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Sólo buscaba una vida sin dolor

Summary:

Sube al piso ocho. Mira los números de la infinidad de puertas. Y finalmente lo encuentra.

91 - 5

Abajo, está una tableta con papeles. Datos. Han Sooyoung lo toma sin ceremonias y comienza a leerlo.

Paciente: Kim Dokja

—Kim Dokja —repite, pronunciando el nombre en voz baja. Frunce el ceño, sintiendo que hay algo en ese nombre que se le hace familiar.

O: la historia de cómo Sooyoung casi mata a alguien el 14 de febrero.

Notes:

Se suponía que esto era para el cumpleaños de Dokja, pero bueno...

Work Text:

Qué jodida mierda.

Ese es el primer pensamiento de Han Sooyoung mientras ve las noticias en su teléfono, mientras lee lo que es lo más reciente y él más popular chisme del país.

Un político de renombre casado con una actriz reconocida, y ambos esperando su primer hijo.

¿Su primer hijo?

Si Han Sooyoung fuera una mujer más débil, habría lanzado su teléfono contra una pared, lo hubiera roto en pedazos y habría comenzado a gritar a los cuatro vientos, decidiendo que no le importa si los demás inquilinos del edificio llegan a escucharla y terminan llamándola la enferma mental del complejo de apartamentos.

Pero Han Sooyoung no es una mujer débil.

Ella sonríe, y una risa seca se escapa de entre sus dientes. Sus ojos se arrugan y aprieta el teléfono, abusando del botón de apagado hasta que la pantalla del aparato finalmente queda completamente negra, dejándola ver su reflejo; grandes ojeras por horas de desvelos la saludan, junto con la mueca torcida en sus labios. Se ve sencillamente patética y completamente enloquecida.

Resopla sin ganas. Deja caer el celular sin ceremonias contra la mesa de la cocina, provocando que un par de grietas que se le formen sobre el cristal. No le importa.

Se pone de pie, sus pies descalzos tocando el suelo frío son un alivio para su cuerpo ardiendo en rabia contenida. Camina hacia la nevera y saca lo que será su desayuno del día; una cerveza helada. Nada mejor, nada peor. Y al cerrar la puerta del refrigerador con más fuerza de la necesaria, ve cómo sus notas pegadas se tambalean.

Entre ellas, una en especial hace que detenga sus ojos, escaneando su propia letra.

14 de febrero, fecha límite, ¡urgente!

Han Sooyoung abre su botella y se da la vuelta mientras bebe a fondo.

No piensa molestarse por estas cosas. No hoy. Lidiará con su editor en otro momento.

Camina hacia la sala, donde sobre la mesa baja la espera su laptop abierta con una aplicación de escritura, una hoja en blanco. El título del archivo no le provoca el más mínimo sentimiento. Así que sólo se sienta en el sofá y mira hacia el balcón.

A pesar de que ya se acerca la primavera, afuera sigue nevando.

Maldito calentamiento global , piensa, dando otro sorbo.

Y entonces regresa a ella la noticia de esos dos. Las caras sonrientes que puede llegar a ver en el espejo todos los días, la ajena alegría que nunca vio cuando la visitaron por falsa preocupación en las contadas ocasiones en las que decían tener tiempo libre. Y todos esos recuerdos se sienten tan amargo, como sus tragos.

Y Han Sooyoung quiere vomitar cuando recuerda que ya ha pasado demasiado tiempo para poder hacer algo por sí misma.

Bueno, de todas formas, no es como si no se hubiera alejado voluntariamente de ellos.

Aun así...

—Malditos bastardos.

Ella no puede controlar el hecho de que esos bastardos son sus jodidos padres también. Y que, a diferencia de ese niño en camino, nunca la amaron como tal y el título les queda demasiado grande.

(O es que a ella le queda mal el ser su hija.)

Pero Han Sooyoung no necesita amor.

No lo necesita, se convence.

Ella no necesita esto.

Dando otro largo trago, cierra ruidosamente su portátil y se hunde en su suéter, decidiendo que dormirá en el sofá para amortiguar cualquier mal sentimiento.

Lidiará con ellos más tarde. O nunca.


 

Ella no lee las noticias el resto del día, para ahorrarse las arcadas, y sale de casa cuando ya está pronto a oscurecer, usando nada más que su suéter morado y unos pantalones de pijama. Arrastra consigo las llaves del auto que apenas ha usado un par de veces, un bien que consiguió sólo porque su editor le había dicho que sería mejor que ir en metro a todos lados. Han Sooyoung piensa que no fue una mala inversión, después de todo. Pero ahora no lo usará para llegar a una reunión a tiempo.

Al bajar al estacionamiento, la saluda el convertible amarillo. Tan dolorosamente notable entre el resto de vehículos. Eso está bien. Las miradas de envidia de sus vecinos siempre le alegran el día.

Pero hoy no hay ningún vecino.

Se encoge de hombros, sube al auto y arranca, en dirección a la tienda más cercana. Necesita abastecerse de más cerveza para sobrevivir a este día de mierda, y probablemente también a los próximos días.

Sin embargo, su recorrido de diez minutos se convierte en veinte minutos, y luego en media hora. Y finalmente, en una hora.

No hay nadie en las calles. Sólo nieve, y los anuncios y un par de autos. Es realmente extraño, considerando que es un día festivo, y está segura, por años anteriores, que a estas horas de la tarde las calles deberían estar abarrotadas de parejas. Las tiendas también, pero esas están cerradas.

Han Sooyoung no entiende nada, pero no deja de conducir, decidida a encontrar una tienda con alcohol. No piensa quedarse sin su cerveza.

Y tal vez algunos cigarrillos.

La nevada aumenta, pero ella no le presta atención, más concentrada en observar la ciudad.

No hay nada.

Siente que sus nervios se disparan y conduce por encima del límite de velocidad. No le importa, no hay policías por ningún lugar, no hay transeúntes y un par de semáforos ni siquiera están encendidos. Ignora también la capa de hielo sobre el asfalto, estando casi segura de que podrá lidiar con patinar un par de veces. Finge que la cantidad de nieve que cae del cielo es normal y sigue buscando.

Después de dos horas, y cuando está a punto de desistir y volver a casa a deprimirse en su sobriedad, a sus ojos llega la iluminación de una tienda abierta entre la cantidad de nieve que cae. Pero con la velocidad y la pobre visión, hace que apenas lo vea por el rabillo, y por inercia tira su cabeza hacia atrás, sin ver hacia el frente. Pero al menos lo encuentra, un lugar abierto.

Cuando vuelve la vista al frente, su sonrisa triunfal se convierte en una mueca de horror en cuanto una silueta aparece a metros de su auto.

—¡Mierda!

Ella cambia de dirección de inmediato. O lo intenta. El volante gira por completo, y mientras se desliza sobre el hielo, las ruedas haciendo sonidos chirriantes y desesperados. Sin embargo, en algún punto logra detenerse y queda sobre dos carriles al mismo tiempo. Las luces de los semáforos parpadean en amarillo y Han Sooyoung sólo puede quedarse estática en su asiento.

Una, dos y tres respiraciones es lo que necesita antes de despertar por completo. Una ruidosa exhalación sale de su boca en cuanto su cerebro le proporciona detalles exactos del reciente acontecimiento.

Está segura de que escuchó un golpe. Ella atropelló a alguien.

Con la adrenalina a tope, abre la puerta y el frío helado la golpea. La calidez del interior del vehículo se filtra, pero Han Sooyoung tiene cosas más importantes de las que preocuparse, como, por ejemplo, el cuerpo tirado en mitad de la calle, a sólo un par de metros de donde se encuentra.

Un tipo distinto de frío sube por su columna.

Sus ojos dejan de observar a la persona tirada y sube n inmediatamente hacia arriba, hacia las cámaras instaladas en los semáforos. Las luces rojas le provocan un golpe de horror y tiene que sujetarse de la puerta del auto para no caer. Traga pesado, volviendo a bajar la vista a su víctima, y un millar de ideas se le forman en la cabeza en menos de un minuto.

Debería llamar a una ambulancia.

Pero no trajo teléfono.

No hay a quien pedirle un teléfono.

Si huye, la policía la perseguirá.

Si esa persona está muerta, ella irá a la cárcel.

Si sobrevive, probablemente la vayan a demandar.

... Está bien. Han Sooyoung puede lidiar con una demanda. Tuvo a un bastardo de I nternet acosándola en su adolescencia una vez, la molestia debería ser similar y ya sabe cómo se siente ser señalada. También puede sólo pagar un buen abogado y podrá librarse de todo sin problema. Bien. Con eso claro, sólo puede tomar una opción.

Casi corriendo sobre la pista resbaladiza, patinando y quejándose de estar usando zapatos tan suaves y ropa tan ligera, se acerca al cuerpo inerte yaciendo sobre la pequeña capa de nieve que se ha formado debido a la constante y creciente nevada. Su pelo corto y su piel se sienten húmedas, y puede sentir que su garganta comienza a sufrir por el frío. Además, tampoco está completamente sobria, así que mantener los pensamientos en calma es algo difícil y su coordinación es de risa, pero milagrosamente llega al desconocido sin caer y romperse el cuello contra el asfalto. Aun así, sus rodillas sufren cuando hace el mal movimiento de tirarse al suelo, pero ignora el dolor en pos de revisar al sujeto.

Es un hombre, y parece estar inconsciente. Han Sooyoung no encuentra sangre por ningún lado, pero puede ver su piel enfermizamente pálida. El traje gris que está usando, que incluso a simple vista se nota demasiado desgastado, no parece ser de mucha ayuda contra el frío. Lo confirma cuando extiende una mano y toca la mejilla del desconocido.

Él está helado. Está tan helado que parece un cadáver. Pero Han Sooyoung todavía puede ver el ligero vaho saliendo de la nariz del mismo. Eso la alivia enormemente.

—No soy una asesina —suspira fuertemente—. No iré a la cárcel por homicidio.

Antes de poder celebrar por eso, escucha un quejido de dolor, l o que la hace volver los ojos hacia el tipo en el suelo. Lo encuentra frunciendo el ceño, pero no levanta los párpados ni se mueve en lo más mínimo.

Han Sooyoung siente que comienza a sudar frío.

—Maldición, no debí dejar mi teléfono —se queja por lo bajo, sintiendo la rabia hirviendo. Se inclina hacia el frente, moviendo el hombro del desconocido—. Oye, ¿estás despierto? ¿Dónde te duele? ¿Puedes levantarte?

No recibe ninguna respuesta.

Han Sooyoung comienza a desesperarse.

—¡Maldición! —gruñe, poniéndose de pie con cierto esfuerzo luego de haber quedado en esa posición por tiempo innecesario. Patea ligeramente el cuerpo inconsciente, pero todavía no recibe respuesta alguna—. Hey, si no tienes nada roto, levántate. Te llevaré a un hospital.

Sigue sin recibir una respuesta.

Han Sooyoung traga pesado. Sube la mirada, mientras su rostro se llena de pánico, y busca por los alrededores algún alma que pueda ayudarla. Pero no hay nadie. Sólo están ellos, la nieve y las luces del semáforo. Y más allá la única tienda abierta.

Sería tan sencillo si simplemente subiera a su auto... y fuera a comprar su cerveza.

Chasqueando los dientes, se inclina de nuevo y alcanza la chaqueta del hombre. Sus brazos delgados, ajenos a cualquier tipo de esfuerzo físico más allá de tocar teclas y levantar una caja de bebidas, apenas tienen la fuerza suficiente para arrastrar un cuerpo que parece doblarle en tamaño y peso. Pero ella no se rinde, y con pura voluntad (y un poco por la zona resbaladiza) consigue arrastrar al tipo hasta el asiento trasero de su auto. El problema viene después de eso, ya que tarda cerca de quince minutos en subirlo apropiadamente, y al terminar, está tan exhausta que sólo puede arrastrarse a sí misma hasta el volante.

Arranca y se dirige inmediatamente al hospital más cercano mientras revisa constantemente que la persona de atrás siga con vida. No quiere llevar un cadáver.

Él sobrevive el recorrido y Han Sooyoung le consigue una camilla. Cuando le preguntan de dónde lo conoce, ella no le dice que lo atropelló. En lugar de eso, dice que sólo lo encontró a un lado del camino. La enfermera se lo cree y la despiden, porque no es pariente y no está obligado a quedarse.

Han Sooyoung no va a buscar cerveza después de eso. Ella regresa a casa, y duerme.

O lo intenta.


 

A pesar de lo que suelen decir sus conocidas, Han Sooyoung no es un monstruo sin corazón. Ella puede sentir culpa. Odia esa parte de sí misma, por supuesto, pero no puede hacer mucho para luchar contra ello cuando sólo logra dormir unas tres horas y quedarse en vela hasta que vuelve a amanecer, pensando dolorosamente en el desconocido al que probablemente casi mató por su ensimismamiento. La idea de haberlo asesinado hace que le piquen los ojos y que respirar se vuelva difícil, pero Han Sooyoung no es débil y absolutamente no lloraría por una muerte accidental. De cualquier manera, no es completamente culpa suya. ¿Qué hacía ese sujeto en calles desérticas y sin mirar a los lados antes de cruzar? Han Sooyoung no tiene toda la culpa allí.

Sólo cuando el sol sale por el horizonte y consigue estresarla lo suficiente como para sacarla de la cama, se atreve a prepararse algo de comer y vuelve a encender su teléfono. También la televisión.

Inmediatamente saltan frente a ella las noticias de las tormentas que se están acercando, y luego están las autoridades, advirtiendo que nadie debería estar afuera con el clima. Sólo entonces cobra sentido lo de la nevada en febrero, y Han Sooyoung vuelve a maldecir al calentamiento global mientras bebe café.

Sin poder evitarlo, sus pensamientos vuelven a dirigirse hacia el sujeto del día anterior.

Ella duda, por largo rato, mientras mira una película mediocre que pasan por TV en conmemoración por la semana más romántica del año. Detesta cada línea cursi y sus ideas se desvían cada vez, haciendo que no pueda concentrarse en absolutamente nada. Sin embargo, con la imagen intrusiva de ese hombre tirado a sus pies llenando su memoria una vez más, decide quitarse la pijama entre maldiciones y ponerse algo más decente para salir al frío. Agarra sus llaves y, a pesar de la advertencia del casero, quien se cruzó con ella en el ascensor, conduce hasta el hospital lo más rápido que puede, mientras la nieve todavía no ha interrumpido todas las calles.

Al llegar a la recepción, se queda completamente en blanco.

Ha olvidado un detalle importante. Algo como que no conoce el nombre de ese tipo, y que no se quedó para averiguarlo el día anterior.

—Mierda —masculla, apretando las llaves en su puño hasta que siente que casi le cortan la piel—. Mierda, mierda, mierda...

—¿Necesita algo, señorita?

Han Sooyoung levanta la mirada, y su mueca de furia se borra instantáneamente. Reconoce de inmediato la cara que tiene enfrente, y sus ojos se iluminan. Sabe que debe estar haciendo una expresión rara, si algo le dicen los labios torcidos de la enfermera, quien parece lo suficientemente amable como para no haber llamado a seguridad todavía.

—¡Tú! —habla Sooyoung con demasiada euforia, ganándose una mirada de desconcierto y temor—. Estuviste ayer también. Dime, ¿me recuerdas? —La expresión de confusión de la enfermera es suficiente respuesta—. Ugh... Ayer traje a este chico... Eh... Estaba congelado y lo llevaron a urgencias, era casi en la noche. ¿Sabes de quién hablo?

—¿Puede proporcionarme su nombre, por favor?

—Ah... No di mi nombre ayer —balbucea Sooyoung, dando un paso atrás con ligera vergüenza—. Yo sólo... Lo dejé aquí y me fui. Oh, ahora que lo digo suena horrible.

—Entonces no es familiar del paciente —afirma la enfermera, y no es una pregunta. La sonrisa ensayada le provoca escalofríos a Han Sooyoung—. Lamentablemente, no admitimos visitas a menos que sean familiares o pareja del paciente.

—Soy su pareja.

La enfermera parpadea, sin borrar su sonrisa. Claramente no le cree ni un poco.

Han Sooyoung traga pesado.

—Yo... Tuvimos una pelea —miente, ideando una historia creíble con rapidez—. Y estaba enojada, por eso sólo me fui. Fue horrible de mi parte, lo sé. ¡Pero no es completamente mi culpa! Ese bastardo tuvo el descaro de engañarme, ¿y sabes con quién? ¡Con un hombre! ¿Cómo no iba a odiarlo con el alma? Espero que sea comprensible que yo... Bueno... Ayer todavía estaba destrozada, pero reflexioné. Me gustaría aclarar las cosas con él, si es posible. Ah, pero no será nada violento, lo juro. No somos ese tipo de pareja.

La enfermera todavía parece mantener su cautela, pero Han Sooyoung puede ver la ligera grieta en su sonrisa. Luego ella mira a los lados, y finalmente se inclina hacia Sooyoung.

—Está bien, señorita...

—Han.

—Señorita Han. —Asiente una vez, solemne, y hace una seña para que la siga mientras mantiene su mirada moviéndose por los alrededores. Ambas pasan por la sala de espera y la enfermera se sienta detrás de una computadora, comenzando a teclear—. Según me ha dicho, todavía no se han separado, así que todavía cuenta como pareja. El hospital permite eso.

Hay algo venenoso subiendo por la voz de la trabajadora. Han Sooyoung todavía no puede creer que esa historia ridícula haya logrado funcionar, pero mantiene una expresión desesperada por si las dudas, mientras ruega que no le pregunten el nombre de ese tipo y sólo le pasen el número de su habitación.

Milagrosamente, no le preguntan el nombre.

—Su novio se encuentra en la habitación 91 - 5 —dice la enfermera, volviendo a mirarla con una sonrisa falsa, pero mucho más llena de sentimientos que las anteriores. No buenos sentimientos, claramente. Sooyoung vuelve a sentir escalofríos—, en el piso 8.

Ya con la información necesaria, da un agradecimiento rápido y sale corriendo en busca del ascensor más cercano.

Sube al piso ocho. Mira los números de la infinidad de puertas. Y finalmente lo encuentra.

91 - 5

Abajo, está una tableta con papeles. Datos. Han Sooyoung lo toma sin ceremonias y comienza a leerlo.

Paciente: Kim Dokja

—Kim Dokja —repite, pronunciando el nombre en voz baja. Frunce el ceño, sintiendo que hay algo en ese nombre que se le hace familiar. Pero lo descarta y vuelve a poner la tableta en su lugar para dirigirse a la fría manija de la puerta.

Cuando abre, la recibe un aire cálido, diferente al frío del pasillo. Pero todo allí dentro se siente mucho más vacío que el resto del hospital.

Cuando abre completamente la puerta, que increíblemente no hace ningún sonido, observa mejor la habitación; hay unos pocos muebles, más de una camilla y dos sofás, una mesa contra el rincón y una puerta que da a un baño con las luces apagadas. La camilla principal está en el centro, a su lado hay una máquina intravenosa y un pequeño buró. Pero Han Sooyoung no encuentra al paciente acostado allí, como debería estar.

Ella lo encuentra junto a la única ventana del lugar. Él le está dando la espalda, pareciendo completamente ensimismado en lo que haya afuera, con una mano sobre el cristal y la cabeza ligeramente baja. Han Sooyoung no quiere pensarlo, pero mientras lo ve usando esa ropa blanca, se ve terriblemente más delgado y enfermizo que cuando lo encontró en la calle. O tal vez sea sólo su imaginación y el hecho de que los recuerdos en mitad de una situación estresante suelen ser poco claros. Pero de cualquier manera, le da un mal sentimiento en el estómago y tiene que tragar pesado antes de tomar fuerza para dar un paso al frente.

Abre la boca, dispuesta a dar un saludo, y quizás esperando asustarlo, pero entonces lo ve moverse.

Él está abriendo la ventana.

Y él se está inclinando hacia—

—¡Qué demonios...! —es lo único que puede gritar Han Sooyoung antes de lanzarse a toda velocidad hacia el frente, empujando una silla y dejando caer sus llaves para aferrar los brazos alrededor de la delgada cintura. Inmediatamente tira hacia atrás antes de que el resto del cuerpo escape al vacío, pero sus esfuerzos se ven opacados por la fuerza del hombre, quien no se detiene a pesar de los gritos que comienza a escuchar—. ¡Para, oye! ¡Detente! ¡Te dije que pares! ¡Maldición! ¡Maldición, no te traje hasta aquí sólo para que mueras enfrente de mí, maldito bastardo!

De repente, los forcejeos se detienen. Sólo entonces Han Sooyoung es consciente del frío que entra desde la ventana, azotando su cabello y dejando entrar copos de nieve de una nevada que no debería estar. Ella levanta la mirada con rapidez, pero no encuentra a l hombre devolviéndole el gesto. Eso la enfurece lo suficiente como para que haga otro intento de empujar hacia atrás, pero tropieza. Sin embargo, parece ser efectivo, porque al caer al suelo arrastra a Kim Dokja con ella y ambos terminan con el trasero dolorido sobre los azulejos de la habitación.

Han Sooyoung ignora el dolor punzante y rápidamente se pone de pie, yendo a toda velocidad a cerrar la ventana con demasiada rudeza. El cristal vibra, pero no se rompe. A ella no le importa.

Sooyoung mira hacia atrás, con un rostro furioso.

—¡¿Tienes alguna idea de lo que...?!

—¿Tú eres la dueña del Ferrari amarillo?

—Oye, no me interrumpas —bufa la mujer, cruzándose de brazos y arrugando la nariz, tomando una pose aparentemente amenazadora. Pero a pesar de su latente estado de enojo, la mirada cansada del hombre, quien permanece en el suelo y no parece querer levantarse de allí, mengua un poco del fuego nervioso en su interior. Sooyoung vuelve a bajar los brazos y hace un sonido de dolor, desviando la vista. No quiere ver esa cara tan amarga—. Sí, fui yo quien te atropelló. ¿Qué? ¿Piensas demandarme por eso? Te advierto que puedo contratar buenos abogados y...

—No voy a demandarte —le interrumpe de nuevo Kim Dokja, mientras se pone de pie. Han Sooyoung nota, por el rabillo del ojo, las pequeñas muecas de dolor que hace el hombre mientras se mueve. Ella traga pesado y se queda quieta mientras lo ve regresar lentamente a la cama. Cuando llega, sólo se queda de pie allí, en silencio, por diez segundos enteros. Y todo es incómodo—. ¿Cuál es tu nombre?

Sooyoung parpadea, y mete las manos en los bolsillos delanteros de su suéter. Patea un pie, sintiéndose inesperadamente fuera de lugar.

—Soy... Han Sooyoung.

—Entonces, Han Sooyoung-ssi —habla Kim Dokja, girándose de lado para volver a mirarla. Sooyoung se encuentra con la misma cara pálida como papel, pero hay una especie de sonrisa adornando sus labios. A Sooyoung no le gusta, hay algo desagradable en esa expresión, pero no puede discernir qué—. Lamento los problemas.

—Me diste muchos —dice, su lengua actuando antes que su cerebro. Termina cerrando los labios con fuerza y volviendo a mirar hacia otro lugar, avergonzada. Escucha un resoplido suave, que se siente como una risa resignada. Ella vuelve sus ojos a él, controlando la expresión en su rostro, manteniendo el ceño fruncido—. ¿Qué hacías ayer? Casi te da una hipotermia, creo. Y llegué a pensar que tal vez te lanzaste frente a mi auto para morir.

—Mhm —tararea Kim Dokja, moviendo la cabeza un poco mientras estira las mantas de la cama, haciendo un lugar para volver a recostarse—. Lo hice, de hecho.

La descarada admisión toma por sorpresa a Han Sooyoung. Ella se queda estática en su lugar, procesando lentamente las palabras, hasta que todo sobre este hombre cobra sentido; desde lo que acaba de ocurrir hace unos minutos con la ventana, hasta lo que fue el día anterior, donde este tipo hizo aparición en la calle mientras conducía.

La heladez que se había colado desde la ventana todavía persiste sobre su piel.

Han Sooyoung se muerde los labios y baja la vista.

—No es una buena manera de festejar San Valentín, ¿verdad?

La broma que acaba de soltar Kim Dokja no se oye divertida en lo más mínimo. En todo caso, sólo hace que Han Sooyoung apriete los puños con fuerza y vuelva a mirarlo con furia.

—¿Acaso eres un imbécil? —escupe, acercándose a él mientras el hombre la ignora y se dedica a tomar asiento sobre el colchón, manteniendo su silencio y una expresión aburrida, en blanco. Han Sooyoung soporta las ganas de propinarle un golpe en la cara y sólo enseña los dientes—. ¿Qué te pasó para que hicieras semejante estupidez, y quisieras arrastrarme a ello? ¿Qué, te dejó tu prometida? ¿Perdiste tu trabajo? Vamos, nada de eso es lo suficientemente–

—Hoy es mi cumpleaños.

Las palabras de Sooyoung mueren instantáneamente. Sus ojos se abren un poco más.

La expresión de Kim Dokja no cambia ni un ápice.

—Es... tu cumpleaños —repite Sooyoung, y luego parpadea, incómoda—. Sí... Eso... Bueno, ¿qué hay con eso? Es una fecha singular, pero los días festivos son sólo capitalismo disfrazado y–

—Está bien —la interrumpe, mostrando otra sonrisa demasiado falsa como para ser llamada siquiera una sonrisa. Han Sooyoung, no obstante, no encuentra en sí misma la fuerza para enojarse. Ella vuelve a tragarse el nudo en la garganta y desvía la mirada, mientras el hombre suspira por lo bajo—. Aunque lamento informarte, Han Sooyoung-ssi, que no podré pagarte la amabilidad por el momento. Después de todo, lo único que tengo ahora es mi vida.

Han Sooyoung retrocede un poco, con la mirada gacha, incapaz de volver a ver a la cara a Kim Dokja. Sus ojos viajan por la habitación, volviendo a detenerse en la ventana cerrada. El cristal está ligeramente empañado, pero a través de la niebla todavía se puede ver la luz del sol, y la caída constante de la nieve. Los días nevados no pararán.

Sooyoung aprieta los labios, y deja salir una exhalación. Resignada, vuelve a mirar a Kim Dokja.

—Oye, ¿no quieres llamar a alguien? —pregunta, mientras aprieta su teléfono, guardado en el bolsillo del suéter—. Eso si todavía no has avisado a tu familia–

—No tengo familia.

Han Sooyoung cierra la boca, y asiente para sí misma. Por supuesto que no. Toda la (buena y mala) suerte del mundo siempre va para la gente sin familia.

Ella no necesita decir algo al respecto.

—Bien —suspira, y camina hacia una silla plegable guardada en un rincón. La estira hacia un lado de la camilla, tomando asiento. Los ojos de Kim Dokja no la abandonan, el hombre mostrándose abiertamente sorprendido por los movimientos de Sooyoung—. Entonces, ¿qué quieres hacer hoy?

Ante la pregunta, los ojos de Kim Dokja se ensanchan un poco más.

—¿Disculpa?

—Me refiero a si quieres algo —aclara la mujer, recostándose contra el respaldo en una pose desdeñosa—. ¿Un pastel? ¿Una película? ¿Compañía? No juzgo eso último, pero ya le conté cierta historia a una enfermera y tal vez ya todos en el hospital crean que eres un–

—Espera —la detiene, levantando una mano y mostrando una cara confusa—. ¿De qué... estás hablando? Ah, yo no tengo dinero, por si eso no te ha quedado claro. No podría–

—Pagaré yo, claro —declara Sooyoung, como si fuera obvio. Una sonrisa astuta se asoma por su rostro—. Tómalo como regalo de cumpleaños de mi parte, Kim Dokja.

—No creo que sea necesario que hagas–

—No me agradezcas —lo interrumpe, sonando confiada, ignorando completamente la mirada de molestia que recibe a cambio—. Soy un alma caritativa, y puedo hacerte la mejor fiesta. Cualquier fiesta anterior que hubieras tenido se verá como una reunión aburrida comparado con la que yo haga para ti.

Algo cambia en la expresión de Kim Dokja tras escuchar eso. Si sus ojos brillan de más, Han Sooyoung no lo nota, pero ella llega a ver la ligera curva divertida en la cara todavía blanca como papel. Pero esta es genuina, lo que ayuda a ignorar el aspecto enfermizo que trae encima.

—Entonces, ¿qué quieres primero, Kim Dokja?

Kim Dokja, viendo que probablemente no habrá manera de escapar de la supuesta amabilidad de Han Sooyoung, sólo atina a suspirar y negar con la cabeza.

—Nunca necesité pensar en eso —admite él, con melancolía, desviando la vista. Sus ojos se detienen en la ventana, y Sooyoung siente escalofríos, pero lo mantiene controlado. Cuando vuelve a tener la mirada de Kim Dokja sobre ella, se tranquiliza—. Pero no quiero un pastel. ¿Una bebida, quizás?

Los ojos de Han Sooyoung se iluminan y ella se levanta de un salto.

—¡Pollo frito y cerveza entonces!

—Yo nunca mencioné–

—Ya vuelvo. Creo que hay una tienda abierta a dos calles.

Sin darle oportunidad de negarse a la opción, Han Sooyoung corre hacia la puerta, recogiendo sus llaves del piso en el camino. Sale dando un portazo, dejando nuevamente solo a Kim Dokja.

Sin embargo, en lugar de seguir hacia el ascensor, ella se queda de pie frente a la puerta cerrada, su mano sobre la manija, mientras sus ojos se dedican a leer la ficha del paciente.

Fecha de nacimiento: 15 / 02 / 1991

Han Sooyoung suspira. Realmente es su cumpleaños.

Ella se aparta y camina hacia una enfermera que está dando sus rondas en el corredor. En voz baja, da un par de instrucciones sobre el paciente en la habitación 91 - 5. Y una vez hecho eso, Sooyoung puede estar segura de que, para cuando vuelva trayendo la comida de celebración, encontrará a Kim Dokja todavía vivo, sin que hubiera intentado saltar desde la ventana del octavo piso.


 

—¿Realmente no tienes amigos?

Kim Dokja deja de leer en su teléfono para mirar a una aburrida Han Sooyoung, que está tirada sin más sobre el sofá de la habitación de hospital, entre una pila de envoltorios de dulces que ella había traído en un impulso.

—¿Tú sí? —inquiere en cambio el hombre, evitando responder la intrusiva y grosera pregunta de la mujer.

Sooyoung chasquea la lengua con fastidio.

—Claro que tengo amigos —se defiende ella, cruzando los brazos.

—¿Entonces por qué no estás con ellos? —se burla Dokja, sonriendo de lado, mientras vuelve a leer en su teléfono—. En lugar de pasarla en este triste hospital, con un completo desconocido, podrías estar disfrutando de la semana de rebajas de dulces con tus amigos. ¿No suena eso más divertido?

—Yo decido cómo divertirme —gruñe Sooyoung, sentándose adecuadamente sobre el incómodo sofá. Le dedica una mirada aguda a Kim Dokja—. Y con esa declaración ya te delataste. No tienes ni un solo amigo, ¿verdad? Eso es patético.

—No tan patético como tú, que debes tener amigos tan superficiales que pasarla junto a un enfermo suena mejor que ir junto a ellos. ¿No es eso un poco cínico de tu parte?

—Ah, ¿nos estamos señalando los defectos ahora? Bueno, Kim Dokja, al menos no soy tan cínica como para no admitir que estoy completamente sola en el mundo. —La admisión parece tomar por sorpresa a Kim Dokja, quien deja de mirar su teléfono para verla a ella, con una cara llena de estupefacción . Han Sooyoung enseña una sonrisa falsamente divertida, aunque el estómago se le revuelva—. ¿Y tú qué? ¿Vas a evadir la pregunta y fingir que todo está bien, para luego intentar acabar con tu vida de alguna manera aburrida y cliché?

Kim Dokja aprieta los labios y desvía la vista. No la refuta.

Esa no es la respuesta que Han Sooyoung esperaba de él, y la mirada amarga que regresa a los ojos del hombre vuelve a causarle náuseas. Pero antes de que pueda abrir la boca para arreglarlo (no disculparse, no piensa disculparse por un hecho), es interrumpida.

—¿No te gusta lo cliché? —pregunta él, en lo que parece un murmullo.

Sooyoung parpadea.

—Me gusta —admite, con toda seguridad, pero luego sus cejas se arrugan—. Pero una herramienta para la trama de una novela no aplica bien en la vida real. Es simplemente una estupidez.

—A mí no me gusta lo cliché —declara Kim Dokja, mostrando una sonrisa amarga. Han Sooyoung evita decirle que no le preguntó, y lo deja hablar—. No cuando lo leo. Y tampoco en la vida real.

—Bueno, al menos tenemos una cosa en común —suspira ella, poniéndose de pie y caminando hasta quedar a un lado de la camilla. Finge revisar un monitor y la intravenosa mientras busca las palabras para aplacar el silencio incómodo que comienza a asentarse entre ellos—. Pero los clichés en las historias son geniales. ¿Por qué no te gustan?

—Son predecibles. Un autor que usa un cliché deja claro que se ha quedado sin ideas.

Han Sooyoung aprieta los dientes, volviéndose hacia Kim Dokja con la furia contenida.

—¿Qué sabrás tú? ¿Acaso eres un autor?

—No, de hecho, sólo soy un lector.

—Me lo imaginaba. No tienes idea. Un buen libro no es un buen libro si no tiene al menos un cliché.

—Difiero. Un libro puede ser bueno sin tener clichés. Especialmente si no los tienen.

—Demonios, se nota que tienes un terrible gusto en libros. Dime, ¿qué clase de novelas te gustan? Apuesto a que te gustan las que nadie entiende y finges que tú las entiendes para poder parecer interesante.

—No, esas son demasiado complicadas y sus autores suelen ser demasiado petulantes. Me gustan las novelas de acción. Regresión, para ser precisos.

—¡Ajá! Te gusta el cliché hecho novela, Kim Dokja. Y te atreves a decir una y otra crítica contra ello. ¿Cómo eres tan descarado?

—Que tenga una trama popular no lo hace cliché. Además, mi novela favorita no era un género popular en ese entonces.

—¿Ah, no? ¿Entonces qué? ¿Llevas leyendo una novela de regresión por más de diez años?

—Así es.

—... Tienes que estar bromeando.

—No lo hago. Te la mostraría para que vieras que es buena, pero ha sido borrada por su autor y no tengo copias.

—Ahora suenas como un completo mentiroso. Uno malo. Debería llamar a un doctor, creo que te golpeaste muy fuerte la cabeza con mi auto.

Kim Dokja deja salir una pequeña risa.

Han Sooyoung lucha contra las ganas de sonreír. Ella se da vuelta antes de que su rostro la delate, y vuelve a caminar hacia la ventana, dándole la espalda a Kim Dokja.

—... Por cierto.

Sooyoung mira por sobre el hombro.

Dokja la está mirando con interés.

—¿Eres una autora, Han Sooyoung-ssi?

Los labios de Han Sooyoung dibujan una sonrisa astuta.

—Soy la mejor.


 

Han Sooyoung se encarga de los gastos del hospital. Ella no se lo dice a Kim Dokja. Él lo sabrá en cuanto le den el alta. Para entonces, Sooyoung podrá soltar la excusa de "te atropellé con un Ferrari, ¿crees que no tengo dinero como para pagar tu recuperación?", y ya ha practicado su mirada ofendida. Dokja no podrá hacer nada más que aceptar su buena voluntad y rendirse a ella. La idea de ese hombre patético resignándose a aceptar toda su ayuda sin poder discutir le saca una sonrisa divertida y triunfal. Hace que su ánimo mejore un poco.

Ella ignora las llamadas de su editor y finge que no hay amenazas por no entregar su trabajo a tiempo. Puede lidiar con esas cosas más tarde, todavía tiene suficiente dinero en el banco como para sobrevivir sin tener que escribir por un año y medio. No por nada sus novelas siguen estando en el top de lecturas de la web. Mientras los números no bajen, no necesitará trabajar tanto. Las ventajas de tener talento, supone.

Sooyoung agrega un nuevo pasatiempo a su rutina, que esencialmente sólo consta de encerrarse en su departamento, comer chucherías y ver películas hasta quedarse dormida; en lugar de perderse en sus aburridos pensamientos, visita a Kim Dokja todas las tardes al mediodía, llevando consigo comida porque según ella "la comida del hospital está hecha para mantener enfermos a los enfermos", y se queda allí hasta que termina la hora de visita. Por supuesto, siempre tiene que lidiar con las miradas de pena de las enfermeras, quienes probablemente se creyeron el cuento de que es una triste novia engañada que ha caído de nuevo en las manos de un hombre horrible. Pero eso es fácil de ignorar. Vale la pena si puede sentarse en una incómoda silla de hospital y ver cómo Kim Dokja come y ambos discuten sobre las peores dinámicas en las historias.

Kim Dokja es un hombre inteligente. O, bueno, inteligente en el ámbito de la lectura de novelas. Han Sooyoung sabe que este tipo ha leído mucho, bastante, probablemente mucho más de lo que ella ha leído en su vida entera. No lo admira por eso, es sólo un nerd obsesionado sin nada que   hacer. (Ella no es mejor). Aun así, sus puntos de vista son interesantes, y aunque tienen sus roces, Han Sooyoung no recuerda haber tenido nunca una conversación tan apasionada con alguien. Es como finalmente encontrar alguien de su nivel. Un igual. Excepto que Kim Dokja nunca podría ser su igual, es decir, el chico es un perdedor. Es un rotundo no.

Excepto que...

—Oye, me dijiste que estás en bancarrota, ¿no? —menciona de pronto Sooyoung, mientras teclea en su teléfono un par de líneas para una parte de alguna novela que todavía no ha planeado.

Kim Dokja deja de leer para dedicarle una mirada confundida y hastiada.

—¿Es necesario que menciones mi situación económica ahora mismo?

Sooyoung tararea.

—Muy necesario. Dime, ¿tienes un lugar donde quedarte?

—¿Me veo como un indigente?

—Totalmente.

Kim Dokja abre la boca para decir algo contra eso, pero finalmente la cierra. Suspira ruidosamente. Han Sooyoung deja salir una risita de victoria mientras termina de escribir, y guarda su teléfono para dirigir toda su atención al hombre.

—¿Qué te parece vivir conmigo?

—Tu amabilidad me abruma.

—El sarcasmo estará prohibido si aceptas, pero te aseguro que tendrás una cama cómoda y tanta comida chatarra como desees.

—No me gusta la comida chatarra.

—¿Aceptas el trato?

—No aceptaré hasta conocer todas las pautas. Y en especial, ¿por qué me estás ofreciendo vivir contigo? Oye, para que sepas, no soy ese tipo de hombre. No pienses que puedes comprarme así.

—Oh, qué mal por mí —farfulla Han Sooyoung, exagerando una expresión de tristeza, que pronto se convierte en una mirada de desagrado—. No, idiota. Mi caridad no será gratis...

—Entonces no es caridad.

—No me interrumpas. Te lo estoy ofreciendo porque eres... interesante —admite, con una perfecta cara neutral. Su corte de pelo ayuda a que sus orejas rojas estén ocultas y no delaten la vergüenza que siente subiendo por su cuerpo. Una de sus piernas se mueve ansiosamente, pero finge que no sucede nada mientras vuelve a mirar a la cara a Kim Dokja. Kim Dokja, que la mira como si estuviera loca. Decide ignorar eso—. Es fácil hablar contigo.

Admitir eso último hace que el calor llegue a cada rincón de su cuerpo. Han Sooyoung soporta las ganas de esconderse en su propio suéter. Dios, no se ha sentido así de avergonzada desde la primaria. Este nivel de estrés es de lo peor.

Kim Dokja se ve confundido por un momento, parpadeando un par de veces, en completo silencio. Luego suelta un tarareo pensativo, desviando la mirada. Han Sooyoung está tan metida en sus pensamientos en espiral que no percibe el suave rosa que adorna las puntas de las orejas del hombre, y espera con demasiada paciencia.

La paciencia no le dura mucho. Ella chasquea la lengua, volviendo a llamar la atención.

—Oye, ¿aceptas o no?

—No es una buena propuesta —sentencia Dokja, dejando paralizada a la escritora—. No sé por qué me requieres, específicamente. Un compañero para charlar es sólo una amistad superficial. Los amigos superficiales no comparten casa.

—Ugh, eres estúpidamente pesimista —se queja la mujer, borrando todo atisbo de nerviosismo—. Veo que no confías en mi buena voluntad.

—En los pocos días que hemos convivido, creo que puedo decir que no he encontrado nada de buena voluntad en Han Sooyoung-ssi.

—¿Ah? ¿Y entonces qué me dices sobre haberte traído al hospital?

—Cualquier persona, a excepción de un enfermo mental, lo habría hecho.

—¿Y tu fiesta de cumpleaños?

—Culpa.

—¿Los días que te traje dulces?

—Te comiste la mayoría.

—¿Nuestras charlas sobre novelas, horas de películas, los estúpidos juegos en el teléfono? ¡Vamos, hasta te dejé ganar al ajedrez una vez!

—Entretenimiento. No tienes amigos, y como no puedo escapar, soy tu único medio de diversión.

—Vaya, ya veo por qué eres virgen.

—... ¿Por qué asumes que soy...?

—¿No lo eres?

Kim Dokja guarda silencio. Han Sooyoung aprieta los labios, sintiéndose repentinamente culpable por haberlo mencionado. No es como si ella fuera mejor.

—Bueno... —intenta disipar el mal ambiente, pero sus ideas no tienen sentido. Los nervios la abruman. Se aclara la garganta antes de hablar—. Como sea. Sólo te lo estoy ofreciendo porque eres bueno para hablar. No he tenido una conversación interesante con alguien desde... Creo que nunca. Pero de todas formas...

—¿Por qué piensas que es seguro vivir conmigo?

La mirada gélida de Kim Dokja le causa escalofríos, sin embargo, al instante, la respuesta llega a Han Sooyoung como una llama ardiente.

—Porque estás enamorado de un personaje ficticio al que has conocido hace diez años.

Y ante eso, Kim Dokja no tiene manera de volver a dar otra excusa.

Aun así, Han Sooyoung hace contrato formal (porque Kim Dokja prácticamente la obliga , se lo ruega), y más que un simple compañero de charlas, será algo así como el encargado de la limpieza del departamento.

Han Sooyoung piensa que no es un mal trato.


 

Llevar a un hombre extraño a su hogar es, en esencia, lo más raro que ha hecho Han Sooyoung en su vida. Pero ella una vez acogió a un gato callejero, que luego la abandonó de un día para otro. Puede compararlo con eso, porque en algún momento Kim Dokja también querrá irse. No se ve como el tipo de hombre que le gustaría ser mantenido por alguien más.

Excepto, por supuesto, que tampoco parece el tipo de hombre que saltaría frente a un auto ni se tiraría desde una ventana para morir. Pero aun así lo es. Sooyoung no alberga esperanzas de ningún tipo.

Cuando él se instala en un cuarto que antes había sido un almacén para sus cajas de compras compulsivas que ella nunca ha abierto, comienza una especie de convivencia. Es incómodo al principio, apenas se hablan el día entero, Kim Dokja parece evitarla abiertamente, pero Han Sooyoung decide que no le importa. Al menos él es lo suficientemente atento como para bajar la tapa del inodoro y no hacer ruidos molestos en la noche. También junta la basura que ella deja caer por costumbre al piso. No toca su cesto de ropa sucia ni la mira mal cuando la ve despertarse al mediodía y tomar una cerveza antes que cualquier tipo de comida.

Han Sooyoung no puede quejarse, pero vivir con Kim Dokja es vivir con nadie.

Excepto en la hora de la cena.

—Ordené pizza.

—Tienes un problema con derrochar dinero.

—Es mi dinero, lo puedo derrochar si quiero.

—Todavía estaría bien ir a comprar y preparar comida como un ciudadano normal.

—Salir es molesto.

—No cuando vas a comprar alcohol.

Y Han Sooyoung pierde la discusión. Aunque a veces es Kim Dokja quien pierde. Pero al final, ambos cenan juntos en la mesa de la cocina mientras ella se queja de otra novela recién aparecida, mal escrita y que intenta quitarle su puesto en el top (cosa que no lograrán ni en mil vidas). Kim Dokja, el completo bastardo, resulta que ya la leyó y comienza a enumerar los puntos buenos sólo para fastidiarla. Pero al terminar, se pone de acuerdo con ella al hablar del mal uso de personajes.

Ambos terminan brindando amigablemente mientras el cielo de afuera se vuelve oscuro. Sooyoung da un largo trago al alcohol, y Dokja termina su lata de refresco.

—Por cierto, ¿por qué no tomas cerveza? —ella pregunta un día, sin poder ignorar ese hecho—. ¿No te gusta? Porque puedo comprar otras cosas. ¿Vino? ¿Whisky? ¿Soju?

Kim Dokja la mira en silencio por dos segundos, como si estuviera buscando la respuesta. Han Sooyoung espera que no sea una mentira descarada, pero esperar la verdad también es demasiado. Apenas son amigos.

Aun así, él le sonríe. Una sonrisa melancólica.

—Estoy bien así. No tengo buenos recuerdos con el alcohol.

Sooyoung asiente, y decide que no quiere saber más, lo cual es una mentira. Pero no vuelve a preguntar sobre ello de nuevo. Después de todo, no quiere perder a otra mascota.

Ella deja de comprar cervezas. La sobriedad no se siente bien, hasta que tiene a Dokja volviendo a hablarle sobre una novela basura. Entonces es fácil ignorar sus pensamientos sobre la vida real.


 

Hay una novela web que Kim Dokja parece odiar demasiado. Han Sooyoung se entera de ello sólo después de haber convivido con él dos meses seguidos. Háblale de muros personales.

El caso es— Sooyoung se entera de que la novela que Dokja odia es la suya. Es su novela. La que hizo que Han Sooyoung se disparara hacia arriba en el mundo de la escritura.

Cuando ella se entera, se desata el caos.

—¡Eres un imbécil! —ruge Han Sooyoung, mientras da pisadas fuertes por el corredor, dirigiéndose a su habitación. Puede escuchar los pasos de Kim Dokja detrás de ella, y se gira para mirarlo por sobre el hombro, con la furia ardiendo en sus ojos—. ¡¿Cómo te atreves a acusarme de plagio?!

—Si no es plagio, ¿cómo es que se parece tanto a otro trabajo? —inquiere Dokja, frunciendo el ceño, mostrando una expresión de enojo que ella no ha visto antes. Pero Sooyoung está demasiado metida en su propia ira que ni siquiera piensa en ello—. Las similitudes son obvias. Y dijiste que lo escribiste de joven, cuando eres joven haces cosas que no están bien. ¿Por qué no sólo lo admites?

—¡Porque no. lo. hice! —brama, deteniéndose en el marco de su cuarto y girando a ver con rabia al hombre—. ¡Es mi trabajo! ¡ Yo lo imaginé, yo lo escribí! ¡Son mis ideas!

—Este tipo de coincidencias no son posibles.

—¡Entonces es una puta broma universal o qué se yo! Pero esa novela fue completamente mía. Esas ideas salieron de mi cabeza, porque yo nunca leí la novela que tú leíste, Kim Dokja.

Kim Dokja no se ve convencido en lo más mínimo, pero a pesar de eso, sólo aprieta los dientes y se da la vuelta, dando por terminada la discusión.

Han Sooyoung se queda allí un momento más, echando humo.

Cuando su furia mengua, todo su cuerpo está exhausto.

Ella nunca ha peleado con alguien de esta manera, así que no tiene idea de qué hacer a continuación, por lo que sólo atina a entrar a su cuarto y encerrarse allí el resto del día, odiándose a sí misma por haber dejado pasar a un completo imbécil a su vida y a su casa.

Horas más tarde, Kim Dokja toca a su puerta. Han Sooyoung finge estar dormida, hasta que lo escucha irse y encerrarse en su propia habitación. Sólo entonces ella se levanta de su escritorio y va a abrir la puerta. Allí, bajo el marco, encuentra una bandeja con un plato con pollo picante y una botella de cerveza. Y una nota.

Sooyoung pasa de la nota hasta que termina de comer. Con dedos grasosos y bajo la luz de una lámpara de noche, la abre con aburrimiento y comienza a leerla.

Perdón

Es la peor carta de disculpa que Han Sooyoung ha leído en su vida. Incluso un niño de cinco años podría escribir algo mejor.

A pesar de eso, ella lo guarda en un cajón y luego escribe una respuesta en su teléfono, enviando el mensaje a las tres de la mañana, sabiendo que Dokja debe seguir despierto, leyendo sus novelas, como el maldito nerd que es.

Te perdonaré si te encargas de la comida mañana

Han Sooyoung ve que su mensaje ha sido sido leído, pero Kim Dokja no le dice nada más. No se queda despierta esperando una respuesta.

A la mañana siguiente, un plato de omurice la espera en la mesa de la cocina. Kim Dokja no está allí para acompañarla, pero deja otra nota, donde explica que fue a una entrevista de trabajo. Han Sooyoung come en soledad y se queja de la falta de sal en el huevo, pero termina su plato y luego guarda la nota en un cajón, sin leer el revés ni las letras que le siguen a una queja sin sentido sobre que está mal plagiar.

Ella se encierra de nuevo el resto del día.


 

Los dos son tercos, no ceden a perder esta discusión, y mantienen la ley del hielo y la corta y seca comunicación con notas y mensajes por un par de días más. Ni siquiera vuelven a hablar en la cena, porque Han Sooyoung sigue encerrándose en su habitación, y los días en los que no lo hace, Kim Dokja es quien se encierra o sale.

Comienza a volverse una rutina.

Excepto que Sooyoung no puede tolerar que eso sea así.

Una noche en específico, ella golpea sus manos contra la mesa, cortando con el pesado silencio del departamento. Gruñe una maldición, sintiendo las palmas calientes, y empuja su plato de comida para ponerse de pie. El piso frío no la ayuda a calmar los humos esta vez, así que camina con fuerza hacia la habitación de Kim Dokja, pasando a través de la sala con la televisión encendida en un canal del tiempo, anunciando los cambios de temperatura. La voz de la presentadora la persigue hasta que finalmente llega a su destino y se detiene frente a la puerta de su supuesto compañero inquilino.

Golpea con fuerza.

Escucha un estruendo desde adentro y un par de maldiciones. Sooyoung cruza los brazos y hace una mueca llena de rabia, mirando la puerta cerrada como si esta la hubiera ofendido personalmente. Se queda allí obstinadamente, incluso cuando ya no puede escuchar los ruidos al otro lado.

Vuelve a golpear.

—Kim Dokja, no seas una perra y ábreme ahora mismo.

Oye otra maldición y un suspiro sonoro, lo que le saca una diminuta sonrisa. Después están los pasos, lentos y arrastrados. Han Sooyoung puede imaginar su imagen desganada caminando hacia ella, lo que baja la intensidad de su furia contra él.

Pero luego él abre apenas la puerta y la furia regresa.

—¿Se te ofrece algo, Han Sooyoung-ssi?

Han Sooyoung tiene un tic en el ojo. Extiende la mano y empuja la puerta, haciendo que Kim Dokja suelte una exclamación de sorpresa y tropiece hacia atrás, dejándole lugar para que ella pueda entrar. Sooyoung lo hace, pero sus pasos apenas se escuchan en el aire al prácticamente saltar sobre la otra persona.

Las delgadas manos de Sooyoung se aferran al rostro de Dokja, y parándose de puntas de una manera que hace que le duelan los tendones, presiona su boca contra la de él.

Lo único que recibe a cambio es otro sonido de sorpresa, amortiguado por sus labios, y una mirada horrorizada. Eso la enfada y se pega un poco más, cerrando los ojos mientras envuelve sus brazos sobre el cuello del hombre, obligándolo a bajar a su altura, sólo para agarrar impulso y saltar una vez más, enredando sus piernas alrededor de la cintura de Dokja.

Sooyoung lo siente respirar con más fuerza. También siente que las grandes manos finalmente se mueven, sujetándola por la espalda y bajo los muslos para que no caiga. Pero decide que es mejor concentrarse en el beso que comienzan a compartir; la boca de Kim Dokja se vuelve más flexible y ella aprovecha la brecha, empujando sus labios y moviendo la cabeza para un mejor ángulo. De alguna manera, se convierte en un beso más apropiado.

No se separan, pero él se mueve, sólo para cerrar la puerta.

Sooyoung sabe que ha ganado la discusión.


 

A la mañana siguiente, ella no habla de eso. Porque no necesitan hacerlo. Porque hablarlo es admitir algo que ninguno quiere admitir, así que simplemente se miran un rato y luego se visten y siguen con su día.

Kim Dokja vuelve a preparar el desayuno. Han Sooyoung come en silencio.

Ninguno habla sobre ello.

Hasta que llega la noche, y como si no pudieran dejar el silencio mantenerse entre ambos, lo repiten.

Y sólo después del tercer día, hablan de eso.


 

El tiempo pasa volando, y en pocos meses empezará el otoño. Y luego volverá a ser invierno.

—Creo haberte dicho desde el principio que no soy un indigente —masculla Kim Dokja, mientras hace una mueca incómoda hacia la pila de ropa que Han Sooyoung ha puesto en sus brazos. Ella finge no escucharlo, continuando con su recorrido a través de la tienda de ropa—. Tengo suficiente ropa de invierno para–

—No discutas con tu benefactora —lo interrumpe la mujer, sin fijarse a mirarlo mientras escoge un abrigo blanco.

Dokja frunce el ceño.

—No estaba al tanto de que lo fueras.

—¿Qué? ¿Pagar tus facturas del hospital y dejarte vivir conmigo no es suficiente? —Sooyoung lo mira con una cara de falso desdén, colgando el abrigo contra su hombro mientras se acerca a él. Kim Dokja entrecierra los ojos hacia ella—. ¿Ocupabas algo más en específico? Anda, dile a esta noona, te lo compraré.

Noona , soy mayor que tú —dice entre dientes, con una sonrisa forzada. Señala la pila de ropa cara después—. Y esto es exagerado. No necesito tanto.

—La mitad es para mí.

—¿Aunque todos son de mi talla?

—Es más fácil si sólo lo agarro de tu armario en lugar de buscar mi talla. —Sooyoung se encoge de hombros y desvía la vista al mismo tiempo que Dokja hace una mueca ofendida. Busca con la mirada hasta que lo encuentra; los vestidores—. Bien, vamos allá. Muévete. Luego tenemos que ir a almorzar, ya me está dando hambre.

Kim Dokja suspira pesadamente y se resigna a seguir a la animada escritora que, al parecer, se divertirá mucho a costa de él en este día.

Una sonrisa se asoma por sus labios mientras también acepta el abrigo blanco de Han Sooyoung.


 

Hay una regla tácita entre los dos con respecto a cosas de las que no pueden o no deben hablar; el plagio, desde esa primera pelea, el tipo de relación que comparten, y por supuesto los padres.

Ni Han Sooyoung ni Kim Dokja tienen ganas de abrir esa caja. Desde la primera vez que Sooyoung preguntó, mitad borracha y mitad sobria, si acaso la aversión de Dokja con el alcohol es porque ha tenido un trauma familiar o algo así, dando en el blanco y siendo confirmada por las propias palabras del hombre, ella decidió que no debería volver a mencionarlo. No porque Kim Dokja se lo haya pedido. Él ni siquiera dio detalles, sólo se encogió de hombros con falso desinterés, leyendo un libro en físico por primera vez, y soltó las palabras "bueno, mi padre era un alcohólico, y no fue lo mejor para mi familia". Luego no agregó nada más y volvió a sonreír, sin molestarse en lo más mínimo hacia las latas de cerveza que Han Sooyoung ya había bebido.

Sooyoung tiró todas más tarde en la noche mientras recordaba la mirada vacía en los ojos de Dokja, como si el hombre hubiera hablado mientras fuera otra persona. Ella cree que esa fue una especie de disociación, y si es así, entonces no debe intentar esa charla de nuevo. Han Sooyoung tampoco menciona a la madre de Kim Dokja, temiendo conseguir una respuesta o reacción similar.

De la misma manera, Kim Dokja nunca le pregunta de sus padres. Pero un día él encuentra, por accidente, una foto de la graduación de Sooyoung. Reconoce a las personas en la imagen, pero cuando intenta mencionarlo, ve a Han Sooyoung poniendo una mueca y fingiendo que no ha visto eso.

Dokja investiga después, y no necesita atar muchos cabos . Él sella su boca sobre el tema.

Ambos se quedan completamente en silencio cuando se trata de sus carentes vidas familiares. Después de todo, los niños heridos seguirán detrás de sus muros incluso si tienen a otro niño cerca. Buscar el trauma y arreglarlo es demasiado difícil, y ellos no son los mejores prospectos de gente capaz de lidiar sanamente con sus problemas. Simplemente no lidian con ello.

Excepto que un día...

Han Sooyoung se queda rígida en su lugar, mientras sus ojos bajan hacia el cuadro de texto que acaba de recibir por mensajería. El número desconocido en realidad no lo es, y la manera de escribir, de dirigirse a ella, es como una quemadura sobre la cicatriz de una quemadura anterior. Sus ojos comienzan a temblar y su mano deja caer la cuchara sobre el plato, echando un poco de comida sobre la mesa y llamando la atención de su acompañante. Pero Sooyoung está más ensimismada en lo que ha terminado de leer.

Sin poder contenerse, se p ara de un salto y sale corriendo mientras pone una mano sobre su boca, deteniendo por poco la avalancha que se derrama sólo en cuanto está frente al inodoro. Vomita lo poco que hay en su estómago hasta que su vista se vuelve borrosa y se siente mareada.

Cuando acaba, escupe con asco una última vez y jala la cadena. Mientras escucha el tanque llenarse, también nota los pasos que se acercan al baño. No necesita levantar la mirada para saber que Dokja ha venido detrás de ella.

Él se queda en el marco, dudando sobre si entrar a confortarla o simplemente darle su espacio. O dudando en sí sobre si será capaz de hacer algo así.

—A-ah... ¿Sooyoung...? ¿Estás...?

—Si me preguntas si estoy bien, voy a tirarte una botella de champú entre los ojos.

—No, iba a preguntarte si estás... Bueno...

Han Sooyoung levanta la cabeza y le dedica una mirada confusa. Kim Dokja se queda en silencio un momento y luego hace un par de señas con las manos mientras pone una mueca nerviosa. Afortunadamente, ella lo entiende sin palabras, pero eso no significa que se sienta mejor.

—Dios, no —gruñe, moviendo una mano en el aire—. No estoy embarazada, bastardo. Me hice una cirugía hace tres años.

—... No estaba enterado de eso.

—Ahora lo estás —bufa, poniéndose de pie y tirando su cabello hacia atrás. Hace un sonido de asco cuando encuentra algo de vómito en él, y rápidamente lava sus manos y trata de limpiarse ese rastro—. Y si quieres saber por qué tuve está reacción, no te preocupes, no es tu comida. No soy tan débil como para no tolerar lo que cocinas.

—Eso no suena como un cumplido.

—Son mis padres. —Como si no hubiera escuchado las palabras de Dokja, s e gira y enseña una mueca de asco—. Me acaban de enviar un mensaje, quiere que me reúna con ellos para que "conozca a mi nuevo hermanito y comparta la alegría de la familia". ¿No es eso ridículo?

—Probablemente. ¿Quieres ir?

—Demonios, claro que no. No... —Su voz baja gradualmente y su rostro se torna pensativo, hasta que de nuevo la adorna otra sonrisa. Sus ojos felinos se detienen sobre Kim Dokja—. No sola, al menos.

Kim Dokja siente escalofríos, pero antes de que pueda negarse a cualquier tipo de plan, Han Sooyoung lo arrastra.

Más tarde, en una reunión en algún restaurante demasiado caro, él es presentado frente a los padres de Han Sooyoung como el prometido.

Y después de eso, ambos se ríen de la fechoría.

Y ninguno vuelve a hablar de eso. Nunca más. Porque esta vez son cuatro temas dentro de la caja, y ellos no abren esa caja.


 

Es navidad para cuando Kim Dokja usa el abrigo blanco por primera vez.

Han Sooyoung lo compara con un muñeco de nieve cuando salen después de la primera nevada, pero luego se retracta y dice que ningún muñeco de nieve es tan feo como él.

Como venganza, él se encarga de comprar champaña en lugar de vino, y Han Sooyoung no puede embriagarse hasta año nuevo.

Y en año nuevo, mientras ven los fuegos artificiales en el balcón y Sooyoung está lo suficientemente ebria como para poder pensar correctamente en las consecuencias de sus acciones, saca un tema inesperado.

—Me pregunto qué habría sido de nosotros si no te hubiera detenido de saltar de esa ventana aquella vez.

Ella no menciona la tarde nevada, el Ferrari amarillo y un hombre de traje desgastado. Ella sólo recuerda ese día, esa primera visita.

Pero antes de conseguir una respuesta, cierra los ojos.

No puede ver la expresión de Kim Dokja y se queda dormida hasta el día siguiente.


 

—Si escribiera un libro, ¿lo leerías?

Escucha una respiración al otro lado de la línea. Han Sooyoung espera pacientemente, mientras sus ojos se mantienen fijos en la hoja en blanco que le enseña la pantalla de su computadora.

Finalmente, oye un resoplido, que parece divertido.

Si viene de tu corazón, por supuesto.

—Eh, todos mis trabajos vienen de mi corazón —se defiende, pero a pesar del tono bromista, se traga el hecho de que el muro de malentendidos sigue allí. Decide que puede soportar más tiempo sin derrumbarlo y se concentra en lo importante—. Pero sí lo leerías, ¿no es así?

Acabo de decirte que sí. ¿Necesitas un comprobante escrito?

Sooyoung sonríe un poco mientras alcanza su portátil y lo pone sobre su regazo. Sus dedos se detienen sobre las teclas.

—Entonces, ya puedes ir esperando tu regalo de cumpleaños.

Entre una emoción intensa y la inspiración derramándose desde su mente y corazón hasta las puntas de sus dedos comenzando a moverse, ella no nota el silencio repentino de la otra persona. No hasta que lo escucha respirar de nuevo.

Lo estaré esperando —dice Dokja, y aunque Sooyoung sabe que está sonriendo sólo por su voz, algo incómodo se asienta en ella.

Aun así, no se detiene, dispuesta completamente a terminar este trabajo antes de que llegue ese día.


 

Es a comienzos de febrero que ella lo nota.

Kim Dokja ya casi no pasa tiempo en el departamento.

Ella no lo confronta para saber qué ocurre, atribuyéndole al hecho de que ahora él tiene un trabajo en una empresa reconocida (si Sooyoung ha movido un par de hilos para que fuera así, ella es la única que necesita saberlo) y que debe estar tomando horas extras para alcanzar un mejor puesto. Han Sooyoung cree que lo conoce lo suficientemente bien como para notar su, normalmente oculto, espíritu de competencia. Así que no hace preguntas y lo deja ser, saludándolo si llegan a encontrarse y comiendo juntos como normalmente lo hacen, los días en los que ninguno está ocupado, los cuales son pocos. Sooyoung también trabaja incansablemente, obligando a su cerebro a extraer todas sus ideas tanto como pueda. Después de todo, también tiene una fecha límite que cumplir si no quiere que su editor la abandone de verdad esta vez.

Pero cuando se detiene, ella se da cuenta; su departamento se siente vacío. Como si nadie además de Han Sooyoung lo estuviera habitando.

Eso le provoca escalofríos.

Deteniendo sus dedos sobre el teclado, se reclina hacia atrás en su asiento, mirando de un lado a otro la desolada cocina. Sólo el vago sonido de la televisión encendida es lo que la acompaña como ruido de fondo. No recuerda en qué momento la encendió, pero sabe que es un hábito adquirido de la soledad. Aunque esos hábitos habían empezado a menguar desde que Kim Dokja había comenzado a hacerse espacio en su vida.

Ella lo recapitula, mordiéndose el interior de las mejillas mientras recuerda su primer encuentro. Fue una tarde nevada. Este año no hay nieve, ya se está derritiendo para dar paso a una primavera prematura (de nuevo, el maldito calentamiento global haciendo desastres con las estaciones), y aunque el cumpleaños de ese tipo está a la vuelta de la esquina, ninguno había hablado de eso. Mucho menos Dokja.

Sooyoung ha aprendido, desde su primer encuentro oficial, que no es una buena fecha.

Pero es por eso que ha estado escribiendo. Ella tiene que darle algo bueno ese día. No puede dejar que el recuerdo más memorable que compartan en esa fecha sea del casi choque y casi suicidio desde la ventana de un hospital. Es impensable. Han Sooyoung no se convertirá en un mal recuerdo.

Un resoplido escapa de sus labios, y luego el sonido de su estómago resuena por el cuarto. Sooyoung hace una mueca, maldiciendo cuando observa el reloj en la pared de la cocina y se da cuenta de que ya han pasado suficientes horas desde su última comida.

Pero también se da cuenta de que nuevamente tendrá que cenar sola.

Dokja todavía no ha llegado, y probablemente no vaya a hacerlo.

—Mierda —masculla, más irritada de lo que es capaz de admitir ante la sensación pesada que comienza a asentarse en su pecho, al notar que será otra comida en soledad. No, ella no está triste por eso. Ella ha estado viviendo sola prácticamente toda su vida, no hay razón por la que se sentiría así en este punto—. Maldita sea.

Cierra su computadora con más fuerza de la necesaria. Se pone de pie de un brinco y agarra su teléfono de la encimera.

Se detiene.

No, pedir comida a domicilio otra vez es una idea aburrida.

Con un bufido, camina hacia la salida del departamento, alcanzando sus llaves, un abrigo y poniéndose los zapatos en el camino. Guarda la billetera en un bolsillo y sale sin dar segundas miradas a los vecinos.

Afuera hace frío, pero por alguna razón, es menos horroroso que estar adentro.


 

Han Sooyoung no recuerda la última vez que ha cocinado algo decente. Es más, ni siquiera recuerda que alguna vez haya cocinado.

Y aun así, aquí se encuentra, en mitad de un minimercado, fingiendo que puede encontrar las diferencias entre dos paquetes de carne de cerdo y cordero. Ella no tiene idea, pero por si acaso, pone una cara pensativa, sólo hasta que las personas a su lado se alejan. Cuando está sola, tira amb a s elecciones  a su canasto de compras y sigue hacia otra sección.

Ella realmente no sabe cocinar, lo sabe. Pero siempre hay una primera vez para todo. Además, es una genio, está segura de que será pan comido. Sólo tiene que practicar un poco, y cuando alcance a hacer una comida aceptable, podrá agregar otra sorpresa al paquete de regalos de Kim Dokja. Ese hombre le estará debiendo mucho para entonces, pero Sooyoung es una mujer generosa y simplemente lo obligará a comer los tomates que tanto desprecia.

Con eso en mente, una gran sonrisa asoma por su rostro, mientras sus manos siguen cargando una bolsa de tomates al canasto. Si ese hombre adulto de treinta años no aprende a comer tomates por las buenas, lo hará a la manera de Sooyoung. Ella no piensa compartir su vida con alguien con una aversión tan tonta.

Se detiene abruptamente, casi dejando caer la salsa de soya que apenas ha conseguido alcanzar de un estante por encima de su alcance. Sus ojos se abren un poco más y su boca forma una línea, y su mente queda en blanco por un momento más.

Luego, como si todo su entusiasmo se hubiera ido como una nube de lluvia matutina, ella se acuclilla en el suelo mientras lleva sus manos a los lados de su cabeza, intentando callar voces que suenan sospechosamente como ella.

—No… No, es un error —se dice a sí misma, en la soledad del pasillo de especias. Bueno, casi soledad. Un hombre llega y la ve, pero pronto se aleja con una cara nerviosa. Han Sooyoung lo ignora mientras se levanta de golpe y niega con la cabeza, agitando la botella de soya hasta crear burbujas mientras hace una mueca. Su rostro se pinta de rojo—. No, definitivamente no me gusta ese perdedor de esa manera. No es así.

Está hablando sola, como una completa lunática. Sooyoung ya lo sabe, pero necesita parar esa parte de su conciencia que le grita sobre lo que ha estado tratando de amortiguar desde hace meses. No puede aceptar tal barbarie.

Ellos nunca hablan de su relación por una razón. No son más que amigos, no hay romanticismo. Se ayudan mutuamente… O algo así. Bueno, Kim Dokja había sido el más beneficiado. Han Sooyoung sólo quiso adoptar a un gato callejero que en realidad era un hombre adulto con una cara (ligeramente por encima del) promedio, bromas absurdas, un gusto extraño por la lectura y… Y esta mirada vacía que anunciaba que moriría en cuanto ella le quitara los ojos de encima.

Han Sooyoung traga pesado. Con lentitud, agrega la salsa de soya a las compras y se queda mirando el estante frente a ella, con una expresión en blanco no tan en blanco.

A ella no le gusta Kim Dokja. Ella no lo quiere. Ella no lo ama. Porque ese hombre es lo que ella más odia de la vida.

Del tipo capaz de abandonarla a la menor oportunidad.

Han Sooyoung ya ha sido abandonada muchas veces. No quiere agregar más a la bolsa. Entonces está bien con que su relación con Dokja no tenga nombre; tal vez son amigos, amigos que en realidad viven juntos, tienen demasiadas cosas en común, que fingen que son pareja para conseguir descuentos y molestar a padres molestos, y que tal vez también comparten cama más seguido de lo necesario, pero no va más allá de eso.

Ellos no son una pareja. Sooyoung no lo toleraría si fuera así.

Así que ella simplemente alcanza una botella de picante y piensa en que podrá agregarle una pizca extra a la comida de Kim Dokja sólo para verlo lloriquear.

Una sonrisa asoma por sus labios y sigue al otro pasillo.

Entonces, se detiene abruptamente.

Sus ojos se topan con una espalda que reconoce de inmediato.

Antes de poder pensar, salta a un lado, escondiéndose detrás de una estantería y asomando la cabeza para ver de nuevo; efectivamente, es Kim Dokja quien está allí. Él está usando todavía su traje de trabajo, pero se ha quitado la chaqueta y cuelga sobre uno de sus brazos mientras está revisando su teléfono. Sooyoung se pregunta si no tendrá frío s ólo con la camisa, pero ese pensamiento se disipa cuando se da cuenta de lo que está pagando.

Una bolsa de paletas. Paletas de limón. Y es la marca que Han Sooyoung suele comprar.

Sooyoung se pregunta por qué él estaría comprando eso, y su respuesta viene en modo de vibración. Su teléfono, guardado en el bolsillo de su suéter, recibe un mensaje.

Ella lo saca y revisa, con la ligera esperanza de que sea lo que piensa. Lo es. Un mensaje de Dokja .

Lo siento, llegaré tarde. Cena sin mí.

Toda la diminuta emoción que Han Sooyoung había sentido se disipa. Ella no lo entiende. ¿Por qué ese bastardo diría que llegaría tarde, si estaba literalmente a dos calles de casa?

Cuando vuelve a levantar la mirada, no lo encuentra.

Han Sooyoung sale de su escondite con pasos lentos. Mira su bandeja de mensajes otra vez.

Su mano tiembla y sus dientes se aprietan. Ella deja el cesto en un estante y corre hacia la salida.

—¡Kim Dokja…!

Sin embargo, cuando ya está afuera, no encuentra señal alguna de ese hombre.

Sooyoung regresa a casa refunfuñando. Su estómago continúa gruñendo, pero ella lo calla con un par de latas de cerveza compradas en un impulso, bebiendo una tras otra hasta que el techo de la sala comienza a girar y ella quede dormida sobre su computadora, con un archivo ya casi terminado.


 

Al día siguiente, se despierta en su cama, con la ropa cambiada y pastillas para la resaca en la mesita.

No encuentra a Kim Dokja, pero encuentra el desayuno y una nota.

Ella tira la carta y deja a un lado el omurice. Agarra una botella con agua y se dirige a su cuarto con su computadora.

No ve a Dokja el resto del día, pero tampoco sale de su cuarto para comprobar si en algún momento habrá llegado.


 

Ellos pasan dos semanas sin encontrarse cara a cara. Han Sooyoung sólo recibe mensajes, pero no los contesta. Kim Dokja no la presiona, probablemente demasiado ocupado en sus propios asuntos como para molestarse por ello.

El catorce de febrero, Han Sooyoung envía su trabajo terminado a su editor. Ella no espera las palabras del hombre, sólo le pide que empasten una copia y que se la envíen lo antes posible. Su editor hace preguntas, pero Sooyoung evita responderlas.

Ella sale de su cuarto ese día, s ólo para encontrarse a Kim Dokja sentado en la cocina, jugueteando con una paleta de limón.

A pesar de la cara que pone Han Sooyoung, y de la imagen desgarbada que debe tener luego de no haber tocado un peine en dos semanas ni usado nada más que un par de camisetas y pantalones desgastados, Dokja se ilumina al verla. Aunque iluminarse podría ser una exageración. Sooyoung no ha visto una sola sonrisa alegre en la cara de este hombre en el tiempo que llevan juntos.

Hoy no es la excepción. Pero él todavía sonríe. Es tenue, pero mucho más suave que cualquiera que viene acompañado con una broma o una burla molesta. Y luego él se pone de pie y se acerca a ella y—

Sooyoung tiene que detenerlo antes de que su espacio personal sea violado. Le frunce el ceño, y sólo por dignidad no le bufa como una gata arisca.

—¿Qué estás haciendo? —inquiere, mirándolo con sospecha.

Kim Dokja parpadea, frunciendo el ceño con extrañeza.

—¿Nada? —responde, como un mentiroso. Han Sooyoung siente que su cabeza palpita y aprieta los puños, muy dispuesta a golpear el plexo solar de este idiota si empieza a ser un imbécil—. Sólo quería ver si no estabas muriendo por la resaca.

Estoy bien —puntúa, demasiado hostil. Si Kim Dokja lo nota, no parece querer mencionarlo—. Y es soportable. Pero más importante, ¿qué haces aquí?

—¿No vivo también aquí? ¿O me echaste y no estaba enterado?

Han Sooyoung se siente tentada a responder que sí, pero aprieta los dientes.

—¿No deberías estar en el trabajo? —ella finalmente señala, sonando demasiado resentida. La realización de que probablemente está viéndose como una mocosa haciendo un berrinche le hace arder las orejas, pero permanece firme.

Kim Dokja vuelve a guardar silencio otro momento, antes de volver a sonreír.

—Tomé el día libre —explica él, tomándola por sorpresa. Luego Dokja le extiende la paleta de limón—. Además, probablemente no leíste la carta que te dejé hace dos semanas, ni el resto que te dejé por la casa, ya que decidiste dedicarte al ostracismo y encerrarte en tu habitación y no contestar mis mensajes. —Más rubor sube por la cara de Sooyoung, pero ella sólo arruga la nariz y finge no estar afectada, aceptando el caramelo con agresividad. Kim Dokja no hace ademán de molestarse, probablemente más divertido por su arrebato—. Pero tenía planes para hoy.

—Oh, dios, no te atrevas —ella lo corta, desenvolviendo la paleta y llevándosela a la boca de inmediato, mientras mira mal al hombre—. No estamos en esas, Kim Dokja. No te atrevas a intentar arrastrarme al capitalismo de este día de mierda. No quiero que me compres alguna basura romántica.

—No pensaba gastar un centavo en ti, de cualquier manera —dice, y Han Sooyoung sabe que es una mentira. Él le ha comprado esta marca de dulces estúpidamente cara, pero ella no lo señala. No quiere delatarse—. Pero ya que hoy es el día en que terminaste tu libro…

Han Sooyoung siente que sus neuronas conectan de inmediato.

Claro, por supuesto. Es por eso. Este día no tiene que ver con ella, ni con sus sentimientos complicados, ni con los inexistentes sentimientos que ella ha pensado que Kim Dokja alberga. No es un día de romance, es sólo el día en el que él podrá leer algo de ella. Él no ha actuado amable porque la quiera a ella, sino porque ella le había dicho que podría leer su trabajo.

Es como un balde de agua fría.

Han Sooyoung tiene que tomarse un momento para lidiar con la sensación de sentirse asquerosamente estúpida por primera vez.

Aun así…

—Hoy no es tu cumpleaños —dice Han Sooyoung, con voz firme. Dokja parpadea.

—¿Sí? Lo sé.

—Dije que sería tu regalo de cumpleaños —declara, dándole una mirada fría—. No es tu cumpleaños. Espera hasta mañana.

Kim Dokja se desinfla. O algo parecido a eso. En realidad no hace mucho más que bajar los hombros y borrar parte de su sonrisa.

Él suspira.

—Ya veo. Entiendo. Qué cruel.

—No es nada.

—¿Quieres desayunar?

Han Sooyoung asiente antes de darse cuenta, y luego, cuando ya se encuentra a mitad de terminar su plato, se da cuenta de esto.

Lo cómodo que es volver a comer con compañía.

Pero a pesar de eso, la sensación de enojo persiste. Ella todavía no perdona a este idiota por los días sin comunicación y las mentiras (aunque sabe, en el fondo, que tampoco hizo mucho para cambiar eso). Así que el resto del día se la pasa poniéndole mala cara.

Kim Dokja, en lugar de molestarse por eso, pincha su nariz en cada oportunidad y luego le habla de los libros que ha leído. Sooyoung no lo quiere escuchar, pero lo hace. Ella lo hace porque, incluso si está enojada y lo odia con fervor, no puede evitar maravillarse un poco ante los vagos momentos en los que los ojos de Dokja comienzan a brillar.

Pero bajo la capa cálida hay algo frío. Han Sooyoung, que no sabe nada, sólo finge que es su rabia y deja que las horas juntos sigan corriendo.

Cuando llega la noche, cuando llegan media noche, Sooyoung le desea feliz cumpleaños a regañadientes y va a dormir a su habitación con la excusa de que la suya propia está sucia y no tiene ganas de limpiar.

Kim Dokja no dice nada más después de las doce, excepto una cosa.

—Me hubiera gustado leer tu novela hoy.

Han Sooyoung, ya casi dormida, sólo puede contestarle en su inconsciencia.

—Lo leerás mañana.

Ambos se duermen mientras afuera comienza a nevar.


 

En la mañana, Han Sooyoung se levanta sin nadie más que ella misma.

No se preocupa por eso, y soporta las ganas de maldecir a Kim Dokja. Ya podrá molestarlo más tarde, cuando ordene este pastel súper caro y le cante una vergonzosa canción de cumpleaños, hasta ponerlo lo suficientemente incómodo que quede rojo como un calamar salteado en salsa de tomate.

Con el plan claro, sale de la cama con ánimos.

Pero no encuentra a Kim Dokja en el comedor, donde debería estar a estas horas. En su lugar, lo único que hay es un desayuno, sin notas esta vez.

Pero hay otra paleta.

Han Sooyoung, llenándose de enojo, revisa su teléfono. No hay mensajes, y cuando intenta enviárselos a ese tipo, se da cuenta de que no llegan. Tiene el teléfono apagado.

Sooyoung se llena de frustración. Alcanza la paleta en la encimera, pero antes de lanzarla, nota por el rabillo del ojo otra más, junto a la estufa. Y luego otra, sobre el refrigerador.

Y otra en el piso del corredor.

Y en la sala. Y en el sofá. Y en la mesa. Y frente al televisor.

Y en el balcón.

Sooyoung l a s recoge tod a s, sin entender, preguntándose por qué ese bastardo haría una cosa cursi como esta. Aun así, sigue los rastros, mientras una parte de sí misma comienza a emocionarse, dejando bajar la furia y convirtiéndose en diversión.

Junto al último caramelo, encuentra un juguete. Un pequeño auto amarillo.

Han Sooyoung no necesita pensar mucho antes de deducirlo, así que se viste con algo más abrigado y baja al estacionamiento.

Cuando llega a su auto, encuentra una paleta junto al asiento, junto con una nota.

Ella se ríe. Enciende el auto y conduce en dirección a donde supone que Kim Dokja le ha dejado claro que estaría. La nota es una señal, está segura.

Sin embargo, aunque el día está lleno de nieve como el año pasado, esta vez hay tanta gente. Hay tanta gente que, por un momento, Sooyoung teme no poder llegar a distinguir la cara de Kim Dokja de entre la multitud. Aun así, ella sigue conduciendo, hasta que llega hasta su destino.

Se detiene en el semáforo y mira más allá, a la estúpida calle donde comenzó todo.

Y, sin embargo, no ve a Kim Dokja por ningún lado.

Las luces se ponen verdes y los autos pitan mientras ella busca un poco más, antes de rendirse y seguir conduciendo.

Han Sooyoung da un par de vueltas por la manzana antes de decidir detenerse y bajar del auto, pero incluso si lo busca, no encuentra a Dokja por ningún lado. Y el exceso de gente comienza a molestarla. Por un momento, desea que vuelva a ser como la vez anterior, sólo con ellos dos en mitad de la nada y con una pronta tormenta de nieve amenazándolos en un día de mierda como ningún otro.

Entonces, de la nada, su teléfono comienza a sonar. Un poco esperanzada, mira la pantalla, pero su emoción se apaga cuando se da cuenta de que no es Kim Dokja.

—¿Qué es? —inquiere, un poco demasiado hosca, hacia su editor.

Me sorprende que suenes decente y no como si acabaras de despertar —se burla el hombre. Sooyoung chasquea la lengua.

—Estoy en mitad de algo. ¿Para qué me llamas?

Ya envié el manuscrito a tu departamento, llegará en una hora. Según leí, es bastante…

—Sólo dime si se venderá o no. No necesito escucharte alabarme.

Después de todo, las únicas alabanzas que necesita oír deben venir del idiota que está intentando encontrar.

... Lo hará.

Ella se ríe por lo bajo.

—Por supuesto.

Corta. Vuelve a guardar el teléfono y comienza a caminar lentamente, hasta llegar a esa tienda que antes había sido la única abierta. Se detiene un momento, mirando a través de la ventana una televisión encendida, donde están pasando reportes del clima.

No habrá más nieve en el futuro.

Frustrada por un búsqueda sin éxito, Han Sooyoung vuelve a sacar la nota que había guardado y lee la única línea allí escrita.

No fue un buen primer encuentro, ¿verdad?

La lee y relee, y sólo después siente que entiende.

Corre a toda velocidad hacia su auto otra vez. Choca con un par de personas en el camino, pero ignora los gemidos ofendidos y los gritos, y luego conduce hacia el hospital.


 

Han Sooyoung se encuentra con una habitación de hospital completamente vacía.

Aún con las luces apagadas, ella camina hacia la cama hecha, sin indicios de que alguien se hubiera recostado allí recientemente. Pero Han Sooyoung puede evocar una imagen; un hombre demasiado cansado de la vida… O un niño demasiado cansado de vivir. Ambos acostados entre las sábanas blancas, con cables y mirando el techo con ojos vacíos.

Ella no tiene idea de por qué recuerda a alguien así, pero está allí. Ahora mismo, con las luces apagadas, puede ver a un Kim Dokja mucho más pequeño. Sooyoung no sabe si es su imaginación o un recuerdo verdadero, pero los sentimientos que le transmite hacen que todo su temple flaquee dolorosamente como nunca lo ha hecho. Un único pensamiento es la última baraja del castillo de naipes que tiene enfrente.

Kim Dokja está solo.

Los ojos de Han Sooyoung se desvían hacia la ventana abierta de la habitación. La brisa que entra hace ondear las cortinas.

Ella aprieta los labios cuando lo ve allí. Una paleta, justo en el marco.

Se acerca, con pasos pesados, arrastrando los pies. Sus brazos y piernas están entumecidos y no está segura si lo que siente en su boca es sangre, por morderse la lengua. Sus ojos arden, pero están secos. Y cuando finalmente llega a la ventana…

El vacío la saluda, pero ella sólo agarra el caramelo.

Un buen primer encuentro. Un buen primer encuentro.

Un mal primer encuentro, con una niña abandonada encontrando a un niño que desea la muerte.

Y luego un segundo encuentro, con una mujer abandonada encontrando a un hombre que desea la muerte.

Si en un futuro, Han Sooyoung mira hacia atrás, hacia este momento, ella no dirá que fue capaz de llorar por alguien así. Pero ella tampoco lo negará.

Sooyoung come el caramelo, mete las manos en los bolsillos de su suéter morado y se da vuelta. En su mente, comienza a planear la próxima historia que deberá escribir.


 

Cuando llega a casa, encuentra una caja frente a la puerta.

Ella lo deja allí.

Camina hacia la sala, enciende el televisor. No lo mira, sólo escucha el ruido mientras camina hacia la cocina. Están pasando la noticia sobre una muerte en la estación, pero Sooyoung sólo puede pensar en que ahora tiene demasiados dulces guardados.

Ella se sienta en el comedor y come otro más. Su mirada se pierde en ninguna parte, hasta que finalmente el cansancio de las emociones de este día la alcanzan, y descansa su cabeza sobre la mesa.

Pero antes de quedar inconsciente, cree escuchar la puerta principal abrirse.

Ella no se levanta para saludar a Kim Dokja.