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El destino del rey

Summary:

«Soy Thorin, hijo de Thrain, hijo de Thror. Rey bajo la montaña.
Antes de serlo fui Thorin Escudo de Roble; apodo que gané con orgullo en la batalla de Azanulbizar.

En ese entonces Aulë me sometió a diversas pruebas que me impulsaron a convertirme en el rey que mi pueblo necesitaba. Pero fue una de ellas la que cambió mi vida por completo.»

La historia narrada en "El Hobbit" desde la perspectiva de Thorin Escudo de Roble, incluye un vistazo al pasado y la historia posterior a recobrar Erebor.

Notes:

Hola, muchas gracias por darle una oportunidad a mi obra 🌼

Antes de comenzar debo aclarar que muchos de los datos narrados no son 100% canon, por lo que puede haber divergencias con otros autores. Aunque estoy procurando basarme en el libro y las películas, formando una combinación extraña, pero satisfactoria.

Espero disfrutes de este viaje y por favor comparte todas tus ideas en los comentarios~

Chapter 1: La compañía

Chapter Text

[26 de Armstrong 2941]

Mis botas resonaron con estruendo en los angostos senderos de la Comarca. La oscuridad cobijó el cielo con su manto mucho antes de cruzar Delagua; y lo único que deseaba era encontrar un tazón de comida caliente al llegar a mi destino.

Un rústico —pero no menos amable— letrero de madera me indicó la llegada a Hobbiton, trayendo consigo un alivio inmediato a mis piernas. El cansancio se había acumulado en mi mente más que en mi cuerpo, y no por nada, una reunión con los enanos de los siete reinos era más agobiante que cualquier batalla, pero sobre todo, me mantenía inquieto saber qué clase de persona era la que Gandalf consiguió para la compañía. 

El mago solo me dió indicaciones vagas sobre la morada del saqueador, asegurando con sus palabras confusas que “Sabré que es el lugar correcto cuando esté ahí”. 

Por Aulë que hubiese preferido un maldito mapa. 

Con un suspiro subí por segunda ocasión la inclinada colina, renuente de preguntar a los pobladores sobre la ubicación de Bolsón Cerrado. Fue entonces cuando un suave destello azul llamó mi atención.  Lo seguí hasta encontrar una pequeña runa tallada en  la redonda puerta verde perteneciente a la vivienda más alta de la loma. Sin duda la marca de Gandalf. 

Apuré el paso. Una sonrisa involuntaria curvó mis labios cuando abrí la reja de madera y me adentré en el jardín. El sonido del clarinete —Bofur, sin duda— se entremezclaba con las estruendosas risas de mis compañeros. Si la marca no fue suficiente, ahora estaba seguro de que era la casa correcta. 

Toqué la puerta con dos golpes firmes usando la brillante manilla de bronce. Mientras esperaba a que atendieran el llamado, mi vista se desvió hacia el jardín. Incluso bajo el manto nocturno, las flores brillaban con intensidad. «Curioso», pensé. Tuve tiempo suficiente para observar los otros jardines y ninguno tenía tal resplandor. 


El crujido de la puerta al abrirse me sacó de mis pensamientos. Al volver la cabeza al frente, mis hombros se aligeraron. Fuí recibido por una figura familiar.


—Gandalf —saludé con una inclinación de cabeza, entrando una vez el mago me lo permitió.


—Dijiste que la casa era fácil de encontrar —mencioné, asegurándome de que la ironía tiñera mis palabras—. Me extravié, dos veces.


El calor del vestíbulo me golpeó con una energía sofocante. Mi estómago rugió con protesta al percibir el aroma de la comida en el ambiente. Había optado por no detenerme ni siquiera para comer, y aún así, llegaba tarde.


—No la habría encontrado de no ser por la marca en la puerta —expresé, a la vez que dirigía la vista hacia mis camaradas. Todos estaban allí.


El ardor en sus miradas me hizo imposible mantener el abrigo por más tiempo. Aquellos rostros, llenos de ímpetu y respeto me recordaron que una vez más me encontraba entre los míos. Tal vez no necesitaba comida caliente después de todo. 


—¿Marca? No hay ninguna marca en la puerta. La pinté hace una semana.

Una voz desconocida interrumpió el reencuentro, y fruncí el ceño con disgusto. Casi había olvidado el motivo de nuestra presencia en la comarca. 

—Sí la hay, yo mismo la dibujé —respondió Gandalf con tranquilidad—. Bilbo Bolsón, déjame presentarte al líder de nuestra compañía. Thorin Escudo de Roble.

—Así que este es el hobbit —dije, disimulando mi perplejidad mientras me inclinaba en señal de saludo.


Desde que Gandalf me habló de un ladrón profesional, imaginé a todo tipo de personas: mercenarios, vagabundos de manos rápidas. Sabía muy bien cómo tratar con ellos. Pero esto…
Era un mediano regordete, de semblante tan terso que parecía un corderito.


—Dígame, señor Bolsón —hablé con firmeza, ocultando cualquier atisbo de sorpresa—, ¿en cuántas batallas ha participado?


—¿Perdón?


—¿Hacha o espada? —pregunté mientras lo rodeaba con pasos lentos, buscando indicios de algún disfraz—. ¿Cuál es su arma de preferencia?


Mis ojos lo recorrieron con detenimiento, pero no vi señal de engaño. Cuando Gandalf mencionó que era un hobbit, debí imaginar que algo así pasaría. «Demasiado bien vestido. Demasiado limpio. Demasiado pequeño.»


—Bueno… tengo cierta habilidad en el ajedrez, si quieres saberlo —respondió con firmeza, aunque sus cejas se inclinaban confundidas—. Pero no veo por qué eso es relevante.


Me detuve. La satisfacción de haber encontrado a la compañía se disipó al instante. Lentamente, en un último intento, levanté los ojos hacia Gandalf, esperando que terminara con su broma.


—Eso pensé —murmuré, decepcionado—. Luce más como un tendero que un ladrón.


Las carcajadas estallaron en el vestíbulo. Todos pensaban lo mismo, pero sin su líder, nadie se atrevía a contradecir al mago. Me permití una pequeña sonrisa antes de avanzar al comedor, decidido en apaciguar el hambre.

 

 


—¡Tío! ¡Enhorabuena, has llegado! Bombur rompió su récord personal, se comió cinco ruedas de queso.


Kíli se adelantó, rodeándome con sus brazos desde un costado. A pesar del agotamiento, correspondí con energía alborotando su enredado cabello. 


—¿Lo hizo? Espero que me haya dejado un poco —respondí con una risa grave.


Con un gesto extendí mi brazo para atraer a Fíli, quien esperaba a escasos pasos de nosotros. Presioné mi frente contra la suya. El peso del viaje se aligeraba solo con tenerlos cerca. 


—Tío, ¿cómo estuvo el camino? —preguntó Fíli con genuino interés. 


—Bien. Su madre les manda saludos.


Ambos sonrieron, reconfortados.


—Y un par de mantas extra. Los jóvenes siempre subestiman el frío del camino —añadí, estrechando los ojos con fingido reproche.


Sus caras se torcieron con resignación. Desde luego, sabían que los obligaría a cargar con ese “equipaje extra”. 

En la mesa me esperaba un plato servido. Al llevarme la primera cucharada a la boca casi suspiré. Reconocí la sazón de Bombur en las especias, trayendo consigo el sabor de las Tierras Brunas.


—¿Qué noticias hay de la reunión en Ered Luin? ¿Todos asistieron? —Balín me interrogó, ansioso por conocer la nueva información.


—Sí. Enviados de los siete reinos —respondí tras tragar.

Sabía lo que esto significaba para ellos y no planeaba hablarlo a la ligera. El salón estalló en vítores y murmullos. Las sonrisas se multiplicaron, compartiendo golpes amistosos. 


—¿Qué dicen los enanos de las Colinas de Hierro? ¿Dáin está con nosotros? —preguntó Dwalin, rellenando el tarro de su hermano con más cerveza. 


—No vendrán —dije sin rodeos.


La habitación quedó en silencio casi de inmediato.     
Llevé mi tarro a los labios y tomé un largo trago antes de continuar. Me sorprendió que el hobbit tuviera barriles llenos con la mejor cerveza de Eriador.


—Dicen que esta misión es nuestra. Y solo nuestra.


Pude sentir cómo se abatía el ánimo del grupo. Deseaba no haber tenido que decirlo, pero era la verdad. Estábamos solos en este viaje.


—¿Van a una misión?


La voz fina y dubitativa del hobbit volvió a irrumpir en la conversación y caí en cuenta de que probablemente no entendió nada de lo mencionado. Dejé mi tazón con un suave golpe sobre la mesa y lo observé de reojo. La compañía estaba bien atendida, podía permitirme no ser tan severo.


—Si bien todos conocemos nuestro objetivo… —comencé, alzando la voz lo suficiente para acallar los murmullos emergentes.

—Para el estimable señor Bolsón. —añadí con una pizca de ironía— y quizá para los enanos más jóvenes, vale la pena hacer una breve explicación.


—Justamente. Permíteme ayudarte con eso —intervino Gandalf, como si percibiera que la paciencia comenzaba a menguar. 


—Bilbo, querido amigo, ¿serías tan amable de traer una vela?


Mientras el hobbit abría y cerraba cajones, Gandalf desplegó un pergamino sobre la mesa. Todos se apresuraron a despejar el espacio y se inclinaron para ver el contenido con claridad.


—En el lejano oeste, atravesando montañas y ríos, más allá de bosques y desiertos, se encuentra un pico aislado… —relató Gandalf. 


—La Montaña Solitaria. —Completó Bilbo con un susurro. 


Se había apresurado a volver, llevando un discreto candelero en las manos. Al colocarlo en la mesa el calor de la llama acarició mi rostro, siendo acompañado por un olor familiar: pan recién horneado. 
Seguí el aroma con disimulo. Inclinándome a un costado detecté en cuestión de segundos que provenía de su bolsillo. «Ni siquiera sabe ocultar comida» pensé. Aquello podía significar un problema. 


—No creo que nos sea de gran ayuda —murmuré con desdén, regresando mi mirada al mapa—. Recuerdo muy bien la montaña, así como las tierras que la rodean. Sé dónde está el Bosque Negro y el Brezal Marchito donde la maldita bestia se crió.


Un escalofrío me recorrió la espalda. Habían pasado más de cien años, y aún podía saborear el fuego.


—¿Qué bestia? —quiso saber Bilbo.


Las palabras se atoraron en mi garganta.


—Smaug el Terrible —exclamó Bofur, con su pipa entre los labios—. La mayor y principal calamidad de nuestra era.


El grupo asintió. Algunos incluso gruñeron. Yo seguí en silencio, observando el temblor de la llama que pendía de la veladora. 


—Escupe fuego por el aire —prosiguió Bofur, viendo la confusión del hobbit—. Dientes como navajas, garras como ganchos…  extremadamente aficionado a los metales preciosos.


—Se lo que es un dragón. —le cortó Bilbo, con un tono que me hizo arquear una ceja en su dirección. ¿De verdad tenía tanta confianza en sí mismo?  

—Hay un dragón señalado en rojo sobre la montaña —indicó Balin, deseoso de retomar el tema—. Aunque será bastante fácil encontrarlo sin esto, si alguna vez llegamos ahí. 


Me miró y pude leer su preocupación con solo ese gesto.


—En cambio, la tarea es muy difícil incluso con un ejército. Pero solo somos trece… y ni siquiera los trece mejores —añadió, acariciando su barba blanca con pesar.

 
Yo lo sabía. Aunque nadie lo dijera en voz alta, todos estábamos conscientes de que podía ser un viaje sin retorno. Aquel comentario desató una ola de indignación entre la compañía. 


—¡No tengo miedo! ¡Estoy dispuesto a hacerlo! ¡Le daré una probada del hierro enano directamente en su trasero! —gritó Ori, levantando su tarro con resolución juvenil. 


—¡Siéntate! —Dori tiró de su hermano de vuelta a su asiento, derramando la cerveza en el proceso. 


—Puede que seamos pocos. Pero somos luchadores, todos nosotros —Fíli alzó la voz, golpeando la mesa con el puño—. ¡Hasta el último enano!


La sala apoyó al heredero con la misma energía que él emanaba, liberando la característica euforia enana con palmadas y aclamaciones. Pese a ello, sentí mi pecho contraerse. 

El orgullo que me provocaba ver la valentía de mis sobrinos era inmenso… y también el miedo. Como rey, era un honor que mi familia participara en una andanza tan importante. Como tío… daría lo que fuera por mantenerlos a salvo.

—Olvidan que la puerta de entrada está cerrada. No hay forma de ingresar a la montaña. —inquirió Glóin, trayendo de vuelta la complicación al grupo. 

Gandalf, que hasta ahora se había mantenido en silencio, carraspeó suavemente. 

—Hay un punto que no han advertido.


Con una sonrisa enigmática, guío su índice hacia un punto en el extremo oeste del mapa, liberando chispas azules con su toque. 


—¿Ven esa runa? Indica un pasadizo oculto en los salones inferiores.


Las reacciones no se hicieron esperar. La revelación cayó como un rayo sobre la mesa y mi corazón se encendió pese a no demostrarlo. Debíamos mantener la calma, aún había mucho camino por delante.


—¿Y cómo se supone que la encontraremos? Las puertas enanas son invisibles cuando están cerradas —intervino Dwalin, escéptico. Habló con la voz de la experiencia. Conocía los secretos y complejidades de la arquitectura de nuestro pueblo. 


—La respuesta está en este mapa —Los ojos de Gandalf centellearon—. Pero, por desgracia, no poseo la habilidad para encontrarla. Sin embargo, hay otros en la Tierra Media que sí la podrán descifrar. 


Pensé en las viejas canciones. «Caminos olvidados… conocidos sólo por los reyes.»


—Incluso conociendo las runas, toda puerta necesita una llave. Y nosotros no la tenemos. —señaló Dori con cautela, lanzando una mirada inquisitiva al mago. 


—Eso, mi querido Dori, no es del todo cierto. 


El mago esbozó una delgada sonrisa antes de meter la mano en la manga de su túnica. Con la teatralidad propia de los Istari, sacó una llave larga de plata, cuyos dientes intrincados titilaban bajo la tenue luz. 

—¡Tenemos la llave! —Kíli se inclinó hacia adelante, su semblante iluminado por el asombro. 

—¿Cómo la conseguiste? —preguntó Fíli, aunque yo ya sabía la respuesta. 

Ya había visto antes esa llave, colgando del cuello de mi padre. 


—Thráin me la confió. Me pidió que se la entregara a Thorin, junto con el mapa. Y si elegí el momento y el modo de hacerlo —añadió el mago, encogiéndose de hombros—. No puedes culparme, teniendo en cuenta las dificultades que tuve para dar contigo. 


Se volvió hacia mí. Sin decir más, me extendió la llave. Su expresión era una mezcla de amabilidad y firmeza.


—Ahora es tuya. 


Me incorporé antes de tomarla. El frío del metal se coló por mi brazo, la llave parecía amoldarse a mi mano con perfecta sincronía, como si hubiera estado predestinada a mi desde su creación.


Las dudas que me asediaban se disiparon por completo. En aquel instante me era imposible ignorar mi destino. Debía vengar a mi pueblo.


—Con esto, las cosas parecen más prometedoras —dije alzando la llave para que todos la vieran.


Se enderezaron en sus asientos con admiración. Algunos intercambiaron miradas emocionadas, mientras que otros bajaron la cabeza, tocados por la nostalgia de volver a su reino. 


—Aprovecharemos esta oportunidad para recuperar Erebor. ¡No nos quedaremos de brazos cruzados mientras otros reclaman lo que es nuestro! ¡Du-Bekâr! ¡Du-Bekâr! —rugí.


Como un solo ser, la compañía respondió.


—¡Du-Bekâr! ¡Du-Bekâr!


El grito de guerra retumbó en cada rincón de Bolsón Cerrado, tan potente que casi podía jurarse que éramos un ejército. No necesitábamos de espadas o armaduras para demostrar la lealtad hacía nuestro pueblo y por un momento, me sentí verdaderamente digno de sus voces.


—Pero a todo esto… ¿para qué necesitamos un saqueador? —Ori  se aventuró a preguntar con genuina confusión. 


—Además, ¿cómo sabemos que el señor Bolsón lo es? —quiso saber Nori, apoyando la duda de su hermano menor. 


—Necesitamos un decimocuarto miembro para evitar la mala suerte —respondió Fíli con una sonrisa, deseando evitar que el anfitrión se sintiera ofendido. 


—Y Gandalf nos ayudó a buscarlo. —Kíli informó, como si fuera la respuesta más obvia. 


—De no ser por la marca, juraría que hemos venido a la casa equivocada —gruñó Glóin, cruzándose de brazos mientras miraba a Bilbo con abierta desconfianza.
Varios asintieron compartiendo su escepticismo. No los culpaba.


—¿Creen que nos sirva? Dudo que sepa manejar algo más peligroso que un cuchillo para queso —bramó Óin. 


La compañía estalló en carcajadas. 

Con las nuevas noticias y las decisiones tomadas, sabía que la reunión pronto llegaría a su fin y podríamos disfrutar de un merecido descanso. Solo Gandalf y Bilbo seguían en silencio. El primero con una media sonrisa que empezaba a molestarme. El segundo, con el ceño fruncido y una expresión indignada.


—No pretendo entender lo que hablan, ni mucho menos esa referencia a saqueadores.  —dijo al fin el mediano, dando un paso al frente. Su voz, aunque suave, logró atravesar las carcajadas—. Pero no creo equivocarme si digo que sospechan que no sirvo.


Su determinación me sorprendió. Cuadrando los hombros colocó la mano sobre la mesa con un gesto firme. Sus ojos, grandes y brillantes, enfrentaron uno a uno los rostros de los enanos… hasta llegar al mío.

No aparté la mirada.


—Considerando que esta es la casa correcta —continuó—, díganme lo que quieren que haga… y lo intentaré.

A esa distancia reparé en las pequeñas arrugas en las esquinas de sus ojos. Sus rizos le daban un aire inofensivo, pero la imagen bajo ellos era todo lo contrario. Había fuego en su mirada.  Pequeño. Terco. Una flor venenosa.

—Aunque tuviera que ir desde aquí hasta el Este del Este —declaró con una pasión inesperada—. y luchar con los hombres del último desierto.


Sus palabras colgaron en el aire, más grandes que él, pero no menos sinceras. Antes de que pudiera decir nada, Gandalf posó una mano sobre el hombro del hobbit. 


—El señor Bolsón es mucho más de lo que sugieren las apariencias —habló con firmeza, apaciguando los murmullos—. Y tiene más que ofrecer de lo que cualquiera de ustedes sabe. Incluso él mismo.


Me miró fijamente. 


—Debes confíar en mí en esto.


Respiré hondo. Las palabras del mago eran genuinas. 


—Muy bien. Denle el contrato.


Tomé el pergamino que Balin me ofrecía y lo empujé suavemente contra el pecho de Bilbo. A pesar de las protestas iniciales el hobbit lo aceptó y alejándose un poco lo leyó con un interés que, para mi sorpresa, parecía auténtico. Me incliné hacia Gandalf, hablando en voz baja:


—No puedo garantizar su seguridad.


—Lo entiendo —respondió.


—Tampoco seré responsable de su destino.


—De acuerdo.


Lo miré una última vez. Algo dentro de mí seguía dudando. Por más que el hobbit tuviera un gran espíritu, se necesitaba de fuerza física para afrontar las tempestades del camino. Justo entonces, un golpe seco me hizo voltear.
Bilbo yacía en el suelo. Desmayado. La escena habría sido cómica si no hubiera sido tan patética. Tal parece que no dimensionó lo que implicaba ser parte de una compañía enana. La incineración no era algo que podía tomarse a la ligera. 


—Fíli. Kíli. Levántenlo —ordené, reprimiendo un suspiro.


Mis sobrinos obedecieron enseguida, cargando al señor Bolsón como si llevaran un tarro de cerveza lleno hasta el borde. Gandalf los acompañó.


—Thorin, ¿me permites un momento?


La mano callosa y firme de Balin se posó en mi hombro con calidez, siendo acompañada por una amable sonrisa Asentí sin protestar, siguiéndolo hasta detenernos cerca de la despensa casi vacía.  


—No tienes porqué hacer esto —dijo, con esa calma suya tan difícil de ignorar—. Has actuado con honor por nuestro pueblo. 


Guardé silencio. Pocas eran las personas a las que les tenía tanta confianza y respeto. 


—Has construido una nueva vida para nosotros en las Montañas Azules. Una vida de paz y abundancia… que vale más que todo el oro de Erebor.


Bajé la mirada. Sabía que hablaba con sinceridad. Pero su paz no era suficiente para mí.


—Balin… —murmuré—. Mi abuelo y mi padre soñaban con el día en que los enanos de Erebor reclamaran su tierra natal. 


Sabía que se necesitaba oro para hacer oro y de ese o cualquier otro metal precioso teníamos muy poco o nada. 
Balin me miró en silencio, dejando que las palabras no dichas reposaran entre nosotros. 


—¿Y tú también sueñas con ese día?


Llevé la mano a mi pecho y sujeté la llave que pendía de él. Su peso me reconfortó. 


—No hay elección, Balin. No para mí.


La conversación se vió menguada ante el sonido de un par de botas acercándose. Kili, muy posiblemente enviado por Dwalin, avanzaba con cautela hacía nosotros deteniéndose a una distancia prudente para no interrumpir. 

—Entonces estamos contigo muchacho. Nos encargaremos de que se haga.  

Ambos sabíamos lo que estaba en juego. Con una palmada a mi hombro dió por terminada la conversación, volviéndose hacia el joven. 

—Tío, señor Balin —Kíli se acercó, como si no hubiera escuchado nada—. Óin ya encendió la chimenea.


—Bien. Vayamos. —propuse. 


Mis ojos se posaron en él, detectando dos bolsas de cuero que se balanceaban alegremente en su hombro. Tomé una de ellas sin pedir permiso y el rostro de Kíli se iluminó. 


—Trajeron los instrumentos —pronuncié, mientras mis dedos recorrían la tersa tapa del violín.


—¡Claro que sí! Dijiste que podíamos. ¿Trajiste tu arpa?


No respondí. En su lugar, aferré el arco contra las cuerdas y cerré los ojos. Las notas escaparon suaves. Melancólicas.
Al instante varías cabezas se asomaron desde la sala contigua. Atraídas por el sonido. 


—¡Saquen los instrumentos! —ordené, devolviendo el violín a su dueño. 


Las pipas fueron abandonadas, los bolsillos revueltos. Flautas, clarinetes, todo apareció. Aquellos que no trajeron nada golpeaban las mesas con los puños. Otros marcaban el ritmo con los pies.

—Disculpa, dejé el mío en la entrada —indicó Balin con una suave sonrisa.


—Yo voy —Le cortó Dwalin, empujando suavemente su hombro para impedirle seguir avanzando. 


—¡También trae el mío! —grité mientras cruzaba el umbral.


En cuestión de minutos Bolsón Cerrado se transformó. 
La diplomacia dio paso a un festejo casi digno de un hobbit. Las primeras melodías fueron animadas, canciones de taberna que arrancaron carcajadas y brindis. Los enanos cantaron con energía, realizando pequeñas danzas individuales al ritmo de la música. Pronto la melodía se volvió lenta. Solemne. Balin lideró una pieza sobre los días venideros, la esperanza oculta entre las notas.
Me senté cerca de la chimenea, disfrutando de la música y el calor de las bebidas. Un hormigueo en mi espalda me hizo voltear hacia el pasillo contiguo; donde descubrí al señor Bolsón admirando sus carpetas de crochet. Tomé mi arpa y permití que el tacto guiara mis dedos entre las cuerdas. 
La melodía que toqué no era alegre. Era una elegía que hablaba de fuego y destrucción, de una montaña cubierta de sombras y un dragón que dormía sobre montones de oro enano. 
Era Erebor. Quería que el hobbit la conociera:


Más allá de las frías y brumosas montañas,
a mazmorras profundas y cavernas antiguas,
a reclamar el oro hace tiempo olvidado,
hemos de ir, antes de que el día nazca.
Las voces de los enanos me acompañaron. Profundas. Unidas.                                                              

Cuando la última nota se desvaneció, el silencio se instaló y lentamente guardamos los instrumentos. 


Esa noche, dormimos donde pudimos. Sillas, sofás, esquinas. Bilbo cedió varias habitaciones. No podía ser grosero, ni siquiera con nosotros.
Esperé a que todos tuvieran un lugar y me acomodé en la alfombra, a pocos pasos de la chimenea. El crepitar del fuego me acompañó hasta que se extinguió. 
No dormí. Pero por primera vez en muchos años… Cerré los ojos y descansé.