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Law lo había estado planeando durante un par de semanas. Había estado saliendo con Zoro desde hacía seis meses en un plan de amistad, pero eso ya no era algo que le gustara tanto, deseaba obtener más de él, poder besarlo y tomarlo de las manos como tanto había imaginado antes.
Por lo mismo, había estado planeando junto con Bepo, Penguin y Shachi la mejor manera de confesarse a alguien como Zoro sin ser ridículo o empalagoso. Habían hecho un listado de ideas absurdas y buenas ideas, así que gracias a eso había podido elaborar un plan romántico perfecto para obtener un rotundo "sí" por parte de Zoro.
Primero lo invitaría a ver una película de acción, Zoro era fanático de las películas de peleas y curiosamente una de artes marciales se estrenaría esa semana. Luego lo llevaría a un restaurante de comida japonesa tradicional para que disfrutara algo de su cultura. Y finalmente lo llevaría a ver la puesta de sol en el malecón de la ciudad antes de confesarse correctamente ante él.
Parecía un buen plan, era mucho más elaborado de lo que había podido pensar alguna vez en su vida, además de que por recomendación de su padre, le llevaría flores. Rosinante había insistido demasiado en que debía comprarle un ramo de flores a Zoro para hacer más romántica y sincera la declaración de amor. Confiaba en ello, su padre era un romántico empedernido que amaba de ver películas de romance de todo tipo, algo bueno debía obtener de ello.
Su único miedo era que su primo Ace y su esposo Luffy se enteraran al respecto. Luffy era el mejor amigo de Zoro, le agradaba, pero era un destructor de todo lo que tocaba además de un entrometido total en los asuntos ajenos, terrible para él era que su primo siempre se dejara llevar por todo lo que Luffy decía.
Había sido cuidadoso al respecto. Guardando cada pequeña planificación en lugares difíciles de ver si su habitación era allanada además de que había hecho prometer a sus amigos que no dirían NADA en lo absoluto a ese par.
Con esa confianza ciega en sus previsiones, esperaba nada más a que Zoro aceptara ir con él al cine y de ahí todo lo demás sería arroz comido —porque el pan de mierda no tiene nada qué ver en esta maravillosa oración—.
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Resulta que, a pesar de lo bien que uno pueda planear las cosas en su cabeza, eventualmente todo sale mal. Claro que él debió haber previsto eso también, su suerte generalmente se queda secuestrada en un calcetín al salir de casa y nunca más regresa a él durante el día.
Zoro había aceptado salir, lo que era algo que generó confianza en su plan y sus futuras acciones, pero eso fue todo lo bueno de suerte que tuvo en todo el día. Porque claro que tenían que haberse encontrado con Ace y Luffy yendo a ver la misma película que ellos el mismo jodido día, Zoro tenía una confianza ciega con su amigo y gran parte del momento terminó siendo delegado a un lado como si la cita en cuestión de hecho hubiese sido entre Luffy y Zoro —hasta Ace había sido olvidado—, le molestó, demasiado para ser honesto, pero no tenía nada de corazón para reclamarle a Zoro y sólo pudo esperar a que finalmente la película terminara para decidir que era momento de escapar de esos dos.
La suerte le sonrió, al menos por un rato. Law suspiró con tranquilidad cuando pudo guiar a Zoro consigo hacia el restaurante tradicional japonés que había puesto en su plan. Fue una maravillosa hora de plática y halagos a Zoro que produjeron las sonrisas más bellas y las risas más puras que haya podido escuchar en su vida y definitivamente Law podría jurar que jamás quería alejarse de ello, quería poder tenerlas con él para siempre y ser al único a quien vayan dirigidas.
Después del restaurante sólo restaba ir hacia el malecón a las afueras de la ciudad para poder ver el atardecer junto al mar. Era al menos una hora de viaje y había tiempo suficiente para llegar en el preciso momento.
En el auto, Law sentía que sus manos sudaban y sus piernas se tensaban inquietas ante los posibles escenarios en los que su proposición podría acabar, a pesar de eso él mismo estaba aferrándose a la idea positiva en la que Zoro aceptaba y lo besaba con cariño por primera vez. Bueno, era serio y era apático, pero él mismo tenía todo el derecho de soñar con cosas tan hermosas como lo eran tener al hombre de cabello verde sentado a su lado con él para toda la vida.
Platicó con Zoro durante el trayecto y descubrió gustos musicales que ni siquiera sabía que tenía, terminando en ambos cantando una canción hermosa llamada "El Sake de Binks" que era de la época de sus padres y que honestamente muy pocos conocían a la fecha.
Tan divertidos como estaban el tiempo de viaje finalmente llegó a su fin de manera muy rápida. Law estacionó su vehículo en la entrada del estacionamiento público y colocó su mochila sobre su espalda, aquella donde se estaban resguardando las flores del ramo que le había comprado. Zoro, por su parte, sólo siguió a Law hacia las bancas del malecón que daban una vista completa del mar.
Sus ojos brillaron ante lo bello que era. Honestamente con lo abrumado que siempre estaba entre el trabajo y sus entrenamientos como competidor olímpico, tenía muy pocas oportunidades de encaminarse a ese lado de la ciudad sólo para apreciar el mar profundo en todo su esplendor.
Tomó asiento junto a Law y ambos, en silencio miraron al mar, sus manos inconscientemente buscándose con cariño para permanecer sobre la otra sin decir nada. Estuvieron así tal vez quince minutos, simplemente disfrutando de la compañía del otro y de la frescura del viento del anochecer, al menos hasta que Law se apartó un momento de él y se volteó a verlo.
"Zoro-ya." Law le llamó. Zoro miró a Law con intriga, esperando a que continuara pero a su vez demostrando el interés. "Desde hace tiempo quiero poder decirte esto... He sido meticuloso al respecto porque no quiero presionarte ni hacerte sentir incómodo u obligado a responder, pero yo... He estado pensando tanto en ti de una manera más profunda, imaginando momentos en los que sólo tú y yo movemos el mundo y deseando con todo mi corazón que me veas de la misma manera en la que yo lo hago." Él dijo. Las manos de Law estaban inquietas, su rostro estaba algo rojo y estaba sudando, pero en ningún momento desvió los ojos de Zoro.
Zoro le devolvió la mirada con asombro. Su rostro violentamente sonrojado, su corazón acelerándose y sus manos inquietas sudaban buscando aferrarse a algo que le recordara que todo lo que sucedía era real y que estaba vivo, que en verdad estaba sucediendo uno de sus sueños más privados.
"Torao..." Susurró, su voz no era más que un hilo agudo cargado de incredulidad positiva.
"Lo que quiero decir es... Es decir, yo quisiera saber si tú -".
"¡TORAOO!" La voz alegre y poderosa de Luffy sonó por todo el malecón.
Law, interrumpido a medio discurso y con sus manos apenas sacando el ramo de dalias de la mochila, miró con terror y pesadez en la dirección de la voz llamándolo, notando cómo Luffy corría arrastrando a un Ace malicioso a sus espaldas.
"¡N-No puede ser!" Law gimió con frustración y se apresuró a sacar el ramo para intentar entregárselo a Zoro. "Zoro-ya, esto-". Nuevamente, no pudo.
El ramo de dalias fue aventado directamente a Zoro quien miró sorprendido y aterrado cómo Luffy y Ace se aventaban hacia Law. Luffy había abrazado al primo de Ace con cariño, la sonrisa aún se mantenía enorme y completa, sin ningún sólo remordimiento.
Ace, al contrario, parecía atareado, pero su sonrisa macabra sólo demostraba que estaba feliz de la travesura que estaba cometiendo.
"¡Traffy!" Ace exclamó imitando la voz de Luffy para pegarse más a su primo.
Law miró a ambos con el rojo furioso apoderándose de su rostro. Estaba tan cabreado con esos dos y sobre todo avergonzado de lo mucho que había quedado en ridículo frente a Zoro.
"Oh, hola de nuevo Zoro." Luffy saludó desde el suelo a su mejor amigo. Zoro movió su mano aún pasmado, sosteniendo el ramo de flores acomodado en su regazo.
"¡¿Qué rayos hacen aquí?!" Law exclamó furioso. Al diablo la serenidad, necesitaba una explicación.
"¿En el malecón? El malecón es público, tonto Torao." Luffy respondió burlesco, eso igual ganó una pequeña risa por parte de Zoro quien parecía estar saliendo del trance.
"¡No a eso me refiero, tonto!"
"Hablé con tío Corazón y pues, me dijo que vendrías, creí que sería divertido molestarte." Ace respondió tranquilamente, sentándose en la banca y cruzando sus piernas descuidadamente.
Bueno, Law había hecho una nota mental para ahorcar a su dulce padre malvado.
"¡Déjate de tonterías, estúpido!" Law exclamó de nuevo, levantándose del suelo tirando en el proceso a Luffy quién hizo un puchero al caer de costado y luego reponerse.
"Ah, Traffy se ha enojado." Ace burló con falsa tristeza. "Ven Luffy, vamos a comprar brochetas de cordero." Ace recomendó, dándole un guiño a su esposo.
Luffy se levantó de golpe y se acercó a Ace para treparse en su espalda.
"¡Vamos!"
Ambos desaparecieron rápidamente, no era raro cuando de comida se trataba. Law gimió con frustración nuevamente y luego suspiró pesado, con la resignación tratando de escapar de su cuerpo antes de ver nuevamente a Zoro.
"Zoro-ya... Yo, lo lamento tanto... Yo quería-".
"Acepto." Zoro interrumpió a Law —como parecía que ahora todo mundo hacía — y sonrió, alzando en sus dos manos el ramo de dalias.
"¿Qué?" Law murmuró confundido.
"¿Ibas a pedirme que sea tu novio no?" Zoro cuestionó, preocupado de haber intuido mal. "Entonces acepto."
Law sonrió, asintiendo frenéticamente ante lo que Zoro había dicho. Estaba tan jodido, extrañado entre cómo todo había salido tan mal para simplemente resolverse y salir bien por su propia cuenta. Honestamente ya ni siquiera le interesó esperar a una respuesta más específica, simplemente se acercó a Zoro y tiró de él hacia arriba con cuidado para besarlo profundamente en un beso apasionado pero tierno que no duró más de unos seis segundos.
Zoro sonrió, borracho de placer por el beso y Law le devolvió la sonrisa con la tranquilidad invadiéndolo.
Bueno, Ace y Luffy eran un par de idiotas entrometidos que arruinaban cada una de las cosas que planeaba en su vida y sin embargo no era nuevo que estas se resolvieran mejor de lo que alguna vez había podido planear. Finalmente, si Zoro tomaba su mano con orgullo, entonces se daba por bien servido con el resultado.
