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Abalorio

Summary:

Obi-Wan recuerda muchas cosas en su exilio en Tatooine. Una de ellas, la más persistente, el hermoso rostro de su antiguo padawan, Anakin. Un rostro que, a pesar de lo que pase, cambie lo que cambie, nunca dejará de amar.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

Abalorio:

Del griego βήρυλλος, bḗryllos 'berilo'.
Objeto de adorno vistoso y generalmente de poco valor.
Elemento ornamental, especialmente si resulta excesivo.

 

Subyacía algo terrible en la acción de cortar carne.

No era simplemente el hecho de que la criatura que despezaban estaba muerta, que lo que hacían era una rapiña, el aprovecharse de algo que no podía defenderse ya, sino la acción de deshacer a algo –a alguien– en láminas que ya no significaban nada, en devorar a un animal hasta que su forma se convirtiera en pedazos sin forma, sin atributo, sin origen.

Ser carnicero, pensaba, era ser el destructor del signo. Convertir una palabra en un garabato. Un sonido en silencio. Un rostro en una pila de pedazos de grasa y cartílago.

Intentaba no reflexionar mucho acerca de nada. El mejor método de acción era cortar mecánicamente y ya. Obi-Wan sabía –cada que cercenaba una pieza del lomo de la ballena de arena– que cada pensamiento que le dedicara a otra cosa que no fuera su trabajo se acercaba, peligrosamente, al límite de ese algo que lo acompañaba siempre, algo que no quería pronunciar, ni pensar, ni ver.

A veces, el día se le iba en un cerrar y abrir de ojos. A veces, el cuchillo en su mano ni siquiera se movía. Sólo lo tomaba y, al momento siguiente, la tarea estaba hecha. Nadie había sufrido, nadie había muerto. Estaba del otro lado y ya. La carne estaba muerta y ya. El animal al que desintegraban permanecía inmóvil, con las fauces hacia el cielo, las cuencas sin ojos.

Se sorprendía, acaso, de su trabajo y nada más. “Qué peculiar”, se decía, pero no extendía el análisis. Todo se quedaba en frases huecas, en imágenes estáticas dentro de su cabeza. Nada llevaba a nada. Como los caminos que se forman en el desierto, que el viento borra al mismo tiempo que se andan.

 

*

Pensaba en su rostro como quien piensa en el clima.

Una abstracción sin forma. La idea del cielo encapotado, pero sin clara idea de cómo lucen las nubes grises y llenas de agua. Sólo un sentimiento, una certeza ininteligible.

Hace años que había dejado de evitar la presencia perenne de su cara. Era como su sombra, doble y repetida, bajo el doble sol de Tatooine.

Existía con él, dentro de él, porque él seguía existiendo.

Ya no luchaba contra esa realidad. La guerra la había perdido, hace años, en las riberas de azufre y muerte de Mustafar. La pugna contra sí mismo, contra el destino, contra la voluntad de la Fuerza.

Así que su rostro, difuminado. O su voz, quizá.

Una inflexión en la frase del mecánico, cuando pronunciaba seis y siete. La manera en la que la mujer que vivía en uno de los departamentos cerca la plaza juntaba los labios cuando saludaba a su vecina. Cuando alguien gritaba “¡Pateesa!” en las calles. Cuando alguien se reía, fuerte y sonoro, y reverberaba su alegría por toda la calle.

Le parecía que estaba en todos lados, fragmentado e indeleble. Un ojo aquí, una nuca allá. Como si su influencia se hubiera escapado de su propio pecho y ahora manchara a todas las personas que se encontraba.

Un niño, de la mano de su madre. El olor del caldo de hoth, o del aceite para motor. El sonido del viento en la cueva, que parecía pronunciar su nombre.

Naderías. Cosas insignificantes. Sucesos sin importancia.

Y Obi-Wan se posaba frente a ellos –conmovido, inconsolable– y los tomaba entre sus dedos, como pequeñas perlas de kryat, invisibles a los ojos de los demás, inestimables para él.

 

*

Anakin tenía 13 años y él creía, genuinamente, que su padawan lo iría a matar.

Era una sensación extraña, chocante, que nacía de una intuición y no de la realidad. Se generaba en su cabeza la frase completa: “Me va a matar” y no era hasta que la pronunciaba con la boca que se daba cuenta de lo irracional que era.

Él, su aprendiz, Anakin, dándole la espalda, con su sable en la mano, mirando al resto de sus compañeros, con esa mirada que le parece más familiar que las paredes del dojo de entrenamiento. Anakin me va a matar, se repetía.

De alguna u otra manera, pensaba. De un coraje. De miedo, de orgullo, de amor.

Pero él, con su pequeño puño, cuyos nudillos se veían casi blancos por la fuerza con la que se aferraba a su sable, ignoraba la confusión que se gestaba dentro de su maestro.

A Anakin le preocupaba más que ninguno de sus compañeros quería entrenar con él, luego de lo que pasó en Ilum y luego de que Obi-Wan tuvo que entrar a las cuevas y traerlo de vuelta, helado hasta los huesos, con canales de lágrimas marcados en rostro. Furioso y humillado, pero con su pequeño cristal kyber, de color azul, en la mano. Aferrado a él, como se aferraba a su maestro.

Obi-Wan pensaba que seguramente los demás sentían lo que él, pero sin poder dilucidarlo como él lo hacía.

“Anakin, ven”, le pidió, desde los asientos. Los demás maestros estaban de pie, viendo los avances de sus propios padawanes. El suyo, que intentaba, con toda su fuerza, no demostrar cómo se sentía, se acercó a él con lentitud, los labios fruncidos, los ojos secos y oscurecidos.

Obi-Wan, sentado en la banca, tuvo que levantar la vista para verlo. Parecía crecer un centímetro al día.

“No dejes que te afecte, déjalo ir, Anakin”.

“Lo estoy intentando”.

“Recuerda lo que dice el maestro Yoda…”

Y al unísono, los dos dijeron:

“No se intenta, sólo se hace”.

Obi-Wan recuerda haber sonreído. Recuerda haber pensado “quizá le diga que vayamos al museo, quizá quiera ir conmigo a Dex y pueda quitarle ese mal humor”, pero antes de formular un plan y decírselo, Anakin habló.

“Maestro, ¿doy miedo?”.

“¿Quién te dijo eso?”.

Anakin volteó a ver a sus compañeros, pero regresó la mirada, negando con la cabeza.

“Nadie. Solamente quiero saber”.

La respuesta honesta sería que . Esa sería la respuesta honesta, la correcta. No sólo das miedo, Anakin, sino que inspiras terror. Eres tan intenso en la Fuerza todo el tiempo. Estar cerca de ti es el equivalente a vivir en un vendaval de fuego. Y todos aquí lo sienten. Todos aquí lo ven. Y tal vez es miedo, pero también es envidia. También es admiración.

Pero no, nunca se lo diría.

La respuesta sencilla sería decirle que no. Que dejara de escuchar a sus compañeros y que se concentrara en mejorar sus formas y en entregar la tarea a tiempo. Que se dejara llenar por la Fuerza y que perdonara a los que le decían esas necedades y que olvidara todas sus ofensas. Que el miedo llevaba al Lado Oscuro. Pero no sólo no era honesta, sino que no era lo que quería escuchar él.

“Eres precioso, Anakin”, le respondió finalmente. Una respuesta entre esas dos realidades. Un acuerdo. A Obi-Wan le parecía que, desde que Anakin era su padawan, él tenía que posarse, constantemente, entre dos polaridades y hacer un puente entre éstas y unirlas a pesar de lo contrarias que fuera. “A veces la gente no comprende las cosas que son bellas o son diferentes. A veces, los sentimientos complicados se parecen mucho al miedo o al disgusto”.

No solamente intentaba convencerlo a él, sino a sí mismo. Su padawan lo miró, extrañado, como si él tampoco hubiera esperado esa respuesta.

“Yo siempre siento lo que siento”, le contestó, crípticamente. Obi-Wan le puso una mano en el hombro, un segundo. “Pero no me siento precioso”.

Él se rio.

“No es un sentimiento que sientas. Es un atributo que te dan los demás”.

Y antes de que Anakin pudiera contestarle, por fin alguien le pidió entrenar con él.

Obi-Wan se quedó ahí, sentado, hasta que se acabó la demostración y todos los padawanes regresaron a clase y el subió a su habitación, para meditar o leer, para esperar a que llegara Anakin y se pusieran los dos a hacer la tarea de lengua y Anakin se enojara con él porque Obi-Wan insistía en que repetiera los vocabularios tres veces más y luego, contento y satisfecho de haber terminado el día, le pediría que fueran al museo o con Dex y Obi-Wan le diría que sí. Claro que sí.

Recuerda haber pensando, mientras lo veía entrenar en el dojo, que no olvidaría fácilmente esa imagen. Recuerda haber pensando eso en muchas ocasiones, pero ahora mismo, en el camino hacia el desierto, se acuerda de ese Anakin.

Su cabello todavía era muy rubio y mantenía el corte que él también había tenido de padawan. Recortado casi hasta el cuero cabelludo, salvo su trenza y su coleta. Su facciones ya se estaban definiendo para convertirse en las que tendría en su adolescencia tardía.

Ojos grandes, casi tristes, del color del jade. Nariz de botón, labios grandes y siempre curvados en una expresión de sorpresa o de disgusto. Las mejillas coloradas por el ejercicio. La agilidad tan sorprendente, incluso en ese momento, que tenía con el sable.

El sentimiento de triunfo y orgullo cuando, finalmente, vencía a su oponente y volteaba a ver a Obi-Wan y alzaba su sable y él alzaba su mano en concordancia, y entre ellos solo habitaba ese vínculo, perfecto, dorado, precioso.

Me va a matar.

 

*

No sabe dónde o cómo empezó.

Tiene cierta idea. Varias conjeturas.

Sería una necedad negar que apareció como por generación espontánea, un día, en medio de la guerra, cuando la realidad –la respuesta honesta– es que se fue dando de manera natural y gradual hasta que, ni siquiera él, pudo evitarlo o buscarle una explicación lógica y desprendida y jedi.

El asunto de las cosas bellas es que son bellas innatamente.

No lo dejan de ser solamente porque uno deja de verlas o no.

El asunto de Anakin es que él siempre fue enteramente él, a pesar de las explicaciones lógicas y desprendidas y jedis. Siempre fue demasiado, en todos los aspectos.

Demasiado brusco y propenso a la violencia. Siempre hacía antes de pensar. Su emoción por default era la furia, en todas sus interpretaciones.

Demasiado bueno y sensible, también. Siempre tenía el corazón en la manga, siempre amaba desmedidamente. A Obi-Wan le parecía que aquello era lo que residía al fondo de las bravatas: sólo amor, en todas sus interpretaciones.

¿Y él que podía hacer al respecto?

Nada más que tomarlo entre sus manos y cuidarlo, guarecerlo, amarlo de vuelta.

 

*

Quizá fue en Geonosis. Quizá fue ahí, precisamente, cuando lo dejó ir con la senadora Padmé a Naboo y todo el viaje a Kamino no dejó de sentir que había sido un error. Sobre todo cuando Anakin le había pedido que lo llevara con él. Sobre todo cuando Obi-Wan había luchado, durante años ya, contra las declaraciones desesperadas de su padawan, las muestras inoportunas de afecto. Maestro, te amo, sólo a ti. Desde el primer día en que te vi ¿Por qué nunca me escuchas?¿Por qué nunca me crees?, mientras tomaba su mano y le besaba los nudillos.

Pero en Geonosis, cuando Dooku le arrancó el brazo derecho de tajo, la realidad de las cosas se materializaron frente a él, como si alguien le hubiera dado un puñetazo en la cara.

Anakin podía morir cualquier día.

No era solamente la creación divina e infalible que había creído que era. El hijo de la Fuerza, como había dicho el maestro Qui-Gon. Era carne y hueso también. Y el olor a la carne cauterizada, el peso de brazo en sus piernas, la cara de Anakin, inconsciente y perlada de sudor, era prueba de todo aquello.

Se había dejado cegar por la fe que le tenía, a él y la Fuerza. A los dos, que eran uno.

Se había dejado engañar a sí mismo lo cuál era lo peor de todo. ¿Cómo podía ser el maestro del Elegido, cuando ni siquiera sabía qué camino tomar para él mismo? ¿Cómo podía ser su guía si lo había llevado ahí, a la manos de Dooku, para que lo hiriera de una manera tan permanente?

Se quedó a su lado, todo el tiempo que estuvo en la Sala de la Curación, a pesar de los regaños de Yoda y de Mace. Les decía que tenían razón, que la guerra estaba por empezar, que no servía de nada que se quedara ahí con él, que estaba bien, que su prótesis funcionaba correctamente. Pero se quedaba allí. Se contradecía a él mismo todo el tiempo. Decía que sí y hacía lo contrario. Decía que no y deseaba algo diferente.

Anakin se despertó, por fin, del sueño febril de su herida y lo primero que hizo fue pedirle que se acostara con él, en el pequeño camastro de la enfermería.

“Hace mucho frío”, le dijo. “Tengo las manos entumidas”.

Las manos, pensó Obi-Wan con amargura. Sólo te queda una, padawan. La otra te la quite yo. Fue mi culpa.

Así que lo hizo. Cedió a sus peticiones. Escuchó sus palabras.

“Quédate conmigo así, maestro, por favor. No me importaría perder otro brazo, si eso significa que te quedes conmigo”.

“No digas eso. Shh, aquí estoy. Aquí estoy siempre”.

“¿Siempre?”

Anakin estaba tan cerca. Los ojos jade, vidriosos y expectantes. Su cara pálida, enrojecida. Su cabello dorado y sucio. Sus manos (su mano de carne y hueso, su mano de duracero) tibias y haciéndose puños en la túnica de Obi-Wan. El calor entre sus piernas haciéndose cada vez más patente. La culpa y el deseo haciendo reverberar toda la habitación con una canción que parecía decir sus nombres, una y otra vez.

“Sí, Anakin. Sí, siempre”.

Y lo besó, por fin, y Obi-Wan recuerda haber pensado que debía olvidarlo una vez que pasara. Que debía olvidar lo suave que eran sus labios, lo dulce que sabía su saliva. Que debía olvidar cómo la voz de Anakin se volvía un gemido en su garganta y cómo se sentía el peso de su padawan encima de él. Debía olvidar su propio nombre, pronunciado en una exhalación, contra su propia boca.

Pero no lo haría. No lo haría ni en un par de semanas, ni en meses. No lo haría ni en el fragor de la guerra, ni en la soledad del desierto. Pasarían años, pensaba, mientras separaba la carne, oscura y tiesa, del hueso del animal.

Pasará mi vida.

 

*

Le cortó su trenza de padawan días después.

No había tiempo para ceremonias más elaboradas.

El consejo lo mandó a llamar y frente a todos, el maestro Yoda le nombró caballero de la Orden Jedi. Entre los aplausos de los demás maestros, Obi-Wan tomó las pequeñas tijeras de plata, que también habían cortado la suya, y la separó de su cabeza.

Anakin estaba sonriendo. La sonrisa amplia y brutal que le dedicaba solamente a las cosas que lo hacían feliz. Pilotar las naves, reparar los droides. Y ahora a él.

Obi-Wan tomó el mechón y sintió entre sus dedos la textura del cabello de Anakin, así como el par de pequeñas cuentas de colores que él mismo había colocado, cada que volvía a rehacerle la trenza. Se la tendió a Anakin, pero él le cerró la mano y negó con la cabeza.

“Te costó más a ti que a mí, maestro”.

“Ya no lo soy. Ahora somos iguales”.

Y Anakin no quitó su mano del puño de Obi-Wan. Solamente lo miró, asintiendo.

 

*

Sólo durante una guerra las cosas más naturales deben ocultarse.

La verdad debe ser escondida y el engaño debe ser empuñado como un arma.

Sólo durante una guerra, la paz se encuentra en las trincheras. La belleza, entre los charcos de sangre.

Obi-Wan se despertaba antes que él, siempre.

Abría los ojos y lo primero que veía era a Anakin. A veces los rizos dorados de su cabeza, que escondía entre su pecho. Otras veces, lo que veía el reflejo dorado de su brazo, atravesándole el pecho, forzándolo a repegarse al cuerpo desnudo de Anakin.

Algunas ocasiones, no muchas, abría los ojos y lo primero que veía era la nuca de su antiguo padawan. En esas ocasiones, Obi-Wan levantaba la mano y la pasaba por toda su espalda, por toda la constelaciones de pequeños lunares y pequeñas cicatrices que se había hecho quizá el día anterior, quizá hace 10 años, cuando entrenaban en el templo.

Le besaba un hombro, perdía sus dedos entre su cabello, inhalaba su aroma.

Se dedicaba a verlo, solamente. A sentirlo, sin otra tarea más que su propio y pequeño placer. Sin tener que andar al ritmo desgastante que Anakin tomaba como amante. Porque no quería decírselo, pero él disfrutaba mucho más esos momentos, cuando Anakin estaba dormido y lo único que llenaba sus oídos era su respiración acompasada. Le gustaba sentirlo ahí, alrededor de él, sereno y tibio. Vivo. Vivo y entero entre su brazos.

“A veces creo que te gusta más mi espalda que mi cara”, le dijo en una ocasión, con la voz pastosa de sueño.

Obi-Wan solamente sonreía y no le respondía. Le parecía demasiado esfuerzo decir la verdad, las palabras grandes para describir lo que le gustaba de Anakin.

Me gusta todo de ti, quería decirle, desde la piel blanca de la planta de tus pies, hasta el último cabello dorado en tu cabeza. Me gusta tu cara, a pesar de la cicatriz, que no hace más que acentuar tu esplendor. Tus ojos, que parecen brillar cuando me tomas como tú quieres. Me gustan tu voz, la forma en la que pronuncias las cosas, la manera en la que vibra el aire cuando te ríes. Me gusta tu manera desquiciada de hacer las cosas. Cuando me desobedeces. Cuando me defiendes. Cuando lo único que veo en el campo de batalla es el azul de tu sable.

“Eres hermoso, Anakin”, le contestó en aquella ocasión.

“¿Me amas, Obi-Wan?”, preguntó, enderezándose, colocándose encima de él. “¿Me amas?”

Él le respondió con un beso profundo, esperando que aquello sustituyera las palabras, porque gustar era más fácil de pronunciar que amar, y describirlo era más fácil que aceptar lo que sucedía entre los dos.

“Eres la persona más hermosa que he visto en mi vida. A veces no puedo verte a la cara porque siento que me voy a deshacer en pedazos. A veces lo único que puedo pensar en todo el día es en ti”.

Y Anakin lo miró de vuelta, como si hubiera encontrado un tesoro, como si estuviera escuchando y viendo exactamente lo que quería escuchar y ver, luego de tanto tiempo. Como con hambre, todavía, por más. Por cada palabra que no se atrevía a pronunciar. Por cada pedazo de piel, cada gota de sudor. Como si quisiera comérselo de un bocado y no dejar ni huesos ni cartílago ni polvo.

 

*

Sabe donde terminó.

En Utapau, la primera vez.

Anakin y él pelearon durante toda la misión. Él seguía resentido luego del juicio de Ahsoka. Obi-Wan estaba harto y cansado y nada tenía sentido. Lo único que quería era regresar a Coruscant y buscar la solución en un lugar calmado.

Recuerda que pensó: Quizá podamos buscarla de vuelta a la capital. Pedirle que no se vaya lejos, que se quede cerca de Anakin, que la necesita más de lo que ella lo necesita.

Pero Anakin no escuchaba razones. Destrozó una nave, atacó a los mineros, le gritó a Obi-Wan. Su rostro, compuesto en un gesto de absoluto odio y violencia. Su mano, más grande que la de Obi-Wan, apretando con fuerza la culata de su sable sin encender. La furia crujiendo alrededor de ellos, como truena el cielo antes de llover.

“¿Qué? ¿Acaso no crees que soy la peor de tus decepciones?”.

“¡Sí! Cuando actúas así lo eres”.

No lo vio de regreso a Coruscant. No lo vio hasta que los mandaron a Yerbena. No habló con él hasta que estuvieron en la Mano Invisible, para rescatar a Palpatine, y Obi-Wan quería disculparse por todo, quería decirle todo. Ahí, en lo que parecía ser el fin del mundo.

Pero el primero que habló fue Anakin, como siempre.

“Ya sé que la esperanza está tan hueca como el miedo, pero…”

“Anakin, no hay otro jedi al que prefiriría tener a mi lado. No hay otro hombre. Contigo a mi lado, no tengo miedo de enfrentar otro ejército”.

“Yo tampoco, maestro”, le contestó, desviando la mirada, una ligera sonrisa en los labios. “Solamente quiero que todo esto se acabe. Y que podamos volver a lo que éramos antes”.

Un regalo, piensa Obi-Wan. Un regalo antes del terror.

Una pequeña piedra preciosa entre sus manos, antes de Utapau la segunda vez.

Antes de que el velo que lo había cegado durante tantos años se levantara. Antes de que el kyber de su corazón se volviera un carbón, consumido por el odio y el miedo y el Lado Oscuro. Antes de que se diera cuenta de sus errores, de lo necio que había sido al creer que al no pronunciar las cosas no las hacía reales; que guardar silencio, que cerrar los ojos, era suficiente para que nada los tocara.

Pero se había equivocado, desde el primer momento. Desde en Naboo, desde que le dijo que sí a su propio maestro, que él entrenaría a ese niño extraño e inusual. Que lo cuidaría y lo haría cumplir su destino glorioso.

Era un mentiroso, un traidor. Un cobarde.

Lo había llevado él, directamente, al matadero.

 

*

En el río de lava de Mustafar, Obi-Wan ve como Anakin se consume por el fuego.

Todo huele a azufre y carne podrida. Todo huele a muerte.

Ni siquiera siente la mano que le rebanó el resto de sus miembros. Ni siquiera sabe cómo hizo para salir de ahí, para entrar a la nave, con Padmé muriendo, y para salir de esa atmósfera maldita y huir hasta Tatooine, con el hijo de Anakin a cuestas.

Y huir y huir y huir.

“¡Te odio!”, le gritó.

Se siente replegado a sí mismo, como si el asesinato de Anakin lo hubiera deshecho elementalmente y lo hubiera despojado de su solidez, para volverlo en un fantasma, en una aparición. Era un asesino, después de todo. Era lo que merecía.

Te amaba”, le contestó él.

Porque decirlo en pasado era mucho más fácil que decirlo en presente. Se aleja de ese sentimiento, de la verdad que lo ha poseído desde que lo conoció. Porque la respuesta honesta es que lo ama todavía. Lo amará mientras siga vivo, por mucho que insista en que no es verdad.

Porque por mucho que se encierre, en su cueva de los eriales, la verdad persiste ahí, dentro de él. Es un amor que no deja de rebosar ni de crecer, a pesar de no tener tierra fértil ni agua. Es la agonía de un amor que se niega a extinguirse, que se aferra a su pecho, como los dedos de un niño a una cristal, los de un hombre a su sable de luz. Y vive ahí, dentro de él, sin tregua, como un vendaval de fuego, como una tormenta de arena. Es inútil luchar contra lo que insiste en vivir, piensa. Debe dejar que ese amor, negro y endurecido, lo cubra hasta que exhale su último aliento.

En cierta forma –en una forma irónica y terrible– su intuición había sido correcta. Todo ese tiempo había creído que él iría a morir por la mano de Anakin, pero quien acabó destruyéndolo fue él.

Dejó que el fuego acabara con él, tan totalmente, que no había posibilidades de que lo volviera a armar como cuando lloraba, los primeros días en el templo, y él lo llevaba a las plazas, a los museos, con Dex, como cuando en la guerra no dejaba de hacer puños las manos y él lo abrazaba y lo acostaba en el camastro y le decía que lo tocara, por favor, otra vez. Cuando todavía podía tomarlo entre sus manos y ver a la Fuerza brillar a través de él, como un kyber, una perla de krayt, cristal cortado. Tan hermoso, precioso, como siempre lo fue.

Nada quedaba ya.

Sólo él y el cadáver de la ballena de arena.

 

*

Ya no piensa en mucho más.

Sale de la cueva. Se adentra al desierto. Corta la carne y regresa. A veces come. A veces, cuando el día es tan inclemente como él mismo, sueña.

Sueña con alguien que pilotea las naves y repara los droides. Sueña que alguien le sonríe. Sueña que alguien le besa el pecho, justo encima de donde está su corazón.

A veces siente que no recuerda más que las palabras que describen su rostro. No la imagen, pero la historia. A veces siente que lo único que le queda es eso. No un fantasma, sino un relato.

Notes:

¡Volviendo a los orígenes!
Después de todo, la serie de Obi-Wan Kenobi es lo que me trajo aquí. Estoy pensando en hacer una colección de ficlets sobre OWK. Además de esta, me gustaría hacer algo Vaderwan, quizá. Después de Mapuzo o de Jabiim. Veremos.
Por ahora, aquí algo chiquito y sad, porque mi corazón se hace chiquito y sad cuando pienso en Obi-Wan post Mustafar :(

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