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Pasión prohibida

Summary:

El padre Lorenzo Quart visita Tierra Santa para renovar sus votos como sacerdote, para reafirmar su compromiso con Dios y para purificar su alma tras los pecaminosos incidentes que sucedieron un año atrás durante su misión en Sevilla. Durante su peregrinación por el Santo Sepulcro conoce a un extraño y enigmático rubio llamado Thomas en domingo de ramos, que ha quedado prendado de él desde el primer instante, y que no pierde la oportunidad de coquetearle. Quart no podrá evitar la atracción mutua en tan sagrado lugar, pero ¿volverá a caer en la tentación?

Chapter 1: Un nuevo extraño encuentro con la tentación

Summary:

Tras los oscuros acontecimientos de su misión en Sevilla, el padre Lorenzo Quart viaja a Tierra Santa en busca de un nuevo inicio espiritual. Su meta es purificar su alma y reafirmar sus votos ante Dios. Lo que no sospecha es que la prueba más difícil no vendrá del pasado, sino de un enigmático rubio llamado Thomas, quien lo aborda en el Santo Sepulcro durante el Domingo de Ramos. Cautivado por el porte del sacerdote, Thomas inicia un asedio de coqueteo sutil y provocador que tambaleará la rígida disciplina de Quart. En medio de la atmósfera mística de Jerusalén, una atracción prohibida florece en secreto. ¿Será Thomas su perdición o el examen definitivo para sus votos?

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

                                                                 

 

Chapter 1 - A Strange New Encounter with Temptation

Israel, Jerusalem. Wednesday March 29, 2023

Garden of Gethsemane

Eran cerca de las 4:00 pm cuando el padre Lorenzo Quart se encontraba en el huerto de Getsemaní orando con dedicación en un acto de reivindicación de su alma. Bajo la luz dorada de la tarde, el sacerdote se mantenía erguido como una columna de mármol de 1.89 metros. El silencio del Huerto de Getsemaní solo era interrumpido por el leve susurro del viento entre las hojas de los olivos milenarios. Quart, con su disciplina vaticana intacta y su rostro de mandíbula firme, buscaba en la oración una purificación que sentía esquiva tras los oscuros incidentes de Sevilla ocurridos un año atrás.

Pasó largo rato reflexivo de pie junto a uno de los grandes árboles de olivo, que seguramente eran tan viejos que debían haber sido testigos de lo acontecido hacía poco más de dos mil años cuando Jesús de Nazareth había orado y sido apresado en ese mismo lugar para su injusta ejecución.

Durante las últimas semanas el padre Lorenzo Quart había regresado a la intensidad de su labor para el Instituto para las Obras de Religión. El atractivo padre, cuya disciplina se había forjado durante más de dos décadas de sacerdocio, buscaba ahora en Jerusalén la redención que su alter ego herido todavía le exigía en silencio.

Había llegado a Tierra Santa recién la noche anterior desde Roma y apenas había desempacado sus maletas en el recinto donde ahora se hospedaría. Se trataba de una posada instalada no muy lejos de la vía dolorosa, que fungía como tal desde hacía décadas atrás fundamentalmente para las congregaciones jesuitas justo como la que había venido a tierra santa junto con él. La posada, un recinto histórico para su orden, servía como base de operaciones mientras Quart procesaba los ecos de sus misiones pasadas.

Tras arribar a Jerusalén no se había separado de su pequeño grupo durante las primeras horas, pero cuando terminó de instalarse en la sobria posada jesuita cerca de la Vía Dolorosa decidió no esperar para comenzar a recorrer los sitios más importantes de la ciudad por sí solo, aquellos sitios que resultaban especialmente importantes para la cristiandad.

Quart no iba a permitir que el cansancio del viaje desde Roma mermara su rigor. En cuanto pudo separarse de su congregación, sus pasos, firmes y decididos, lo llevaron directamente al Huerto de Getsemaní, un escenario que resonaba con su propia lucha interna entre el deber y la tentación.

Era un hombre de Roma, un jesuita que vivía en el Vaticano. Desde hacía un par de décadas gracias a que debido a sus excelentes méritos durante su sacerdocio la congregación le había asignado a un importante cargo dentro del Instituto para las Obras de Religión. Había vuelto al Vaticano hacía un par de meses atrás tras cumplir una misión en américa del sur, en Colombia, donde había pasado cerca de diez meses, después de aquella misión especial que había desempeñado con relativo éxito en Sevilla, en España, hacía un año atrás.

Aunque le reconfortaba haber cumplido con su misión altruista en Colombia, también le reconfortaba volver al Vaticano y a sus funciones dentro del Instituto para las Obras de Religión. El Vaticano era después de todo la ciudad que lo había visto terminar de consagrarse a Dios. Pero a pesar de todo seguía siendo sólo un hombre, un simple hombre que sin quererlo había heredado innatamente rasgos atractivos que cualquiera podría creer derivaban en la vanidad y que seguramente incitaban también la envidia de otros. Un hombre apuesto pero pío a su religión, convencido de llevar la palabra de Dios a los laicos y llevar a cabo los sacramentos con religiosa ortodoxia, un hombre pío que sin embargo había caído en la tentación de la carne al menos un par de veces. Era un solo un hombre, a pesar de todo.

La última vez que había sido tentado a los deseos lascivos había sido hacía justamente un año, durante aquella fugaz misión en Sevilla, en España, cuando extraña e inevitablemente se había sentido fuertemente atraído por la bella señora Macarena Bruner. La atracción entre ambos había sido mutua. Ciertamente al final había cedido, aunque una sola vez. Ella había sido quien le había coqueteado con temeridad desde un principio, constantemente incitándolo a encontrarse a solas y a tratar de seducirlo, siempre con su evidente sensualidad, pero al final tras lograr su cometido ella lo había apartado cual producto desechable, aún si él había estado dispuesto en un arrebato a renunciar al sacerdocio sólo para unirse a ella. A pesar de la pasión desbordada ella realmente nunca le correspondió enteramente, y eso al final decepcionó mucho a Quart, no solo en el amor sino también a él mismo por haber faltado a sus sagrados votos por una mujer. De esa forma, el padre habría estado a punto de perder todo lo que había logrado. Todo por una mujer banal.

Incluso si sólo había existido un efímero encuentro entre ellos, de una sola noche, Quart no podía evitar sentirse excesivamente culpable. Había faltado a sus votos, había caído en la tentación de la carne por esa sensual mujer, había cedido a su impulso de ser un simple hombre más que un cura. Con ello se habría condenado su alma, pero se había confesado con el padre Ferro casi tan pronto como aquel incidente había sucedido. Su alma ahora estaba redimida de nuevo.

Ahora, a un año de distancia, se alegraba de no volver a ver más a Macarena, después de todo ella no lo amaba, jamás lo había hecho, y Quart realmente deseaba que no tuviera que volver a tener su presencia cerca porque no estaba seguro si esta vez podría ser lo suficientemente fuerte de resistirse a sus deseos humanos. También esperaba que no tuviera que volver a sentir una inexplicable e ineludible atracción por nadie más cómo la que la bella Macarena había despertado en él, que había sido incluso más fuerte que la que ya le había causado aquella otra mujer hacía muchos años atrás, cuando recién se había ordenado sacerdote.

Ciertamente lo de Macarena había sido algo que nunca hubiera imaginado que pudiera ocurrirle a sus cincuenta años. Ella lo había hecho sentir como si de un joven se tratara, tal vez porque desde que era un joven se había mantenido completamente célibe, nunca había faltado a la vocación de sacerdote que siempre había manifestado desde que podía recordar, y mucho menos había faltado a ello después de ofrecer sus votos tras concluir todas las rigurosas pruebas en el seminario.

—señor, jactarse de algo ciertamente es vanidad y eso es un pecado, pero sinceramente me reconforta reconocer que he podido resistir la mayor parte de mi vida a las tentaciones de la carne. Te agradezco infinitamente por iluminarme y por brindarme toda esta fortaleza. Prometo no caer nunca más, padre mío. Ni siquiera una sola noche— musitaba el padre Quart hincado frente al altar de la excelsa iglesia que se había erigido para los cristianos católicos que decidían visitar el santo sepulcro en Jerusalén.

Aun con todos sus rezos la carga de Sevilla pesaba más que cualquier informe financiero del IOR. En la penumbra del huerto, Lorenzo Quart repasaba mentalmente la fragilidad de su propia armadura. Ahora a sus cincuenta y un años, se descubría vulnerable, un hombre de disciplina férrea que, sin embargo, llevaba grabada en la memoria la piel de Macarena Bruner como una cicatriz de orgullo herido.

Para Quart, el sacerdocio no era solo una carrera de éxito en el Vaticano; era su identidad misma. Sin embargo, el recuerdo de haber estado dispuesto a arrojar dos décadas de servicio por una mujer que lo trató como algo desechable alimentaba una culpa que ni diez meses en Colombia habían logrado disolver.

Varias veces en su vida había estado en Jerusalén, especialmente desde que se había ordenado como sacerdote, pero hacía mucho tiempo desde la última vez que había venido, en especial a los sitios más sagrados de la Tierra Santa. En cada visita aprovechaba para recorrer cada uno de los sitios importantes, y jamás se cansaba de admirar cada uno y de reflexionar y rezar durante largo rato en cada uno de ellos. Tras haber pecado en Sevilla esta nueva visita a la Tierra Santa tenía un significado mucho más fuerte que sus visitas anteriores.

En esta nueva visita aprovecharía además para renovar sus votos. La ceremonia se llevaría a cabo en los siguientes días, previo al comienzo de la semana santa. El padre Quart no podía esperar para ello, sobre todo ahora que estaba convencido de que había logrado encontrar de nuevo un buen equilibrio espiritual.

—he aprendido y me he arrepentido de corazón, señor, y quiero seguir firmemente el ejemplo de San Juan de la cruz y su noche oscura del alma— musitaba reflexivo de pie frente a un viejo árbol de olivo.

A pocos metros, oculto parcialmente por el tronco de un olivo centenario, un hombre, no muy alto y de pelo rubio se detuvo por un momento al clérigo. El rubio, de rostro redondo, de edad madura, pero con una ternura jovial que contrastaba con la severidad del lugar, no pudo apartar de inmediato los ojos de la figura hercúlea del jesuita. Para él, Quart no parecía un simple peregrino; parecía un Dios Romano que había olvidado su toga en el Panteón para vestir el alzacuello. Pero hasta ese momento no se acercaría él, solo lo observaría por la mera fascinación inmediata que le había causado.

Lorenzo Quart notó su presencia a lo lejos. Aquel hombre llamó su atención un instante, solo por el mero hecho de que su pelo rubio platinado contrastaba con el de otros visitantes que se encontraban también en el lugar. Pero aún si en el sitio no estaba presente una multitud, Quart decidió restarle importancia y solo continuó reflexivo con sus rezos entre esos viejos olivos, de todas formas, debía tratarse de un visitante más. De todos modos, así como apareció aquel hombre rubio de pronto se perdió de vista.

Mientras Quart meditaba sobre la traición y el sacrificio de Cristo, no advertía que su propio "Judas" —o quizás su salvador terrenal— ya lo tenía en la mira. Thomas, con su pelo rubio y esa ternura jovial que ocultaba una audacia de décadas, volvía a observar un momento desde un olivar cómo el sol de la tarde subrayaba la mandíbula firme del clérigo.

Para Thomas, ese hombre no era solo un sacerdote; era el privilegio que había estado esperando encontrar en las calles de Jerusalén, un misterio de 1.89 metros que estaba decidido a descifrar antes de que terminara la Semana Santa.

— “Por Dios, ¡qué hombre tan guapo!”

…….

Luego de un rato de rezos y profunda reflexión, Lorenzo Quart se persignó de nuevo haciendo una reverencia y decidió dirigirse al recinto para reunirse de nuevo con su congregación.

En el lugar estuvo hablando con otros sacerdotes acerca del lugar, informándose sobre las ceremonias y demás eventos que se realizarían en los próximos días. Le alegraba saber que después de la crisis de la pandemia todo había vuelto a tomar un curso normal por lo que ya desde el año anterior se habían vuelto a permitir paulatinamente las aglomeraciones. A pesar de que la visita de tanta gente al lugar a veces podría volverlo algo estresante, a Quart realmente le contentaba sobremanera cómo la gran fe de la cristiandad convocaba una vez más a todos esos creyentes. Todavía estaba en desacuerdo con ciertos aspectos de la iglesia católica, sobre todo los abusos de todo tipo que se habían suscitado a lo largo de los años e incluso a lo largo de los siglos, pero eso no evitaba que siempre le diera gran gusto darse cuenta de que a pesar de todo la gente no perdía su fe en Dios y en la cristiandad.

Tras su profunda introspección en el Huerto de Getsemaní, Lorenzo Quart se sentía renovado. La idea de la "noche oscura del alma" de San Juan de la Cruz resonaba en su mente como el mapa perfecto para su redención; después de la tormenta en Sevilla y el arduo trabajo en Colombia, el equilibrio espiritual parecía, al fin, una meta alcanzable bajo el cielo de Jerusalén.

Faltaban pocos días para la renovación de sus votos previos a la Semana Santa. Era un compromiso que Quart se tomaba con una disciplina casi militar, convencido de que su alma estaba, por fin, libre de las distracciones de la carne.

Luego de un rato Quart recorrió de nuevo varios puntos de la ciudad. Aunque ya muchas veces antes los había recorrido, siempre disfrutaba volver a estar ahí y volver a recordar las historias que se contaban de cada uno, y ahora que había pasado la gran crisis de la pandemia le reconfortaba notar que los fieles volvían a Tierra Santa.

Cuando sintió hambre volvió a la posada jesuita donde se estaba hospedando para pedir humildemente algo para cenar. Más tarde se dio una ducha, reparando una vez más en que su atlético cuerpo era demasiado bueno para ser un sacerdote, pero evitando volver a tener pensamientos pecaminosos sobre ello, tal y cómo le había sido imposible resistir hacia un año pensando en Macarena, cuando había llegado incluso a masturbarse un poco pensando en ella.

"Nunca más lo haré de nuevo, Señor... lo he prometido.", masculló Quart, mientras el agua corría por su musculoso cuerpo, evitando que sus grandes manos masculinas se demoraran más de lo estrictamente necesario sobre su propia hombría. Cada roce era una batalla ganada a su alter ego.

En la privacidad de su habitación, bajo el chorro de agua de la ducha, Quart no podía evitar la confrontación con su propia naturaleza. Su atlético cuerpo de 1.89 m, con esa musculatura de bíceps hercúleos y pectorales firmes, le parecía a veces una ironía divina: un envase de Dios Romano destinado al celibato.

Temía que el recuerdo de Sevilla y la debilidad que sintió por Macarena Bruner (aquel impulso que lo llevó a romper su control incluso en la intimidad de su lecho) regresara como una sombra. La masturbación, ese acto que para él representaba la caída del espíritu ante la carne, era ahora una frontera que se juraba no volver a cruzar.

Luego de terminar la ducha, ya seco y vestido con la sobriedad que su orden exigía, se permitió encender un rato la televisión, un medio mundano con el cual había que tener cuidado siempre y evitar consumir su contenido banal en exceso. Decidió ver un poco las noticias. Aunque siempre evitaba ver los contenidos sensacionalistas y sobre todo los hechos violentos, sabía que era bueno siempre estar bien informado sobre lo que acontecía en el mundo, especialmente la interminable tensión entre Palestina y el estado de Israel. Para un hombre del IOR, estar informado no era una opción, sino una necesidad estratégica. Observó las noticias sobre la eterna tensión entre Palestina e Israel, analizando la geopolítica con la mente fría de un agente del Vaticano, pero con el corazón de un hombre que caminaba por esas mismas calles.

Tal y como lo esperó, en las noticias hablaron de las más recientes tensiones suscitadas en la región, las cuales se habían avivado más en esta época porque este año el ramadán de los islámicos, el pésaj de los judíos y la semana santa de los cristianos habían coincidido en los mismos días exactos. Muy mala idea para la ciudad más disputada del mundo por las tres religiones. Aun así, Quart realmente estaba entusiasmado por tener la oportunidad de pasar la semana santa en Jerusalén una vez más, ahora con un pensamiento más maduro, pese a su efímera tentación del año anterior.

Después de mirar las noticias durante un rato, seguido de algún programa en el que volvía a discutir el polémico tema del santo sudario de Turín, el cual él había tenido la maravillosa oportunidad de ver en persona más de una vez, Quart apagó el televisor. El silencio de la posada jesuita, cerca de la Vía Dolorosa, se sentía denso.

Tras apagar el televisor, donde el debate sobre la Sábana Santa le resultó casi familiar, habiendo estudiado sus fibras en persona, Lorenzo se entregó al sueño en la sobriedad de la posada jesuita. Su disciplina mental le permitió dormir plácidamente, convencido de que su "noche oscura del alma" había quedado atrás, sepultada bajo los informes del IOR y la oración en Getsemaní.

El padre Quart durmió plácidamente esa noche para continuar sus recorridos en tierra santa al día siguiente. Mañana sería otro día de purificación, otro paso hacia la renovación de sus votos, pero en la oscuridad de la habitación, el apuesto padre sabía que Jerusalén no solo guardaba piedras sagradas, sino encuentros que ponían a prueba la piedad de los hombres más fuertes.

No podía esperar a que comenzara el domingo de ramos. Él haría el recorrido por la vía santa, e incluso se le permitiría oficiar alguna de las misas en una capilla principal. La perspectiva de oficiar una misa en una de las capillas principales de la Vía Santa le infundía un orgullo pío. Para un hombre de su alta estatura y voz de barítono, el altar no era solo un deber, sino el lugar donde su atractivo innato se transformaba en autoridad divina.

La convergencia de las tres grandes religiones en los mismos días sagrados convertía a Jerusalén en un polvorín de fe y tensión, un escenario que Lorenzo Quart analizaba con la agudeza de un estratega del Vaticano. A sus cincuenta y un años, el sacerdote se sentía blindado por una madurez que, según él, lo protegía de los ecos de Sevilla. A pesar de las tensiones políticas entre el Ramadán, el Pésaj y la Semana Santa, Quart encontraba en ese caos una validación de su misión: llevar la ortodoxia a un mundo que ardía en devoción y conflicto.

……

Jerusalén. 2 de abril de 2023

Domingo de Ramos

Un par de días después el sol del Domingo de Ramos se filtró por la ventana de la posada, iluminando el atlético cuerpo de Lorenzo mientras se preparaba para la jornada. Esa mañana Quart se había despertado incluso más temprano de lo usual, debido al gran entusiasmo que le causaba, pero también porque antes debía encontrarse con algunos otros sacerdotes, tanto aquellos que al igual que él se encontraban de visita, como aquellos que hacía tiempo se habían asentado en Jerusalén.

Desayunó algo ligero. En la posada siempre servían muy buena comida, modesta como los religiosos acostumbraban, pero deliciosa, que realmente no le hacía extrañar su hogar. Como en otros recintos religiosos en el comedor se guardaba siempre la compostura, aunque eso no evitaba que mantuviera diversas charlas amenas con sus compañeros sacerdotes. Siempre había mucho que contarse al respecto, tanto lo que acontecía en Tierra Santa como lo que sucedía en el Vaticano, así como también lo que acontecía en aquellas localidades santas por dónde ahora andaban. El intercambio de palabras enriquecía la amena charla incluso si no se trataban muy a menudo.

—¿entonces has venido también a renovar tus promesas sacerdotales este año, hermano Quart? — inquirió el padre Simón, que se encontraba sentado al lado de Quart, sobre una rústica banca del patio principal del recinto.

—sí, han pasado varios años desde la última vez que hice renovación de mis promesas sacerdotales. Dadas ciertas circunstancias me parece que lo más factible es que vuelva a renovarlas este año— respondió Quart, evitando mencionar el real asunto que lo había hecho decidir renovar sus promesas sacerdotales, ya que le causaba suma vergüenza, algo indigno para un sacerdote católico, haber faltado a su celibato.

Al pensar en ello a su mente venía la imagen de Macarena, coqueteándole temerariamente, pero de inmediato trataba de disiparlo.

—bueno, si no hay inconveniente, debo irme ahora, padre— se excusó el padre Quart y respetuosamente se levantó de la mesa para salir del lugar.

Con el alzacuello perfectamente ajustado y su mirada de ojos azules afilados fija en el propósito del día, Quart salió a las calles empedradas, listo para unirse a la procesión que recordaba la entrada triunfal de Jesús.

A pesar del calor del clima, le sentó muy bien tomar algo de aire libre. Caminó por las viejas calles que ya estaban bastante concurridas a pesar de que todavía era muy temprano, y saludó a varias personas amistosas que lo saludaban al pasar junto. Durante su trayecto no faltaron las personas al azar que se acercaban a él para pedirle una rápida bendición. El alzacuellos siempre delataba que sin duda se trataba de un cura, y su porte serio siempre les inspiraba confianza a los feligreses.

Se encaminó con el propósito de acudir al santo sepulcro, el lugar más sagrado para los cristianos, y que seguramente a esa hora ya debía encontrarse lleno de fieles ávidos de presenciar el lugar donde Jesucristo había sido crucificado, sepultado y resucitado al tercer día cómo lo decían las escrituras.

Bajo el sol de Jerusalén del 2 de abril de 2023, Lorenzo Quart caminaba con la disciplina de un hombre que ha hecho de la sobriedad su armadura. A pesar de los cincuenta y un años y el peso de su historia en el Vaticano, su porte de 1.89 m y sus bíceps hercúleos seguían captando las miradas de los fieles, quienes veían en él la imagen perfecta del clérigo pío y protector.

Mientras avanzaba hacia el Santo Sepulcro, Quart se permitía una pequeña tregua mental. La charla en la posada con el padre Simón seguía recordándole la "vergüenza" que aún guardaba en su interior: la sombra de Macarena Bruner y su desliz en Sevilla. Por eso, su alzacuello perfectamente ajustado no era solo una prenda, era un recordatorio de que su alma buscaba una nueva consagración.

Lorenzo sonrió ante el contraste de las calles semisubterráneas. Reparó en que dichas calles angostas que conducían al santo sepulcro siempre se encontraban llenas de comercio de todo tipo. Hacía mucho tiempo desde la última vez que había visitado Tierra Santa que había olvidado esa peculiar vida comercial que se encontraba justo al lado de tan sagrado sitio, y sonrió ante ello. Su sonrisa se pronunció más cuando vio que en el lugar se podían encontrar incluso artículos de última moda. Inclusive su atención se posó sobre una camisa de algún puesto, cuyo estampado le parecía muy peculiar. No pudo evitar sonreír un poco divertido al imaginar cómo podría verse vestido con alguna de esas modernas camisas. Ese comercio vibrante, con sus artículos de última moda, lo tentó por un segundo. Se imaginó a sí mismo, lejos del negro solemne que le causaba bochorno, vistiendo una de esas camisas modernas; un pensamiento mundano que desechó con la misma rapidez con la que apareció. Desde que había estado en el seminario, hacía más de dos décadas atrás, se había vestido siempre religiosamente de forma solemne, siempre de negro, el mismo color negro que le hacía sentir mayor bochorno por el calor del clima, justo por lo cual en ese momento realmente le apeteció comerse alguna jugosa naranja.

Antes del mediodía Quart también deseaba disfrutar un poco de algunos de los deliciosos aperitivos que Jerusalén siempre le ofrecía, sobre todo de las jugosas naranjas que podía encontrar a la venta casi en cada esquina. Esos eran los pequeños detalles de la vida mundana que siempre se podía permitir disfrutar.

—me vendría muy bien alguna— pensó al ver las frutas acomodadas en algún puesto. El calor de Israel hacía cada vez más mella. Necesitaba el frescor de una jugosa naranja, un pequeño lujo permitido que siempre disfrutaba en sus visitas a Tierra Santa. Se acercó, al tiempo que buscaba en sus bolsillos alguna moneda, y se dispuso a tomar la primera naranja.

—disculpe, ¿cuánto cuestan las…? — preguntó Quart, al acercarse al puesto de frutas, buscando una moneda en su bolsillo. Justo cuando sus dedos estaban a punto de rozar la piel rugosa de la naranja más brillante, otra mano, algo más pequeña y blanca que la suya, se adelantó para tomar la misma fruta, sintiendo el contacto de sus pieles en el instante.

—ah, lo siento— se excusó la suave voz de aquella persona con la que sorpresivamente había tocado la misma naranja. Al voltear, Quart se percató que se trataba de un hombre, de mediana edad, pero de muy buen aspecto, probablemente de una edad similar a la suya, de un pelo rubio tan claro que reflejaba perfectamente el rayo del sol. El roce de las pieles sobre la cáscara rugosa de la naranja había sido como una descarga eléctrica que atravesó la disciplina vaticana de Lorenzo. Sus dedos, largos y fuertes, contrastaban por un instante con la mano más blanca y pequeña de aquel hombre, cuya presencia parecía desafiar la gravedad del entorno sagrado.

Quart levantó la vista y sus ojos azules afilados chocaron con un par de ojos grises llenos de una ternura jovial. Era él: el rubio del Huerto de Getsemaní, vistiendo una camisa polo negra que se le ceñía muy bien a su esbelto cuerpo y que parecía burlarse del calor y de la seriedad del jesuita. Con su rostro redondo y su expresión enigmática, le tendió la naranja a Lorenzo con un gesto casi reverencial.

—lo siento, tómela—musitó el rubio, encontrando su mirada con la de Quart.

—ah, no se preocupe, puede tomarla— respondió Quart en inglés, ignorando si aquel hombre le entendería, para lo cual quiso suponer que sí y sin más se dio media vuelta y buscó con la mirada algún otro puesto cercano de naranjas para no pelear por aquellas. Cuando Quart respondió en inglés con su voz de barítono, Thomas no solo entendió; respondió con una cadencia que parecía conocer los secretos más profundos del jesuita.

—¿Tienen un color magnífico hoy, ¿verdad, Padre? — pronunció más claramente la voz melodiosa de aquel rubio hombre, que Lorenzo pareció reconocer al instante, aunque tal vez solo la había escuchado en sueños o en intuiciones fugaces.

—en efecto— musitó el padre algo serio, internamente sorprendido por la inmediata y extraña impresión que aquel hombre acababa de causarle.

—Parece que ambos buscamos lo mismo para calmar la sed— continuó el rubio, sin apartar la mirada—aunque dudo que una simple naranja sea suficiente para lo que usted busca en Jerusalén, Padre— bromeó el rubio.

Al escuchar al rubio mencionar que "una simple naranja no sería suficiente", Lorenzo sintió que una especie de alter ego despertaba con un rugido sordo. ¿Cómo podía un extraño leer tan fácilmente su sed de redención... o su sed de algo más terrenal? Seguro tal suposición era sólo producto de su imaginación, pensó.

Lorenzo Quart, intentó recuperar su compostura de hierro. Al levantar de nuevo la vista, sus ojos azules afilados se hundieron en el gris magnético de los ojos de aquel hombre rubio, que vestía una camisa polo negra que acentuaba su rostro redondo y su esbelto cuerpo, y que a pesar de ser evidentemente un hombre maduro sin duda emanaba una ternura jovial que Lorenzo no había encontrado en décadas de confesionarios.

Cuando el sacerdote logró comprar algún par de naranjas siguió su camino de nuevo. Por una especie de impulso buscó con la mirada a aquel extraño hombre rubio por un instante, pero no pudo volver a divisarlo, de pronto se había perdido su presencia en medio de toda esa gente que entusiasmada recorría el lugar santo. Por un segundo, el analista gélido del IOR se permitió un impulso impropio de su rango: buscó con sus ojos azules afilados la cabellera rubia de aquel misterioso hombre entre la multitud. Sin embargo, el enigmático hombre se había desvanecido tan rápido como había aparecido, dejando a Lorenzo con la sensación de haber perseguido un agradable espejismo en medio del bochorno de Jerusalén.

La caminata de Lorenzo Quart por las estaciones de la Vía Dolorosa se convirtió en un ejercicio de voluntad. Aunque sus manos grandes sostenían con firmeza las naranjas que acababa de comprar, su mente, disciplinada por décadas de servicio en el Vaticano, sufrió una pequeña e inesperada distracción.

Quart continuó su recorrido durante un rato más hasta llegar a la próxima estación, todavía rodeada de diversas tiendas, deteniéndose a veces a observar las áreas históricas del lugar, de las cuales conocía bien las historias que de ellas se narraban. Al llegar a la estación donde la tradición dicta que Jesús apoyó su mano para sostenerse, Quart se detuvo. El contraste fue inmediato: su atlético cuerpo, rebosante de vigor y bíceps hercúleos, se inclinó ante la memoria de la debilidad divina. Cerrando los ojos posó su mano sobre la piedra milenaria, aquella pared donde se afirmaba que el mismo Jesucristo había posado la suya para detenerse un instante durante la pasión tras estar menguado por todos los crueles azotes y humillaciones de los romanos. Al tocarla sintió el frío del muro filtrándose por su piel, buscando esa conexión sagrada que justificara su estancia en Tierra Santa y acallara los ecos de Sevilla y Macarena.

—te agradezco inmensamente, señor, por este enorme sacrificio que hiciste por todos nosotros los pecadores. En el nombre del hijo, del padre y del espíritu santo. Amén— rezó el padre Quart mientras tocaba aquella pared milenaria supuestamente consagrada.

Al retirarse de ahí, permitiendo que otros fieles también tocaran dicha pared, se dio media vuelta para seguir su camino. Aún estaba a mitad del recorrido de la vía dolorosa. Ansiaba llegar al santo sepulcro, como nunca lo había ansiado, pero como sacerdote sabía que la serenidad y la paciencia siempre eran virtudes que no debía perder, además que debía seguir disfrutando del recorrido y de todo lo que la vía hacia el Monte Calvario le ofrecía.

Aun estando cerca de aquella sagrada pared, de pronto alguien se le acercó. En ese momento Quart sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frescor de la piedra milenaria. La forma en que de pronto sintió que alguien lo miraba, estudiando sus labios delgados, pero bien contorneados, provocó que el jesuita apretara de nuevo sus naranjas, tratando de recordar por qué estaba allí: para renovar sus votos, no para perderse en la mirada de un extraño.

—padre…disculpe…— pronunció en inglés la voz jovial de la persona que de pronto lo estaba mirando, era aquel mismo hombre rubio de hacía un rato, a lado de él, que había logrado divisarlo de nuevo.

Quart se volteó a verlo, notando que se trataba del mismo hombre, confirmando algo de lo que no había podido estar seguro hacía un rato, que la estatura de este hombre era considerablemente menor a la suya, y que sin duda era de complexión menuda, delicada, casi angelical. El hombre lo miraba de frente, en su expresión se notaba una afable sonrisa. La disciplina de Lorenzo Quart se vio puesta a prueba por la persistencia de aquel extraño. Al girarse desde la pared consagrada, acababa de encontrarse de nuevo con la mirada gris del rubio, corroborando la notable diferencia de estatura que lo obligaba a bajar ligeramente la vista para encontrar los ojos del rubio.

—sí, diga, ¿puedo ayudarlo en algo? — respondió el padre Quart, más amable.

—ah, me alegro de que realmente sepa inglés. Le he hablado al azar sin saber si lo habla, pero lo supuse cuando me respondió hace un rato disculpándose por tomar la misma naranja. Disculpe si ha sido algo imprudente de mi parte – expresó el rubio fluidamente, con un toque de vergüenza y con una sonrisa ligeramente nerviosa.

El padre Quart esbozó una sonrisa ante el comentario del extraño rubio, que sin duda parecía europeo, y a decir por su acento definitivamente sonaba británico. Aunque no lo admitiera, le había enternecido su tímida forma de excusarse.

Lorenzo, con su mandíbula firme y la serenidad que su rango en el Vaticano le exigía, observó al hombre. La camisa polo negra del rubio se ceñía bastante bien a su esbelto cuerpo, marcando una figura que, aunque menor en escala a la hercúlea anatomía de Quart, poseía una elegancia magnética y una gracia difícil de ignorar. El ligero nerviosismo del rubio y su toque de vergüenza suavizaron la guardia del jesuita. Lorenzo, acostumbrado a las intrigas del IOR, rara vez encontraba una transparencia tan humana en medio de una misión.

— No hay imprudencia en buscar ayuda, hijo, y bueno, lo domino lo suficiente— respondió Quart con su voz profunda, manteniendo la amabilidad, pero sin abandonar su porte solemne —hablo varios idiomas; es una necesidad de mi oficio— expresó Quart un poco tímido y con un muy ligero toque de broma, sin dejo alguno de presunción. El inglés era una lengua que había utilizado toda su vida, su segunda lengua, pues él había nacido en Irlanda, tenía origen español por parte de su padre y debía usar el italiano desde que se había ordenado como sacerdote hacia a varias décadas, especialmente desde que se había instalado en el Vaticano.

—¡me alegra saber eso! — exclamó el rubio —bueno, es que, a decir verdad, me siento un poco perdido, no conozco muy bien la ciudad y menos este sitio, en el que además uno no puede evitar sentirse enclaustrado —añadió el rubio con una expresión afable pero que al mismo tiempo delataba un dejo de nerviosismo.

A pesar de su deseo de llegar al Santo Sepulcro, Lorenzo sintió que este encuentro no era producto del azar. Algo en la sonrisa de ese hombre le recordaba que, aunque buscaba la redención de San Juan de la Cruz, el camino hacia la luz a veces requiere enfrentarse a las sombras más inesperadas.

—¿Es usted un peregrino, o simplemente un observador de la fe ajena?, sospechó Quart, permitiéndose un segundo de curiosidad antes de retomar su camino— no se preocupe, Jerusalén suele atraer a ambos por igual.

Thomas ensanchó su sonrisa, acortando la distancia mínima de respeto. El calor de la ciudad parecía concentrarse en ese pequeño espacio entre el hercúleo clérigo y el rubio de rostro redondo.

—ah, bueno, a decir verdad, Digamos que soy un buscador, Padre, soy un turista, pero no en Israel, sino aquí en el Santo Sepulcro. He estado alojándome recientemente en Tel Aviv, ¿sabe? — afirmó el rubio, sin desdibujar del todo su sonrisa, que en cambio se tornó más intrépida al acercarse un poco más al apuesto padre — Y hoy, parece que mi búsqueda me ha llevado a cruzarme con el hombre más imponente de toda la Vía Dolorosa— respondió el rubio con una audacia que hizo que Quart apretara inconscientemente las naranjas que aún llevaba en la mano —y supongo que usted debe conocer al menos un poco mejor el lugar — musitó el aventurado rubio, fijando su mirada sobre el atractivo rostro de aquel sacerdote, pulcro, bien afeitado.

Para el padre Quart no pasó desapercibido ese toque de temeridad del extraño rubio, aunque hasta ese momento no lo consideró un acto de flirteo, quizá porque estaba acostumbrado a llamar la atención por su evidente atractivo innato, aunque usualmente de las féminas, nunca por alguien de su mismo sexo.

La audacia del rubio flotó en el aire pesado de Jerusalén como el aroma del incienso mezclado con el polvo del desierto. Lorenzo Quart, acostumbrado a las sutiles intrigas de los pasillos del Vaticano y a la devoción a veces asfixiante de las feligresas, sintió un cambio de marea en este encuentro. A su edad no solía verse descolocado, pero la cercanía de este angelical hombre rubio de rostro redondo y mirada intrépida estaba perforando su habitual armadura de disciplina.

Quart mantuvo la mandíbula firme, sosteniendo la mirada del rubio con sus ojos azules afilados. La mención de Tel Aviv, una ciudad conocida por su espíritu libre y moderno, contrastaba violentamente con la solemnidad del Santo Sepulcro, marcando al rubio como un elemento disruptivo en la peregrinación del jesuita. Lorenzo apretó de nuevo las naranjas, sintiendo la dureza de sus propios bíceps hercúleos bajo su vestimenta clerical. No estaba acostumbrado a que un hombre lo mirara con esa mezcla de curiosidad y reconocimiento indudablemente carnal. El rostro de Quart, bien afeitado y de una pulcritud que parecía inmune al calor de Israel, era un faro de atracción. Aunque él lo atribuía a una carga de su piedad, Thomas lo leía como un mapa de deseos no explorados.

Lorenzo exhaló con lentitud, tratando de que su voz de barítono no traicionara la extraña agitación que empezaba a sentir. La "noche oscura del alma" que buscaba parecía estar tomando un desvío hacia un terreno que no figuraba en los ejercicios espirituales de San Ignacio.

—ah, sí, conozco bastante bien el lugar porque he estado aquí varias veces a lo largo de mi vida, especialmente desde que me ordené como sacerdote, hace ya varios años, a decir verdad —admitió Quart con una pequeña y momentánea sonrisa inquieta, había sentido de pronto un extraño bochorno, quizá porque el calor del clima estaba incrementando, a pesar de que todavía era muy temprano, aunque lo cierto era que el hecho de que aquel extraño rubio lo mirara tan fijamente de esa manera, con esa coqueta sonrisa enarcada, lo hacía sentir algo nervioso. Apenas se habían conocido hacia un par de minutos y este hombre ya le causaba una extraña sensación que no podía evitar, y que quizá tampoco quería hacerlo, después de todo el hombre le parecía una buena persona. —Conozco estas antiguas piedras, sí—respondió Lorenzo, recuperando su tono de autoridad, aunque permitió que una chispa de esa curiosidad humana se filtrara —Pero Jerusalén no se 'conoce', se padece y se celebra. Si tu búsqueda en Tel Aviv te ha traído hasta aquí, hijo, espero que estés preparado para lo que estas estaciones tienen que enseñarte.

El rubio sonrió.

—eso es maravilloso. Al ver su alzacuellos, y notar por ende que es evidente que usted es un sacerdote católico, no pude evitar acercarme a usted para pedirle algo de ayuda, porque evidentemente me siento perdido. No vine siguiendo ningún grupo ni ningún guía así que…— explicó el rubio, tras dar un breve suspiro de alivio. Su voz siempre sonaba tan suave y apacible, como ninguna que Quart hubiera escuchado de algún hombre antes. En un momento el rubio se acercó un centímetro más, invadiendo ese espacio que Lorenzo solía reservar solo para el altar.

Quart sonrió un poco más. La forma cómo el rubio se había expresado le había cautivado. No estaba seguro si eso era porque su voz sonaba así de suave, delicada, o si era porque se había referido a que el hecho de que se trataba de un sacerdote le causaba confianza.

—ja, me alegra entonces que mi persona te inspire confianza, hijo— respondió el sonriente padre.

La sonrisa del rubio se pronunció un poco más.

—Por supuesto que alguien tan imponente como usted me inspira completa confianza, padre. Seguro que puede explicarme el significado del sacrificio—replicó el rubio, enfatizando la última palabra con una suavidad que hizo que el jesuita recordara, por un segundo, el bochorno de Sevilla —jaja, pero vamos, ¡no me llame hijo! A leguas se nota que somos casi de la misma edad— exclamó el rubio entre pequeñas y disimuladas risas.

—jaja, es sólo una expresión que todos los sacerdotes hacemos por costumbre y tradición— replicó Quart, un poco divertido. Ciertamente le había emocionado un poco aquel último comentario del extraño rubio, el hecho de que ambos parecían tener una edad similar —Me temo que la costumbre es un vicio difícil de romper, incluso para un sacerdote— admitió Lorenzo, dejando que su sonrisa se volviera más humana y menos litúrgica —Pero acepto el trato. Nada de 'hijo' por ahora, si eso ayuda a que su búsqueda en el Santo Sepulcro sea más... honesta.

El rubio asintió, invadiendo ese espacio personal que Lorenzo solía blindar. El aroma de las naranjas que Quart aún sostenía en sus manos se mezcló con la cercanía del rubio, creando una atmósfera de intimidad improvisada en medio de la afluencia del Domingo de Ramos.

—lo sé, es que suena tan raro, sobre todo viniendo de un sacerdote joven como usted, que además tiene muy buen aspecto— afirmó el coqueto rubio, de nuevo temerario, apenas conteniéndose a utilizar más bien la palabra “guapo”.

Quart rió un poco. Le ruborizaba un poco que el rubio lo considerara un hombre joven y de buen aspecto.

—ja, si usted así lo cree— musitó el moreno modestamente, esforzándose por disimular lo mejor posible su vergüenza. La disciplina vaticana de Lorenzo Quart, forjada en el acero del Instituto para las Obras de Religión, comenzó a mostrar una grieta luminosa bajo el sol de Jerusalén. Acostumbrado a la reverencia distante de sus subordinados y al respeto gélido de los cardenales, se descubrió disfrutando de la calidez casi irreverente del misterioso rubio. La risa de Lorenzo, una rareza en su semblante de mandíbula firme, resonó con una vibración de barítono que parecía armonizar con la voz melodiosa y suave del rubio, que, con su rostro redondo y su ternura jovial, había logrado lo que ni las playas de Colombia ni los pasillos del Palacio Apostólico consiguieron: que Quart olvidara, por un instante, el peso de sus cincuenta y un años y la "noche oscura" de Sevilla. A pesar de sus misiones peligrosas y de su manejo de millones de euros, el comentario sobre su "buen aspecto" provocó un ligero rubor en el rostro pulcro de Lorenzo. No era la vanidad lo que le afectaba, sino la forma en que el rubio lo veía: no como una institución, sino como un hombre joven y vigoroso. Al reír juntos, la disparidad física se hizo más evidente. Lorenzo, con sus bíceps hercúleos marcados bajo la tela negra, se sentía como un protector natural ante la figura más pequeña y esbelta del hombre rubio, quien lo miraba con una fascinación que Quart ya no podía confundir con simple piedad.

—por supuesto que sí. Definitivamente usted es un hombre bastante atractivo para ser sacerdote— se atrevió a decir el rubio, acercándose de nuevo un poco más a él, admirando lo alto que era, y la diferencia que había entre la estatura de ambos.

—ja, bueno, me lo dicen a menudo — respondió Quart con cierta vergüenza —pero el ego embriaga el alma, así que prefiero mantenerme al margen— admitió el sacerdote, sintiendo la cercanía del rubio.

—jaja, pues ninguno de ellos se equivoca. Solo espero que no lo dejen solo en algún convento de monjas y especialmente si está lleno de féminas adolescentes, porque podría resultar ser demasiada tentación para ellas—bromeó un poco el rubio, sonriendo de lado, aunque a decir verdad hablaba en serio.

Quart se avergonzó más y rió un poco. Definitivamente estaba acostumbrado a que la gente hiciera énfasis en su innato atractivo, y ya alguien le había hecho el mismo comentario tiempo atrás, pero jamás dejaba de sentirse bochornosamente incómodo, y el hecho de que este extraño rubio, que sin duda también era atractivo a su manera, también hiciera hincapié sobre ello, a tan solo algunos minutos de haberse topado en tan distintivo lugar, lo inquietaba todavía más.

De pronto Quart sintió la urgencia de zanjarse de los inesperados halagos de aquel extraño hombre, ofreciéndose a ayudarlo.

—si gustas puedo guiarte un poco por el lugar— brindó el padre cordialmente.

La sonrisa del rubio se pronunció de nuevo. Aunque no lo dijera, el ofrecimiento del guapo sacerdote lo emocionaba sobremanera.

—ah, ¿en verdad podría hacer eso por mí? ¡Eso sería fantástico! Se lo agradezco mucho, padre— expresó el rubio con entusiasmo

—por supuesto que sí, hijo. No soy un guía de turistas ni un experto, pero conozco bastante bien el lugar, sobre todo el Santo Sepulcro, la vía dolorosa, el huerto de Getsemaní, y otros famosos sitios en el perímetro.

—ah, en verdad se lo agradezco mucho, porque no he tenido oportunidad de acercarme a ningún grupo ni mucho menos de contratar a un guía propio, y tampoco domino bien el hebreo— afirmó el rubio.

—No tienes que agradecer, hijo. Estoy para servir al prójimo. Puedo contarte sobre cada estación que la conforma si así te apetece— expresó el amable sacerdote

—eso sería incluso mejor, padre— dijo el rubio y entonces extendió su mano para saludar formalmente al sacerdote —por cierto, no me he presentado. Mi nombre es Thomas Ehud Freeman— afirmó sonriente, acercándose de nuevo al padre para tocar temerariamente su hombro con camaradería. Thomas ensanchó su sonrisa, sin retirar la mano del hombro de Lorenzo de inmediato. Sus ojos grises brillaron con una chispa de inteligencia que Quart, en su piedad, confundió con curiosidad religiosa.

Quart se avergonzó un poco ante su acto, e indudablemente se cautivó por su sonrisa. Cuando Thomas extendió su mano y tocó el hombro de Lorenzo con esa camaradería temeraria, el jesuita sintió un chispazo de calor que atravesó la tela negra de su vestimenta. Sus grandes manos estrecharon la mano de Thomas, más blanca y pequeña, sellando un pacto que se sentía más personal que litúrgico.

—mucho gusto, Thomas. Mi nombre es Lorenzo Quart, y, soy un sacerdote más de la iglesia católica apostólica romana, como ya te has dado cuenta— afirmó el padre, con una sonrisa.

—Mucho gusto, padre Quart— replicó Thomas —¡wow! ¿entonces ¿usted viene desde Roma, padre? — cuestionó el rubio, un poco confuso—eso es verdaderamente fascinante— expresó con asombro, todavía sin comprender del todo el concepto del nombre preciso de la iglesia católica y a lo que Quart se había referido. Quart rió un poco divertido al notar que Thomas parecía no haber entendido el concepto de iglesia apostólica romana, pero hasta entonces no sospechó nada malo acerca de Thomas. No sospechó que el rubio realmente no era católico y probablemente ni siquiera cristiano, por lo que lo pasó desapercibido. La disciplina de Lorenzo Quart, forjada en la precisión de los informes del IOR, se relajó ante la aparente ingenuidad de su nuevo compañero. No pudo evitar una risa de barítono, profunda y genuina, al notar la confusión de Thomas sobre el nombre oficial de la Iglesia. Suponía que Thomas era un católico "distraído" que había faltado a demasiadas clases de catecismo, una idea que le resultaba extrañamente entrañable.

—ja, bueno, de hecho sí vengo desde Roma, desde el Vaticano para ser más preciso, pero creo que te has confundido un poco, hijo, o ¿acaso no sabes que el nombre oficial de nuestra iglesia es católica apostólica romana? — rió un poco de nuevo el padre, aunque con disimulo —jaja, ¿o no aprendiste nada en el catecismo? — bromeó, suponiendo que Thomas definitivamente debía ser católico como él, de lo contrario no podría explicarse por qué se le había acercado precisamente a él, que a leguas se notaba que era un padre católico, el alzacuellos jamás podría dejar de delatarlo. Si Thomas perteneciera a otra religión entonces debía haberse dirigido a cualquier otra persona y no a un sacerdote católico como él, que va por la vida siempre con su característico alzacuellos y su crucifijo de metal colgando al cuello —jaja, parece que tendré que darte algunas lecciones de catecismo extra, Thomas— bromeó Lorenzo, permitiéndose una confianza que rara vez mostraba fuera de los muros del Vaticano —Si no sabes de dónde viene el 'romana', me temo que este recorrido será más largo de lo que pensaba.

Al verse de pronto acorralado con el tema de su supuesto catecismo, Thomas decidió actuar rápido usando su mejor arma, el flirteo.

—¡Ah, así que lecciones de catecismo personales! Jaja, acepto encantado, Lorenzo— enunció, omitiendo deliberadamente el título de 'Padre' por un instante —Pero prométame que no se limitará a las fechas y los nombres de los santos. Quiero que me cuente qué siente un hombre como usted cuando toca estas piedras. Eso es lo que realmente he venido a buscar.

—jaja, lo prometo— expresó Lorenzo disoluto, aunque internamente algo nervioso debido a la temeridad del agradable rubio.

—y ¡vaya! ¡Así que vienes directo del Vaticano! Debe ser un lugar fantástico, y debe serlo aún más vivir ahí— exclamó el sonriente rubio. Quart estaba convencido de que su identidad era un refugio. Si Thomas se le había acercado, debía ser por la seguridad que emana de un sacerdote pío. No sospechaba que, para el rubio de rostro redondo y ternura jovial, el alzacuellos era menos un símbolo de fe y más un marco para la mandíbula firme del hombre más imponente de Jerusalén.

—Así es, vengo desde la sede de nuestra Santa Iglesia— afirmó Quart.

—entonces no pude haber encontrado mejor guía para este recorrido— dijo el coqueto rubio.

—Me halagas, hijo. Camina conmigo entonces— indicó Lorenzo con su voz de barítono, señalando el camino hacia la siguiente estación.

—Supongo que un padre como usted ha venido hasta Tierra Santa y justo en la semana Santa para alguna misión— dijo Thomas audaz, con un dejo de evidente flirteo, que no se esforzaba mucho en ocultar.

—Tienes razón, he venido por una especie de misión especial precisamente por Semana Santa, aunque, a decir verdad, han sido numerosas las veces que he venido a Tierra Santa, por eso te digo que puedo auxiliarte para recorrer el santo sepulcro— expresó el padre sonriente.

—Pero cuénteme primero sobre el Vaticano y…sobre usted. Me encantaría conocer más sobre el amable padre que está guiándome ahora— expresó el rubio con interés.

—bueno, el Vaticano siempre tiene mucho que ofrecer. Vivo ahí desde hace varios años, aunque a decir verdad no nací ahí, ni siquiera en Italia. Nací en Irlanda, aunque tengo una raíz española, de ahí mi apellido Quart, y también una raíz italiana, por eso mis padres me llamaron Lorenzo— comenzó a contar el sacerdote, ajeno a las verdaderas intenciones de ese rubio.

Thomas escuchaba cada una de sus palabras con especial atención. Internamente no podía dejar de pensar que este guapo padre definitivamente era muy atractivo, incluso en su modo de hablar. Ya estaba encantado con sus gesticulaciones y en especial con su voz, profunda y varonil. Sus intenciones eran absolutamente claras para él: había puesto el ojo sobre el padre desde esa mañana cuando lo había divisado en el huerto de Getsemaní y desde ese momento se había propuesto a conseguir su objetivo de seducirlo costase lo que costase.

—En verdad es usted tan interesante, padre. ¡Es increíble que un hombre como usted englobe tanto! — continuó halagándolo con entusiasmo. Quart se avergonzaba internamente por sus halagos, aunque inconscientemente no podía negar que lo disfrutaba.

—Gracias, hijo. Pero ahora cuéntame un poco sobre ti— el padre había vuelto a llamarlo ‘hijo’ con el afán de mantener una prudente distancia simbólica entre ambos, la de padre y feligrés, sin embargo a Thomas parecía no importarle realmente ya que lo emocionaba más el hecho de que el guapo sacerdote tuviera interés en conocer más sobre él.

— Bien, yo soy británico, pero he vivido mucho tiempo en Alemania— aseguró el rubio. La sonrisa de Quart volvió a esbozarse afable en sus labios, delgados, pero bien contorneados, que al escucharlo hablar incitaban a Thomas a besar.

—sí, noté tu aire europeo…— comentó el sacerdote —tu acento me pareció británico desde un principio, pero con dejo de báltico. Parece que realmente has vivido bastante tiempo en Alemania.

Thomas sonrió de lado. Le gustó darse cuenta que el guapo sacerdote era realmente inteligente y observador.

—sí, he vivido muchos años en Alemania, desde muy joven, ya que mi madre era alemana y mi padre consiguió establecerse ahí gracias a su trabajo. Pero también he vivido la mitad de mi vida en Inglaterra, y muy a últimas fechas aquí en Tel Aviv, aunque no he dominado el hebreo, ni siquiera lo he aprendido mucho, debo admitir, pues tan sólo he estado aquí desde hace pocos meses— contó el rubio, mintiéndole un poco al guapo padre, ya que en realidad conocía bastante bien el hebreo. De hecho, le había estado mintiendo todo este tiempo respecto a la fe en la que había nacido y que aún profesaba, ya que la verdad era que él era un judío, pero se había acercado a Quart por el fuerte impulso de conocerlo -y de seducirlo-, después de todo el padre era muy guapo, tanto como una tentación.

Quart lo había escuchado con especial interés. De pronto algo despertaba más su interés en conocer más de aquel extraño hombre rubio que acababa de toparse al azar. Para Lorenzo, el apellido "Freeman" y la mención de Tel Aviv empezaban a formar un rompecabezas que su mente analítica aún no quería armar.

Lorenzo se había descubierto revelando detalles de su propia historia, algo que raramente hacía con extraños. Sus raíces mixtas —irlandesas, españolas e italianas— parecían resonar con el cosmopolitismo de Thomas, ese británico de pelo rubio que hablaba de Alemania y de su reciente estancia en Tel Aviv con una naturalidad encantadora. Quart no era consciente de que su forma de gesticular y su tono profundo estaban actuando como un potente imán para Thomas. El rubio lo observaba con una delicadeza que escondía una verdad que Lorenzo, en su piedad, no alcanzaba a sospechar: que estaba ante un hombre que le mentía sobre su fe solo por el placer de permanecer a su lado. Lorenzo, convencido de que Thomas era un católico errante, disfrutaba de su papel de maestro. No imaginaba que ese "buscador" era en realidad un judío que conocía bien el hebreo y que se movía por un impulso mucho más carnal que espiritual.

—tu vida realmente suena interesante, Thomas— dijo el padre sincero, pero ahora conteniendo a indagar más sobre él, para no ser imprudente.

Tras escuchar llamarlo por su nombre por primera vez el rubio no pudo evitar emocionarse más.

—aunque no tan interesante como la suya, padre— musitó el rubio con un dejo provocativo—Oh, Padre Quart...por eso ya muero por esas lecciones suyas sobre catecismo, tal y como me lo prometió— Thomas hizo una pausa, para mirar de nuevo con detenimiento al sacerdote con el afán de intimidarlo con su coquetería

—Jaja, ¿en verdad, hijo? — Quart se sintió acorralado, la mirada y la energía del rubio lo desarmaban instantáneamente.

—le aseguro que soy un alumno muy aplicado cuando el maestro es de mi agrado— replicó Thomas con una suavidad que hizo que el jesuita apretara de nuevo sus naranjas.

Lorenzo carraspeó, sintiendo que el bochorno del mediodía se intensificaba. El atlético cuerpo que tanto intentaba ignorar bajo el chorro de agua de la posada volvía a ser el centro de atención de este extraño que no parecía tener miedo de tentar al mismísimo diablo en la Vía Dolorosa.

—bueno, ya encontraremos una oportunidad para dichas lecciones— contestó Lorenzo, que sin querer estaba dejándose llevar por el juego de flirteo del provocador rubio.

Thomas por su parte se estaba divirtiendo más de lo que hubiera esperado. No podía creer que, aunque sutilmente, el guapo sacerdote católico estaba aceptando su juego de seducción, o quizá estaba siendo demasiado ingenuo. Cualquiera que fuera la razón, Thomas realmente lo estaba disfrutando. Apenas podía contenerse a relamerse un poco los labios cada vez que el padre pronunciaba algo con esa seductora voz de barítono.

—Y dígame, ¿Roma siempre envía a sus hombres más... atléticos a las misiones más difíciles? — inquirió el temerario rubio, que no podía evitar admirar la imponente figura del padre. Le costaba mucho creer que ese hombre alto y de tan buen aspecto fuera un sacerdote católico.

—¿eh? ¿qué quieres decir, hijo? — inquirió Lorenzo algo inquieto, era obvio que sabía bien a qué se refería el rubio.

—es que posee usted una figura notablemente atlética. Me sorprende tratándose de un padre— apuntó Thomas, sonriente.

—bueno, debo decir que desde muy joven he sido afecto a mantenerme en forma, por salud—explicó el padre, tratando de excusarse con aquello último, con el fin de ocultar el verdadero propósito, el hecho de que siempre había disfrutado de su propia vanidad, algo que mantenía aún a sus cincuenta y un años.

—es fascinante, padre. No imaginé que un padre pudiera equilibrar bien sus actividades eclesiásticas con su vida cotidiana lo suficiente para mantenerse en tan buena forma. Espero que pueda compartirme su rigurosa rutina de ejercicios— dijo Thomas, atreviéndose a posar su mano sobre el brazo del padre nuevamente por un momento, más acertadamente sobre uno de sus bíceps, que aún al breve tacto se podía sentir grande y firme. Por un momento Thomas lo imaginó despojado de esas aburridas prendas eclesiásticas.

Quart volvió a sentirse acorralado, pero disfrutó su halago una vez más. Aunque luchara contra ello debido a su fe, siempre enaltecía su ego cada vez que alguien hacía notar su buena apariencia, y la energía de este extraño rubio parecía enaltecerlo aún más.

—realmente no tengo una rigurosa rutina de ejercicios, como lo has mencionado, Thomas. Solo salgo a correr por las mañanas ocasionalmente— explicó Lorenzo. Estaba mintiendo. En realidad, su oculta vanidad siempre lo había orillado a ejercitarse en gimnasios. Era verdad que constantemente salía a correr, pero también era cierto que mantenía una rigurosa rutina de ejercicios con todo el equipamiento desde antes de convertirse siquiera en seminarista. Ejercitarse con gran esmero no era algo prohibido para los sacerdotes, pero la vanidad sí era un pecado.

—me gustaría creerle, padre— apuntó Thomas con voz suave enmarcando de nuevo una sonrisa.

—bueno, ¿te parece si comenzamos propiamente nuestro recorrido, Thomas? — sugirió el padre, zanjando el tema — quiero decir, explicando las estaciones, como te lo prometí.

—por supuesto, vamos, padre, comencemos— respondió el rubio sonriéndole de nuevo.

Juntos se encaminaron por la calle semi subterránea, que poco a poco comenzaba a llenarse de gente que concurría el lugar para venerar tan sagrado sitio, así como también se empezaba a notar cómo los diversos negocios del lugar se alistaban para las ventas.

Quart comenzó por explicarle las primeras estaciones de la vía dolorosa, así como las historias que se narraban sobre cada rincón y Thomas lo escuchó siempre con especial atención

—durante la pasión de nuestro señor la ciudad estaba más elevada de lo que está ahora, es por eso por lo que las calles se han ido quedando sepultadas. El santo sepulcro también se encuentra de forma subterránea, ya que el terreno originalmente era una cantera, y se fue construyendo encima de él…claro, después de que la madre del emperador Constantino, Santa Helena, encontró la cruz de Cristo…— contaba Quart con seriedad —será mejor que nos demos prisa, ya que en cuanto se haga más tarde irá llegando más y más gente, sobre todo porque hoy es un día especial, domingo de ramos El lugar siempre está lleno de turistas, pero especialmente durante la semana santa, la afluencia es una locura— explicó, de pronto apurando un poco el paso. Thomas, siguiéndolo, procuró hacer lo mismo.

—sí, lo entiendo, padre. Muchas gracias por explicarme todo. Es realmente admirable la gran cantidad de conocimientos que posee usted, padre, y no sólo eso, sino la forma entusiasta cómo lo narra— Thomas lo aduló de nuevo. El rubio seguía sin perder la oportunidad para acercarse lo más posible a Quart. Apenas se habían conocido y ya disfrutaba mucho de su presencia, y en especial de su cercanía. A pesar de ser un hombre prohibido, Quart era un hombre irremediablemente atractivo, después de todo.

Quart esbozó una sonrisa afable una vez más. No podía evitar que los halagos de su acompañante hicieran efecto en él, aunque no quisiera. Aunque luego de la charla del recorrido estaba logrando soportar mejor los halagos del audaz rubio.

—entremos a una de las capillas, hijo— sugirió el padre amable. Al sugerir entrar en una de las capillas, Lorenzo buscó un respiro del bochorno del exterior, pero el ambiente cerrado solo intensificó la proximidad física. El atlético cuerpo del sacerdote, con sus bíceps hercúleos marcados bajo la camisa negra, se movía con una gracia imperial que Thomas no dejaba de adular.

Thomas asintió y juntos continuaron encaminándose hasta que Quart le indicó cuál era la capilla a la que iban a ingresar.

Estaban a punto de entrar al lugar cuando Thomas interrumpió.

—padre, ¿mejor podríamos entrar a la capilla más tarde? Realmente prefiero conocer primero el santo sepulcro— pidió el rubio, tocando la espalda de Quart por un momento, notando en ese instante que el moreno poseía una prominente espalda ancha, que lucía imponente incluso cubierta por esa aburrida vestimenta negra de sacerdote. Thomas tuvo que resistirse a tocar esa espalda, pero sabía que habría algún momento en el que no podría resistirlo más y tendría que buscar algún pretexto para ello.

—está bien, hijo, vamos primero al santo sepulcro si así lo deseas. Debo decir que también ansío llegar a dicho lugar— respondió Quart, sin sospechar que la verdad era que Thomas quería evitar que Quart se diera cuenta de que no sabía persignarse como lo hacen los católicos cada vez que entran a una iglesia o algún sitio sagrado para su fe. No quería revelarle, al menos no todavía, que en realidad él era judío.

Notes:

Ahh al fin después de tantas complicaciones puedo publicar este nuevo sexy fan fic!
¡He estado preparando este capítulo desde hace más de dos meses! Pero han sido días tan complicado en mi vida durante las semanas recientes, empezando porque pocos días después de pascua mi adorada perrita schnauzer miniatura plateada se murió a los 16 años con 3 meses y 19 días. Yo la amaba tanto y me dolió mucho su pérdida, he estado pasando un luto por ello y eso también menguó mi entusiasmo y creatividad para continuar escribiendo este fic que en verdad quería escribir y publicar desde hace mucho, sobre todo desde el año pasado cuando se estrenó “La Piel del Tambor”, ¡aunque a decir verdad este sexy AU lo planee automáticamente desde que se anunció que Richard daría vida al padre Quart por lo que leí el libro de inmediato y boom! Me di cuenta que una vez más él fue perfecto para el papel! Uff y conectándolo con el Thomas interpretado por Martin en The Operative encajó perfecto, como siempre ocurre con esos dos, y mi imaginación comenzó a volar! Ahhh Richartin siempre es tan perfecto!
Espero que les haya gustado este primer capítulo ;D ya verán lo que pasará en futuros capítulos, como este atrevido rubio continua seduciendo al guapo padre Quart y como el cura simplemente no podrá evitar caer en la tentación!
Muchas gracias por todo su apoyo y por sus comentarios :3