Actions

Work Header

Donde el Cielo Falló Tres Veces

Summary:

En un mundo donde el destino insiste en repetirse, dos almas regresan por tercera vez… y esta vez no están solas.
Shen Jiu y Shen Yuan, gemelos marcados por vidas pasadas de abandono, violencia y muerte, renacen nuevamente en un mundo que parece decidido a quebrarlos una vez más. Cargando con discapacidades que son cicatrices de sus reencarnaciones anteriores, los gemelos sobreviven gracias a un vínculo imposible de romper: una firma espiritual compartida que les permite sentir el dolor, el miedo y la existencia del otro incluso en silencio.
Abandonados al nacer, vendidos, golpeados y traicionados por el destino, los gemelos aprenden a comunicarse de nuevas formas, a cultivar juntos, a compensar las debilidades del otro y a escapar antes de convertirse en monstruos o herramientas, como ocurrió en otras vidas. Su huida los lleva a Cang Qiong, donde despiertan sospechas, recuerdos rotos y la atención peligrosa de un cultivador demoniaco que ya los había reclamado en un futuro que no ocurrió.
Protegidos por Shen Anwei, el despiadado señor del Pico Qing Jing, los gemelos comienzan una lenta sanación física y emocional mientras el cielo mismo parece incomodarse ante su mera existencia.

Notes:

hola a todos, este sera un fic que hare despues de mucho tiempo, lo hago pensando volver a retomar la escritura, no solo con este fic si no con el que tenia anteriormente, este sera mi primer fanfic de este fandom espero y lo disfruten.

Chapter 1: Donde el mundo los abandona y aun así sobreviven

Chapter Text

El mundo no los recibió con llanto ni dulces abrazos en los que existir.
No, Los dejó caer.
La noche todavía no se había ido del todo cuando los cuerpos pequeños tocaron el fondo de la cuneta. No hubo ceremonia, ni duda, ni una última mirada atrás. Solo manos apresuradas, un gesto de disgusto, y luego pasos que se alejaban con la certeza cómoda de quien cree haber resuelto un problema. Ni la delicadeza de ofrecer una manta, porque lo único que esperaban era que la muerte llegara rápido a cobrarlos.
Dos recién nacidos.
Uno demasiado enfermo.
El otro, por asociación, prescindible.

Dos recién nacidos.
Uno resiliente a la vida.
Uno demasiado despechado y enfurecido con la vida para desfallecer.
Ambos un conjunto inseparable y totalmente formidable.

El aire era frío. No el frío limpio de las montañas, sino uno húmedo, que se filtraba por la piel como una promesa de enfermedad. La tierra olía a moho y a algo viejo. Ninguna manta los cubría. Ningún talismán. Ningún nombre pronunciado con cariño.
Era obvio cuan indeseados eran.
Shen Jiu no lloró.
No porque no pudiera sentir, sino porque algo en su cuerpo, incluso tan pequeño, ya sabía que el llanto no siempre traía ayuda.
A su lado, A-Yuan sí lloró.
El sonido fue débil, irregular, como si cada respiración fuera una negociación con el mundo. Un llanto que no exigía, que solo pedía permiso para seguir existiendo un poco más.
Ese sonido fue lo primero que ancló a Shen Jiu a esta vida.
No pensó. No recordó con claridad. Pero algo antiguo, algo feroz, despertó en lo más profundo de su conciencia. Una certeza sin palabras.
A-Yuan está aquí.
Y ese solo pensamiento encendió una hoguera que ardía sin parar, sobrevivirían sin importar que…
El cuerpo de Shen Jiu era pequeño, torpe, mal formado en detalles que todavía no podía nombrar. Mas bien que su cerebro se negaba a recordar. Sus extremidades no respondían como deberían. Había rigidez donde debería haber fuerza, debilidad donde debería haber reflejo. Un lado del mundo se sentía distinto al otro, como si su visión estuviera incompleta incluso antes de aprender a ver.
Pero seguía siendo un cuerpo.
Mientras tuviera fuerzas y un cuerpo aunque se arrastre como un gusano siempre llegaría a su otra mitad.
Y dentro de él, muy profundo, había algo más.
Qi.
No mucho. Apenas un hilo. Tan tenue que cualquier cultivador lo habría pasado por alto. Pero Shen Jiu lo sintió como se siente una brasa bajo las cenizas. No ardía, pero estaba ahí. Esperando.
El llanto de A-Yuan se quebró en un jadeo. Su pequeño pecho subía y bajaba con dificultad. El frío lo estaba mordiendo primero a él, como siempre. Shen Jiu quiso girarse, acercarse, cubrirlo de alguna forma. La orden salió de su mente con violencia, pero el cuerpo solo respondió a medias.
Sus brazos se movieron.
No con gracia. No con fuerza. Se arrastraron más de lo que se alzaron, torcidos, desobedientes. Un espasmo recorrió sus músculos, y el dolor apareció como una punzada sorda, confusa. No era el dolor claro de una herida. Era el dolor de algo que no funcionaba bien.
Shen Jiu apretó lo que habría sido su mandíbula si su cuerpo hubiera sabido cómo hacerlo aún. El esfuerzo le arrancó un gemido mudo, un sonido roto que no llegó a convertirse en llanto.
No importaba.
Usó el qi.
No como una técnica. No como algo refinado. Instintivo. Lo empujó sin cuidado por sus meridianos aún incompletos, como quien fuerza una puerta vieja con el hombro. El hilo de energía respondió, torpe pero obediente, recorriendo sus brazos, sus hombros, sus dedos diminutos.
Dolió.
Dolió más de lo que debería dolerle a un recién nacido.
Pero Shen Jiu no se detuvo.
Sus dedos rozaron la tela húmeda bajo ellos, luego el borde del cuerpo de A-Yuan. El contacto fue mínimo, apenas piel contra piel, pero el efecto fue inmediato. El llanto de A-Yuan no cesó, pero cambió. Se volvió un poco menos desesperado. Un poco más anclado.
Shen Jiu acercó su cuerpo como pudo, arrastrándose centímetro a centímetro. No podía cubrirlo, pero podía estar ahí. Podía compartir el poco calor que su cuerpo producía.
Estoy aquí, quiso decir.
No te suelto. Jamás volvería a hacerlo.
El cielo empezó a aclararse. No con belleza, sino con indiferencia. El mundo seguía girando, ajeno a dos vidas que se apagaban lentamente en una cuneta.
Pasaron voces.
Pasos.
Una carreta chirrió a lo lejos. Alguien tosió. Nadie se detuvo.
Jamás nadie se detenía ante las ratas abandonadas, pero Shen Jiu sabía que pasarían esa noche, que su hermano ganaría esa noche.
El frío se intensificó cuando el sol aún no salía del todo. A-Yuan volvió a jadear, su llanto transformándose en pequeños sonidos ahogados. Shen Jiu sintió una presión extraña en el pecho, una alarma que no entendía del todo, pero que le resultaba dolorosamente familiar.
Fragmentos comenzaron a filtrarse.
No eran recuerdos completos. Eran sensaciones, imágenes rotas, emociones sin nombre.
Un cuerpo pequeño convulsionando.
Un olor metálico.
Un grito que no llegó a tiempo.
Shen Jiu no sabía de dónde venía eso. Solo sabía que no podía dejar que se repitiera.
Empujó el qi otra vez.
Esta vez fue peor. Sus extremidades respondieron con un temblor violento. Sus dedos se cerraron con torpeza sobre la tela sucia que cubría parcialmente a A-Yuan. No era una manta. No era protección real. Pero era algo.
Algo que mantuviera a su didi a su lado.
El mundo se volvió borroso por un instante. No por sueño. Por agotamiento. El qi era demasiado para un cuerpo así de nuevo. Pero Shen Jiu se negó a soltarlo.
Sobrevive, le dijo al mundo sin palabras.
Sobrevive tú primero.
Cuando finalmente los pasos se detuvieron cerca, Shen Jiu no los escuchó llegar. Los sintió. La vibración en la tierra. El cambio en el aire.
Una sombra cayó sobre ellos.
Alguien inhaló bruscamente.
“¿Qué…?”
La voz era joven. Insegura. No sonaba cruel. Tampoco especialmente amable. Sonaba sorprendida, como si el mundo hubiera puesto algo delante de él sin pedir permiso.
Shen Jiu no pudo girar la cabeza bien. Su visión era borrosa, incompleta. Vio una silueta, colores confusos, un rostro que no sabía interpretar todavía. El hombre se agachó. Sus manos dudaron en el aire, como si no supiera dónde tocar sin romper algo.
A-Yuan hizo un pequeño sonido. Débil. Apenas audible.
Eso decidió todo.
“Cielos…” murmuró el hombre.
Las manos finalmente descendieron. Eran cálidas. Torpes, pero cálidas. Levantaron primero a A-Yuan, con un cuidado que contrastaba brutalmente con el abandono previo. Shen Jiu sintió el vacío inmediato al perder el contacto, un pánico frío que recorrió su pequeño cuerpo.
Un sonido ahogado salió de su garganta.
El hombre se detuvo.
“Hay otro.”
Shen Jiu fue levantado después. El cambio de temperatura fue tan brusco que casi dolió. El contacto contra el pecho del extraño era firme, vivo. Un latido fuerte, constante, que no se parecía en nada al de A-Yuan.
Shen Jiu no se relajó.
No todavía.
Fue llevado junto a su hermano, y por un instante breve, los dos quedaron apoyados uno contra el otro. A-Yuan dejó de jadear tanto. Su respiración seguía irregular, pero menos desesperada.
El hombre los miró.
Los miró de verdad.
Sus cejas se fruncieron. No con asco. Con preocupación.
“Están… mal,” murmuró. “Demasiado pequeños. Y este…” Sus dedos rozaron con cuidado el pecho de A-Yuan. “Este está muy enfermo.”
Shen Jiu sintió algo retorcerse dentro de él.
No entendía las palabras. Entendía el tono.
Había escuchado ese tono antes.
En otra vida.
En otra muerte.
Sus pequeños dedos se cerraron con fuerza sobre la tela del hombre, un gesto reflejo, desesperado. El qi volvió a moverse, instintivo, empujando a su cuerpo a sostener ese agarre torcido.
El hombre se sobresaltó.
“Hey… hey, tranquilo.” Su voz bajó, como si temiera romper algo. “No los voy a dejar aquí.”
Shen Jiu no le creyó.
Todavía no.
Pero no soltó.
El camino fue largo. El movimiento constante meció sus cuerpos, y el agotamiento finalmente empezó a ganar terreno. Shen Jiu mantuvo su conciencia aferrada a la presencia de A-Yuan, a su respiración irregular, a la vibración de su pequeño cuerpo contra el suyo.
En algún punto, entre el traqueteo y el calor, se permitió descansar.
Antes de perderse en un sueño ligero y fragmentado, una última certeza se asentó en lo más profundo de su ser.
Esta era la tercera vez.
Y esta vez, sin importar cuánto doliera su cuerpo, sin importar cuán roto estuviera, Shen Jiu no iba a fallar.
Porque por fin, otra vez, tenía a su otra mitad.
Tenía a su gemelo.
Tenía a su A-Yuan.
Tenía a su didi.