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Atsumu descansaba sobre su cama de plumas con vista al río. Se removía entre las suaves sábanas y suspiraba al contacto de la tela con su piel desnuda. Estaba en su siesta de mediodía.
Alguien movió las cortinas y dejó entrar la luz de las antorchas. Él arrugó los ojos y resopló. Abrió los ojos y vio a su hermano de pie frente a él con una mano en la cadera y una ceja levantada.
— Es hora de levantarse. La comida está servida—. Le dijo.
Atsumu se removió y hundió la cabeza en las almohadas—. No tengo hambre—. Era cierto, estuvo todo el día alimentándose de frutas y de vino.
— Te dije que no comieras nada suelto o perderías el apetito—. Le regañó su gemelo, sintió su peso en la esquina de la cama y se forzó a darle la cara y sentarse junto a él.
Se frotó los ojos, cansado, y bostezó—. No es como si tuviera algo que hacer.
La mirada que le dio su hermano no auguró nada bueno—. De hecho, tenemos un llamado. Debemos prepararnos para recibir una visita.
Atsumu se puso de pie, completamente desnudo—. ¿Visitas? ¿Aquí? No hemos recibido una en siglos.
Osamu se encogió de hombros y se puso de pie—. Vístete y come algo, le esperaremos en el salón principal—. Dicho esto, se marchó.
Atsumu se quedó mirando la puerta. Seguía sorprendido. Su hermano y él vivían en un lugar tan inhóspito que los únicos que venían a verlos eran Hades y Perséfone, y a veces su madre Nix. Cuando eran requeridos para algo, eran llamados al Olimpo o a sus pomposos palacios.
Su palacio era bastante modesto en comparación con el de otros dioses: sus altos pilares estaban cubiertos de enredaderas y sus jardines eran tan extensos que llegaban a la orilla del Leteo, las paredes arraigadas en la roca de la cueva y sus muros tan altos que la luz de Helios no llegaba hasta ellos. Y tampoco la de Selene.
Atsumu se enredó en un quitón y se puso sus sandalias. Salió de la habitación y se encontró a los sirvientes en un continuo movimiento transportando comida y bebida, acomodando los cojines y limpiando las cortinas. Quien fuera aquella visita, debía ser alguien importante.
Encontró a Osamu sentado en la mesa del comedor, él hizo lo mismo—. ¿Quién es?
Osamu no respondió, no de inmediato—. Creo que no te va a gustar.
Atsumu bufó, sus dedos tamborilearon en la mesa—. Podría ser cualquiera, entonces.
Su hermano se quedó en silencio de nuevo. Atsumu tomó una manzana del tazón que se encontraba en el centro de la mesa y la mordió, el jugo le escurrió por la barbilla. Osamu tomó un pañuelo de seda y lo limpió, murmurando un “eres un descuidado” y Atsumu se rió.
Una luz blanca se coló por la ventana. Los sirvientes se cubrieron los ojos, los hermanos se miraron, se levantaron y corrieron hacia la ventana. Un gran carruaje tirado por caballos de más de tres metros de alto y con ruedas con llamas como fulgores en las esquinas aterrizó frente a las puertas de su palacio. Atsumu se quedó boquiabierto.
No podía ser quien él creía.
El fulgor blanquecino centelleó aún más cuando la deidad bajó del carruaje acompañado de un chico alto y rubio que se inclinó frente suyo. La deidad tenía el cabello moteado de blanco y negro y los ojos café claro, vestía una túnica blanca con una capa azul cielo y unas sandalias plateadas.
Caminó hacia la entrada con el chico rubio pisándole los talones. Atsumu y Osamu se sentaron rígidos de regreso a la mesa y los sirvientes se inclinaron al escuchar el repiqueteo de las sandalias de aquel dios.
Una vez que entró en la habitación, la luz fue demasiado para los gemelos, quienes tuvieron que bajar la cabeza.
— Buenas tardes—. Dijo la deidad con voz impostada—. Disculpen la intrusión. Zeus me dijo que podía venir si avisaba antes… espero no estar interrumpiendo algo.
Fue Osamu quien se puso de pie y habló— En absoluto, su santidad, ya nos habían comunicado de su visita, lo estábamos esperando.
Atsumu solo pudo asentir, luego dijo—: Tome usted asiento.
La deidad obedeció y se sentó con gracia, el sirviente que venía con él permaneció de pie a su lado. Los gemelos esperaron, en un largo e incómodo silencio, a que el invitado hablara. Él los miraba con amabilidad, liberaba feromonas dulces y su luz era cálida. Sonrió antes de decir—: He venido aquí porque quiero pedirles un favor. A Hipnos, para ser más específico. Zeus me dijo que eras el más indicado para ayudarme.
Su hermano lo miró, él tragó saliva. No entendía porqué el dios de la luna estaba en su sala pidiéndole un favor a él. Sin embargo, se lo guardó para sí mismo y se atrevió a preguntar—: ¿Y qué favor es, su santidad?
La deidad cruzó sus dedos sobre la mesa y desvió la mirada ligeramente—. Verán… Estoy enamorado de un mortal. El mortal me corresponde y mi corazón se arruga siempre que pienso en lo efímero que será nuestro romance, puesto que él envejecerá y se volverá polvo.
Osamu asintió, Atsumu se congeló. El dios siguió hablando—: Hablé con Zeus al respecto, le pedí que le diera la inmortalidad. Pero en cambio, me dijo que hablara contigo, puesto que no podía concederle tal premio a un mortal que no hubiese demostrado que lo mereciera. Me dijo que tú y yo podríamos llegar a un acuerdo.
Para ese punto, Atsumu ya estaba liberando feromonas ácidas y espesas. Osamu instaló una de sus manos en su muslo para calmarlo, le dio una mirada significativa y sus feromonas se calmaron. Si el dios logró percibirlo, lo ocultó muy bien.
— Si Zeus dice que yo puedo hacerlo, debo suponer que se trata del sueño.
El dios de la luna asintió con una sonrisa—. <> fueron las palabras que usó.
Atsumu asintió. Él sabía cómo hacer eso de lo que hablaba—. Puedo sumergirlo en un sueño perpetuo, no envejecería ni moriría; pero tampoco podría hacer nada fuera del mundo de los sueños.
— Lo entiendo— dijo la deidad— y estoy bien con ello.
Atsumu intentó calmar su respiración, Osamu le pasó una mano por la espalda—. Eso sería como la muerte—. Agregó Osamu.
— Allí es donde espero que entres tú, Tánatos, quiero que vigiles su sueño y evites que algo salga mal.
Osamu le sonrió—. Por favor, llámeme Osamu.
— Osamu—. Probó el nombre.
— Y a mí Atsumu— intentó él.
— Atsumu—. Repitió—. En ese caso, pueden llamarme Shinsuke. Soy Selene, dios de la luna.
Los gemelos asintieron—. ¿Cuándo sería?— preguntó Osamu.
— Cuando puedan.
— Bien— insistió, su mano seguía en la espalda de Atsumu y él agachó la cabeza, dejando que se hiciera cargo de la situación—, en cuanto estemos listos le avisaremos, Shinsuke.
Eso pareció ser suficiente para el alfa, pues se levantó y se inclinó hacia ellos en agradecimiento.
— Estaré esperando por su llamado— les dijo, se giró hacia su sirviente— Kei, agradece y vámonos.
El chico lo hizo y luego salieron.
No se levantaron de su asiento hasta que escucharon los cascos de los caballos y luego al carruaje despegar. Atsumu soltó el aire que estaba conteniendo y se inclinó sobre la mesa.
— Esto no puede estar pasando.
— El mismísimo Selene—. Agregó Osamu.
— Samu, yo no puedo tener tan mala suerte—. Se quejó. Osamu le acarició el cabello.
— Es el mismo chico ¿no? Ese que llevas meses observando.
— Tiene que serlo, él está obsesionado con la luna y su santidad dijo que era mutuo.
Sí que tenía mala suerte. El dios de la luna había venido a su palacio a pedirle que lo ayudara a estar con el omega por el que Atsumu había estado suspirando.
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Lo conoció un día en el que estaba paseándose por su jardín; las enredaderas mudaban las hojas, dejando el piso revestido de verde. Atsumu normalmente se divertía sentándose sobre ellas y soñando despierto. Ese día, en particular, estaba aburrido; no entraba ningún tipo de luz y su jardín era obra pura de su magia y divinidad. Abrumado y con deseos de explorar, subió a la superficie a dar un paseo sigiloso entre los mortales.
La arena acarició sus pies y escaló los riscos que lo llevaron a un extenso valle de pasto y luz solar abundante. Parecía una tierra fértil, Atsumu atravesó el campo con la palma de su mano abierta hacia el contacto de la hierba. Le gustaba sentir a la naturaleza moviéndose a su alrededor.
Fue entonces cuando vio a las ovejas, tiernas criaturas cubiertas de lana que siempre le habían gustado; habían decenas de ellas en una colina. Picó su curiosidad y se acercó para jugar con ellas. No logró su cometido pues, a la sombra de un gran roble, sentado y con la cabeza echada hacia atrás, dormitaba un mortal. Al verlo, Atsumu se quedó estático, con sus ojos pegados a la figura delante suyo.
Atsumu había visto muchos mortales antes, se podría decir que no le eran particularmente atrayentes; no entendía la dichosa atracción que sentían sus hermanos dioses hacia ellos.
Ahora lo entendía. Ahora lo entendía todo.
El mortal tenía la piel tan blanca como la leche y el cabello tan negro como el carbón, rayos de sol se filtraban por las hojas del roble y se posaban en su rostro como llamas bailando, haciendo de sus facciones aún más perfectas. Tenía los ojos cerrados, pero se notaban sus largas y espesas pestañas como cortinas, estaba vestido con cuero, lana y andaba descalzo. Él debía ser el pastor de aquellas ovejas.
Atsumu se acercó y lo observó más de cerca: jadeó al notar que dos lunares le adornaban la frente. Sintió el repentino deseo de besarlos. Aspiró su aroma y se embriagó de él, sus manos (todavía sobre sus costados) comenzaron a temblar en anticipación y las extendió; ansiaba, necesitaba el contacto, quería pasarle las manos por el brumoso cabello y besarle las mejillas, quería empaparse del maravilloso y dulce olor a vainilla que emanaba de su piel.
Un omega. El mortal era un omega, la compañía perfecta para un alfa como él. Y no era como si no hubiese estado con cientos de omegas antes, pero ninguno, ninguno le había hecho sentir lo que estaba haciendo este con solo su presencia. Atsumu sentía que si llegaba a ver sus ojos, caería de rodillas allí mismo. Las yemas de sus dedos siguieron la curva de su nariz y el corazón de Atsumu se agitó. Apartó la mano de inmediato, como si le quemara.
Lo quería. Lo necesitaba. Su alfa estaba ronroneando y llorando, anhelando la compañía del mortal. El chico agitó las pestañas y su rostro hizo una mueca. Atsumu se movió rápido y se ocultó tras un árbol; quiso reírse de la situación: un dios temeroso del encuentro con un humano. El chico abrió los ojos y pestañeó, desubicado. Se sacudió el polvo de sus ropas y echó a andar con un báculo hecho de ramas secas de roble. En el momento en el que se giró, Atsumu pudo ver sus ojos: eran como un pozo sin fondo, oscuros y profundos. Quiso llenar esos ojos de luz, quiso que aquellas orbes lo miraran únicamente a él.
Se quedó allí, detrás del árbol, y lo vio trabajar. Observó cómo llevaba a las ovejas a beber agua a la playa, cómo jugaba con la arena entre sus dedos y cómo levantaba la cabeza y miraba al cielo cuando anochecía y el carro de Selene pasaba.
Atsumu volvió al palacio esa noche con el corazón acelerado y con el mortal metido en cada rincón de su cabeza a partir de entonces.
Cada día, subía a la superficie y lo observaba trabajar. Lo siguió hasta una pequeña cueva cerca de la playa, donde parecía pasar las noches. Era pobre, según lo que pudo notar, y carecía de familia. Solo se tenía a sí mismo y a sus ovejas, pero parecía bien con eso. Atsumu no se sentía orgulloso de espiarlo mientras dormía o cuando se metía a la playa en las noches, completamente desnudo, y observaba la luna; cuando lo hacía, sus ojos adquirían el brillo que Atsumu soñaba con darle.
Atsumu regresaba a su palacio, atendía sus plantas, reía con su hermano, conversaba con sus sirvientes y se iba a la cama pensando en el omega. Durmió con decenas de omegas distintos imaginando al joven pastor, fingiendo que se trataba de él.
En sus días de observación, descubrió detalles sobre el mortal: le gustaban las flores, ya que siempre que había un cambio de estación y los primeros botones nacían sobre el borde de los acantilados, sus ojos brillaban; y cuando esos botones se convertían en flores, se agachaba y las olía con una preciosa sonrisa. Nunca las cortaba. Le gustaba la arena y la playa, pues su sitio de dormir estaba cerca y chapoteaba sobre las rocas cuando había marea alta.
No le gustaba el frío, pues se encogía durante el invierno en su cueva. Tiritaba y se abrazaba a sí mismo, el pelaje y el cuero no eran suficientes para mantenerlo caliente.
Tenía piel sensible: lo vio cortarse y sangrar en demasía, estremecerse al mínimo roce en la piel desnuda, sufrir brotes alérgicos y enrojecimiento en verano cuando el sol se sentía implacable.
Dormía mucho, tal y como Atsumu también lo hacía. Se pasaba gran parte del medio día dormido bajo la sombra de un árbol y buena parte de la tarde cobijado entre la lana de su cueva.
Atsumu no sabía su nombre.
Pasó, lo que para los mortales habrían sido meses, solo deleitándose con la cotidianidad del joven omega. Osamu le preguntó porqué no se le había acercado, pero él realmente no tenía una respuesta.
Ahora desearía haberse decidido, pero ya era tarde. El corazón de su anhelado omega había sido ocupado por la figura de alguien más, una deidad igual que él. Apenas y pudo contenerse durante aquella conversación, apenas y pudo ocultar cómo su corazón se rompía.
No era justo. El omega era suyo, él lo había visto primero.
— ¿Qué debería hacer, Samu? Nunca lo reclamé, nadie me creería si digo que me pertenece—. Lloriqueó en su cama.
— Te dije que te le acercaras, bobo. Ahora no puedes rechazar a Selene o Zeus se enojará con nosotros—. Contestó su hermano con expresión de pesar.
Atsumu se llevó una mano al corazón—. No quiero, no quiero dárselo.
Entonces su hermano le dio una mirada decidida—. Róbalo.
Atsumu levantó sus ojos hacia él—. ¿Qué?
— Me oíste, Tsumu. Róbalo antes de que Selene lo reclame, llévatelo y hazlo tuyo. Pueden pasar dos cosas: que Selene ya no lo quiera por haber sido tomado o que lo quiera de todos modos y, en ese último caso, ya habrás obtenido lo que querías de él.
— Samu, no puedo hacer eso. El castigo de Zeus sería terrible.
— Como si él no hubiese hecho lo mismo innumerables veces, además, tienes a nuestra madre que no dejará que te pase nada malo. Eres un dios, puedes tomar lo que quieras y a quien quieras y ningún humano te reclamará nada.
Su hermano tenía razón. Los dioses hacían lo que querían. Él mismo había hecho lo que deseaba con mortales en el pasado, quisieran o no. Pero algo en este mortal lo tenía cautivado, no quería hacer las cosas tan bruscas. Y no podía rechazar a Selene.
De pronto, una idea se le vino a la cabeza y miró a su hermano, como si sus ojos hablaran. Y él lo entendió y apoyó en silencio.
Mandó a un heraldo para que avisara a Shinsuke sobre su respuesta, preparó buena comida y vino para recibirlo. Un par de horas antes que llegara, mandó a llamar a su hijo mayor.
El jovencito entró en el salón con la cabeza gacha y la mirada aburrida—. Kenma, llegas justo a tiempo—. Se sentó en uno de los cojines del piso y palpó uno a su lado—. Ven, siéntate.
— ¿Qué quieres, papá?— se sentó en el cojín de todos modos—. Supongo que algo necesitas, sino no me llamarías.
Atsumu intentó recostar su brazo sobre el hombro del chico, pero este le dio una mirada felina de advertencia así que desistió de sus intenciones—. Voy a hacer un trabajo para Selene—. Kenma levantó una ceja, interesado—. Pero necesito que me ayudes a modificar mi hechizo.
— ¿Cómo?
— Quiero que distorsiones sus sueños, que la figura que aparezca en ellos se vea como yo.
Morfeo tenía la habilidad de modificar aquellos seres con movimiento que aparecían en los sueños: dígase animales o humanos. Hipnos y él trabajaban juntos para dirigir el sueño de los mortales a su antojo y conveniencia, y justo ahora estaba requiriendo de dichas habilidades.
— Vas a tener que ponerme en contexto—. Le contestó en voz baja, pero con el interés marcado en su tono.
Atsumu sonrió y le contó todo.
Shinsuke y los gemelos estaban sentados a la mesa disfrutando del banquete que habían preparado. Comían en silencio, con solo el sonido de cubiertos y copas repiqueteando en el aire. Una vez acabada la cena, Shinsuke se limpió la boca, se alisó la túnica y se aclaró la garganta antes de decir—:
— Así que ya has pensado las cosas, Atsumu.
Atsumu tragó y levantó la vista de su comida—. Así es, Shinsuke. No veo motivo para no hacerlo. En cuanto Helios termine su recorrido de hoy, llévame con el mortal.
El dios de la luna sonrió de forma cálida.
Tal y como fue dicho, los gemelos subieron a la superficie y Shinsuke los guió por el campo hasta la cueva. Atsumu ya sabía el camino de memoria, tenía grabadas hasta las facciones del mortal en su cabeza.
Una vez llegados allí, se mantuvieron ocultos tras las rocas de la entrada, poco después dilucidaron al mortal sentado sobre lana y cuero mientras miraba al cielo y suspiraba.
Tan hermoso como siempre. Su dulce aroma se paseaba por el aire y se instaló en sus fosas nasales; su hermano carraspeó, dando a entender que él también sintió el olor. Atsumu lo miró. Shinsuke hizo lo mismo con él y supo que era hora de actuar.
Extendió ambas palmas hacia el omega y se concentró. Una mirada directa y el mortal comenzó a parpadear, luchando por mantener los ojos abiertos, cabeceó y luego bostezó; cayó suavemente sobre el suelo de rocas. Las tres deidades se acercaron para evaluar la situación. El corazón de Atsumu dio un brinco al verlo: con los ojos cerrados y la boca entreabierta, con su aroma extendiéndose y arrullando a todos los alfas presentes. Osamu carraspeó una vez más.
— Entonces… ¿cómo funciona?
— Dormirá en las noches y podrás visitarlo fácilmente. Es un estado de semiconciencia, lo que ocurra en sus sueños será real para él pero no para ti. Puedes estar con él, pero solamente en las noches; a cambio, no envejecerá.
— Eso suena desventajoso para mí.
— Mis poderes no pueden hacer más que esto, lo siento.
Shinsuke lo miró por un rato y luego esbozó una sonrisa derrotada—. Está bien, entonces— se irguió y le mantuvo el contacto visual—, ¿Qué quieres a cambio?
, quiso decirle. En cambio, dijo—: Que Zeus no meta sus manos en lo que yo haga a partir de ahora.
El dios lo miró curioso unos segundos y luego asintió—. De acuerdo. Le transmitiré tu pedido. Ahora, si me disculpan…
— Oh—. Dijo Osamu. Tomó a Atsumu del codo y lo arrastró lejos de la cueva.
Si por él fuera, no se habría movido. No quería dejar a su dulce omega con ese dios. Se estaba ahogando en su miseria cuando encontró a Kenma oculto entre los árboles.
Se miraron, Atsumu asintió y Kenma chasqueó la lengua antes de desaparecer entre ramas en dirección a la cueva.
— Vamos, Tsumu. Vendrás mañana—. Le dijo Osamu mientras se lo llevaba a la fuerza de regreso al palacio.
Kenma apareció en el lugar poco después, diciendo que el trabajo estaba hecho y que no lo molestara en un largo rato. Atsumu estuvo de acuerdo, le dio las gracias y un báculo con una bola de cristal de fuego en la punta; Kenma se quedó jugando con eso un rato en el jardín.
Él pasó la noche dando giros en su cama, imaginando lo que Selene podría estar haciendo con su omega dormido e indefenso. Ahogó un grito de frustración sobre la almohada y sus feromonas ácidas inundaron la habitación, cuando un sirviente entró a llevarle la cena casi se desmaya por la intensidad del olor.
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Se puso su mejor quitón y se arregló el cabello lo mejor que pudo. Su hermano lo miró con una ceja levantada en cuanto salió de sus aposentos. Atsumu se sonrojó y le dio una sonrisa tímida, Osamu se vio conmovido y lo dejó irse con un movimiento despreocupado de manos. Atsumu bajó a su jardín y recogió todo tipo de flores: amapolas, lavandas, jazmínes, gardenias, orquídeas… y un tipo muy específico que a Atsumu le encantaba, pero que todavía no era el momento de ofrecer.
Fue a la superficie.
Paseó por el campo y solo encontró a las ovejas pastando solas. Buscó bajo el árbol y no lo encontró, fue a la cueva y obtuvo el mismo resultado. Bajó a la playa y allí, con los pies dentro del agua y una red improvisada en las manos, se encontraba el dueño de sus sueños.
Su rostro lucía tranquilo y en sus hombros no se encontraba la típica tensión propia del mal dormir. Estaba concentrado en su tarea, con los ojos como la noche fijos en el agua y en cualquier movimiento que se diera en ella.
Eso le permitió a Atsumu acercarse con sigilo a través de la orilla hasta casi estar a su lado. El chico lanzó la red, pero los peces se escaparon y soltó un quejido frustrado. Llevaba cuero envolviéndole el cuerpo, con sus largas y tersas piernas a la vista.
Atsumu se quedó embobado mirándolo hasta que el chico notó su presencia. Dio un brinco hacia atrás y su boca se abrió de sorpresa. Lo miró de arriba a abajo y su espanto fue en ascenso al percatarse que se trataba de una deidad. Atsumu levantó su mano a modo de saludo.
— Su… su santidad, yo… yo no sabía que era una playa sagrada. Perdóneme si estoy en su territorio.
Atsumu se rió de la paranoia del muchacho—. No, está bien. Es la primera vez que vengo aquí—. Mintió.
El omega llevó sus manos al regazo, notablemente nervioso—. Si quiere que lo deje solo…
— No, no, tranquilo. No me molesta tu presencia— jugueteó con las flores a su espalda—… de hecho, me acerqué porque te ví aquí. ¿Puedo saber tu nombre, mortal?
Las mejillas del chico se colorearon y Atsumu quiso comérselo a besos—. Soy Kiyoomi, su santidad. Yo… vivo en una cueva cerca de aquí. Soy pastor.
Kiyoomi. Kiyoomi. Kiyoomi. Era un nombre precioso para un omega precioso—. ¿Te gustan las flores, Kiyoomi?
El omega asintió. Atsumu ya lo sabía. Mostró su otro brazo cargado de flores directamente del inframundo, exóticas y salvajes. Los ojos del chico se iluminaron—. Son… son muy hermosas, de esas no crecen por aquí.
Atsumu se las tendió—. Tómalas, son para ti.
— ¿Pa… para mí?— su rostro estaba completamente rojo para entonces.
— Eres muy hermoso, no lo pude evitar—. Confesó, decantándose por ser directo en el cortejo.
El omega balbuceó, pero luego tomó el ramo. Las olió y soltó un jadeo encantado, a Atsumu se le hizo agua la boca—. Gra… gracias, señor—. Dijo y bajó la cabeza, notablemente nervioso.
— ¿Podrías darme un recorrido por la playa?— pidió, poniendo su mejor cara de conquista.
El olor del omega se hizo más intenso y las manos le temblaron, pero asintió. Comenzó a caminar y Atsumu lo siguió. Andaban descalzos por la arena blanca, Atsumu estaba flotando en su nube cuyo impulso era el olor a vainilla. El omega acercaba las flores a su pecho y daba pequeños datos sobre el lugar donde se encontraban, pero el dios de los sueños no lo estaba escuchando, tenía su mirada fija en sus labios rosados que se veían tan suaves…
— Y este es mi lugar favorito de toda la isla—. Dijo, Atsumu levantó la cabeza y no tuvo que fingir sorpresa al contemplar una entrada de lo que parecía ser una cueva al contacto con el mar—. La marea está baja, pero cuando está alta el mar entra y parece un lago rodeado de rocas. Es realmente muy hermoso, con aquella parte como una gran ventana y esa otra como una puerta arqueada. En las noches es aún mejor…
El omega hablaba emocionado, los ojos oscuros le brillaban y agitaba las manos tratando de explicar su punto. Atsumu asentía. El lugar era divino, parecido a ciertas zonas del Averno que él y Osamu visitaban de vez en cuando.
— ¿Qué le parece, su santidad?
Atsumu salió de su ensoñación—. Verdaderamente, creo que es todo un paraíso—. En realidad era todo lo contrario, pero el chico no parecía del tipo que le agradaran los dioses subterráneos como él. Para su suerte, podía fingir ser alguien más.
— ¿Cúal es su nombre, excelencia? Digo, si está bien decirlo, no tiene que…
Atsumu le sonrió—. Me parece que ya me conoces. En tus sueños, probablemente.
El chico abrió los ojos y se quedó boquiabierto, sin palabras. Con esa reacción, Atsumu supo que el hechizo de Morfeo había surtido efecto. Las mejillas del omega se calentaron de nuevo y balbuceó—. Luna.
Atsumu se forzó a asentir. Era un papel que tenía que interpretar; no sabía por cuánto tiempo, pero si eso significaba escuchar la voz y aspirar el olor del chico que tenía enfrente, lo haría gustoso.
Atsumu caminó hasta él, levantó una mano y con el pulgar le alzó el mentón. Era joven, todavía le faltaba por crecer. Sus ojos se encontraron—. Me ves en tus sueños, pero también estoy aquí y ahora.
— ¿Por qué?
— Ya te lo dije, te vi y quise venir aquí. Tú clamaste por mí y ya no me iré jamás.
Atsumu escuchó las ruedas del carruaje de Helios pasar cerca de ellos. Anochecía, debía marcharse. El omega lo miraba esperanzado, Atsumu se acercó y lo besó en la mejilla. El chico tembló debajo suyo y apretó las flores—. Debo irme, gracias por el paseo.
Para cuando el chico pudo responder, Atsumu ya estaba bastante lejos—. ¡Su santidad! ¿Nos veremos esta noche?— gritó, Atsumu gruñó para sí mismo y luego levantó una mano en afirmación—. ¿Y mañana? ¿Vendrá a verme mañana?
El alfa de Atsumu ronroneó contento, su corazón se infló. Se giró para mirarlo y asintió. El chico agitó las flores en despedida.
Acostado en su plácida cama en el palacio, Atsumu se preguntaba la razón por la que ese omega no tenía una fila de alfas deseando marcarlo. Quizás era por el hecho de que vivía muy alejado de los otros mortales, la isla tampoco parecía muy transitada por barcos.
— ¿En qué piensas?— preguntó su hermano, entrando en la habitación.
— ¿Por qué no está emparejado? Es una preciosura.
— La verdad es que tiene un olor muy dulce y pesado. Tuve que controlarme para no saltarle encima cuando estaba dormido.
— Te habría cortado la cabeza—. Aseguró Atsumu.
— No, no lo habrías hecho—. Dijo Osamu con toda seguridad, luego se volvió más serio—: ¿Merece la pena todo esto que estás haciendo?
— Cada una de las tretas y los engaños.
Osamu guardó silencio por un tiempo tan prolongado que Atsumu se levantó para mirarlo—. Atsumu, ten cuidado ¿sí?
Atsumu le sonrió con cariño—. Sí, Samu, lo haré. Ahora háblame de ese príncipe beta de aquel reino, ¿todavía te niegas a tomarlo como amante?
— ¡Atsumu, eres de lo peor!
En la noche, soñó con el omega en sus brazos, con besar sus labios y hundir su cabeza en su cuello para aspirar su aroma. Se despertó anhelandolo y odiando a Shinsuke por apoderarse de los sueños del chico.
Al día siguiente, fue a visitar a su humilde pastor. Lo encontró guiando a las ovejas a pastar, tenía su vara y llevaba sus hombros cubiertos con un manto de lana; eran días calurosos aquellos. Levantó un brazo para ser visto y así ocurrió, Atsumu no sabía si se trataba del calor o si la cara enrojecida del jovencito se debía a su presencia. Caminó hasta él y en cuanto estuvo lo suficientemente cerca, el omega desvió la mirada. ¿Qué había hecho Shinsuke en sus sueños que lo mantenía tan tímido?
— Kiyoomi—. Saludó, el chico lo miró e intentó sonreírle.
— Su santidad, es un gusto verlo—. Contestó con los hombros encogidos sobre sí mismo.
Era tímido naturalmente, para su alivio. Atsumu tomó sus manos entre las suyas y le besó los nudillos—. El gusto es mío. Traje algo para ti—. Le mostró la pequeña caja con los dulces de vainilla—. Mi hermano los hizo especialmente para ti.
Kiyoomi miró la caja con sorpresa, luego a Atsumu, luego de regreso a la caja; sus manos se movieron para tomarla, pero retrocedieron—. ¿De verdad?
Atsumu asintió. El chico tomó la caja y la abrió, al ver los panecillos pidió permiso para probarlos y Atsumu se lo dio. Sus ojos se achicaron al degustarlos—. Están deliciosos, por favor dele las gracias a su hermano de mi parte. Saben… saben a vainilla.
El chico no era tonto. Sabía perfectamente que Atsumu lo estaba cortejando. Sus palabras y sus acciones habían sido claras, aunado a eso le había regalado algo con su olor, y eso era la señal más clara y directa de interés por parte de un alfa a un omega. El chico se quedó con los panecillos y le dio las gracias, por lo que, según la tradición, estaba aceptando el cortejo.
Pasó con él toda la tarde, acompañándolo en sus tareas cotidianas y sentados bajo la sombra de aquel roble. Lo observó comerse el resto de los panecillos y convidarle algunos, lo escuchó hablar de sus ovejas y del clima. No lo miraba a los ojos y se enroscaba los dedos de las manos.
— Kiyoomi, mírame—. Le dijo y el omega se congeló en su lugar—. Por favor—. Agregó. El pastor obedeció— Tienes unos ojos muy bonitos y hueles muy bien.
El rubor se extendió por su cuello hasta sus orejas. Atsumu sonrió, habiendo logrado su propósito.
Al despedirse, le tomó la mano y le besó el dorso de la misma. Kiyoomi sonrió.
Los días pasaron de ese modo, Atsumu lo visitaba en el día y fingía que también lo hacía en las noches. El chico nunca comentaba nada de lo que soñaba, había días en los que no lo miraba a los ojos y otros en los que sí lo hacía. Cada vez que pensaba en eso, le entraba una rabia incontenible que sólo podía calmar durmiendo.
El olor del omega se volvía más dulce cuando Atsumu estaba cerca y poco a poco sus toques y contacto fueron en aumento. Atsumu le pasaba las yemas de los dedos por los brazos, le acomodaba el cabello detrás de la oreja, jugueteaba con sus dedos y a veces se los besaba ante su mirada atenta, haciendo que se pusiese colorado. Pero nunca se apartaba. Atsumu no dejó de ofrecer obsequios ni de llevarle flores.
El chico lo llevó a conocer la cueva donde dormía (sin saber que Atsumu ya la conocía casi de memoria) y atesoró el momento. Atsumu comenzó también a liberar una corta cantidad de feromonas cuando estaba con él, solo para ver cómo reaccionaba. Las feromonas se mezclaron con las suyas, volviendo el ambiente agradable y dulce.
Kiyoomi le contó que solía vivir con la familia de su primo, pero al revelarse como un omega no le permitieron seguir viviendo con ellos por seguridad. Él no dijo nada y se marchó, buscó un lugar donde quedarse a cambio de trabajo, pero nadie quiso aceptarlo. Entonces se aisló en la playa, donde no vivía nadie, así no molestaba a los habitantes y no representaba ningún peligro.
— Fui atacado una vez—. Contó ya con la guardia baja, mientras se encontraban bajo la sombra del roble. Atsumu lo dejó recostarse sobre su regazo. La noticia lo hizo espabilar—. Yo tenía quince años y acababa de mudarme a la cueva. No había viviendas cerca y creí que estaba a salvo. Una noche me desperté y tenía una mano en mi boca y tres alfas alrededor mío.
Atsumu tuvo que cerrar los ojos y respirar, debía ser paciente y escuchar el resto de la historia antes de salir a degollar alfas mortales.
El chico continuó:
— Luché y me retorcí, pero eran muy fuertes, eran tres y yo era muy joven y débil— soltó una risa corta—, bueno, todavía lo soy. Me tocaron y degradaron, yo lloraba impotente—. Atsumu era el que quería llorar, su pequeño omega, su preciosidad… buscarías a los tipos y los destruiría—. Pero antes de que pudieran llegar a algo más, una ola gigantesca embistió contra las rocas y entró a la cueva. Eso nunca había pasado. La fuerza de la marea nos arrastró a los cuatro directo contra las rocas; yo no me lastimé, pero los alfas quedaron inconscientes. Y por si la historia ya no era demasiado increíble por sí misma, la ola se retiró y se llevó a los alfas de vuelta al mar con ella.
Atsumu lo miró, el omega hizo lo mismo. No había signo de falsedad en sus ojos—. ¿ Y qué pasó después?
— Cuando tuve fuerzas para levantarme, salí y el oleaje se detuvo. Perdí lo que tenía en la cueva, pero el mar se llevó a mis abusadores. Miré al cielo y la ví, grande e imponente, emanando una luz sanadora. Ella me salvó—. Le mantuvo la mirada anhelante a Atsumu—. Desde entonces, la adoro. La contemplo todas las noches, ¿quien diría que realmente llamaría la atención de la misma deidad?— sonrió.
Atsumu tragó—. ¿Qué pasó con los alfas?
— Gracias a los dioses no me marcaron. Aparecieron muertos en la arena un par de días después; no los enterré, dejé que se los comieran los cuervos.
— Hiciste bien, eres muy valiente—. Posó su mano en la mejilla ajena y este cerró los ojos—. Dime, Omi ¿cuántos años mortales tienes ahora?— preguntó usando el nuevo apodo que le había dado.
— Pronto cumpliré dieciocho—. Respondió—. A mí… no me gusta la gente. Todos me hacen daño de una u otra forma, por eso me alegra mucho haberlo conocido, su santidad.
Atsumu se sintió pleno—. No tienes que convivir con mortales nunca más, me tienes a mí, no necesitas más que eso.
Esas eran buenas noticias. Significaba que no había estado con ningún alfa antes y que no tenía planes de hacerlo. Al menos no con un mortal.
Esa tarde, al despedirse, Atsumu juntó sus frentes y le dijo—: Gracias por contarme tu historia.
— A usted por escucharme.
Atsumu se aventuró y le dio un corto beso en los labios que lo encendió de la cabeza a los pies. El omega lo miró completamente rojo, pero no le reclamó nada.
En la noche, Osamu y él se pasearon por el pueblo al otro lado de la isla e hicieron dormir a todo alfa que encontraran para que ese "accidente" no volviera a pasar. A los jóvenes los hechizaron para que no pudieran mantenerse despiertos en la noche, y a los mayores, Osamu los hizo morir mientras dormían. Trazaron un hechizo que les impedía cruzar la isla y llegar a la otra orilla. Ahora Kiyoomi estaría a salvo de su pueblo.
En cuanto a los barcos, pidió ayuda a las sirenas y ellas se amontonaron en las aguas cercanas a la orilla; todo barco que se acercara, las sirenas lo hechizarían y hundirían.
Kiyoomi era su omega ahora y él debía protegerlo. Estaba bien, él lo cuidaría. Nadie iba a tocarlo o mirarlo.
Excepto, Shinsuke, la deidad de la luna; quién era el verdadero dueño de sus sueños.
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A Atsumu no le gustaba pensar mucho en eso: en el hecho que modificó el hechizo que utilizaría, inicialmente, para poder mantener al omega despierto. En el hecho que no se lo dijo a Shinsuke. Estaba haciendo trampa.
Pero Kiyoomi le había aceptado el cortejo, si se hubiese sentido cortejado por alguien más, lo habría rechazado. Si por lo menos se sintiera atraído por otro alfa, lo habría rechazado. El omega creía que eran solo sueños y que era Atsumu quien aparecía en ellos, pero se trataba de alguien más.
Atsumu sonrió con sorna, solo en sus aposentos. Si aquel alfa estuviera haciendo las cosas bien, Atsumu no tendría la oportunidad que ahora poseía. El dios dijo que su enamoramiento era mutuo, pero Kiyoomi al verlo no lo reconoció como alguien familiar; lo que significaba que el dios y el omega nunca se habían encontrado. De haberlo hecho, Atsumu hubiese quedado como un impostor, pero no fue así.
Entonces, siguiendo esa línea de pensamiento, había dos opciones: o el dios de la luna creía tontamente que Kiyoomi le correspondía sin conocerse, o estaba mintiendo. Atsumu ansiaba que fuera la segunda, así no sentiría culpa por engañarlo. Ladrón que roba a ladrón…
— ¿En qué piensas que estás sonriendo tan maliciosamente?— preguntó su hermano, que entró en algún momento y Atsumu no lo notó.
— Está mintiendo.
Osamu lo miró confundido—. ¿Quién?
— Selene. Él nos dijo que era amor correspondido, y de haber sido así ya se habrían conocido, Omi conocería su rostro.
— ¿Crees que nos engañó?
— Eso quiero averiguar.
— Bueno, puedes hacerlo ya mismo, viene para acá.
Atsumu miró a su hermano—. ¿Qué? ¿por qué?
Osamu se encogió de hombros.
Shinsuke apareció un par de horas después con una sonrisa. Atsumu estuvo a punto de mostrarle los colmillos, pero Osamu lo pateó por debajo de la mesa.
— Bueno, necesito otro favor por parte de ustedes—. Dijo, tomando un sorbo de su copa de vino.
Los hermanos se miraron—. ¿Qué es?— preguntó Osamu.
— Quiero saber si hay posibilidad de tener intimidad. Y sí, sé que dije que estaba bien con visitarlo solo en sueños, pero cada tiempo que paso con él lo quiero más y más…
Atsumu dejó de escuchar, él entendía perfectamente a qué se refería. Kiyoomi poseía esa vibra que hacía querer protegerlo y no apartarse de su lado. Pero no, no iba a permitir de ninguna manera que lo reclamara como suyo.
No recordaba qué respuesta le había dado Osamu al dios para que se fuera, solo podía recordar cómo su hermano pasaba sus manos sobre sus brazos de arriba a abajo y liberaba feromonas intentando tranquilizarlo.
— No puedo dejarlo—. Murmuró en el cuello de su hermano.
— Tienes que ser rápido, entonces. El omega no te es indiferente, así que debe ser más fácil. Tómalo de una buena vez, Tsumu, mañana mismo si es posible. Te ayudaré a asumir las consecuencias después.
Atsumu levantó la cabeza para mirar a su hermano—. ¿En serio harías eso por mí?
— Claro, eres mi hermano, tengo que velar por tu felicidad.
Ambos se ahogaron en feromonas dulces.
Pasado el mediodía, Atsumu se presentó en la isla. Cortó de su jardín una flor muy especial, una que no le había llevado a Kiyoomi antes. Se lo encontró subiendo el acantilado, en cuanto lo vio sus ojos bailaron y levantó la mano tímidamente para saludarlo.
Atsumu corrió hacia él y lo levantó por la cintura. Kiyoomi soltó un jadeo y luego un bufido. Atsumu escondió su cara en el hueco de su hombro y aspiró el olor puro de la vainilla.
— Creí que ya no vendría—. Le dijo el omega. Atsumu levantó la mirada para encontrarse con los oscuros suyos.
— Es marea alta ¿cierto? ¿Por qué no me muestras cómo se ve esa cueva ahora?
Los ojos del pastor centellearon y Atsumu lo devolvió al suelo—. Es cierto, es realmente muy hermosa—. Tomó a Atsumu de la mano y tiró de él hacia adelante, comenzando a caminar—. Vamos, vamos.
Atsumu lo siguió. Lo seguiría a donde quisiera llevarlo: al Olimpo o al Averno.
El omega no mentía. La cueva parecía un paraíso oculto cuando estaba llena de agua. El agua reflejaba la luz en las paredes de roca y esta se devolvía, dando la sensación de que la cueva estuviera hecha de agua, como si estuvieran debajo del mar. La mano del chico temblaba, pero mantenía el agarre sobre la suya y lo guió por un corto sendero hasta el otro lado de la cueva.
— Por este sector el agua es más cálida, ideal para darse un chapuzón bajo la luz de la luna—. Se rió—. Pero como es de día, es mejor si el agua está fría, para refrescar. Por eso este extremo es mejor a esta hora—. Terminó de explicar.
— ¿Quieres darte un baño, Omi?— le preguntó Atsumu y soltó su mano para mostrar la flor que llevaba consigo.
Kiyoomi la tomó—. ¿ Y esto?
— Te gustan las flores.
— Lo sé, pero ¿qué hace a esta tan especial para venir sin compañía?
Atsumu sonrió—. Es una passiflora. La flor de la pasión.
El rostro del omega se tiñó de rojo y desvió los ojos hacia la flor, dándole vueltas sobre el tallo.
— Mmmm… es muy bonita.
Atsumu vio como sus ojos buscaban desesperadamente algo a lo que aferrarse para evitar los suyos. Sonrió enternecido. Caminó hasta la orilla y se mojó los pies, entró al agua hasta la cintura; su quitón largo se levantó y ondeó alrededor suyo. El omega decidió mirarlo.
— Ah, su santidad, el agua es agradable ¿cierto?
Atsumu se giró hacia él y le tendió una mano—. Ven, averígualo tú mismo.
El pastor dudó, pero al final dejó la flor descansando sobre una parte seca del suelo y entró al agua dubitativamente—. Está fresca—. Afirmó, respondiendo él solo a su pregunta.
Atsumu pellizcó parte del cuero con el que vestía y lo jaló para tenerlo cara a cara. El omega tembló en cuanto sus cuerpos se tocaron. Atsumu lo rodeó con sus brazos por la cintura y pegó sus frentes—. Me gustas mucho, Kiyoomi—. Confesó con voz susurrante.
Kiyoomi se removió, creando ondas en el agua, y cerró los ojos—. Su santidad, yo…
El aroma de ambos se mezcló, las feromonas dulces comenzaron a afectarlo, y supuso que al chico le estaba pasando lo mismo. Atsumu subió las manos y las instaló en ambos lados de la cabeza del pastor, manteniendo su cabeza ahí para que no pudiera desviar la mirada. Se mantuvieron cerca, respirando el aire del otro; Atsumu jadeó cerca de su boca a propósito y Kiyoomi soltó un pequeño chillido. El dios del sueño estaba completamente embelesado con lo que tenía enfrente, no podía dejar de mirarlo.
— Te deseo—. Murmuró cerca de su boca. Sus narices se tocaban y el omega apretó los labios—. Acéptame, omega, por favor—. Dijo anhelante, suplicante.
Esperó pacientemente la respuesta, que llegó en forma de brazos rodeándole el cuello y un ligero toque de labios: casto y temeroso.
Su alfa aulló de felicidad en su interior. Sus feromonas se volvieron más espesas y apretó las mejillas del pastor antes de tomar sus labios. Un contacto leve y suave como el pétalo de una flor, y tal y como ellas lo hacían, sus labios se fueron abriendo poco a poco como un botón al ser tocado por los rayos del sol. Atsumu bebió de ellos, todo el anhelo y las ansias acumuladas por meses se derramaron dentro de la boca ajena. Con movimientos lentos y, al compás, fue explorando aquella cavidad. Las uñas de Kiyoomi se movían tímidas e imprecisas sobre su cuello.
Al separarse, Atsumu jadeó de nuevo y Kiyoomi abrió los ojos. Los tenía nublado y brillosos, las mejillas y las orejas rojas, la boca entreabierta y los labios ligeramente colorados. La imagen mandó el pensamiento racional de Atsumu directamente al sol.
Lo besó de nuevo, ahora más apasionado e inestable, su lengua se paseó por cada rincón y Atsumu se tragó un gemido ajeno. Sus manos bajaron hasta su cuello, donde sentía la calidez típica del sonrojo apoderarse de ese lugar, mientras que las del chico permanecieron quietas en el suyo. Atsumu los inclinó hacia atrás y sus cuerpos se pegaron más, sintió electricidad recorrerle cada rincón del mismo. Una vez finalizado el beso, Atsumu lo miró con ojos hambrientos; el omega tembló.
Tenía que sacarlos del agua.
Sus manos bajaron hacia sus muslos y tiró de él hacia arriba, cargándolo y comenzando a caminar de regreso a la parte seca de la cueva. El omega exhalaba en su oído y Atsumu ya no podía soportar más. En cuanto sintió la zona seca, lo recostó en la piedra húmeda; el agua todavía se colaba cerca de sus rodillas. Se colocó sobre él y procedió a besarle los dedos de la mano y le acarició la mejilla.
Miró hacia abajo y notó que el cuero y la piel de vestir le estorbaba, sus ojos regresaron a los negros de su acompañante; el chico lucía completamente rojo, pero igual asintió levemente. Atsumu tomó sus brazos y los levantó sobre su cabeza, con cuidado y parsimonia se dedicó a levantar sus ropas y tirarlas hacia arriba hasta tenerlas completamente lejos de su alcance.
Ante él tenía una vista gloriosa: Kiyoomi tenía la piel pálida pero suave, sin una sola estría o imperfección; sin embargo, tenía el torso y el abdomen lleno de múltiples lunares de todos los tamaños y formas, miró un poco más abajo y se le hizo agua la boca al notar que en la ingle y parte interna de los muslos habían más de ellos.
La marea creciente entró con más fuerza, haciendo que una ola pequeña entrara más profundo en la cueva mojándolos a ambos. Kiyoomi tenía el cabello rizado desparramado en las rocas, bañado con gruesas gotas de agua que parecían perlas. Atsumu decidió que le regalaría perlas reales para que adornara su precioso cabello con ellas. Más gotas de agua resbalaban por su cuello y caían por la punta de su respingada nariz. Sus dulces e hinchados labios eran una invitación, sus ojos le abrían la puerta a los secretos de su alma; una ya completamente desnuda ante él.
Atsumu tragó, luego se movió para recoger la flor, que le había regalado, de aquella roca donde Kiyoomi la dejó anteriormente y tenderla frente suyo. El omega la tomó sin rechistar y mantuvo sus brazos arriba después de eso. Atsumu comenzó a acariciar su torso, el chico se retorció; comenzó a pasearse por sus largas piernas y luego a trazar círculos sobre sus pezones, Kiyoomi jadeó y él lo besó. Sus manos tocaron donde quisieron, intentando memorizar la localización exacta de cada lunar.
— Puedo darte lo que tú quieras. Puedo hacerte muy feliz, solo déjame hacerte mío—. Susurró en su cuello mientras besaba la zona. Luego sus ojos se dirigieron a los del omega— ¿Serás mío?
El omega enrojeció, cerró los ojos y asintió—. Suyo...— suspiró.
Atsumu sonrió antes de lamer y besar sus pezones, mientras una de sus manos se colaba entre las piernas del muchacho; Kiyoomi las apretó por instinto, soltando pequeños jadeos. Atsumu tanteó la zona y lentamente fue introduciendo los dedos; el omega gritó y luego bajó sus brazos para acallar sus sonidos, Atsumu le besó la barbilla en compensación. Seguido prosiguió dándole atención a sus pezones, entre tanto su otra mano acariciaba sus piernas y las apartaba un poco más.
Un tiempo después (que fue incapaz de calcular), sus dedos entraban más fácilmente y Kiyoomi solo soltaba cortos y bajitos quejidos, había un líquido resbaloso brotando de su zona íntima que le ayudaba con el trabajo. Atsumu lo besó dulcemente mientras sacaba sus dedos y le daba el resto de su atención al miembro del chico, se tragó todos los gemidos que salieron en consecuencia de esa acción.
Atsumu le dio una mirada larga al lío de jadeos y respiración entrecortada que tenía debajo, tomó su muñecas y las colocó a cada lado de su cabeza; una de sus manos se quedó allí: sujetando la muñeca de la mano que aún sostenía la flor, mientras que la otra la usó para entrelazar sus dedos. Le dio otro beso rápido en los labios antes de colarse bien entre sus piernas y deslizarse dentro. Kiyoomi abrió la boca, pero no salió nada; se quedó así por unos segundos: mirando la parte de arriba de la cueva sin parpadear. Atsumu le besó y le mordió la oreja, esperando que se adaptara para poder moverse. Una vez que Kiyoomi cerró los ojos y soltó el aire que había estado conteniendo, Atsumu le dio un corto beso en la mejilla y comenzó sus movimientos lentos al principio. Kiyoomi apretó el agarre de sus dedos entrelazados y Atsumu los pegó más a la roca húmeda de la cueva, haciéndole saber que estaba allí con él.
Los movimientos lentos se volvieron más rápidos, pero aún así cuidadosos. Atsumu quería atesorarlo, había esperado tanto que temía arruinarlo por sus ansias y terminar lastimándolo. Pero no lo estaba haciendo, Kiyoomi dejó de morderse los labios y dejó salir libres a todos su jadeos y gemidos. Eran gemidos bajos y dulces, como todo lo que él representaba. Atsumu se instaló en su cuello, donde repartió besos hasta cansarse. El agua entraba de vez en cuando, dejándoles un sabor a sal en el cuerpo; los labios de Kiyoomi sabían a sal, pero el interior de su boca seguía dulce.
El pasar del tiempo aflojó la tensión en sus piernas y el agarre de sus dedos, Kiyoomi se dejó hacer y mimar a gusto de Atsumu. Su boca le recorrió todo el torso y pasó por toda su cara, le besó hasta las pestañas; Kiyoomi lo recompensó con un dulce gemido acompañado de un temblor al llegar al clímax. Las feromonas dulces volaron y él se ahogó gustoso en ellas. Atsumu se hundió en su boca justo en el momento en el que alcanzó su propio orgasmo y su nudo creció.
Le mordió los labios a Kiyoomi para distraerlo del dolor del nudo. Era el primero que recibía, por lo que debía ser doloroso e inquietante. Le besó los lunares de la frente y se concentró en hacer que el omega respirara apropiadamente.
Soltó sus muñecas y levantó sus manos unidas para besarlas; Kiyoomi le dio una sonrisa perezosa. Atsumu le dio otro par de besos rápidos y recostó su cabeza en el hueco de su cuello, aspirando la vainilla con tintes de sándalo: su propio olor. Kiyoomi se llevó la flor a la nariz con manos temblorosas, Atsumu mantuvo la otra, con sus dedos entrelazados, unida cerca de su pecho.
— Huele rico—. Dijo el omega—. Muchas gracias, alfa.
El nudo de Atsumu se agitó dentro y Kiyoomi lo sintió, soltando un pequeño gemido. Atsumu sabía que sus palabras tenían varios significados.
— Gracias, gracias, gracias—. Murmuró contra su cuello—. Eres como un sueño, Omi.
Atsumu sintió una mano en su cabello, seguido de caricias tímidas en el mismo—. Eres mi omega ahora ¿verdad?
— Todo suyo.
Cuando el nudo se deshinchó y Atsumu se deslizó fuera, ambos soltaron un suspiro triste. Atsumu se quedó allí, tocando y besando todo el cuerpo de Kiyoomi, acunándolo y cuidándolo. Quería llorar de lo feliz que estaba. Flotaba en una nube: una con olor a vainilla y sabor a sal.
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Atsumu lloriqueó al tener que separarse de su omega que todavía yacía en el suelo rocoso de la cueva con los párpados pesados. Atsumu le besó la nariz y las mejillas como despedida.
— Nos vemos mañana, Omi, sé bueno y piensa en mí esta noche—. Le susurró al oído antes de marcharse.
Su hermano le dio una mirada contemplativa al entrar, con una sonrisa boba, en su habitación.
— ¿Cómo te fue…
— Fue maravilloso, Samu, fue tal y como en mis sueños. Omi es… perfecto para mí.
— Si vieras tu cara ahora mismo… el amor da asco.
— ¡Samu!— se rió Atsumu. El silencio de su hermano le borró la sonrisa—. ¿Qué?
— Estás listo para lo que viene ¿no? Shinsuke se va a dar cuenta, seguramente estará furioso.
Atsumu lo sabía, de hecho, lo esperaría esa misma noche porque estaba seguro de que en cuanto sintiera su olor sobre el omega, se abalanzaría sobre él.
Y quizás Atsumu fuera en secreto un oráculo pues, justo cuando su hermano y él descansaban en la calzada del palacio con una copa de vino en sus manos, Selene entró hecho una furia al palacio, dando trompicones y con su capa ondeando en exceso.
En cuanto los encontró, ambos gemelos se levantaron a la defensiva. Los ojos de Shinsuke llameaban amenazadores.
Señaló a Atsumu con el dedo—. ¡Tú! Eres un mentiroso, estafador y un abusivo. ¡Cómo te atreves a ponerle las manos encima a lo que es mío!
Atsumu cerró los ojos y suspiró—. No sé de qué me hablas.
Osamu apretó el agarre que mantenía en su mano—. Y tienes el descaro de negarlo, todo tu olor está en su piel.
— Perdone, su santidad, pero que yo sepa, ese omega no se encuentra marcado ¿o sí?— se unió Osamu.
Los intensos ojos del dios se dirigieron a su hermano—. Pero claramente me pertenece, yo lo reclamé primero.
— Atsumu— se dirigió a él—, ¿el omega estaba siendo cortejado por alguien cuando te le acercaste?
Atsumu sonrió, ya entendía a dónde quería llegar su hermano—. No, él aceptó mi cortejo gustoso.
Los ojos del dios dudaron, pero al momento recuperaron su rigidez—. ¿Y por qué lo cortejabas? ¿No te había pedido el sueño eterno?
— El omega sueña contigo en las noches, tal y como lo pediste. Lo que haga en el día es otra cosa—. Dijo desinteresado.
— Eres un tramposo, Zeus sabrá de esto.
— No, no lo hará— Atsumu levantó dos dedos hacia él—. Uno porque no hay nada de lo que quejarse, tú podías cortejarlo en las noches y no lo hiciste: fuiste lento—. Bajó un dedo—. E hicimos un trato y tú cumpliste, así que Zeus ya no puede inmiscuirse en mis cosas nunca más.
Shinsuke rechinó los dientes—. Algo le hiciste al hechizo y lo voy a averiguar, en cuanto lo haga haré que te castiguen como a Prometeo—. Dicho esto, salió del lugar despotricando e iluminando todo con su vasta luz.
En cuanto eso sucedió, Atsumu se sentó en el suelo, mentalmente cansado. Su hermano lo siguió poco después.
— Eso estuvo muy bien, estoy orgulloso—. Le dijo Osamu.
— Me duele el pecho del susto. Descubrirá la trampa, pero Zeus no me hará nada.
— Quizás no él, pero tal vez alguien más sí. Debemos estar con los ojos bien abiertos, los dioses somos vengativos.
Atsumu asintió—. Mañana me presentaré con mi verdadero nombre.
Osamu lo miró dudoso—. ¿Seguro? Puede que te rechace.
Atsumu sonrió para sí mismo—. Tengo el presentimiento de que no lo hará.
Atsumu se puso su capa estampada con flores y su túnica púrpura, el cabello se lo peinó hacia atrás y se colocó los pendientes en las orejas y los broches en el cabello más una cadena de oro que sujetaba el quitón y sus botas. Era así como asistía a las reuniones con los demás dioses, era así como lucía Hipnos, el dios del sueño.
Cuando el sol estaba en su cúspide, llegó a la isla. Buscó a su joven amante entre los campos y los árboles. Lo encontró a la orilla del acantilado, agachado oliendo las flores recién abiertas.
— Buenos días, Omi—. Dijo a su espalda. El olor a vainilla se intensificó.
El chico se giró para saludarlo—. ¡Hola! No me di cuenta cuando se fue, creo que estaba un poco adormilado todavía—. Detuvo su perorata para observar bien a Atsumu, la confusión se retrató en su rostro—. Oh, está muy elegante hoy.
Atsumu le sonrió y le acarició la mejilla, Kiyoomi se acercó al contacto—. Vengo a presentarme apropiadamente contigo, mi lindo pastor. Soy Hipnos, dios del sueño. Y estoy a tus pies.
Kiyoomi lo miró sin comprender—. ¿Cómo? Pero creí que usted era…
— Mentí, discúlpame. Quería tener una oportunidad contigo y me pareció que esa era la mejor manera—. Acunó ambas mejillas del jovencito entre sus manos—. No soy yo el de tus sueños, los alteré para que pareciera que lo era.
— ¿Por qué, su santidad? ¿Por qué haría una cosa así?
— ¿No es obvio, Kiyoomi? Me tienes completamente loco y soy capaz de cualquier cosa para tenerte—. Le besó las mejillas mientras seguía hablando—. Porque tu aroma es lo más dulce que he olido nunca, porque tu belleza me estremece, porque tu voz me tiene cautivado, porque cada parte de ti grita por mí y cada parte de mí me pide reclamarte. Porque desde el primer momento en que te vi, no pude pensar en otra cosa.
Kiyoomi llevó sus temblorosas manos a la cara de Atsumu—. Yo solo soy un simple pastor huérfano y pobre, su santidad, el solo hecho que me haya concedido pasar un día entre sus brazos es suficiente para mí.
Atsumu lo acercó más hasta recostarlo en su pecho y hundir su nariz en su cabello—. Déjame ser tu compañero, tu amante, tu alfa. Te prometo que te haré inimaginablemente feliz, Omi.
Atsumu sintió el temblor en el cuerpo ajeno y supo que el omega estaba llorando—. Soy tan dichoso… y tan indigno…
— No sabes lo que vales, Omi. Me encargaré de mostrártelo—. Le pasó una mano por la espalda, intentando darle consuelo—. Me llamo Atsumu.
El chico levantó la cabeza para mirarlo, con lágrimas en la esquina de los ojos—. Pero creí que…
— Es mi nombre real, solo entre dioses lo conocemos, y también entre seres muy allegados.
— Atsumu—. Repitió el omega. El nombre viniendo de su boca le produjo una llamarada de calor que le atravesó todo el cuerpo.
— Pero puedes llamarme como gustes, yo también soy tuyo ahora—. Se rió y el omega se puso colorado.
Atsumu lo abrazó hasta que su llanto se calmara y luego lo cargó en brazos hasta la cueva donde dormía. Lo depositó allí lentamente y enredó sus brazos alrededor suyo. Ambos se quedaron así por un tiempo, luego Atsumu le dio cortos besos en la comisura de los ojos primero para después pasearse por todo su rostro y repartir besos en sus mejillas.
El omega llevó sus manos al rostro de Atsumu y le acarició los labios con los pulgares, él estuvo a punto de derretirse con ese toque. Sus manos se movieron rápido para desvestirlo mientras le besaba el cuello; el chico cerró los ojos y se dejó hacer. No pasó mucho tiempo para tenerlo desnudo frente a él nuevamente: le besó la cadera, los muslos, el estómago y regresó a su cuello; todo esto bajo la atenta mirada del omega que solo soltaba suspiros y se removía a la mínima sensación de cosquillas.
Atsumu sintió la necesidad de adorarlo, por lo que pasó sus manos por cada centímetro de su piel expuesta, con suaves caricias que le erizaron los vellos y lo hicieron juntar las piernas. Le contó cada lunar y cada peca y repartió besos dulces en los que se convirtieron en sus favoritos. Se metió entre sus piernas y se abrazó al cuerpo ajeno, una de sus manos se coló debajo de su cintura y la otra se movió siguiendo el camino al que llevaban los muslos del omega. Kiyoomi enredó una de sus manos en su cabello y la otra la envolvió sobre su hombro, el rostro de Atsumu quedó escondido en el hueco entre su cuello y hombro.
Atsumu llenó sus pulmones del dulce aroma a vainilla mientras Kiyoomi le acariciaba la cabeza dulcemente, leves temblores se desataron en el cuerpo ajeno al sentir dedos entrar y salir de él, Atsumu lo sentía respirar pesadamente en su oído y eso lo estaba volviendo loco. Movió su cabeza para poder atraparlo en un beso hambriento y movió los dedos en su interior para así tragarse el grito del pastor. Atsumu podía quedarse así por horas: haciéndolo sentir bien con solo sus dedos, besándolo para adquirir de primera mano cada una de sus reacciones, bebiendo todo de él.
Con un último beso rápido en sus labios, se separó de él lo suficiente para desprender su atuendo prenda por prenda ante la mirada de Kiyoomi, cuyos ojos estaban dilatados y la boca entreabierta. Una vez se quitó las botas, lo tomó de la cadera y lo giró, dejándolo recostado sobre la lana y el cuero. Lo admiró por un momento y luego pegó sus cuerpos, la sensación lo tomó desprevenido: piel con piel, calor con calor; todo se sentía más intenso así, más íntimo, más real.
Sus pulgares acariciaron su cadera y sus grandes y callosas manos rodearon su cintura, tan pequeña que casi podía sostenerla por completo entre sus manos. Vio los lunares, se relamió ansioso; Kiyoomi tenía toda la espalda cubierta por más lunares y pecas que no había podido ver antes por estar sobre el suelo de la cueva. Besó cada uno de ellos y también los contó, descubrió que era una zona cosquillosa para Kiyoomi, quien se agitó ante sus besos y se restregó ante la lana. Atsumu escuchó su risa poco después, cuando decidió que era buena idea trazar aquellas constelaciones con los dedos y así Kiyoomi no pudo contenerse más. Se rió tan alto y agitándose tanto que Atsumu le besó el cuello en recompensa.
No quiso hacerlo esperar más después de eso, el líquido pegajoso escurría por sus muslos y su olor se volvía más dulce y penetrante a cada minuto que pasaba. Atsumu sostuvo fuertemente su mano mientras con la otra lo sujetaba de la cintura, le separó las piernas con las rodillas y, con besos por toda su espalda, se adentró en él, llenándolo por completo. Atsumu siseó en cuanto estuvo completamente dentro y su calor lo envolvió, Kiyoomi gimió y el sonido fue amortiguado por la lana debajo suyo.
Ambos regularon su respiración y Atsumu apretó el agarre sobre su mano para que permanecieran juntas. Comenzó a moverse, con su pecho pegado a la espalda del omega ya perlada de sudor, y repartió besos en su hombro. Kiyoomi apretaba la lana entre sus dedos con todas su fuerzas y se mordía los labios, conteniendo sus gemidos.
Atsumu quería que la pasara muy bien, y usaría gala de toda su experiencia para lograrlo. Cambió el ritmo de las embestidas y Kiyoomi soltó un jadeo de sorpresa, Atsumu le mordisqueó el lóbulo de la oreja haciendo que cerrara los ojos y apretara los dientes. Entonces comenzó a dejar marcas por todo su cuello y hombros, succionando y mordiendo la piel sensible al mismo tiempo que entraba y salía de él. Logró arrancarle todos los gemidos que quiso y poco a poco fue lo único que Atsumu pudo escuchar. Se sentía dichoso de tenerlo y aceleró el ritmo hasta que paró en seco y su nudo se formó, haciéndolo soltar a él un gemido de satisfacción.
Escondió su cabeza en el cuello del omega mientras intentaba respirar de nuevo, todo el cuerpo de Kiyoomi temblaba y Atsumu supo que no había llegado al orgasmo. Deslizó su mano hacia la entrepierna del chico y éste echó la cabeza hacia atrás y arqueó ligeramente la espalda, se encontraba deseoso de más atención y Atsumu iba a dársela. Atsumu iba a dárselo todo.
Con movimientos pausados y consistentes acarició el miembro del omega que no tardó mucho en derramarse sobre las pieles. Atsumu se permitió, entonces, desplomarse por completo sobre el cuerpo del pastor mientras esperaba a que el nudo se deshinchara. Kiyoomi mantenía la cabeza sobre la lana con la boca entreabierta, por la que se escapaba un hilo de saliva, y los ojos entreabiertos; estaba perdido en sus pensamientos. Atsumu aprovechó para levantar sus manos juntas y entrelazar sus dedos para besar sus nudillos como ya acostumbraba.
Tarareó feliz, como acto reflejo post-apareamiento, y trazó círculos en la espalda y cuello del omega para despertarlo de su letargo. Al escuchar un suave quejido y verlo mover la cabeza, Atsumu susurró a su oído:
— ¿Cómo te encuentras, Omi? ¿Ya estás conmigo de nuevo?
— No… no sé cómo explicarlo—. Logró formular.
— Está bien, yo estoy aquí, puedes dejarte llevar. Yo siempre voy a cuidar de ti.
Atsumu le llenó de besos la cara hasta que finalmente pudo salir de él y la sensación de vacío les llegó a ambos. Rodó para quedar a su lado y lo jaló para colocarlo encima suyo, tiró algunas pieles sueltas para cubrirlos a los dos. Kiyoomi bostezó sobre su pecho y comenzó a dormitar.
— Está bien, hermosura, puedes dormir.
Kiyoomi negó—. Si lo hago, cuando despierte usted ya no estará aquí.
Atsumu le dio un beso en la frente—. No esta vez, Omi. Te prometo que estaré aquí cuando abras los ojos—. Le tomó la mano y la besó. Kiyoomi cerró lentamente los ojos hasta quedar profundamente dormido. Atsumu veló todo su sueño tal y como se lo prometió.
— Cuando era niño, solía temerle a los ancianos—. Comentó Kiyoomi con la vista pegada a las estalactitas sobre la cueva. Estaban enredados, tan pegados que no se sabía con exactitud a quién pertenecía qué extremidad. Atsumu podía sentir el calor de la piel ajena sobre la suya y el dulce aroma de Kiyoomi mezclado con el sándalo.
— ¿Y por qué les temías?—. Preguntó, jugueteando con los dedos de Kiyoomi.
— Me parecían sucios. Esas arrugas para mí significaban que no se bañaban lo suficiente—. Dijo como si fuera un hecho y no una completa tontería.
Atsumu soltó una carcajada—. Ay, hermosura, me hubiera gustado verte de niño, debiste haber sido adorable.
— No lo era, era muy tímido y los niños del pueblo nunca querían jugar conmigo. Motoya era el único que me prestaba atención.
Atsumu se movió un poco para besarlo en los labios—. Que niños más tontos, yo hubiera cuidado muy bien de ti de haberte conocido en aquel entonces.
— Habríamos sido como familia y no… esto—. Sus mejillas se llenaron de rubor. Atsumu le dio otro beso, ahora más profundo, que le arrancó un diminuto gemido.
— ¿Mi amante? Lo serías, Omi, no hay manera de que dejara que te me escaparas—. El omega rió y deslizó con suavidad su pierna sobre la suya.
— Mis tíos siempre me decían que era mi culpa por tener cara de enojado todo el tiempo ¡pero era mi mecanismo de defensa!— prosiguió. Atsumu trazó círculos en la piel de su brazo.
— A mí no me conocías y nunca me pusiste mala cara.
— Usted es un dios, no sería grosero con una deidad.
Atsumu se rió de nuevo—. Está bien, Omi, creo que nunca te ha gustado la gente y eso está bien. A partir de ahora, solo tratarás con seres divinos.
— No soy tan especial—. Murmuró, escondiendo su cara en el cuello de Atsumu. El sueño comenzaba a vencerlo nuevamente.
A Atsumu se le ocurrió una idea.
Lentamente se separó del omega y lo dejó acurrucarse más en las pieles, quien ya tenía los ojos cerrados y una sonrisa en los labios. Lo contempló por un corto periodo de tiempo hasta que se metió nuevamente en sus brazos y comenzó a acariciar su piel, a besarlo hasta llegar a donde quería. Dio besos cortos en la parte interna de sus muslos y deslizó sus manos entre ellos, sintió los restos de su orgasmo salir de entre sus muslos y los separó. Pasó la lengua por su miembro ya dormido y observó la forma en que Kiyoomi juntaba las cejas todavía con los ojos cerrados, respiró sobre él y Kiyoomi comenzó a sacudirse levemente, su miembro comenzó a despertar. Atsumu sonrió y lo tomó con una mano para balancearlo con movimientos tranquilos mientras acariciaba sus piernas. Kiyoomi se quejó levemente pero no se despertó; una vez listo, lo tomó todo en su boca y llevó sus manos a acariciar su cintura. Eso le arrancó un gemido al omega y por fin abrió los ojos, Atsumu lo miraba desde abajo y le sonrió con la mirada, Kiyoomi se puso colorado e intentó decir algo.
Atsumu no lo dejó: pasó su lengua por toda la extensión de su miembro y comenzó a succionar y a babear. Kiyoomi se aferró a las pieles y comenzó a balbucear cosas que no se podían entender. Atsumu no apartó la mirada de su omega ni un solo momento mientras hacía su trabajo, mientras lamía y lo volvía a introducir en su boca se deleitaba con sus gemidos cortos y ojos vidriosos, con la forma en la que su espalda se arqueaba y sus piernas temblaban. Con una sacudida excesiva de sus caderas y su dedos enroscándose en la lana, Atsumu supo que estaba cerca de terminar; fue entonces cuando aceleró el trabajo y Kiyoomi levantó las piernas e intentó apartarlo. Atsumu tampoco lo dejó hacer eso, cerró los ojos y se tragó todo el producto de su orgasmo. Kiyoomi lloriqueó por la estimulación y jadeó antes de recuperar un poco la compostura, observó a Atsumu a través de sus pestañas y ojos cansados, quien se aseguró de tragar y lamer hasta el último residuo.
— Te dormiste de nuevo, Omi, necesitaba despertarte—. Se pasó la lengua por la comisura de la boca—. Tan dulce…
Kiyoomi se cubrió la cara con las manos, completamente avergonzado. Atsumu gateó hasta él, le apartó las manos y atrapó sus labios—. ¿Te gustaría que haga eso cada vez que te duermas en medio de una conversación?
Kiyoomi estaba completamente rojo cuando dijo—: Sí, me gustaría.
— Ese es mi chico.
Pasaron el resto de la tarde conversando entre bostezos y caricias. Atsumu descubrió que a Kiyoomi la actividad sexual le daba sueño de forma involuntaria. Atsumu se encargaría de despertarlo tal y como le gustaba.
Le dio un beso apasionado antes de retirarse y Kiyoomi se restregó sobre él por última vez, dejando parte de su olor en la ropa de Atsumu.
Esperó hasta que cayera la noche y Kiyoomi se durmiera para romper el hechizo de sueño y liberarlo por fin del dios de la luna. Su omega podría soñar con lo que quisiera a partir de ahora.
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Atsumu quería hacerle un regalo a Kiyoomi pero no sabía qué.
— ¿Entonces ya no tengo que alterarle los sueños?— preguntó Kenma sentado en el borde de un pilar y jugando con sus propios pies.
— No, ya rompí el hechizo, así que no tienes que hacer nada.
— ¿Es tuyo, entonces? ¿Lo vas a marcar?
Atsumu detuvo su caminata por el jardín—. ¿Crees que debería?
Kenma se encogió de hombros—. No sé, quizá, no sé. Eso hacen los alfas con los omegas que quieren de verdad ¿no?
— No, Kenma, nosotros no marcamos a los omegas—. Interrumpió Osamu.
Kenma llevó la mirada al piso y siguió con lo suyo—. De acuerdo.
— Nosotros somos inmortales y ellos efímeros; los tomamos como amantes, tenemos descendencia con ellos, pero no los marcamos—. Explicó Osamu.
— Yo quiero marcarlo—. Espetó Atsumu mientras arrancaba una flor de una pilastra.
Osamu lo miró—. No, Atsumu.
— Pero lo quiero. Si no lo hago, alguien podría tomarlo.
— Si impregnas bien tu olor en él, no creo que nadie se le acerque. Llénalo de regalos también, marca tu territorio.
— Con mamá no solías ser tan posesivo—. Murmuró Kenma.
Atsumu suspiró y se sentó junto a él en el pilar—. Tu madre fue querida y cuidada, Kenma. Saeko fue mi esposa, la llené de atenciones hasta el día de su muerte—. Explicó de forma pausada.
— Era mortal, Kenma. Si Atsumu la hubiera marcado, no podría estar con nadie por el resto de la eternidad.
— Lo sé—. Aseguró el joven omega.
Atsumu pensó en ello. Si hubiera marcado a Saeko, quizás no estaría tan enamorado de Kiyoomi como lo estaba, no habría sido atraído por su dulce olor.
No se arrepentía.
De todos los omegas con los que había estado, solo a una desposó. Tuvo mucha descendencia, pero solo a quien tuvo con ella lo llevó a vivir con él y su hermano a su palacio. Ella era una mortal con sangre de dioses y de ninfas, su tiempo de vida fue más prolongado, pero la muerte la alcanzó. La quiso mucho, pero con Kiyoomi era diferente. Con él realmente se sentía que pertenecían el uno al otro. Que sus brazos fueron hechos para sostenerlo, su boca para besarlo y sus manos para acariciarlo. Kiyoomi nació para Atsumu y para nadie más.
— Quiero que lo conozcan—. Sentenció. Tanto Osamu como Kenma se miraron y asintieron dudosos.
Terminó eligiendo un suave peplus de seda color verde. Osamu y Kenma lo acompañaron y él los guió hasta el roble, donde Kiyoomi jugaba con un bebé cordero.
— Buenos días, hermosura—. Lo saludó. Kiyoomi levantó la mirada y sus ojos se abrieron en demasía al ver a dos cuerpos más con él.
Se puso de pie ipso facto y Atsumu se aclaró la garganta—. No, Omi, tranquilo, vienen conmigo. Déjame presentarte a mi gemelo, Tánatos. Y este de aquí—. Señaló al cuerpo escondido detrás suyo—. Es Morfeo, mi hijo.
Kiyoomi tartamudeó—. Ah, mucho gusto. Soy Kiyoomi.
Osamu se movió hacia adelante y le tendió la mano. El muchacho la tomó—. Hola, Kiyoomi, soy Osamu.
Osamu le dio una mirada exigente a Kenma y este se separó de la espalda de Atsumu para saludar—. Kenma—. Dijo.
Kiyoomi se removió nervioso—. Encantado de conocerlos.
Se sentaron los tres bajo el árbol y Kiyoomi le permitió a Kenma jugar con el pequeño cordero y eso lo mantuvo entretenido. Osamu miraba a Kiyoomi, incomodándolo; Atsumu miraba mal a su hermano, pero éste pretendía que no se daba cuenta.
Poco tiempo después, ambas deidades se retiraron y Atsumu suspiró aliviado. Kiyoomi jugueteaba con sus dedos y Atsumu se sentó junto a él para rodearlo con sus brazos.
— Lo siento mucho, Omi, ellos no suelen ser una buena compañía. Por eso vivimos tan alejados de los demás.
— Son callados—. Concluyó.
— Bueno, solo cuando les conviene. No sé quién es peor cuando se enoja—. Se rió Atsumu. Kiyoomi lo miró e hizo un amago de sonrisa.
— Me agradan.
Atsumu le besó la mejilla—. Me alegro—. Sacó el regalo y se lo tendió—. Para mi omega.
Kiyoomi lo tomó y lo extendió—. Es muy lindo.
— Estoy seguro que el verde te luce.
— Nunca he usado ese color.
— Pruébatelo y lo comprobaremos.
Una vez en la cueva, Kiyoomi obligó a Atsumu a girarse mientras se cambiaba, a él le pareció absurdo puesto que ya habían tenido intimidad; pero igual obedeció.
— Ya puede voltear—. Le indicó y eso hizo. Confirmó que el verde era su color predilecto. Le encargaría a Hefesto una gargantilla de ese mismo color en cuanto volviera al palacio—. ¿Cómo me veo?
El tono nervioso de Kiyoomi le dio ternura y se acercó para besarle la frente—. Hermoso. Tal y como pensé—. Las mejillas rojas y la sonrisa tonta le indicaron que sus palabras surtieron efecto—. ¿Puedo quedarme a dormir esta noche?
El chico lo miró con estrellas en los ojos y asintió afanosamente—. Nunca lo ha hecho.
Atsumu le tomó las manos y le besó los nudillos—. Pues que sea una maravillosa primera vez.
Las pieles y lana que Kiyoomi usaba para dormir en esa cueva eran bastante acogedoras, mantenían el calor y se deslizaban tranquilamente sobre la piel. Atsumu soltó un quejido de satisfacción cuando se revolvió entre ellas.
Sus ojos somnolientos se trasladaron hacia el camino de rocas y arena que producía la marea alta, Kiyoomi se encontraba sentado sobre una de estas rocas mientras movía los pies dentro del agua.
El agua debía estar fría. Una vez que terminó de jugar se quitó el peplus y se adentró en el agua. Atsumu ya había visto esa acción un montón de veces antes, cuando solo se dedicaba a observar desde la distancia. Pero había algo en la forma en la que la luz de la luna se reflejaba en el agua y pegaba en su rostro, en la forma en que la suave marea golpeaba el pequeño camino rocoso, en cómo las gotas que parecían de cristal se deslizaban por su espalda y por su cabello tan negro como la noche.
La forma en que la noche misma se teñía de azul a su alrededor. Kiyoomi parecía más una deidad bajo la luz de la luna que el mismo Atsumu. Suspiró feliz y enamorado. Su magnética mirada alertó al chico, que se giró y al verlo le sonrió y levantó la mano en un saludo. Atsumu, embobado, se lo devolvió.
No podía apartar la mirada de su amante.
Cuando este volvió, todavía mojado y envuelto en la seda color esmeralda, Atsumu lo tiró del brazo y lo acostó con él; enredó sus extremidades con las suyas y respiró su olor que ahora se encontraba mezclado con la sal.
Despertó con el omega en sus brazos, que yacía con las largas pestañas como cortinas cerradas y la boca entreabierta; Atsumu le llenó de besos las mejillas hasta despertarlo.
Tal y como había dicho, le mandó a confeccionar una gargantilla que le quedó sublime; también unas perlas, que enredadas en su cabello, lo hacían ver como un príncipe de un reino rico en oro, largos atuendos de la seda más cara en los mercados humanos. Atsumu lo mimó con todo lo que se le ocurrió. Le siguió llevando ramos de exóticas flores para que sembrara si quería, y otras para que simplemente contemplara. Le enviaba grandes banquetes con los mejores manjares humanos y el vino que solo bebían los reyes. Él era un dios, podía conseguir todas las comodidades que quisiera para su bonito amante.
Lo que pidiera, se lo daría. Un día lloró porque un lobo acabó con parte de su rebaño y Atsumu acabó con aquella manada de bestias tal y como Hércules lo habría hecho. Otro día la actividad lunar fue muy alta y el agua, tal y como él le contó que sucedió cuando fue atacado, se metió a la cueva y humedeció sus cosas, haciendo que pasara frío en las noches. Atsumu arrastró del cabello a las sirenas que tenía como protectoras de la playa por haber permitido tal cosa (aunque estas no tuvieran la culpa) y le armó un espectáculo a Poseidón en su propio palacio. Le llenó de tela nueva su cueva al día siguiente.
A pesar de la incomodidad del primer encuentro, Kenma volvió a visitar al omega; quizás se trataba de su propia naturaleza omega la que lo hacía orbitar alrededor de Kiyoomi, quizás su olor mezclado con el de Atsumu le producía la sensación de familiaridad. A veces lo acompañaba a visitarlo y se recostaba en su regazo y ronroneaba, Kiyoomi le acariciaba el cabello con cautela y luego miraba a Atsumu con consternación y entusiasmo mezclados.
A veces, incluso, era su joven hijo el que le daba regalos a Kiyoomi, como un tinte de labios que Atsumu no le dejó aplicar en Kiyoomi, o un colorante de uñas verde que lucían muy bien en las manos del chico. Atsumu no dejó de besarlas en toda la noche, pero igual regañó a Kenma por ese tipo de regalos. Entonces le obsequió un pasador de cabello con forma de flor de loto que hizo a Atsumu babear, y un magnífico pendiente colgante de oro con varias estrellas al final que Atsumu le pidió a Kiyoomi que lo usara siempre que pudiera.
Sábanas limpias, almohadones rellenos de todas las regiones del mundo, seda y satín: Atsumu le armó a su amante el nido perfecto para pasar su tiempo juntos.
Atsumu lo observaba beber de su copa de oro el nuevo vino que le trajo.
— ¿Qué tal estuvo?
— Delicioso, igual que los demás—. Contestó Kiyoomi con la cara enrojecida por el alcohol.
—Me alegro que te gustara, puedo traerte un barril para antes de dormir.
— Su santidad me creará un vicio con el alcohol.
— Tal vez ese sea mi plan desde un principio.
Esa noche, Kiyoomi llevaba el pendiente y la gargantilla, además de un peplus de seda blanca muy fina.
— ¿Estamos celebrando algo, su santidad?— preguntó. Atsumu gateó hacia él, el dios solo llevaba un discreto quitón color azul marino y una diadema del mismo color.
— No realmente—. Tomó su mano y lentamente deslizó un anillo dorado en su dedo.
Kiyoomi abrió los ojos en sorpresa y apartó la mano para mirar—. ¿Y esto? Su santidad ¡es precioso!
— Lo mandé a hacer para ti—. Contestó. Atsumu no podía calcular las inmensas ganas que tenía de poner un anillo en su dedo, siendo eso muy significativo para los humanos.
— Lo amo, su santidad—. Confesó con voz baja, Atsumu lo miró complacido—. Lo amo muchísimo, tanto que no puedo pensar en otra cosa.
Atsumu le apartó el cabello hacia un lado y comenzó a repartir besos en su cuello, hombros y clavícula. Kiyoomi cerró los ojos y se aferró a él. Si lograba hacer que un omega dijera que lo amaba, el cortejo se daba por terminado. Entonces por fin podía preguntar, así que acercó sus labios al oído del chico y su aliento caliente lo hizo temblar:
— ¿Quisieras tener a mis hijos?
Kiyoomi lo miró por unos largos segundos mientras sus mejillas se bañaban con un dulce rubor—. Sería un honor.
Atsumu atrapó su boca poco después, de forma calmada y lenta. Desabrochó ambas fíbulas de sus hombros y la tela cayó tranquilamente sobre sus caderas. Atsumu lo desnudó por completo y lo besó entero antes de recostarse sobre las almohadas y dejar que el chico se sentara a horcajadas sobre él. Atsumu le acarició la mejilla con cariño mientras lo guiaba, con el sonido del pendiente al moverse y el frío del metal de la gargantilla contrastando con el calor que el resto de su piel emanaba, le arrancó todos los "lo amo" que pudo obtener antes de que cayera agotado sobre su pecho y al fin poder pasar su cálidas y rasposas manos por la espalda llena de pecas y lunares de su omega.
Pocas horas después, Atsumu se despertó y lo encontró dándose un baño en la playa; Kiyoomi era muy limpio y le encantaba el mar. Se dedicó a mirar como siempre lo hacía, pero la forma en la que el chico pasaba sus dedos por su cabello mojado, removiendo los rizos y sacudiendo la cabeza con los ojos cerrados hizo que se le secara la boca.
En silencio, se levantó y se internó en el agua; el omega estaba demasiado distraído para notar su presencia. El cabello de Kiyoomi le llegaba un poco más abajo de los hombros y las facciones de su rostro se habían suavizado, sus pestañas estaban más largas también. Atsumu supo de inmediato que el buen trato que recibía lo había hecho explotar su belleza por completo. Eso lo había logrado él, mimándolo.
Se acercó por la espalda y lo abrazó, el chico dio un brinco y luego se relajó al sentir un olor familiar—. Lo siento, ¿lo desperté?
Atsumu hundió su nariz en su cuello—. No, te estaba contemplando.
Kiyoomi se rió—. ¿Va a acompañarme?
Atsumu lo giró para tenerlo de frente—. Si insistes.
Lo tomó de la cintura y lo pegó a él, lo besó profundamente para luego comentar—: Tu cabello está más largo.
— Mmm sí, se me ha estado olvidando cortarlo. Si no le gusta le puedo decir a Kenma que lo haga.
Atsumu negó dramáticamente—. No, está bien, está perfecto. Tú estás perfecto—. Le dio un beso corto. Luego otro, y otro.
— Su santidad— dijo el pastor entre risas—, déjeme terminar de lavarme y hacemos lo que usted quiera.
“Lo que usted quiera” retumbó en sus oídos y lo hizo permanecer quieto mientras Kiyoomi terminaba de asearse frente a sus ojos. Fue paciente y obtuvo su recompensa tal y como le habían prometido.
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— Así que, ¿tendrás descendencia con él? Hacía tanto tiempo que no te apetecía hacer eso con alguien—. Comentó Osamu, acompañando a Atsumu a recoger más flores de su jardín para llevárselas a su amante.
— Quiero hacerlo todo con él, quiero una experiencia completa—. Dijo, distraído en su labor.
Osamu levantó las cejas—. Vaya, un mortal te tiene en la palma de su mano.
Atsumu sonrió—. Tienes razón, y no me molesta en lo absoluto.
Kenma atravesó el jardín como si lo estuvieran persiguiendo y cuando se detuvo frente a ellos, tuvo que tomar un largo momento para tomar aire con las manos sobre sus rodillas.
— Kenma, ¿qué pasa?— le preguntó Osamu, resistiendo las ganas de reír.
— Helios—. Apenas logró decir.
— ¿Perdón?— preguntó Atsumu.
Kenma levantó la cabeza, el cabello le caía como cortina sobre los ojos—. Helios viene para acá.
Osamu y él se miraron.
Un gran destello de luz iluminó las oscuras paredes del palacio. Atsumu se cubrió el rostro con la mano y gruñó por el exceso de iluminación. El sonido de grandes cascos sobre el mármol acompañado de relinchos les dio un indicio de lo que pasaba, Helios entró al palacio sin anunciarse. Atravesó la cocina y llegó hasta el porche donde divisó a los gemelos, quienes lo miraban atónitos. El dios del sol levantó la barbilla en desafío y comenzó a bajar las escalinatas.
— Hipnos y Tánatos, el sueño y la muerte no violenta. Me alegra encontrarlos a ambos juntos, tengo un asunto que tratar con ustedes—. Dijo, con voz retumbante. El eco se extendió por las paredes del lugar. Kenma se escondió detrás de Atsumu.
Tragó saliva y levantó la barbilla en correspondencia—. Aquí estamos, somos todo oídos.
Osamu le tomó la mano en señal de apoyo. Los ojos negros del dios se quedaron fijos en los dorados de Atsumu—. Esta mañana, tuve una conversación con mi hermano—. Osamu apretó el agarre de su mano. Ya sabían lo que vendría a continuación—. Al parecer, tuvo una especie de "trato" con ustedes; trato que no cumplieron. Shinsuke se siente muy ofendido y traicionado. No ha pasado la queja a Zeus por razones que se escapan de mi conocimiento, pero en honor a él vengo a ponerme en contexto sobre la situación.
Osamu miró a Atsumu, este le asintió, comenzó a hablar—. Así es, su santidad, si gusta puede sentarse con nosotros y comer algo mientras le contamos.
El dios, quien a simple vista era muy intimidante, era bien sabido que poseía un carácter cordial y justo. El hombre lo meditó unos segundos y luego les asintió.
Los gemelos se lo contaron todo (solo la parte del trato y la razón del engaño) y Helios repiqueteó en la madera de la mesa mientras escuchaba. Una vez terminada la historia, el dios del sol deliberó y se puso de pie.
— Supongo que, según lo que he escuchado de sus propias bocas, esto se debe a un amor muy fuerte. Yo no puedo hacer nada contra eso, soy fiel creyente que el amor nos convierte en nuestras mejores versiones—. Dijo cómo debatiendo consigo mismo—. Sin embargo, no cambia el hecho que jugaron sucio y engañaron a una deidad mayor: a un titán. Además, se trata de mi hermano, por lo que no puedo evitar enfadarme—. Levantó un brazo y su capa roja como la sangre ondeó—. En consecuencia, recibirán un pequeño castigo de mi parte. Pequeño, ve por mi escriba al carruaje, dile que es urgente—. Se dirigió a Kenma y este salió corriendo a hacer lo que le pidieron.
Un joven omega entró a trompicones al jardín con un pergamino y una pluma—. Aquí estoy, Aran-san.
— Muy bien, Shoyo, necesito que escribas lo que voy a decir—. El jovencito se preparó—. A partir de este momento, Hipnos y Tánatos tienen prohibido subir al mundo mortal mientras yo esté de guardia. Tendrán que ver a sus amantes mientras Shinsuke esté en lo más alto.
Atsumu y Osamu jadearon—. ¿Qué? ¿Por qué? ¡Eso es un castigo muy severo!— le discutió Osamu.
— A mi me parece justo. Shoyo, ¿lo anotaste?
— Sí, su santidad.
— Entonces nos retiramos. Que pasen buenas noches—. Se despidió y salió del palacio con el escriba detrás.
Los gemelos se quedaron en silencio, Kenma pasó su mirada entre ambos—. Bueno, si lo piensan, no fue tan malo.
— No puedo salir en el día… me está quitando como doce horas—. Gruñó Osamu.
Atsumu bajó la cabeza, sintiendo la culpa trepar por su garganta—. Lo siento… — susurró.
Su hermano lo miró—. No es tu culpa. Bueno, en realidad sí es tu culpa; pero yo te di la idea y participé, así que lo tengo bien merecido.
Atsumu no pudo evitar reírse, Kenma también lo hizo—. Bueno, seremos nocturnos a partir de ahora.
— ¿Entonces solo podrá venir en las noches?— preguntó Kiyoomi con la espalda recostada sobre el pecho de Atsumu, quien le hacía pequeños círculos sobre el dorso de la mano.
— Lamentablemente sí, supongo que tarde o temprano habría una consecuencia por eso. Es una lástima, me encantaba pasar el día y la noche contigo.
El chico se quedó en silencio un momento y luego habló—. Es como al principio, pero al revés.
— ¿Mmm? ¿Qué dices?
— Que en un principio, solo venía a verme en el día porque el hechizo me hacía dormir toda la noche. Ahora solo podrá verme en las noches. Es como volver a conocernos.
Atsumu sintió una calidez en su pecho y llenó de besos el rostro del omega, quien sintió cosquillas y se retorció en sus brazos.
Decidió que no le importaba tener tiempo limitado con su amante, el poco que tenía lo aprovecharía al máximo.
En el día, Kenma la pasaba con Kiyoomi y Atsumu se lo agradecía, ya que fue al único que Helios no castigó. Estaba bien, a Kiyoomi le agradaba Kenma y su hijo se acostumbró a pasar el tiempo con Kiyoomi; su olor lo adormecía y la pasaba descansando sobre él. A Atsumu le agradaba que su amante tuviera compañía, ya que pasó gran parte de su niñez y adolescencia solo.
En la noche, Atsumu lo visitaba y Kiyoomi lo recibía con los brazos abiertos. Comían, bebían, conversaban, paseaban por la orilla de la playa y sus aromas se mezclaban con la brisa marina. Se iban a dormir juntos y Atsumu se iba antes del amanecer, melancólico e impaciente.
Una noche, ambos yacían sobre un pequeño campo de flores, debido a que la primavera se presentó temprano en la pequeña isla. Los días eran soleados y las noches eran frías. Esa, en particular, estaba siendo fresca y las gotas de rocío comenzaban a asentarse en los tallos de las flores; era de madrugada. Estaban contando las estrellas y Atsumu señalaba el cielo y explicaba el nombre de las constelaciones y su origen, Kiyoomi lo miraba atento.
— ¿Cuántas estrellas hay?
— Quien sabe, las suficientes para regalarle una a cada enamorado durante siglos y, aún así, sobraría la mitad.
Kiyoomi lo miró curioso—. ¿De verdad?
Atsumu se rió—. Lo acabo de inventar, pero podría ser perfectamente una verdad.
— Su santidad siempre juega bromas así, me trata como un niño—. Se quejó el omega y pegó su cuerpo al de Atsumu.
— Eres un bebé comparado conmigo, hermosura; además, si no eres un niño, ¿por qué siempre caes en mis bromas?
Kiyoomi se ruborizó, Atsumu no sabía si por la rabia o la vergüenza, y se giró para darle la espalda al dios—. Aw, Omi, no te enojes conmigo. Solo estaba jugando, no pienso que seas un niño—. Le acarició las piernas desnudas, se acercó a su oreja y le susurró—: Si te considerara un niño, no haría estas cosas contigo.
A Kiyoomi se le erizó la piel y el rubor se extendió hasta su cuello y orejas, Atsumu lo movió para dejarlo de frente y se colocó sobre él. Los ojos de Kiyoomi lo esquivaban. Llevaba un quitón corto y el arreglo de perlas sobre el cabello. Atsumu le besó el cuello y fue subiendo hasta tomar sus labios, Kiyoomi pasó sus manos por su espalda. Atsumu pensó en dónde estaban: afuera, de noche, con la luna llena en su punto máximo. Selene debía estar justo sobre ellos en ese momento. Sonrió: le daría un buen espectáculo.
Le sacó el quitón y lo llenó de besos y caricias antes de prepararlo y deslizarse dentro de él. Kiyoomi le rodeó la cadera con sus piernas y Atsumu se dedicó a consentirlo, a hacerlo gemir y rogar por más, a murmurar que lo amaba. Atsumu hizo suyo al omega que el dios de la luna quería, justo frente a él. Sintió su pequeña venganza por el castigo de Helios como un golpe de aire frío.
— Kiyoomi huele raro hoy—. Comentó Kenma al entrar a la habitación de Atsumu después de haber pasado toda la tarde con el pastor.
Atsumu levantó una ceja—. ¿Cómo raro?
— Como más dulce, si es eso posible. Creo que está en pre-celo, no quise decírselo para no inquietarlo—. Miró a Atsumu con los ojos entrecerrados—. Papá, no le hagas nada todavía.
— ¿Pre-celo? No creí que ocurriría tan seguido. Su último celo fue hace dos meses—. En el tiempo que llevaban como amantes, Kiyoomi había pasado por tres celos; Atsumu no lo visitó en todo ese tiempo para evitar marcarlo por accidente. Pero este sería diferente, acordaron que cargaría con sus hijos.
— Es joven y está sufriendo mucha estimulación, supongo que sus hormonas están descontroladas—. Concluyó Kenma y miró a Atsumu con desaprobación una vez más.
— Entonces deberías traerlo aquí por esos días, para que se sienta más cómodo—. Agregó Osamu entrando.
Atsumu lo miró con una expresión de terror—. ¿Qué? ¡No! Estamos en el Averno. Está prohibido.
— No es para siempre, solo serán un par de días. Si nadie se entera no hay problema—. Alegó Osamu.
Tanto Kenma como Atsumu negaron a la vez—. Ya sabemos lo que pasó con Perséfone.
— Perséfone era una diosa, no es lo mismo—. Regañó Atsumu.
— En la época de celo no da hambre—. Dijo Kenma. Osamu y Atsumu lo miraron—. Quiero decir… no tendrá que comer nada mientras esté aquí y no quedará atado al averno.
Atsumu se lo pensó. Era tonto y arriesgado, pero ¿qué de todas las cosas que había hecho por ese omega no lo eran? Y todas habían valido la pena.
— De acuerdo—. Dijo finalmente.
Kenma tenía razón. Kiyoomi olía distinto, su olor se esparcía con mayor facilidad y era más dulce y electrizante. Tenía las mejillas rojas y la respiración acelerada cuando Atsumu llegó. No lo miró a los ojos, por lo que supuso que el omega ya estaba al tanto de su condición.
Atsumu le tomó las manos y acarició sus nudillos—. Ven conmigo.
Kiyoomi inclinó la cabeza, dudoso—. ¿Disculpe?
—Ven conmigo a mi palacio en el Averno. Puedo cuidar de tí allí.
Los ojos de Kiyoomi eran como dos grandes abismos en el océano—. ¿Al Averno? Yo… ¿ puedo hacer eso?
Atsumu asintió—. Kenma, Samu y yo estaremos ahí, te atenderemos en lo que necesites.
El chico se sonrojó y llevó la mirada al suelo—. Mmmm, si usted está de acuerdo, está bien para mí.
El rostro de Atsumu se iluminó—. Bien, vamos, Omi, toma lo que necesites de la cueva para hacer tu nido.
Atsumu esperó en la playa mientras Kiyoomi tomaba todas las piezas de ropa y pieles, las tomaba y soltaba una y otra vez, incapaz de decidirse. Atsumu se rió al observarlo y lo ayudó a cargar las cosas cuando al fin se decidió. Lo auxilió para atravesar el portal y entró directamente a las puertas del palacio.
Kenma y Osamu salieron a recibirlos. Kiyoomi se mantuvo con la boca abierta durante todo el recorrido, observando las paredes de mármol cubiertas por enredaderas, los jardines colgantes, la escalinata que daba al prado con todas la flores que Atsumu le había estado llevando y que finalizaba con una caída de agua.
Kiyoomi lo arrastró hasta allí para ver el agua, completamente verde, que caía en una pequeña poza oscura cubierta de nenúfares y flores de loto. Sus ojos se expandieron y sus pupilas se dilataron.
— Es hermoso…
— Puedes darte un chapuzón si quieres, yo iré adentro a preparar unas cosas—. Le dijo Atsumu, Kiyoomi asintió emocionado y comenzó a desvestirse.
Atsumu volvió al palacio y arregló y perfumó afanosamente la habitación , luego llevó su ropa a la cama sin acomodarla. Fue a la sala de tesoros junto a su hermano y escogió las joyas apropiadas además de la seda, casi transparente, más suave que tenían. Cuando regresó al pozo, Kiyoomi nadaba tranquilamente entre los nenúfares; las hojas y semillas de los árboles alrededor del pozo se pegaban a su cabello. Se quedó observando, ya que era su pasatiempo favorito cuando se trataba del omega.
Cuando el omega se dio cuenta de su presencia, le sonrió—. ¿Ya es hora de salir?
Atsumu negó—. Quédate el tiempo que quieras—. Se sentó en la orilla.
Y Kiyoomi lo hizo, nadó y se sumergió, se acercó a la caída de agua y dejó que el líquido cayera por su espalda. Todo bajo la atenta mirada de Atsumu.
Cuando estuvo satisfecho, salió del agua y se vistió lentamente; los ojos de Atsumu le recorrieron el cuerpo descaradamente, haciendo énfasis en cada curva y lunar. Kiyoomi inclinó la cabeza y le tendió la mano, Atsumu se levantó y la sujetó fuertemente para entrelazar sus dedos. La esencia de Kiyoomi se mezclaba con el agua y el loto, y eso hizo a Atsumu enloquecer.
Atsumu guió, de la mano, al omega de regreso al palacio. Le mostró la habitación y le permitió hacer lo que quisiera con ella.
— Allí tienes algo que puedes usar mañana, puedes dormir aquí. Yo dormiré con mi hermano en otra habitación; descansa, hermosura—. Dicho esto, salió de la habitación y se abalanzó sobre Osamu.
— ¡Oye! ¿Qué pasa?
— Ese omega me va a volver loco—. Balbuceó contra el hombro de su hermano. Sintió a Osamu poniendo los ojos en blanco.
— Es tuyo, así que puedes hacer lo que quieras. Menos marcarlo, claro está—. Contestó.
— Eso no lo puedo prometer.
— Para eso está el collar ¿recuerdas? No te atrevas a quitárselo.
Otra cosa que no podía prometer. Atsumu tenía un gusto especial por la piel expuesta de Kiyoomi. Osamu lo miró con advertencia debido a su silencio.
No durmió nada esa noche, dio vueltas en la cama y Osamu se quejó porque tampoco lo dejó dormir a él. En la mañana, el olor se colaba por la puerta y a Atsumu le temblaban las manos por la expectativa. Entró a la habitación y encontró al omega acurrucado en la cama entre las prendas que se llevó de la cueva, dormía plácidamente y a Atsumu se le escapó una sonrisa; Kenma pasó a su lado y negó con la cabeza, se acercó a Kiyoomi y le tocó la frente.
— Está caliente—. Sentenció. Atsumu asintió y salió de la habitación. Osamu lo vio y le pasó una mano por la espalda para desearle buena suerte.
Pasaron toda la mañana sentados en las escalinatas, Atsumu estaba inusualmente nervioso. Kenma se sentó a su lado.
— Su celo no es tan fuerte como suelen ser los míos—. Comentó, luego miró a Atsumu con esos ojos felinos suyos—. Pero él quiere verte, papá.
Atsumu tragó, se le hizo agua la boca. Osamu lo notó porque le puso una mano en el hombro.
— Tranquilo, tratalo con cariño—. Le dijo. Atsumu no pensaba hacer otra cosa.
Atsumu vestía una bata larga del color del vino mientras se encontraba parado frente a la puerta de su propia habitación. Estaba nervioso, nunca antes se había puesto nervioso por algo así en los milenios que llevaba existiendo. Cerró los ojos, suspiró y empujó la manija de la puerta.
Se encontró con dos grandes onix mirándolo fijamente y una sonrisa más allá de ellos. Se adentró en la habitación y cerró la puerta.
Lo miró bien: lucía la bata de seda que había escogido para él anudada al frente, el cabello suelto y alborotado, dos pendientes de jade en las orejas y un collar de ágata pegado al cuello, cubriéndole las glándulas de olor tal y como había planeado. Kenma hizo un buen trabajo.
Kiyoomi extendió un brazo hacia él, sonriendo, tenía las mejillas rojas. Estaba extrañamente alegre, Atsumu supuso que así era como se comportaba cuando se encontraba en celo. No esperó más tiempo y caminó hasta la cama y se sentó en ella, con el omega justo frente suyo.
Aspiró, la vainilla le dilató las pupilas y un suave ronroneo se escapó de su garganta, Kiyoomi abrió ligeramente la boca e imitó el sonido. Atsumu extendió los brazos y el omega se acurrucó en su pecho y apoyó el mentón en su hombro. Se tomó su tiempo para embriagarse de su olor y pasar sus manos por su espalda por sobre la seda. Kiyoomi ronroneaba feliz.
No importaba si no tenía una marca, ese omega era suyo desde hacía mucho tiempo.
Su cuerpo estaba caliente, su aliento también. Se separaron y la bata de Kiyoomi se deslizó sobre su hombro, dejando al descubierto parte de su hombro y clavículas. Atsumu pasó su mano por toda la extensión de la piel ardiendo y Kiyoomi gimió, su mano subió por el cuello del chico e ignoró el collar para ir directamente hasta los pendientes en sus oídos y juguetear con ellos. Kiyoomi lo miraba atento.
— ¿Le gustan?— preguntó el omega.
— Me encantan—. Susurró Atsumu. Su otra mano estaba instalada en la cadera ajena.
Entonces lo besó. Un suave roce que fue avanzando hasta ser un beso profundo: tentativo, curioso y azucarado. La boca de Kiyoomi estaba tibia y su mano se enredó en las hebras de cabello negro y masajeó su cuero cabelludo con las yemas de sus dedos. Kiyoomi movió la cabeza hacia atrás y Atsumu pudo llegar más profundo en su boca, tragándose uno de sus dulces gemidos. Su otra mano soltó el nudo de su bata y esta se abrió suavemente, revelando que no traía nada más encima. Era perfecto, porque Atsumu tampoco.
Las manos del jovencito tantearon los anchos hombros de Atsumu por sobre la tela. Atsumu le echó el cabello hacia un lado de la cabeza para poder besar su cuello con propiedad, los pendientes producían un ruido que a Atsumu lo estaba enloqueciendo; las manos de Kiyoomi por fin alcanzaron el nudo de su bata y lo desataron. Atsumu acarició su muslo mientras se endulzaba con el sabor de sus labios, su bata ya estaba a mitad de sus brazos.
Cuando lo dejó con los labios hinchados y rojos, se apartó para admirarlo. Toda la piel de Atsumu se erizó: él lo quería, lo anhelaba, lo deseaba demasiado. No podía cansarse de él. Un deseo exasperante brotó de su pecho y lo hizo temblar. Tomó distancia y se mantuvo arrodillado sobre la cama, frente al omega. Tomó una de sus manos y la besó, extendió la otra y la llevó hasta su mejilla y, con voz susurrante pero decidida, hizo su petición:
— Kiyoomi, llámame por mi nombre.
Una nube de feromonas lo golpeó, sus rodillas flaquearon. Kiyoomi negó de forma efusiva—. No, su santidad, yo no podría…
Atsumu apretó su agarre sobre la mano ajena y lo miró a los ojos—. Kiyoomi, por favor, te lo suplico.
— Por favor, no. Los dioses no deben rogar—. Lloriqueó Kiyoomi.
Atsumu le sonrió—. Mírame, estoy ante ti, de rodillas—. Le volvió a besar la mano y bajó la que tenía sobre su mejilla—. Me tienes a tus pies, Omi.
Una lágrima solitaria se deslizó por la mejilla del omega y sus labios temblaron. Atsumu llevó la mano ajena a su propia mejilla e inclinó la cabeza con una sonrisa—. Por favor ¿si?
— Atsumu—. Dijo finalmente. El corazón de Atsumu dio un salto.
— De nuevo.
— Atsumu.
— Otra vez.
— Atsumu.
Era suficiente para él. Se incorporó y lo besó de nuevo, esta vez de manera más experta y jugando con su lengua, sintió cómo el cuerpo del omega se derretía ante él.
Lo sentó a horcajadas sobre su regazo, sintió la humedad y pasó su mano entre los muslos del chico y este gimió, Atsumu se llevó sus pezones a la boca y les dio gran parte de su atención sin apartar sus ojos de los de Kiyoomi; quien se retorcía en su sitio y jadeaba, sin embargo, tampoco apartaba ni cerraba los ojos. Atsumu hacía trabajo con su boca y también con su mano, que ya tenía dos dedos dentro del chico.
Pasó un tiempo más para que sintiera que ya estaba listo, cosa que era innecesaria, pues el omega estaba en celo y no necesitaba de mucha preparación.
— ¿Cómo me quieres?— preguntó.
Kiyoomi se puso completamente rojo, su timidez le daba ternura a Atsumu—. Mmmm, de frente está bien, quiero verlo…— Atsumu lo miró, el chico se corrigió— quiero verte.
Sonrió—. Como digas, estoy para servirte.
Le deslizó la bata completamente fuera y se detuvo un momento para contemplar lo mucho que le gustaba verlo usar únicamente joyería. Lo recostó sobre las almohadas y movió la ropa suelta para tenerlo cerca, ya que se sentía cómodo en su pequeño nido. Kiyoomi tenía la piel muy caliente, las feromonas revoloteando y su dulce aroma revuelto con el de Atsumu. Pasó las manos por todo su cuerpo y le separó las piernas, le echó una última mirada antes de deslizarse dentro sin ningún problema.
Quiso ser suave con él la primera vez que compartían su celo juntos. Pero su calor interno lo envolvió completamente y sus instintos se abrieron paso, haciendo que sus embestidas fueran rápidas y erráticas. Kiyoomi jadeó y comenzó a mover los pies, pero Atsumu no estaba prestando atención. Por primera vez, no estaba prestando atención a lo que Kiyoomi quería.
Su lucidez se perdió y su mente se nubló, solo podía pensar en que quería más. Quería más de ese calor tan embriagador, sus uñas se clavaron en la piel y escuchó un grito, lo ignoró. Se sintió cerca y aceleró el paso, sintió cómo las paredes lo apretaban y se quejó; aún así, persiguió su orgasmo entre gruñidos y los arañazos en la espalda que estaba recibiendo. Se corrió con un fuerte gruñido y mostrando los colmillos, su nudo se hinchó y hubo otro quejido lastimero.
Atsumu reguló su respiración, comenzó a recuperar sus pensamientos y el control sobre su alfa interior. Y entonces el dolor en su espalda y sollozos suaves lo alertaron. Cerró los ojos y apretó los dientes.
Miró hacia abajo y ahí estaba su dulce omega: temblando y con surcos de lágrimas en el rostro, mordiéndose los labios para que los sollozos no se le escaparan, pero igual lo hacían. A Atsumu se le hundió el corazón. Intentó levantarse, pero había olvidado el nudo y el tirón lastimó más al chico, quien se quejó.
Luchó por hablar—. Hermosura, yo… perdóname, no estaba… ah, perdóname, por favor.
El aire olía a sexo, y también a miedo. El último se disipaba poco a poco, Kiyoomi levantó sus brazos temblorosos y Atsumu se metió entre ellos. Se sintió arrullado por la persona que acababa de lastimar.
— Está bien, pero ¿puedes ir más lento la próxima vez? ¿Por favor? No parecías verme ni escucharme y me dio miedo.
Atsumu se acurrucó en el hueco de su hombro como si fuera un bebé. Se sentía asqueroso, quería llorar.
Siempre había sido suave con Kiyoomi, siempre lo había tratado como a un rey. Se merecía las mejores atenciones del mundo.
Comenzó a dejar suaves besos en su hombro para intentar calmarlo. Bajó su mano hasta tomar su miembro y comenzar a acariciarlo, su omega ni siquiera había alcanzado su orgasmo. Su alfa interior era un egoísta. Le besó también la mandíbula y subió hasta sus mejillas mojadas, sus pestañas y el pliegue de sus ojos. Suaves gemidos se escapaban de su boca mientras Atsumu lo acariciaba.
— Prometo que te haré sentir bien la próxima ronda, lo juro—. Dijo, sintiendo como el nudo se encogía y pudiendo finalmente salir del interior del omega.
Unos momentos después, Kiyoomi se derramó en la mano de Atsumu y sus ojos comenzaron a cerrarse.
El calor lo despertó un par de horas después, Atsumu pasó la yema de sus dedos por el cuello del muchacho y sintió su pulso acelerado. Kiyoomi lo tiró del brazo hacia él. Atsumu entendió lo que quería.
— Está bien, Omi, déjamelo a mí—. Le susurró jugando con los mechones de su cabello.
Atsumu comenzó a pasear sus manos por el cuerpo, ya frío por el sudor seco, y a acariciar las piernas y la cadera ajena. Kiyoomi lo miraba expectante, Atsumu lo atrajo para un beso y este pasó sus manos sobre su cuello. Lo besó por un rato más mientras sus manos se movían por su espalda. Se movió hacia atrás y le tendió la mano al omega, quien la tomó y Atsumu lo jaló para sentarlo en su regazo. Todavía podía sentir el líquido espeso de la actividad anterior goteando hacia sus piernas; besó a Kiyoomi profundamente mientras bajaba una mano a su cadera y la otra se deslizó por su trasero, tanteó con un dedo y luego lo introdujo fácilmente. Kiyoomi se quejó en el beso y Atsumu le mordió el labio inferior.
Sabía que no necesitaba ningún tipo de preparación, pero Atsumu no tenía intención de anudarlo todavía. Quería recompensarlo por el mal rato. Se tragó todos los gemidos provocados por la irrupción de otros dos dedos, Atsumu los deslizaba hacia adentro y hacia afuera y los movía intentando encontrar ese punto que hacía a los omegas gritar. Cuando lo encontró, Kiyoomi se retorció encima suyo y Atsumu sonrió; lo sujetó por la cintura para que no se moviera y siguió dándole atención a la zona con la cabeza escondida en el hombro del omega. Kiyoomi intentaba apartarlo, pero Atsumu hacía un giro con sus dedos que lo dejaba flácido y jadeante.
Se tomó su tiempo para estimularlo mientras besaba su cuello y chupaba sus pezones expuestos; para ese punto, Kiyoomi ya tenía sus dedos enredados en el cabello de Atsumu y tiraba de él de vez en cuando.
Cuando lo sintió completamente endurecido contra su estómago, lo apartó de su regazo y lo recostó en la cama. Los ojos del omega brillaron, pero no se trataba de lo que él creía. Atsumu abrió sus piernas de par en par y las dobló hacia adelante para echárselas sobre los hombros; el rostro de Kiyoomi era un poema, avergonzado por la posición tan íntima. Atsumu lo levantó un poco más y se aferró a sus muslos antes de introducir la lengua y saborear su propio sabor.
Kiyoomi chilló, Atsumu siguió su trabajo, lamiendo toda la extensión. Atsumu había hecho eso un montón de veces antes con otros amantes, pero en esta ocasión se concentró un poco más: le dedicó más tiempo y su mejor técnica. Los gemidos bajos de su omega le sirvieron como impulso. Levantó la cabeza y notó la longitud roja y palpitante del chico, devolvió sus ojos abajo y se apoyó con las manos para extender más la zona y que su lengua llegara más profundo. Kiyoomi lloriqueó, sus manos se mantenían firmemente agarradas a las sábanas.
Se notaba que quería correrse, sin embargo, no se tocaba a sí mismo. La calidez se instaló en el pecho de Atsumu por el bonito gesto. En compensación por ser un chico tan bueno, agregó un dedo además de la lengua. Kiyoomi balbuceó algo y arqueó la espalda, sus caderas se movieron e incomodaron a Atsumu; ignoró el inconveniente y siguió en su labor, saboreando a su lindo omega.
Para el siguiente dedo, Kiyoomi no hizo ruido alguno. Atsumu canturreó y cerró los ojos para seguir trabajando. Un momento después, sintió un espasmo y un giro de caderas; levantó la cabeza y encontró a Kiyoomi jadeando sudoroso con su esencia derramada sobre su vientre y pecho. Atsumu se sintió orgulloso: no le puso una mano encima y aún así le regaló un orgasmo maravilloso.
Bajó sus piernas y gateó entre ellas para darle un beso húmedo a un muy sensible Kiyoomi en los labios, haciéndolo probar su semen a él también.
Kiyoomi abrió la boca y Atsumu le dio otro largo beso, su mano acariciándolo entre los muslos. Su otra mano viajó para acariciar su cuello con el collar mientras lo seguía besando con hambre. Deslizó sus dedos en su abusado agujero y Kiyoomi juntó las piernas y atrapó su mano, para después darle una mirada entre reprobatoria e incrédula.
Atsumu le dio una sonrisa dulce—. ¿Por favor?
— Pero acabo de…
— Lo sé—. Le dio un beso corto en la boca—. Pero quiero hacer más por tí. ¿Me dejas?
Kiyoomi lo miró con el rostro sudoroso y enrojecido, pero asintió suavemente. Aflojó las piernas y las separó levemente. Atsumu le dio un sonoro beso en la mejilla en agradecimiento.
Sacó los dedos y se movió para estar en medio de sus piernas flexionadas, le levantó un poco la cadera y, sin previo aviso, metió toda la longitud del jovencito en su boca. Kiyoomi jadeó, pero Atsumu le sostuvo los muslos mientras succionaba y chupaba, intentando despertar una erección aún cuando acababa de llegar. Mantuvo los ojos clavados en Kiyoomi cuando, además de usar su boca, introdujo tres dedos en su interior que entraban y salían a la perfección. Kiyoomi se cubrió la boca con ambas manos y las lágrimas de excitación se acumularon en las esquinas de sus ojos. Atsumu siguió tocando ese punto dentro suyo y sacó su miembro de su boca para ver, con una sonrisa triunfante, cómo ya se encontraba semi duro.
Un par de manoseos en sus piernas y en el interior de sus muslos, un par de lamidas a la cabeza de su miembro y sus dedos bombeando sin piedad en su interior, bastaron para terminar de formar su erección al completo. Atsumu se relamió los labios y la engulló entera, Kiyoomi dejó escapar las lágrimas y echó la cabeza hacia atrás, perdido en el placer.
Su pecho subía y bajaba mientras Atsumu mantenía un ritmo parejo entre sus dedos y su boca, de vez en cuando escuchaba los gemidos que Kiyoomi era incapaz de contener. Un apretón entre sus dedos en su interior y los dedos de los pies de Kiyoomi curvandose le avisaron del próximo orgasmo del omega, Atsumu se separó un microsegundo para entonces tragar todo el contenido que Kiyoomi tenía para él. Lamió hasta la última gota y dejó un beso suave sobre la punta antes de sacar sus dedos cubiertos de lubricante natural y mirar a su lindo amante.
Se movió encima suyo y con cuidado le apartó las manos de la boca. Un hilo de saliva corría por la comisura de su boca y bajaba por su barbilla, lo miraba con adoración en los ojos. Atsumu le dio un beso en la frente y luego juntó sus narices. Todavía estaba caliente. La erección sin atender de Atsumu dolía, quizás era hora de aliviarla.
Atsumu le apartó un mechón de cabello de la frente—. ¿Puedo?
Kiyoomi asintió, todavía con la boca abierta—. Por favor— musitó con un hilo de voz—, te necesito dentro.
Esas palabras fueron directo a su miembro, que saltó en anticipación. Levantó a Kiyoomi por los brazos y lo giró con cuidado, su trasero al aire escurría lubricante natural con fuerte olor a vainilla. Atsumu lo acomodó bien en la cama, de la forma en la que más cómodo se sintiera y rodeó su fina cintura con ambas manos. No hubo ningún tipo de problema al entrar en él, Kiyoomi siseó y Atsumu gruñó: seguía estando apretado a pesar de todo.
Atsumu comenzó a moverse de forma lenta y tortuosa, esperando que el omega se acostumbrara. Cuando lo hizo, comenzó sus embestidas, Kiyoomi cerró los ojos y comenzó a ronronear. Atsumu quería besarlo muchísimo. Pasó una mano por su espalda para acariciarla, las manos de Kiyoomi se mantenían sueltas sobre las sábanas sin ejercer fuerza alguna. Atsumu abrió más las piernas del chico, lo que le permitió llegar más profundo; Kiyoomi balbuceó algo, luego guardó silencio y comenzó a gemir en alto.
Atsumu no duraría mucho si seguía escuchando esos gemidos junto con el sonido obsceno de la piel chocar contra piel y lo mojado que ya estaba por dentro. Su mano se deslizó al miembro ajeno y Kiyoomi se retorció, estaba demasiado sensible en ese lugar por el exceso de estimulación. Atsumu comenzó a acariciarlo al ritmo de sus propias embestidas y no tardó casi nada en correrse por tercera vez, en esa ocasión sin tanta cantidad de semen y menos espeso. Kiyoomi gimió y ronroneó en conjunto con los movimientos de Atsumu, quien no tardó en llegar y derramar toda su carga en el interior del omega; quien lo recibió gustoso y revoleó las pestañas cuando el nudo se formó. Atsumu se alegró infinitamente de tenerlo durante su celo.
Atsumu besó su espalda y pasó las manos por su pecho mientras esperaba que el nudo bajara, Kiyoomi comenzaba a quedarse dormido. Salió de él poco después y notó que no estaba precisamente dormitando. Le pasó las manos por el cabello, pero no hubo reacción: tenía la boca abierta goteando saliva en la almohada y los ojos entrecerrados. Atsumu le acarició la mejilla cuando comprendió lo que sucedía: fue demasiado para él y su mente se perdió por completo.
Tomó al omega con cuidado y lo giró, se recostó a su lado y jugueteó con sus labios, nariz y contó de nuevo sus lunares. El tiempo pasó y sus manos se pusieron más traviesas, rodeando su cintura, pecho y trazando círculos sobre sus rojos e hinchados pezones; el omega suspiró bajito. Atsumu se colocó sobre él y observó que todavía se encontraba en la inconsciencia. Le besó el cuello, acarició su estómago y masajeó sus muslos; pasó la lengua por su ombligo y sintió un ligero espasmo en el cuerpo ajeno. Se estaba despertando.
Entonces masajeó su miembro con la mano por un par de minutos antes de tomarlo en su boca como si fuera su dulce favorito. Kiyoomi suspiró y sus pestañas comenzaron a moverse más, Atsumu tarareó feliz para luego succionar y babear todo lo que podía. Le dolía la garganta y tenía la mandíbula cansada, pero merecía la pena el esfuerzo. Su omega lo valía.
— Ya no más—. Sollozó en voz queda el chico. Atsumu levantó la cabeza para mirarlo, la niebla se había disipado casi por completo de sus ojos oscuros. Atsumu sonrió todavía con su longitud en la boca, se separó y se movió para besar al chico.
— Quería traerte de vuelta, vamos a dormir un rato—. Le susurró sobre los labios, el pastor solo cerró los ojos en respuesta.
Atsumu se tendió a su lado y lo tiró para que quedara sobre él, Kiyoomi escondió la cabeza en su hombro y se quedaron dormidos así.
Los minutos se convirtieron en horas y las horas en días. No sabía cuánto tiempo había pasado, pero no le importaba, no cuando tenía a un omega en celo encerrado con él. Los omegas no necesitaban comer durante su periodo de celo, pero los alfas sí y él requería reponer la energía y los nutrientes que había estado perdiendo. Intentó levantarse varias veces a beber algo de agua al menos, pero Kiyoomi se despertaba y se colgaba de él para empujarlo de regreso a su nido. Osamu y Kenma le dejaban provisiones fuera de la puerta y Atsumu tenía que dejar a Kiyoomi completamente satisfecho para poder abrir la puerta y tomar la comida.
A Atsumu la cabeza le daba vueltas, estaba ahogado en feromonas dulces y excitantes y algunas veces se movía por inercia, siguiendo órdenes como si fuera un cachorro. Kiyoomi se dejó llevar por el calor del celo y comenzó a pedir (exigir) cada vez más por parte de Atsumu. Y él tenía que dárselo, todo lo que pidiera sería suyo. Atsumu lo arrulló con suaves besos mientras lo estimulaba con los dedos de una mano y lo masturbaba con la otra. Le dejó las clavículas y el pecho lleno de moretones y mordidas mientras se mantenían anudados. Descubrió que a Kiyoomi le gustaba tener sus dedos dentro cuando se besaban, pues él mismo guiaba su mano hacia abajo en medio del beso.
Le dio indicaciones al chico sobre la forma correcta de acariciarse a sí mismo, su mano sobre la suya para guiarlo paso a paso mientras lo embestía sentado sobre su regazo. Lo penetró y anudó tantas veces que no sentía la diferencia de cuando estaban anudados y cuando estaban separados; sus cuerpos permanecían pegados el uno al otro todo el tiempo, casi fusionados entre sí. Kiyoomi gritó varias veces que lo amaba, Atsumu se mordió la lengua para no devolverle las palabras; le enseñó a Kiyoomi cómo se hacía una mamada, sus bonitos labios alrededor de su miembro y sus grandes ojos fijos en él, preguntando si lo estaba haciendo bien, casi hicieron que Atsumu se corriera allí mismo.
Se la pasaron enredados y sudorosos, Atsumu le besó y mordió todo el cuerpo y Kiyoomi ronroneaba en su oreja. Dejó de ser suave y gentil y se volvió más agudo y mordaz, le sacó gemidos y sonidos tan obscenos a Kiyoomi que lo empujaron a varios orgasmos tempranos. Lo sobrestimuló tanto que el cuerpo del omega se erizaba con el mínimo toque o roce, Atsumu le pasaba los dedos, a propósito, por la espalda y vientre para verlo temblar y gemir necesitado, Atsumu lo penetraba justo después de eso. Su conciencia se perdió varias veces, con periodos largos y otros más cortos; Atsumu lo dejaba regresar por sí mismo a veces, otras, jugaba con él para despertarlo.
Atsumu le estaba contando la historia del origen de los dioses y de su mundo. Acababan de terminar una ronda y Kiyoomi estaba de viaje en el mundo de las tinieblas, lo tenía sentado sobre su regazo; la gran cantidad de semen se derramaba entre sus muslos y manchaba los de Atsumu, tenía todo el cuerpo sudoroso y cubierto de fluidos corporales, toda la cara roja con los labios hinchados y abiertos con un hilo de saliva seca de un lado y fresco del otro; toda la mandíbula cubierta de saliva ya seca. Sus ojos dormidos pero abiertos y su cabello hecho un desastre.
Atsumu paseaba su mano por su muslo y la otra lo sostenía de la cintura. Miraba al techo mientras hablaba, echando de vez en cuando una ojeada para comprobar si Kiyoomi seguía semi inconsciente. Su cuerpo ya no estaba tan caliente y su corazón no latía tan fuerte, Atsumu supuso que su celo estaba cerca de terminar. Siguió hablando incluso cuando sintió suaves besos en su cuello y luego en su pecho, una risa se le escapó.
Tomó al omega por el mentón para que lo mirara, observó sus ojos nítidos y sonrió—. Me alegra que estés de regreso. Bienvenido a casa, hermosura.
Lo acercó para darle un beso largo y profundo, ambos cerraron los ojos—. Creo que tu celo ha terminado, tomemos una siesta y vayamos a que comas algo y te limpies.
Kiyoomi le dio otro beso y luego se restregó sobre su regazo—. Otra más. La última—. Dijo suavemente, mirando a Atsumu.
Él se lo concedió, separó las mejillas de su trasero y lo hundió sobre su miembro ya erecto y listo para anudarlo. Kiyoomi soltó un sonido satisfactorio.
Atsumu buscó en el nido las batas de ambos, cuando las encontró se puso la suya y con calma hizo lo mismo con Kiyoomi, que yacía expuesto en la cama, roncando. Cuando por fin logró hacer que se despertara (de la forma favorita de ambos) lo tiró del brazo y lo dejó en la esquina de la cama para que se pusiera de pie e ir al baño. Atsumu se giró y movió la manija cuando escuchó el estruendo, volteó y vio a Kiyoomi sentado en el suelo con una mueca de dolor.
Corrió hacia él—. Omi ¿qué pasó?
— Yo… me tiemblan las piernas, no me responden—. Tartamudeó asustado.
Atsumu asintió—. ¿Te duele algo más?
Kiyoomi movió la cabeza—. La cadera y la espalda.
Atsumu sonrió—. Entonces es normal—. Pasó su brazo bajo su axila y, con un pequeño esfuerzo, lo levantó entre sus brazos—. Yo te llevaré entonces, vamos a bañarnos.
Kiyoomi escondió su cabeza en el hombro de Atsumu.
Atsumu fingió no ver a su hermano y a Kenma asomarse entre las pilastras para curiosear. Fingió no ver a Osamu levantar las cejas y esbozar una sonrisa socarrona. Entró al baño directamente. Le quitó la bata a Kiyoomi y lo introdujo en el agua caliente, lo escuchó suspirar de gusto al relajar sus músculos y huesos adoloridos. Tomó las esencias y los paños junto con el jabón y se metió al agua, se arrodilló frente a él y palmeó una de sus piernas.
—Ábrelas, por favor—. Pidió, Kiyoomi obedeció sin chistar y cerró los ojos. Atsumu se metió entre ellas y comenzó a pasar el paño por su pecho y estómago, limpiándolo. Hizo lo mismo con su cuello y brazos, luego le enjabonó las extremidades y limpió a profundidad cada parte íntima. Kiyoomi lo miraba atento, parecía menos pudoroso ahora que habían pasado el celo juntos; se dejó limpiar y perfumar de la mano de Atsumu. Lo tomó de los brazos y lo levantó para sentarlo en el borde del pozo de mármol, salió del agua y comenzó a limpiarle las uñas del pie y a masajear los dedos, provocándole cosquillas.
Kiyoomi se rió—. ¿Qué haces?
—Limpiando.
— Eso no es limpiar.
— Eso ya lo veremos.
Kiyoomi no insistió y lo dejó jugar con sus pies y luego pasó a masajear sus hombros y su cuello, después le enjabonó y limpió el cabello, masajeandolo allí también. Le pasó las esencias de hierbas y jengibre por el cuerpo, donde le robó varios besos furtivos en los labios, y luego lo secó. Kiyoomi observó a Atsumu sumergirse en el agua caliente y limpiarse rápidamente mientras él todavía seguía sentado en el borde.
Cuando Atsumu terminó, se vistió e hizo lo mismo con el omega. Lo cargó y lo llevó a la habitación; donde lo recostó en la cama, buscó en el nido y encontró un peplus blanco que le había regalado antes y lo arrodilló en el medio de la cama.
—Levanta las manos—. El chico obedeció y Atsumu introdujo la prenda sobre su cabeza y ató las fíbulas a sus hombros. Una vez terminado, le dio un beso y le pasó los dedos por el cabello—. Buen chico—. Pasó sus manos por los brazos ajenos y Kiyoomi sonrió—. Voy a buscarte algo de beber, no te levantes.
Salió de la habitación y llenó un cuenco de agua, Osamu carraspeó detrás suyo pero Atsumu pasó de largo—. Ahora no.
Osamu se rió.
Regresó a la habitación y ahí estaba Kiyoomi, tal y como lo había dejado Atsumu. Sonrió enternecido. Gateó en la cama hasta estar frente suyo y levantó el cuenco frente a sus labios—. Aquí, bebe.
Kiyoomi jadeó aliviado cuando el líquido bajó por su garganta. Estaba sediento, y probablemente hambriento.
Lo dejó dormir un par de horas más hasta que anocheciera.
Atsumu lo sacó de la habitación cojeando y con las manos fuertemente entrelazadas. Se despidió con una sonrisa tímida y un movimiento de mano de Osamu y Kenma, que le devolvieron el gesto. Atsumu se encargó de limpiar las joyas que llevó durante su convivencia para que pudiera lucirlas en ese momento si quería. Lo llevó de la mano hasta el portal y el frío de la noche los recibió. La luz de la luna les iluminó todo el camino hasta la cueva.
Atsumu sostuvo sus manos entre las suyas y de repente se sintió tímido. Kiyoomi le acarició la mejilla y unió sus labios. Fue un beso de agradecimiento.
— Gracias por hacerme sentir tan bien y tan querido—. Le susurró. Atsumu lo abrazó por la cintura y lo atrajo para otro beso más profundo y apasionado—. Te amo. Atsumu, te amo muchísimo.
—Gracias a ti, Kiyoomi. Te sientes como mi hogar.
Atsumu lo dejó dormido en su cueva, con una sonrisa, y volvió al palacio. Osamu y Kenma lo esperaban para conocer detalles, Atsumu les contó. Kenma se puso colorado y Osamu silbó sorprendido.
Al día siguiente, Kenma le llevó una canasta repleta de comida y Kiyoomi “lo devoró todo como un animal”, en palabras de Kenma. El jovencito pasó tres días durmiendo y comiendo, completamente agotado. Kenma se acostó a tomar la siesta con él algunas veces, dijo que con él se sentía cálido: “como si estuviera en casa” había dicho. Atsumu se conmovió, Osamu puso los ojos en blanco.
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Atsumu se quedó observando con adoración a la figura frente a él. Kiyoomi yacía entre sus sábanas y lana usando nada más que joyería de oro: Atsumu le regaló un brazalete de oro con forma de serpiente, unas tobilleras incrustadas en esmeraldas y las perlas usadas como una diadema cubriéndole la frente. El collar, el anillo, los pendientes y el pasador de cabello complementaban su atuendo.
Atsumu lo admitiría de una vez: tenía algo con ver a Kiyoomi usar prendas y artículos de oro, había algo en su piel, algo en la forma en la que se sentían ante su tacto, o el tintineo que hacían al mínimo movimiento, incluso lo frío del metal que se mezclaba con el sudor; que lo volvía completamente loco.
Kiyoomi inclinó la cabeza, mostrando su cuello, y le dio una sonrisa suave—. ¿Qué es? ¿Me veo raro?
Atsumu negó con vehemencia—. Todo lo contrario—. Pasó sus dedos por su muslo—. Sabes que me encanta verte así.
Kiyoomi rió y se removió en su sitio—. No llevo nada puesto.
— Exactamente—. Confirmó Atsumu, también riendo. Le tendió la mano y Kiyoomi la tomó para sentarse.
Atsumu le acarició el cabello y luego la mejilla, Kiyoomi enredó sus brazos en su cuello para besarse. Ambos cerraron los ojos y Atsumu introdujo su lengua, podía sentir el vientre hinchado del omega contra su estómago y ronroneó de gusto. Kiyoomi gimió en su boca y Atsumu instaló sus manos en su espalda.
Se separaron y se miraron, Atsumu nunca se cansaba de ver los bonitos ojos de Kiyoomi que ahora siempre estaban brillantes; casi parecía estar sonriendo con ellos.
Atsumu le besó el cuello y el omega ladeó levemente la cabeza, los pendientes tintinearon y Atsumu tuvo que hacer uso de su voluntad para no morderlo.
— Eres tan bonito… tan hermoso—. Susurró sobre su cuello y Kiyoomi tarareó feliz, deseoso de más halagos y afecto—. Y eres todo mío.
Kiyoomi había perdido gran parte de su timidez y reverencia desde su celo compartido, parecía disfrutar de todas las atenciones que Atsumu gustoso le daba: los regalos, los halagos, su amor. Porque Atsumu se encontraba más enamorado del omega desde entonces y, por la forma en la que Kiyoomi ronroneaba y tarareaba cuando estaban juntos, podía deducir que a él le pasó exactamente lo mismo.
Kiyoomi comprendió lo valioso que era para Atsumu y eso le dio el impulso necesario para encontrarse más cómodo en su presencia. Bromeaban, jugueteaban e incluso Kiyoomi llegó a molestar a Atsumu, quien lo miraba con la boca abierta y luego se reía de la audacia de su amante. A Atsumu le encantaba este nuevo Kiyoomi, le encantaban todas sus facetas por igual.
Atsumu lo besó un largo rato más hasta que Kiyoomi tomó su mano y la llevó a su agujero y gimoteó en sus labios. Atsumu suspiró y obedeció la petición silenciosa de su omega, Kiyoomi suspiró en cuanto sintió los dedos entrando y cerró los ojos para otro beso. Atsumu también le concedió eso, su omega era más dócil y colaborativo en el apareamiento. Sus besos bajaron hasta su cuello y las manos de Kiyoomi se pasearon por sus hombros. Una vez listo, lo giró y lo sentó sobre su regazo; Kiyoomi gimió ruidosamente cuando se hundió en su miembro. Atsumu apartó su cabello y reclamó esa zona del cuello y hombro como el lugar al que le daría atención esa noche.
Aspiró su olor, era abrumadoramente dulce y mezclado con el olor a almendras y leche. Le gustaba ese pequeño cambio producto del embarazo. Besó y mordió su cuello y Kiyoomi siseó cuando Atsumu lo guió de las caderas para indicarle cómo quería que se moviera; cuando se adaptó al ritmo, Atsumu ocupó sus manos para acariciar los pezones y el miembro del muchacho. Kiyoomi gimió suave ante toda la estimulación, Atsumu cerró los ojos para concentrarse en darle a su omega lo que quería.
— Atsu…— gimió su nombre dulcemente.
— ¿Sí?— preguntó, besando su hombro.
— ¿Cómo…— se le escapó un gemido cuando Atsumu pellizcó su pezón sensible a propósito— cómo es ser padre?
Atsumu abrió los ojos—. Hablo por mí cuando digo que te sientes más poderoso, tienes a alguien que depende de ti y a quien cuidar—. Kiyoomi comenzó a dar saltos erráticos sobre su erección, por lo que supuso que ya estaba cerca de su orgasmo—. Aunque eso puede ser una cosa solo de alfas—. Aceleró sus movimientos en el miembro ajeno y Kiyoomi jadeó y movió la cabeza—. Quizás para ti sea distinto, ya que lo llevas dentro de tí.
— ¿Crees… que lo haga bien? Agh… ¿Que sea buen padre?
Atsumu detuvo sus movimientos y Kiyoomi soltó un bufido—. Omi, mi hermosura, este es tu primer embarazo, es normal estar inquieto y asustado—. Le besó la mejilla—. Pero confía en mí cuando te digo que serás un padre maravilloso.
Kiyoomi sollozó y Atsumu retomó su trabajo, le dio el mejor orgasmo que pudo y lo anudó con fuerza para que comenzara a ronronear satisfecho; su rostro lloroso mostraba comprensión y adoración.
— Atsumu, gracias—. Murmuró cuando recuperó el aliento. Atsumu le acarició el vientre todavía no tan voluptuoso.
Kiyoomi se ponía pegajoso y exigía mimos después del nudo. Las hormonas lo mantenían excitado y deseoso de atención, y al satisfacer sus deseos exigía cuidados y amor. Atsumu lo rodeaba con sus brazos y lo acunaba hasta que se dormía.
Atsumu disfrutaba demasiado de Kiyoomi embarazado.
— No, no, no te vayas—. Rogaba Kiyoomi tirando del brazo de Atsumu.
— Omi, ya casi va a amanecer, tengo que irme—. Atsumu intentaba hacerlo entrar en razón. Nunca quería dejarlo ir en las mañanas. En esta ocasión, esperó a que estuviera profundamente dormido para intentar irse, pero no estaba tan dormido como pensaba.
Kiyoomi lo empujó de regreso a su nido, se llevó una de las manos de Atsumu a la mejilla y revoleó las pestañas para hacerle ojos de cachorro—. Quédate ¿si? Me portaré bien.
Atsumu se aferró a su autocontrol, no caería esta vez. Esas pestañas tenían poder, Atsumu se masturbó por días después del celo solo con los restos del olor de Kiyoomi en su habitación y el recuerdo de esa mirada y esas pestañas.
Atsumu le acunó el rostro con las manos—. No puedo, sabes cuánto me gustaría, pero no puedo.
Kiyoomi lloriqueó y Atsumu era aún más débil ante eso—. Por favor, Atsu, te quiero, te amo.
Atsumu estaba a punto de caer—. El castigo…
— No tienes que salir en todo el día, yo puedo conseguir comida para ambos… no, no tenemos que comer en absoluto. Podemos dormir por horas, podemos hacer otras cosas, lo que tú quieras—. Intentó con un puchero y se veía tan bonito con sus labios rosados y su cabello alborotado cubierto de perlas...
— De acuerdo, pero tienes que comer, lo necesitas. Y solo vamos a dormir y conversar.
Kiyoomi le sonrió, una sonrisa que le marcaba hoyuelos. Valió la pena arriesgarse solo por verlo tan feliz.
Kiyoomi tenía mucho poder sobre él, hicieron más cosas además de dormir, comer y conversar. Por supuesto, Helios se enteró y le produjo llagas en la piel que tardaron tres días enteros en sanar. Decidió no volver a romper su castigo.
Atsumu decidió que su descendencia no iba a criarse en una cueva, por lo tanto, aprovechó los meses de gestación que le quedaban a Kiyoomi para construir su nuevo nido de amor. Ese lado de la isla era prácticamente suyo, por lo que Atsumu eligió la ubicación a su antojo; a Kiyoomi le gustaba la playa, así que escogió un escarpado a unos metros de su cueva, lo suficientemente resistente y grande para el pequeño palacio.
Trajo semidioses como ayudantes, pues a Kiyoomi no le gustaban los humanos. Envió a Kenma (con un guardián llamado Kuroo que Atsumu mismo escogió para él) para que vigilará la construcción durante el día y Osamu y él lo hacían durante la noche. Le agradecería a Ares por la mano de obra después.
El lugar estuvo listo poco después: era un modelo pequeño de un palacio, con pilastras y grandes ventanas, con un jardín de amapolas y narcisos en la parte trasera que él mismo se encargaría de cuidar.
Sin embargo, Kiyoomi se negó a abandonar su nido antes de dar a luz.
Sucedió un par de semanas después. Su vientre estaba tan grande que ya no se levantaba de su nido para nada, el dolor llegó de día cuando Atsumu no estaba con él. Kenma fue a visitarlo y lo encontró sollozando en posición fetal y diciendo que le dolía. Kenma hizo todo lo que pudo, pero Kiyoomi no estaba listo todavía; cayó la noche y Atsumu y su gemelo se precipitaron hasta allá.
Kiyoomi se colgó del cuello del alfa y sollozó y chilló de dolor. A Atsumu se le rompió el corazón. Osamu tuvo que arrancarlo de sus brazos para cargarlo y llevarlo a la playa, Atsumu no sabía porqué. Su sorpresa aumentó cuando ubicó la cueva subacuática donde paseaban de vez en cuando.
— Samu ¿qué estamos haciendo aquí?— preguntó con preocupación en la voz.
— Los partos son mejores en el agua—. Argumentó mientras bajaba a Kiyoomi a una profundidad apropiada.
— ¿El bebé no se ahogará?— insistió Kenma, que los seguía a paso retardado y estaba verde por el susto.
Osamu negó—. Lo sacaremos a tiempo, además, será un semidiós, este será su primer desafío—. Su mirada estaba puesta en Atsumu.
No le quedó otra opción más que aceptar.
Kiyoomi gimoteaba y lloraba desconsoladamente mientras Atsumu le hacía cariños en el cabello húmedo y le susurraba que todo estaría bien. Kenma estaba sentado en la parte seca de la cueva, probablemente controlando sus náuseas. Osamu se encontraba entre sus piernas. Atsumu expulsó el repentino ataque de celos que le provocó esa situación y se centró en liberar feromonas calmantes que contrarrestaran las abrumadoras y desesperantes que eran las que Kiyoomi soltaba; incluso Osamu se estaba sintiendo abrumado, pero no lo demostraba.
El parto duró unas terribles cuatro horas, Kenma lloró de la desesperación. Cuando Osamu levantó el bebé del agua, su rostro se mostró tan aliviado que Atsumu creyó que el que estaba en labor de parto era él. Kiyoomi se desmayó por el esfuerzo y Atsumu sostuvo a su nuevo hijo en brazos: era un niño, Atsumu supo desde ese momento que sería un alfa, era idéntico a Osamu y a él.
El niño lloró y Atsumu lo meció para consolarlo, Osamu y Kenma se acercaron para verlo y el pequeño se calmó de inmediato.
Atsumu llevó en brazos a su cansado amante de regreso a su nido, el chico despertó poco después y se encontró con Atsumu sosteniendo a su bebé; se echó a llorar y Atsumu le besó la frente.
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Atsumu entró al palacio sobre el monte Olimpo con pasos fuertes y el corazón en la garganta. Osamu lo seguía lo suficientemente cerca para administrarle seguridad. Ambos se miraron antes de empujar las grandes puertas de los aposentos de Selene. Lo encontraron acariciando a dos pequeños zorros de pelaje blanco mientras estaba tendido sobre unos almohadones y alfombras caras. El titán no se inmutó ante la presencia de los gemelos.
— Shinsuke, disculpa la intromisión, pero nos gustaría que nos dieras unos minutos de tu tiempo—. Dijo Osamu.
El dios parpadeó—. Es una falta de respeto entrar sin anunciarse primero, y mucho más si se trata de un templo sagrado.
Atsumu se alisó el peplus y Osamu carraspeó—. Lo lamentamos, pero es una prioridad para nosotros.
— Creo saber de qué se trata—. No despegó la vista de sus pequeñas mascotas.
—Entonces podemos ahorrar formalidades ¿no es así?— Agregó Atsumu.
El dios se levantó y por fin los miró con ojos helados—Vamos afuera.
Una vez en los jardines, Shinsuke les ofreció asiento y ambos lo aceptaron. Él fue el primero en hablar—: Vaya que es una gran hazaña de su parte: salir del Averno a plena luz del día cuando mi hermano puede verlos y tener la audacia de venir a mi casa sin invitación—. Miró a Atsumu—. Asumo que se trata del omega.
Atsumu asintió—. Asumes bien, estoy aquí para hablar de él.
Shinsuke rió—. De acuerdo ¿qué hay con eso? No estoy interesado en él, si es lo que te preocupa. No tardé mucho en encontrar un nuevo amante.
— Nunca fue tu amante, para empezar—. Siseó Atsumu, Osamu lo regañó con la mirada.
— Queremos pedirte un favor—. Habló Osamu.
El dios lunar rió sin gracia—. Como el último que les pedí ¿no? ¿Debería tener el mismo desenlace?
Atsumu apretó los puños, Osamu puso una mano en su hombro—. Nuestras más sinceras disculpas por eso nuevamente.
Shinsuke le quitó importancia con un movimiento de manos, Atsumu sabía perfectamente que no lo había olvidado y todavía les guardaba rencor—. ¿De qué se trata?
— Queremos que nos levanten el castigo—. Pidió Atsumu. Shinsuke levantó una ceja.
— ¿Por qué debería? Fue mi hermano quien se los impuso, no yo.
— Porque fue por petición tuya, queremos que le pidas que lo elimine.
Shinsuke paseó la mirada entre ambos dioses—. ¿Por qué? No pareció haber problema hasta ahora.
— Porque quiero estar todo el tiempo posible con mi familia, y con ese castigo solo puedo estar de noche—. Dijo Atsumu.
— No sé si lo sabes, pero ellos tuvieron un hijo hace un tiempo—. Agregó Osamu.
Un velo de algo desconocido cruzó los ojos de la deidad, pero desapareció de inmediato—. Oh, felicidades por eso.
Atsumu asintió—. Mi hijo está creciendo y necesita un padre.
Shinsuke le clavó la mirada por un tiempo, luego suspiró—. Diría que no, pero no quiero que piensen que guardo viejos rencores. Sinceramente, no tengo descendencia como para saber lo que se siente estar lejos de ellos—. Bajó la vista hacia el jardín—. Pero creo conocer la necesidad de estar al lado de a quien se ama, como ustedes se habrán dado cuenta.
Y ahí estaba: diciendo que era parte del pasado pero aún así lanzando comentarios venenosos al respecto.
— ¿Eso significa que lo harás?— su hermano no se andaba con rodeos, lo que parecía desconcertar y agradar al mismo tiempo a la deidad.
— Puede ser—. Contestó.
— ¿Podrías ser menos ambiguo?— exigió él, Osamu se llevó los dedos al puente de la nariz.
Shinsuke lo miró disgustado—. Lo haré, hablaré con Aran, pero eso no significa que él vaya a ceder. Estaba muy indignado y dolido aquella vez.
— Te agradecería que hicieras el esfuerzo, nos gustaría que todo quedara bien entre nosotros. Somos deidades antiguas, después de todo.
Shinsuke le sonrió y asintió—. Supongo que es un buen momento para hacer las paces.
Atsumu lo miró, para él el tiempo era efímero: como un pestañeo, pero para los mortales, era su gran motivación: el no desperdiciarlo. Sin darse cuenta, para los humanos ya habían pasado cinco años desde aquel enfrentamiento del dios del sueño con el de la luna; por supuesto, no se enteraron grandes masas, solo un par de dioses y un solo mortal.
Atsumu pasó todo el camino al Averno pensando en ello. No confiaba en Shinsuke, claro estaba, pero su hermano sí parecía hacerlo y en cuanto a leer a las personas, Osamu siempre había sido mejor. Deseó que a la mañana siguiente el sol no le quemara, porque de lo contrario terminaría tan triste y enojado que sobre la batalla que sobrevendría sí que se enteraría todo el Olimpo. Sintió la mirada de su hermano y, cuando se giró para verlo, este le sonrió de forma cálida. Osamu intentaba transmitirle parte de su confianza y seguridad con aquel pequeño gesto, Atsumu se la devolvió.
Hubo un eclipse lunar.
Ambos gemelos observaron atónitos la forma en que el sol y la luna se entrelazaban dejando el cielo en una oscuridad azulada. Atsumu contó los minutos: fueron diez en total, luego comenzó a despejarse dándole paso a la luna; la noche volvió a su claridad tenue y mágica. Atsumu miró a su hermano y le sonrió.
A la mañana siguiente, Hipnos y Tánatos fueron a la superficie y se bañaron con los rayos del sol: la comezón no llegó, tampoco el dolor ni el ardor. Atsumu se miró las manos y salió corriendo en dirección a la gran casa a orillas del mar.
En la arena y con los pies descalzos, encontró a su niño jugando con caracolas y pequeñas piedras brillantes que la marea arrastró. Kenma, su hijo mayor, trazaba formas en la arena con una rama mientras explicaba algo sobre el monte Olimpo; el niño no le prestaba atención, pero levantaba las caracolas y gritaba extasiado en su dirección. A Kenma se le escapó una pequeña sonrisa.
A Atsumu también.
Kenma se giró y lo miró, el niño siguió su mirada y, al reconocerlo, dio un salto y corrió hacia él para abrazarlo.
— ¡Papi! ¡Viniste!— levantó sus manitos regordetas y Atsumu lo levantó para sentarlo en sus hombros. El niño levantó las manos y se rió a carcajadas.
Kenma se acercó a paso lento con el desconcierto dibujado en las facciones—. ¿Qué haces aquí? Es mediodía, el sol está en su punto máximo.
— Tengo que explicárselo. Vamos a la casa—. Dijo. El niño se movió hacia adelante haciendo que Atsumu casi perdiera el equilibrio y se diera de bruces contra la arena.
Al acercarse a la casa, el olor a vainilla le inundó las fosas nasales. Su pequeño pidió que lo bajara y corrió hacia la cocina gritando que su papá estaba allí. Atsumu solo tuvo que esperar hasta escuchar las pisadas y ver a su lindo omega aparecer con los ojos y la boca abiertos de emoción. Su pareja se apoyó en el marco de la puerta unos segundos mientras sus ojos le recorrían el cuerpo, probablemente buscando las quemaduras consecuentes por el sol; cuando no encontró ninguna, soltó un suspiro aliviado y se abalanzó sobre él. Atsumu lo recibió con los brazos abiertos mientras Kiyoomi enganchaba sus piernas a su cintura y le llenaba de besos la cara.
— No sé porqué me sigo quedando para ver estas cosas—. Se quejó Kenma, el niño dio saltitos hasta él y Kenma lo tomó en brazos sin siquiera quejarse.
— Tú no tienes pareja—. Le recordó Atsumu, con Kiyoomi ronroneando en su cuello mientras restregaba su olor.
— Tú me lo prohibiste—. Refunfuñó Kenma y luego le cubrió los oídos al niño—. Eres un padre controlador.
Atsumu se rió—. No es mi culpa que nadie te merezca.
— Claro, esa es siempre la excusa. A mi nadie me puede tocar, pero tú no tardaste nada en ponerle las manos encima a Kiyoomi.
Fue el turno de Kiyoomi de reírse, seguido de ello, los demás le siguieron.
Osamu llegó poco después, cuando Atsumu ya les había contado las buenas nuevas y Kiyoomi se encontraba llorando de felicidad. Kenma y Osamu se llevaron al niño al palacio en el Averno (era un semidiós, por lo que no habría consecuencias si transitaba entre ambos mundos) para que Atsumu y Kiyoomi pudieran celebrar en privado. Al omega las facciones le siguieron cambiando con el pasar de los años, se veía más maduro y adulto. Tenía la nariz cubierta de pecas por el sol y su cabello, que le llegaba la cintura, estaba entretejido entre nudos y broches; llevaba su par de zarcillos de oro favorito y el anillo y collar que nunca se quitaba.
Cada día, Atsumu lo veía más y más hermoso; y lo amaba más y más. Le pasó las manos por la cadera para tirar de él en un abrazo, lo apretó fuertemente contra él.
— Podrás quedarte a vivir aquí, con nosotros—. Susurró Kiyoomi y Atsumu le acarició la espalda.
— Sí, por fin estoy en casa—. Anunció. Escuchó los hipidos característicos del llanto y lo cargó en brazos.
Las mejillas de Kiyoomi se colorearon, era algo que no cambiaba con los años—. Estoy en casa, Omi.
El omega se rió y sus feromonas se liberaron—. Bienvenido, Atsu.
Atsumu lo llevó al dormitorio entre besos.
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Atsumu se quedó viviendo en el palacio de la playa, junto a su omega y sus hijos. Kenma venía a visitarlos de vez en cuando, al igual que Osamu. Atsumu estaba feliz, hasta que se dio cuenta de algo; algo que Shinsuke le había advertido mucho antes de siquiera involucrarse con Kiyoomi: los humanos no eran eternos. Incluso si él se encargó de darle una vida de lujos, tranquila y rodeada de comodidades, aun así el implacable tiempo lo alcanzó. Un día ya no le apetecían los paseos largos por la playa, otros tardaba más en levantarse de la cama, su cabello ya no brillaba y comenzaban a aparecer rastros blancos, su preciosa piel comenzaba a secarse y el sol lo cansaba muy rápido.
Lo amaba con la misma intensidad que antes, eso nunca cambió. Atsumu lo siguió prefiriendo a él y no tomó a ningún otro amante. Sus hijos crecieron fuertes y saludables; el más joven de ellos cumpliría trece años esta primavera. Para él, Kiyoomi seguía viéndose precioso, como el primer día que lo vio y quedó encantado al instante. Cuando a Kiyoomi le parecía quedarse todo el día en cama, Atsumu lo hacía también; si un día le dolía la espalda y no le apetecía cocinar, Atsumu mandaba a traer comida exótica de otros lugares.
Él siguió consintiendo a su bello pastor.
Sin embargo, el terror de perderlo lo embargaba; tanto así que viajaba al Averno con una expresión de pesadumbre tan obvia que Osamu suspiraba y le escuchaba toda la perorata de pensamientos y preocupaciones que tenía.
— Tsumu, tú lo sabías. Las vidas de los humanos son muy cortas.
— Lo sé, Samu, pero eso no quiere decir que no esté asustado de que termine.
Osamu lo miró con tristeza, el pánico le subió por los tobillos hasta su estómago—. Disfrútalo mientras dure.
Atsumu negó—. No puedo, no podría seguir sin él.
— Eres un dios, tienes que poder.
Atsumu se clavó las uñas en los muslos, no podía permitirse lucir tan vulnerable en casa, no quería asustar a Kiyoomi.
— Tsumu, hay una forma—. Dijo su hermano, él levantó la cabeza y miró a Osamu que lucía con realización en los ojos.
— ¿De qué hablas?
— El sueño eterno.
Atsumu se levantó abruptamente—. El hechizo de aquella vez—. Osamu asintió—. Pero bien hecho, sin trampas.
— Exactamente.
Atsumu abrazó a su hermano y este fingió morir del asco, pero se lo devolvió.
— ¿Omi? ¿Estás aquí?— preguntó al entrar al dormitorio, Kiyoomi estaba acostado en la cama.
— Sí, ¿qué pasó?— quiso saber. Atsumu se sentó en la orilla de la cama y palmeó a su lado para que Kiyoomi lo acompañara.
Eso hizo—. ¿Atsu? ¿Es algo malo?
Atsumu llevó su mano a la mejilla ajena—. ¿Cómo te sientes del dolor de espalda?
— Mmm un poco mejor, creo, podremos salir a pasear un rato en la tarde—. Le sonrió. Atsumu vio pequeñas arrugas formarse en las esquinas de sus labios y ojos.
— Omi, quiero preguntarte algo.
— ¿Dime?
— ¿Me amas?
Kiyoomi enarcó los ojos e hizo un gesto de disgusto—. ¿Por qué esa pregunta ahora? Claro que te amo.
— ¿Tanto que lo abandonarías todo por mí?
Kiyoomi ladeó la cabeza—. ¿Eso incluye a los chicos?
Atsumu asintió—. Pero Kenma y Osamu se encargarían de ellos, son semidioses, están destinados a la grandeza—. Se excusó. Kiyoomi no respondió, Atsumu temió estar pidiendo demasiado.
— ¿En qué piensas, Atsu?— preguntó sonriendo.
A Atsumu le tembló la voz cuando preguntó—: Kiyoomi, ¿quieres ser mío para siempre?
Kiyoomi abrió la boca—. Eso me trae recuerdos.
Atsumu se levantó para arrodillarse ante él y tomarle las manos—. Te ofrezco una eternidad. No como ambos quisiéramos, pero perduraremos.
Kiyoomi rió bajito, Atsumu amaba cuando hacía eso—. ¿Una eternidad a tu lado? ¿Haces realidad los sueños de las personas, acaso?
Atsumu besó el dorso de sus manos—. Los tuyos sí.
— He sido tuyo desde hace mucho tiempo, déjame serlo un poco más.
Atsumu cerró los ojos, aliviado—. Lo que desees, eso será.
Sus hijos estuvieron de acuerdo, eran conscientes de que Kiyoomi no duraría tanto y sabían lo mucho que ambos se querían. Cuando Atsumu les explicó, ninguno dudó. Le dio un día a solas con los niños para que pudiera despedirse y decir todo lo que necesitara. Tuvieron un día ellos solos donde eligieron caminar por la playa tomados de la mano y sentarse en su cueva (antiguo nido) a observar el atardecer y la noche caer. Kenma resistió más la idea, pues había visto en Kiyoomi a su madre y a un amigo omega, lo apreciaba de una forma en la que nadie más lo hacía. Osamu fue más tranquilo, pero Atsumu sabía que en el fondo lo extrañaría.
En la noche en la que realizaron el hechizo, Kenma lloró como un niño pequeño en los brazos de Kiyoomi, lo que desencadenó en el llanto de cada uno de su descendencia. Incluso Osamu no lo pudo evitar, Kiyoomi lloró lágrimas amargas y les pidió que fueran a visitarlo.
Atsumu fue quien eligió el lugar. Su lugar secreto, donde se entregaron el uno al otro por primera vez y Atsumu supo que no habría nadie más en su vida después de eso. La cueva donde el agua se veía como de cristal, donde un pastor doblegó a un dios e hizo que se encadenara a él por voluntad propia.
Atsumu preparó una zona seca y alejada de la luz, donde tendió sábanas y almohadones para que su cuerpo reposara. Kiyoomi se recostó entre ellas y besó los dedos de Atsumu, liberó feromonas calmantes y Atsumu se sintió adormecido. El alfa le dio una última caricia al cabello de su amante antes de decir—: Buenas noches, hermosura, sueña conmigo.
— Hoy y el resto de la eternidad—. Dijo, luego agregó—. Cuida bien a mis niños por mí.
Cayó en un sueño lento, con una sonrisa en su rostro. Nunca más volvió a despertar.
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Años y años después, cuando la humanidad ya no los recordaba ni les rendía pleitesía, en una cueva pequeña, en una isla remota, yacía un cuerpo entre las sábanas. Cada noche, cuando el sueño lánguido azotaba a los mortales, una etérea figura salía de las sombras y caminaba hacia la cueva, cruzaba el agua y se sentaba en el borde de las telas. A veces, miraba a la luna, cuya luz se colaba; otras, se quedaba contemplando el cuerpo dormido, acariciaba su cabello y tomaba su mano para llevarla a su boca y besarla. Se quedaba allí toda la noche. Cuando la madrugada se calentaba y los rayos del sol comenzaban a reflejarse en el agua, besaba la frente de la persona y luego le daba un beso corto en los labios.
Se levantaba y, a la salida de la cueva, siempre murmuraba—. Hasta mañana, Omi.
