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Cuando Himawari empaquetó la última galleta de chocolate, faltaban diez minutos para las dos de la tarde. Miró su reloj de pulsera y dibujó una pequeña sonrisa.
«Bueno, ya es hora», pensó. Agarró la caja que contenía las galletas, se colgó al hombro su bolso con los implementos de estudio y, por último, tomó la pequeña caja de color ámbar que estaba cuidadosamente cerrada con un moño rojo. Caminó hacia la sala con paso ligero.
Mientras cerraba la puerta principal y cruzaba la calle para dirigirse a casa de Sakurako, Himawari sacaba una cuenta.
«La señora Ōmuro salió a trabajar a las seis de la mañana. Hanako fue con sus amigas en un viaje académico y Nadeshiko-san tuvo que ir a trabajar a la una y media».
Al llegar a la residencia Ōmuro, Himawari, que tenía las manos ocupadas, hizo un esfuerzo y tocó el timbre con el codo de su brazo derecho. Por lo general, solía entrar directamente como si fuera su propia casa, pero, en vista de todo lo que cargaba, decidió esperar a que alguien la dejara pasar.
«Sakurako está sola», concluyó mientras esperaba a que la mencionada abriera la puerta.
—¡Ya voy! —se escuchó la voz de Sakurako desde el otro lado.
«Corrección: estaremos solas».
Sintiendo cómo los nervios crecían dentro de ella, Himawari frunció el ceño. Estaba decidida a hacerlo. Solo tenía que llevar a cabo las cosas tal y como las había pensado.
Himawari se acercó al chabudai en medio de la sala de la residencia Ōmuro, lugar donde Sakurako, cómodamente sentada a un lado de la pequeña mesa, daba buena cuenta de los postres que la mencionada había llevado en la bonita y aplanada caja.
—¿Están buenas? —preguntó Himawari, acercándole una taza de té que acababa de preparar en la cocina de la familia Ōmuro.
—¡Están buenísimas! —exclamó Sakurako, llevándose dos galletas a la boca y engulléndolas con esmero.
Tenía migajas en las comisuras de la boca y un pedacito de chocolate en una mejilla. Tomó la taza de té y le dio un largo sorbo. Luego, sin cohibirse, exhaló un fuerte suspiro de satisfacción. Esa era su forma de disfrutar de la comida que su novia solía traerle.
Himawari la miró en silencio y tragó fuerte, aunque procuró que no se notara mucho. De forma inconsciente, pegó su lengua al paladar, sintiendo cómo las púas que estaban en el medio de la misma le hacían cosquillas en esa parte. El suave aroma a canela que despedía Sakurako flotaba en el aire, pasando por encima del olor a chocolate de las golosinas.
«Bien, ¡aquí voy!».
Himawari se arrimó en dirección a Sakurako y, rodeando el bien cuidado chabudai, estiró la mano y tomó el fragmento de chocolate que se aferraba al cachete izquierdo de su novia. Acto seguido, se lo llevó a la boca frente a la avergonzada Sakurako, que no dejó de mirarla, estupefacta, mientras lo hacía. La omega empezó a transpirar por los nervios que la invadieron en ese momento.
—¡¿Qué-qué haces, monstruo tetón pervertido?! —se echó para atrás, en un intento de alejarse—. ¿Acaso tus pechos ya te hicieron enloquecer?
Una venita se inflamó en la sien de Himawari frente al comentario. No obstante, decidió seguir adelante. No pensaba detenerse frente a pequeñeces como esa.
—Sakurako —habló Himawari, con seriedad. Tomó la cajita ámbar más pequeña que descansaba junto a una de las patas del chabudai y se la acercó—. Esto es para ti.
Desconfiada, Sakurako tomó la cajita, quitó el moño y la destapó. Al ver su contenido, una expresión de duda asomó en su bonito rostro.
—¿Un... collar de perros?
—Es una gargantilla, Sakurako —replicó Himawari, aprovechando el repentino descuido de su novia para acercarse más a ella—. La usan los omegas para presumir la marca dejada en su cuello por la mordida del alfa que les corresponda.
Sakurako asintió lentamente, en ningún momento dejó de examinar el accesorio. Era suave, de tela elástica. Llevaba un pequeño colgante dorado en donde podía verse grabado su nombre: «Sakurako». A un lado podía verse un agujero rectangular. La castaña supuso que esa parte debía ir encima de la zona marcada y que estaba diseñada así para que la mordida pudiera distinguirse.
—¿Te gusta? —preguntó Himawari, que ya estaba a un lado de Sakurako y ahora le acariciaba el cabello.
Las pupilas avellanas de Himawari estaban dilatadas y sus colmillos, que habían crecido en esos pocos segundos, eran visibles y se apoyaban encima del labio inferior. Estaba lista para morder.
—Sí... —respondió Sakurako, con duda. Había algo que no le gustaba de todo aquello—. Oye, Himawari...
—¿Qué pasa? —con cuidado, Himawari empezó a olfatear el cabello de Sakurako. Procuraba que la omega no se diera cuenta de cuáles eran sus verdaderas intenciones hasta que fuera demasiado tarde.
—Me estás regalando esto... pero yo no tengo una marca...
—Aún no la tienes —repuso la alfa, con voz urgida, mientras apoyaba sus manos temblorosas en los hombros de la más baja, haciendo que Sakurako respingara al sentirla—. Pero tranquila, Sakurako... —Himawari, que ya no se sentía como ella misma, apretó los hombros de la omega con la fuerza suficiente como para que no pudiera soltarse de su agarre—. Eso tiene solución... —abrió la boca, dejando ver sus crecidos y afilados colmillos, y la proyectó hacia su apetecible cuello.
La pobre omega se dio cuenta de lo que ocurría solo cuando Himawari, con una fuerza inesperada, la inmovilizó de golpe contra el suelo. El impacto le sacó el aire y su deliciosa fragancia a canela de disparó, empeorando el estado en el que se hallaba su excitada alfa.
—¡Espera, Himawari! —El grito de Sakurako salió ahogado. No era su voz, sino un sonido gutural que le ardía en la garganta.
Sin dudar, Himawari se lanzó a morder ese delicioso y apetecible cuello que necesitaba, según ella, ser marcado como diera lugar. Tal vez, después de morderla, se animaría a hacer algunas otras cosas también.
