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risk it all

Summary:

Antes de darse cuenta, Roier está de vuelta en una isla controlada por la Federación, sufriendo las secuelas de haber sido torturado y experimentado por su gemelo. Un día, un empleado de la Federación llega a hacerle una pequeña encuesta, pero parece diferente al resto,

o

Cellbit nunca escapó de las manos de la Federación y Roier descubre que su marido no estaba muerto como todos pensaban.

Notes:

disclaimer!!! como siempre, fanfic sobre los cubitos y no los ccs, no se usa el q! únicamente por estética

segundo disclaimer!!! en una parte se hace referencia a un posible tca por parte de q!roier causado por el experimento, quise avisar por si para alguien es un tema sensible

quizás haya algo que no tiene sentido, empecé a escribir esto a inicios del qsmp2 pero procrastiné y lo acabo de terminar jajsj echo de menos a meus pais💔

(See the end of the work for more notes.)

Chapter Text

Lo primero que sintió al despertar fue angustia, una angustia terrible. Roier se incorporó como pudo, con la respiración agitada, como si se acabara de despertar de una pesadilla. Solo que sabía que lo vivido en los últimos meses había sido real, muy real. Cinco segundos pasaron antes de que se acercara rápidamente al cubo de basura que había en una esquina de la pequeña habitación y vomitó lo poco que había en su estómago.

Se limpió las comisuras de los labios con la manga de su sudadera, asqueado por la sensación que residía ahora en su garganta, además del horrible sabor que había en su boca, pero Roier rápidamente decidió que no podía entretenerse con su malestar, ya que tenía una misión: Escapar, de donde sea que la Federación lo había encerrado esta vez.

Primero intentó reconocer sus alrededores: La habitación en la que se encontraba era pequeña, pero estaba bastante bien decorada. Una cama, múltiples plantas, un sofá individual, maletas que no reconocía como suyas y… ¿flotadores salvavidas? Roier corrió hacia la pequeña ventana que había encima de la cama y se dio cuenta que efectivamente, no estaba en una habitación común, si no que esta vez la Federación lo había llevado a un camarote. Quizá si se tiraba por la borda podría nadar y librarse del destino al que le estaban dirigiendo. 

Aunque antes de seguir debatiendo mentalmente cuales eran sus opciones, comenzó a escuchar más voces, probablemente de más gente que la Federación habría traído para su nueva isla experimental. Y cuando su cerebro se hizo la pregunta de si cabría la posibilidad de que alguien de la antigua isla estuviera allí también, solo un nombre vino a su cabeza, tan natural, como si esa fuera la única opción correcta:

"Cellbit"

Abrió la puerta rápidamente, arrepintiéndose por segundos al recordar que hace menos de un minuto había vaciado su estómago por completo, pero se recompuso porque necesitaba buscarle, necesitaba saber si todavía había esperanza, necesitaba sentirse completo, a su lado.

Vio algunas caras conocidas, nuevas en la isla como Molly, o antiguas como Philza, pero ni rastro de su marido. Buscó por los pasillos de los camarotes, esquivando conversaciones y saludos, fingiendo que no los había escuchado. Probablemente parecería un loco desde una perspectiva ajena, pero a este punto podrían tener razón, aunque no le podía importar menos.

Roier también vio a Foolish y a Vegetta, y se alegró de que sus padres pudieran seguir unidos, aunque en su pecho notara punzadas de un sentimiento que reconoció como una probable envidia. 

Aunque cuando le regresaron la mirada, a parte del aprecio con el que normalmente le miraban, también cargaba algo más. 

Pena.

—Lo siento, my son — Dijo Foolish, poniendo una mano en su hombro, transmitiéndole su apoyo. 

¿Pero apoyo por qué? ¿Porqué lo miraban así? ¿Porqué se disculpaban? Todas esas preguntas rondaban la mente del castaño, aún en negación.

Porque sí, se negaba a pensar que todo había sido en vano, y que en verdad él estaba muerto. Debían tenerlo encerrado en algún lado, Cellbit era demasiado valioso para la Federación como para que se libraran de él tan pronto, o quizás había quedado atrapado en otra isla. Daba igual donde estuviera, Roier debía buscarlo, no, mejor dicho, Roier iba a encontrarlo.

—Boboier, vente a vivir con nosotros hijo, te cuento nuestro plan, ven aquí — Le dijo Vegetta, abriendo uno de sus brazos invitándolo a un medio abrazo.

El híbrido de araña dudó momentáneamente, mirando a sus alrededores una vez más, con la esperanza de ver entre la multitud un mechón blanco y unos ojos azules, pero terminó rindiéndose y acercándose a su padre. Al fin y al cabo, no podía investigar mucho en ese barco, no tenía por donde comenzar, y no es que se encontrara muy bien después de su violento despertar.

 


 

Roier aún no se dignaba a salir de su habitación. No por gusto propio, obviamente. Todo seguía siendo demasiado, todo el mundo actuaba como si eso fuera normal, como si no pasara nada por estar en la isla de nuevo, y peleándose entre ellos en vez de enfocar su odio a aquellos que los retenían allí, la Federación.

En esas primeras semanas, apenas se había relacionado con un par de personas. La primera y la más constante era su padre, Vegetta. Al igual que cuando perdió a Bobby, Vegetta había estado muy pendiente suya esos días. Por lo poco que habían hablado del tema, el ojimorado no había estado despierto desde antes del purgatorio… Lo que significaba que no había sido testigo del declive en la salud de Roier al regresar, que no había visto jamás a las nuevas crías de dragón, y la que más le dolía a ambos: Leonarda.

Vegetta se culpaba por no haber podido pasar más tiempo con la pequeña Leo, y por no haber estado para darse cuenta de la desaparición de su otro hijo. Se supone que todo estaba hablado, pero Roier aún podía ver como el hombre le miraba, como dejaba que su relación con Foolish se fracturara poco a poco, buscando con la mirada a alguien que ya no estaba ahí. Roier ya había descubierto la razón detrás de la idea de Vegetta de vivir en una mansión con toda la gente que conocían: El pelinegro estaba intentando llenar su casa de vida y distracciones, con tal de afrontar el vacío por la falta de Leonarda. Y honestamente, ¿quién era Roier para juzgarlo? De hecho, quizás Roier era el que más le podía comprender en ese momento. Solo que él prefería refugiarse en soledad, sin querer que nadie más viera lo roto que estaba.

Por eso solo se dejaba ver ante escasas personas, Vegetta siendo uno de ellos. Además de por la obvia razón del parentesco y de las pérdidas que tenían en común, Vegetta estaba realmente preocupado por su salud, y había descubierto una de las secuelas más duras que le había dejado el experimento de su gemelo.

Y es que después de pasar meses siendo una rata abandonada a su suerte, teniendo que alimentarse de cualquier cosa que se encontrara con tal de sobrevivir, estuviera en buen estado o no, la relación con la comida no era la misma para Roier.

El apetito del castaño había pasado a ser mínimo, y Vegetta se había dado cuenta de eso, por lo que poco a poco, llegaba todos los días a su cuarto cuando tocaba comer, y hablaba con él, intentando distraerlo en lo que Roier se alimentaba, y decidido a no irse hasta que el mayor estuviera satisfecho con la cantidad que había consumido. Por muy doloroso que fuera, Roier agradecía tener a Vegetta allí para cuidarlo, haciéndolo sentir como un niño de nuevo, pero esta vez siendo cuidado por un progenitor cariñoso al que de verdad le importaba la integridad de Roier.

Otra de las personas que veía era Maximus. El primer día en esa isla habían decidido que volverían a abrir un Casualonas allí, y tenían hasta el permiso de Vegetta para hacerlo bajo la montaña en la que vivían. Roier había ayudado en todo lo que su estado le permitía a Maxo, pero aún así no podía evitar pensar que el de lentes oscuros siempre trabajaba más que él. Maximus le decía que no pasaba nada, que entendía su situación, pero aún así Roier se sentía un poco culpable.

Quizás, parte del sentimiento de culpa venía del hecho que a veces mentía para no coincidir con Maximus. Sí, él quería mucho a su amigo y socio, pero el pelinegro estaba fijado con sacar el tema del estado actual de Cellbit. Y Roier no estaba listo para afrontar la verdad, que todo el mundo decía que él estaba muerto, pero eso era imposible, porque Roier sentía que aún estaba vivo, no sabía dónde, pero sabía que tenía que estar en algún lugar, porque eran almas gemelas y Roier aún podía sentir el hilo rojo enredado en su meñique, y notaba la tensión al otro lado, así que era imposible que Cellbit ya no estuviera entre ellos.

Un día Maximus le había acusado de no hacer lo suficiente por buscar a Cellbit, por traerlo de vuelta, suponiendo que estaba muerto. Ahí fue cuando Roier se dio cuenta de que nadie había notado su desaparición, nadie sabía el porqué, nadie era consciente de que por buscar una señal de Cellbit había sido torturado y experimentado, y que no se había dado aún por vencido, que solo necesitaba recobrar unas pocas fuerzas antes de seguir buscando respuestas. Entonces decidió hacerse el desinteresado, fingir que lo tenía aceptado, evitar preguntas, y decir que recordar le hacía daño, lo cual no era del todo mentira, pensar en toda la gente que había perdido en la anterior isla, como Jaiden, como Bobby, Richas, Leo y Pepito. Pero se negaba a aceptar que Cellbit formaba parte de esa lista, no aún. 

Por lo tanto, pasaba con Maxo el tiempo justo, y dejaba entrar a escasas personas a su cuarto, como sus padres, y quizás Aldo o Tina.

De hecho, ese día no quedaba mucho para que llegara Vegetta con la comida, entonces no se sorprendió cuando escuchó unos golpes en su puerta. Le extrañó un poco, porque su padre solía entrar sin ningún reparo, pero igualmente gritó un "Adelante", sin molestarse en ir a abrir la puerta o si quiera salir de entre las sábanas.

Hasta que la puerta se abrió y en vez de la persona que tenía en mente, por ella entró lo que parecía ser un trabajador de la Federación, supuso Roier, aunque era… diferente.

Vestía como Cucurucho, con un traje totalmente blanco, significado de la perfección que siempre querían alcanzar, pero el resto de detalles parecían distintos. Sus cabellos, obviamente también blancos, llegaban hasta sus hombros, no como la larga cabellera blanca que tenía Cucurucho o Osito Bimbo. No tenía ningún altavoz o no parecía tener un modulador de voz como muchos trabajadores tenían, y su máscara no era un oso, sino que era un gato, que parecía hacer referencia a que era híbrido de ese animal, fijándose en sus orejas felinas que intentaban esconderse en el cabello revuelto.

"Interesante" pensó Roier.

—Buenos días — Saludó con su propia voz el trabajador, y un escalofrío recorrió su espalda, su corazón queriendo escapar de su pecho de repente. Y no por la costumbre de escuchar a los de su misma ocupación con una voz robótica, si no porque esa voz se le hacía demasiado reconocida.

Sí, era mil veces más monótona que entonces, y no poseía una pizca del cariño que esa voz solía dedicarle al hablar, pero Roier siempre la reconocería, con los ojos cerrados y en cualquier situación.

Porque nunca sería capaz de olvidar la voz de su esposo.

—…¿Cellbit? — Dijo como pudo, con la respiración agitada. Al no obtener respuesta, tomó coraje para intentarlo de nuevo — ¿Gatinho?

El apodo se le hizo tan extraño y tan natural a la vez, porque llevaba meses sin decirlo, no en voz alta, pero de alguna forma sentía que era la única palabra que era capaz de decir en ese momento.

—No sé de quien está hablando — Respondió monótonamente el trabajador. — Vengo a hacer unas preguntas por orden de la Federación.

Antes de que pudiera seguir hablando, Roier lo cortó, con el tono de voz más elevado de lo normal, empezando a perder la calma ante la situación.

—No, no, ahí sí que no — El castaño se asomó a su balcón, como si desde allí cierto oso lo pudiera escuchar mejor. — ¡Cucurucho, hijo de tu puta madre! ¿Te crees gracioso, eh, perro? ¡Devuélveme a mi esposo, hijo de puta! — Gritó Roier, sacando el dedo al cielo como si allí se encontrará Cucurucho.

—¿Cómo te llamas? — Preguntó el supuesto Cellbit, con un libro y pluma en mano, preparado para completar su trabajo e irse.

—¡Me llamo Roier y soy tu marido! ¡Cellbit, por favor, escúchame! — El castaño ya estaba hiperventilando, desesperado, acercándose al que vestía totalmente de blanco, y acercándolo a sí mismo agarrándolo de la camisa, causando que el de ahora pelo blanco se encogiera momentáneamente, lo cual era poco pero al menos era una reacción, era algo.

—¿Cuántos años tienes? — Intentó seguir su entrevista.

—24, y tienes que recordar que dos de ellos los llevo casados contigo, ¿entiendes? — Roier estaba perdiendo la paciencia, intentando descifrar que le habían hecho a su esposo, si toda la gente de la primera isla que faltaba habían tenido el mismo destino, y lo más importante, como revertirlo. 

—Última pregunta — La voz del trabajador flaqueó por un momento, dándole una pizca de esperanza al híbrido de araña, de que sea lo que sea que le hubieran hecho, podía cambiarse. — ¿Cuáles son tus objetivos en esta isla?

Si le hubieran hecho esa misma pregunta hace un día, o si la hubiera realizado una persona distinta (una que no fuera su esposo lobotomizado por la Federación, quizá), probablemente habría dicho que salir de esa isla, o mantener a salvo a su familia en el Norte. Pero ahora la respuesta era distinta.

—Quiero que escuches esto muy bien, cabrón. Primero que nada, voy a descubrir que chingados te hicieron — Roier avanzaba lentamente, clavando su índice en el pecho de Cellbit, haciéndolo retroceder a cada punto que hacía, hasta acorralarlo en la pared de arenisca. — Después, vas a recordar todo, o te haré recordar yo a golpes, o besos, o los dos. Y por último, acabaremos con cada maldito miembro de la Federación, como prometimos que haríamos. — Acto seguido, levanto la máscara blanca del trabajador, quien curiosamente no dio resistencia alguna, y Roier perdió la respiración por un momento, viendo que efectivamente, detrás de ella se ocultaba el rostro de su esposo, la misma barba rasposa, las mismas cicatrices de las quemaduras causadas en la época de elecciones, y los mismos ojos azules en los que tenía costumbre de perderse diariamente antes de que comenzara el purgatorio.

—La encuesta ha finalizado — Comunicó Cellbit, quitando la máscara de las manos de Roier, causando un roce fugaz en sus manos que envió escalofríos por el cuerpo del castaño, antes de volverla a colocar en su sitio, convirtiéndose de nuevo en un trabajador más, y haciendo camino para irse en dirección a la puerta de la habitación.

—Una cosa más — Dijo Roier, aún con su cuerpo encarando la pared, incapaz de moverse más, solo con su cabeza girada hacia Cellbit, el cual frenó en seco y se dirigió su mirada al castaño una vez más. — Si es que esto lo tienes que reportar a Cucurucho, o en verdad a quien sea, diles que le digan a mi hermano que traemos una cuenta pendiente, que le caiga si tiene huevos, porque yo sí los tengo y bien puestos, y que no le ayude su oso pendejo o mandaré a Aldo a explotar toda la isla entera en cuestión de segundos — Amenazó el castaño, sintiendo como su cuello ardía, recordándole como terminó secuestrado la última vez.

—Disfruta la isla — Fueron las últimas palabras de Cellbit antes de salir por la puerta y desaparecer entre los pasillos de la mansión.

Fue en el momento en el que estuvo solo en su habitación, que toda la adrenalina dejó de fluir por su cuerpo y dio paso al golpe de realidad. Roier apoyó su espalda en la pared, y se dejó caer hasta el suelo poco a poco, antes de abrazar sus piernas y dejar que todas las emociones que se estaban abarrotando en su interior salieran en forma de lágrimas, y curiosamente, risas.

Desde un punto de vista ajeno, parecía loco, llorando y riendo, sentado en el suelo, y quizás lo estaba, pero poco le importaba en ese momento, porque estaba vivo. Cellbit estaba vivo, y todo lo que había vivido hasta entonces valía la pena, porque al final él siempre tuvo razón y sabía que su esposo no había muerto en esa isla, y todavía habían esperanzas de recuperar esa parte suya que nadie más que Cellbit podía llenar, y juntos acabarían con todos aquellos que los habían hecho sufrir por años.

Quizás era hora de salir de su cuarto. Quizás la razón por la que no había salido hasta ahora, a parte de su deplorable estado, era que no veía sentido a intentar ser alguien en esa isla sin Cellbit a su lado. No es que Roier no pudiera ser alguien sin su esposo, desde luego que todo lo contrario, pero Cellbit se había vuelto un aspecto tan esencial en su vida, el brasileño había invadido su corazón de tal manera, haciendo que cada rutina se sintiera vacía sin él a su lado, y Roier se negaba a permitir que tuvieran el final tan violento que se vieron forzados a vivir.

Podría volver a terminar en los laboratorios de la Federación, podría perder la vida solo por intentarlo, aunque dudaba que fueran capaces de tomar medidas tan drásticas, al fin y al cabo, por algo seguía allí. Pero Roier tenía un objetivo, y lo cumpliría costara lo que costara, porque como ya le dijo una vez a Cellbit:

"Si te llegan a silenciar, o te llegan a encarcelar, o lo que sea, yo te voy a buscar y hasta que te encuentre yo no voy a parar"

Notes:

quizás en mil años ven que publiqué una segunda parte de esto, pq si tengo ideas el tema es chambear JAJSJS pero si algún día lo hago, que sepan que será puro murder husbands tomando venganza

batallé de más con el nombre, gracias a dayis por ayudarme a elegir a parte de ser mi lectora beta, al final escogimos risk it all por la canción de bruno mars pq es tan ellos, meus pais meus pais

espero les haya gustado :3