Chapter Text
Sun turnin’ ‘round with graceful motion,
We’re setting of with a soft explosion;
Bound for a star with fiery oceans,
It’s so very lonely, you’re a hundred light years from home…
- “2000 Light Years From Home” The Rolling Stones, 1967
—Te estás apresurando.
¿Qué era apresurarse? Mejor que arrastrarse. Apresurarse era rubato. Apresurarse era divertido.
—Otra vez. Y toca correctamente esta vez.
Las teclas del piano estaban casi calientes por el tacto. No era de extrañar, habían estado allí durante horas. Aun así, Sirius tocó. Al menos era Haydn. Podía tolerar las sonatas mientras las tocaran en allegro. Cualquier cosa más lenta y la falta general de ingenio le daban ganas de arrancarse el cabello. Empezando de nuevo, repasó mentalmente los movimientos de la pieza: Primer tema: tonalidad tónica, C mayor. Termina con una cadencia imperfecta. Repite con acompañamiento triples. Comenzando en C mayor, modula a F mayor, G mayor, D-
—¡Te estás apresurando!
Hizo caer con fuerza la batuta sobre el borde del piano de cola. Fue un sonido hueco, el látigo de la lengüeta golpeando la superficie de madera como un relámpago.
— Allegro con brio. —siseó su madre. —Con espíritu, no con delirio. Estás demasiado ansioso.
— Je suis fourbu, maman. S'il te plaît.
— Absolument pas . Tu audición es la semana que viene, y sigues tocando como si tuvieras los dedos de palos. Ahora, de nuevo, correctement cette fois-ci.
Sirius respiró hondo y volvió a empezar. Mientras sus dedos subían y bajaban suavemente por las teclas, su mente estaba en otra parte. Ahora era casi como una segunda naturaleza.
Primer tema: tonalidad tónica, C mayor. Termina con una cadencia imperfecta.
Fútbol con James. Quemaduras de sol y Ribena¹. Effie tarareando sobre el fregadero de la cocina; el tintineo de sus pulseras de plata. James saludando a través de la ventana, llamándola... ¡hey, mamá! Sirius también lo hace, ¿por qué no? ¡Hey, mamá! ¡Hey mamá! Se ríe. No es real, pero se siente mejor que cualquier otra cosa.
—Sirius.
¡Concéntrate! Cadencia imperfecta, repite con acompañamiento tiple. Comenzando en C mayor, modula a F mayor, G mayor, D mayor, G mayor; final con cadencia imperfecta.
Ajedrez con Peter. Las blancas se mueven primero. Captura el caballo de Peter y casi cree que está ganando; todo es en vano, ya ha perdido su rey. Peter se lleva el tablero. Decepcionante, pero mejor que cualquier otra cosa.
Segundo tema: tonalidad dominante, G mayor. Uso frecuente de notas cromáticas de paso. Más triples. ¡Allegro! ¡Con brio! Final con cadencia perfecta.
Miles-
¡WHAP!
La lengüeta lo golpeó en los nudillos y apartó las manos, ahogando el sonido.
—¡Todavía te estás apresurando! —le espetó Walburga. —¿De verdad es esto lo que quieres mostrar a la academia? ¿Cómo te las has arreglado para desperdiciar cualquier talento innato que pudieras tener en cuestión de meses?
—¡Me estás pegando!
Volvió a golpearlo, esta vez con la palma abierta.
—No seas infantil. ¿Crees que es fácil sentarse aquí y escuchar semejante tontería? Es una sonata. Si no puedes con esto, ¿qué esperanza hay para ti?
—La estoy tocando como fue escrita —gimió. -Si crees que me estoy apresurando, ¿por qué no sacas el maldito metrónomo?
Su brazo azotador subió de nuevo, y luego bajó en dos sólidos golpes; una severa 'x' a través de su costado y hombro derecho.
—¡Cuida tu sucia boca! ¿Crees que Haydn tenía un metrónomo? A este paso le dejarías los oídos sangrando. Ahora déjate de quejas incesantes y toca correctamente.
Le dolían los dedos, alguien debería cortárselos a la altura de los nudillos y acabar con él. Liberarlo. No... sólo le haría tocar con los huesos.
C mayor. Cadencia imperfecta. Ve a otra parte. A cualquier otro sitio.
—Otra vez.
Fútbol con James-
—¡Otra vez!
Fútbol con James. Sudando bajo el sol ardiente. Se quitan las camisetas, intenta no mirar. James no se da cuenta de todos modos. ¿Crees que tengo una oportunidad real con Evans esta vez? Sólo me llamó insufrible trapo de pies dos veces la semana pasada.
Repite, todos triples. C mayor, F mayor, G mayor, D mayor, G mayor; ¡cadencia imperfecta!
Ajedrez con Peter. Intenta no bostezar. Wow, Sirius, creo que estás empeorando en esto. Captura un peón. Pierde un peón. ¡No, Sirius, nunca juegues F3!
Clave dominante, G mayor. Paso cromático.
¡Miles! Hace una broma, lo escucha reír. Caray, qué risa... Bésale detrás del comedor, arrepiéntete al instante. Considera tirarte al contenedor; no lo hagas porque huele a carbonara con pollo de hace un mes. Sirius, vuelve aquí. ¡OH! Bésalo otra vez...
¡Triples-allegro-ALLEGRO!
Bésalo otra vez. Otra vez. ¡Otra vez! ¿Has pensado alguna vez en probar con la guitarra, Sirius?
¡CADENCIA PERFECTA!
Toma su mano, sólo dentro del dormitorio. Acuéstate a mi lado, Sirius. Eres increíble, Sirius. ¿Has oído hablar de David Bowie, Sirius?
¡BARRA DOBLE, BARRA DOBLE, ¡REPITE!
Regresa de detención. Dispara bolas de saliva en la parte de atrás de la brillante calva de Bilshin. Doce antes de que se diera cuenta, nuevo récord personal. Gran humor, luego; ¿Dónde está Miles?
¡REPITE!
Mira fijamente a James y Peter, mira sus caras. ¿Cómo que se ha ido?
¡REPITE!
¡Pero nunca pude despedirme!
¡ALLEGRO!
¡Miles!
¡ALLEGRO!
¡MILES!
¡DUH-DUH, DUH-DUH, DUH-DUH!
Nota entera suspendida... Olvídate de respirar... Adagio... Toca hasta tu límite... Mierda...
—Más suave.
Toca hasta tu límite. Toujours Pur.
—Mejor.
Toca hasta tu límite.
—Ahora otra vez.
***
Sirius siempre había odiado el comedor formal. Las paredes eran tan oscuras que bien podrían haber sido negras, y la mesa estaba tallada en una caoba que pesaba demasiado como para hacer algo con ella, aparte de sentarse y sentirse miserable. Después de pasar horas, días y semanas trabajando como un esclavo al pie del piano, le hubiera gustado volver a su habitación, pero nadie podía vigilar allí sin invadir su intimidad, así que se quedó. Al menos el agua le sentaba bien a las articulaciones. Ya era una rutina: después de cada práctica debía ponerse hielo en las manos durante treinta minutos, ni un minuto más, ni un minuto menos. Al fin y al cabo, el primer instrumento de un músico son las manos, y no hay muchas cosas que se puedan hacer para prevenir el túnel carpiano. Ya fuera ciego, sordo o mudo, lo superaría. Pero no poder usar las manos sería una sentencia de muerte. Beethoven escribió seis sinfonías sin sus oídos, pero ¿quién las dirigiría, si no esos dedos mágicos? En medio de un mundo de belleza arbitraria y vergüenza injusta, las manos eran lo único que merecía la pena salvar. Era exactamente como decía su madre;
Al diablo el alma. Salva las manos.
—Tienes suerte, ¿sabes?
Sirius se removió en su asiento y escuchó cómo los cubitos de hielo se mecían alrededor de sus nudillos. Mantenía los ojos cerrados y la cabeza inclinada hacia atrás, fingiendo indiferencia. No podía ordenarle a Regulus que se fuera y, según el reloj de pie que había en el otro extremo de la habitación, aún le quedaban tres minutos de baño helado . Ni un minuto más, ni un minuto menos.
—Al menos te mira. Tienes suerte.
Sirius lo ignoró y, rechazando la frialdad que estaba recibiendo, Regulus se acercó a la mesa con una mirada decidida. Le pisaba los talones Kreacher, el perro de la familia que llevaba más tiempo que ellos. Era un pequinés de sangre pura, tan viejo y gastado que parecía que alguien lo hubiera metido en una batidora y le hubiera dado a 'aplastar'. El perro empezó a olisquear la pierna del pantalón de Sirius y, temeroso de que le meara encima por puro desprecio, Sirius levantó una pierna para repelerlo. Kreacher se limitó a gruñir venenosamente.
—Si te vas a limitar a repetir como un loro todo lo que decía nuestra querida madre, te lo puedes ahorrar. —le dijo a su hermano. —Tengo buena memoria.
Regulus no parecía satisfecho.
—No sería tan dura contigo si lo intentaras de verdad. Pones empeño, pero en realidad no quieres.
—Tienes razón, no quiero.
—Otros aprovecharían la oportunidad.
—¿Otros como tú?
Regulus frunció el ceño.
—Es la mejor escuela de música del país —dijo. —No tendrías que vivir en casa y estarías creando obras maestras todos los días. ¿Ni siquiera una pequeña parte de ti quiere ir?
—Soy feliz donde estoy.
—Sólo tienes miedo de echarlos de menos.
Como la ola de un tsunami, Sirius se enfureció. Sacó las manos del agua helada y las agitó contra el chico más joven, haciendo que Regulus se estremeciera mientras el agua le salpicaba los ojos y las mejillas.
—Los echo de menos. ¡Los echo de menos todos los días! Sólo porque tú no sepas lo que se siente...
—¡Se como se siente!
—¡Pruébalo y déjame en paz entonces! Trata de escribirle a uno de tus malditos amigos; ¡regálales tu incesante dogma por una vez y déjame en maldita paz!
El ruido llegó de golpe; animado por sus gritos, Kreacher empezó a aullar desde su lugar junto a los tobillos de Regulus mientras el reloj de pie del comedor daba las nueve y comenzaba su pesado toque. Se clavó en el cráneo de Sirius como un pico de hielo, pero al menos significaba que estaba acabado. Resistiendo el impulso de echar al perro feo a la semana siguiente, Sirius se levantó y dejó que sus manos húmedas salpicaran agua helada sobre la mesa de madera de caoba. Antes de que pudiera marcharse, Regulus volvió a llamarlo.
—Sólo quería desearte suerte para tu audición.
—Sí, bueno, no... no necesito tu suerte. Ni tus deseos.
El ceño de Regulus se frunció aún más y Sirius sintió que aquella astilla despiadada de remordimiento se le clavaba en el lado izquierdo del pecho. Entonces recordó por qué se había enfadado con él y toda compasión se esfumó. Salió a grandes zancadas del comedor, diciéndole a sí mismo que se lo merecía. Después de todo, Regulus había sido el primero en romper la fe, no él.
Había empezado como un accidente por parte de Sirius, todo gracias a una discreta cinta de Black Sabbath que había olvidado enviar a casa con James. La había encontrado en el bolsillo de la chaqueta cuando llegaba tarde a una clase de música y cometió el error de dejarla en la cama para más tarde. Pero cuando Sirius volvió aquella noche, la cinta ya no estaba. Lo primero que pensó fue que una criada la había encontrado durante su ronda diaria y la había tirado, pero cuando bajó a tomar el té se dio cuenta de su error. La cinta estaba sobre la mesa del salón, entre las sillas de su madre y su padre, como si fuera un puñal que hubieran descubierto bajo su almohada. Regulus estaba sentado junto a ellos, encogido. No quería mirar a Sirius a los ojos.
—Así que ahora metes basura dentro, ¿no? —había gritado su madre. —¿Te atreves a dejar una porquería tan vil y pútrida donde cualquiera pueda encontrarla?
—No lo dejé por ahí, estaba en mi habitación. —miró a Regulus. —Fuiste tú, ¿verdad? Entraste en mi habitación y lo tomaste...
Walburga se levantó de la silla. —¡Esta es nuestra casa! No permitiré que la ensucies con asquerosa pornografía.
—¡Es música!
—¡Basta! —cogió la cinta y se la puso delante de las narices. Sirius sabía exactamente lo que había dentro: muerte, guerra, sexo... Satán. Metal puro.
—Me dirás de dónde has sacado esto. Ahora mismo.
No lo hizo. Y entonces se volvió contra Regulus.
Se quebró en segundos.
—A-Andrómeda le envía cosas por su cumpleaños. Se las envía a sus amigos para que McGonagall no sepa que las recibe.
Pequeña...
Su madre estaba indignada. —¡Andrómeda! Qué decepción, ¡siempre trayendo porquerías! Ya te dijimos que no debes hablar con ella, ¡y aun así te atreves a ir a mis espaldas! ¿Qué tienes que decir a tu favor, Sirius?
Miró a su padre, que fumaba su cigarro, con los ojos en el borde de su vaso de whisky. Di algo, suplicó en silencio; ¡Es tu sobrina!
—¡Sirius, me mirarás cuando te hable!
Lo hizo.
—La familia de Andy, mamá. Todo el mundo sabe que no puedes elegir familia.
Era una provocación, pero Sirius lo sabía incluso cuando las palabras salían de su boca. No se sorprendió cuando ella se dio la vuelta y tiró la cinta al fuego. Sirius ni siquiera sabía por qué tenían un fuego encendido, era julio. La habitación ya era bastante sofocante.
Por la insolencia, lo mandaron a su cuarto sin cenar, y por Black Sabbath, le ordenaron que escuchara sus cintas de ensayo durante el resto de la noche, repetidas, para que tal arte apropiado finalmente se le impregnara.
Se prolongó eternamente, había ordenado a una de las criadas que entrara y diera la vuelta a la cinta cada hora, hasta que el ruido se convirtió en poco más que locura carnal. Le temblaban los ojos y el corazón le palpitaba en el pecho. Se tumbó de lado con la almohada sobre la cabeza, y fue allí, bajo la tensión constante del Preludio y Fuga nº 5 de Bach, donde Sirius incubó su obra maestra. Se levantó de la cama, atrancó la puerta y, cuando la criada volvió a llamar, no la dejó entrar.
Estaba decidido.
Si su madre tenía tantas ganas de pornografía obscena, pornografía obscena tendría.
El truco empezó de forma inocente. El último día de clases, Simeon, el hermano mayor de Pete, se había acercado a Sirius y le había regalado en broma un número de Mayfair de su colección personal de revistas subidas de tono. Cuando miró la portada, lo primero que pensó Sirius fue que la modelo parecía no haber dormido en días. Entonces recordó el término 'ojos provocadores' y todo empezó a tener más sentido. ¿Qué podía ser más atractivo que una chica cansada tumbada entre pieles y con las tetas al aire?
A James le pareció brillante cuando se lo había enseñado. A lo largo de los años, algún que otro primo mayor le había regalado alguna que otra revista atrevida, pero todas ellas eran aspirantes a serlo. Mayfair era una revista para hombres, elegante y encantadora. Estas mujeres valían algo, pulidas a la perfección como las perlas que colgaban entre sus pezones erguidos.
Imagino que quieres llevarte está a casa, dijo James el último día.
¿Qué? ¿Por qué?
¡Ya sabes! James le lanzó una mirada. Es más fácil que imaginárselo, ¿verdad?
Sirius se mortificó.
¡Cierto! ¡Cierto!
Se había llevado la revista a escondidas, metida entre el dobladillo del pantalón y el calcetín. Fue fácil, más fácil de lo que había imaginado. Como de costumbre, sus padres registraron su baúl en busca de basura y demás objetos a su llegada, pero no tuvieron la precaución de revisar sus zapatos. Cuando subió hasta su dormitorio, Sirius se levantó los pantalones y descubrió que había sudado a través de la funda delantera, creando una decepcionante mancha donde antes estaban las mejillas sonrojadas de la encantadora francesa. No le importaba; el verdadero erotismo se encontraba más adentro.
La primera noche la hojeó a la luz de la linterna, mordiéndose el labio inferior. Seguro que no podía ser tan difícil: todo tenía que funcionar igual, ¿no? Se dijo a sí mismo que si James podía hacerlo, seguramente él también podría. Pero no, simplemente no estaba allí. Ningún cosquilleo en las tripas, ningún tic nervioso en los dedos, ninguna insaciable necesidad adolescente de satisfacer. Intentó doblar la esquina de la página para taparles la cara. Los imaginó en una película de Bond, saltando en paracaídas con Sean Connery. Las imaginó bailando en un escenario con Mick Jagger. Se quedó mirando las tetas, el coño y el culo hasta enrojecer y...
Nada.
Era débil. Y al final se arrastró hasta un rincón de su dormitorio, apartó la tabla del suelo y metió sus sucios dedos en el interior para encontrar la revista que una vez había robado a aquella joven criada. Miró fijamente al hombre de la portada. Ni tetas ni coño.
El ansia no se hizo esperar.
Durante un tiempo, el número de Mayfair permaneció intacto bajo el suelo de su habitación, lo que resultaba aún más vergonzoso que el ejemplar robado que hojeaba todas las noches. Cuando se le ocurrió que podía utilizar la vulgar revista del mismo modo que Regulus había utilizado su cinta de Black Sabbath, fue como si le estallaran fuegos artificiales detrás de los ojos. Podría haberla dejado sobre su cama, o en el estudio de su padre si quería inculparlo, pero eso no serviría de nada. El hombre ya jugaba a la infidelidad como si fuera una partida de cartas, una revista femenina no iba a alterar la continua Guerra Fría en la que vivían sus padres. Tendría que pensar en otra cosa si quería ver consecuencias reales. Así que Sirius recurrió a una estrategia más obvia. Una que seguramente haría entrar a su madre en una crisis nerviosa.
Regulus había sido el primero en encontrarlo, deslizándose hacia el garaje tras él como una sombra. Sirius había intentado ahuyentarlo, pero cuando se negó a decirle para qué servían el pegamento y los pinceles, su hermano se enfadó con él y amenazó con decirle a su madre que estaba tramando algo, que era exactamente lo que Sirius esperaba, por supuesto.
El pegamento acababa de fijarse cuando Walburga Black irrumpió en su dormitorio. Echó un vistazo a las mujeres de pechos desnudos, recortadas de la revista y empapeladas en sus paredes como si fueran yeso, y levantó las manos llenas de garras con furia. Ahora las palabras le salían como agua.
—¡Sucio, asqueroso, ¡cómo te atreves...!
Cortó a las mujeres como si en las puntas de sus dedos hubieran crecido cuchillas de afeitar, pero el pegamento era industrial. Aguantaron, y lo único que les quedó fueron trocitos de la encantadora francesa y papel pintado de color rojo intenso. Después, su madre le hizo levantar las manos con las palmas hacia arriba. Ella sacó su bastón y Sirius supo que le tocaba a él.
Malditas las manos también, entonces. Maldito sea todo. Podía soportarlo.
—Practicarás todo el día, todos los días.
¡Bofetada!
—Practicarás hasta que estés tan cansado que no puedas mantenerte de pie.
¡Bofetada!
—Hasta que hayas olvidado lo que es hacer cualquier otra cosa.
¡Bofetada!
—Y si te niegas...
¡Bofetada!
—Nunca volverás a ver a esos miserables amigos tuyos.
¡Bofetada!
—¿Me entendiste, Sirius?
Asintió, rígido. No lloraría.
Toca hasta tu límite.
No lloraría.
* * *
Well, people look and people stare,
Well, I don’t think that I even care;
You work your life away and what do they give?
You’re only killing yourself to live…
- “Killing Yourself to Live” Black Sabbath, 1973
La audición estaba fijada para finales de julio. Ella misma lo había organizado todo, preparando el repertorio incluso antes de que él volviera a casa del colegio. No se trataba de lo que podía tocar, sino de lo que tocaría. Fantasía cromática y fuga en D menor de Bach, Rondo capriccioso, Op. 14 de Mendelssohn, Feuz d'artifice de Debussy; todas ellas, monstruos por derecho propio, de los que empujan al suicidio a músicos menores.
—Debes destacar. Asegúrate de que te recuerden.
No sabía si tenía alguna posibilidad de que le echaran de menos, a los trece años Sirius tocaba Liszt y Rachmaninoff como si lo hubiera escrito él. Si algo le faltaba era disciplina. Aunque, para cualquiera que hubiera pasado más de cinco minutos cerca de Sirius Black, eso no era ninguna sorpresa.
—Se te pedirá que elijas la primera pieza. —zumbó su madre mientras el coche atravesaba la ciudad a toda velocidad; —La junta elegirá la segunda de nuestro repertorio proporcionado. Empezarás con la Sarabande y la Gigue de la segunda Suite Inglesa, esa es la pieza que debes elegir, ¿entendido?
Mirando hacia la ventana, Sirius asintió.
—No te oigo.
—Sí, mamá.
Ella se dio la vuelta, complacida, y Sirius miró su reflejo en la ventanilla del coche. No le importaba lo que tocara, daba igual. Se imaginó abriendo la puerta del coche y corriendo hacia aquella ciudad que ella tanto odiaba, buscando refugio en los brazos de sus amigos. Pero James y Peter ya estarían en sus casas de vacaciones, y Miles, bueno... mejor no pensar en ello.
—Atrás derecho, Sirius. —susurró su madre con dureza, mientras los conducían por las puertas principales del colegio. Había poco ruido, incluso para ser sábado, y los tacones de su madre resonaban en el suelo de pino con cada paso acelerado. Más allá de ellos, el Salón del Duque era ejemplar, con el dorado y la decadencia goteando de cada superficie. Estaba citado para una audición ante el decano de la academia, íntimo amigo personal de su padre. No hacía falta ser un experto para darse cuenta de que Sirius era demasiado joven para la edad exigida por la escuela, pero los Black llevaban años patrocinando el Real Colegio. Al parecer, sus continuas donaciones habían engrasado lo suficiente las palmas como para conseguirle una audición privada, pro-bono, por supuesto.
O se suponía que era privada.
Cuando Sirius y su madre entraron en la sala, encontraron a otro chico tocando el piano en el escenario. Era bueno, claramente bien enseñado; el sonido se propagaba como el humo en el viento mientras varias personas lo observaban sentadas en las últimas filas. Eran estudiantes, por lo que parecía, vestidos de blanco y negro. Incluso con la actuación en marcha, se dieron cuenta enseguida de su llegada; lo habían estado anticipando, soltó Sirius.
Su estómago se hundió cuando los estudiantes empezaron a mirarlo fijamente, sus bocas torcidas en muecas mientras se inclinaban unos hacia otros y compartían un susurro o dos, o diez. Sirius sabía lo que dirían. No es más que un niño. ¿Cómo se le ocurre a Admisiones dejarle entrar aquí? Algunos de ellos escondían sonrisas y expresiones de suficiencia detrás de dedos de artistas. Probablemente pensaban que se iban a reír; ¿cómo podría un niño estar a la altura del resto de nosotros?
Que se rían, pensó. Siempre había preferido hacer reír a la gente.
Unos instantes después, la pieza del chico había terminado y un hombre se levantó de la primera fila. —¡Maravilloso, Andrew! Simplemente maravilloso —exclamó. —Cuidado con los tercios. Seguro que tu abuela estará muy impresionada.
Andrew se levantó e hizo una humilde reverencia, antes de dudar. Había visto a Sirius y Walburga en la puerta del vestíbulo y, cuando hizo un gesto, el hombre se giró. Sonrió al instante, prácticamente tropezando consigo mismo para llegar hasta el pasillo.
—¡Señora Black! Me alegro de que haya venido. Espero que las carreteras no le hayan causado ningún problema.
—No más que de costumbre, Henry.
Walburga se adelantó y dejó que el hombre de la voz atronadora le besara el dorso de la mano. Se llamaba Sir Henry Wait, decano del Real Colegio de Música. Sirius lo había visto antes en una de las galas de verano de su padre y lo conocía al instante. Era él quien iba a juzgar su destreza: un aburrido de aspecto grosero con entradas y mejillas como frambuesas confusas.
—Tú debes de ser Sirius. —dijo el decano. —Has venido a hacer una audición, ¿eh?
Le dio un codazo a Sirius en el hombro como si fueran viejos amigos y le ofreció la mano para que se la estrechara. Sirius tuvo así una vista privilegiada de las yemas de sus dedos, fornidas y aplanadas, con las venas marcadas y la pronunciada hinchazón alrededor de cada articulación. Entonces era organista, o quizá trompetista. Al menos eso significaba que sabía algo de música.
Sin embargo, debió de quedarse mirando demasiado tiempo, porque sintió un desagradable pinchazo de su madre entre los hombros.
—Oh, quiero decir, sí, señor...
El Sr. Wait le estrechó la mano con firmeza, obviamente descartando la vacilación como nervios. Probablemente estaba bastante acostumbrado a que los jóvenes temblaran en su presencia; pero Sirius no se sentía nervioso. Sólo se sentía entumecido.
—Estamos muy contentos de que hayas venido —dijo el señor Wait. —Permíteme presentarte a Madame Jocelyn Aubier, directora del prestigioso departamento de piano de nuestro colegio. Ella también ha venido a supervisar la audición de Sirius hoy. Puramente por su interes propio, como ven.
La expresión de Walburga indicaba que el último comentario del decano no le había hecho mucha gracia, pero antes de que ninguno de los dos pudiera averiguar a qué se refería, una mujer delgada y con aspecto de mala hierba salió corriendo a su encuentro. Madame Aubier sonreía tan ampliamente que su cara parecía a punto de partirse por las comisuras, y Sirius supo al instante que la cortesía era lo único que le impedía pellizcarle la mejilla como a una niña.
—¡Vaya, qué joven más guapo! —se pavoneó.
—Debes de haber heredado la belleza de tu madre, y el talento, tal vez.
Walburga sólo sonrió con fuerza. Era la misma sonrisa condescendiente que dedicaba al grupo de esposas guapas que nunca faltaban a las galas de su padre, pero funcionó. Madame Aubier tomó la sonrisa como un permiso para continuar con sus halagos.
—Sabes, estudié con John Woodhouse, un gran admirador personal de tu abuelo, el maestro Cygnus. Solía llevarme a sus conciertos en el Wigmore Hall. Envidiaba tanto que nunca tomara estudiantes fuera de su familia. Dime, ¿era un profesor tan despiadado como dicen?
A Sirius se le curvaron los dedos de los pies dentro de los zapatos. Estúpida mujer, ¿no podía ver...?
—Mi abuelo era brillante y despiadado. —dijo Walburga. —Como se requiere, para ser el mejor. Y nadie encarna eso mejor que mi Sirius.
Ella lo empujó hacia adelante, y Sirius trató de no encogerse. El señor Wait seguía mirándolo como si aún no hubiera determinado su valía, acariciándose la punta de la barbilla pensativamente. —No tenía ni idea de que se dedicara a usted misma, señora Black —murmuró. —Su marido nunca mencionó...
—Estoy muy dedicada a mi familia. —dijo Walburga bruscamente, sin perder su sonrisa amenazadora. —De hecho, es la razón por la que estamos aquí. Confío en que hayas recibido el repertorio elegido por Sirius.
—Oh, sí. —dijo Madame Aubier. —Y debo decir que me sorprendió bastante ver las piezas que había seleccionado. No muchos tienen la confianza para audicionar con un repertorio tan... extenuante.
—Sirius puede tocar cualquier cosa. Pónganlo en el banco del piano y verán.
Sirius gimió internamente. Podía oír las risitas de los demás alumnos. ¿Habéis oído eso? Ha dicho que puede tocar cualquier cosa. Como si tal cosa.
—¡Ja! ¡Me encanta! —cacareó el señor Wait. —Esa es exactamente la actitud que uno debe tener, incluso en un escenario falso. Para cuando Sirius tenga dieciocho años, estoy seguro de que...
—¿Perdón?
Por primera vez, el decano pareció vacilar. Desapareció la sonrisa calculadora de su madre, sustituida por una mirada de puro aborrecimiento. Al dejar de parecerle tan familiar, el señor Wait se lamió los labios y Sirius se imaginó a su madre, con su propia rabia, abrasándolos con un mechero de chimenea.
—Lo siento, señora Black, pero creí haber dejado claro por teléfono que se trataba de una audición simulada.
—No hiciste tal cosa. —espetó Walburga. —¿Cree que habríamos venido desde Bath para que se burlaran de nosotros?
—¡No, no! No pretendía...
—Creo que descubrirá que tenemos mejores cosas que hacer que asistir a reuniones sin sentido, director. Mi Sirius es el mejor pianista joven que encontrará de aquí a Berlín.
—Y no lo dudo. —dijo el señor Wait, de nuevo apresurándose a apagar el fuego que había encendido. —Pero debe entender que la academia tiene estrictos requisitos de edad. Sirius sólo tiene quince años, ni siquiera ha terminado su educación primaria, por lo tanto, no puede ser admitido como alumno regular. Sin embargo, estamos más que dispuestos a permitirle asistir a una audición. Como práctica, usted entiende.
—Si lo que te preocupa es su mente, no tienes nada que temer. Sirius está muy por delante de sus compañeros y cualquier otra cosa se puede compensar con profesores particulares.
—Te aseguro que no es su mente...
—¿Entonces qué? —Walburga levantó la barbilla desafiante. —¿Crees que si Mozart hubiera esperado hasta los dieciocho años para escribir su primera sinfonía la historia se habría beneficiado más?
Sirius pensó que podría arrojarse desde el tejado del colegio. Un rápido vistazo a sus espaldas mostró a uno de los alumnos tocando el piano con teclas invisibles y haciendo muecas mientras sus amigos se reían. ¿Ahora es Mozart?
Su madre seguía enfadada, mientras el Sr. Wait y Madame Aubier compartían una mirada incómoda. Finalmente, el decano pareció tragarse el orgullo que le permitían aquellas mejillas confusas.
—Bueno... supongo que no hay nada de malo en dejar que el joven Sirius pruebe. A ver qué es lo que de verdad trabajamos... Después de usted, señora.
Walburga sabía que había ganado. Avanzó con sus afilados tacones y se detuvo sólo en la primera fila. En el centro de la plataforma elevada de la orquesta habían dejado un piano de cola, el único instrumento aparte del famoso órgano de tubos de la escuela. Era un Bosendorfer, el mismo que tenían en la mansión.
—Espero que nos tengan paciencia. —dijo el señor Wait, poniéndose de pie y haciendo señas a los demás alumnos. —Pensamos que Sirius podría disfrutar de una muestra de lo que podría esperarse aquí en la Real Academia. Charlie, ¿te importaría venir aquí?
Hubo un sonido de movimiento mientras uno de los estudiantes se levantaba de su asiento y caminaba al centro del salón. Era el chico que había estado tocando el vals sobre las teclas invisibles. Cuando llegó al frente del salón, intercambió lugar con Andrew y le dio al decano una leve reverencia antes de proceder hacia el banco del piano sin siquiera mirar en dirección a Sirius. A pesar de la burla, Sirius casi se sintió mal por odiarlo cuando vio la mirada de desaprobación que su madre le dirigía al chico. No podían odiarlo los dos; Sirius siempre se esforzaba por disfrutar de todo lo que su madre consideraba desagradable.
—Charlie, aquí presente, se dirige a su último año en la Academia. —presumió el señor Wait. —La primavera pasada estuvo tocando en Viena.
—Y varios recitales en Praga. —añadió entusiasmada la señora Aubier. —Esperamos que sea el primero de su clase cuando se gradúe el próximo junio. Es uno de los favoritos de los fans.
—Sí, incluso la Orquesta Nacional Rusa ha mostrado cierto interés.
—Qué maravilla. —dijo Walburga, mirando por encima de la cabeza de Charlie con indiferencia. Nadie dijo nada más y, tras consultar su reloj, levantó la vista y se encontró con que los demás la miraban expectantes. —¿Y bien? ¿Va a tocar algo o no?
El Sr. Wait se aclaró la garganta torpemente. —Er... ¿Sin problemas con Schubert, espero? Charlie, una pieza de Drei Klavierstücke, creo.
La pieza era un clásico, pero no se interpretaba a menudo de manera formal; sin duda, no era la favorita entre el repertorio de Schubert. El propio Sirius sólo había tenido breves encuentros con ella, que era por supuesto exactamente lo que el Sr. Wait había anticipado.
—Esta es nueva para Charlie. Un regalo especial para ti. ¿Lo has oído, Sirius?
Se encogió de hombros y sintió los ojos de su madre clavados en él como cuchillos. Podría haberle seguido el juego, dejar que el viejo pensara que estaba loco, pero estaba demasiado ocupado viendo jugar al otro chico. Los dedos de Charlie se movían por las teclas con gracia, pero su rostro parecía cualquier cosa menos relajada. Cuanto más se adentraba en la pieza, más profunda parecía hacerse la arruga entre sus cejas. Sus ojos no se apartaban de la estantería vacía que tenía delante, como si se concentrara con todas sus fuerzas para recordar las partituras que con tanto esfuerzo había memorizado. ¿Cómo se había sentido cuando el decano de la academia se dirigió a él y le ordenó que aprendiera una sonata tan complicada simplemente para asustar a un descarado quinceañero que podría tener una pizca de talento? El tiempo suficiente para hacer daño, por lo visto.
La arruga se hizo más profunda; el uso continuo de tríos en la pieza estaba cansando al pobre Charlie, convirtiendo su tempo de dos por cuatro en lo que parecía más un despiadado seis por ocho. Pronto la sonata modularía en E bemol mayor, su mediante cromática. Si no podía seguir el ritmo entonces...
¡Ahí! Un error. Podía verlo en el espasmo nervioso que parecía viajar desde la muñeca hasta la mandíbula. Un simple error de un meñique que creaba una respuesta de todo el cuerpo. Otros podrían ser más indulgentes; después de todo, Schubert era interpretación musical, no sólo dificultad técnica. El Sr. Wait no lo sabía, pero había hecho una mala elección; un solo suspiro y Walburga Black ya estaba aburrida.
Sin aliento y desesperado, Charlie terminó la pieza y todos en la sala se pusieron de pie para aplaudirle, aparte de los dos Black sentados en primera fila. Parecía engreído, tal vez pensaba que nadie se había dado cuenta de su error. Se equivocaba.
Walburga se volvió hacia su hijo.
—Sirius, toca la sonata del abuelo.
Si no hubiera estado sentado, Sirius podría haberse caído.
No. No, por favor, esa no. Cualquier otra cosa.
—Pero... el-el repertorio-
—He dicho... Toca. La. Sonata.
Podría haber intentado discutir con ella, de ninguna manera se arriesgaría a montar una escena delante de los demás por una molesta pieza de piano, pero entonces el Sr. Wait se acercó para darle una palmada en el hombro.
—¡Vamos, hijo, no seas tímido! Después de todo, has venido hasta aquí. Toca, quizá tengas algo que esperar cuando seas un poco mayor.
No podía. ¡No pudo! Habría tomado Haydn, o Ravel, o Liszt. Se habría sentado allí y habría tocado cada maldita partitura que Bach había puesto en papel, si eso sólo significaba que no tenía que tocar esa canción. Odiaba esa canción.
Como no se movía, Walburga le dio un fuerte pellizco en el muslo. Sirius imaginó que ella habría ido directamente por el látigo si hubieran estado solos, pero tal y como estaban, tenían los ojos de toda la sala puestos en ellos.
—Sirius, levántate ahora mismo.
Podía oír la amenaza en su voz de "o haré que te arrepientas", y así, sin otra opción, Sirius se levantó y se dirigió por el pasillo central hacia el piano.
Charlie le esperaba con aquella expresión de suficiencia. —Rómpete una pierna. —susurró mientras bajaba del escenario. Probablemente lo decía literalmente.
Cuando Sirius se sentó en el banco, la señora Aubier habló con aquella voz chillona que tenía. —¿Qué pieza de tu repertorio vas a tocar para nosotros, Sirius?
—Me temo que no está en su repertorio. —respondió su madre. —Es una composición personal, escrita por mi abuelo en 1897. Fue su obra maestra, y Sirius la ha perfeccionado.
El señor Wait parecía escéptico.
—Normalmente no permitimos composiciones originales en las audiciones...
—Menos mal que esto no es una audición formal, director.
—Por supuesto.
—¿Tiene nombre? —preguntó la Sra. Aubier.
—Mi abuelo la tituló “Toujours Pur”, por el lema de nuestra familia.
—Qué bonito.
Walburga se volvió hacia Sirius. La orden estaba ahí, en sus ojos; tocar.
Tal vez debería haber escuchado. Darle una pequeña actuación, dejar que su ego engordara con sus logros mientras la música les volaba la cara de suficiencia a cada uno de ellos. De todas formas, nunca le habrían dejado entrar. Pero aun así... no podía soportarlo.
Mientras su público esperaba con la respiración contenida, Sirius se encaró al piano y tomó su decisión. Levantó una sola mano, preparada con un solo dedo, y la bajó con un golpe solitario de la tecla. La nota resonó en la gran sala, seguida de otra. Y luego otra. Sin rubato, sin prisas y, desde luego, sin
"Toujours Pur". Fue tan anticlimático que su bisabuelo podría haberse revolcado en su tumba. No se atrevió a mirar a su madre. En lugar de eso, se limitó a tararear su cancioncilla, acompañando cada lúgubre palabra con cada lúgubre nota.
Estrellita, ¿dónde estás?
—¿Sirius…?
Me pregunto quién serás
En el cielo, en el mar
Ella se levantó de su asiento. —¡Sirius!
Un diamante de verdad…
—¡Detén esto, en este instante!
No.
Estrellita, ¿dónde estás?
Me… pregunto… quién… serás…
Para cuando terminó, ya no sentía las manos. Le zumbaban los oídos y sabía que era el pánico. No habría vuelta atrás; esta vez podía quitarle los dedos. La mano entera. Bueno... Entonces, mejor venderla.
Girando las piernas alrededor del banco, Sirius se puso de pie y miró a su público. El señor Wait y madame Aubier parecían desconcertados, Charlie y los demás alumnos parecían no saber si reírse o marcharse. Y su madre...
Sirius hizo una reverencia.
—Gracias. Esta ha sido mi única canción.
* * *
Había conseguido contener su rabia durante la mayor parte del trayecto de vuelta a la mansión y Sirius casi se consideraba a salvo. Entonces el coche pasó entre aquellas puertas de metal que rechinaban y fue como si se activara un detonador. Ella extendió hacia él aquellos dedos llenos de garras, y él saltó del coche con las ruedas aún en movimiento. Incluso entonces, los gritos de ella le siguieron todo el camino hasta el rocoso camino de entrada a la casa.
—¡MISERABLE DESDICHADO DESAGRADECIDO!
En el piso de arriba, Sirius cerró la puerta de su habitación. Quizá no volviera a salir.
—¡VERGONZOSO DESPERDICIO DE HIJO!
—¡UNA MANCHA PARA TODA TU FAMILIA!
—¡TODO ARRUINADO!
Siguió durante horas. Ella estaba inconsolable. Había desperdiciado su mejor oportunidad, todo su duro trabajo, ¿y para qué, una broma tonta? Una tonta, vergonzosa...
Finalmente, la casa se quedó en silencio.
Era más de medianoche cuando su padre entró en su habitación. Miró los restos destrozados de las chicas desnudas. El papel pintado destrozado. Su hijo.
—Si yo fuera tú, no saldría de esta habitación en lo que queda de verano.
La puerta se cerró con un chasquido agudo, y eso fue todo.
* * *
La advertencia de su padre no pasó desapercibida y Sirius fue muy reservado durante las semanas siguientes. Cada noche, antes de acostarse, contaba los días que faltaban para el 1 de septiembre.
4 de agosto, veintisiete días.
9 de agosto, veintidós días.
16 de agosto, quince días.
La vida transcurría como de costumbre, estancada y sofocante. Escribió a James y a Peter para mantenerse ocupado, pero no mencionó la audición. En lugar de eso, prefirió deleitar a sus amigos con otras hazañas, como su ingenioso uso de la excitante portada de Mayfair de la encantadora francesa. Malvado, así lo había llamado James cuando le contestó. A Sirius le dio un poco de vergüenza. Entonces había acertado.
Aparte de la ocasional criada que venía a traerle sábanas limpias, Sirius apenas era molestado aquellos días. Ni una sola vez lo llamaron para tomar el té o para una cena formal. Ni siquiera se esperaba que fuera a la iglesia. Sus padres se habían retirado solos al salón y hacía siglos que su padre no lo mandaba a su despacho para darle una buena regañina. Incluso Regulus se había cansado. Esquivaba a Sirius en los pasillos y no le decía nada delante de su madre, como si temiera provocar su ira sólo por hablarle. Sirius suponía que era justo. Se había hecho su cama, lo único que podía esperar ahora era que la frialdad de su madre se extendiera también a Hawkings. Sus palabras aún flotaban en el aire.
Nunca volverás a ver a esos miserables amigos tuyos.
Pero en realidad no lo haría, ¿verdad? Seguramente, si pretendía enviarlo lejos, ya se habría marchado. Su prima Bellatrix solía tratar de asustarlo con historias de una escuela en medio de Siberia que obligaba a los peores chicos a permanecer a la sombra hasta que se les congelaban todos los dedos de los pies. Cuando nunca se hacía realidad, Sirius se decía a sí mismo que era porque a su madre le importaba en secreto. Que lo echaría de menos, que se preocupa por él. Ahora sabía que era porque no le importaba lo suficiente.
Ahora se decía a sí mismo que debería alegrarse de su alejamiento, al menos no le obligaban a pasar ocho horas al día delante de un piano, pero de vez en cuando oía pasos frente a su puerta y el corazón le daba un vuelco. Esto es todo, pensaba; aquí viene la ejecutora con su hacha.
Pero nunca llegaba.
A veces le hacía sentirse valiente. Otros días, patético. Pero en aquellos en los que se sentía el más valiente, Sirius escribía el nombre 'Miles' en la parte superior de sus cartas.
Sabía que había muy pocas probabilidades de que Miles las leyera, y menos aún de que le respondiera. Incluso si Miles seguía en casa de sus abuelos en Newcastle, no había ninguna garantía de que quisiera saber nada de Sirius. Después de todo, habían encontrado la carta de Sirius. Sirius había hecho que lo sacaran de la escuela. Sirius, que lo había besado y convertido en...
Sirius trataba de no pensar en eso.
Los días en que sus padres no estaban, se encerraba en la biblioteca y utilizaba la vasta literatura de los Black para pasar el tiempo. Allí lo encontró Regulus una tarde de finales de agosto. Al igual que Sirius, había perfeccionado la forma de caminar sin hacer ruido, para que sus padres no los descubrieran bajando a hurtadillas a las cocinas en mitad de la noche. Entró sin hacer ruido, agarrando su violín y espantando a Sirius de su trance.
—¿Qué haces? —preguntó Regulus, aferrando el violín.
—¡Maldita sea, nada! —gritó Sirius, casi derribando la pila de libros que tenía a su izquierda. Estaba leyendo, pero se había detenido para escribirle una carta a James y no quería que Regulus lo viera. —Son eh... Sssuuhh... ¡los deberes de verano!
—Tú no haces deberes. Y menos en verano.
—A lo mejor estoy pasando página.
—Sí, claro... Ese será el día. —Regulus se adelantó y Sirius se apresuró a esconder la carta con los brazos.
—¡Vete a la mierda! No necesito tu estúpida nariz en mis asuntos.
—No me importan tus asuntos, he venido a practicar.
Como si no le hiciera caso, Regulus se dio la vuelta y se dirigió al otro extremo de la habitación, donde sacó de un rincón un soporte de música plegado. Sirius lo observó con un confuso interés.
—¿Por qué no vas al aula de música?
—No puedo. Mamá la tiene cerrada con llave desde tu hazaña en Londres. No quiere que toques el piano.
Oh
—No sé por qué se preocupa por eso. Nunca volveré a tocar esa cosa.
Regulus lo ignoró, esta vez de forma más evidente, y mientras colocaba su soporte, Sirius se inclinó hacia delante en su silla.
—Lo digo en serio. He jurado dejarlo. Nunca volveré a tocar. Antes tendrá que torturarme.
—Estoy seguro de que le resultaría muy agradable
. Sirius casi sonrió, casi, y Regulus siguió acomodando sus partituras en el soporte. Sólo de verlo se puso nervioso.
—¿No puedes hacer eso en otro sitio? —se quejó Sirius. —Se supone que las bibliotecas son tranquilas.
—Como si tú estuvieras callado alguna vez.
—Vete a la mierda. Tócalo en tu habitación.
—La biblioteca tiene mejor acústica. ¿Por qué no te vas a tu habitación?
—¡Yo llegué primero!
—¡Qué mal!
—Descarado... —Sirius resopló amargamente por la nariz. No iba a morder el anzuelo, ¡no lo haría! Pero cuando Regulus abrió los cierres de su estuche de violín y cogió el arco...
—¡Para! ¡Para, para, para, por favor! —suplicó. —Cualquier cosa menos eso.
—¡Eres un imbécil! —espetó Regulus, obviamente ofendido. —Sólo porque no soy un virtuoso...
—¡No eres tú, maldita sea! Es... ¡Es la música! —Sirius vaciló, llevándose una mano a la frente. —Es cada maldita nota... Por favor, cualquier otra cosa. Jugaré al ajedrez si quieres, pero... nada de música.
La pelea pareció dejar a Regulus igual que a su hermano mayor, y éste devolvió el arco a su estuche de mala gana. Trayendo consigo el violín, se acercó a las ventanas de la biblioteca y tomó asiento frente a Sirius en la mesa.
—Juego con las blancas.
A Sirius siempre le había desagradado el ajedrez. Era demasiado lento e imposible de convertir en un juego de beber decente, pero al menos no tenía nada que ver con Beethoven. Se hablaban muy poco mientras jugaban, dejando que el suave golpeteo del marfil sobre el tablero sustituyera sus palabras. Aunque Sirius se hubiera sentido más hablador, ¿de qué había que hablar? Regulus y él no tenían nada en común desde que eran niños.
—No, no puedes hacer eso. —dijo Regulus. —Un alfil no puede pasar por encima de otras piezas
. Sirius protestó y volvió a colocar el alfil en su sitio. En su lugar, movió una torre, y Regulus arqueó una ceja en señal de juicio.
—¿Y ahora qué? ¿Me vas a decir que eso también es ilegal?
—No... Sólo una jugada terrible.
—Actúas como si estuvieras acostumbrado a jugar con alguien mejor. No puedo imaginar que Barty sea un verdadero genio del ajedrez.
—Él es mejor que tú.
—Retira lo dicho.
Regulus se encogió de hombros y movió su caballo. —Jaque.
Ya a punto de exasperarse, Sirius se apresuró a bloquear el jaque mate. —Apuesto a que Pete podría ganarte.
—Lo dudo. Pettigrew apenas puede atarse los zapatos sin la ayuda de Potter. Jaque otra vez.
—Joder... —otra pieza, otro bloqueo. Siguió así un rato, Regulus persiguiéndolo arriba y abajo del tablero por los talones. A Sirius se le ocurrió, mientras perdía su torre, que Regulus era lo más cerca que iba a estar de comprender los planes de sus padres. Si sabía algo, quizá valía la pena arriesgarse...
—Faltan nueve días para el primero. Ya casi es hora de ir al colegio...
Regulus sonrió complacido ante el tablero. —Estás a punto de perder tu caballo.
Sirius falló la jugada, demasiado ocupado intentando elegir sus palabras como para preocuparse por la pieza que acababa de sacrificar. —Supongo que habrán solucionado lo del tren.
—Supongo que sí. —Regulus tomó su otro caballo. —Jaque.
Mierda. —¿Tú...?
—¡No reina C5, Sirius! ¿Estás tratando de perder...?
—¡¿Te han dicho algo?!
Regulus se echó hacia atrás en su silla al oír el grito, y Sirius hizo una mueca de arrepentimiento.
—Perdón... Es que... ¿Lo han hecho? Ya sabes, sobre... el colegio...
Volvió a hacerse el silencio, y Regulus dejó escapar un pesado suspiro. —No te van a echar, si te refieres a eso. Aunque no me extrañaría. Mamá está muy enfadada contigo, ¿sabes?... No creo que te perdone nunca.
—Está bien. Yo tampoco la perdonaré nunca.
Eso le ganó una mirada aguda, pero finalmente Regulus cedió, tomando su siguiente turno y robando con éxito la última torre de Sirius. Y así, sin más, se acabó.
—Jaque mate. —dijo Regulus. —Sabes, realmente apestas en esto.
—Adelante, presume todo lo que quieras. —resopló Sirius. —Pero aun así te patearía el culo al póquer.
—Ni siquiera tienes nada que apostar
—Tengo también. Tengo la herencia de Alphard. Y apostaría todo contra ti y tu tonto violín.
Regulus miró el estuche del violín. Era su posesión más preciada, casi nunca iba a ninguna parte sin él. De ninguna manera se pondría a la altura de una obviedad tan...
—Bien. Corta las cartas.
Sirius se quedó temporalmente estupefacto, pero salió de su trance cuando Regulus cogió el estuche de violín y lo sentó en la mesa junto a ellos.
—Eh, no se puede jugar exactamente al póquer con dos personas.
—¿A qué se puede jugar entonces?
—...Rummy?
—¿Bien? Date prisa entonces.
Sirius cogió las cartas.
Rápidamente se hizo evidente que Regulus no era tan experto en los juegos de cartas comunes como su actitud confiada hacía suponer. Jugaron una ronda de práctica, que él tomó como suerte de principiante, pero después todo fue cuesta abajo. Sirius consiguió los cien puntos necesarios antes de que Regulus llegara a la mitad y, para entonces, la realidad de su desafortunada situación ya era evidente en su rostro.
—No creías que pudieras ganar, ¿verdad?
Regulus bajó la mirada hacia el violín, con el labio inferior temblándole ligeramente. Sirius negó con la cabeza.
—Quédatelo. No pensarías que te iba a quitar el violín, ¿verdad? No soy quién para privarte de tu único amigo.
Fue desagradable, y Regulus se levantó de la mesa con expresión miserable.
—¡Tus estúpidos amigos tienen suerte de que mamá no te mande lejos! —siseó. —¡Al menos ahora no tendrán que buscarse dos nuevos compañeros de piso!
Se marchó con el violín en la mano y dejó que la puerta de la biblioteca se cerrara tras él. Sirius se dejó caer en la silla y miró las piezas de ajedrez a su derecha, donde su caballo perdedor parecía mirarlo decepcionado.
—Oh, vete a la mierda. —refunfuñó, tirando la pieza de marfil al suelo.
* * *
You’re just too good to be true,
Can’t take my eyes off of you;
You’d be like Heaven to touch,
I wanna hold you so much;
At long last love has arrived,
And I thank God I’m alive;
You’re just too good to be true,
Can’t take my eyes off you…
Aquella noche Sirius no contó los días, sino que se quedó despierto, recordando mentalmente las palabras de su hermano. Nuevo compañero de cuarto, nuevo compañero de cuarto... ¿Cómo nunca lo había considerado? Miles se había ido, claro que sería alguien nuevo. ¿Pero sería alguien conocido, o tal vez un transferido? Fuera quien fuera, Sirius lo odiaba por adelantado. Odiaba lo que significaría su llegada. Esperaba que fueran horribles, tan horribles que James y Peter no se sintieran tentados a hacerse amigos suyos. Tal vez el chico tendría algún vil hábito que le haría fácil de odiar, como escupir cada vez que hablaba o hablar con la boca llena. Tal vez tendría un acné terrible, de esos que se extienden por todo el cuerpo hasta parecer varicela. O tal vez fuera muy raro, como haber nacido con cola o dedos palmeados o algo así. Pero bueno, tener los dedos de los pies palmeados podría ser bastante genial...
Sirius desechó la idea. ¡No puede ser! No, no, no.
Fuera quien fuese el chico nuevo, no había forma de que se acercara a ser genial. Con la suerte que tenía Sirius, probablemente resultaría ser una especie de cretino o, peor aún, la mascota del profesor. Al menos eso significaría que no tendrían que preocuparse por incluirlo en sus travesuras, sólo por ser delatados. Más le valía que no fuera deportista, o uno de esos raros chicos de arte, o parte del Club AV. Sirius no creía que pudiera soportar a dos de ellos en una habitación. Sirius supuso que mientras no tocara sus cosas y se quedara en su propio lado de la habitación, las cosas podrían ser soportables. Sirius sólo esperaba que ese tipo raro no manchara…
El 1 de septiembre los Black llegaron a la estación puntualmente, y Sirius por fin se permitió respirar aliviado. Mientras el tren no hiciera escala en el norte de Siberia, estaba a salvo. Esperó a que Regulus se despidiera de sus padres, intentando no parecer demasiado ansioso mientras se balanceaba de un lado a otro sobre las puntas de los pies. De todas formas, no vería a James y Peter hasta que llegaran a King's Cross, así que era mejor no montar una escena.
—¿Sirius? ¿No vas a despedirte de tu madre con un beso?
Era lo primero que le decía desde la audición. Se giró para encontrarlos esperando detrás de él en el andén de la estación; madre, padre y Regulus con su baúl, todos arreglados a la perfección como la familia perfecta y adecuada. Sabía lo que estaba haciendo. Esto era una compensación, el pago por todos sus errores. Un besito en la mejilla y estaría libre hasta Navidad. Podía soportar un beso.
Antes de que sus labios tocaran la piel de su mejilla, ella lo tenía agarrado por la oreja.
—¡Mamá!
—Toujours pur, Sirius. —arrulló ella. —Toujours pur.
Luego lo soltó y ya no hubo nada más que decir.
Las cosas mejoraron cuando llegaron a Londres y James y Peter pudieron reunirse con él. Hablaron rápidamente de sus veranos y, cuando terminaron, James insistió en hablar de Lily Evans, la pelirroja de la que estaba enamorado desde el séptimo curso. Como era de esperar, Sirius no captó el atractivo. Ella había dejado claro que su aversión por James era personal y, la mayor parte del tiempo era una sabelotodo molesta y mandona que odiaba cualquier cosa medianamente interesante o divertida. Sirius había pensado durante años que ella debía de ser alérgica a la diversión.
—¡Ya está! Fíjense lo que les digo, caballeros. —declaró James.
—¡Este es el año en que Lily Evans por fin se da cuenta de que está locamente enamorada de mí!
—Eso lo dices todos los años. —señaló Peter. —Nunca sucede.
—¡Pero esta vez es diferente! Simplemente tengo este presentimiento... ¡además he estado halagando a Lottie todo el verano y ella ha prometido hablar bien de mí! Las cosas van a ser diferente esta vez, chicos, ¡ya lo veréis!
Sirius no lo vio, ni quiso verlo. Estaba demasiado ocupado rezando para que su nueva compañera de piso no fuera un completo desastre. Estaba pasando el peor verano de su vida, mientras Peter hablaba de sus últimas adiciones a su colección de cómics y su mejor amigo insistía en seguir con el pelirrojo en el cerebro. Típico.
Esperando que la ignorancia siguiera siendo una bendición, Sirius no se molestó en hablar del temido tema del compañero de cuarto hasta que bajaron del tren. Por desgracia para él, Peter había sacado el tema mientras apilaban los baúles contra la fila de autobuses que los llevarían al colegio.
—Me pregunto cómo será. De nuestra edad, claro, pero ¿y si es horrible?
—Será horrible. —refunfuñó Sirius, metiéndose las manos en los bolsillos de los pantalones. —En mi opinión, McGonagall debería dejarnos en paz. Me parece cruel traer a alguien nuevo cuando sólo nos quedan tres años de colegio.
—¿Sólo tres?
Sirius frunció el ceño, pero James lo miró, sonriendo con simpatía. —Sólo espero que no ronque. —dijo. —Pete ya es bastante con lo que tener que lidiar.
—Ah, sí, ¿y qué hay de ti, Potter? Casi todas las noches suenas como un maldito camión de bomberos.
James sonrió, absolutamente dispuesto a devolverle el golpe, cuando algo más llamó su atención. No fue difícil adivinar qué cuando Sirius vio la cabeza de naranja moviéndose entre la multitud.
—¡Evans! ¡Eh, Evans!
James empezó a agitar los brazos salvajemente, saltando en el sitio como un lunático, pero eso llamó su atención. Lily Evans se dio la vuelta, solo para que sus ojos se entrecerraran hasta un punto cuando se dio cuenta de quién era. Sin darle a James la oportunidad de hacer nada más, agarró del brazo a su mejor amiga y compañera de habitación, Mary Macdonald, y comenzó a marchar.
—Mala suerte. Parece que sigue odiándote a muerte, James. —dijo Peter.
—Joder. —suspiró James, antes de volverse hacia Sirius. —Me alegra ver que al menos uno de nosotros sigue siendo popular. Parece que Macdonald no podía quitarte los ojos de encima, Sirius."
—¿No podía? Mm, no me había dado cuenta.
James lo empujó, y Sirius no pudo evitar sonreír. Él y Mary habían salido brevemente el año pasado, aunque nunca habían ido más allá de comer juntos y tomarse de la mano de vez en cuando. Pero era linda, y se había vuelto aún más linda durante el verano, a juzgar por su sonrisa. Y Mary era divertida, así que... ¿quizás esa era la respuesta?
—No crees que ya esté ahí dentro, ¿verdad? —preguntó Peter, cuando por fin habían bajado del autobús y regresado a la Casa Godric con sus baúles.
—Sólo hay una forma de averiguarlo. —dijo James, mientras metía la llave en la cerradura y daba vueltas a casa. Cuando la puerta se abrió, Sirius se encontró suplicando al destino una vez más.
Espantoso horrible terrible.
La habitación estaba vacía.
—Huh. —James dejó su baúl. —Bueno, llegamos un poco pronto. Quizá haya cogido otro tren.
—O se ha quedado en los autobuses. —dijo Peter.
O que no llegara, rezó Sirius.
Cumplió su deseo cuando llegó la noche y no apareció ningún compañero en la puerta. James y Peter lo atribuyeron a la mala suerte. ¿Qué hacemos con la otra cama? De todas formas, quién necesitaba un cuarteto; podían sobrevivir como trío. Puede que la historia no estuviera hecha para los tríos, pero aún existían los Tres Mosqueteros, los Tres Chiflados, la Jimi Hendrix Experience...
Estarían bien.
A la mañana siguiente, Sirius se levantó con nuevos ánimos. Las clases no empezarían hasta mañana, lo que significaba que él y sus amigos tenían un día entero sin nada que esperar. No más padres de mierda, no más piano de mierda, y no más preocupaciones por compañeros de cuarto de mierda arruinándolo todo. Todo era perfecto.
—¿Qué haremos hoy, caballeros? —preguntó cuando volvían de desayunar esa mañana.
—¿Tal vez deberíamos hacerle una visita al viejo Filch? O podríamos poner una trampa en la sala de profesores. He oído que esta noche sirven pescado. Si metemos unos cuantos en el calefactor, el lugar empezará a apestar como el cielo en un instante.
—Qué asco. —se rió James.
—Primero tengo que pasarme por Rowena. —suspiró Peter. —Creo que mamá ha vuelto a mezclar algunas cosas mías y de Lottie al empaquetar nuestros baúles. Estoy seguro de que tiene todos mis pantalones. O... espero que tenga todos mis pantalones...
—¿No crees que ya tienes edad para empacar tu propio baúl? —Sirius reprendió.
—Eso lo dices tú. Sé que tu familia sólo consigue ayuda para hacerlo.
Sirius apartó la mirada, molesto por que le llamaran la atención sobre su propia hipocresía, y James intervino con toda su amabilidad habitual.
—Iré contigo, Pete. A ver si a Evans le apetece una cita.
—Si te vuelve a pegar no tendrás a nadie más a quien culpar que a ti mismo.
—Ustedes vayan. —dijo Sirius, ya retrocediendo por la acera. —Yo no tengo un fetiche pelirrojo y tengo que hacer un encargo.
—¿Por qué suena tan sospechoso? —James llamó.
—No te preocupes, te gustará. Ah, y saluda a Macdonald de mi parte.
Mientras James y Peter se adelantaban hacia Rowena, Sirius dio media vuelta por su cuenta y emprendió el regreso por donde habían venido. Su objetivo era la Casa Piaget, el dormitorio que se encontraba al principio de House Lane. Conocida por sus paredes blancas y su naturaleza tranquila y estudiosa, la Casa Piaget nunca le había interesado demasiado a Sirius. Su única vecina era la Casa Byron, y todo el edificio siempre le había parecido demasiado limpio, como un hospital. Casi un milagro, en realidad, teniendo en cuenta que era una residencia de chicos.
Algunos de los chicos de aspecto aburrido miraron a Sirius mientras entraba, pero ninguno lo detuvo cuando empezó a subir las escaleras hacia el segundo piso. Allí se preguntó si era el dormitorio 2B o el 2C, pero obtuvo la respuesta cuando llamó al dormitorio 2B. Le abrió la puerta un chico de octavo año de aspecto muy alegre llamado Bobby Johnson. Gracias a un incidente que tuvo lugar en uno de los laboratorios de ciencias el año pasado y que casi le hizo perder las cejas, Sirius había descubierto casualmente que Bobby tenía un don para todo lo relacionado con lo inflamable. Ahora estaba decidido a darle un buen uso.
—¡Llegó justo a tiempo, señor Sirius! —dijo el chico con entusiasmo.
Sirius nunca le había exigido a Bobby que lo llamara 'señor', pero no podía admitir que lo odiara. Dentro, la mayoría de los habitantes de la habitación aún no habían guardado sus cosas, y los baúles abiertos estaban esparcidos por la habitación. Bobby se limitó a pasar por encima del desorden, rebotando sobre sus talones como una bebida gaseosa agitada.
—Estoy seguro de que alguien ha avisado al vigilante de nuestro dormitorio. —continuó —Lleva acosándome toda la mañana. Casi encuentra el escondite.
—¿Todavía los tienes?
—¡Oh, sí! Al menos uno. Trabajé en la receta todo el verano.
Bobby lo condujo a través de la habitación, pasando junto a otro compañero que miraba a Sirius con grandes ojos, como si no pudiera creer que Sirius Black estuviera de pie en su dormitorio. Bobby se detuvo junto a su cama, abrió un baúl y rasgó un bolsillo oculto para revelar un rollo de papel higiénico de aspecto discreto envuelto en film transparente.
—Aquí está. Mamá me pilló justo antes de ir al colegio y me confiscó todo. Conseguí sacar éste de la basura antes del día de la basura.
Haciendo una pausa para que Bobby desenvolviera el plástico, Sirius cogió por fin el rollo de papel higiénico y lo levantó para inspeccionarlo.
—¿Estás seguro de que funcionará? —preguntó, jugando con la mecha que colgaba de un extremo.
—¡Oh, por supuesto! No es un Castle Bravo, pero hará una explosión decente. Casi le da un infarto a la anciana que vive a nuestro lado cuando lo probé. Pensó que los alemanes habían vuelto.
—¿Puedes hacer más?
—¡Claro que sí! Sólo me llevará un tiempo reunir los ingredientes adecuados. P-Pero esa va por cuenta de la casa.
Sirius sonrió satisfecho. —Bien hecho, Bob, eres demasiado bueno para gente como Piaget. Supongo que serás un gran bromista y nos dejarás con la boca abierta a los demás, no es un juego de palabras.
Radiante ante lo que sólo podía ser un cumplido, Bobby cerró el maletero y se levantó. —No puedo llevarme todo el mérito. Tú y Miles fuisteis los que me disteis la idea en primer lugar. Lástima que no vuelva este año.
—Hm.
—Bobby. —instó el otro chico. —Sterling volverá en cualquier momento.
Estaba claro que no todos los compañeros de habitación de Bobby estaban tan emocionados por tener un explosivo vivo en su dormitorio, así que Sirius le dio una palmada en el hombro al chico de octavo año y se despidió de él.
—¡Infórmame de cómo explota! —llamó Bobby, justo cuando Sirius abría la puerta y corría de cabeza hacia el monitor del dormitorio Piaget.
—¿Cómo explota qué? —El chico mayor frunció el ceño. Sirius lo conocía como Sterling Hughes; estaba en el mismo curso que Simeon, el hermano mayor de Peter, aunque Simeon nunca lo consideró más que un engreído sabelotodo con un palo de acero en el trasero.
—Sirius Black. —refunfuñó el engreído Sterling —¿qué haces aquí?
—Sólo pasaba a ver cómo estaban los chicos. —dijo Sirius, riendo sin convicción. —Parece que todos se están adaptando bien. Todo gracias a ti, Hughes, estoy seguro.
—Sí, claro, te conozco. Y a ti. —entrecerró los ojos hacia Bobby. —Ahora saca los bolsillos, Black.
—Uh…
—Tienes tres segundos. Uno... Dos...
—¡Oh, mira, abuela desnuda!
Sterling se giró, y la distracción de una fracción de segundo fue suficiente para que Sirius se deslizara por delante de él hacia el pasillo. A pesar de la ventaja, Sterling lo persiguió por la escalera y salió a la escalera principal del dormitorio, donde un carrito de la escuela estaba a punto de alejarse de la acera.
—¡Jesucristo, detén el carrito! —gritó Sirius, y milagrosamente lo hizo, dándole el tiempo suficiente para cruzar la acera y lanzarse por las escaleras de metal.
—Causando problemas en tu primer día completo de vuelta, ¿eh, Black? —Stan dijo desde el asiento del conductor. —Si supiera algo mejor, apostaría a que McGonagall tarda mucho en echarte.
—No. —jadeó Sirius; —me echaría demasiado de menos.
Eso casi hizo sonreír a Stan. Mientras conducía, se acomodó un cigarrillo en la comisura de los labios para ocultarlo, y Sirius se quedó mirando.
—¿Me das uno de esos?
Stan enarcó una ceja de trapo. —¿Desde cuándo fumas?
—Desde ahora.
—Buen intento, pero por lo que veo, sigues siendo un novato. Ahora ya conoces las reglas: nada de quejarse en mi o te echo a patadas. Vuelve al autobús.
Sirius se levantó y empezó a dar vueltas por el pasillo. Sólo dio tres pasos antes de darse cuenta, con mayor decepción, de que el carrito iba en la dirección equivocada, lejos del resto de los dormitorios. Sin nada mejor que hacer, Sirius se sentó en la parte trasera del autobús y se resignó a dar toda la vuelta. Tardó unos veinte minutos, y durante ese tiempo se aburrió lo suficiente como para sacar el pequeño encendedor zippo del bolsillo trasero y empezar a juguetear con su tapa. Las cosas sólo empezaron a ponerse realmente descaradas cuando recordó el cohete casero de Bobby.
Levantando el rollo de papel, Sirius jugó a acercar la llama a la mecha, lo suficiente como para ver cómo se calentaba y empezaba a echar humo. Si alguien le hubiera preguntado, Sirius habría dicho que estaba siendo muy cuidadoso, pero, de nuevo, los chicos de quince años rara vez eran cuidadosos con algo.
Cuando el carrito dio un brusco empujón, la llama vaciló un poco demasiado cerca y la mecha se prendió fuego. Alarmado, Sirius apretó el extremo de la mecha con la mano, apagándola y chamuscándose la palma. Con un gruñido desagradable, se pasó la lengua por la herida. Fue entonces cuando la escuchó por primera vez.
—Y, por supuesto, está el Bloque Priori. Es uno de los edificios más nuevos del campus, todas las aulas de ciencias están allí. ¿Te interesa mucho la ciencia, Remus?
—La verdad es que no.
Sirius se dio una patada mental. Ni siquiera se había dado cuenta de que habían subido. Lily Evans, la prefecta presumida que además era la niña de los ojos de su mejor amigo. También tenía a un chico a su lado, con un curioso baúl blanco asomándose por el pasillo. Sirius deseó poder verle la cara, tal vez así lo habría reconocido. ¿Sería un alumno mayor? No, no podía ser. Evans no tenía precisamente la costumbre de charlar con chicos mayores. Entonces, ¿alguien de su curso había crecido milagrosamente un metro durante el verano? Seguro que era alto... ¿También estaba en forma?
Sirius desechó la idea, sintiéndose sucio. No merece la pena, se dijo. Además, si el chico ya era amigo de Evans, no había esperanza para él, con rizos castaños o sin ellos.
Recorrieron el resto del camino de vuelta hacia los dormitorios, igual que él, y Sirius siguió escuchando a Evans parlotear sobre la escuela. Su amiga no parecía muy interesada, pero tampoco le dijo que se callara, así que debía de estar disfrutando bastante.
Tal vez debería saludarla, pensó Sirius para sí, sarcásticamente. Jugueteó con el cohete que tenía en el regazo. Darle la bienvenida a Evans con un boom.
Como el bromista experimentado que era, Sirius esperó a que Stan acercara el carrito junto a los primeros dormitorios. Cuando se dio cuenta de que ambos empezaban a levantarse de sus asientos, fue a guardarse el zippo en el bolsillo, pero se había entusiasmado demasiado al intentar echar un vistazo decente a la cara del otro chico y se le escapó el mechero.
Sirius maldijo y cayó de rodillas, mientras el encendedor se deslizaba por debajo del asiento con un ruido metálico.
—Maldita sea... Dónde estás, pequeño cabrón...
—¿Ahora hablas solo, Black?
Sirius golpeó el encendedor con la palma de la mano, clavándolo en el suelo del autobús. Dios... Habría reconocido esa voz de comadreja en cualquier parte.
—Hola, Crouch.
Levantándose detrás del asiento, se encontró con Barty Crouch y su conspirador favorito, Corban Yaxley, mirándole fijamente desde el centro del pasillo. Ambos chicos habían sido compañeros de habitación de Regulus desde el octavo curso de Sirius y casi nunca iban a ningún sitio el uno sin el otro, aunque era tanto por motivos criminales como por amistad. Desde que lo conocía, Barty había convertido en su misión personal tocarle los cojones a Sirius siempre que podía. La mayoría de los días no era más que una irritación casual, pero de vez en cuando la atención empezaba a rozar la obsesión. Menos mal que Sirius era un bastardo vanidoso.
—No te he visto subir. —terminó, cerrando la tapa de su mechero. Barty se limitó a encogerse de hombros, parecía demasiado ansioso por impedirle el paso fuera del autobús.
—Un pajarito me ha dicho que has estado muy ocupado este verano. —sonrió. —No es que eso sea algo de lo que presumir. He oído que has perdido una gran oportunidad. Reg dijo...
—¡OI! —San ladró desde la parte delantera del autobús.
—Arses en el asiento!
—Ya le has oído, Black.
Un fuerte empujón sorprendió a Sirius en el centro del pecho, y de repente estaba cayendo de nuevo en el banco del carrito, con Crouch y Yaxley mirando por encima de los respaldos de sus propios asientos como buitres en una matanza.
—Ooh, lo siento. —Barty hizo una mueca de dolor, cuando el carro se había puesto en marcha de nuevo. —Esa fue tu parada, ¿no?
—Dándole un nuevo significado a las palabras 'público cautivo', ya veo. —se burló Sirius. —¿Dónde está mi precioso hermanito? ¿Pidiendo nuevos compañeros de piso? Imagino que es agotador vivir con tres personas por debajo del coeficiente intelectual medio.
—Me habría imaginado que serías tú, Black. —se burló Yaxley. —¿O de verdad el otro idiota no va a volver este año?
Sirius se puso pálido.
—No, no. —se burló Barty; —No 'idiota', amigo Parker. Miles Parker.
—¡Vale, vale! Un imbécil popular, ¿no?
—Demasiado popular, en mi opinión. Oí que contrajo una enfermedad que hizo que se le derritiera el cerebro por las orejas. Por eso McGonagall lo echó, no podía quedarse con un tipo que es demasiado tonto para deletrear su propio nombre.
—¡Ja! Estúpido idiota...
Se rieron, luego se rieron un poco más, y cualquier resolución que Sirius pudiera haber tenido todavía con respecto a Miles comenzó a astillarse. Los estúpidos no sabían a qué estaban jugando. Por desgracia para él, Barty leyó la reacción directamente en su cara.
—Oh, tocamos un nervio, ¿no? Hubiera pensado que estarías extasiado. Ahora hay más espacio para ti, ¿no? Antes sólo había Potter, Parker y Pettigrew, las tres P en una vaina. No hay mucho espacio para un 'Black'. Es casi triste, de verdad. Quiero decir, caray, debes haber estado aplaudiendo desde las vigas cuando se fue. ¿Hiciste una fiesta? ¿Celebraste que por fin tenías tu propio público cautivo? ... ¡¿Bueno...?!
Podrías hacerlo, se dijo Sirius; hacer que el muy cabrón se cagara en sus propios pantalones. Dios sabe que se lo merece.
No, la parte racional de él repitió; algo sale mal y te quedas en la calle. Entonces ella realmente te matará.
Sí, pero al menos a Barty le faltará una nariz. Podría verse mejor sin ella.
—¡Oye, maldito marica, te estoy hablando!
No era frecuente que la racionalidad le ganara a Sirius Black. Incluso ahora, mientras las alarmas parpadeaban en su cerebro ¡Abortar! Estaba metiendo la mano en el bolsillo y sacando el rollo de papel relleno de pólvora negra. Debería haberlo sabido, pero eso era lo curioso de la ira. Cuando todo lo que se veía era rojo, las sirenas parpadeantes y las campanas sonando se parecían mucho a una fiesta.
—¿Qué es eso que tienes ahí? preguntó Barty cuando vio el tubo de cartón.
—¿Se te acabaron los pañuelos?
Sirius negó con la cabeza.
—Sabes, Barty, yo que tú tendría mucho cuidado.
—¿Ah, sí?
—Sí. Porque en realidad, nunca se sabe.
—¿Saber qué?
No debería.
La tapa del encendedor se abrió con un tintineo agudo.
... ¡No lo haría!
Un solo movimiento y la llama cobró vida.
... Oh, lo haría, joder.
Sirius levantó la chispa.
—Nunca sabes cuándo todo tu mundo va a implosionar.
La mecha prendió como grasa en el agua, y los ojos de Barty se convirtieron en platillos.
—¡¿Estás loco?! —gritó, prácticamente cayéndose sobre sí mismo para alejarse. Por un momento Sirius consideró que tenía razón, que se había vuelto loco. Mientras Barty y Yaxley se apresuraban a avanzar en sus asientos del autobús, Sirius se quedó sentado, mirando cómo se consumía la mecha, e imaginó lo que sentiría al dejar que el petardo estallara en su mano. Dejar que estallara y destrozara todos sus recuerdos.
¿Has pensado alguna vez en probar con la guitarra, Sirius?
La lanzó.
* * *
Pardon the way that I stare,
There's nothing else to compare;
The sight of you leaves me weak,
There are no words left to speak;
But if you feel like I feel,
Please let me know that it's real;
You're just too good to be true,
Can't take my eyes off you…
La euforia era palpable: un auténtico delirio. Apenas recordaba haber escapado por la puerta de emergencia del tranvía. La explosión que sonó detrás de él e hizo que Stan subiera a la acera fue un moderado cuatro sobre diez, pero aun así Sirius no veía la hora de contárselo a sus amigos. Ni siquiera le importaba si Stan se enfadaba lo suficiente como para arrastrarlo por los tobillos detrás del carrito durante una semana. Estaba demasiado contento.
Era el momento.
Esto lo demostraba todo.
Podían sobrevivir con sólo los tres, ¡podían! Las cosas no tenían que cambiar sólo porque Miles se hubiera ido; Peter seguía siendo el mismo Peter, James el mismo James. Y Sirius era...
Oh, era perfecto.
Salió volando por la puerta principal de su dormitorio: ¡JAMES! ¡JAMES! Subió las escaleras de dos en dos. ¡Espera! ¡Espera a que James se entere! Va a...
—¡JAMES!
—¡¿Maldito qué?!
—¡Esos imbéciles! —Sirius aulló. —¡Esos malditos estúpidos! Deberías haberlos visto, la forma en que...
Sirius se quedó helado. Había un extraño en su habitación. Preocupado de que fuera el vigilante, cerró la boca y esperó su regaño. Pero no era Benjy en absoluto, era el chico que había estado paseando con Evans, sin duda alguna. Sirius reconoció las ropas rasgadas y el pequeño baúl blanco y supuso que el resto de él sería sencillo, pero vaya si se equivocaba. Nada podría haberlo preparado para el horror de verle la cara de frente.
¡Oooooh! No era justo, ¡no era justo! Ojos marrones, malditos rizos de cupido y... ¡oh, Dios! ¡¿Eran pecas?!
¡No! pensó Sirius. No, no tenía que ser así. Tenía que ser horrible. ¿Y el acné? ¿Y la cola y los dedos palmeados?
Sirius miró los pies del chico. Tenía un agujero en la zapatilla izquierda, por el que asomaba un trozo de calcetín. Aunque eso significaba que aún no podía descartar los dedos palmeados, dudaba que se hubiera hecho realidad cualquier otra cosa por la que había rezado. Su plan parecía desmoronarse: la dominación total de la escuela se esfumó en un instante. El chico lo miraba fijamente, casi con rabia. Sirius podía verlo ahora; mañana al mediodía le estaría llamando marica. Y se vería así mientras lo hacía.
Por primera vez en muchos, muchos meses, Sirius Black sintió que se le secaba la garganta.
No me jodas.
—Sirius. —sonrió James, dándole una palmada en el hombro, —te presento a Remus.
I love you, baby, and if it's quite alright,
I need you, baby, to warm the lonely night;
I love you, baby, trust in me when I say:
Oh, pretty baby, don't bring me down, I pray,
Oh, pretty baby, now that I found you, stay;
And let me love you, baby, let me love you!
