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the fate of the Asim family's eldest son

Summary:

Jamil consideraba a Kalim como torpe y poco competente, demasiado ingenuo e indulgente. Sin embargo, sentía un cariño innegable por el otro niño. Su inocencia era exasperante en algunas ocasiones, pero sus días junto a Kalim eran tanto impredecibles como atesorados por el joven sirviente.

Desde que tiene memoria ha sido así, fue asignado a Kalim mucho antes de que aprendieran a caminar.

Notes:

Lee bien las etiquetas porque en palabras de mi amiga y beta la historia es "muy me golpearon en el estomago"

Estos dos se convirtieron en mi hiperfijación hace poco y necesitaba escribirles algo trágico, aunque no lo parezca Kalim es mi favorito...

Work Text:

Los días de Jamil pasaban siempre de la misma forma desde que tenía memoria, cada día era igual al anterior.

Iba a la escuela y debía regresar inmediatamente a casa para ayudar a sus padres con los deberes, aún no le dejaban hacer gran cosa pero su principal responsabilidad era ayudar y acompañar a Kalim, el heredero de los Asim.

Sus días eran agotadores, al llegar la noche solo quería dormir.

Pero Kalim, siempre tan lleno de energía, rogaba por una historia más, un juego nuevo o incluso su propia pijamada con Jamil.

A pesar de su cansancio a veces se le hacía difícil negarle algo a Kalim, quien siempre lo miraba con esos ojos rojos llenos de brillo e ilusión, esa sonrisa pegajosa en su cara y la promesa de más risas.

Jamil entendía su situación, tal vez con más seriedad de la que un niño de su edad debería pero sus padres siempre insistieron en recordarle su lugar como sirviente de la familia Asim y en especial, como sirviente del heredero.

Para Jamil era difícil ver al heredero que todos decían en Kalim.

Kalim solo quería jugar todo el tiempo. A menudo se escapaba de sus tutores y era Jamil quien tenía que explicar nuevamente todas las lecciones de forma que Kalim las entendiera. Creía ciegamente en todas las personas, aunque ya habían tenido algunos accidentes con respecto a envenenamientos y era común que Kalim terminara gran parte de sus noches en la enfermería o vomitando las entrañas.

Ya ni podía contar los secuestros en lo que iba de año.

Y aunque Jamil lo consideraba torpe y poco competente, sentía un cariño innegable por el otro niño. Su inocencia era exasperante en algunas ocasiones, pero sus días junto a Kalim eran tanto impredecibles como atesorados por el joven sirviente.

Desde que tiene memoria ha sido así, fue asignado a Kalim mucho antes de que aprendieran a caminar. Su madre le ha contado en muchas ocasiones de la insistencia que tenía Kalim de bebé por verlo o jugar con él.

Kalim a pesar de su posición, nunca entendió realmente cuál era la naturaleza principal de su relación. Para Kalim era solo su mejor amigo, quien siempre estaba con él. Y aunque para Jamil no era problema la mayoría del tiempo, también era consciente de que no podía ser de otra forma… Aunque quisiera estar en otro lugar, debía estar dónde Kalim deseara.

 

Como esa noche, ya era casi medianoche y estaban en la habitación de Kalim.

El joven heredero estaba encantado con la conversación y no parecía tener intenciones de acabarla pronto, el toque de queda de Jamil había pasado hace más de una hora (sabía que sus padres no lo regañarían si decía que estaba con Kalim, pero aún así), mañana tenía escuela y luego debía encargarse nuevamente de Kalim.

“Kalim”

La charla animada de Kalim se detuvo abruptamente, mirando con atención a Jamil.

Jamil casi se sintió mal de interrumpirlo, esos ojos rubís que lo miraban con tanto brillo y una ligera inquietud por seguir hablando estaban tan centrados en él que casi se sintió ruborizar.

Kalim solía ser intenso en todo lo que hacía, pero la forma en que siempre miraba a Jamil contenía otro tipo de intensidad. Una admiración tan inocente y pura con la que Jamil no sabía cómo sentirse la mayoría de las veces.

“Tengo que irme” Ante las palabras de Jamil, un puchero se formó casi de inmediato en los labios del otro, los ojos brillantes de hace un momento se habían vuelto tristes y casi parecían estar a punto de derramar lágrimas.

“Es tarde, Kalim. No me mires así” Jamil acercó una de sus manitos para limpiar una lágrima que ya recorría su camino a través de las suaves mejillas del heredero “Tengo escuela mañana y tú tampoco deberías dormir tan tarde, te quedarás dormido otra vez durante tus lecciones”

“Igual no las entiendo” Replicó Kalim, sabía que estaba siendo egoísta, Jamil estaría cansado al día siguiente y no podría concentrarse en clases y explicarle luego todo lo que aprendía.

Pero aún así, no quería que dejaran de hablar. Aún no era tan tarde, se sentía más cómodo en compañía de Jamil que en esa inmensa habitación solo para él.

”¿Puedes quedarte a dormir conmigo?” El puchero en sus labios se mantuvo incluso al hablar, su voz salió casi en un susurro con un profundo tono de tristeza.

Jamil intentó no suspirar, no siempre tenía que cumplir los caprichos de Kalim y aunque quisiera mañana tenía escuela, no podía faltar ya eran los últimos días antes de las vacaciones.

Una idea apareció en su mente y con renovada emoción se la contó a Kalim.

“No puedo quedarme” y ante esa respuesta el puchero del otro niño se hizo más pronunciado “Pero, pronto estaré de vacaciones. Podemos hablar y jugar todo lo que quieras, incluso puedo quedarme a dormir algunas veces”

“¿¡De verdad!?” Los ojos de cachorro triste de Kalim cambiaron nuevamente a unos brillantes rubíes rebosantes de emoción.

Jamil asintió, satisfecho de haber conseguido una solución a la tristeza momentánea de Kalim “Lo prometo”

Cuando Kalim extendió su meñique, Jamil no tuvo ningún problema en imitarlo. Entrelazando ambos en una promesa silenciosa.

Jamil volvió a su casa poco después durmiéndose casi instantáneamente al tocar la cama. Mientras, Kalim daba vueltas sobre su cama intentando conciliar el sueño sin éxito, la emoción de pasar más tiempo con Jamil no lo dejaba.

 

Unos días después, el joven sirviente y el heredero de los Asim se encontraban en otra de las fiestas organizadas por el cabeza de familia.

Era en realidad una cena de negocios en la que el señor Asim cerraba un negocio importante. Algo sobre lo que Jamil no se molestó demasiado en indagar, solo debía asegurarse de que Kalim no se metiera en problemas y causara una buena impresión como heredero.

Kalim, totalmente ajeno a su entorno como siempre, disfrutaba de pasearse por el salón y observar todas y cada una de las decoraciones colocadas ese día, sus ojos brillaban al ver la comida y sentir el exquisito olor que despedían los platos. Jamil, por supuesto, estaba siempre unos pasos detrás de Kalim, corrigiendo sus modales y evitando hablara con informalidad a cualquier figura importante presente.

Y así habían pasado gran parte de la noche, con Kalim danzando de aquí para allá y Jamil detrás de él. Hasta que otro de los sirvientes llamó la atención de Jamil, pidiéndole acercarse.

Jamil no lo reconoció a primera vista, tal vez era por la distancia. Antes de alejarse, le advirtió a Kalim que no se moviera de su lugar ni hiciera ninguna travesura mientras regresaba.

Cuando se acercó a donde había visto al sirviente segundos antes, ya no había nadie. Observó a su alrededor y en el pasillo cercano pero no había rastro de la persona.

Un mal presentimiento lo atacó.

Tardó solo unos minutos, tal vez cinco u ocho minutos.

Tiempo suficiente para que Kalim se moviera de donde lo dejó, atraído por un sirviente que le ofrecía, con demasiada insistencia, un plato lleno de aperitivos.

Y Kalim, tan ciegamente confiado, se había acercado con emoción y había tomado varios de ellos.

Si Jamil se hubiera dado cuenta antes, habría notado que el sirviente que lo llamó y quien le ofreció la comida a Kalim eran nuevos sirvientes que no tenía más de una semana trabajando allí.

Y que su insistencia porque Kalim probara la comida era extraña, incluso sospechosa.
Pero Jamil no lo notó.

No se dio cuenta de nada.

Se acercó a donde había dejado a Kalim y la mala sensación se apoderó de él con más fuerza. Intentó buscar a Kalim entre el montón de gente en la fiesta sin conseguirlo.
Hasta que escuchó un jadeo de dolor, seguido de toses. Cuando se volteó hacia dónde escuchó el sonido, la visión lo impactó de inmediato.

Kalim se rodeaba el estómago con un brazo, mientras con la otra mano se tapaba la boca en un pobre intento de detener la hemorragia que bajaba sin control de su nariz. La sangre fluía libremente entre sus dedos.

Su rostro denotaba miedo, tenía los ojos llorosos y cuando Jamil dejó escapar su nombre en un grito que apenas registró, esos ojos llorosos y llenos de pánico se fijaron en él.

Kalim intentó dar dos pasos hacia él pero su cuerpo no le obedecía, el fuerte dolor en su estómago empeoraba cada segundo, sus manos temblaban sin control y la sangre comenzaba a llenarle los pulmones y le dificultaba respirar.

Jamil apenas alcanzó a llegar a él cuando Kalim se desvaneció en sus brazos, le faltaba la respiración, las lágrimas le caían constantemente por las mejillas mezclándose con la sangre. Lo acurrucó en su regazo sin importarle la sangre que le llenaba las manos y la ropa.

Kalim Intentó pronunciar algo y por más que Jamil insistió en que no hablara, lo siguió intentando.

Ni siquiera en esta situación le hacía caso a Jamil.

El joven sirviente solo pudo acariciarle las mejillas y el cabello, sintiendo las lágrimas picar en sus propios ojos, repitiendole a Kalim que no intentara hablar y se mantuviera despierto. Finalmente Kalim pareció desistir de su intento de hablar, lo único que pudo pronunciar fue un “Jamil” entrecortado y apenas más fuerte que un susurro. Seguido de un último intento por respirar.

Kalim había dejado de moverse, ya no respiraba.

Todo se quedó en silencio, Jamil no podía escuchar nada más que ese último susurro. Ni siquiera el caos a su alrededor fue suficiente para distraerlo. Su atención estaba centrada en otra cosa, en el niño que aún sostenía en brazos en el piso del salón.

Los brillantes ojos rubíes que Jamil solía admirar en secreto, esos ojos llenos de emoción y vida que lo sacaban de quicio tantas veces. Ahora se veían apagados, sin alegría… sin vida.

 

Su promesa rota resonó en su mente.

Jamil había terminado sus clases ese día.

Sin poder evitarlo, las lágrimas que había estado intentando contener derramaron libremente, cayendo en las mejillas ahora pálidas de Kalim, mezclándose cruelmente con la sangre que lo rodeaba.