko-sama…—suplicó el chico después de un rato, completamente derrotado.

—¿Ves, Bakaito? No era tan difícil—rió la chica contenta por su victoria, mientras arrastraba a su amigo fuera de la pista de hielo.

—Espero que Jii-chan no se equivocase con esto—pensó el lobo, lleno de magulladuras, recordando una conversación que tuvo con su asistente el otro día.

—He estado buscando información sobre algunas joyas como me pidió, joven maestro—dijo el anciano, mostrándole al chico una noticia reciente—. Mire esto, parece interesante.

—¿Un cuadro?—preguntó Kaito al abuelo, leyendo la noticia.

—Pero no es una pintura cualquiera—anunció el schnauzer—. La “Sonrisa de Adán” es un cuadro abstracto valorado en 400 millones de yenes, hay algo en su valor que no me cuadra—explicó, mientras ampliaba la información en la pantalla de la tablet y se la enseñaba al chico.

—¿Tienes una respuesta para eso?

—Pues se cree que Picasso utilizó una pintura especial en esta zona—dijo el anciano, señalando el ojo izquierdo de la calavera en la pintura—. Pero me temo que hay mucho más que eso.


—¡Kaito Kid dijo en su aviso que estaría aquí a las diez en punto de la noche!—gritó el inspector Nakamori a su equipo, apostado alrededor de la pintura—. ¡Sincronizad todos vuestros relojes!—dijo revisando su propio reloj—. Vamos a ver la hora…

—Martes, 3 de Febrero de 2015, ocho menos diez minutos, y cinco segundos…—recita un joven perro de pelaje rubio y ojos rojizos, mientras mira su reloj de bolsillo—. Mi reloj solo se retrasa un milisegundo al año—dice mientras cierra el reloj, y se lo guarda en el bolsillo de su chaqueta—. Solo para que lo sepas.

—¡Eres ese mocoso de Londres!—gritó el inspector, irritado.

—Mi nombre es Hakuba Saguru, mucho gusto—saludó el joven sabueso, amablemente, girándose a mirar al inspector.

—¡Fuera, fuera!—dijo el can, tratando de espantarlo con las manos—. Las escenas del crimen no son lugar para aficionados.

—Vamos, Nakamori-kun, no seas tan duro con el chico—interrumpe un Akita Inu vestido de uniforme policial, entrando en la sala.

—¿¡Superintendente General Hakuba!?—exclamó con sorpresa el tosa, mirando a su superior.

—Ese muchacho ahí como lo ves, es mi hijo— explicó el intendente al hombre—. Desafortunadamente, la atención que le brindan los medios parece habérsele subido a la cabeza…—expresó preocupado—. ¿Podría dejarlo a tu cuidado? Estoy seguro de que le puedes enseñar cosas realmente útiles en una escena del crimen real.

—¡En ese caso déjemelo a mí, Nakamori Ginzo!—exclamó el perro, saludando al intendente.

—¡Estupendo, cuento con usted inspector!—celebró el padre de Hakuba, juntando sus dos manos en agradecimiento.

—Si hay algo que necesites saber, siéntete libre de preguntar—dijo el inspector al joven, acercándose a él, y dándole unos toques en el hombro.

—Pues ahora que lo dice… ¿Cuál es el sexo de Kaito Kid?

—Hombre… creo—respondió el inspector, confundido por la pregunta del sabueso.

—¿Edad? ¿Año de nacimiento? ¿Tipo de sangre? ¿Sus pasatiempos? ¿Orientación sexual? ¿Perfumes favoritos? ¿Altura? ¿Peso? ¿Físico? ¿Estilo de peinado? ¿Equipo de Béisbol favorito?—siguió cuestionando el detective, incansablemente. 

El tosa, perdido, se fue encogiendo cada vez más con cada pregunta sintiéndose abrumado por tanta información repentina.

—No… lo sé—exhaló el inspector, sin saber qué responder.

—En ese caso, no tengo más preguntas, con permiso—concluye el joven, saliendo del lugar.


Ya cerca de la hora del atraco, Kaito estaba ultimando los preparativos. Había colocado un globo en el techo, y atado una cuerda a la ventana de la sala de exposiciones para asegurarse varias vías de escape. Ahora solo necesitaba encontrar un buen disfraz para colarse en la exposición y pasar desapercibido. Se escondió dentro de un coche de policía a esperar hasta que llegó la víctima en cuestión.

—Trabajar con este frío da mucha pereza—dijo el policía para sí mismo al entrar en el coche, sin ser consciente de que alguien lo observaba.

—Si tan cansado estás… ¿Por qué no te echas una siestecita?—sugirió Kid, rociándole con gas somnífero. El policía quedó inconsciente casi al instante, y Kaito aprovechó para quitarle el uniforme y atarlo—. Dulces sueños—canturreó el lobo, saliendo del coche ya disfrazado.

Ya dentro del edificio, se dispusó a observar cómo estaban apostados los policías en la exposición. Podía ver a bastantes alrededor de la Sonrisa de Adán, algunos vigilaban desde arriba, y otros por los pasillos, pero Nakamori había dejado a casi todo su equipo alrededor de la obra. 

—Esto está plagado de policías…—suspiró lastimosamente el mago.

—¡Oye, tú!—gritó el inspector, haciendo que el ladrón diese un respingo por la sorpresa—. ¡Vuelve a tu puesto ahora mismo!—gruñó al oficial, cuando este se dio la vuelta para mirarlo a la cara.

—¡S-Sí, señor!—respondió el ladrón, saludando al inspector. Sin perder tiempo, se fue corriendo a su “puesto” alrededor de los demás oficiales colocados alrededor de la pintura—Ha faltado poco…—pensó para sí mismo suspirando.

—Menuda panda de holgazanes…—refunfuñó el inspector, entrando en la sala de exposiciones con las manos en los bolsillos. 


Mientras tanto, Hakuba Saguru, había salido del edificio, la nevada era intensa. Iba caminando cuando advirtió un brillo que provenía del pavimento. Miró hacia abajo, y observó que había un objeto tirado en el suelo. Se trataba de una placa de policía

—Qué extraño…—meditó el joven, acercándose a mirar por la ventanilla del coche que estaba estacionado cerca de la placa. Dentro, descubrió a un agente en ropa interior, amordazado y con los brazos y las piernas atados—. Esto debe ser obra del ladrón fantasma—murmuró, antes de girarse para mirar al cielo. Allí a lo alto estaba el globo que Kid había colocado, y un poco más abajo en la ventana, estaba la cuerda—. Te tengo…


Apenas quedaban unos segundos para que apareciese el ladrón fantasma, y todos estaban alerta, observando a sus alrededores en la sala donde se encontraba expuesta la pintura. 

Cuando la manecilla del reloj marcó las diez en punto, la sala empezó a llenarse de un gas rosado. Al dispersarse, lo único que quedaba del cuadro era una nota de Kid que decía; “Me he llevado la Sonrisa de Adán, Kaito Kid”.

—¡Maldición, tiene que estar por aquí cerca!—exclamó el inspector a sus oficiales—. ¡Encontradle!—concluyó, corriendo fuera de la habitación junto con los demás policías a su cargo para dar caza al ladrón.

—Bye bye—canturreó Kid, mientras se incorporaba aún vestido de policía, y se despedía con la mano de los oficiales que acababan de irse de la sala. Justo después se dio la vuelta, quitó el papel que había puesto encima de la pintura, y comenzó a desmontarla para conseguir la joya oculta en su interior—. No puedo creer que sigan cayendo en los mismos trucos una, y otra vez.

—Ciertamente, es un truco demasiado simple—anunció una voz que Kaito no conocía.

El lobo se giró para averiguar a quién se enfrentaba. En el marco de la puerta estaba apoyado el detective del que todo el mundo hablaba, era un sabueso, genial…

—Cuando algo no está donde se supone que debe estar, la gente asume que ha desaparecido, una ilusión óptica—dedujo el perro, sonriendo con los ojos cerrados—. Me parece que llegas 13 segundos y una milésima de segundo tarde, Kaito Kid-san—concluyó, abriendo los ojos, y acercándose al escurridizo ladrón con calma.

—Qué puedo decir, la nieve me retrasó—bromeó Kid, haciendo rebotar en su mano una bomba de humo, para acto después arrojarla, cegando al detective durante unos instantes que aprovechó para subir al piso superior, y quitarse el disfraz. El sabueso miró hacía arriba sin perder la calma—. Estoy seguro de que no pudiste prever el siguiente truco.

—Si te refieres a la cuerda que colgaba de la ventana, ya la he cortado—dijo el perro, cerrando los ojos con aire de superioridad. 

Kid se dio la vuelta para abrir la ventana y comprobar que lo que decía el otro era cierto.

—Después de tu pequeño espectáculo de magia, ¿pretendías terminar con un número de circo?—siguió burlándose mientras subía con calma al piso superior, donde se encontraba el ladrón fantasma—Además, también he soltado el globo que estaba atado en la azotea—añadió, acercándose cada vez más. 

El mago observó impasible a través de la ventana cómo su última vía de escape se alejaba arrastrada por el viento

—Ya no tienes escapatoria, y muy pronto saldrá a la luz la verdad sobre ti, Kaito Kid.

Kaito al no ver más opciones, desplegó el ala delta de su capa con una sonrisa.

—Los secretos son para un mago como su vida, no dejaré que los desveles a plena luz del día—contraatacó el lobo con presunción, ajustándose el sombrero de copa.

—¡¿Un ala delta?!—exclamó asombrado el sabueso—. ¿Acaso te crees Batman o qué?—preguntó, sonriendo con curiosidad.

—Batman es el héroe de un cómic, no es real—expresó el ladrón burlándose del otro, que seguía observándole ensimismado—. ¡Hasta otra!—se despidió Kid, saltando por la ventana para huir de allí.

—Menudo ignorante, soplan fuertes vientos de temporal, su ala delta no podrá soportarlo—pensó en voz alta Hakuba, mirando a Kid desde la ventana. 

Poco después, el ladrón perdió el control del artilugio y empezó a ser arrastrado por el viento.

—¡Ese maldito Kid!—se quejó el inspector Nakamori, que aún no había sido capaz de dar con el ladrón. 

Justo en ese momento, el mago se estrelló cerca de donde estaba el equipo buscándolo, se dieron la vuelta al escuchar la conmoción y lo vieron. Estaba sentado en el suelo recuperándose de la caída, rascándose la cabeza adolorido.

—¡¿K-Kid?! ¡Cogedle!— ladró el inspector, sorprendido, a su escuadrón.

—¡Mierda!—se quejó Kid, levantándose del suelo a toda velocidad para escapar. Al incorporarse sintió que se deslizaba—. ¡¿La pista de patinaje?!—exclamó alarmado. 

Kaito no podía creer su mala suerte, de todos los lugares donde podía haber caído tuvo que ser en esa condenada pista de hielo.

—¡Detente!—gritó el inspector justo detrás de él.

Kid giró la cabeza, solo para ver a todos los policías venir tras él.

—¡Es la hora del plan B!—dijo el lobo, haciendo explotar otra bomba de humo, para soltar un muñeco con su apariencia.

—¡¿Se ha dividido en dos?!—exclamó perdido el inspector—. ¿Cuál es el verdadero?—se preguntó en voz alta. Siguió observando hasta que uno de los dos Kid se resbaló y cayó sobre la pista—. ¡El de la derecha! ¡Kid no puede ser tan malo patinando!—ladró, señalando al Kid falso. 

Todos se dirigieron hacía el cebo a toda velocidad, mientras el Kid verdadero observaba la extraña situación sentado en el hielo.

—Esto es ridículo, me he salvado de milagro—se dijo a sí mismo Kaito, avergonzado.

—¡Estás bajo arresto!—gritó el inspector, lanzándose sobre el cebo—. Espera… ¡¿Es falso?!—exclamó, sorprendido, al comprobar que se trataba solo de un muñeco, y que el verdadero Kid había escapado una vez más.

Desde la ventana de la sala de exposiciones, Hakuba lo había presenciado todo. Sacó su libreta y apuntó lo que había aprendido sobre su encuentro con el infame ladrón.

Así que Kaito Kid no sabe patinar, curioso—sonrió el sabueso, subrayando ese dato en particular.

Al terminar, cerró la libreta, y observó la escena frente a él.


Tras escapar, Kaito se cambió de ropa por una que pasase más desapercibida, metió su traje en la mochila, y se dirigió al Blue Parrot para encontrarse con Jii. 

Al llegar, saludó al anciano y le entregó su premio recién adquirido. Su asistente lo cogió con cuidado y le dio la vuelta. Después agarró un pequeño bisturí, y cortó en una zona que sobresalía detrás de la pintura, sacando así, la pequeña joya azulada. El joven lobo observaba todo el proceso con curiosidad.

—¡Vaya, la joya es más grande de lo que pensaba!—sonrió el chico, observando a Jii levantarla para echarle un ojo. Justo después, se la entregó al mago. Kaito la aceptó y se acercó hasta la ventana para verla a través de la luz lunar. Por desgracia, no emitió ningún brillo carmesí—. Parece que no es la que buscamos…—dijo decepcionado, contemplando la pequeña joya en su mano.

—Es una pena, pero no debe desilusionarse de esa forma, joven maestro—articuló el anciano, tratando de animarlo.

—No debo olvidar mi cara de póquer, ¿verdad?—expresó el chico mirando a su asistente, ya con un semblante más sereno. El otro asintió con una sonrisa—. Supongo que tendré que devolverle esto al inspector…


Al día siguiente en el instituto Ekoda, Kaito ya se encontraba sentado en su pupitre ojeando en su teléfono móvil la noticia del robo de la Sonrisa de Adán.

—Al diablo con el “detective que ha regresado de Londres”—dijo molesto el lobo—. Al final tampoco pudo capturar a Kaito Kid—anunció riéndose, mientras seguía admirando la noticia de su victoria ante el detective.

—Kaito, ya es suficiente—replicó Aoko, mirándolo desde su propio pupitre con clara molestia.

—A partir de hoy, 4 de febrero de 2015, a las nueve en punto, y 32 segundos—recitó el nuevo estudiante delante de la pizarra—. Soy un estudiante transferido desde Londres—siguió anunciando con todo detalle.

—Espera, esa voz…—susurró Kaito en voz alta, levantando la vista de su móvil y empezando a sudar.

—Soy Hakuba Saguru, y la verdad siempre sale a la luz—terminó el sabueso con una sonrisa cautivadora. 

Todos en la clase estallaron en vítores al escuchar el famoso eslogan del británico.

—Tiene que ser una broma…—murmuró Kaito, encogiéndose en su asiento.

—Parece que estás aumentando el número de enemigos a pasos agigantados, Kuroba-kun—comentó Akako desde su asiento, disfrutando del sufrimiento del chico.

—¡Oye!—llamó Aoko a su amigo en voz baja—. ¿Qué dice de un enemigo?

—N-No sé de qué me hablas—titubeó el joven sin saber qué decir o pensar, mirándola.

—¿Cómo que no sabes?—replicó la tosa, entrecerrando los ojos con sospecha. 

Akako comenzó a reírse de repente, así que Aoko supuso que todo había sido una broma de la gata y decidió dejarlo estar.


ILUSTRACIÓN BONUS (CONOCE A LOS PERSONAJES):